Sintoísmo: El camino de los dioses

En el presente artículo nos adentraremos en los aspectos más destacados del sintoísmo, religión nativa de Japón, cuyos mitos, creencias y rituales han desempeñado un papel muy importante en la historia del país y forman parte de su esencia e identidad nacional desde sus orígenes hasta nuestros días.

El «País del Sol Naciente» posee una rica tradición cultural, cuya evolución viene marcada por una trayectoria histórica en la que ha pasado desde el total aislamiento y defensa de su cultura e idiosincrasia frente a las influencias extranjeras hasta un mayor contacto e intercambio cultural con Occidente como el que vemos hoy en día, cuando el manga, la gastronomía nipona o los videojuegos, entre muchos otros, forman parte de nuestro día a día.

Japón es conocido por ser un país de contrastes y una de las principales potencias mundiales, situándose a la vanguardia de ámbitos como los avances tecnológicos y científicos, el desarrollo económico, el entretenimiento y la creación artística y cultural, y aunando para ello la influencia occidental con el más puro respeto a sus tradiciones, costumbres y religiones ancestrales. Y, en este sentido, uno de los aspectos más llamativos es la vigencia que ha tenido a lo largo de los siglos el conjunto de creencias religiosas de carácter animista que conocemos como sintoísmo, practicado por una parte importante de su población.

Esta tradición religiosa se nutre de una amplia mitología entre cuyas narraciones desfila un sinfín de dioses y diosas asociados a diversos aspectos de la naturaleza: los llamados kami. Y es que conocer un país significa conocer no solo su historia, sino también su cultura, sus creencias, sus mitos y sus leyendas, ya que ello nos sirve para comprender y explicar su propia versión del mundo y su papel en éste. Pero antes de recorrer este sendero mitológico, analizaremos qué es y en qué consiste el sintoísmo.

Orígenes y evolución del sintoísmo

En la actualidad, el sintoísmo es la segunda religión de Japón en número de creyentes, por detrás del budismo, si bien las cifras varían de manera notable entre aquella parte de la población que lleva a acabo alguna práctica o ritual sintoísta (lo que supone en torno a un 80% de la población) y aquella minoría (algo más del 3% de su población), que se declara abiertamente sintoísta y lleva a cabo todas sus prácticas y rituales de manera oficial. En total, más de 108 millones de personas presentan una religiosidad sintoísta o cercana al sintoísmo. Por tanto, podemos comprobar que, si bien no se trata de su religión oficial y mayoritaria, buena parte de sus creencias siguen vigentes. Y es que esta religión politeísta presenta una gran diversidad de prácticas y formas de culto que han ido evolucionando a lo largo de los siglos, pero siempre manteniendo su esencia gracias a la gran capacidad de adaptación y sincretismo que ha venido mostrando. Un claro ejemplo de ello es el hecho de que la mayoría budista del país introduzca o acepte entre sus prácticas algunos ritos propios del tradicional shinto y profese un gran respeto hacia dichas creencias.

Amaterasu saliendo de la cueva (Wikimedia)
Amaterasu saliendo de la cueva (Wikimedia)

Si bien sus orígenes se pierden en la noche de los tiempos, las historias recogidas en la tradición oral sintoísta, transmitidas de generación en generación, fueron recopiladas y puestas por escrito por primera vez a comienzos del siglo VIII d. C., momento en que se redactaron las dos primeras grandes obras de la literatura nipona: el Kojiki (712) y el Nihon Shoki (720). Ambos libros nacen con el objetivo de recopilar el conjunto de historias que explican el origen del mundo y del propio Japón, así como legitimar el poder de un linaje imperial que ya gobernaba de manera efectiva al haberse impuesto al resto de clanes y tribus y que buscaba de este modo justificarse y atribuirse un origen divino que le permitiera perpetuarse en el poder.

En este relato inabarcable, entre cuyas páginas desfilan cientos de dioses y seres sobrenaturales, podemos distinguir tres grandes ciclos que analizaremos a continuación: el denominado «ciclo del Kyushu septentrional» (Kyushu es una de las cinco islas principales de entre las 6857 que componen el archipiélago nipón), cuyas historias giran en torno a la diosa Amaterasu (una de las deidades principales del panteón sintoísta) y sus descendientes; el «ciclo de Izumo», protagonizado por el dios Susano; y el «ciclo de síntesis», en el que el dios Ninigi (nieto de Amaterasu), baja a la Tierra para gobernar a la humanidad, entroncando así el relato mitológico con los orígenes más remotos y legendarios de la casa imperial.

