El asesinato de Kírov, los procesos de Moscú y el Pacto germano-soviético

A las cuatro y media de la tarde del día 1 de diciembre de 1934, Serguéi Kírov, máximo dirigente del Partico Comunista en Leningrado y miembro del Buró Político (Politburó) dirigido por Stalin, era asesinado por un disparo en la nuca cuando se encontraba en el Instituto Smolny, sede del Sóviet leningradense. El autor del disparo, un joven comunista recién expulsado del Partido, llamado Leonid Nikoláyev, sería inmediatamente detenido en el mismo lugar de los hechos.

Este asesinato, que iba a conmocionar al país, sería utilizado por Stalin como excusa para desencadenar una feroz represión en las propias filas del Partido durante los años siguientes. Para poder entender mejor las circunstancias y el contexto en el que se produjeron estos hechos, tendríamos que remontarnos a los años inmediatamente anteriores. Quisiera expresar mi agradecimiento al profesor Xabier Arrizabalo por la lectura paciente y pormenorizada del borrador y las numerosas sugerencias realizadas para mejorarlo y que le convierten, en gran medida, en coautor material del mismo.

Instituto Smolny (Leningrado) en los años 20 (Wikimedia)

1932, un año negro

Al comienzo de la década de los años 30, en pleno proceso de colectivización forzosa y de industrialización acelerada (cuestión que hemos abordado en otro artículo en Descubrir la Historia titulado En marzo de 1919 se fundó en Moscú la Komintern), las medidas penales contra el «robo y el sabotaje» se endurecieron para tratar de vencer la resistencia de los campesinos a la colectivización. Igualmente, en las ciudades, tanto en las viejas urbes a las que acudían millones de campesinos en busca de trabajo en la industria, como en las que se estaban levantando de nueva planta, había una escasez crónica de alimentos y de alojamientos, en definitiva, de unas mínimas condiciones de habitabilidad que serían el caldo de cultivo de protestas, más o menos organizadas, pero reprimidas con gran dureza. Para hacer frente a todo ello se promulgó la ley de 7 de agosto de 1932 sobre «protección de la propiedad socialista», popularmente conocida como la «ley de las Cinco Espigas» ya que era la cantidad de cereal por cuya apropiación podía costarle a una persona la pena capital. Todo ello en un contexto en el que el hambre asolaba muchas regiones de la Unión Soviética.

Paralelamente, en ese mismo año 1932, Martemian Riutin, que había sido apartado del Partido en 1930 por sus posiciones cercanas a Bujarin y contrarias a la colectivización, se reunía con sectores del Partido reticentes al curso que estaban tomando los acontecimientos en el país, proponiéndoles articular una plataforma —que en esas circunstancias no podía ser nada más que clandestina— contra Stalin. La Unión de marxistas-leninistas, así constituida, tomaría contacto con diferentes sectores, muchos de ellos antiguos oposicionistas, hasta que tras una denuncia a la policía política se iniciaron las detenciones contra miembros del grupo, e internamente el aparato del Partido emprendió la depuración entre aquellos de sus miembros que hubieran pertenecido al grupo, hubieran contactado con él, o habiendo tenido conocimiento de su actividad no la hubieran denunciado. El «affaire Riutin» iba a dar lugar a una gran purga en el Partido de la que resultarían apartados personajes de relevancia como Zinóviev y Kámenev (que habían formado junto con Stalin la troika dirigente del Partido tras la muerte de Lenin) y quedarían señalados, sin consecuencias inmediatas, otros como Rýkov, presidente del Gobierno durante la segunda mitad de los años 20 y muy próximo a Bujarin.

La situación de tensión que se producía en el país y en el seno del Partido alcanzaría a los ámbitos familiares del mismo Stalin. Su mujer, Nadezhda Alilúyeva, que había querido siempre remarcar su independencia personal respecto a Stalin, tras una cena en la que participaban algunos de los más allegados de su marido como Voroshílov o Mólotov, la abandonaría bruscamente tras un dura discusión y en esa misma madrugada aparecería muerta en su dormitorio junto a un revolver. Posiblemente fue un suicidio, si bien algunos hablaron después de asesinato, aunque lo que sí estaría confirmado es que este duro final de Nadezhda sería ocultado por la información oficial, pretendiendo Stalin —sin conseguirlo— que un equipo médico certificase una muerte por apendicitis.

Ese mismo año de 1932 iba a ser dramático para amplios sectores de la población que se iban a enfrentar a una cruel hambruna. La caída de la producción cerealista en zonas tan productivas como Ucrania desataría una situación dantesca, disparándose la mortalidad como consecuencia del hambre, llegándose a reportar incluso casos de canibalismo y necrofagia. Pese a todo ello, la presión de los dirigentes para cumplir los planes de entregas del grano, articulando para ello duras medidas represivas, empujaría a la entrega en algunos casos incluso del grano necesario para la siguiente siembra. Una parte de ese grano sería destinado a la exportación para comprar equipos y maquinaria en el extranjero y poder cumplir los objetivos del plan de industrialización. El hambre pudo llegar a afectar a unos 30 millones de campesinos soviéticos de los que perecieron unos siete millones, de los cuales cuatro millones en Ucrania, uno de los territorios más afectados por la hambruna.

Porcentaje de caída de población en Ucrania y el sur de Rusia (1929-1933) (Wikimedia)

En medio de este dantesco panorama de represión, hambre y miseria en el campo, se instituirían dos documentos de control sobre la población: la cartilla de trabajo obligatoria para todos los trabajadores (enero de 1932), donde figuraba una pequeña biografía laboral del titular, incluyendo sanciones y denuncias recibidas; y el pasaporte interior obligatorio (diciembre de 1932) por el que nadie podría ausentarse más de 24 horas de su domicilio sin un permiso de la policía.

1933, un año de transición

Una calle de Járkov (Ucrania) durante la hambruna (1933). Alexander Wienerberger (Wikimedia)

La durísima situación vivida en el país durante el año 1932 parecía verse un tanto atemperada en el plano interno a lo largo de 1933. Aunque todavía iba a acechar el hambre en muchas regiones soviéticas, la situación iría mejorando progresivamente. Eso también permitiría a Stalin levantar un poco el pie del acelerador represivo. Así Zinóviev y Kámenev, que habían sido apartados del Partido en el marco del «affaire Riutin», y tras reconocer sumisamente sus errores ante Stalin (era la segunda capitulación tras renegar de la Oposición en 1929), serían de nuevo reintegrados en el Partido a finales de año. Sin embargo, la represión y las purgas internas no cesarían por completo, centrándose en otros cuadros de nivel inferior mucho menos conocidos.

Stalin y Dimitrov (secretario general de la Komintern) en Moscú en 1936 (Wikimedia)

Pero 1933 sería sobre todo el año del fracaso de la línea política defendida en el exterior a través de la Komintern (Internacional Comunista) por la dirección estalinista. El ascenso de Hitler al poder en marzo de 1933 y la liquidación posterior de las organizaciones obreras, incluido el Partido Comunista Alemán (KPD), marcaría el fracaso de su línea contraria a la unidad de acción entre los comunistas y los socialdemócratas alemanes del SPD, a los que acusaría de «socialfascistas». Atemorizado por la situación que se abría de posible agresión contra la Unión Soviética y sin sacar ningún balance político de la línea defendida anteriormente, buscaría un acercamiento hacia Hitler tratando de resaltar la inexistencia de elementos de enemistad con Alemania. De hecho, cuando en octubre de 1933 Hitler convocó un referéndum para tratar de legitimar su poder absoluto, el Partido Comunista Alemán (KPD) que quería llamar a boicotearlo, fue obligado a participar en la farsa. Stalin quería congratularse con Hitler. También Hitler con Stalin, liberando al dirigente búlgaro de la Komintern, Gueorgui Dimitrov, en febrero de 1934, tras haber sido acusado y procesado como responsable del incendio del Reichstag.

De cara a la Komintern se trató de quitar hierro al ascenso de Hitler y a la liquidación de las organizaciones obreras, hablando de un supuesto impulso revolucionario en Alemania. Pero el temor que representaba el ascenso del nazismo en Alemania impulsaría a Stalin a pedir el ingreso en la Sociedad de Naciones en diciembre de 1933, que se materializaría en septiembre de 1934. Todos estos hechos, por muy férreo que fuera el control interno del aparato del Partido, no iban a pasar desapercibidos para los militantes, tal y como se manifestó en el XVII Congreso del Partido.

1934, el Congreso de los «vencedores»

El año 1934 se estrenaría con la celebración en enero del XVII Congreso del Partido, calificado como el de los «vencedores». Supuestamente, los objetivos del primer plan quinquenal (1928-1933) se habían alcanzado en 1932 (a los 4 años y tres meses), con lo que en 1933 se daría comienzo al segundo plan quinquenal (1933-1937). En su informe, Stalin alardeaba de los éxitos económicos alcanzados —que contrastaban con la situación de depresión económica que conocía el mundo capitalista tras el crac de 1929— y minimizaba sin embargo la amenaza del nazismo para la URSS, cuestión que inquietaba a muchos delegados, entre ellos a Bujarin. Todas estas circunstancias se iban a reflejar a la hora de elegir al nuevo Comité Central. Algunas delegaciones del Cáucaso trataron de convencer a Serguéi Kírov —que había pasado buena parte de su vida política en aquella región— para que presentara su candidatura a la secretaría general del Partido en lugar de Stalin. Kírov no aceptó y además informó de ello a Stalin. En el momento de la votación del Comité Central numerosos delegados (entre 125 y 300, según las fuentes, de 1.225 con derecho a voto de los cerca de 2.000 presentes) reprobaron a Stalin tachándolo de la lista, siendo elegido en uno de los últimos puestos, lo que contrastaba con el apoyo casi unánime recibido por Kírov con tan solo 2 o 3 reprobaciones.

Diferentes fuentes coinciden en señalar que Kírov representaba una tendencia de talante más abierto que Stalin, partidario de suavizar el impulso colectivizador y de tender puentes hacia los antiguos oposicionistas para que se reintegraran a la vida política. Además, se había resistido varias veces al requerimiento de Stalin para que se instalara en Moscú y abandonara Leningrado, una ciudad de tradición industrial y obrera y en donde la Oposición de izquierdas había tenido bastante influencia en épocas pasadas, cuando el líder comunista de la ciudad era Zinóviev, al que reemplazó Kírov tras la derrota de los oposicionistas en 1927.

De ese XVII Congreso Stalin había salido golpeado y no lo iba a perdonar. Varios responsables de la policía política (GPU), como Nikolái Yezhov o Beria, serían integrados en la dirección del Partido, desde donde sucesivamente, bajo las instrucciones de Stalin, serían liquidados en los años siguientes una buena parte de los delegados asistentes (se calcula que unos dos tercios) y del Comité Central electo (98 de los 130 elegidos, entre titulares y suplentes). Ese año de 1934, Stalin creó el Comisariado del pueblo de Interior (NKVD) en el que se integraría como un departamento más la policía política (GPU) al igual que la policía común (Milítsiya) o los guardias de fronteras. La nueva estructuración policial llevará a que muchos autores hablen indistintamente de la NKVD o la GPU para referirse a la policía política.

El asesinato de Kírov

En este contexto, el 1 de diciembre de 1934, cuando se encontraba en las oficinas del Instituto Smolny, sede del Sóviet de Leningrado, Serguéi Kírov fue asesinado por Leonid Nikoláyev, un joven comunista expulsado de las filas del Partido unas semanas antes, que fue rápidamente detenido en el mismo lugar del crimen.

