Grandes rebeliones contra la Monarquía Hispánica en el siglo XVI

Recorremos algunos de los conflictos más importantes que sacudieron a la Monarquía Hispánica durante el siglo XVI bajo los reinados de los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II.

Los Reyes Católicos y la rebelión de los musulmanes de Granada

Una vez finalizada la guerra civil castellana (1475-1479) que enfrentó a los partidarios de Isabel de Castilla contra los partidarios de Juana —llamada por sus detractores «la Beltraneja», ya que atribuían su paternidad al noble Beltrán de la Cueva y no al fallecido Enrique IV, a quien calificaban como «el impotente»—, los Reyes Católicos pusieron en marcha uno de sus principales objetivos políticos: la unificación territorial de la Península, dando comienzo a la guerra de Granada que se desarrolló entre 1481 y 1492, y que al final iba a llevar aparejada también la unificación religiosa peninsular. Navarra sería anexionada más tarde, en 1512, ya fallecida la reina Isabel y con Fernando como regente de Castilla. Sólo Portugal quedaría como reino independiente al margen de la unificación peninsular, aunque los Reyes Católicos lo intentaron a través de la política matrimonial de sus hijos e hijas con los herederos de la corona portuguesa.

Con la conquista de Granada la Monarquía Hispánica perseguía poner fin a la presencia islámica en la Península y trataba además de evitar una posible base para ataques del Imperio turco otomano que extendía su presencia por el Mediterráneo. La victoria final de los Reyes Católicos se debió a diversos factores tales como: disponer de un ejército moderno y disciplinado, mucho más eficaz que las mesnadas de soldados movilizadas por la nobleza; la utilización de los nuevos avances técnicos como la artillería, que facilitaba la toma de ciudades amuralladas; y la explotación de las disensiones internas existentes dentro del reino nazarí, al apoyar los Reyes Católicos en un principio a Boabdil en la pugna contra su padre Muley-Hacén y luego contra su tío el Zagal. En el comienzo de la guerra el territorio nazarí se extendía aproximadamente por las actuales provincias de Granada, Málaga y Almería, pero tras las primeras campañas militares en el oeste del reino (Ronda, Málaga, etc.) y las posteriores operaciones en la parte oriental (Baza, Guadix, Almería, etc.), los dominios nazaríes quedaron reducidos a Granada y a sus alrededores (las Alpujarras y Sierra Nevada).

Finalmente, el 2 de enero de 1492, Muhammad XII (XI, para algunos historiadores), conocido como Boabdil y llamado «el chico» por los cristianos, hacía entrega de las llaves de la ciudad a los Reyes Católicos.

En un principio, las Capitulaciones de Granada, suscritas por los representantes de Boabdil y los Reyes Católicos el 25 de noviembre de 1491, eran bastante tolerantes hacia las costumbres y prácticas religiosas de la población granadina. Se seguía así la orientación defendida por fray Hernando de Talavera, confesor y consejero de la reina y luego primer arzobispo de Granada (aspecto que quedó muy bien reflejado en la serie televisiva Isabel, emitida por RTVE), aunque en dichas capitulaciones la corte de Boabdil que ocupaba el recinto palatino de la Alhambra quedaba obligada a abandonarlo, y como consecuencia, una buena parte de la aristocracia militar, incluido el propio Boabdil unos meses después, emprendió el camino del exilio hacia el norte de África.

Hernando de Talavera trató de atraerse a sectores musulmanes hacia el cristianismo mediante obras ejemplarizantes y piadosas. Construyó un asilo para niños mahometanos pobres a los que se recogía de la calle a la vez que se les adoctrinaba. Igualmente creó casas para dar cobijo y comida a mujeres musulmanas que se convirtieron al cristianismo. Mantenía asimismo reuniones periódicas con los líderes religiosos del Islam («alfaquíes») y fundó una escuela de árabe con el objetivo de conseguir que algunos clérigos hablaran esta lengua para así poder facilitar la labor de proselitismo.

Pero la influencia de Cisneros, el nuevo confesor de la reina y arzobispo de Toledo desde 1495, iba a acabar modificando la situación, que se encaminaría progresivamente hacia una mayor intolerancia frente a las costumbres y prácticas islámicas, lo que acabaría provocando la rebelión de los musulmanes de Granada. En 1499 Cisneros impuso la conversión de la mezquita mayor del barrio del Albaicín en iglesia cristiana y procedió a la quema pública de libros religiosos musulmanes en la céntrica plaza de Bib-Rambla. La tensión generada por estas medidas iba a estallar tras la muerte en enero de 1500 de un alguacil que trabajaba para Cisneros, acontecimiento que se convirtió en el detonante para la sublevación del Albaicín. La rebelión finalizó tras un acuerdo de rendición que ofrecía el perdón a cuantos aceptaran el bautismo.

El eco de la rebelión del Albaicín llegó a las Alpujarras donde también se inició la sublevación, aplastada con gran violencia por las tropas que, al mando de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, estaban preparadas para partir hacia Nápoles. Tras la rendición el 8 de marzo, los reyes impusieron castigos y multas muy elevadas, que podían eludirse aceptando el bautismo. En octubre hubo nuevos focos rebeldes que llegaron hasta Baza. En 1501 la sublevación se reavivó en la serranía de Ronda, donde los sublevados derrotaron en un primer momento a tropas castellanas enviadas para someterles. En respuesta, el propio rey Fernando encabezó la represalia. En las negociaciones para la rendición se acordó el embarque de los sublevados hacia el norte de África desde el puerto de Estepona.

Danza morisca. Dibujo de Christoph Weiditz (1529) durante su estancia en Castilla.
Danza morisca. Dibujo de Christoph Weiditz (1529) durante su estancia en Castilla.

Finalmente se pondría definitivamente fin a la tolerancia religiosa hacia los musulmanes que, en el plazo de poco más de dos meses tuvieron que elegir entre el bautismo (conversión) o el exilio, según la Pragmática de conversión forzosa aprobada el 14 de febrero de 1502 que afectaba únicamente a los musulmanes de Castilla, no a los de la Corona de Aragón. Con dicha pragmática se dejaban sin efecto las Capitulaciones suscritas por los Reyes Católicos y Boabdil que en uno de sus apartados decía textualmente:

«Que sus altezas y sus sucesores para siempre (…) no les consentirán quitar sus mezquitas ni sus torres ni los almuedanes [almuédanos], ni les tocarán en los habices [donaciones] y rentas que tienen para ellas, ni les perturbarán los usos y costumbres en que están».