Otro aspecto para destacar del sintoísmo es que, a pesar de su pervivencia a lo largo del tiempo, existió por un lado un koshinto originario propio del periodo Jomon (la prehistoria japonesa), constituido por aquellas prácticas animistas de los primeros grupos humanos que habitaron el archipiélago; y, por otro lado, el shinto actual. Este último es el que, tras sucesivas modificaciones y un largo proceso de adaptación y convivencia con otras religiones como el budismo, ha perdurado como religión oficial hasta la Segunda Guerra Mundial y aún hoy sigue gozando de una gran consideración y respeto como religión autóctona y parte indispensable de la identidad nacional.

A esta matización debemos añadir que, según su naturaleza, se pueden distinguir varios tipos de sintoísmo relacionados entre sí, como son el Koshitsu shinto (propio de la Casa Imperial), el Jinja shinto (ligado al culto en los santuarios), el Shuha shinto (relacionados con distintas congregaciones de carácter sintoísta) y el Minzoku shinto o «shinto folclórico», que recoge los relatos mitológicos narrados en este artículo. Como vemos, una religión tan compleja y plural requiere años de estudio e investigación para poder comprender su esencia, y probablemente nunca sería suficiente, pero dejémonos llevar por la magia de sus historias, a las que dedicaremos las siguientes líneas.

El origen de los dioses

Como toda buena historia de orígenes, la nuestra comienza con el caos, en un momento en que el cielo y la tierra eran un todo, una enorme masa inseparable. En un momento dado, la luz y las partículas más ligeras fueron despegándose y ascendiendo hasta dar lugar al cielo, en el punto más alto del universo,
bajo el cual se fueron depositando las nubes
para crear un lugar conocido como Takamagahara, la «llanura de los altos cielos». Las partículas más pesadas se depositaron en las profundidades del cosmos, originando la vasta y oscura masa del océano.

En el Takamagahara nacieron los dioses, y el primero en aparecer fue Ame no minakanushi no kami, al que siguieron hasta diecisiete deidades que conformaron la primera generación y entre las cuales tuvieron un papel determinante un varón y una hembra, Izanagi no mikoto e Izanami, pues de ellos deriva la mayor parte de ciclos de la mitología japonesa. A ellos se debe la creación del país en un sentido físico, ya que de su unión surgieron las principales islas del archipiélago, así como las generaciones venideras de dioses y diosas.

Santuario sintoísta de Itsukushima (Giovanni Boccardi, UNESCO).
Santuario sintoísta de Itsukushima (Giovanni Boccardi, UNESCO).

En este capítulo de génesis, Izanagi e Izanami fueron escogidos para ordenar y dar forma a la masa oscura e insondable que componía la tierra. Para ello, clavaron una lanza celestial decorada con joyas en mitad del océano, en busca de tierra, y cuando la sacaron, esta se había impregnado de pequeñas incrustaciones de sal, una de las cuales cayó al mar y dio origen a la primera isla, llamada Onogoro. Allí tuvo lugar el primer ritual de cortejo y unión de ambos dioses, aunque no todo salió como se esperaba. Y es que Izanami tuvo la osadía (a ojos de sus hermanos kami) de elogiar la belleza de Izanagi, en lugar de dejar que fuera el hombre quien tomara la iniciativa, como mandaba la tradición. Esto provocó que el primer hijo de esta unión naciera sin brazos ni piernas y fuera abandonado en el mar en un cesto de juncos. Tuvieron un segundo hijo al que repudiaron y retomaron entonces la ceremonia nupcial siguiendo las directrices divinas según las cuales Izanagi debía dar el primer paso en todo el proceso, y en esta ocasión, de la unión de ambos nacieron las ocho grandes islas de Japón: Awaji, Yamato (actual Honshu), Iyo (Shikoku), Tsukushi (Kyushu), Iki, Tsushima, Sado y Oki.

