Memoria e historia en España: el origen de un desencuentro

Hasta hace unas pocas décadas, nadie hablaba de memoria histórica. Parecía claro que ambas eran substancialmente diferentes. Mientras la historia, ciencia humana, aspira a un conocimiento lo más preciso posible de lo que ha pasado, la memoria, vinculada a una función del cerebro, se ocupa de codificar, almacenar y recuperar la información del pasado.

A modo de introducción

Hasta hace unas pocas décadas, nadie hablaba de memoria histórica. Parecía claro que ambas eran substancialmente diferentes. Mientras la historia, ciencia humana, aspira a un conocimiento lo más preciso posible de lo que ha pasado, la memoria, vinculada a una función del cerebro, se ocupa de codificar, almacenar y recuperar la información del pasado. Sin embargo, a partir de la década de 1980, y gracias sobre todo a la labor del historiador francés Pierre Nora, el concepto de memoria histórica empezó a tomar carta de naturaleza como concepto historiográfico e incluso ideológico. Sin embargo, en países como España la memoria histórica suscita una profunda y constante polémica, ya que pone de relieve la diversidad de lecturas sobre el pasado (especialmente el más reciente), y a menudo, en lugar de generar consenso, ha suscitado polémica y desencuentro. En este artículo nos proponemos reflexionar sobre la naturaleza de la memoria, y cómo esta se relaciona, no sin dificultades, con la interpretación del pasado, de la historia.

Debemos partir de una premisa bastante evidente: existe un claro consenso en reconocer el carácter poliédrico y subjetivo de la memoria (aunque la historia tampoco ofrezca, para todos los casos, verdades irrefutables y empíricas). Pongamos un ejemplo sencillo. En un encuentro de antiguos alumnos de promoción, se menciona a un antiguo profesor. Inmediatamente, se activa el proceso de la reconstrucción de la memoria, y surgen relatos, recuerdos. Pero son relatos diferentes, ya que cada uno recordará (y valorará) a ese profesor en función de cómo vivió las asignaturas que este impartió, de las notas obtenidas, etc. Por otra parte, a medida que vayan pasando los años, la valoración de ese profesor puede variar, a pesar de lo que se haya vivido (que ya ha acontecido), sea una única experiencia. Es decir, quizás el profesor de lengua fue muy exigente en cuestiones de corrección ortográfica y estilística, y eso se vivió en su momento como un infierno. Pero, con los años, los antiguos compañeros de promoción agradecen su exigencia ya que han constatado su buen nivel en el ámbito de la expresión escrita. Salvando las distancias, algo parecido sucede con los relatos que configuran la memoria histórica o la memoria colectiva. El régimen franquista surgió como consecuencia de un fracasado golpe de estado (julio de 1936) que generó una guerra civil (1936-1939). El hecho es uno, empírico e incuestionable. Sin embargo, no conservan la misma memoria los beneficiados del franquismo (que los hubo) y los represaliados por la dictadura (que por supuesto existieron).

¿Cómo afrontar, pues, la memoria de los acontecimientos traumáticos? Pensadores como Torralba esperan de la memoria una dimensión de perdón y reconciliación, mientras que autores como Vinyes consideran que no debe tenerse como objetivo el perdón, sobre todo cuando este, por las causas que sean, ya no es posible. Tomando como punto de partida las reflexiones de Primo Levi (1919-1987), Vinyes considera que:

«Ante lo irreparable el perdón no tiene sentido. No lo tiene ni la demanda de perdón por parte del Estado, ni la concesión de que pueda hacer de él la sociedad afectada. No hay nada que perdonar ni nada que vengar. El daño causado por el golpe de Estado y los cuarenta años de una dictadura, que como la del general Franco hizo de la violencia su primer valor y, por tanto, su práctica permanente, es un daño que ha tenido unas consecuencias y un legado sencillamente irreparables y, por tanto, imperdonables. Tan sólo ha de ser explicado, reconocido y asumido con todas las consecuencias que la sociedad, dotada de un Estado de Derecho, establezca, nada más que esto, y una de estas consecuencias es instituir una política pública de memoria».

Estamos, sin duda, ante un debate no resuelto. Mientras hay autores como el búlgaro Todorov que consideran que del conocimiento del pasado debe extraerse una suerte de aprendizaje moral:

«El trabajo del historiador, como cualquier trabajo sobre el pasado, no consiste solamente en establecer unos hechos, sino también en elegir algunos de ellos por ser más destacados y más significativos que otros, relacionándolos luego entre sí; ahora bien, semejante trabajo de selección y de combinación está orientado necesariamente por la búsqueda no de la verdad, sino del bien».

El ya citado Ricard Vinyes considera que Todorov olvida, en su proceso selectivo, el estatus de víctima a quien sufrió la represión política: «Un planteamiento al cual me resulta imposible no poner reservas por la función estrictamente moral que atribuye a la disciplina, y si bien ilumina la morfología del sujeto víctima, lo hace desubicándolo de las coyunturas tanto históricas como políticas. Por este motivo no percibe el estatus de víctima».