La toma de Granada por los Reyes Católicos tuvo manifestaciones de intolerancia religiosa desde los primeros momentos, aunque inicialmente sólo contra la comunidad judía, cuya expulsión fue ordenada el 31 de marzo de 1492 mediante dos decretos —uno para Castilla y otro para Aragón— redactados por el Inquisidor general Tomás de Torquemada por encargo real, y firmados por los Reyes Católicos en el recinto mismo de la Alhambra. En lo que se refiere a Granada el resultado fue el vaciamiento de la judería de la ciudad, situada en lo que hoy se conoce como barrio del Realejo. La Inquisición (el «Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición») había sido fundada en 1478 por los Reyes Católicos para mantener la ortodoxia católica en sus reinos. En 1488 fue integrada en la estructura de gobierno polisinodial (sínodo = consejo) de los Reyes Católicos al crearse el Consejo de la Inquisición, pero con un poder especial que derivaba de su extraterritorialidad, es decir, que podía intervenir en cualquiera de los dominios reales.

No es de extrañar que el insigne poeta granadino, Federico García Lorca, en la última entrevista que se le conoció para el diario madrileño El Sol y ante la pregunta formulada por Luis Begaría: «¿Tú crees que fue un momento acertado devolver las llaves de tu tierra granadina?», el poeta respondiera: «Fue un momento malísimo aunque digan lo contrario en las escuelas. Se perdieron una civilización admirable, una poesía, una astronomía, una arquitectura y una delicadeza únicas en el mundo para dar paso a una ciudad pobre, acobardada; a una tierra del chavico, donde se agita actualmente la peor burguesía de España».

The Moorish Proselytes of Archbishop Ximenes, (Los prosélitos moros del arzobispo Ximenes [Cisneros], Granada, 1500), obra de Edwin Long (1829–1891) que representa un bautismo (conversión forzosa) masivo de musulmanes (Wikimedia).
The Moorish Proselytes of Archbishop Ximenes, (Los prosélitos moros del arzobispo Ximenes [Cisneros], Granada, 1500), obra de Edwin Long (1829–1891) que representa un bautismo (conversión forzosa) masivo de musulmanes (Wikimedia).

Algunos autores señalan que la guerra de Granada, por la necesidad de los monarcas de pedir apoyo económico y militar a la nobleza y al clero, supuso un cierto freno en el proceso de reafirmación del poder de la Monarquía Hispánica frente a los estamentos privilegiados, que recuperaron parte de su protagonismo tradicional. La dura reforma eclesiástica de Cisneros reprimió de raíz la deriva hacia la indisciplina de algunas órdenes y garantizó la fortaleza del catolicismo en los siglos siguientes. La institucionalización del mayorazgo, acordado en las Cortes de Toro en 1505, por el que todas las tierras y propiedades pasaban íntegramente al mayor de los hijos, sin poder ser enajenadas ni siquiera parcialmente, podría ser una manifestación de un poder recuperado, al menos en el plano económico, por la nobleza al calor de la guerra de Granada. La institución del mayorazgo era una estrategia de la aristocracia para no perder su hegemonía y privilegios: pero al congelar la propiedad más valiosa, que en una sociedad preindustrial era la tierra, deprimió el mercado durante siglos, afectando muy negativamente a la evolución económica el país. De hecho, el proceso para su supresión se inició en las Cortes de Cádiz de 1812, aunque su definitiva abolición no llegaría hasta el Trienio Liberal en 1820, en una España en ruinas que no pudo incorporarse a la revolución industrial ni a los avances agrarios de la época.

Las Comunidades de Castilla frente a Carlos I

Carlos I de Austria (o Habsburgo) llegó a la Península en 1517 para tomar posesión del trono de la Monarquía Hispánica. Era hijo de Juana de Castilla (a su vez hija de los Reyes Católicos y conocida con el apelativo de «la Loca») y de Felipe (conocido como «el Hermoso», hijo del emperador Maximiliano I y de la duquesa María de Borgoña). A su herencia familiar, reinos hispanos por línea materna, con sus posesiones en Nápoles, Sicilia, Cerdeña, plazas del norte de África e Indias, y por línea paterna: Países Bajos y Franco Condado, Austria y territorios del sur de Alemania, sumaba el derecho a ser propuesto para la dignidad imperial, lo que marcaría el eje de su reinado, que basó en la búsqueda de la Monarquía Universal Cristiana, idea con reminiscencias medievales (emulando al emperador Carlomagno, invocado en el acto de coronación imperial en la ciudad Aquisgrán), pero cuyo peso fundamental, económico y militar, iba a ser soportado por Castilla y las aportaciones de metal precioso americano, por encima de las de los demás territorios de su herencia.

Para alcanzar ese objetivo tenía que ser elegido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, aspiración ligada al dominio de Austria que exigía el apoyo político de los siete grandes electores de la Bula de Oro: los arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia, el rey de Bohemia, el margrave de Brandemburgo, el conde del Palatinado y el duque de Sajonia. Y para conseguir su respaldo estaba obligado a realizar un importante desembolso económico —anticipado mediante el endeudamiento con los Fugger y los Welser, poderosos banqueros alemanes—, máxime cuando competía por la dignidad imperial con su gran rival contemporáneo, el rey de Francia, Francisco I, que además contaba con el apoyo del papa León X.

Ejecución de los comuneros de Castilla, de Antonio Gisbert (1860). Palacio de las Cortes (Wikimedia).
Ejecución de los comuneros de Castilla, de Antonio Gisbert (1860). Palacio de las Cortes (Wikimedia).

Carlos, nacido y criado en Flandes, no hablaba castellano y tanto él como su corte flamenca (o borgoñona, puesto que el ducado de Borgoña incluía el Franco Condado y los Países Bajos), fueron recibidos como extranjeros. De hecho, cuando se reunieron las Cortes castellanas en Valladolid en 1518 rechazaron la presencia de los borgoñones en sus deliberaciones y exigieron que el rey aprendiera a hablar castellano. No le fue mejor en su periplo por las Cortes de la Corona de Aragón, donde también recibió fuertes objeciones contra sus asesores flamencos (borgoñones), viéndose obligado a permanecer cerca de un año en Barcelona hasta conseguir el reconocimiento de las Cortes de Cataluña, donde recibió la noticia de su elección como emperador en junio de 1519 con el título de Carlos V.

La mayor hostilidad se iba a desencadenar al reunir de nuevo a las Cortes castellanas en Santiago de Compostela en 1520 —que luego continuaron en La Coruña— para solicitar el subsidio destinado a costear los gastos que exigía la nueva dignidad imperial. La mayoría de las ciudades, encabezadas por Toledo, se habían manifestado en contra de conceder el subsidio, pero una buena parte de los procuradores habían sido sobornados económicamente y votaron a favor, aunque cuando el monarca partió del territorio peninsular (mayo de 1520) para su coronación imperial, el dinero solicitado no había llegado a recaudarse y además las multitudes habían asaltado las casas de los procuradores que habían votado a favor. Además, el nombramiento de un regente extranjero para Castilla, Adriano de Utrecht —futuro papa Adriano VI—, se convertiría en el detonante de la rebelión castellana.