A continuación, la feliz pareja dio a luz a cientos de divinidades de la naturaleza, como el viento, los árboles o la lluvia, para completar así su labor de dar forma a aquellas islas que componían la Tierra. Sin embargo, el nacimiento de una de ellas, Kagutsuchi, el dios del fuego, provocó la muerte de Izanami, quien en sus últimos instantes de vida concibió a terribles dioses como Mizuhame no mikoto, cuyo nacimiento simboliza la aparición del dolor y la muerte en el mundo. Este dramático episodio sumió a Izanagi en una espiral de dolor y sufrimiento, y durante largos años lloró desconsolado, creando con sus lágrimas derramadas al resto de sus hijos. Incapaz de perdonar a Kagutsuchi, a quien culpaba de la muerte de Izanami, lo asesinó y desmembró, y de su sangre y miembros nació Mikazuchi, dios de los rayos. La historia de duelo de Izanagi lo condujo hacia la tierra de las tinieblas, el Yomi, en busca de su esposa, pero fue incapaz de traerla de vuelta y tuvieron que sellar un pacto según el cual ella se llevarían al Yomi mil seres vivos cada día, mientras él crearía el mismo número, con el fin de mantener el equilibrio entre defunciones y nacimientos. Esta triste historia con la que se explica la mortalidad humana pone fin al ciclo de creación del mundo consagrado por Izanagi e Izanami.

El ciclo del Kyushu septentrional

De vuelta a la Tierra, el malogrado Inazagi decide purificarse tras su paso por el Yomi lavándose en un riachuelo en Hyuga, al noroeste de la actual isla de Kyushu, donde comienza el siguiente ciclo de la mitología sintoísta. De este ritual de purificación nacieron no solo los ríos más importantes de Japón, sino también las que serían las tres divinidades principales: Amaterasu, diosa del sol y del día; Tsukiyomi, dios de la luna y la noche; y Susano, dios del mar, el viento y la tormenta, también conocido como el «macho impetuoso». A diferencia de sus dos hermanos, Susano desarrolló un carácter visceral y siempre cuestionó las decisiones de su padre y las funciones que le había encomendado, por lo que su carácter inconformista, y su exceso de ambición y egoísmo hicieron imposible la concordia entre padre e hijo y entre este y sus hermanos.

El Dios Izanagi (derecha) y la diosa Izanami (izquierda). Pintura de Eitaku Kobayashi (1843-1890) (Wikimedia).
El Dios Izanagi (derecha) y la diosa Izanami (izquierda). Pintura de Eitaku Kobayashi (1843-1890) (Wikimedia).

Con el paso del tiempo, las rencillas familiares se hicieron insoportables y Susano tuvo que pedir permiso a Izanagi para marcharse al Yomi. Este aceptó a regañadientes, dejando la Tierra en manos de Amaterasu y Tsukiyomi, y volviendo para siempre al Takamagahara, donde se retiró, para dejar el hilo de la historia en manos de sus hijos.

A partir de este momento, Amaterasu y Susano toman las riendas del relato y la tensión entre ambos no hizo más que aumentar. Antes de dirigirse al Yomi, Susano fue a ver a su hermana y esta, temerosa de que quisiera arrebatarle sus tierras, salió a su encuentro dispuesta a enfrentarse a él. Sin embargo, las intenciones del dios de la tormenta eran otras, y propuso a su hermana realizar el ritual Ukei, una ceremonia sagrada que consistía en un intercambio de regalos con el fin de demostrar las buenas intenciones de ambos.

Una vez realizado el intercambio, si Susano engendraba hijos machos del regalo de Amaterasu, este hecho constituía una prueba de su bondad y honestidad. El regalo de Susano a Amaterasu fue su propia espada, que la diosa quebró con sus dientes, y de cuyos restos nacieron tres princesas. Su hermana le correspondió con un collar de perlas que Susano mordió y del cual se desprendieron cinco dioses varones. Tras esta extravagante ceremonia, correspondía a los ocho seres nacidos del ritual decidir quién de sus progenitores sería quien gobernase y pese a que Amaterasu contaba con el apoyo de los cinco dioses y Susano sólo el de las tres princesas, éste decidió autoproclamarse vencedor del rito Ukei, argumentando que él había sido quien había engendrado un mayor número de dioses.