Serguéi Kírov en 1934 (Wikimedia)

Nada más conocer la noticia del asesinato, Stalin viajó a Leningrado junto con sus más allegados del Politburó: Voroshílov, Mólotov, Yagoda (jefe en funciones de la NKVD por enfermedad de su titular Menzhinski) y su ayudante Yezhov, además del fiscal general de la Unión Soviética, Andréi Vyshinski. Sergó Ordzhonikidze, íntimo amigo de Kírov, miembro del Politburó y comisario de Industria pesada, quedó fuera del plan de viaje por voluntad expresa de Stalin. Sobre la marcha, Stalin dictó un decreto con órdenes draconianas por el que los acusados de «terrorismo» no iban a tener derecho a un abogado, y sus sentencias de muerte no podrían ser recurribles y además deberían ser ejecutadas en las 24 horas siguientes a ser emitidas. En Leningrado, Stalin sometería personalmente a un largo interrogatorio de varias horas a Nikoláyev (que magníficamente se recrea en la novela de Alejandro M. Gallo, Asesinato en el Kremlin).

En un primer momento se atribuyó el atentado a antiguos «guardias blancos» (sectores que combatieron contra los bolcheviques en la guerra civil) y serían fusilados casi un centenar de ellos que permanecían encarcelados desde hacía tiempo y que eran absolutamente ajenos a los hechos. Pero inmediatamente los dirigentes estalinistas apuntarían a la antigua oposición zinóvievista de Leningrado de 1926-1927, de la que años antes habría formado parte Nikoláyev —como la gran mayoría de miembros del Partido de esa ciudad—. En consecuencia, serían detenidos varios jóvenes comunistas a los que se les habría podido relacionar en algún momento con dicha oposición y 13 de ellos serían fusilados junto con Nikoláyev el 29 de diciembre de 1934.

Sin embargo, el intento de amalgamar a supuestos culpables, tal y como señalaba Trotsky desde el exilio, no iba a acabar ahí. Stalin insistiría en la línea acusatoria de un «centro zinóvievista-trotskista» como organizador o al menos inspirador del asesinato. Parece fuera de toda duda que la policía política de Leningrado estaba al corriente de las intenciones de Nikoláyev y que contaba para ello con el beneplácito de las altas esferas partidarias. Sin embargo, como también señaló Trotsky certeramente pese a encontrarse fuera de la URSS, quizás Nikoláyev escapó al control de la policía política y actuó de forma precipitada, yendo más lejos de lo que estaba previsto. Y además, sin haber podido armar todas las pruebas incriminatorias necesarias contra los antiguos oposicionistas. Por ejemplo, se pretendía articular una intermediación entre Trotsky y Nikoláyev a través de un supuesto cónsul letón que habría entregado dinero a Nikoláyev a cambio de una carta de su grupo dirigida a Trotsky, que no se llegó a materializar.

Pero todo esto, que salió a relucir en los interrogatorios, no podía ser respaldado con prueba alguna. Lo que a los ojos de Trotsky vendría a ser la confirmación de que, desde un determinado momento, Nikoláyev actuó como un «verbo suelto», precipitando todo el plan y posiblemente con un resultado de muerte que no estaba previsto. Por ese motivo, varios de los agentes que pudieron estar implicados en el seguimiento de Nikoláyev fueron detenidos, incluso algunos de ellos encontrarse entre los fusilados con Nikoláyev, y otros desaparecieron en circunstancias sospechosas. En cualquier caso, la perspectiva de que sectores juveniles desencantados con la situación política pudieran emular la vieja tradición de los narodnik o populistas, que en 1881 llegaron a asesinar al zar Alejandro II, inquietaba a los dirigentes estalinistas que se veían abocados a tenerla que parar en seco, articulando una gran purga interna, amalgamando para ello «terrorismo» con oposición «zinóvievista-trotskista» y además al servicio de potencias extranjeras (que era el lugar que ocupaba el misterioso cónsul letón, con toda probabilidad también miembro del servicio secreto soviético).

1935, primer juicio contra Zinóviev y Kámenev

Pese a que la prensa oficial había reconocido que no había pruebas fehacientes que pudieran inculpar a Zinóviev ni a Kámenev por el asesinato de Kírov, la cúpula estaliniana decidió llevarlos ante un tribunal militar en enero de 1935. Ya no se les incriminaba por el asesinato de Kírov, sino como instigadores de un nuevo «centro en Moscú» dirigido por ellos. Zinóviev y Kámenev acabarían aceptando la responsabilidad política para tratar de escapar así de la ejecución por actividad terrorista. Asumieron ante el tribunal que su actividad oposicionista anterior (la de los años 1926-27 y la de 1932 vinculada al «affaire Riutin» que vimos más arriba), «no podía dejar de contribuir a la degeneración en actos criminales por la marcha objetiva de los acontecimientos», fórmula de autoinculpación relativamente suave que fue aceptada por el mismo Stalin, que supervisaba personalmente las confesiones de los acusados autoinculpados y que les llevaría a ser condenados el día 16 de enero de 1935 a penas de 10 años de prisión, junto a otros miembros de ese fantasmal «centro de Moscú».

Zinóviev en el centro (segundo escalón) en el II Congreso de la Komintern (1920) (Wikimedia)

La purga se extendía por el conjunto del Partido. En diciembre de 1935 Yezhov, ayudante de Yagoda al frente de la NKVD, reconocía ante el Comité Central que en 1935 habían sido expulsados unos 350.000 afiliados del Partido (el 18%), que se añadían a otros tantos que ya habían sido expulsados en 1933 y 1934. Muchos de ellos perderían sus empleos y alojamientos. Stalin insistiría además para que los dosieres fueran facilitados a la NKVD, que acabaría deteniendo a la mayoría de ellos. Yagoda, al frente de la NKVD, mostraría reticencias —cuando vio que la represión alcanzaba a amigos personales e íntimos—, lo que finalmente le costarían ser reemplazado por Yezhov, que demostró ser un hombre sin ningún tipo de escrúpulos.

En 1935, temerosos ante el rearme alemán, los dirigentes estalinistas trataban de buscar buenas relaciones con la Alemania nazi, pero, ante la frialdad de Hitler, darían un giro diplomático buscando la colaboración con las potencias liberales (Reino Unido y Francia, cuyo primer ministro Pierre Laval viajaría a Moscú para firmar un pacto de ayuda mutua, aunque finalmente no sería ratificado). Y como consecuencia de ese giro diplomático, Stalin impondría a la Komintern (dirigida por el sumiso Dimitrov, liberado por los nazis en 1934) la política de Frentes Populares, que era la manera de acompañar la búsqueda del acuerdo diplomático con las potencias capitalistas occidentales en cada país, dando lugar a alianzas ya no solo con los partidos socialistas y socialdemócratas —hasta ese momento tachados de «socialfascistas»—, sino de extender ese acuerdo a partidos de la burguesía liberal, como los radicales en Francia y los republicanos en España, que fueron los dos países en los que esa política de Frente Popular llegaría a tener un mayor alcance. El VII Congreso de la Komintern celebrado en Moscú del 25 de julio al 25 de agosto de 1935, en el que se estableció el giro a la política de los Frentes Populares, sería el último congreso que celebraría la Internacional Comunista antes de su disolución en 1943. Desde el anterior VI Congreso de la Komintern (1928) habían pasado 7 años sin que hubiera habido ningún tipo de balance de la fracasada política de «socialfascismo» allí acordada. En 1921, Lenin advertía por carta a Zinóviev y Bujarin, dirigentes de la Komintern en ese momento, que si solo exigían el asentimiento de las secciones, entonces se rodearían únicamente de «imbéciles dóciles». En esa línea de sumisión rechazada por Lenin, Stalin promovería en 1935 para el Comité ejecutivo a Yezhov y a otros miembros de la policía política, como señal de que la purga debería extenderse a los partidos comunistas de otros países.

Pero esta nueva política internacional de alianzas no iba a tener su corolario hacia el interior con una orientación de talante más abierto, sino todo lo contrario. Nada más y nada menos que un íntimo de Stalin, el secretario del Comité ejecutivo central del Sóviet con sede en el Kremlin, Abel Enukidzé, sería cesado por no haber dado importancia a una supuesta trama para envenenar a Stalin entre las limpiadoras, bibliotecarias y telefonistas del Kremlin (Trotsky comentará este hecho señalando que «Abel sería atacado por Caín»). Este nuevo affaire daría lugar a nuevos procesamientos y condenas. De nuevo Kámenev fue llevado ante un tribunal militar, donde Stalin consiguió arrancarle una nueva confesión de responsabilidad moral y política para con las supuestas tramas terroristas y así hacerle cargar con 10 años más de prisión. Además, en un decreto de abril, se reduciría la edad para aplicar la pena capital hasta los 12 años (como modificación a la «ley de las Cinco Espigas»). Las dificultades económicas había que atribuirlas al sabotaje organizado y a los actos terroristas, contra cuyos supuestos autores la represión golpearía de forma implacable.

Kámenev y Lenin en 1922 (Wikimedia)

1936, comienzan los procesos de Moscú

En los primeros meses de 1936 Stalin buscaría un acercamiento hacia Alemania. Fruto de estas gestiones sería la firma de un tratado comercial el 29 de abril de 1936. Este tratado comercial estaba concebido como la antesala de algún otro acuerdo diplomático de mayor alcance. Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil en España iba a malograr dicho plan.

En el plano interior, la desconfianza creciente de Stalin hacia los antiguos opositores, de los que seguía pensando que conspiraban a sus espaldas, y también hacia otros fieles que no acababan de ver la prosecución de las purgas indiscriminadas, le impulsaron a actuar incluso al margen del Politburó, maquinando nuevas amalgamas políticas con Vyshinski, fiscal del Estado, y Yezhov, que sería encumbrado a la dirección de la NKVD en sustitución del ya poco fiable para Stalin, Yagoda (cesado el 25 de septiembre tras el primer proceso de Moscú). Los ejes de la nueva (vieja) acusación serían la persistencia organizada del bloque de oposicionistas (ahora uniendo a los de izquierda con los de la derecha bujarinista), la preparación de atentados terroristas y la vinculación con una potencia extranjera, en este caso la Alemania nazi y su policía política, la Gestapo. Curiosamente, en los procesos de Núremberg de 1947, la delegación soviética se opuso a que se interrogara a Rudolf Hess sobre esta cuestión.

Ficha policial (NKVD) de Zinóviev en 1936 (Wikimedia)

El primer proceso de Moscú se inició el día 19 de agosto de 1936. Los acusados más relevantes serían Zinóviev, Kámenev e Iván Smirnov. Este último se resistió a aceptar el acta de acusación y mantuvo una huelga de hambre durante 13 días. La NKVD amenazó violentamente a la mujer de Smirnov y también con la detención de su hermana y deportación de sus hijos. Kámenev confiaba en que sus tres hijos se podrían salvar si confesaba autoinculpándose. Junto a Zinóviev y Kámenev —ambos judíos— a nadie se le escapaba que entre los dieciséis procesados hubiera cinco militantes del Partido Comunista Alemán (KPD) refugiados en la URSS, de los cuales tres eran también judíos (los hermanos Moisés y Natán Lurie y Valentín Olberg), así como otros tres soviéticos. En total ocho de dieciséis eran judíos, pero el fiscal no tuvo el menor inconveniente de acusarles, entre otras barbaridades, de ser espías al servicio de la Gestapo alemana. Y Trotsky, en el exilio, también judío, sería el mayor responsable de todos ellos, puesto que para el fiscal Vyshinski «el trotskismo no era sino una variedad del fascismo».