Por otra parte, a nadie se le escapa que la memoria tiene un claro componente de reconstrucción del pasado, y que, aunque lo pretérito ya aconteció, las aproximaciones a ese pasado se realizan siempre desde el presente, desde un sistema de valores y creencias actual, que no tiene por qué corresponder con el del periodo estudiado. Eso explica, según Vila, que la gestión de la memoria sea el fruto del recuerdo selectivo del pasado, sometido, además, a la erosión provocada por el paso del tiempo. Y precisamente por eso la gestión de la memoria resulta, por definición, conflictiva. Por lo tanto, la memoria cambia con el paso del tiempo, en función de la experiencia vivida.

Estamos, pues, en condiciones de poder entender el motivo por el cual historiadores como Moradiellos sean tan críticos ante el concepto de «memoria histórica»:

«Yo pongo en cues­tión un movimiento que reduce mi disciplina, que tiene ya 2.500 años de exis­ten­cia, a un mero adje­tivo de un sus­tan­tivo. Del cual, por ser adje­tivo, es mero atri­buto. Memo­ria his­tó­rica. ¿Por qué? Para los his­to­ria­do­res, un testimo­nio nunca puede ser la última pala­bra. Por­que hay que cote­jarlo, hay que cri­barlo, hay que ponerlo en cues­tión, es siste­má­ti­ca­mente revi­sa­ble por otros pun­tos de vista y el cotejo de docu­men­tos».

España ante el espejo: la complejidad de la interpretación del pasado reciente

A inicios del siglo XXI, el análisis de la Transición española parecía gozar de una excelente salud. El discurso mayoritario remarcaba el éxito de una reforma política, que condujo a España de una dictadura a una democracia, sin grandes problemas, sin fracasos dignos de ser mencionados. Esta interpretación era aceptada por los que formaban parte
del régimen franquista y fueron evolucionando políticamente (por ejemplo, Torcuato Fernández-
Miranda y el concepto de «pasar de la ley a la ley») pero también por la izquierda socialista (González, Guerra, etc.) y los comunistas de Carrillo. Incluso los nacionalismos vasco y catalán se adhirieron, con mayor o menor pasión, a dicho discurso sobre el pasado reciente.

Sin embargo, el panorama comenzó a cambiar en el segundo lustro de la primera década del nuevo milenio. La aprobación de la Ley de memoria histórica (27/XII/2007) vino acompañada de una crisis económica sin precedentes, y el malestar social creció en el país. En ese contexto, la dicha ley suscitó una polémica sin precedentes. Para unos, esta se quedó corta, y no ponía en tela de juicio a los partidarios del franquismo. Para otros, la ley era un despropósito que volvía a abrir heridas del pasado que parecían ya cerradas. Por lo tanto, merece la pena analizar por qué la gestión de los tiempos pretéritos es tan compleja en España, hasta el punto de seguir marcando el debate político en el día a día.

Como punto de partida, y desde la necesaria e imprescindible diversidad en lo ideológico, merece la pena destacar lo que Eladio Balboa Zaragoza ha definido como la historia de tres fracasos de buena parte del siglo XX español. En primer lugar, el fracaso de la República (1931-1936), que no consiguió el consenso, polarizó extraordinariamente la vida política e incorporó la violencia en la sociedad del momento. En segundo término, el fracaso de la guerra civil: las diferencias se dirimieron por la vía de la extrema violencia, y la fractura entre los españoles creció, si cabe, aún más. Por último, el franquismo fracasó en tanto que benefició únicamente a los vencedores del conflicto, y estableció un régimen antidemocrático, en el que la represión al «otro» fue constante y dilatada en el tiempo.

La gestión de la memoria resulta, por definición, conflictiva. Por lo tanto, la memoria cambia con el paso del tiempo, en función de la experiencia vivida

Dicho esto, conviene no dejarse llevar por relativismos de una u otra índole. Tal y como han apuntado Manuel González de Molina y Salvador Cruz Artacho, es necesario pasar de un discurso tradicional y equidistante («todos fuimos culpables») a un nuevo relato, que resalta la destrucción de la democracia (y de los demócratas) a partir de la guerra civil. Por supuesto, tampoco deberían olvidarse las atrocidades cometidas en el bando republicano. Pero esta idea no sólo no genera consenso, sino que hoy en día sigue dividiendo a los españoles. La propia complejidad del conflicto armado, las cuatro décadas de dictadura y el relato autocomplaciente de la Transición han contribuido, sin duda, a esa división. 