Fue entonces cuando Susano, tras no encajar su derrota, desistió de su idea de ir en busca de su madre y empezó a vagar entre la Tierra y el Cielo, sembrando el caos e imponiendo su voluntad allá donde pasaba. Una y otra vez, Amaterasu pasó por alto o bien perdonó sus desplantes, hasta que, en una de sus correrías, provocó la muerte de una hilandera celestial, lo que empujó a su hermana a retirarse en la cueva Iwayato, llevando consigo la luz del sol y sumiendo la Tierra y el Cielo en la más absoluta oscuridad que se prolongó durante años. Una asamblea de ochocientos dioses se reunió para buscar la manera de hacerla volver, ideando numerosas estratagemas sin éxito.

Pasó un tiempo hasta que Omoikane, dios de la sabiduría, mandó elaborar un espejo y un collar mágicos (dos de los elementos que hoy son considerados objetos sagrados de la familia imperial junto con la espada de Susano), que colgarían en las ramas de un sasaki, árbol al que el sintoísmo atribuye un aura de divinidad. Llamaron la atención de Amaterasu con una ceremonia de baile y en cuanto ésta asomó la cabeza y se vio reflejada en el espejo, su propia luz la cegó y el dios de la fuerza, Ame no tajikarao, la sacó de la cueva. Amaterasu, resignada, cedió y prometió no volver a privar al mundo de su luz, siempre y cuando Susano fuera castigado por sus fechorías y condenado al exilio.

De modo que el «macho impetuoso» tuvo que huir a la Tierra, donde vivió durante años junto a su esposa, la princesa Kushinada-hime, a la que rescató de las garras de un dragón de ocho cabezas y con quien tuvo al protagonista del siguiente ciclo mitológico: Okuninushi. Mucho más tarde, Susano se retiró al Yomi, para convertirse en dios de los muertos.

El ciclo de Izumo

Okuninushi, hijo del díscolo Susano, heredaría de éste un carácter impulsivo y apasionado que lo condujo a enfrentarse a su propio hermano por el amor de una princesa. Esta disputa acabó con la muerte de Okuninushi a manos de su hermano, que lo mató hasta tres veces, siendo resucitado una y otra vez por el llanto de su madre, Kushinada-hime. Pese a sus ruegos para que Susano pusiera fin al enfrentamiento, el dios se enfadó con su hijo por seducir a su hermanastra y trató de matarlo en varias ocasiones. Okuninushi logró huir de su padre y robarle la espada sagrada, y cuando el iracundo Susano se salió a perseguirlo, se convenció de que era un caso perdido y le perdonó a cambio de que zanjara el conflicto entre hermanos matándolo con la espada sagrada para después casarse con su mujer y hacerlo abuelo de muchos nietos.

Con este sangriento y nada ortodoxo método de reconciliación, Okuninushi logró el apoyo de su padre y se convirtió en su legítimo heredero, alzándose como el futuro gobernante de la Tierra. Pero Amaterasu, que aún no había enterrado el hacha de guerra, no podía permitir que la estirpe de su hermano gobernara a los humanos, ya que consideraba que tal privilegio correspondía a los suyos. Fue entonces cuando eligió a su hijo Oshihomimi, al que siguieron, uno tras otro, toda una cohorte de dioses enviados a gobernar la Tierra, ninguno de los cuales logró imponerse sobre los herederos de Susano.

Después de años de arduas negociaciones y tensos enfrentamientos, Okuninushi aceptó la oferta de los dioses del Takahagara de retirarse al Yomi, donde gobernaría a partir de entonces, recogiendo el testigo de su padre, además de ser venerado por los habitantes de Izumo, isla en la que se fraguó dicho acuerdo. Con este pasaje, en el que muchos investigadores han visto una posible metáfora del complejo proceso de unificación de las islas de Kyushu y Honshu, se abre una nueva etapa, centrada en la búsqueda de un gobernante para los humanos.

El ciclo de síntesis

Representación pictórica de Susanoo (Utagawa Kuniyoshi, Wikimedia).
Representación pictórica de Susanoo (Utagawa Kuniyoshi, Wikimedia).

El primer candidato de Amaterasu para reinar en el Tierra, Osihomimi, había renunciado, y ésta decidió encomendar la tarea su nieto, Ninigi no Mikoto, hijo del anterior. Para facilitar dicha tarea, Amaterasu dio a Ninigi tres objetos: la espada de Susano, el collar de joyas de Yasakani (el que masticó durante el ritual Ukei) y el espejo con el que fue engañada en la cueva Iwayato, con los que Ninigi partió en busca de su destino. De nuevo entraban en juego los tres elementos representativos del linaje imperial.