Toledo, la ciudad que lideró el movimiento, expulsó al corregidor designado por el monarca y se constituyó en Comunidad —de ahí que al movimiento se le denominara «los comuneros»—. Los mismos pasos siguieron otras muchas ciudades de Castilla que expulsaron a los oficiales reales y a los recaudadores de impuestos y proclamaron la Comunidad. En esta situación Toledo convocó una reunión de ciudades en Ávila de la que surgió una junta revolucionaria (la Santa Junta de Ávila), un verdadero germen de gobierno alternativo al del regente Adriano de Utrecht quien se vio obligado a abandonar Valladolid. La junta revolucionaria planteaba el principio de que el reino estaba por encima del rey, representando la junta al reino, y reclamaba que las ciudades constituidas en Comunidad pudieran elegir libremente a sus representantes.

Localización del movimiento comunero sobre el territorio de la Corona de Castilla. En naranja, las ciudades pertenecientes al bando comunero; en morado, aparecen las que se mantuvieron leales a Carlos I. Las ciudades que estuvieron presentes en ambos bandos aparecen en ambos colores (Juan Pérez Ventura).

Como puede comprobarse, los comuneros esbozaban un programa político claramente revolucionario para su época —la primera revolución de la Edad Moderna según algunos historiadores como José Antonio Maravall o Joseph Pérez— y con cierto cariz «protonacional». Y asimismo planteaban toda una serie de medidas en los ámbitos económico y social, también de claro contenido revolucionario. Solicitaban la reducción de las exportaciones de lana —destinada en buena medida a Flandes— que reducía la oferta nacional de esta materia prima, elevaba su precio y hundía a la manufactura castellana en beneficio de su gran competidora, la industria textil de los Países Bajos, lugar de procedencia del rey y sus cortesanos. Además, representaba también un claro conflicto de lucha de clases: la incipiente clase media urbana constituida por pequeños comerciantes y manufactureros —podríamos decir también la «protoburguesía»— se enfrentaba a los sectores interesados por la exportación de la lana, que constituían un bloque integrado por la nobleza terrateniente y latifundista propietaria de las grandes cabañas de ganado ovino, los grandes comerciantes radicados en Burgos, ciudad desde la que en régimen de monopolio —consulado de Burgos— se hacían las grandes transacciones que después partían desde el puerto de Bilbao, y los hombres de negocios extranjeros, entre ellos los flamencos (o borgoñones). La monarquía, como propietaria de una de las cabañas ganaderas más importantes, y también como destinataria de los derechos de aduana que generaba el negocio de la exportación de lana, se alineaba claramente con los intereses de los sectores que se beneficiaban de dicha exportación.

Si en un principio la alta nobleza castellana se mantuvo indiferente al enfrentamiento político que encabezaban las ciudades contra un monarca y una corte que también consideraban extranjera, cuando el movimiento se fue radicalizando, convirtiéndose en un enfrentamiento contra los intereses de los grandes propietarios ganaderos y el negocio de la exportación de lana, la alta nobleza no dudó en sumar sus fuerzas al monarca para tratar de aplastar la rebelión, aunque no tuvieran gran interés en las aspiraciones imperiales de Carlos. Paralelamente, los campesinos y otras capas populares se sumaron entusiásticamente a la revolución para intentar liberarse de las cargas feudales, y contra la reducción de tierras de cultivo en beneficio de los pastos que los ganaderos de la Mesta, controlada por la aristocracia, habían propiciado años antes, lo que hizo que la revuelta profundizara su carácter de movimiento antiseñorial.

Por todo ello, el programa de los comuneros no solo pedía la limitación del poder real, sino también el freno al poder de la nobleza, la reducción de las cargas impositivas y de los gastos del gobierno imperial, acabar con las corruptelas municipales y dar participación a la Comunidad en la elección de los cargos municipales y, como hemos visto más arriba, reducir drásticamente las exportaciones de lana para poder contar con una materia prima a un precio razonable que permitiera preservar la manufactura textil castellana y salvarla de su declive.

La junta revolucionaria trasladó su cuartel general a Tordesillas, la ciudad en la que la reina Juana («la Loca»), madre de Carlos I, se encontraba confinada desde que fuera declarada incapaz durante la regencia de su padre Fernando de Aragón, y a la que pidieron el apoyo para su causa, pero ella prefirió no perjudicar los intereses de su hijo. En diciembre de 1520 los comuneros fueron desalojados de Tordesillas por fuerzas reales apoyadas por la alta nobleza y el refuerzo de tropas enviadas desde el reino de Portugal.

Algunas ciudades, encabezadas por sectores moderados que recibían la presión de los grandes exportadores y de la alta nobleza, como Burgos y Valladolid, abandonaron la causa comunera. Finalmente, los sublevados fueron derrotados el 23 de abril de 1521 en Villalar (en la actual provincia de Valladolid) y sus líderes más destacados: Juan Bravo (Segovia), Juan de Padilla (Toledo) y Francisco Maldonado (Salamanca), fueron inmediatamente ejecutados. Toledo resistió seis meses más, bajo el mando del último gran jefe rebelde, el obispo de Zamora, Antonio de Acuña, que fue aclamado al llegar a la ciudad, y algunas crónicas han llegado a decir que, ante la presión popular, el cabildo lo nombró arzobispo de Toledo, aunque el único hecho realmente comprobado es que se hizo cargo de la administración del arzobispado. Por su condición de clérigo, cuando fue hecho prisionero no fue inmediatamente ejecutado, sino que fue encarcelado en Simancas, de donde trató de huir, y como consecuencia sería ajusticiado por «garrote vil» en 1526. Junto con Acuña —no sin disputas entre ellos—, la viuda de Juan de Padilla, María Pacheco, de familia nobiliaria, también lideró la resistencia de Toledo y huyó a Portugal donde fue protegida por el rey portugués hasta su muerte en Oporto. Carlos I negó la autorización para trasladar sus restos para que fueran enterrados junto a los de su esposo.

Los mártires de la libertad española. Batalla de Gandía. Litografía de J. Donon 1853 (Wikimedia).
Los mártires de la libertad española. Batalla de Gandía. Litografía de J. Donon 1853 (Wikimedia).

La derrota de los comuneros iba a suponer el fortalecimiento del poder de la monarquía y de los sectores nobiliarios en detrimento de una «protoburguesía» urbana en formación, así como el triunfo de los intereses de los terratenientes ganaderos y de los exportadores de la lana frente a la manufactura textil castellana que iba a conocer un profundo retroceso del que ya no se recuperaría nunca, produciendo un empobrecimiento relativo de la Castilla interior frente a la periferia exportadora y comercial, incluida Sevilla con su monopolio comercial con las Indias. Podemos ver por tanto cómo ya en período tan temprano se apuntaba uno de los factores que contribuirían al posterior fracaso de la Revolución Industrial en nuestro país en el siglo XIX.

