Enrique Martínez Ruiz: «Felipe II fue un príncipe renacentista en todos los sentidos»

Enrique Martínez Ruiz, catedrático de Historia Moderna de la Universidad Complutense de Madrid, investigador de largo recorrido y figura clave en la renovación de la historia militar en nuestro país vuelve a la palestra editorial que nunca abandonó con una obra magna sobre el gobierno, la vida y los elementos menos conocidos del reinado del segundo de los Felipes. Ve ahora la luz, publicada por La Esfera de los libros, la biografía Felipe II. Hombre, rey, mito, que está llamada a convertirse en un clásico instantáneo sobre esta monumental figura.

Juan Laborda Barceló—Me gustaría, para iniciar la conversación, que nos explique cuáles han sido sus líneas maestras de investigación a lo largo de estos años. ¿Cuál es el eje central de su labor investigadora?

Enrique Martínez Ruiz—Si debemos establecer una línea principal sería, sin duda, la segunda mitad del siglo XVI. Empecé investigando en mi memoria de licenciatura, algo así como el trabajo de fin de máster actual, sobre la intervención de Sancho de Ávila en las campañas del Duque de Alba en Flandes. Y desde entonces, ese período ha sido un tema recurrente en mis investigaciones. Ahora, viene a culminar con la publicación de esta biografía de Felipe II.

Otro de los temas que he tratado ha sido el de la seguridad y el orden público, puesto que mi tesis fue sobre la creación de la Guardia Civil. Posteriormente lo desarrollé a lo largo de mi carrera y también, de algún modo, se ha cerrado recientemente con la publicación de libros como Policía y proscritos. Estado, militarismo y seguridad, Editorial Actas (2014) o El bandolerismo español, Catarata Ediciones (2020). Después ha habido otras cuestiones que no creo que tengan la importancia en mi trayectoria de estas dos primeras. Me estoy refiriendo, fundamentalmente, a la historia de la Iglesia y en especial a las Órdenes religiosas.

Enrique Martínez Ruiz

JLB—En su larga trayectoria académica e investigadora se ha centrado en diversos temas que van desde la historia militar hasta la de las instituciones. Me gustaría que nos hiciera una reflexión sobre su manera de abordar la historia militar. ¿Cómo entiende este apartado a veces maltratado de la historia?

EMR—Enrique Martínez Ruiz—La historia militar se ha ido imponiendo de una manera clara en mis investigaciones. Tanto Felipe II, como la propia cuestión de la seguridad y el orden público, tienen un componente militar de primera trascendencia. Yo no la he entendido como normalmente se hacía. Es decir, como un apéndice de la historia política. Se centraba únicamente en el inicio de una guerra, la firma de una paz, cuáles son las condiciones de esa paz y, alguna vez, en una batalla importante y poco más. No había una preocupación específica sobre lo que puede ser esa dimensión de la historia.

Tampoco soy partidario de una historia militar que sólo se fije en los ejércitos, en las campañas y en las batallas. Para mí la historia militar es mucho más amplia, pues existen unos sistemas de reclutamiento, una logística que incide de una manera directísima sobre zonas que se ven afectadas por los conflictos o por la preparación de los ejércitos. La misma organización de estos tiene mucha importancia, no es siempre la misma y responde a los planteamientos de cada contexto. Considero que es clave porque un ejército refleja siempre cómo se cuida y cómo se abastece a sus hombres, y sobre todo que esos hombres responden a unos planes tácticos dentro de un planteamiento geoestratégico.

La historia militar es muy compleja y no se puede reducir a unas cuantas batallas y a los resultados de una paz. Si a esto le añadimos que a la movilización de un ejército le acompañan necesariamente uniformes, material y vituallas, entre otras cosas, entenderemos su calado. Con ello se están impulsando muchas de las industrias de determinadas zonas. La guerra, que es una maldición para muchas zonas, se convierte en un estímulo económico para otras debido a estas demandas.

«Se lucha únicamente en aquellos conflictos que impone la necesidad de la defensa de los territorios»

JLB—Nuestra historiografía, no así la anglosajona, es algo escasa en obras que traten esa historia militar total o social. De hecho, buena parte de la producción hispana en este ámbito está relacionada con la escuela que usted representa. ¿Qué opina al respecto?

