Creso de Lidia: el verdadero rey Midas

«Cuidado con lo que deseas». Este manido consejo podría haberle venido bien a Creso, el último rey de Lidia, que acabó cayendo en desgracia y destruyendo su reino por pura ambición.

¿Qué fue lo que hizo mal este monarca, la inspiración de la leyenda del rey Midas, un hombre que convertía en oro todo lo que tocaba?

Si bien Creso no podía literalmente convertir en oro todo lo que tocaba, la realidad no le iba demasiado a la zaga. Su reino, Lidia, fue uno de los más ricos de la Antigüedad. Existió entre los años 1200 a 546 a. C. y, en su máxima expansión, llegó a controlar prácticamente todo lo que hoy conocemos como Turquía. Tras dos dinastías de reyes cuya historicidad es bastante dudosa, los Tantálidos y los Heráclidas, gobernó este reino la familia de los Mérmnadas, a la que pertenecía Creso. Fueron ellos quienes llevaron al reino a su máximo apogeo, convirtiéndolo en una potencia económica (aunque no por ello descuidaron la antiquísima tradición mediterránea de apuñalarse por la espalda, robarse las esposas y demás formas de sucederse en el trono, según nos cuenta Janto de Lidia). De hecho, los Mérmnadas fueron los primeros en todo el Mediterráneo en acuñar monedas: estas eran unas pequeñas pepitas de oro o de electro (una aleación natural de oro y plata), con un cuadrado incuso (es decir, la señal de la superficie sobre la que se golpeaba el metal para acuñar la moneda) en un lado y un león, el símbolo del reino lidio, en el otro. Fue con estas estáteras de oro que Creso pagó la renovación del templo de Ártemis en Éfeso, una de las Siete Maravillas de la Antigüedad. 

Mapa del reino de Lidia en su máxima expansión, durante el reinado de Creso. Fuente: Wikimedia Commons. 
Estátera de oro de Creso, acuñada en Sardis. Fuente: Wikimedia Commons/CNG Coins.

Pero Creso fue más lejos. Viendo, desde su capital en Sardis, cómo había crecido su reino, se preguntó si no podría aspirar a más. Según Heródoto (cuya imaginación era bastante viva y, por tanto, es una fuente poco fiable), Creso comenzó a juguetear con la idea de declararle la guerra al vecino imperio persa, y acudió al oráculo de Delfos, en la Grecia continental, para inquirir sobre qué suerte le esperaría si lo hiciera. De forma tan críptica como solía hacer, el oráculo le respondió que «si declaraba la guerra a los persas, un gran imperio sería destruido». Satisfecho con este veredicto, Creso movió a su ejército contra el rey persa Ciro II el Grande y en la batalla de Timbrea del 546 a. C. descubrió, para su desgracia, que el gran imperio que iba a ser destruido no era el persa, sino el suyo propio.

Retrato de Creso en una cerámica ática de figuras rojas. Fuente: Wikimedia Commons
Foto del imponente gimnasio de Sardis, la capital lidia. El gimnasio, tal y como lo vemos ahora, fue de construcción romana, entre los siglos II y III. Fuente: Wikimedia Commons/Carole Raddato

Sardis y todo el reino de Lidia cayeron en manos de los persas, terminando con la dinastía mérmnada y con su autonomía. No se sabe con certeza si Creso murió durante la campaña contra Ciro o si sobrevivió y se convirtió en un rey vasallo, pero lo cierto es que con él acabó la hegemonía lidia sobre Asia Menor. Su historia, casi más leyenda que certeza, fue una inspiración para miles de literatos posteriores, y su nombre todavía evoca la riqueza dorada que una vez cubrió su reino. 

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