La revuelta de las Germanías

Rebelión casi simultánea a la de las Comunidades de Castilla, tuvo sin embargo un carácter diferente, en el sentido de que aunó distintos tipos de conflicto, la protesta social contra el patriciado urbano, la antifeudal contra los señores en el campo, la religiosa, contra la diversidad cultural.

La revuelta se inició como una insurrección gremial contra la nobleza valenciana, que había huido de la ciudad ante la epidemia de peste de 1519. Las germanías o hermandades eran milicias gremiales que habían obtenido el permiso de Fernando el Católico para armarse frente a los ataques de los piratas berberiscos, pero ante la rebelión, Carlos I revocó en 1520 este permiso e intentó prohibir la tenencia de armas, sin conseguirlo.

Desde el punto de vista económico, los factores de la protesta han de buscarse en las contradicciones entre el modelo gremial y el moderno flujo de capitales que, sobre todo provenientes de Italia, chocaron por entonces en el Reino de Valencia. La bien documentada presencia de comerciantes y mercaderías italianas estaba arruinando y descomponiendo el viejo sistema gremial de producción. Los detonantes fueron el aumento de la presión fiscal real y nobiliaria, las desigualdades dentro de los gremios, la especulación de los comerciantes y la corrupción, que se unían al nepotismo en el nombramiento de cargos políticos. En la primera fase de las Germanías, de carácter moderado, y casi profeudal, se formó la llamada Junta de los Trece, llamada así por el número de sus miembros, imitando el modelo veneciano y el primer núcleo cristiano con Jesucristo y sus doce apóstoles. Destacó inicialmente el liderazgo de Joan Llorenç en la defensa de las reivindicaciones gremiales y de una mayor autonomía política.

Pero el movimiento se radicalizó. Se suprimieron numerosos impuestos y se atacaron las posesiones nobiliarias en las ciudades y en el campo. Muy violento fue el asalto la morería de la capital, a cuyos habitantes se acusó de colaborar con los nobles. No era la primera vez, ni sería la última, que se acusaba a las minorías y a los grupos más desfavorecidos de la población, con razón o sin ella, de colaboración con las clases más altas y perjudicar los intereses de la mayoría popular.

La revuelta cobró más impulso con la expulsión del virrey del reino de Valencia, Diego Hurtado de Mendoza y Lemos, que huyó a Gandía. Las tropas realistas iniciaron sus contraataques por el norte: en la batalla de Almenara (18 de julio de 1521) el duque de Segorbe, Alfonso de Aragón (que reclutó moriscos en su ejército) venció a los sublevados, aunque unos días más tarde Vicent Peris, el líder más destacado de la rebelión, derrotaba al virrey en Gandía, quien se refugió en el Castillo de Villena, desde donde organizó el contraataque por el sur. Las Germanías adquieren en este momento un verdadero carácter revolucionario: se aspira a cambiar las estructuras políticas y sociales que estaban en el origen de la protesta.

Tras la derrota de los comuneros de Castilla, las tropas imperiales (a falta de la ratificación papal, el rey Carlos ya había sido coronado emperador en octubre de 1520, en Aquisgrán) pudieron reforzar el avance contra los agermanats. En la batalla de Bonanza el 30 de agosto de 1521 vencieron al ejército rebelde, tras de lo cual saquearon durante varias semanas Orihuela, tercera ciudad en importancia del Reino de Valencia y uno de los principales focos de la rebelión. Pronto cayeron también Elche y Alicante.

Las desavenencias entre los principales líderes rebeldes y las propias contradicciones de los planteamientos agermanados precipitaron la victoria realista. Se produjeron sangrientos combates en las calles de la ciudad de Valencia en febrero de 1522. Vicent Peris y sus más cercanos seguidores fueron capturados y ejecutados. La resistencia se mantuvo únicamente en Játiva y Alcira, capitaneada por Enrique Manrique de Rivera, «El Rey Encubierto», que se hacía pasar por el hijo del infante Juan, hijo a su vez de los Reyes Católicos, lo que revela otros aspectos de la revuelta: la oposición a las innovaciones autoritarias y nombramientos de Carlos I y el cumplimiento de un esquema revolucionario clásico cuya fase final tendrá un carácter mesiánico, subversivo y desesperado.

«El Encubierto» (el primero de los numerosos personajes que así se denominaron) será asesinado por dos traidores de la causa agermanada en mayo de 1522. Le relevarán otros, con igual o semejante trágico destino, sin que el fenómeno del encubertismo desapareciera del todo después de la derrota de las Germanías.

Germana de Foix, viuda de Fernando el Católico, nombrada virreina de Valencia, llevó a cabo una dura pero selectiva represión, en función de la participación de los diferentes gremios en la revuelta. Bajo su mandato aumentó el poder nobiliario, una verdadera refeudalización según algunos autores, y en 1528 se consideró pacificado el territorio con un indulto general otorgado por Carlos I.

Liga Esmalcalda (protestante) y aliados de Carlos V (católicos). Además, territorios católicos y protestantes no adscritos (Juan Pérez Ventura).
Liga Esmalcalda (protestante) y aliados de Carlos V (católicos). Además, territorios católicos y protestantes no adscritos (Juan Pérez Ventura).

La rebelión de las Germanías valencianas tuvo un gran eco en Mallorca. Las protestas comenzaron en 1520 y, tras el arresto de seis artesanos, el pueblo asaltó la prisión, liberó a los presos, destituyó al gobernador y, al igual que en Valencia, se formó un Consell dels Tretze o Tretzena, sin el beneplácito real, lo que generó la desafección a la causa entre los elementos más conservadores. La rebelión popular derivó en el asalto a varios castillos y la muerte de nobles. La derrota de los agermanados se producirá tras el desembarco de una escuadra enviada por Carlos I en 1522, con sangrientas batallas y matanzas de mujeres y niños, y en la represión posterior serán ejecutadas más de 200 personas y confiscados sus bienes.

Passeig de les Germanies. Paseo de las Germanías. Gandía (Valencia).

Se puede apreciar que, pese a sus diferencias, tanto la revuelta de las Comunidades, como la de las Germanías, tuvieron un elevado contenido antiseñorial y se vieron afectadas por un factor comercial exterior que desencadenó la crisis del modelo feudal, el malestar y la rebelión. Estábamos en el comienzo del moderno sistema-mundo económico del que habló Immanuel Wallerstein. Era un signo de los tiempos la coincidencia de estos acontecimientos con la primera circunnavegación del globo, concluida en septiembre de 1522, después de superar un importante motín en el estrecho de Magallanes y todo tipo de adversidades y contratiempos.