EMR—En cierto sentido fue una novedad en el panorama historiográfico español, puesto que no se había hecho así. Aquí nunca hemos valorado, como sí se ha hecho en los ámbitos anglosajones y franceses, que la guerra, por lo menos en la Edad Moderna, es una constante. De hecho, no se dan tres años seguidos de paz durante todo el período. Siempre hay una potencia europea en conflicto en el continente o en las colonias. Es, quizá, la actividad más permanente del europeo en estos casi cuatro siglos. Y si pensamos en la evolución histórica del siglo XIX y XX observaremos que la guerra ha subido de intensidad. En el siglo XIX difícilmente se podría pensar la capacidad destructora que supuso, por ejemplo, la II Guerra Mundial, pero después, en los setenta, cuando se produce una nueva guerra entre Israel y Egipto, se calcula que la aviación y la acorazada israelí destruyeron tantos materiales bélicos como prácticamente se habían destruido en toda la II Guerra Mundial.

JLB—Ha tratado usted temas vinculados a la campaña de Flandes en la segunda mitad del XVI, a las guerras de religión y, por supuesto, a la inmensa maquinaria bélica de la monarquía hispánica, en obras ya referenciales como Los soldados del Rey: Los ejércitos de la Monarquía Hispánica (1480-1700), Editorial Actas (2008). ¿Cómo fue posible sostener tan amplio e ingente dispositivo militar desde mediados del XVI?

EMR—Cuando se piensa en la labor defensiva que realiza Felipe II, a la que yo llamo «la globalización de la defensa», cuesta entender cómo se pudo sostener semejante sistema. Se trata de levantar ejércitos, construir barcos y fortificaciones. El esfuerzo fue enorme. Felipe II llegó a tener destinados en Flandes unos 100.000 hombres, poco más o menos. Después hubo más, pero de esa tropa aproximadamente el 12% eran los españoles de los Tercios. A este contingente hay que unirle todas las guarniciones de las plazas fuertes que se levantan en el territorio. Milán es una plaza de armas, Nápoles también y todas tienen una guarnición. En el espacio italiano están los Tercios, pero también hay tropas naturales del lugar. En cuanto a los barcos hay flotas de galera en el Mediterráneo, flotas de Galeones en el Atlántico, la carrera de Indias, el galeón de Manila y dos flotas más en el Pacífico. Sobre las fortificaciones, casi parafraseando a Felipe II, podríamos decir que el sol alumbra a lo largo de su recorrido por el globo una fortaleza hecha por los españoles. Así tenemos desde el fuerte de Nuestra señora del Pilar en Mindanao al Pacífico con El Callao o el Atlántico, con toda una serie de posiciones, como la impresionante ciudadela de Cartagena de Indias, San Felipe de Barajas. En Europa encontramos la inmensa cadena de torres almenaras de la costa peninsular, las de la zona italiana y los fuertes mayores que jalonan esa suerte de rosario de torres de aviso. Igualmente hay castillos como el de Fuengirola, Málaga o Almería que son fortalezas de una entidad importante.

Todo este complejo se financia a través de una notable carga impositiva, además de los nada despreciables caudales de Indias. Este inmenso esfuerzo explica claramente las bancarrotas. En 1557 llega la primera. Felipe II se la debe a su padre. La de 1575-76 y la del final del reinado en 1596 son plenamente suyas. La hacienda real, en definitiva, nunca fue boyante.

JLB—Nos encontramos ante una obra exhaustiva sobre la figura de Felipe II. Se abordan aquí prácticamente todos los temas nucleares del reinado, sin escatimar algunos que son cruciales, pero que no siempre aparecen en las monografías sobre el tema. Se trata de las muy necesarias infraestructuras, cuyo punto de partida son las conocidas Relaciones topográficas de 1574-1575. ¿Cuál fue su verdadera utilidad?

EMR—Felipe II ha sido mi compañero de viaje durante mucho tiempo y creo que de alguna manera lo entiendo. Él tuvo en su cabeza todo el imperio y era perfectamente consciente de las particularidades de los territorios que gobernaba. Una de ellas era conocer al detalle el territorio y controlar la población. Y precisamente en eso radicaban las relaciones topográficas. Lo que encontramos en ellas es una fuente extraordinaria de información para la época y una ingente labor estadística que no tiene parangón en otras latitudes. Se trata de conocer las necesidades reales del reino para tomar las decisiones más adecuadas.

JLB—¿Fue Felipe II exhaustivo en la defensa de los territorios patrimoniales?