Para Vyshinski estructurar este tipo de acusaciones no resultaba novedoso. De origen menchevique, en julio de 1917 fue el funcionario judicial o policial (¿?) de distrito encargado de dictar el auto de detención contra Lenin tras las jornadas de julio, que habían llevado al gobierno de Kerenski a cerrar los locales del Partido bolchevique, prohibir su prensa y detener a los máximos dirigentes, al acusarles de haber instigado una gran movilización contra la guerra (en rechazo de la conocida como «ofensiva Kerenski» de ese mismo mes), aunque en realidad habían tratado de contenerla entendiendo que no había llegado aún el momento más favorable para derrocar al Gobierno Provisional. Entre las argumentaciones que Vyshinski incluía en su auto de detención contra Lenin estaba la de ser un espía alemán, que había podido atravesar Alemania en el famoso tren blindado por su colaboración con la policía secreta de aquel país para poner fin a la participación rusa en la Primera Guerra Mundial. Argumentos no muy lejanos de aquellos eran esgrimidos ahora contra los dirigentes procesados.

Pese a que la hermana de Lenin, María, y su viuda, Krúpskaya, pidieron a Stalin que no se ejecutara la pena de muerte, los condenados serían ejecutados tan solo una hora después de dictarse la sentencia contra ellos. Pero ese no sería el final del procedimiento. En el propio proceso, presionados por las torturas y las amenazas contra sus familias (lo que fue reconocido ya en el año 1975 por Mólotov), los procesados, además de autoinculparse de crímenes horribles, también habían inculpado a otros responsables del Partido como Radek, Bujarin, Rýkov, Tomski (estos tres últimos, vinculados a la llamada oposición de «derechas» contra la colectivización forzosa, habían sido apartados de sus cargos en la dirección del Partido en 1929), etc. Tomski, antiguo dirigente de los sindicatos soviéticos, al leer en Pravda las inculpaciones formuladas contra él, se suicidaría disparándose un tiro.

La presión de la policía política estaliniana cercaría a algunos hombres todavía en puestos de máxima responsabilidad. Piatakov, antiguo oposicionista y segundo en el comisariado de Industria pesada dirigido por el miembro del Politburó Ordzhonikidze, sería expulsado del Partido y detenido inmediatamente. Las protestas de Ordzhonikidze llevarían a la policía política a detener sucesivamente a dos de sus hermanos (Papulia y Valiko). Incluso el mismo Yagoda, dirigente de la NKVD durante el primer proceso, no solo sería cesado y sustituido por Yezhov, sino que también sería asociado con Bujarin y los sectores oposicionistas de derecha y encausado por ello.

Mientras tanto, a nivel internacional la situación venía marcada por el desarrollo de la Guerra Civil en España. En un primer momento, Stalin, tras el giro político adoptado en 1934-1935 en búsqueda de la colaboración con las potencias occidentales (Reino Unido y Francia), que tuvo su corolario en la política de Frentes Populares impulsada por la Komintern, se decantaría por seguir la línea de «no intervención» marcada por el gobierno conservador de Londres y secundada por la Francia del Frente Popular, donde el órgano del Partido Comunista Francés (PCF), L’Humanité, se hacía puntualmente eco de las acusaciones estalinistas.

Pero ante la forma en que se iban desarrollando los acontecimientos en España, que además de una guerra civil dio paso a un verdadero estallido revolucionario en el que el reducido Partido Comunista de España (PCE) desempeñaba un papel irrelevante frente a la poderosa CNT anarcosindicalista, la Izquierda Socialista de Largo Caballero fuertemente asentada en el PSOE, en la UGT y en las Juventudes Socialistas, y el POUM de orientación claramente antiestalinista (que en el ámbito de Cataluña ocupaba un lugar relativamente importante, más decisivo que el del PCE y el del PSUC), Stalin acabaría entendiendo que era necesaria la intervención política y militar en España. No podía permitir que un estallido revolucionario de tal calado pudiera escapar a su control y cuestionar la orientación diplomática adoptada por el Estado soviético. Así, el 29 de septiembre de 1936 el Politburó giraría nuevamente, adoptando una política de intervención en España: directa, a través del envío de material militar y asesores soviéticos; y también indirecta, mediante el llamamiento a través de la Komintern a enviar Brigadas Internacionales desde decenas de países, al que responderían con entusiasmo miles de jóvenes de todo el mundo, en su mayoría carentes de experiencia militar alguna.

La presencia soviética en la Guerra Civil de España serviría sobre todo para imponer una orientación de contención de la revolución en curso en la que ocuparía un papel decisivo un Partido Comunista de España (PCE), ahora fortalecido gracias a la presencia soviética y de las Brigadas Internacionales. El PCE acabaría influyendo también sobre importantes sectores del PSOE, la UGT y las Juventudes Socialistas, arrinconando progresivamente a los sectores revolucionarios agrupados en torno a la CNT, la Izquierda Socialista de Largo Caballero y el POUM, que tras la crisis de mayo de 1937 en Cataluña serían apartados del gobierno o, en el caso del POUM, perseguido además judicial y extrajudicialmente (llegando incluso al secuestro, asesinato y ocultación del cadáver de Andreu Nin por agentes al servicio de la NKVD).

Sin embargo, esta presencia soviética en la GCE no iba a impedir que Stalin siguiera sondeando a Hitler. Éste, a través del ministro de Economía alemán, Schacht, hizo llegar las exigencias alemanas al representante comercial soviético, Kandelaki en diciembre de 1936: «Moscú debe retirarse no solo de España, sino también de Francia (Frente Popular) y de Checoslovaquia y abandonar su política de cerco a Alemania con un anillo de estados semisoviéticos». En enero de 1937 Alemania insistiría en la exigencia de retirada de la Komintern de España. Pero el intermediario soviético (Kandelaki) sería llamado a Moscú donde sería detenido y fusilado para no dejar testigos de una gestión fracasada. Además, el comisario soviético de Exteriores, Litvínov, esgrimiría esta ejecución como la garantía ante las potencias occidentales de que los rumores sobre un acercamiento germano-soviético eran a todas luces falsos.

1937, el año del Gran Terror

El 23 de enero de 1937 se iba a iniciar el segundo proceso de Moscú, el de los diecisiete a los que la acusación estaliniana llamaría «centro de reserva» del primer «centro», al que se incriminó en el primer proceso. En esta ocasión las personalidades más relevantes que iban a ser procesadas serían Piatakov, antiguo oposicionista de izquierda y en los últimos años segundo de Ordzhonikidze en el comisariado de Industria pesada; también Radek, que había estado al frente de la Komintern en el final de los años 20; además de Sokólnikov, comisario de finanzas durante dicha década y Serebriakov, hombre cercano a Trotsky también entonces, entre otros. Se les acusaba de querer restaurar el capitalismo en la URSS y de haber prometido enormes territorios soviéticos a Berlín y a Tokio a cambio de su apoyo para organizar el sabotaje en la industria y el asesinato de los dirigentes.

Vyshinki leyendo el veredicto en el segundo proceso de Moscú (1937) contra Radek y Piatakov entre otros

Las autoinculpaciones de los acusados salpicaban a otros muchos cuadros del Partido. Las confesiones de Piatakov golpearían directamente sobre su protector, Ordzhonikidze, miembro del Politburó. Stalin, para quebrar su resistencia, mandaría fusilar el 10 de febrero a su hermano detenido. Sin capacidad para resistir más, Ordzhonikidze acabaría suicidándose ocho días después de un disparo de revólver. El suicidio de Ordzhonikidze, uno de los más fieles seguidores de Stalin en todas las batallas de los años 20, sería ocultado al Partido y no se conocería hasta el XX Congreso del PCUS de febrero de 1956, cuando Kruschev informó a los delegados, a puerta cerrada, de los crímenes de Stalin.

De los diecisiete acusados del segundo proceso de Moscú, cuatro se librarían de la pena capital, entre ellos Radek y Sokólnikov, aunque este último moriría asesinado en prisión dos años después. Pero en sus confesiones, Radek nombró a un ayudante del mariscal Tujachevski, lo que iba a dar lugar a un proceso paralelo —en este caso a puerta cerrada— contra altos mandos del Ejército Rojo, que se saldaría con la ejecución de un importante número de ellos. Esto asestaría un enorme golpe contra la capacidad operativa del Ejército, que se haría notar en 1941 cuando Hitler decidió atacar a la Unión Soviética.

Paralelamente, el Comité Central del Partido convocó a Rýkov y a Bujarin a un careo y durante cuatro días —hecho insólito en la historia del bolchevismo— se debatió en el Comité Central si tenían que ser ejecutados o no. Finalmente se plantearía una transaccional por la que se les expulsaba del Partido y quedaban a merced de nuevas pruebas que aportaría la NKVD, creándose las bases de lo que sería el tercer proceso de Moscú, básicamente contra la antigua oposición de «derecha» del Partido. Y al que se iba a incorporar a Yagoda, antiguo dirigente de la NKVD que caería en desgracia. Realmente, todos los cuadros dirigentes del Partido se iban a sentir amenazados, pudiéndoles caer encima en cualquier momento la represión de la NKVD. Tujachevski, Yagoda y otros muchos más serían acusados de formar parte de un fantasmal «complot militar-fascista-trotskista-derechista».

Los cinco mariscales del Ejército Rojo en 1935: (de izquierda a derecha) Tujachevski, Voroshílov y Yegórov (sentados), Budionni y Blücher (solo sobrevivieron dos: Budionni y Voroshílov) (Wikimedia)

El proceso contra los altos mandos militares se realizaría en junio a puerta cerrada —aunque Ignace Reiss, antiguo espía soviético que rompió con el estalinismo, negaba que hubiera existido ningún proceso, ni siquiera a puerta cerrada, puesto que por ser más jóvenes se resistieron a participar en una farsa como la de los procesos de Moscú—. En él fueron juzgados 8 mariscales y generales del Ejército Rojo, el de mayor rango Tujachevski, pero llamaba la atención que entre los elegidos para ser procesados hubiera tres de origen judío (recordemos que según la acusación trabajaban para una potencia extranjera que no era otra que la Alemania nazi), además en la lista se añadían dos lituanos, un estonio y un letón, es decir, militares procedentes de los Países Bálticos, en ese momento independientes, que serían ocupados como consecuencia del Pacto germano-soviético de 1939 por la Unión Soviética, según se recogía en el protocolo secreto firmado con Alemania. Pero el golpe contra el Ejército Rojo no se detendría aquí, sino que además se iba a producir una enorme purga de mandos y oficiales intermedios. Según el propio Voroshílov (comisario de Defensa y miembro del Politburó) alcanzaría a unos 40.000 miembros, entre procesados, encarcelados, deportados al Gulag y otros muchos que se suicidaron ante la amenaza de la represión; de ellos unos 714 con el rango de generales (el doble de los que perecieron durante la Segunda Guerra Mundial) y los inventores de los cohetes Katiusha que aterrorizaron a los soldados alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Un verdadero golpe al Ejército Rojo en una situación en la que en Europa se vivía ya un ambiente prebélico.