La derrota de los sublevados en Castilla y la Corona de Aragón se saldó en ambos casos con un fortalecimiento de la alta nobleza que había combatido defendiendo sus intereses al lado de la monarquía, la ruina de una industria textil embrionaria y la frustración de una incipiente burguesía, que desde ese momento destinó sus inversiones hacia la compra de tierras, emulando a la aristocracia, en vez de iniciar el proceso industrializador.

La rebelión luterana contra el Emperador Carlos V

Tras ser sofocadas las revueltas de las Comunidades y las Germanías, Carlos I pudo centrarse en el fortalecimiento de la dignidad imperial recién adquirida. Para ello se valió de una hábil diplomacia en la que destacaron el piamontés Gattinara y el futuro papa Adriano de Utrecht, y también de un poderoso ejército basado en los tercios, unidades integradas por unos 3.000 a 4.000 soldados, con más infantería que caballería, que utilizaban, tanto armas de fuego, como armas blancas (las famosas picas), aunque dentro del imperio alemán rápidamente tuvo que hacer frente a la ruptura de la cristiandad al producirse la Reforma protestante, encabezada por el teólogo y monje agustino Martín Lutero.

Coincidiendo con una expansión de la venta de indulgencias por parte del papado para la financiación de la construcción de la basílica de San Pedro, Lutero promulgó en el año 1517 en Wittenberg sus 95 tesis, que eran un alegato contra la jerarquía y la doctrina católica. Al no aceptar retractarse, sería excomulgado en 1520 por el papa León X. El Emperador Carlos V convocó la dieta de Worms en 1521 en la que se declaraba herética la nueva doctrina. Lejos de resolver el conflicto, acabó radicalizándolo. Lutero fue condenado al destierro, pero fue acogido por uno de los príncipes laicos electores, Federico de Sajonia. Sin lugar a dudas, el rápido crecimiento del movimiento luterano y el apoyo recibido por parte de sectores de la nobleza (maestre de la Orden Teutónica de Prusia) y la burguesía de las ciudades alemanas (Constanza, Núremberg, etc.) tenían que ver con que, paralelamente al fenómeno religioso, se estaba produciendo una reafirmación de tipo nacional alemana contra el papado de Roma y también contra la dominación imperial.

Martín Lutero por Lucas Cranach el Viejo. 1529 (Wikimedia).

Entre las bases doctrinales sobre las que se iba conformando el luteranismo estaban el conocido como sacerdocio universal, que reafirmaba la capacidad de cualquier fiel para interpretar las Escrituras, desmarcándose del monopolio que venía ejerciendo la jerarquía eclesiástica. De los sacramentos sólo iban a mantener el del bautismo y el de la comunión (o eucaristía), aunque se ponía en cuestión la presencia de Dios en este sacramento, como venía planteando la teoría escolástica de la transubstanciación. El rechazo al sistema de indulgencias le llevó a cuestionar la capacidad de la Iglesia para absolver a los creyentes y a que las obras, aunque fueran buenas y piadosas, pudieran garantizar la salvación (defendió la justificación por la fe, no por las obras).

En la oleada de rechazo contra la autoridad del Papa y del Emperador, emergieron movimientos socialmente mucho más radicalizados que el representado por Lutero. Como el de la pequeña nobleza (los caballeros), de 1521-23, que bajo la dirección de von Sickingen y von Hutten reclamaría participar en el reparto de la propiedad eclesiástica desamortizada y sería finalmente derrotado por los ejércitos de los príncipes. Poco después se desarrollaría la revuelta campesina de los años 1524-25 dirigida, entre otros, por Thomas Müntzer, que inicialmente fue seguidor de Lutero. Este movimiento, de carácter anabaptista y milenarista, iría mucho más allá en los aspectos sociales al cuestionar el sistema feudal y moral imperante. Finalmente, los ejércitos mercenarios (lansquenetes) enviados por los príncipes aniquilarían a las tropas campesinas (se habla de 100.000 campesinos muertos en combate) y Müntzer sería ejecutado por orden del mismísimo Lutero.

La deriva de Lutero hacia posiciones conservadoras le granjearía un mayor apoyo por parte de los príncipes alemanes y los magistrados de las ciudades. Pero también le llevaría a romper con los humanistas como Erasmo. Desde un punto de vista doctrinario, la clave de esta ruptura se iba a centrar en la importancia que la Iglesia daba a las obras de cara a la posible salvación del alma, importancia que Lutero negaría frente a Erasmo, lo que le llevaría a acercarse a la teoría de la predestinación que ya habían formulado algunos de sus seguidores. Este precepto doctrinal alimentó la polémica con Erasmo en relación con el libre albedrío de los hombres que Erasmo defendía y Lutero negaba.

Ante el cisma provocado por el luteranismo en buena parte de los territorios del Sacro Imperio, el Emperador intentó soluciones variadas. Después de alguna tregua, durante la cual se vivió el ominoso Sacco di Roma en 1527 por las propias tropas imperiales, en la segunda dieta de Espira de 1929 volvió a su postura intransigente: algunos príncipes protestaron (desde entonces se les llamó «protestantes»). Poco después, Carlos V buscó un cierto entendimiento, tratando de encontrar soluciones de compromiso, como fue el caso de la dieta de Augsburgo de 1530, en la que Melanchthon, próximo a Lutero, aunque más favorable a la conciliación, presentó la Confesión de Augsburgo que trataba de aproximar a católicos y luteranos. Pero el sector más radical del protestantismo la rechazó, contando con el apoyo de los magnates territoriales que se oponían sobre todo a la decisión de Carlos V de transformar el Sacro Imperio, cambiando su carácter electivo para convertirlo en una monarquía hereditaria en la línea de los Estados europeos más importantes (Francia, Inglaterra y España).

El fracaso de esta vía de compromiso, condujo a la preparación del enfrentamiento militar, coligándose los príncipes protestantes en la Liga de Esmalcalda (1530), liderada por el elector de Sajonia y el landgrave de Hesse, que sellaron un acuerdo con el rey de Francia, Francisco I, en contra del Emperador, quien por su parte nombró a su hermano Fernando como Rey de Romanos, lo que le otorgaba el derecho de sucesión al Sacro Imperio y el cargo de gobernador del mismo durante su ausencia. Sin embargo, Fernando era partidario de continuar en la búsqueda del acuerdo, más aún ante la amenaza que suponía el cerco de los turcos otomanos sobre Viena en 1529 (Primer Sitio de Viena). Esta posición se concretó en la Paz de Núremberg (1532) que establecía la paz religiosa y garantizaba que nadie sería condenado mientras no se reuniera un concilio.

