Los fenicios: el mayor emporio comercial del Mediterráneo

La palabra ‘fenicio’ en castellano actual se puede emplear con connotaciones muy negativas, casi insultantes, pero su significado todavía refleja la civilización a la que se refería: la RAE lo describe como ‘alguien que tiene habilidad para comerciar o negociar y sacar el máximo beneficio’. Y esos, sin duda, eran los fenicios.

Fenicia era una región del antiguo Levante, en lo que ahora es Líbano, Israel y Palestina, y aunque, como tantas otras regiones en la Antigüedad, no formaba un todo político, pero sí cultural y lingüístico. La lengua fenicia era una lengua semítica (no como el griego, el latín o nuestras lenguas modernas, que vienen del indoeuropeo), que, entre otras cosas no ponía por escrito las vocales; aun así, y aunque debió ser una adaptación cuanto menos compleja, los griegos adoptaron el alfabeto fenicio para crear el suyo propio. Sí, así es, ¡los alfabetos griego y latino provienen del fenicio! Tal fue el poder de expansión del alfabeto fenicio. De hecho, el propio nombre ‘Fenicia’, que viene del griego Phoinike, se empleaba para hablar del púrpura de Tiro o púrpura real, un tinte que se extraía de unos pequeños moluscos que vivían en la costa fenicia y que fue una de las exportaciones más demandadas de esta región. 

Comparativa de los alfabetos fenicio, griego y latino. Fuente: Escritores.org.

Para mantener este emporio comercial, que se extendía por todo el mar Mediterráneo, los fenicios tuvieron que convertirse en unos maestros armadores, y se les recuerda como unos de los primeros y mejores constructores de barcos del mundo antiguo; su pericia naviera los llevó a expandirse territorialmente, y en la costa africana fundaron Cartago, que se convertiría en una potencia por mérito propio y en una feroz enemiga de Roma. 

Los fenicios se organizaban en ciudades-Estado muy similares a las griegas; las más conocidas son Sidón, Tiro y Biblos. Estas estaban gobernadas mediante monarquías, aunque su poder estaba limitado por las familias mercantes más poderosas de cada una de ellas. Estas tres ciudades siguen habitadas a día de hoy y son de las más grandes del Líbano; nos han dado restos arqueológicos increíbles como el sarcófago del rey de Sidón Eshmunazar II, con una de las inscripciones más detalladas en lengua fenicia que conservamos, o la península de Tiro, que antiguamente era una isla hasta que Alejandro Magno sitió la ciudad y rellenó la bahía con arena para poder acceder a ella.

Sarcófago de Eshmunazar II. Fuente: Wikimedia Commons. 

La religión fenicia ha arrastrado una leyenda negra desde hace años: aunque por lo que sabemos, las divinidades principales y las prácticas religiosas no diferían demasiado de aquellas de sus vecinos griegos o mesopotamios, especialmente en época judía se subrayó que los fenicios sacrificaban niños en altares llamados tophet a un dios que se ha identificado como Moloch. La identificación en la Torá de un tophet con un enorme cementerio de niños en el valle de Gehenna, cerca de Jerusalén, ha entrado en el acervo cultural cristiano como representación del infierno y Moloch del diablo.

Templo dedicado al dios Baal en Líbano. Fuente: Wikimedia Commons. 

Aunque se ha demostrado arqueológicamente que los fenicios sí practicaban sacrificios humanos, no era algo totalmente fuera de lo común en las sociedades antiguas. Ensombrecidos por Grecia y Roma, dos civilizaciones contemporáneas que han acaparado casi toda la atención del mundo académico, los fenicios merecen el reconocimiento de haber sido una parte integral de la construcción del mundo mediterráneo antiguo. 

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