Curiosamente, el mariscal Tujachevski había insistido en modernizar la política de intervención del Ejército Rojo, defendiendo una orientación basada en la rápida actuación de los carros de combate blindados y la aviación. Fue lo que se conoció como la Teoría de las Operaciones en profundidad, que fue rechazada por los mariscales más próximos a Stalin, como Voroshílov. Sin embargo, el ejército alemán iba a tomar buena nota de ella, en la época de la colaboración germano-soviética tras el Tratado de Rapallo de 1922, por el que Alemania, para eludir las prohibiciones de Versalles, iba a probar en territorio soviético los nuevos prototipos de la industria militar alemana en colaboración con los mandos soviéticos. Por esas ironías de la historia, serían precisamente los soviéticos los que más sufrirían las consecuencias del aprendizaje conseguido por el ejército alemán gracias a esa colaboración encubierta en la segunda mitad de los años 20 (que forma parte de la trama de la serie televisiva Babylon Berlin comentada en DlH). Al parecer, lo finalmente decisivo para procesar, y finalmente ejecutar al mariscal Tujachevski, fue una advertencia a Stalin del presidente checoslovaco, Edvard Beneš, que no era sino una manipulación preparada por los servicios secretos alemanes para así propiciar la liquidación de los mandos militares soviéticos mejor preparados. Aun así, a Stalin no le hacían falta grandes excusas para proceder contra los jefes militares que habían formado parte del Estado Mayor del Ejército Rojo cuando estuvo liderado por Trotsky. Edvard Beneš, que fue utilizado como intermediario necesario de esta manipulación, acabó refugiado en la Unión Soviética tras la ocupación alemana de Checoslovaquia y finalizada la Segunda Guerra Mundial mantuvo la presidencia checoslovaca hasta su muerte en septiembre de 1948, ocurrida varios meses después de que el Partido Comunista Checoslovaco se hiciera con el gobierno con el visto bueno del propio Beneš.

La oleada represiva se cebaría también sobre el Comité Central del Partido. En junio serían expulsados más de 30 miembros, quedando reducido el órgano de dirección a solamente 27. Además, se adoptaría una resolución firmada por todos los presentes, donde se autorizaba el recurso a la tortura en los interrogatorios a los supuestos «espías» (práctica reconocida por Mólotov en 1975 como se indicó más arriba). En el mes siguiente, julio, el Politburó adoptaría una de las resoluciones más brutales del Gran Terror, que daría lugar a la orden ejecutiva 447 de la NKVD. Se acordó censar a todos los supuestos kulaks que habían sido deportados y habían vuelto a sus hogares tras cumplir la pena impuesta, estableciéndose troikas en cada distrito, integradas por el responsable del Partido, algún representante de la fiscalía y un tercer integrante que podría ser un militar u otro responsable institucional. Estas troikas tenían que establecer listas de aquellos que, siendo más hostiles, tendrían que ser fusilados, mientras que el resto volverían a ser deportados. Para asegurar la ejecución de tal programa represivo, se llegaron a establecer cuotas por distritos con el número de los que tendrían que ser ejecutados o deportados. En unos cuatro meses se detuvo a más de un cuarto de millón de personas, ejecutándose a un tercio aproximadamente, bajo la supervisión directa de Stalin y Yezhov, jefe de la NKVD que dio nombre a la campaña de terror bautizada como la «Yezhovchtchina» (cuyo significado en ruso vendría a ser algo así como la «era de Yezhov»).

Yezhov con Stalin en 1937 (Wikimedia)

Otra orden del Politburó establecía la responsabilidad familiar colectiva por los hechos atribuidos a los acusados. Las esposas se veían obligadas a tener que repudiar a sus maridos, los hijos a renegar de sus padres y los más pequeños serían llevados a centros de reeducación. Dimitrov transcribió en sus memorias un brindis realizado por Stalin en la celebración del vigésimo aniversario de la Revolución de Octubre de 1917, en el que manifestaba que sería implacable contra los enemigos del régimen soviético y «contra sus familias y parientes» sobre los que también iba a recaer la represión. Como ejemplo de la brutalidad con la que actuaban los órganos represivos, se conoce el testimonio del padre de Yagoda, el que fue responsable de la policía política hasta el primer proceso. Tras caer en desgracia y ser ejecutado en 1938, sus padres ya mayores fueron deportados, junto con otras dos hijas, hermanas de Yagoda, y la mujer de este último. Todos perecieron en cautiverio, solo se libró el hijo pequeño de Yagoda, acogido en una institución para huérfanos. Mólotov justificaría hasta su muerte en los años 80 del siglo XX todas estas medidas como necesarias y, además, las argumentaría en razón de tener una mayor unidad de mando ente la guerra que se avecinaba. Sin embargo, como veremos más adelante, una de las consecuencias más importantes de toda esta oleada represiva iba a ser la gran desorientación y nula capacidad de resistencia que manifestó la Unión Soviética en los primeros momentos de la ofensiva alemana.

Yagoda, dirigente de la NKVD en 1936 (Wikimedia)

Tras la gran depuración realizada en el Partido y en el Ejército, Stalin fijaría su mirada sobre la Komintern y sobre los diferentes partidos que la integraban, pero esta empresa sería más difícil de llevar a cabo por las implicaciones internacionales que en algunos casos conllevaba. Las primeras víctimas serían los diplomáticos del Comisariado de Asuntos Exteriores que dirigía Litvínov (de origen judío). Otra gran víctima sería el Partido Comunista Polaco, cuya dirección refugiada en Rusia será prácticamente exterminada, acusada de «trotskismo» y el partido disuelto en julio de 1938. El ataque contra el comisariado de Litvínov y el aniquilamiento del Partido Comunista Polaco —relatado en su día por un militante español del PSUC— podría ser entendido como un nuevo guiño a Hitler, para preparar un futuro entendimiento, eliminando a un testigo que resultaría a todas luces incómodo, el Partido Comunista Polaco, cuando lo que estaba en juego era la propia supervivencia de Polonia.

1938, tercer proceso de Moscú

Daría comienzo en el mes de marzo y sentaría en el banquillo a veintiún acusados, entre los que destacarían Bujarin y Rýkov, motivo por el que este juicio sería conocido como el proceso a los «derechistas», aunque también figurarían antiguos compañeros de Trotski como Rakovski (quien con 65 años de edad fue interrogado ininterrumpidamente por espacio de 90 horas, según informaciones procedentes de la propia GPU). Entre los encausados figuraba también, nada más y nada menos, que el antiguo jefe de la NKVD, Yagoda, que tras dirigir los interrogatorios en el primer juicio (contra Zinóviev y Kámenev), acabaría cayendo en desgracia y sería sustituido por Yezhov al frente de la NKVD. La delirante acusación contra Yagoda era que había ejecutado a los oposicionistas para camuflar sus actividades como agente aliado de ellos. Ya nadie se iba a sentir a salvo de ser víctima de cualquier acusación fabricada por la NKVD siguiendo las órdenes de Stalin. El 21 de marzo, dieciocho de los procesados serían condenados y trece inmediatamente fusilados, entre ellos Bujarin, Rýkov y Yagoda.

Rýkov y Bujarin son conducidos al tercer proceso de Moscú en 1938 (Wikimedia)

El descontento crecía entre los mismos allegados a Stalin. Nadie podía sentirse seguro. Yezhov concitaba en su persona buena parte del descontento que empezaba a ser cada vez más generalizado incluso entre los sectores oficialistas del Partido. Así que Stalin, preparando la pronta defenestración del fiel ejecutor Yezhov, situó a Beria como su segundo. No obstante, antes de proceder contra el jefe de la NKVD, Stalin iba a asestar un golpe demoledor contra la organización juvenil comunista, de la que serían expulsados y detenidos más de las tres cuartas partes de los miembros de su Comité Central. La mitad de estos serían fusilados. La purga contra los jóvenes comunistas, a finales de noviembre de 1938, cerraría parcialmente un ciclo de terror de casi dos años. El Politburó suprimiría las troikas y las operaciones cuantificadas de arrestos y deportaciones y comenzarían a ser cesados numerosos responsables de la NKVD. Según un informe del Comité Central del Partido de 1961, entre los años 1937 y 1938, cerca de millón y medio de soviéticos había sufrido las consecuencias de la represión, y de ellos casi la mitad habían sido ejecutados, entre los que figuraban unos cien mil miembros del Partido.

Posiblemente, en el frenazo relativo de la actividad represora que se había venido desarrollando a lo largo de los dos años anteriores, habría podido incidir un importante acontecimiento internacional que le cogería por sorpresa a Stalin. El 30 de octubre, reunidos en Múnich Chamberlain y Daladier con Hitler y Mussolini, se firmaría el Pacto de Múnich, por el que las potencias capitalistas de Occidente entregaban los Sudetes a Alemania, entrega que finalmente Hitler iba a convertir en una completa ocupación de Checoslovaquia. Stalin se alarmó por la jugada que supuso este pacto y la acción militar alemana resultante avanzando hacia el Este y lo entendió como que esas potencias capitalistas sacrificaban Checoslovaquia para que Alemania se orientara militarmente contra la Unión Soviética, en una situación que además cogía a la URSS sumamente debilitada tras las purgas realizadas en el Ejército Rojo y en otras muchas instancias del país, incluido el aparato del Partido. En ese contexto internacional tan complejo, un grupo de delegados de 11 países reunidos en las cercanías de París decidieron el 3 de septiembre de 1938 fundar la IV Internacional, vinculada a los planteamientos políticos defendidos por Trotsky entonces ya exiliado en México y cuyo programa, titulado La agonía del capitalismo y las tareas de la IV Internacional, se conoce como «Programa de transición». Además, en mayo de 1940 publicaron un manifiesto a los trabajadores del mundo entero en vísperas de los «horrores de una nueva guerra imperialista mundial». Aunque Trotsky, ya desde 1935, hablaba con naturalidad de la IV Internacional, pese a que esta no existiera aún como organización estructurada.

Beria con la hija de Stalin en la finca de este (1931) (Wikimedia)

En diciembre de 1938 se produjo la destitución de Yezhov y su sustitución por Beria al frente de la NKVD. Como argumento justificativo de su destitución, a Yezhov se le iba a hacer responsable de sabotear la aportación productiva de los más de dos millones de presos del Gulag, en una situación de máxima tensión prebélica, y sería detenido en marzo de 1939 y fusilado en febrero de 1940. En ese momento también iba a pasar a primer plano el objetivo de eliminar a Trotsky antes del estallido de una guerra que se vislumbraba como inevitable, según testimonio de uno de los organizadores del asesinato de Trotsky (Sudoplatov). Y aunque no de forma tan masiva y generalizada, la acción represiva de la NKVD seguiría golpeando sobre diversos colectivos. Tocaría por estas fechas a los escritores (como fue el caso de Mijaíl Koltsov, corresponsal de Pravda en España durante la Guerra Civil, autoinculpado bajo torturas y que sería ejecutado el 2 de febrero de 1940). Nadie estaría a salvo. La mujer de Mólotov, Paula Zhemchúzhina, de origen judío y única comisaria del pueblo (de pesca), caería también en desgracia en agosto de 1939, tan solo un par de semanas antes de la firma del Pacto germano-soviético (también conocido como Pacto Mólotov-Ribbentrop). Posiblemente otro guiño a Hitler, por el origen judío de la mujer de Mólotov.