La resistencia papal a convocar el concilio animó al Emperador a proseguir en la búsqueda del entendimiento con los protestantes a través de diferentes coloquios, en la línea de la Confesión de Augsburgo. Así durante los años 1541 al 1543 se aproximaron posiciones de consenso (de las que participaron Melanchthon y Calvino por parte protestante o Granvela, padre del que luego fuera el cardenal Granvela, por parte católica), pero Lutero por un lado y Roma por otro, hicieron malograr la posibilidad de un consenso y se produjo la ruptura, abriéndose paso a la reanudación del enfrentamiento militar, coincidiendo con el inicio del Concilio de Trento en 1545.

Las tropas imperiales, dirigidas por Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba, derrotaron a la Liga de Esmalcalda en Mühlberg en 1547. Pero tras la victoria militar, el Emperador pensó que podría modificar las constituciones imperiales eliminando el carácter electivo y dar paso a una monarquía hereditaria, lo que resultó un gran error de cálculo, pues estados católicos como Baviera se manifestaron totalmente en contra de los planes imperiales. Aunque siguió buscando el entendimiento con los protestantes, intentó reafirmar por un lado el carácter católico del Imperio, pero asumiendo algunos de los planteamientos protestantes como el matrimonio de los sacerdotes, la comunión con el pan y el vino o evitar cuestionar las incautaciones de bienes de la Iglesia realizadas años atrás (Interim de Augsburgo, 1548). Pero ni los planteamientos religiosos satisficieron a los protestantes, ni los políticos a los católicos. El resultado fue la reanudación de la guerra con un Emperador más debilitado.

Carlos V en Mühlberg por Tiziano (1548). Museo del Prado.

Este debilitamiento se manifestó también en el ámbito familiar al tratar de alterar el sistema sucesorio acordado con su hermano Fernando al frente del Imperio, queriendo ahora que su hijo Felipe fuera también nombrado Rey de Romanos para suceder a su tío, frente a Maximiliano, el hijo de Fernando. Previamente había desgajado a los Países Bajos del Sacro Imperio, también en contra de los intereses de la rama vienesa de su familia. En este conflicto, los príncipes electores, tanto católicos como protestantes, defendieron la postura de la rama austriaca de la familia frente al Emperador, y se rebelaron contra él bajo el liderazgo del otrora aliado Mauricio de Sajonia, y además pactaron con el rey de Francia, Enrique II.

El Emperador fue derrotado en Innsbruck (1552), donde estuvo a punto de ser hecho prisionero, lo que llevó a una interrupción del Concilio de Trento. Finalmente, Carlos cedió la iniciativa a su hermano, partidario de la negociación, quien acabó sellando la paz de Augsburgo (1555) que establecía la libertad de elección religiosa de los príncipes y la obligatoriedad de abrazarla por parte de los súbditos («cuius regio eius religio», «según sea la del rey, así será la religión [del reino]»). Unos pocos meses después, Carlos, que había visto fracasar su plan político-religioso, abdicaba en su hermano Fernando a la cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico, y al año siguiente también al frente de la Monarquía Hispánica que, junto a los Países Bajos desgajados del Imperio, entregaría en herencia a su hijo Felipe II. Se retiró al monasterio de Yuste (Cáceres) donde moriría en 1558.

Felipe II y la rebelión de los moriscos

El nuevo rey Felipe II continuó con la defensa del catolicismo, ahora bajo el impulso de la Contrarreforma diseñada en el Concilio de Trento, que no se clausuraría hasta 1563, y de la hegemonía de los Habsburgo en Europa, compartida con la rama austriaca encabezada por su tío Fernando I al que el Emperador Carlos V había dejado en herencia los territorios Austria y la titularidad del Sacro Imperio Romano Germánico.

Durante su reinado la Corona de Castilla se convirtió en el pilar de su política. Fijó la capital en Madrid e hizo construir el Real Monasterio de El Escorial desde donde dirigió el Imperio. En el ámbito interior tuvo que hacer frente a un conflicto especialmente grave, como fue la sublevación de los moriscos. Efectivamente, los antiguos mudéjares, obligados por el cardenal Cisneros a convertirse al catolicismo para poder evitar su expulsión, se volvieron a sublevar en Granada, afectando especialmente a la zona de las Alpujarras (1568-1570).

El problema venía de lejos. Desde los primeros años del reinado de Felipe II se venían produciendo ataques corsarios contra la costa mediterránea. Se trataba de piratas berberiscos (bereberes) que tenían sus bases en Tetuán, Argel y otros puertos del norte de África (Berbería). Así, en 1558 varios miles de hombres atacaron Berja (Almería), en 1559 Fuengirola (Málaga), y el más importante de todos ellos se produjo en Órgiva (Alpujarra de Granada) en 1565, en este caso a cargo de corsarios de origen morisco peninsular, donde llegaron a penetrar casi 30 km hacia el interior con el apoyo de moriscos locales, derrotaron a los ejércitos reales y se retiraron después con numerosos prisioneros que luego serían vendidos como esclavos en los mercados del norte de África o devueltos a cambio de importantes rescates.

Órgiva tenía además un cierto significado mítico para los musulmanes, pues pertenecía a las tierras que habían sido cedidas en las Alpujarras a Boabdil y a su séquito en las capitulaciones de Granada tras abandonar el recinto palatino de la Alhambra. Además, la incursión se producía en el mismo momento en que los turcos otomanos sitiaban la isla de Malta (base de la Orden Hospitalaria de San Juan, más conocida como Orden de Malta) en cuyo socorro había acudido la armada hispana, dejando desprotegido el sur de la costa mediterránea.

Todos estos acontecimientos contribuían a aumentar el temor de la Monarquía Hispánica de que pudiera establecerse una alianza militar entre los moriscos de Granada y los musulmanes del norte de África y los otomanos. Estos últimos, una vez que habían fracasado en la conquista de la isla de Malta, tenían como objetivo ocupar Chipre y Túnez, en poder cristiano.

En esta época, en el reino de Granada había una población de unos 150.000 moriscos que superaba a los cristianos, que eran unos 125.000. En el ambiente de tensión que se ha descrito, tanto interior como internacional, en 1566 el Inquisidor General, Diego de Espinosa, preparó con Felipe II el edicto que imponía numerosas prohibiciones a la población morisca y que entraba en vigor con el Año Nuevo de 1567, víspera del aniversario de la conquista de Granada del 2 de enero. El decreto fue promulgado por la Chancillería de Granada.

En aplicación del decreto, los moriscos tenían que aprender castellano en tres años, y a partir de esa fecha sería delito hablar, leer o escribir en árabe en público o en privado. También se veían obligados a cambiar sus vestimentas tradicionales, sus apellidos musulmanes, costumbres y ceremonias, incluso fue prohibido el tradicional baño árabe para evitar la práctica coránica de las abluciones. Los moriscos trataron de negociar durante más de un año para parar las medidas, como habían logrado hacer en ocasiones anteriores, a base de aportar dinero, pero esta vez la decisión era muy firme. Así que finalmente acordaron sublevarse en la Nochebuena de 1568.

