Clío va al cine. Cambiar la Geografía

El cine despierta recuerdos de la infancia, moviliza emociones que creíamos perdidas bajo la suave embestida de las bandas sonoras y genera un mapa vital inevitable. Somos los libros que leemos, la gente con la que conversamos y, muy especialmente, las películas que amamos. Un cine abandonado, una historia fabulosa de un estafador que quiso ser barón de Arizona y un hallazgo son los mimbres con los que puede construirse un peldaño de la memoria.

Descubrir qué queda de las emociones que hemos sentido en ciertos lugares es tanto como hollar un agujero negro. Es más, cómo quedan esos espacios prendidos a nuestra piel y a nuestra memoria es un arcano que no podemos descifrar. Por esos vericuetos se mueve la mocedad del cine, de la sábana blanca, por decirlo con Vicente Molina Foix. La sala oscura es una geografía mítica de la intimidad. José Luis Garci asocia películas a vivencias en sus insoslayables libros, originalmente publicados por la editorial Nickelodeon, Vivir de cine, Morir de cine o Beber de cine. Este último está ligado a lo que de coctelería, deleite y gusto tiene la retina del pasado. Lo cierto es que, aunque estas preguntas tengan un aire de manual de autoayuda, todos las hemos transitado más de una vez, y muy especialmente al visitar alguna de esas abandonadas salas de cine de barrio en las que descubrimos esta o aquella película. Dar la vuelta a la esquina comido por las prisas de la vida actual y, de repente, toparse con una de frente no es moco de pavo. La nostalgia te asalta con la fuerza de las hormigas asesinas de Cuando ruge la marabunta (Byron Haskin, 1955).

La ciudad es un mapa vivo, una suma de pulsiones que nos invade al más puro estilo pandémico. El cine, sin embargo, es una brújula, una argamasa, un asidero. Es aquello que nos pone en contacto con lo emocional. Hace pocos días, en un Madrid desertizado y con esa luz blanquecina de agosto que rebota como un penalti mal tirado en el asfalto, me ocurrió. Tenía que hacer un recado, puse el destino en el navegador y cuando me detuve en un semáforo en rojo, lo vi. Era la sala de cine, ahora tapiada sin cuidado, en la que se forjó buena parte de mi educación sentimental. Allí se dibujó el mapa de mis afectos vitales y fílmicos.

Fue imposible no volver al recientemente desaparecido, aunque siempre nos quedará el presente de su música, Ennio Morricone. En ese cine descubrí, antes de estudiarlo, que la música sirve para aumentar las emociones, subrayar momentos y contextualizar épocas. En definitiva, las melodías ayudan a soñar. De hecho, allí volé por una catarata sinfín en las tierras del Amazonas bajo la inolvidable partitura de coros y oboes que compuso el genio italiano para La Misión, Roland Joffé (1986). John Williams me hizo fantasear en esa platea de butacones plegables con la idea de que unos chavales y un extraterrestre transportado en la cesta de la bici podían burlar al establishment. Esos compases de E.T., el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982), podrían convertirse en el lema de los ochenta, si es que alguien se decide alguna vez a hacer tan absurda propuesta de listar los temas según su impacto social. En cualquier caso, la herida de la pérdida de la inocencia escocía algo menos transportados por aquellos compases desde la penumbra amiga.

También fue en una sala como aquella donde vi a Robín Hood con el rostro del canalla Errol Flynn enamorado de Lady Marian, interpretada por la última gran estrella en dejarnos del Hollywood clásico, Oliva de Havilland. Los saltos de mallas verdes, probablemente impulsados por la zarzuelesca impronta de la banda sonora de Erich W. Korngold, son una parte viva de la memoria de varias generaciones de este país, como muy hermosamente homenajea de nuevo el maestro Garci en un librito mínimo y singular titulado como el filme y publicado en los snacks de la editorial Reino de Cordelia. Robín de los bosques (Michael Curtiz, 1938), es muy probablemente, junto con Scaramouche (George Sidney, 1952), uno de los ejemplos más conmovedores de la capacidad sugestiva del cine. Parte de ese embeleso, para qué negarlo, proviene de los taimados villanos, sin cuyas miserias no tendrían sentido las cabriolas, estocadas y esfuerzos de los no siempre virtuosos héroes. Basil Rathbone en la primera y Mel Ferer en la segunda, bordan unos malos plenos de personalidad que hacen las delicias o los horrores del espectador.

Aquel día recordé que otra de las películas que me habían impactado y que descubrí en esa sala era El barón de Arizona (1950), una de las menos conocidas obras del gran Samuel Fuller. En ella un magnífico Vincent Price da vida a James Reavis, un falsificador prodigioso que quiso defraudar al gobierno de EE. UU. El tipo intentó quedarse con una ingente extensión de terreno, que equivalía prácticamente a la totalidad del estado de Arizona, durante los años de formación de aquel país. Ellen Drew le da la réplica femenina y se convierte en piedra angular de la estafa, pues en ella se asentarían los imprescindibles derechos de la baronía. La obra tiene un halo inclasificable de encanto, pero el resultado es algo complejo de valorar, puesto que se introducen elementos moralizantes que lastran la parte final del metraje. Sin embargo, una de las ideas que obsesiona secretamente al protagonista es la de lograr, de alguna manera, cambiar la geografía para dejar su huella en el mundo.

Unos años después supe que la figura de Reavis existió, que el fraude fue real y que la película está basada, al menos en la elaboración de la falsedad documental, en hechos ciertos. Sin importar esto demasiado, más allá del dato curioso sobre el literalismo de algunas escenas, la idea no podía dejar de sorprenderme. Hubo quien quiso cambiar la geografía, alterar los mapas al más puro estilo autoritario, pero con otras técnicas, y el cine nos regala su historia. No creo que pueda olvidar la estrafalaria vida del estafador, pero desde luego tampoco desparecerá en mí la respuesta que sus obsesiones me regalaban. Cambiar la geografía es un sueño megalómano, pero el cine lo logra constantemente. No sólo nos ofrece una infinidad de lugares inventados (muchos de ellos de origen literario, como estudia el maravilloso libro Breve guía de lugares imaginarios de Alberto Menguel y Gianni Guadalupe, Alianza, 1980), como la imposible Ruritania en la que sucede El prisionero de Zenda (Richard Thorpe, 1952), sino que nos permite viajar por el mapa en sombras de nuestros recuerdos. No puede haber mayor taumaturgia que recorrer aquellos predios que nos conformaron, y más en los cines de verano de los pueblos hoy medio vacíos. No es poco lo que se gana en esas derivas del tiempo.  

Si te gusta nuestro trabajo, la mejor manera de disfrutarlo de una manera completa es suscribirte. Recibirás en casa nuestra revista en papel acompañada de marcapáginas ilustrados y obtendrás ventajas digitales, como leer la revista en nuestras apps o acceder a todos los contenidos en la página web.

Juan Laborda Barceló

Juan Laborda Barceló

Escritor, doctor en Historia Moderna, colaborador en diversos medios y articulista. Es autor del reciente ensayo 'En guerra con los berberiscos. Una historia de los conflictos en la costa mediterránea' (Editorial Turner, 2018). Su última novela es 'Paraíso imperfecto' (Editorial Alrevés, 2017).

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Artículo añadido al carrito.
0 artículos - 0,00