1939, consagración de una nueva nomenklatura y acercamiento a Hitler

En una situación en la que se contabilizaban oficialmente más de dos millones de deportados a los campos de internamiento (el Gulag), sometidos a trabajos forzados en condiciones especialmente duras, se celebraría en marzo de 1939 el XVIII Congreso del Partido que consagraría a la dirección del aparato a una nueva burocracia (nomenklatura) que, por edad, no había participado en la Revolución de Octubre de 1917, pero entre los que Stalin iba a encontrar mayor fidelidad y apoyo, pues se lo deberían todo a él, no solo el ascenso fulgurante en las estructuras partidarias, sino también la posibilidad de ocupar alojamientos y disfrutar de bienes que eran sistemáticamente requisados a las víctimas de las purgas estalinianas. También habían conocido el impulso industrializador del país, con los beneficios que ello podía aportar al conjunto de la sociedad, a pesar de los cuellos de botella económicos y el resultado catastrófico de la colectivización. Estos jóvenes en ascenso social iban a conformar una especie de «aristocracia obrera» que se iba a beneficiar de privilegios que el grueso de la población no iba a poder disfrutar, como el acceso a apartamentos y a otros bienes de consumo duradero sin tener que inscribirse en las listas de espera y, en su condición de cuadros dentro del nuevo aparato industrial (capataces, ingenieros, responsables de fábricas y granjas colectivas, etc.), gozar de primas salariales y poder acceder a bienes de consumo escasos en cantinas especiales. No iban a constituir más allá de un 10% de toda la población soviética, cifrada en ese momento en unos 170 millones de habitantes, por lo tanto unos 17 millones, pero iban a conformar la capa social en la que Stalin iba a cifrar sus apoyos tras las grandes purgas de los años 30.

Stalin, de quien se decía que en su vida personal estaba marcado por una austeridad casi ascética, llegó a disponer de quince villas, lo que se conoce por declaraciones del arquitecto Miron Merjanov que las diseñó, lo que no le libró de ser deportado al Gulag, del que sobrevivió tras pasar en él cerca de diecisiete años. Esas quince villas implicaban su correspondiente dotación de personal de mantenimiento, cocina, limpieza y seguridad. Un enorme gasto ocultado por una proyección externa de austeridad fingida.

A primeros de enero de 1939 Berlín informó a Moscú sobre su interés en formalizar un acuerdo comercial. Alemania concedería un crédito a Rusia para adquirir productos alemanes y el 10 de enero se rubricó el acuerdo entre ambos países, que sería la antesala de otros acercamientos de naturaleza política.

El 10 de marzo de 1939, Stalin daba por finiquitada la Guerra Civil en España ante el XVIII Congreso del Partido. Sin embargo, en España, Negrín y su aliado el Partido Comunista seguían propugnando la resistencia a cualquier precio, frente al dimisionario Azaña y al Consejo de Defensa formado en Madrid que dejó de reconocer la autoridad de Negrín y buscó un armisticio con el bando franquista que permitiera retirar a los combatientes hacia la costa. Mientras todo esto ocurría en España, Stalin esbozaba nuevos gestos de acercamiento a Hitler, que le llevaban al abandono del discurso antifascista que había sido impulsado a través de la Komintern para la formación de los Frentes Populares, prolongación de la política diplomática soviética de acercamiento a las potencias capitalistas occidentales. Pero con el Pacto de Múnich, estas le habían dado la espalda favoreciendo en la práctica que Hitler lanzase sus ejércitos hacia el Este, ganando así un tiempo que les permitiera proseguir con el rearme, no sin el profundo desacuerdo de Churchill que había condenado duramente esta política, a su juicio suicida, de Chamberlain.

23 de agosto de 1939, se firma el Pacto germano-soviético

El 4 de mayo, tras solo un mes de la derrota republicana en la guerra de España, Stalin destituyó como comisario de Asuntos Exteriores a Litvínov, partidario de una alianza con las potencias liberales occidentales contra la Alemania nazi, y además de origen judío. Fue reemplazado en el cargo por Mólotov, que años después declaró que Stalin le había advertido de que limpiara de judíos el comisariado. A continuación Beria, el nuevo jefe de la NKVD que reemplazó a Yezhov, mandaría detener a casi dos terceras partes de los responsables del comisariado de Asuntos Exteriores. Sin lugar a dudas, la señal que se enviaba a Hitler de buscar un acercamiento era tremendamente poderosa. Así lo percibía también la diplomacia francesa a través de su embajador en Berlín, mientras que Chamberlain, pese a todas las críticas y advertencias de Churchill, parecía indiferente ante el giro estratégico que se preparaba desde Moscú. Chamberlain y algunos representantes del Partido Conservador veían con temor las dificultades que estaba teniendo Gran Bretaña con su imperio colonial donde se desarrollaba una importante agitación independentista tras la Primera Guerra Mundial. Por eso, para este sector conservador británico, era prioritario aplazar el enfrentamiento bélico con Alemania y favorecer que Hitler se orientara contra la URSS.

Litvínov, comisario de Asuntos Exteriores 1938 (Wikimedia)

Mólotov acumularía en su haber el cargo de comisario de Asuntos Exteriores con el de presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo (presidente de Gobierno). Para apoyar a Mólotov, el fiscal de los procesos de Moscú, Vyshinski, fue cooptado al Comité Central y a la vicepresidencia del Consejo de Comisarios del Pueblo, como número dos de Mólotov para incorporarse también poco después como su adjunto en el comisariado de Asuntos Exteriores, con lo que cabe pensar que no fuera ajeno a las negociaciones que culminaron en el pacto con Alemania. Por esos caprichos de la historia, el que como funcionario judicial o policial de distrito en Petrogrado en julio de 1917 firmó el auto de detención de Lenin por ser un espía alemán, que en los años 1936 a 1938 dirigió como fiscal del Estado las acusaciones contra los procesados en los juicios de Moscú, a los que se atribuía pertenecer a una red conspirativa «trotskista-derechista» al servicio de la Alemania nazi, acabó recalando en el comisariado de Asuntos Exteriores desde donde se pergeñó el Pacto germano-soviético. Incluso llegaría a ser años más tarde comisario de Asuntos Exteriores.

El 11 de agosto se hizo presente en Moscú una delegación franco-británica, tras 6 días de un premeditado —por el entorno de Chamberlain— lento trayecto en barco, que además carecía de atribuciones para firmar un acuerdo con Moscú. Esa misma noche Stalin reunía al Politburó y ordenaba tomar inmediatamente contacto con el gobierno alemán, para tratar sobre un nuevo tratado comercial y el «asunto» de Polonia.

Firma del Pacto germano-soviético. Mólotov firmando, detrás Ribbentrop y Stalin (Wikimedia)

Berlín respondió a través de su embajador en Moscú sobre la disposición de Ribbentrop, el ministro alemán de Asuntos Exteriores, de acudir a una reunión en la capital soviética. El día 20 de agosto se firmó en Berlín el tratado comercial entre Alemania y la Unión Soviética que, entre otros aspectos, suponía un crédito de 200 millones de marcos para la adquisición de productos alemanes por los soviéticos. Hitler tenía prisa en firmar un pacto de «no agresión» con Stalin que le dejara las manos libres para invadir Polonia. Tras varias comunicaciones entre Hitler y Stalin, Radio Berlín daba a conocer el día 21 de agosto la existencia de un acuerdo germano-soviético. Finalmente, el día 23 de agosto Ribbentrop volaría a Moscú y esa misma tarde quedaría firmado el Pacto germano-soviético, que en esencia era el protocolo secreto que nunca se dio a conocer y del que la URSS negó su existencia hasta 1989, poco antes de su implosión en 1991. En ese protocolo secreto se planteaba el reparto en zonas de influencia de Polonia, Finlandia, los Países Bálticos y otras zonas de Rumanía. A continuación había que formalizar un documento público que hablara sobre «no agresión» entre los dos países, sin hacer ninguna mención al reparto acordado secretamente. En la gala de celebración posterior, Stalin brindó a la salud del Führer: «conozco el cariño que la nación alemana siente por su Führer. Me gustaría, pues, beber a su salud»; y luego brindó por Himmler.

Como puede imaginarse, tan pronto como se conoció la firma del acuerdo el impacto entre los partidos comunistas de la Komintern fue demoledor, y eso que no se conocía el protocolo secreto. Toda la línea antifascista anterior, que había nutrido la formación de los Frentes Populares, había quedado, sin solución de continuidad, dinamitada. Un tratado que hubiera planteado simplemente la «no agresión» entre los dos países, aun declarándose tan alejados ideológicamente, podría haber sido considerado incluso legítimo, a la vista de la actitud contemplativa —cuando no complaciente— que mantenían los gobiernos británico y francés respecto a los pasos que iba dando Hitler y que parecían orientarse militarmente hacia el Este de Europa (Checoslovaquia) y la URSS. Pero lo que nadie podía sospechar es que dicho tratado incluyera un protocolo secreto que implicara el reparto en zonas de influencia y la ocupación de Polonia y parte de Finlandia, además de los Países Bálticos, de la Besarabia y el norte de la Bucovina rumana.

Mapa del protocolo secreto del Pacto germano-soviético (Wikimedia)

Finalmente el 1 de septiembre de 1939 se produciría el ataque alemán contra Polonia y el día 3 un ultimátum de los gobiernos francés y británico, pero el día 8 los alemanes estaban ya a las puertas de Varsovia y Hitler exigió de Stalin que ocupase la parte oriental de Polonia acordada en el protocolo secreto, pero Stalin dudaba. Temía a la reacción franco-británica y a la opinión pública internacional. También a la posible agresión de Japón en Asia. Aunque el día 17 el Ejército Rojo avanzó por el Oeste, presentándolo Stalin como una medida de protección de las zonas ucranianas y bielorrusas de Polonia, aunque se trató por todos los medios de evitar el contacto con el ejército alemán, inseguros los soviéticos de que pudiera llegar a haber choques armados. El día 27 Ribbentrop viajaría de nuevo a Moscú y en tres días se cerrarían algunos flecos del protocolo secreto, en particular relativos a Lituania.

En las filas comunistas internacionales la nueva política orquestada por el Kremlin hacía estragos. El antiguo presidente del KPD, Ernst Thälmann, detenido en una prisión de Berlín, dirigió una carta a Stalin en la que manifestaba que los camaradas presos no entendían el sentido del pacto y llegaban incluso a hablar de traición. Los partidos comunistas de Alemania, Austria, Checoslovaquia y Polonia quedaron atados de pies y manos sin poder dirigirse políticamente contra el régimen hitleriano. El día 31 de octubre, ºante el Sóviet supremo, Mólotov, el comisario de Exteriores, presentaría la liquidación de Polonia como la «desaparición de ese hijo monstruoso del Tratado de Versalles».

El 30 de noviembre el Ejército Rojo iniciaba el ataque contra Finlandia. Lo que se suponía que iba a ser un mero paseo militar, iba a poner en evidencia la debilidad del ejército soviético, incapaz de doblegar, pese a su gran superioridad, la resistencia finlandesa. La agresión contra Finlandia puso de manifiesto el pernicioso efecto de las grandes purgas estalinistas emprendidas contra los mandos del ejército tan solo dos años antes. Y Hitler iba a ver también complacientemente la debilidad de un ejército con el que más pronto que tarde iba a tener que confrontar, pese al tratado recientemente firmado. El ataque a Finlandia, además de ser un fracaso militar en toda regla, le iba a llevar a la URSS a ser expulsada el 14 de diciembre de la Sociedad de Naciones, a la que se había incorporado en el marco del giro diplomático hacia los países occidentales dado a partir de 1934 y que luego se plasmó como prolongación de la diplomacia soviética en la táctica de los Frentes Populares adoptada por la Komintern. No solo Hitler sonreiría ante el fracaso soviético en Finlandia, sino que además Reino Unido y Francia amenazaron a la URSS con intervenir contra ella si no se retiraba del país nórdico, que capitularía finalmente el 12 de marzo de 1940 tras 105 días de guerra y cerca de 400.000 bajas del ejército soviético, entre muertos y heridos. Lo que los mandos del Ejército Rojo habían previsto liquidar en tres semanas se había convertido en una verdadera catástrofe.