Instalado en un lujoso palacio en Kyushu, conoció a la «princesa bonita como las flores», Kono hana sakuya hime, hija del dios de la gran montaña, Oyamatsumi, de la que se quedó prendado. Pese a que Oyamatsumi le ofreció la mano de sus dos hijas, Ninigi rechazó a la hermana de Kono, Iwanaga-hime, la «princesa de larga vida como las rocas», y esta decisión fue determinante, ya que, al elegir a la más bella, los hijos que Ninigi concibiera con su mujer no serían tan fuertes como los que hubiera tenido con Iwanaga-hime y, por tanto, nunca serían inmortales. De haberlas elegidos a ambas, como pretendía su suegro, sus descendientes hubieran heredado tanto el don de la belleza como el de la inmortalidad.

La princesa Kono dio a luz a tres hijos: Hoderi, Hosuseri y Hori, siendo este último quien acabaría alzándose con el trono de Japón después de enfrentarse a su hermano mayor y ahogarlo en el mar. Hori, casado con una princesa de las profundidades que resultó ser un monstruo marino, tuvo por descendiente a Ugaya fukiaezu, quien fue criado por su tía materna Toyotama-hime, de la que se acabó enamorando y con quien tuvo hasta cuatro hijos.

El menor de los cuatro hermanos nacidos de esta unión, Jimmu Tenno, fue quien ostentó por primera vez el título de emperador, según cuenta la tradición, a partir del 11 de febrero del 660 a. C. En este punto en que la frontera entre la historia y el mito se desdibuja, acaba nuestro relato, cerrando así el ciclo de enfrentamiento ancestral entre los descendientes de Amaterasu, afincados en Kyushu, y los de Susano, en Izumo, que se saldó con la unificación de Japón bajo el mando de un único soberano y una dinastía cuyo legado se ha perpetuado a lo largo de los siglos.

Conclusión

Esta apasionante historia de guerras, pasiones, intrigas, amores imposibles y relaciones tempestuosas protagonizada por cientos de dioses y diosas con sus defectos y virtudes, constituye tan solo una mínima parte del complejo universo mitológico sobre el que se asienta el sintoísmo.

No es de extrañar, por tanto, que aún hoy sea objeto de estudio y debate entre los investigadores, que tratan de descifrar todos y cada uno de los aspectos de este complejo sistema de creencias.

Entre sus muchas lecciones podemos encontrar la explicación a la importancia que otorgan los japoneses a los rituales de limpieza y purificación de los lugares sagrados y de sus propios cuerpos, como hiciera Izanagi antes de engendrar a los dioses más importantes: Amaterasu y Susano.

También podemos entender mejor su propia visión del mundo exterior y su férrea defensa de sus tradiciones y costumbres; así como la influencia que estas historias han tenido y tienen aún en su cultura.

Por último, no debemos olvidar que la elaboración de este relato en el contexto histórico en que fue redactado responde a la necesidad de autoafirmación y legitimación del poder imperial, cuyo rastro llega hasta la actualidad, si bien como una institución más honorífica pero no por ello menos representativa de la identidad nacional nipona.  

Para saber más

—Davis, F.H. (1992) Myths and Legend of Japan. Toronto: Dover Publications.

—Falero, A. J. (2007). Aproximación al shintoismo. Salamanca: Amaru Ediciones.

—Holtom, D. C. (2004). Un estudio sobre el shinto moderno. Colección Orientalia. Barcelona: Ediciones Paidós.

—Junqueras., V. O., Madrid, M. D., Martínez, T. G. (2013). Historia de Japón: economía, política y sociedad. Barcelona: Editorial UOC.

—Kasahara, K. (ed.) (2001) A History of Japanese Religion. Tokio: Kosei.

—Kasulis, Thomas P. (2012). Shinto. El camino a casa. Madrid: Editorial Trotta.

Si te gusta nuestro trabajo, la mejor manera de disfrutarlo de una manera completa es suscribirte. Recibirás en casa nuestra revista en papel acompañada de marcapáginas ilustrados y obtendrás ventajas digitales, como leer la revista en nuestras apps o acceder a todos los contenidos en la página web.

Miguel Vega Carrasco

Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo. Profesor de Geografía e Historia en Educación Secundaria.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Artículo añadido al carrito.
0 artículos - 0,00