Abén Humeya. Escultura de Roberto Manzano (2000). Purchena.
Abén Humeya. Escultura de Roberto Manzano (2000). Purchena.

En principio la sublevación no arraigó en el barrio granadino del Albaicín, pero sí en las zonas rurales, sobre todo en la sierra (Alpujarras y Sierra Nevada) y en la costa. A la cabeza se puso en un principio Fernando de Válor que recuperó su nombre musulmán, Aben Humeya, descendiente de los califas omeyas cordobeses, aunque acabó siendo asesinado por los sectores más intransigentes de la revuelta morisca y sucedido por su primo Abenabó. Si bien los líderes procedían de la ciudad de Granada, el grueso de los rebeldes venía de las montañas y de zonas rurales y fueron creciendo progresivamente hasta alcanzar la cifra de unos 30.000 con el apoyo de algunos voluntarios bereberes de Argel y Tetuán e incluso turcos. De hecho, en el mismo momento en que se desarrollaba la sublevación, los turcos atacaban Túnez y lograban conquistarla para los musulmanes, y también decidieron atacar Chipre, que tardaría todavía algún tiempo en capitular.

El conflicto morisco coincidía también en el tiempo con la sublevación de los Países Bajos iniciada en 1566. Cuando se adoptaron las medidas contra las costumbres moriscas no se había previsto una sublevación de tal magnitud, las tropas acantonadas en Andalucía a cargo del duque de Alba habían sido retiradas y enviadas a Flandes.

El enfrentamiento se caracterizó por una gran ferocidad por ambas partes. Los hombres eran pasados por las armas y las mujeres y los niños esclavizados, tanto musulmanes, como cristianos que eran vendidos en Argel y otras plazas del norte de África. Fue la intervención de Juan de Austria, el hermano de Felipe II, el que con tropas regulares traídas de Italia y otras zonas logró sofocar la rebelión.

Aunque la sublevación morisca no había calado en la ciudad de Granada, donde la integración de los moriscos en la ciudad estaba más asentada. La monarquía, mediante un decreto de junio de 1569, decidió su expulsión de la ciudad y su dispersión por La Mancha para aislar por completo a los rebeldes de las montañas que finalmente tuvieron que rendirse en 1570 para evitar ser terriblemente masacrados en sus refugios de las cuevas que el ejército real inundaba de humo para provocar la asfixia de sus moradores.

Principales focos de la rebelión morisca de Granada 1568-1571 en las Alpujarras.
Principales focos de la rebelión morisca de Granada 1568-1571 en las Alpujarras.

Finalmente, la inmensa mayoría de los moriscos del reino de Granada, unos 80.000, hubieran participado o no en la sublevación, fueron deportados a diferentes puntos de la Península. Encadenados y esposados serían conducidos en convoyes marchando a pie hacia localidades de Andalucía, Extremadura, La Mancha y en menor medida de Castilla la Vieja e incluso Galicia. Se estima que muchos —entre un 20 y un 30 por ciento—, no llegaron a su destino y perecieron en el proceso de deportación. Aun así, todavía quedaban en 1587 unos 10.000 moriscos en el reino de Granada de los cerca de 150.000 que llegó a haber antes de la revuelta. Las tierras de los deportados fueron confiscadas y vendidas a colonos cristianos procedentes de otras latitudes, pero debido a su mala calidad muchos se desanimaron y regresaron a sus lugares de origen.

Las dificultades para integrarse en las nuevas condiciones de vida, alejados del reino de Granada y dispersados por Castilla, favorecieron el surgimiento de bandas de proscritos de origen morisco que se dedicaron al robo y el saqueo. Los que pudieron prosperar lo hicieron en el entorno de las ciudades dedicándose a la artesanía o al comercio, y también frecuentemente al transporte de mercancías con mulas (muleros). No obstante, siempre estuvieron en el punto de mira de la Iglesia católica por su indiferencia ante la fe cristiana y la continuidad de la práctica secreta del islam. La monarquía también tenía preocupación por que pudieran ser un punto de apoyo frente a una invasión exterior, en Andalucía, por ejemplo, cuando arreciaba el conflicto con Inglaterra.

En la Corona de Aragón (Valencia y reino de Aragón) los moriscos habían podido mantenerse ajenos a los conflictos de la monarquía con los moriscos de Granada. En esos territorios se dedicaban a trabajar la tierra, sometidos a la jurisdicción señorial, por lo que la nobleza siempre les había protegido, como ocurrió durante la revuelta de las Germanías, llegando la nobleza a formar destacamentos armados de moriscos para aplastar el movimiento agermanado. Pero ya hacia 1582, ante los muchos conflictos y enemigos que tenía la Monarquía Hispánica por diferentes frentes (turcos otomanos, piratas berberiscos, Inglaterra, Países Bajos, etc.), se planteó la posibilidad de su expulsión de las costas levantinas y su deportación hacia el interior. La propuesta fue defendida por el arzobispo de Valencia, Juan de Ribera y apoyada por el duque de Alba, pero el rey decidió no ejecutar dicha medida.

Sin embargo, durante el reinado de su hijo, Felipe III y el valimiento del duque de Lerma, aprovechando una situación internacional de tranquilidad, la «Pax Hispánica», se decretó finalmente la expulsión de todos los moriscos, lo que supuso un grave perjuicio para la economía regional de Aragón y Valencia, motivo por el que algunos autores consideran que esta medida pudo ser también un ajuste de cuentas de la monarquía y la nobleza castellana contra la nobleza periférica, que iba ganando pujanza económica frente al continuo declinar de Castilla.

La revuelta de los Países Bajos contra Felipe II

Felipe II intentó mantener la hegemonía europea de la casa de Austria como herencia legada por su padre. Para ello se apoyó en la defensa del catolicismo en los términos que planteaba la Contrarreforma, pero dos graves problemas contribuyeron a su erosión: el conflicto con la Inglaterra de Isabel I que condujo al fracaso de la «Armada Invencible» de 1588 y sobre todo el que había estallado dos décadas antes en los Países Bajos.

Poco después del inicio de las llamadas guerras de religión en Francia en las que la Monarquía Hispánica se decantó por el apoyo al bando católico contra el calvinista o hugonote, se iba a producir una auténtica rebelión en los Países Bajos contra la autoridad del rey Felipe II. Iban a confluir el conflicto religioso, derivado de la difusión del calvinismo por estos territorios, junto a la demanda de mayor autonomía política por parte de las oligarquías urbanas y de sectores de la nobleza. Miembros de las familias nobiliarias más importantes, como los Nassau, los Egmont, o los Horn, tanto protestantes como católicos, iban a agruparse (1565) para solicitar a la gobernadora Margarita de Parma (hija natural de Carlos V) el cese de las actividades de la Inquisición y una moderación en materia religiosa. La gobernadora dictaminó una «carta de moderación» que permitía el ejercicio de cualquier culto, aunque en privado. Pero las dificultades económicas que atravesaba la región y una subida de los precios del pan provocaron un estallido social que también adoptó la forma de un rechazo radical contra las imágenes religiosas y los templos católicos, bajo la influencia del calvinismo.