1940, asesinato de Trotsky

El 14 de junio de 1940, tras unas semanas de combates, París era ocupado por los alemanes, lo que suponía un tremendo golpe para los planes de Stalin. Ni en la hipótesis más pesimista podría haber pensado Stalin que Francia caería en tan poco tiempo ante Alemania. Si en el plan de Stalin se preveía una larga guerra de desgaste como la de la Primera Guerra Mundial, la rápida ocupación de Francia le planteaba abiertamente que la guerra con Alemania estaba al llegar. Ante el temor a un ataque alemán, y constatando la debilidad que había demostrado el Ejército Rojo en Finlandia, Stalin decidiría reintegrar al ejército a más de 11.000 oficiales que habían sobrevivido a las purgas y estaban en prisión o en campos de concentración. Y paralelamente, para acreditar ante Alemania una supuesta normalidad de las relaciones germano-soviéticas tras la ocupación de Francia, Stalin decidió ocupar los Estados Bálticos, en aplicación del protocolo secreto acordado con Alemania.

Un último gran fleco le faltaba por resolver a Stalin en esos momentos en que la amenaza de guerra con Alemania se hacía cada vez más cercana. Se trataba de Trotsky, al que había que eliminar como último superviviente de los dirigentes bolcheviques que acompañaron a Lenin en la Revolución de Octubre de 1917. La represión se había cebado sobre toda su familia residente en la Unión Soviética, incluidos muchos miembros que jamás estuvieron en política pero que fueron eliminados sistemáticamente, como nos explicaba Xabier Arrizabalo tras entrevistar a Esteban Volkov, nieto de Trotsky. Su hijo Leon Sedov, colaborador esencial de la Oposición, también había sido asesinado en París en 1937. Finalmente, Trotsky, que se encontraba refugiado en el México presidido por el general Cárdenas, sería asesinado el 21 de agosto de 1940 (justamente un año después de que Hitler anunciara por radio el acuerdo con Stalin) por un español, Ramón Mercader, militante del Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC), formado como agente encubierto por los servicios soviéticos. Para aproximarse al viejo revolucionario, que contaba con 60 años, se hizo pasar por un personaje de origen belga a través de una joven en contacto con la organización trotskista.

Leon Trotsky trabajando en el despacho en Coyoacán (México) (Wikimedia)

Tras fracasar en su intento de asaltar Gran Bretaña, Hitler iba a dar un giro a su estrategia militar dirigiéndose hacia el Este. A finales del año 1940, en diciembre, iba a firmar la llamada directriz 21 destinada al mando alemán, conocida como la operación «Barbarroja» que preparaba el ataque contra la Unión Soviética previsto para el mes de marzo de 1941, al comienzo de la primavera, pero que finalmente se retrasaría hasta junio por los problemas surgidos al ejército italiano en Grecia, que obligaron a los alemanes a tener que ocupar los Balcanes antes de disponer sus ejércitos contra Rusia.

1941, el Ejército Rojo, diezmado por las purgas, incapaz de resistir la primera embestida alemana

Hitler, que ya había decidido organizar el ataque militar contra la URSS, quiso mantener en la confusión a Stalin firmando un nuevo tratado comercial el 10 de enero de 1941, que incluía suministros hasta el verano de 1942. Alarmado por la debilidad de su Estado Mayor, Stalin destituyó a Kiril Meretskov y nombró a Gueorgui Zhúkov, quien propondría reforzar la frontera occidental, encontrando la resistencia del Politburó que consideraba que podría ser considerado como una amenaza por Hitler. En la conferencia del Partido del 17 al 20 de febrero de 1941 se produjeron varias expulsiones del Comité Central (Litvínov) y alguna advertencia contra algunos comisarios del pueblo (Kaganóvich). Zhúkov sería incorporado al Comité Central, junto con otros mandos del Ejército.

El empantanamiento de las tropas italianas de Mussolini, frente a la Grecia de Metaxás, llevó a Hitler a decidir la intervención alemana en Grecia en abril de 1941, que implicaba también la intervención en Yugoslavia, donde en marzo había sido derrocado el gobierno colaboracionista de los nazis del regente Pablo. La ocupación fue rápida, en buena medida porque el ejército británico decidió no oponer resistencia en Grecia frente a los ocupantes alemanes, ayudando a la retirada del rey Jorge II hacia Egipto. Esta intervención del ejército alemán en los Balcanes retrasó posiblemente los planes de ataque inmediato a la URSS (aunque también es cierto que la climatología de esos meses, con intensas lluvias en la zona de Bielorrusia y Ucrania, tampoco hubiera sido favorable para iniciar el ataque previsto en la primavera). En cualquier caso, ese retraso en el inicio de la operación «Barbarroja» pudo ser providencial para el desarrollo posterior de la guerra.

Alarmado por la ya inminente amenaza militar alemana, Stalin exploraría salidas desesperadas. El 13 de abril suscribiría un pacto de no agresión con Japón, y unos días después, el 20 de abril, convocaría a Dimitrov en su despacho para proponerle la disolución de la Komintern, una manera para tratar de eludir ser el objetivo central del Pacto Antikomintern que agrupaba a las potencias del Eje con Japón. Dimitrov, el italiano Togliatti y el francés Thorez lo apoyaron. Pensaba Stalin que todavía tenía margen de negociación con Hitler y, pese a las advertencias del mando militar encabezado por Zhúkov, no adoptaría las medidas de movilización aconsejadas, temiendo que con ello se agotaría cualquier vía de negociación con Hitler. Desoyó incluso el aviso oficial que le hizo llegar Churchill el 21 de abril, de los preparativos para el ataque sobre la URSS. No se fiaba de que los británicos y alemanes pudieran estar negociando en realidad un armisticio, que permitiera a Alemania quedar libre por completo para atacar la URSS y que Gran Bretaña quisiera empujar a los soviéticos al enfrentamiento con Alemania para quitar presión en el Oeste.

Operación «Barbarroja» 1941. Avance alemán (flechas oscuras) y repliegue del Ejército Rojo (flechas blancas) (Wikimedia)

En mayo, Stalin se hacía elegir presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo (Gobierno) e intentaría una declaración conjunta germano-soviética que desmintiera los rumores de un posible enfrentamiento, pero Hitler ya había ordenado la evacuación de la delegación alemana en Moscú. La rocambolesca llegada de Rudolf Hess a Inglaterra el 10 de mayo, interpretada por Stalin como un acercamiento entre Alemania y Gran Bretaña para sellar un armisticio que permitiera a Hitler atacar a la Unión Soviética, le persuadirían de la inminencia del ataque y echaría para atrás la iniciativa de liquidación de la Komintern. Pero las dudas y vacilaciones de Stalin eran continuas. No acababa de confiar en los informes que le llegaban de la preparación de un ataque inminente. Todavía el 13 de junio se negaría a dar la orden que solicitaba el mando militar (Zhúkov y Timoshenko) de desplegar tropas en la frontera occidental. No quería supuestamente irritar a Hitler, y por más que los jefes militares soviéticos vieran el inminente peligro, nadie se atrevía a contrariar a Stalin, ante el peligro para su propia vida que ello podría suponer (ante el Politburó llegó a amenazar con fusilar a Timoshenko). Los servicios secretos soviéticos en Alemania y en otros países habían detectado información muy precisa de la inminencia del ataque, con fecha concreta del día 22 de junio, pero Stalin seguía sin darle crédito alguno.

Mólotov reconocería años después que Stalin no esperaba en absoluto un ataque alemán sin mediar unas desavenencias previas o algún ultimátum. Las consecuencias de esta imprevisión serían catastróficas en los primeros momentos de la guerra. La aparente superioridad material del ejército soviético en hombres, tanques, aviones de combate, etc. se vería anulada pocos días después. Iniciado ya el ataque de la aviación alemana, Stalin dudaría aún si dar la orden de responder al enemigo, pese al requerimiento del mando militar. Hasta que Mólotov no regresó de la embajada alemana, no se dio la orden de responder militarmente, pero solo a tropas que hubieran franqueado la frontera soviética. Paralizado por la impetuosidad del ataque alemán, Stalin buscaría culpables y en los primeros momentos serían acusados de complot unos cuarenta jefes militares y algunos miembros del Comité Central, de los que más de la mitad serían fusilados sin juicio (entre ellos el general Pávlov).

Los primeros momentos de la ofensiva alemana serían desastrosos para la Unión Soviética. Las unidades del Ejército Rojo quedarían en muchos casos aisladas del mando militar, sin dirección, retrocediendo ante la actividad persistente de la aviación y la artillería alemana, incapaces de ser contrarrestadas por la aviación soviética que había sufrido enormes pérdidas. En seis semanas habían sido hechos prisioneros unos 700.000 soldados soviéticos. Lituania, Bielorrusia, Ucrania fueron arrasadas por el ejército alemán (Wehrmacht). En los primeros momentos, Stalin, abatido, delegaría en sus subordinados, sumidos en una gran confusión, pues todo el proceso de las purgas recientes hacía que nadie pudiera confiar realmente en nadie. Todos tenían que curarse en salud por miedo a que cayera sobre ellos el castigo del Jefe.

Moscovitas cavando trincheras antitanque en las afueras de Moscú (1941) (Wikimedia)

El 3 de julio Stalin se dirigió por radio al país y llamó a la población a que, en caso de verse obligado a retroceder el Ejército Rojo, evacuara con todo lo que fuera posible, y lo que no pudiera ser llevado, fuera destruido para que los alemanes no pudieran proveerse ni de cereal, ni de combustibles, ni de cualquier otro elemento de avituallamiento que pudieran necesitar. Llamaba a la formación de guerrillas partisanas y a destruir todas las infraestructuras que pudieran ser utilizadas por los alemanes.

No sería hasta un mes después de la ofensiva alemana cuando el Ejército Rojo comenzaría a dar señales de resistencia organizada. La utilización de los cohetes Katiusha por la artillería soviética sería un elemento de estímulo para ello. En esa nueva coyuntura más favorable, Stalin asumiría él mismo el comisariado del pueblo para Defensa, que acumularía con la presidencia del Gobierno (Consejo de Comisarios del Pueblo). También a partir de esas fechas, el presidente estadounidense Roosevelt iba a autorizar la venta de armas a la URSS. La situación era terrible. Las tres grandes capitales soviéticas: Kiev, Leningrado y Moscú iban a verse amenazadas por el ejército alemán. Stalin se dirigió a Roosevelt y a Churchill suplicándoles ayuda ante la dramática situación de la URSS. Kiev caería a mediados de septiembre con casi medio millón de soldados soviéticos capturados que no pudieron retirarse por órdenes expresas de Stalin.