EMR—En la mentalidad de la época no había otra alternativa. Él estaba convencido de que debía mantener la herencia recibida. Se implica, además, decididamente en la defensa de la fe. Por un lado, dice que prefiere perder sus estados antes de gobernar sobre herejes y por otro considera que el catolicismo es algo demasiado importante para dejárselo solo al Papado. De hecho, el Papa, que no quería caer en la dependencia de Madrid actuaba a veces de modo particular y se oponía a los planes españoles. Aun así, la defensa de la fe fue para Felipe II importantísima. De ahí su decidido apoyo a la Inquisición. Consideraba que era el baluarte de la fe y la protección de sus súbditos de la contaminación de la herejía. Eso le ha valido a Felipe II que se le califique de intransigente, radical, dogmático y cruel. En definitiva, de una serie de calificativos que demuestran la ignorancia que se tiene de la época. Esos procedimientos son los que se empleaban en la Europa del momento. Los vemos, sin ir más lejos, con Enrique VIII y su persecución de las Órdenes religiosas. De igual modo sucede con Calvino, quien creó en Ginebra el Consistorio, institución de un radicalismo que nada tiene que envidiar a los procedimientos inquisitoriales. La misma muerte de Miguel Servet así lo demuestra. Lo mismo ocurre con las guerras de religión en Francia. Calvinistas y católicos se están matando en nombre de Dios. Por tanto, los calificativos vertidos sobre Felipe II en este sentido se pueden aplicar perfectamente a sus contemporáneos.

JLB—¿Por qué, a su modo de ver, la leyenda negra tiene una mayor visibilidad o potencia que la leyenda aurea?

EMR—El que la leyenda negra se impusiera se debe fundamentalmente a que las imágenes que creaba eran de una fuerza tremenda. Las razones son varias. Primero concentra sus ataques sobre un objetivo único, que es Felipe II, al que se acusa de parricida, asesino y bígamo, entre otras lindezas. Se decía falsamente que estaba casado con su amante, Isabel de Osorio, cuando contrajo matrimonio con María Tudor, tía suya y reina de Inglaterra. Aquello fue un infundio, pues nunca se casó con Osorio, a la que, sin embargo, sí protegió decididamente. Todo fueron falsas acusaciones. Y, poco a poco, esa leyenda negra que se inició sobre la figura de Felipe II, a medida que avanzaba el reinado, acabó afectando a los españoles como pueblo, al que se calificaba durísimamente. Éramos lo peor de lo que podía haber sobre la faz de la tierra. Las estampas de la colonización de América, con esas imágenes horribles de las brutalidades que se cometieron con los indios, acabaron de crear una aureola que afectaba al rey y a España, y que era imposible de destruir, entre otras cosas porque llegó un momento en el que nosotros mismos nos las creímos. Pensábamos que, efectivamente, debía de haber algo de verdad en ellas. Nunca se hizo demasiado por investigarlo y dilucidar lo que había de falso en esas ideas.

Desmontar una leyenda, unos relatos o como queramos llamarlo, que favorecen el nacionalismo es muy difícil. No olvidemos que buena parte del nacionalismo inglés descansa en lo que allá explican sobre la «Armada invencible». La propaganda de la leyenda negra francesa está atacando al rey Felipe II, pero cuando Francia declara la guerra a España en 1635 se dice abiertamente que es un país derrotado, decrépito, al que se va a vencer de una manera clara. Es, en definitiva, la polémica que estudió el profesor Jover Zamora de los panfletos que circularon en torno a 1635.

En todo este caso, observamos como la realidad se desvirtúa, pues mientras se habla de un país en teoría decrépito, las fuerzas militares de esa misma monarquía española habían vencido al ejército holandés, que era el espejo militar de toda Europa. Del mismo modo, la monarquía hispánica había derrotado en Nordlingen al ejército sueco, a todas luces el gran continuador de las excelencias militares planteadas por Mauricio de Nassau. Por si eso fuera poco, se había vencido al ejército francés. No hay que olvidar que en 1636 existe un verdadero pánico generalizado en París ante el peligro de que las tropas españolas llegaran a entrar en la ciudad. Luis XIV tuvo que reclutar un buen número de fuerzas militares para tratar de contener el posible avance del ejército español. Todo ello muy alejado de ese país derrotado del que habla la propaganda francesa.

En cuanto a la leyenda aurea el problema es distinto. Felipe II no entró en la polémica. El hecho de tener una administración tan minuciosa daba unas informaciones muy precisas, pero tratar de desmontar con ellas unas imágenes tan coloristas, tan extraordinarias de la leyenda negra, era imposible. En algún momento el rey quiso mejorar su imagen, encargando que se hicieran en todo el reino rogativas por él y por su gobierno. Solicitó también a algunos historiadores que escribieran su crónica, pero no fue una solución suficiente.