Así pues, en las dos últimas décadas se ha disparado de manera exponencial el interés de los especialistas (y la sociedad civil en general) sobre la cuestión de la memoria histórica. Resulta una tarea ingente conocer todo lo que se publica en España sobre esta cuestión, ya sea en los ámbitos especializados o a nivel de divulgación. Entre otras causas, probablemente se hallan dos elementos que pueden ayudar a comprender el interés por el tema: las diversas polémicas suscitadas a raíz de la aprobación de la Ley de memoria histórica (2007) y el proceso, lento pero inexorable, de replanteamiento sobre las grandezas y miserias de la Transición española, que se suele ubicar entre 1975 (muerte de Franco) y 1982 (victoria del PSOE en elecciones generales). En cualquier caso, a nadie se le escapan, como mínimo, un par de observaciones: la constatación de la existencia de un pasado traumático en España, y la falta de un mínimo consenso (político, institucional y académico) sobre cómo afrontar una política de memoria que resulte, en el mejor de los casos, un poco satisfactoria para una parte notable de la sociedad. Por otra parte, los efectos de la crisis económica (2007), las tensiones surgidas entre el nacionalismo catalán y el Estado español y el resurgir de la extrema derecha ponen de relieve aún más, si cabe, que el tema de la memoria está lejos de encontrar una solución mínimamente satisfactoria. Así, el discurso autocomplaciente sobre la Transición ha sido puesto en tela de juicio por una parte de la sociedad, y parece necesario que el historiador/a se ocupe del tema.

Portada de España salvaje: los otros episodios nacionales.
Portada de España salvaje: los otros episodios nacionales.

Resulta difícil encontrar los motivos que expliquen de manera rápida tal situación. Sea como sea, a modo de hipótesis, podríamos apuntar uno, a saber: cuando se habla de memoria, de políticas de memoria, son muy (demasiado) divergentes las expectativas de uno u otro sector político y social. No existe un mínimo consenso sobre cómo interpretar el pasado. Y por tanto ahora parece imposible poder afrontar el futuro desde una mínima concordia.

Y probablemente por esta causa la ley de memoria histórica consiguió algo realmente difícil: no contentar prácticamente a nadie. Para unos, se trataba de una ley demasiado poco ambiciosa. Para otros, se hizo hincapié en un «error» de base: otorgar la categoría de «democráticos» a todos los represaliados por el franquismo (y la Transición), cuando en sus filas se hallaban miembros que defendían ideologías que en ese momento no se caracterizaban por la defensa de una democracia de corte occidental. Esos antifranquistas no debían ser recordados «de la misma manera». Y a partir de aquí las posiciones se han enrocado de manera aparentemente irresoluble. Y se ha hecho de la historia una suerte de fiscal acusador o abogado defensor, olvidando una mínima profesionalidad y afán de objetividad.

Acabamos. El año pasado se publicó la obra España salvaje: los otros episodios nacionales. El libro constituye una antología de textos de lo que se conoce como la «España negra». En la portada, una fotografía del general José Millán-Astray, fundador de la Legión. Al cabo de pocos días de llegar a las librerías, la Plataforma Patriótica Millán-Astray exigió a una librería madrileña que retirase el libro de la venta. ¿Qué le pasa a España con su pa sado? ¿Por qué siguen levantando pasiones acontecimientos que se produjeron hace más de 80 años? Trataremos de responder de la mejor manera que sepamos a estas preguntas en el próximo artículo.  

La sección ‘Memoria y Reconciliación’ tratará sobre cuestiones relativas a la Memoria Histórica, la Historia de la Paz, la relevancia de los Derechos Humanos en la Historia y en la actualidad, y los retos de la Reconciliación.

Para saber más:

—AAVV (2019). España salvaje: los otros episodios nacionales. Madrid: Editorial La Felguera.

—Balboa Zaragoza, Eladio (coord) (2016). Historia de tres fracasos : La Segunda República, la Guerra Civil y el Franquismo. Elche: Universidad Miguel Hernández.

—González de Molina, Manuel y Cruz Artacho, Salvador (2014) «Memoria Histórica y democracia. Por la recuperación de la Memoria Democrática», en: Martínez López, Fernando y Gómez Oliver, Miguel (coords). La memoria de todos: las heridas del pasado se curan con más verdad. Sevilla: Fundación Alfonso Perales.

—Todorov, Tzvetan (2000). Los abusos de la memoria, Barcelona: Paidós.

—Torralba, Francesc (2007). «Fonaments ètics per a una memòria justa i plural», en: Francesc Marc Álvaro (ed.). Memòria històrica, entre la ideologia i la justícia, Barcelona: Institut d’Estudis Humanístics Miquel Coll i Alentorn.

—Vila, Santi (2005). Elogi de la memòria: records, silencis, oblits i reinvencions, Valencia: Edicions 3i4.

—Vinyes, Ricard (ed.) (2009). El Estado y la memoria: gobiernos y ciudadanos frente a los traumas de la historia, Barcelona: RBA.

http://revistaleer.com/2019/04/enrique-moradiellos-decir-que-franco-era-inteligente-no-te-hace-franquista/

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Xavier Baró Queralt

Xavier Baró Queralt

Profesor Adjunto de la Facultad de Humanidades de la Universitat Internacional de Catalunya.

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