Clío va al cine. No en mi nombre

No son pocos los autores que a lo largo de la historia han clamado contra el anacronismo. Es decir, contra la incapacidad para entender el pasado desde su óptica propia y no desde los parámetros interesados del tiempo del observador.

No estamos, por tanto, ante la idea de trasladar o anclar un hecho puntual a un periodo en el que no existía. Cosa grave, pero que se soluciona estudiando historia. No. Se trata de que la ceguera revulsiva y egocéntrica de lo políticamente correcto, auténtica lacra dictatorial de nuestros días convertida en ley no escrita, es un verdadero generador de desaguisados intelectuales. Uno de los últimos es la locura de condenar joyas, como Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939), por considerarla racista.

No, no es una película racista. Es un filme que refleja un tiempo de los EE. UU. en pleno proceso de formación en el que sí fueron tremendamente racistas (y lo siguieron siendo y así hasta nuestros días). Del mismo modo, el Hollywood clásico, tiempo de nacimiento de esta y de otras maravillas del cine, también era abiertamente racista. Sin embargo, la suma de aberraciones no debe valorarse desde una perspectiva moral, aunque sea moralmente reprobable. Si no que da lugar a un reflejo fidedigno de diversas realidades: las ciertas y las ficcionales.

Comencemos por lo cierto. La sociedad norteamericana de 1939, fecha de estreno de la obra, estaba profundamente contaminada por la hipocresía salvaje que supuso la segregación racial en la supuesta tierra de las libertades. Iglesias, escuelas, cines y cualquier espacio público o privado poseía zonas reservadas específica y obligatoriamente para las personas «de color». El cine no ha sido ajeno a la lucha por la consecución de los derechos e igualdades sociales, pero eso correspondería a otro capítulo de estos predios de Clío va al cine. No es menos cierto que la guerra de secesión americana (1861-1865) no fue motivada fundamentalmente por la cuestión de la esclavitud, tal y como algunas escuelas historiográficas han apuntado. Muestra de ello es que tras la llegada de la paz la población negra no consiguió prácticamente ningún derecho. Es más, el igualador derecho al voto tardó prácticamente un siglo en empezar a asomar tímidamente en EE. UU. En 1965 se aprobó el Voting Rights Act que trataba de eliminar las prácticas discriminatorias que impedían hacer efectivo y real el voto de los afroamericanos.

Hattie McDaniel en una imagen de estudio en 1940, año en el que ganó el Oscar a la mejor actriz secundaria. Su vida fue ciertamente compleja. No le permitieron, entre otras cosas, cumplir su deseo de ser enterrada en Hollywood Forever como postrero acto de crueldad. Cabe señalar que fue interpretada por Queen Latifah con acierto en la algo naif, idealista e interesante mini serie Hollywood (2020) de Netflix que, precisamente, reflexiona sobre estas cuestiones raciales.
Hattie McDaniel en una imagen de estudio en 1940, año en el que ganó el Oscar a la mejor actriz secundaria. Su vida fue ciertamente compleja. No le permitieron, entre otras cosas, cumplir su deseo de ser enterrada en Hollywood Forever como postrero acto de crueldad. Cabe señalar que fue interpretada por Queen Latifah con acierto en la algo naif, idealista e interesante mini serie Hollywood (2020) de Netflix que, precisamente, reflexiona sobre estas cuestiones raciales.