La leyenda aurea se crea realmente después de la muerte de Felipe II. Aparecen en el reinado de Felipe IV las dos obras básicas sobre las que se monta la defensa del rey: Don Felipe el Prudente, segundo deste nombre, Rey de las Españas y Nuevo Mundo de 1625 de Vander Hammer y la de Baltasar Porreño, Dichos y hechos del señor rey Don Felipe II el Prudente, potentísimo y glorioso monarca de las Españas de 1628.  En ellas se ponen de manifiesto una serie de actos de la vida del rey y se sitúan como ejemplo de un modelo de virtud determinada. Tanto aquí, como en la otra leyenda, hay exageración clara.

Durante el reinado de Felipe III se quiso olvidar el mandato de su padre Felipe II. Se dijo que estaba agotado y existía un deseo de cambio. Según uno de los embajadores venecianos, corría por Castilla un dicho: «Si el rey no muere, el reino muere». Un juego de palabras muy gráfico. Había un deseo de cerrar el reinado de Felipe II. No será hasta la llegada al poder de Olivares con Felipe IV cuando se recuperen viejos principios y se mire al reinado de Felipe II. Y ese es el momento en el que parecen estos libros que exaltan la figura de aquel monarca.

JLB—Háblenos del hombre, de la semblanza humana y de su evolución vital. ¿Cómo definiría la compleja personalidad de Felipe II?

EMR—Uno de los errores o simplificaciones más habituales sobre él es que se le ve siempre de manera monolítica. Parece que fuera siempre igual. Él, como todo hombre, va cambiando a lo largo de su vida. Felipe II vive, evidentemente, una evolución vital.

Tendrá una formación política extraordinaria, su madre y el gran Zúñiga como preceptor lo irán modelando, y luego estará el Emperador con sus famosas instrucciones de Palamós. Igualmente, en los viajes con su padre recibirá una poderosa impronta personal, como resultado del contacto directo. En esos mismos años conoce realidades muy diversas. En Génova descubre la arquitectura renacentista, se interesa por la arquitectura efímera de los recibimientos que le hacen, con toda la simbología que conlleva, descubre los jardines, las galerías de retratos y se amplía su concepción del mundo como no podía sospechar antes.

En esta obra he querido destacar ese aspecto humano que ha quedado orillado en otras biografías sobre el Rey. Por ejemplo, cabe destacar que Felipe II era un bailarín extraordinario. Él y su hermana actuaban habitualmente de niños frente a la reina Juana en Tordesillas, cantaban y bailaban como momento cumbre de sus visitas. En su estancia en Inglaterra llamó la atención por ser un bailarín consumado. Le gustaba mucho la música. Era un príncipe del renacimiento en todos los sentidos, vitalista, con el deseo de alguna amante, como lo veía en todos los señores que le acompañaban en su séquito o en su mismo padre.

También me interesaba poner de relieve la fiesta en sus dos vertientes, la religiosa y la profana, destacando el carnaval y cómo se reflejaba en la corte. El rey participaba desde joven en esos fastos que se desarrollaban en su entorno.

JLB—Sé que es una pregunta difícil, pero me gustaría que nos hiciera una valoración general del reinado.

EMR—A mí me gusta mucho una frase de Domínguez Ortiz que incluyo en el epílogo. Es una síntesis extraordinaria del reinado. En ella dice, entre otras cosas, que no venció a la herejía, pero fijó los límites hasta dónde podía llegar. El apoyo a la Liga católica y la conversión de Enrique IV al catolicismo marcan una clara superioridad del catolicismo en Francia. Cabe señalar que Bélgica será católica porque Farnesio la libera de la presión holandesa.

Por otro lado, logra poner freno al turco en el Mediterráneo con la batalla de Lepanto. Y desde ahí se registra una actividad tan intensa en el mar como no se había visto antes. Es cierto que no se aprovecharon las ventajas, como es sabido, de la Santa Liga por diversos motivos. Uno de ellos será que Felipe II no emprende guerras de conquista, guerras agresivas. Su planteamiento es de guerras defensivas. Esa es una de las cuestiones que destaco en la obra. Se lucha en aquellos conflictos que impone la necesidad de la defensa de los territorios.

El balance general del reinado tiene, como es lógico, luces y sombras, pero hay una serie de cuestiones en las que el monarca consigue unos resultados muy positivos. No aspiro a que se comparta la idea de Domínguez Ortiz, cosa que yo sí hago, pero deseo que tras la lectura del libro se entienda mejor la figura de Felipe II.

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Juan Laborda Barceló

Juan Laborda Barceló

Escritor, doctor en Historia Moderna, colaborador en diversos medios y articulista. Es autor del reciente ensayo 'En guerra con los berberiscos. Una historia de los conflictos en la costa mediterránea' (Editorial Turner, 2018). Su última novela es 'Paraíso imperfecto' (Editorial Alrevés, 2017).

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