Calvino, de origen francés, fue inicialmente seguidor de Lutero. Exiliado en Ginebra (Suiza) desarrolló allí un corpus doctrinal mucho más radical que el de Lutero. Rechazaba el culto a las imágenes, considerado idolatría, y toda autoridad externa a la Biblia, propugnando la eliminación del papado y demás cargos de la jerarquía católica. Su defensa de la predestinación sería mucho más radical que en Lutero (aunque eso no implicaba una resignación pasiva del creyente, sino una búsqueda activa por parte de éste de los signos de su pertenencia al colectivo elegido, lo que incluía el cumplimiento con el deber diario hacia la divinidad). El calvinismo, que se impuso como código moral y legal en el gobierno de Ginebra, se difundió por los Países Bajos y entre los reformados franceses, conocidos como hugonotes (palabra cuya etimología no acaba de ser aclarada). También encontró una importante acogida en Hungría y en las islas británicas, tanto en Inglaterra, como en Escocia, y en el Palatinado (Sacro Imperio Romano Germánico), con Federico III.

Los Países Bajos en 1579. Unión de Utrecht y Unión de Arras (Wikimedia).
Los Países Bajos en 1579. Unión de Utrecht y Unión de Arras (Wikimedia).

Ante la rebelión de los Países Bajos, Felipe II respondió enviando al duque de Alba al frente de los tercios, quien aplicó una represión indiscriminada, arrestando incluso a nobles católicos como los condes de Egmont y Horn. Creó el Tribunal de Tumultos (1568) y condenó a centenares de opositores políticos y/o disidentes religiosos al destierro o a la ejecución. Egmont y Horn fueron ejecutados. Guillermo de Nassau (príncipe de Orange), que había huido a Alemania, regresó para encabezar la resistencia armada. Margarita de Parma renunció a su cargo y el duque de Alba, que fue nombrado nuevo gobernador general de los Países Bajos, puso en marcha una dura política fiscal para, entre otras cosas, financiar a las tropas de ocupación. Pero la resistencia de la naciente burguesía urbana ante esta presión fiscal favoreció el aumento del apoyo hacia los calvinistas. Una importante derrota militar del duque de Alba frente a los piratas holandeses, llamados «mendigos del mar» (Brielle, 1572), permitió que casi toda la provincia de Holanda y Zelanda pasaran a manos rebeldes, y propició su cese y sustitución por un gobernador de línea conciliadora, Luis de Requesens (1573) que suprimió el Tribunal de Tumultos y las últimas subidas impositivas. La temprana muerte de Requesens (1576) dio paso a una situación de anarquía entre las tropas hispanas allí acuarteladas que acabaron saqueando Amberes, provocando el rechazo de la población y la unión en torno a la causa del protestante príncipe de Orange, que pedía la retirada de las tropas hispanas y la convocatoria de Estados Generales.

En 1577 fue nombrado nuevo gobernador Juan de Austria, hermano natural de Felipe II, quien al comienzo se comprometió a respetar las libertades (Edicto Perpetuo), pero rápidamente rompió sus compromisos. Tras la su prematura muerte (1578), fue finalmente Alejandro Farnesio, hijo de la primera gobernadora Margarita de Parma, el que consiguió pacificar la situación, al atraerse a la nobleza valona del sur, en su mayoría católica, y reacia, por tanto, a los planteamientos calvinistas del norte. Sobre la base de la aceptación de la autoridad de Felipe II y el catolicismo, se constituyó la Unión de Arras (1579), con el compromiso español de retirar las tropas. Los protestantes, por su parte, constituyeron la Unión de Utrecht (1580), integrada por las siete provincias unidas del norte, encabezadas por Holanda —de hecho, ambas entidades serían respectivamente la base de las posteriores Bélgica y Holanda—, delimitándose dos bloques de carácter político-religioso y pasando a producirse la mayor parte de los enfrentamientos militares en las zonas intermedias menos definidas (Flandes y Brabante).

En su enfrentamiento con la monarquía española, las provincias del norte, bajo el liderazgo del príncipe de Orange, ofrecieron la corona a Francisco, duque de Anjou, y hermano del rey de Francia Enrique III. Tras la muerte del duque de Anjou, se la ofrecieron al mismo Enrique III que no se atrevió a aceptarla por temor a la reacción hispana. Pese a los avances militares de Alejandro Farnesio en Flandes, la división en los Países Bajos entre una zona protestante al norte y otra católica al sur pareció finalmente afianzarse. La Monarquía Hispana tuvo que hacer frente a otros conflictos de envergadura en Francia (apoyo a la Liga Católica en las guerras de religión) y contra Inglaterra, que había decidido apoyar a las provincias unidas del norte contra el monarca español. El conflicto político-religioso en los Países Bajos conoció un período de cese progresivo de hostilidades tras la muerte de Felipe II bajo el gobierno de Isabel Clara Eugenia y el Archiduque Alberto, pero se recrudecería de nuevo tras el final de la Tregua de los Doce Años (1621) en el marco del conflicto que asoló a Europa conocido como la Guerra de los Treinta Años (1618-1648).

Para saber más

—Eduardo Pardo de Guevara Valdés (2011). «El reinado de los Reyes Católicos: política interior» En Vicente Ángel Álvarez Palenzuela y VV.AA. Historia de España de la Edad Media. Barcelona: Ariel.

—John Lynch (2010). Los Austrias (1516-1700). Barcelona: Ed. Crítica.

—Joseph Pérez (2005). La revolución de las Comunidades de Castilla (1520-1521). Barcelona: RBA.

—Ricardo García Cárcel (1973). «Las Germanías de Valencia y la actitud revolucionaria de los gremios». Estudis: Revista de historia moderna, nº 2. Universidad de Valencia.

—Leandro Martínez Peñas, Alicia Herreros Cepeda (2011). «El desplazamiento de los moriscos tras la rebelión de las Alpujarras. Contexto político, estratégico y militar de una migración forzosa». Actas del I Congreso Internacional sobre Migraciones en Andalucía.

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Alfredo López Serrano

Alfredo López Serrano es Doctor en Historia por la UCM y profesor de Enseñanza Secundaria de Geografía e Historia. Entre 2003 y 2017 ha sido Profesor Asociado en la Universidad Carlos III de Madrid. Es Presidente de la Federación Española del Profesorado de Historia y Geografía FEPHG y miembro del Movimiento Cooperativo de Escuela Popular MCEP.

Jesús de Blas Ortega

Doctor en Ciencias Económicas y profesor de Secundaria de Geografía e Historia.

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