Amamos tanto a Gloria

Las intérpretes, sus miserias y virtudes, se convirtieron desde los inicios del propio cinematógrafo (e incluso antes, pues las bailarinas de la Belle Époque ya fueron encumbradas por la prensa y por una aún joven fotografía) en el eje vertebral de mitomanías y obsesiones varias. Hoy cultivaremos una de ellas, a mitad de camino entre la fragilidad de los fotogramas, las crudezas de una vida bajo el calor asfixiante del neón y el talento inherente a actuaciones prodigiosas.

Existe un relato de Cortázar —Amamos tanto a Glenda— en el que un grupo de admiradores enajenados de una estrella de cine deciden rescatar los que son, a su juicio, los fotogramas más bellos de la diva. Aquella fraternidad los reutiliza a su voluntad, montando nuevas versiones de escenas, secuestrando metrajes no renovados y obligando a su particular canon estético. Ella vuelve a ser, pero convertida en un destello aún más brillante de sí misma, nuevamente protagonista de todas sus películas. Ahí es nada. Las bizarrías desmedidas a las que incita el cine y su amor fou no dejan de ser fascinantes.

El fetichismo recalcitrante ha sido motivo más que evidente de pasión, y hasta de veneración, de unas cuantas generaciones de cinéfilos. Las actrices, y los actores, se han convertido en carne de ilusión para los aficionados de medio planeta. La creación del fidelizador Star System, la capacidad para emocionar de determinadas personalidades y lo que Marcos Ordóñez llamó en honor de Ava Gardner el fulgor (lo que queda cuando acaba el glamur, una pura conquista de la voluntad), son algunos de los elementos subjetivos que se movilizan en el alma y el bajo vientre del mitómano.

Si a todo ello le sumamos el irrefrenable anhelo de conocer hasta el detalle más íntimo de las figuras deseadas en la ascesis de una platea de cine, entenderemos el éxito de obras como Hollywood Babilonia de Kenneth Anger (Tusquets, 1994) que, precisamente, construía su relato a través de los rincones oscuros y amarillistas del estrellato cinematográfico. Es un subgénero en sí mismo de Clío va al cine que puede cobrar diversas formas o maneras. Abrir los cajones más o menos conocidos de la historia del cine para el gran público siempre ha sido rentable. La desgracia de la bellísima Gene Tierney al dar a luz a una hija con graves enfermedades tras haber estado en contacto con una mujer que se saltó una cuarentena de rubeola, los amores masculinos y escondidos de Rock Hudson, la mala suerte con los novios mafiosos de Lana Turner… todo ello es un filón inagotable de ayer, hoy y mañana, máxime cuando sabemos lo que complace el mal ajeno, sea en Valdenoches o en Hollywood Boulevard. Del mismo modo, se puede rescatar un personaje clave, pero olvidado en el mundillo (como hiciera, entre otros, el citado Marcos Ordóñez en Big time, la gran vida de Perico Vidal, Libros del Asteroide, 2015), listar las diosas mayores o menores del período clásico (como ocurría en aquellas colecciones de libritos de la editorial  Cacitel) o lanzar sentidos homenajes analíticos al conjunto de la obra de ciertos figurones (como realiza cada poco la Editorial Notorius con sus Universos dedicados a los más señeros personajes).

Quizá, y dentro de una perspectiva clásica de la concepción mitómana, el paradigma de esta categoría sea Terenci Moix y sus Mis inmortales del cine (los tomos de los 30, 40 y 50 son, desde nuestra tendenciosa mirada, aún hoy insuperables). Precisamente, una de las sensibilidades del escritor catalán fue, entre muchas otras, glosar para sus inmortales a actores o actrices que, aun habiendo alcanzado la fama y poseyendo el aludido fulgor, no experimentaron el inmenso éxito que se les vaticinaba. La bibliofilia es, no podemos permitirnos olvidarlo, una forma de soñar otras vidas, como el mismo cine. 

En este capítulo queremos recordar a la inmensa, y casi siempre secundaria en el reparto, Gloria Grahame. Pocas actrices han sido capaces de tanto con tan poco. Con ella se ha escrito una historia del Hollywood clásico que conviene, hoy y siempre, traer a la palestra. Las estrellas desaparecidas también viven en las cenizas de la memoria. Por eso, volver a cualquier fotograma suyo de En un lugar solitario (Nicholas Ray, 1950) o Apuestas contra el mañana (Robert Wise, 1959), por poner dos ejemplos significativos de trabajo, nos atrapa en un magnetismo de cristal.

 Quizá sea parte de la leyenda que la envolvió, pero se decía de ella que por sus venas corría sangre real, pues su padre estaría lejanísimamente emparentado con Eduardo III de Inglaterra. Sin abandonar a los antepasados, parece que su abuelo fue amigo de Oscar Wilde y que le influyó en algún momento del proceso creativo de El retrato de Dorian Gray (1890). Lo cierto es que el personaje y pintor del cuadro en la famosa novela se apellidaba Hallward, igual que el segundo apellido de nuestra actriz. Lo que no forma parte del mito fue su turbulenta vida sentimental. Tras divorciarse de su segundo marido, el gran director Nicholas Ray, y atravesar después el desierto de una tercera ruptura marital, contrajo matrimonio con Tony Ray, hijo del director. El escándalo fue mayúsculo.

En ocasiones, el milagro se esconde agazapado, y una cinta a priori demasiado edulcorada puede convertirse en el mejor homenaje a una gran dama de la pantalla. Tal es el caso del libro de Peter Turner y su trasunto cinematográfico Las estrellas de cine no mueren en Liverpool (Paul McGuigan, 2017). El juego de espejos y caprichos etéreos que es el cine se convierte, por momentos, en algo sublime. Annette Bening interpreta maravillosamente a una avejentada Grahame en la que fuera su postrera historia de amor, pero esa no es la clave de la obra. El tributo meta cinematográfico, quizá involuntario, vale oro en esta película. Nos estamos refiriendo a la capacidad para captar lo majestuoso de la decadencia, de la vejez convertida en atalaya solitaria, de las curvas flácidas que una vez fueron turgentes. Todo ello se concretará en el recuerdo envenenado de escenas míticas, como un baile contenido de la muy negra y serie B La última coartada (Jerry Hoppe, 1954) y su réplica en la doliente actualidad. Una anciana moribunda tratando de imitar los contoneos de su juventud tiene lo mismo de patetismo salvaje que de grandeza indiscutible. Pocas veces el cine se mostró más descarnado que en este montaje paralelo. La degradación, la impotencia y el polvoriento paso del tiempo son de una poética demoledora e hipnótica en determinados pasajes de la obra. Aquellos que hayan visto ambos bailes no podrán evitar mantener la mirada con pasmo y un pellizco en las tripas. El único lugar que mantiene las carnes, la gravedad y el encanto a raya es la memoria. Como demuestra el reciente vídeo viral de la provecta bailarina aquejada de Alzheimer, Marta C. González, que vuela con las notas musicales y unos ligeros movimientos a lomos de sus recuerdos hasta su juventud, cuando era primera figura del ballet de Nueva York.

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Juan Laborda Barceló

Escritor, doctor en Historia Moderna, colaborador en diversos medios y articulista. Es autor del reciente ensayo 'En guerra con los berberiscos. Una historia de los conflictos en la costa mediterránea' (Editorial Turner, 2018). Su última novela es 'Paraíso imperfecto' (Editorial Alrevés, 2017).

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