El duro invierno acudió en ayuda de la Unión Soviética. Stalingrado 1942-43

A finales de septiembre de 1941 el balance era estremecedor. Casi dos millones de soldados soviéticos habían caído prisioneros de los alemanes y cerca de un millón y medio habían desaparecido o muerto en combate. Para intentar compensar tamaño desastre serían liberados cerca de medio millón de prisioneros del Gulag y enviados al frente. Más de 1.500 empresas se habían tenido que trasladar hacia los Urales. La única buena noticia entre tanto desastre fue la caída de las temperaturas en octubre y noviembre, que pilló al ejército alemán desprevenido, sin equipamientos adecuados para hacer frente a la ola de frío, cuando se encontraba a pocos kilómetros de Moscú. Este cambio climatológico le permitió al ejército soviético pasar a la contraofensiva en diciembre y alejar de la capital soviética a los atacantes, aunque esto no sería óbice para que se reemprendieran las purgas contra altos oficiales del ejército acusados de derrotismo o traición. Como consecuencia de ello, otros treinta generales serían fusilados. Incluso su allegado Voroshílov, aunque se salvaría de la purga, sería duramente descalificado. Sin embargo, a partir del primer año del enfrentamiento bélico, Stalin —según reconocieron después algunos de los mandos militares— cambió su forma de dirigir la guerra y se apoyó más en los jefes militares, frente a la etapa inicial, lo que condujo a una mejora táctica por parte del ejército soviético.

Ataque soviético en Stalingrado (enero 1943) (Wikimedia)

Cuando llegó la primavera el ejército alemán reemprendió la ofensiva. En este momento el objetivo primordial era apropiarse de los pozos petrolíferos del Cáucaso (Bakú), dirigiendo hacia allí a sus ejércitos. Primero caería Crimea en manos alemanas y los soviéticos sufrirían una durísima derrota en Járkov (este de Ucrania). Proseguiría el avance alemán y, a principios de septiembre, se iniciaría el cerco sobre Stalingrado, que durante cinco meses resistiría hasta extremos inenarrables. Pero en noviembre, como ocurrió el año anterior, el crudo invierno ruso se abatió de nuevo sobre las tropas alemanas que cercaban la ciudad, y el ejército soviético pasaría a la ofensiva envolviendo desde finales de noviembre a más de 300.000 soldados alemanes exhaustos. Finalmente, el 31 de enero de 1943, el mariscal alemán Von Paulus se rendiría ante los soviéticos, marcando un giro decisivo en la marcha de la Segunda Guerra Mundial. A partir de ese momento, el ejército alemán ya se batiría en retirada frente a la iniciativa militar soviética. El segundo frente en Occidente, que Stalin había pedido con insistencia a británicos y norteamericanos, y que estos habían prometido aunque aplazando sistemáticamente su apertura, se iba a poner manos a la obra en el momento en el que la Unión Soviética tomaba la iniciativa militar contra Alemania. Ese segundo frente, que se materializó en el desembarco en Normandía en junio de 1944, buscaba sobre todo llegar a Berlín antes de que lo hicieran los soviéticos.Tras la Segunda Guerra Mundial, gracias al papel que había jugado la Unión Soviética en la derrota de la Alemania nazi, la figura de Stalin iba a salir reforzada, tanto en el interior de la URSS como en el exterior, en tanto que líder que había dirigido la victoria contra el nazismo y había ayudado a la liberación de buena parte de la Europa Oriental ocupada por los alemanes. Su figura internacional sería relanzada también en las Conferencias de Teherán, Yalta y Potsdam, junto a los líderes estadounidenses y británicos (Roosevelt, luego sustituido por Truman, y Churchill, luego sustituido por Attlee). Y ante los que, como acto de buena voluntad, en mayo de 1943, previamente a la Conferencia de Teherán ya había disuelto la Komintern, creada en marzo de 1919. La Unión Soviética participaría en la nueva configuración de la Europa de postguerra y en la constitución de las Naciones Unidas, aunque pocos años después se produciría el giro norteamericano hacia la «Guerra Fría» y la conformación de Europa y el mundo en dos bloques: el bloque del Este, con la creación en 1949 de la institución económica denominada Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME o «Comecon») y en 1955 del Tratado militar conocido como Pacto de Varsovia; y el bloque Occidental, con la formación de la OECE (Organización Europea para la Cooperación Económica) en 1948 para administrar los fondos económicos del Plan Marshall, y la OTAN, creada en 1949, como tratado militar para el Atlántico Norte. Aunque estas cuestiones ya las hemos abordado en sendos artículos aparecidos en Descubrir la Historia: Stalingrado (1943): punto de inflexión en la Segunda Guerra Mundial y La guerra civil griega, la doctrina Truman y la Guerra Fría.

Conferencia de Potsdam. Attlee, Truman y Stalin (sentados) (Wikimedia)

Elementos para un balance de las purgas de los años 30

Tras el tercer proceso de Moscú, Trotsky, desde el exilo de Coyoacán (México), reflexionando sobre las acusaciones formuladas por Vyshinski, deducía que de haber sido «cierto» lo que señalaba el fiscal, el Estado soviético habría sido un aparato centralizado de «traición» desde los años 20. Ya que, nada más y nada menos, el jefe del Gobierno (Rýkov) y la mayoría de los comisarios del Pueblo de la segunda mitad de la década: Kámenev, Rudzutak, Smirnov, Rozengoltz, Ivanov, Ossinsky… lo «eran». También los diplomáticos más significativos de este período: Rakovski, Sokólnikov, Krestinski… Todos los dirigentes de la Komintern: Zinóviev, Bujarin, Radek… Y los más relevantes dirigentes de la economía: Piatakov, Smirnov, Serebriakov… Así como los más reconocidos mariscales y jefes del Ejército Rojo: Tujachevski, Yakir, Uborevich, Cork… O los líderes obreros y sindicales como: Tomski, Yevdokimov, Smirnov… Sin olvidar a los jefes y miembros de los gobiernos de las repúblicas soviéticas de Rusia y a todos los jefes de las repúblicas no rusas sin excepción. También los jefes de la GPU (Yagoda) y sus colaboradores (Medved, responsable de la GPU en Leningrado)… Y el Politburó de los tiempos de Lenin (salvo Stalin y el mismo Lenin del que su viuda, Krúpskaya, llegó a decir que de no haber muerto hubiera sido encarcelado por la GPU): Trotsky, Zinóviev, Kámenev, Tomski, Rýkov, Bujarin, Rudzutak… Según la acusación, todos ellos participaron en un gran complot contra el poder soviético desde los momentos mismos en que se encontraban a la cabeza de esos organismos en los años 20. Y todos ellos lo hacían además por cuenta de potencias extranjeras para someter a la Rusia soviética al fascismo internacional. ¡Delirante! Resulta evidente que todas las confesiones y autoinculpaciones de aquellos hombres curtidos en la clandestinidad y en las prisiones de la época zarista, que habían dirigido una revolución y una guerra civil solo pudieron obtenerse a través de la tortura, física y psíquica. En particular a través de la presión y amenazas de la policía política hacia sus familiares: esposas, hijos, padres, madres y hermanos en manos de la GPU. Como señalaría Trotsky desde el exilio, estos revolucionarios de 1917 habían dejado de existir como personas para convertirse en esclavos de la GPU.

Principales dirigentes soviéticos entre 1917-41 (elaboración propia)

Sobre el asesinato de Kírov, Trotsky consideraba archidemostrada la responsabilidad de la GPU (Medved, responsable de la GPU en Leningrado, con su ayudante Zaporozhets y Yagoda, el jefe máximo en funciones) que sin lugar a dudas mantenían al tanto a Stalin, al que reportaban asiduamente. Sostenía Trotsky que probablemente en la organización de la trama de ese atentado no hubiera sido previsto que culminara con la muerte de Kírov, que eso seguramente escapó a sus planes. Pero una vez ocurrido se utilizó para amalgamar y acusar a todos los antiguos oposicionistas, haciéndoles responsables de la preparación y ejecución de un acto terrorista. Aunque para apartar cualquier responsabilidad en el mismo por parte de Stalin y Yagoda, Medved fue destituido, procesado por negligencia criminal por el asesinato de Kírov y condenado a tres años, luego indultado, pero de nuevo procesado y condenado en 1937 en el marco de la purga militar, y ejecutado en noviembre de 1937.

¿Cómo se pudo llegar a esta situación?

Enumeramos a continuación una serie de hechos explicativos que consideramos especialmente relevantes, aunque somos conscientes que con ello no agotaríamos todas las hipótesis que las diferentes corrientes historiográficas han venido barajando.

1.- Necesidad de deshacerse de cualquier tipo de disidencia, real o posible, en el interior, liquidando a todos los dirigentes que hubieran estado en algún momento en divergencia con los planteamientos de Stalin y sus allegados. Primero la Oposición de izquierda —a pesar de los arrepentimientos de muchos de ellos a partir de 1929— y después contra el sector de «derecha» del Partido, que en los años 20 había sido su aliado para liquidar a la Oposición de izquierda. En los años 30 las cosas iban francamente mal. La colectivización forzosa estaba resultando un verdadero desastre y había dado lugar a grandes hambrunas que habían diezmado a la población de algunos territorios. La industria crecía, aunque a costa de un esfuerzo sobrehumano y con la aportación de un contingente de mano de obra forzada (esclava) de varios millones de personas procedentes del Gulag. En esas condiciones, el temor a que ese descontento entroncara con los sectores de oposición le llevó a Stalin a emprender las purgas. Por tanto, el miedo a que su posición dominante pudiera ser cuestionada, sería un primer factor clave para explicar las purgas.

2.- La inapelable derrota de la política estalinista en Alemania. Toda la orientación ultraizquierdista impuesta a la Komintern y en particular al KPD —la socialdemocracia era calificada como «socialfascista», por lo tanto, ningún acuerdo fue posible con ellos para combatir al nazismo— hacía aguas con el ascenso de Hitler a la cancillería, aunque Stalin tratara de minimizar la dimensión del fracaso anunciando el pronto triunfo revolucionario en Alemania, en el que nadie creía ya. Pero no era posible ocultar al Partido la derrota de tal política. Este hecho, así como el ambiente de terror y hambrunas que se vivía en el país con la colectivización forzosa, le pasaron factura a Stalin en el XVII Congreso del Partido de enero de 1934. Pese a proclamarse como el Congreso de los «vencedores» y alardear sobre el cumplimiento anticipado del Primer Plan Quinquenal (1928-1932), Stalin fue reprobado (tachado de la lista) por varios cientos de delegados (entre 125 y 300 según las fuentes), mientras que Kírov, percibido como un dirigente más conciliador, obtuvo el apoyo casi unánime de los delegados (tan solo tuvo 2 o 3 reprobaciones), y además fue propuesto para la secretaría general por un grupo de delegados del Cáucaso, aunque no aceptó. Quizás en ese preciso momento comenzara Stalin a urdir con Yagoda y Medved los entresijos del atentado contra Kírov (aunque sin pretender quizás su culminación en muerte, como ya hemos señalado). El temor ante la situación internacional y el temor a poder ser desplazado en el Partido serían de nuevo el factor clave de sus actuaciones.