Lo ficcional es, sin embargo, más abstracto y afilado. A pesar de ello, algunas de las más valientes denuncias y críticas anti racistas han sido convenientemente olvidadas o pasadas por alto una vez filmadas. Tal es el caso de Uno, dos, tres (Billy Wilder, 1961). «¿Qué ocurrió en Little Rock?», así rezaba un cartel portado por anónimos manifestantes soviéticos al comienzo del metraje. El críptico sentido de la frase era y es una carga de profundidad. La película del genio alemán fue una sátira corrosiva contra el capitalismo y el comunismo con el telón de acero de fondo. Estrenada en plena Guerra Fría desvela, en definitiva y con el ritmo justo de la mejor de las comedias, las mezquindades de uno y otro lado. La pancarta de marras hace referencia a un asunto ocurrido en 1957 en Arkansas, estado en el que se sitúa la población de Little Rock, pero que aún coleaba. Tras la declaración por parte de Tribunal supremo de EE. UU. de que la segregación racial en las escuelas era inconstitucional, nueve estudiantes afroamericanos intentaron acudir a las aulas en aquel estado sureño. Ese acto de resistencia se convirtió en un hito en la lucha por la igualdad. El racismo estaba tan asentado que parte de la población blanca amenazó con desórdenes y linchamientos, por lo que la Guardia Nacional acabó deteniendo a los estudiantes. Acto seguido, el presidente Eisenhower tuvo que mandar tropas al lugar. Urgía escoltar a los estudiantes para que pudieran ejercer, sin que peligrase su integridad física, lo que era un derecho constitucional. La ficción es muy poderosa y un par de segundos de metraje pueden equivaler a tesis de lo más sesudo.

No es menos potente lo que ocurrió en el rodaje de Lo que el viento se llevó y su reflejo en la realidad. Precisamente el papel de Hattie McDaniel, interpretando a la carismática criada Mammy, comenzó a cambiar las cosas. A pesar de que ahora se vea como un hito negativo, fue un revulsivo para la sociedad del momento. Como bien es sabido, en un principio se utilizaba a actores blancos maquillados para los papeles de afroamericanos, como demuestra, por ejemplo, The Jazz Singer (Alan Crosland, 1927). La obra ha pasado a la historia por ser la primera película con sonido sincronizado de la historia del cine. Curiosidades a parte, las costumbres imperantes (incluyendo, por supuesto, el Código Hays) impidieron que los artistas de color interpretasen papeles más allá de sirvientes, amas de cría, bailarines singulares o alguna que otra atracción menor. Era inverosímil para el Hollywood dorado crear, sin ir más lejos, un guión con un amor interracial. Tampoco podían tener papeles protagónicos ni violentos. Eran puro atrezzo. Sin embargo, a veces, se obraba el milagro. La incombustible McDaniel, cuya vida pide un biopic a gritos, fue galardonada con el Oscar a la mejor actriz secundaria en 1940. Era la primera vez que una mujer negra ostentaba tal galardón. Así, se da la tremenda ironía de que las escenas que hoy escuecen en la mirada excesivamente almibarada de algunos, fueron, en realidad, un hito de visibilización de los artistas negros. En este sentido, existe un buen número de secuencias que, vistas a la luz de nuestros justicieros ojos actuales, parecerían un despropósito racial, pero que, en su momento, permitieron mostrar, dentro de las posibilidades de aquel universo emponzoñado, las virtudes y maneras de unos actores condenados de otro modo al ostracismo artístico.

La secuencia de la consecución de los derechos y libertades ha sido históricamente, si no nos dejamos vencer por la más pueril ilusión, un proceso escalonado. Existen lo que podríamos llamar «chispazos de libertad». Sucesos icónicos y revolucionarios en los que se rompen las barreras, pero cuya concreción de manera genérica es siempre muy lenta. Plantear lo contrario es pecar de una malsana inocencia histórica. Sin haber tenido ciertos hitos iniciales, nunca se habría llegado al estado actual de concesión de libertades (obviando, claro está, el drama de ser objetivo perenne de las letales fuerzas del orden en EE. UU. ). Es decir, que condenar la participación de McDaniel como criada de la caprichosa Señorita Scarlata no es sólo un absurdo, si no que incurre en «la paradoja del abuelo». No se podría llegar a las cotas actuales de igualdad, aunque se puedan y deban mejorar, sin haber pasado por aquel episodio. Es, como poco, para detenerse en la irreverente estulticia de aquellos que hoy en día censuran con o sin ley de por medio, pero desde luego con muy poco tino.  

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Juan Laborda Barceló

Juan Laborda Barceló

Escritor, doctor en Historia Moderna, colaborador en diversos medios y articulista. Es autor del reciente ensayo 'En guerra con los berberiscos. Una historia de los conflictos en la costa mediterránea' (Editorial Turner, 2018). Su última novela es 'Paraíso imperfecto' (Editorial Alrevés, 2017).

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