3.- En los años siguientes, el ambiente prebélico que se vivía en Europa llevaría a Stalin a buscar el acercamiento a Reino Unido y Francia, así como a solicitar la incorporación a la Sociedad de Naciones (SdN). Y en ese contexto, los procesos de Moscú contra los miembros de la vieja guardia bolchevique, que habían llevado a cabo la Revolución de Octubre junto a Lenin, podrían percibirse como un guiño dirigido sobre todo a los conservadores británicos (Baldwin y Chamberlain) de que se ponía fin a cualquier veleidad de extender la revolución más allá de las fronteras soviéticas («revolución en un solo país» frente a revolución mundial), hasta el punto que Litvínov llegó a presidir una comisión en Ginebra que tenía el objetivo de formalizar un tribunal internacional contra el terrorismo, tras los asesinatos en 1934 del rey Alejandro de Yugoslavia y del ministro de Exteriores francés, Jean Louis Barthou. Paralelamente, en 1935 se reunía por última vez el VII Congreso de la Komintern donde se acordaba el giro táctico a los Frentes Populares, que no era sino una prolongación de la nueva política diplomática soviética de acercamiento a las potencias capitalistas occidentales. Pero las reticencias de los conservadores británicos a hacer frente al nazi-fascismo en la Guerra Civil en España (con la política de «no intervención» a la que se unió la Francia del Frente Popular), o ante la absorción de Austria (Anschluss, de marzo de 1938) y culminando con el vergonzoso Pacto de Múnich (de septiembre de 1938) que dio paso a la ocupación de Checoslovaquia, hicieron que Stalin fuera mirando progresivamente hacia Alemania, a la que fue haciendo también numerosos guiños: procesamiento de numerosos judíos soviéticos, alemanes y polacos en los procesos de Moscú, así como entre los miembros del alto mando militar purgado, apartamiento del también judío Litvínov del comisariado de Asuntos Exteriores, detención y deportación de la esposa de Mólotov, única mujer comisaria del pueblo y también judía, etc.; hasta la culminación en el Pacto germano-soviético de agosto de 1939. En todo este giro la Komintern ya no contaba para nada. De hecho, se planteó su liquidación para que dejara de ser el objetivo del Pacto Antikomintern que habían suscrito las fuerzas del Eje. Pero toda esa orientación política, tanto la represión en el interior, como los giros en la política internacional, acabaron debilitando seriamente a la URSS que quedó paralizada en las primeras semanas del ataque alemán de junio de 1941, provocando enormes costes, tanto en vidas humanas como materiales.

¿Y Stalin?

Seguramente, en la conducta de Stalin pudo haber importantes aspectos psicopatológicos que un psicoanalista habría podido desvelar. Sin lugar a dudas. Pero pudiendo tener una cierta relevancia estos aspectos psicológicos del personaje, que quizás se acentuaran aún más tras la Segunda Guerra Mundial y especialmente en los últimos años de vida —cuando inventó el «complot de las batas blancas» contra sus propios médicos—, sin embargo no explicarían que todo ello se pudiera llegar a convertir en una política de Estado y además de un Estado de la importancia y proyección internacional que tenía la Unión Soviética en ese momento.

Stalin, por sus características personales y por su trayectoria política, acabó convirtiéndose en el instrumento necesario para esa emergente burocracia que se fue conformando en el Estado soviético y que acabaría encumbrándolo a la cúspide del Partido y del Estado. Es cierto que su personalidad era muy peculiar. Confesaba Kámenev a su cuñado Trotsky que en una conversación informal alrededor de alguna botella de licor que otra, él mismo, Dzerzhinski (fundador de la Checa, primera policía política soviética) y Stalin se confesaron sobre qué era lo que les produciría más placer y Stalin explicó que «lo mejor que había en la vida era escoger la víctima, preparar bien el golpe, vengarse sin compasión y después irse a dormir». Sin comentarios.

En la historia del Partido Bolchevique, Stalin había sido un personaje gris y de formas toscas aunque siempre fiel a Lenin. Estaba muy lejos de la capacidad teórica de líderes como Bujarin, Zinóviev, Rakovski, Preobrazhenski o Trotsky. No gozaba de una gran elocuencia ni de una gran capacidad oratoria. Frente al exilio que habían conocido sus camaradas, lo que les había llevado a tener que vivir en diferentes países y dominar varias lenguas, Stalin había permanecido en Rusia y tenía una mentalidad más bien provinciana frente al cosmopolitismo del que podían hacer gala los otros dirigentes. Todo eso le llevó a figurar durante el período revolucionario más intenso (1917-1922) en puestos que no eran de relevancia trascendental (comisario del pueblo de Nacionalidades), hasta que la enfermedad de Lenin le llevó a ocupar un lugar central en el aparato del Partido, en la secretaría general, desde donde comenzó a tener el control férreo de la organización. Aunque Lenin, que apoyó este nombramiento propuesto por Zinóviev, no las tenía todas consigo y advirtió al Partido contra Stalin señalando con sorna que era «un cocinero que sólo nos prepararía platos fuertes» e intentó compensar su nombramiento proponiendo que Trotsky y Kámenev —judíos los dos y además cuñados— ocuparan dos vicepresidencias en el Consejo de Comisarios del Pueblo, que en realidad era la presidencia compartida puesto que la enfermedad le obligaba a Lenin a estar relativamente apartado de las tareas de gobierno. Pero Trotsky, inexplicablemente, no aceptó.

Poco antes de que le sobreviniera la muerte, Lenin dirigió una carta al Partido, con ocasión del XIII Congreso (22 de diciembre de 1922 a 4 de enero de 1923), conocida como «Testamento de Lenin», en la que subía el tono contra «el georgiano»: «Stalin es demasiado brusco, y este defecto, plenamente tolerable en nuestro medio y en las relaciones entre nosotros, los comunistas, se hace intolerable en el cargo de Secretario General. Por eso propongo a los camaradas que piensen la forma de pasar a Stalin a otro puesto y de nombrar para este cargo a otro hombre que se diferencie del camarada Stalin en todos los demás aspectos sólo por una ventaja, a saber: que sea más tolerante, más leal, más correcto y más atento con los camaradas, menos caprichoso, etc.».

Kírov y Stalin (y la hija de este) en 1934 (Wikimedia)

En las disputas político-económicas de los años 20 (el gran debate) que se desarrollaron sobre todo cuando Lenin, cada vez más enfermo, estaba más alejado de las tareas políticas, Stalin apenas intervino, pero sin embargo dio el sostenimiento del aparato al sector «derechista» liderado por Bujarin, que culminó con la expulsión de la Oposición de izquierdas en 1927 (para lo que Stalin movió los hilos de la GPU montando una provocación con un supuesto antiguo miembro de los ejércitos blancos, que era en realidad un agente de la policía política).

Expulsada la Oposición de izquierdas, dispersada; encarcelados muchos de sus miembros; enviado Trotsky, su líder, al exilio, los dirigentes oficialistas se tuvieron que enfrentar a la crisis de entregas de cereal del final de la década de los 20 (años 1928 y 1929) que les llevó a emprender la colectivización forzosa. Esto supuso la ruptura con el sector de «derechas» defensor en cierta medida de una vía de desarrollo capitalista agrario (el famoso ¡enriqueceos! de Bujarin a los campesinos). La expulsión de Bujarin y sus partidarios le llevaría a Stalin a ocupar la cima del Partido ya con todos los más relevantes dirigentes de Octubre apartados.

Aunque algunos se reincorporaron tras arrepentirse, Stalin no se fiaría de ellos en una situación interna marcada por un ambiente casi de guerra civil en el campo por la colectivización y las hambrunas. La quiebra de su política en Alemania, la reprobación de centenares de delegados en el XVII Congreso del Partido en 1934 iba a hacer el resto. Stalin ya no se podía apoyar en la vieja burocracia, que pese a su conservadurismo en muchos aspectos, él la consideraba lastrada por su vínculo con la Revolución de Octubre. Y por eso su apuesta sería por liquidar a la vieja guardia bolchevique que había protagonizado la revolución junto a Lenin y, al mismo tiempo, remover a la vieja burocracia para formar una nueva nomenklatura fiel, que por su juventud ya no iba a estar vinculada a los acontecimientos de Octubre de 1917.

Esto explicaría que en las purgas no solo fueran eliminados miembros de las antiguas oposiciones de izquierda y de derecha, sino también miembros de su entorno más próximo desde los años 20. Ninguno era de fiar de cara a consolidar su posición al frente del Partido y del Estado apoyándose en la nueva nomenklatura ascendente. El control que tenía de la NKVD le llevaba a tener dosieres de los mismos miembros del Politburó a los que podría destruir en cualquier momento. Algunos de los más fieles ejecutores de sus macabros planes acabaron también ejecutados, como Yagoda y Yezhov. Ordzhonikidze se suicidó tras el acoso sufrido contra sus hermanos y su protegido Piatakov. Mólotov se libró por los pelos, pero su esposa, de origen judío y la única comisaria del pueblo mujer, fue purgada y acabó en el Gulag a finales de los 40, aunque Mólotov defendió hasta los últimos momentos de su vida (1986) las actuaciones de Stalin de los años 30 y 40. Sin embargo, Vyshinski, que venía de las filas mencheviques y que no se incorporó al bolchevismo hasta los años 20, sí prosperó: reemplazó a Mólotov al frente del comisariado de Asuntos Exteriores y fue embajador ante la ONU. La represión política estalinista desplegada durante los años 30 y 40 había cambiado por completo la faz del Partido y del Estado soviético. Quizás ello permita explicar cómo esa nueva nomenklatura, emergente a partir de las purgas de los años 30 y 40, pudiera dar sin problemas el salto en los años 90 desde el «comunismo soviético al capitalismo salvaje y mafioso» sin solución de continuidad. Responsables de los servicios secretos, dirigentes del Partido y de las Juventudes se convirtieron en grandes oligarcas mediante métodos claramente mafiosos de apropiación de la vieja propiedad Estatal dilapidada y privatizada a precios de saldo.

Nota aclaratoria con los nombres y apellidos rusos: Para homogeneizar la transcripción fonética de los mismos al castellano y facilitar su reconocimiento por el lector, se ha utilizado la variante de dichos nombres y apellidos que figura en la versión castellana de Wikipedia.

Para saber más:

Jean-Jacques Marie (2003). Stalin. Madrid: Editorial Palabra.

Jean-Jacques Marie (2009). Trotski. Revolucionario sin fronteras. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Georges Haupt y Jean-Jacques Marie (1972). Los bolcheviques. México: Ediciones Era.

Raygor S.L. (1995) Stalin. Barcelona: Planeta De Agostini.

Leon Trotski (1977). Obras escogidas. Tomo III (los procesos de Moscú). Madrid: Editorial Fundamentos.

Leon Sedov (2015). Libro Rojo sobre el Proceso de Moscú [1936]. Valencia: Edicions Internacionals Sedov.

Pierre Broué (1974). El Partido Bolchevique. Madrid: Editorial Ayuso.

Pierre Broué (1997). Histoire de l’Internationale Commnuniste (1919-1943). París: Fayard.

Maximilien Rubel (2004). Stalin. Barcelona: Ediciones Folio.

Xabier Arrizabalo (2018). Enseñanzas de la Revolución Rusa. IME. Madrid.

Jesús de Blas (1994). La formación del «Mecanismo Económico Estalinista» (M.E.E.) en la antigua URSS y su imposición en la Europa del Este; el caso de Hungría. Tesis doctoral. Universidad Complutense de Madrid (UCM).

Programas de radio:

Los procesos de Moscú, la muerte programada. Documentos [sonoros] de Radio Nacional de España (RNE). 20 de noviembre de 2020. Guion y dirección Miguel Ángel Coleto.

El pacto germano-soviético. Documentos [sonoros] de Radio Nacional de España (RNE). 1 de octubre de 2005. Guion y dirección Elvira Marteles.

Ficción:

Alejandro M. Gallo (2011). Asesinato en el Kremlin. Madrid: Rey Lear.

Leonardo Padura (2011). El hombre que amaba a los perros. Barcelona: Tusquets editores.

Richard Lourie (2000). Stalin. La novela. Barcelona: Planeta.

La muerte de Stalin (2017). [Película]. Director y guionista Armando Iannucci.

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Jesús de Blas Ortega

Doctor en Ciencias Económicas y profesor de Secundaria de Geografía e Historia.

2 comentarios en «El asesinato de Kírov, los procesos de Moscú y el Pacto germano-soviético»

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