Historia del libro y sus revoluciones

Tenemos estanterías repletas de una herramienta con casi treinta siglos de antigüedad. El libro tiene un desarrollo histórico emocionante, adaptándose a las necesidades de cada tiempo, desde el rollo de papiro al formato electrónico.

Si está leyendo este artículo, ya sea en formato digital o con la revista en las manos, puedo asegurar cuatro cosas sobre usted: tiene buen gusto, padece de curiosidad intelectual (conserve ese tesoro), le gusta leer y, por tanto, los libros le parecen un objeto maravilloso. Lo son. Y tienen una historia tan apasionante como cabría esperar.

Naram-Sin y sus tropas observan las llamas de una nueva victoria. Un paso más para el control del mundo. El rey acadio, nieto del gran Sargón, acaba de reducir a escombros la ciudad de Ebla y su palacio real arde entre gritos: de júbilo por los vencedores; de pavor por los vencidos. 4200 años después, en el mismo lugar, la actual Siria, Paolo Matthiae y Giovanni Pettinato están removiendo los restos del palacio con su equipo de excavación. A una profundidad de ocho metros, Pettinato coge con sus manos una tablilla cubierta por la arena de siglos y ennegrecida por el fuego que la había sepultado. El arqueólogo italiano se encontraba en una biblioteca con 20.000 tablillas de arcilla escritas en cuneiforme y eblaíta que recogen 140 años de la historia de Ebla.

He usado el término «biblioteca» porque no tenemos otro que haga referencia al lugar donde se guardan las tablillas. Según el diccionario de la Real Academia Española, un libro es un «conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernados, forman un volumen». Por tanto, una tablilla de arcilla escrita no es un libro, sino su antecesora. Los primeros libros fueron los rollos de papiro (Cyperus Papirus), de hecho, seguimos llamando «volumen» a los libros por herencia de aquellos, ya que el término viene del latín, derivado del verbo volvo o volvere: dar vueltas, voltear, revolver… tal y como se hace con el papiro. También del latín nos viene nuestra palabra «libro», a partir de liber, la corteza de un árbol, material que también se usó para escribir. Es del griego biblíon, que significa «libro», de donde heredamos el término «biblioteca» y sus derivados, como la Biblia, es decir, «los libros».

El Escriba sentado, con un rollo de papiro. Escultura en piedra caliza. 2480-2350 a. C. Museo del Louvre, París (Wikimedia).
El Escriba sentado, con un rollo de papiro. Escultura en piedra caliza. 2480-2350 a. C. Museo del Louvre, París (Wikimedia).

Sería precioso poder visitar en un museo el primer libro de la historia, pero no hemos tenido la suerte de conservarlo. Solo podemos suponer el contexto a partir de los datos que sí tenemos. Todo apunta a la posibilidad de imaginarnos los primeros libros en manos de filósofos del siglo VI a. C. que habitasen la franja griega de Asia Menor. La herramienta debía parecerles una auténtica maravilla y despertar en ellos sensaciones similares a la primera vez que tuvimos un smartphone en las manos. Más allá de la extensión que admitía una tablilla y de contar cebada, cerveza o cabezas de enemigos degolladas, el conocimiento, las historias y poemas que hasta entonces solo se transmitían oralmente quedaban plasmados en rollos de papiro que permitían leer, reflexionar y volver sobre lo leído. La herramienta tenía un potencial enorme. Había que aprovecharla y difundirla. El viaje de los libros había comenzado.

No pretendemos realizar aquí un repaso por toda la historia del libro, ya que esta empresa requiere de una extensión mucho mayor dada la larga trayectoria de esta herramienta para el intelecto, pero sí podemos ver los momentos más destacados: las tres revoluciones en la historia del libro.

Por supuesto, el libro y sus distintos formatos no emergen de la nada, sino que son fruto del desarrollo, la coexistencia e influencia de otros elementos, como casi todo en la evolución del ser humano. Es por ello por lo que estos primeros libros, los rollos de papiro, estaban escritos según la concepción oral del momento. No tenían signos de puntuación y apenas separación entre las palabras: muros de texto dispuesto en columnas recorrían los tallos de papiro cortados y prensados formando hojas que ofrecían frases para ser leídas en voz alta. De hecho, leer para uno mismo no se dio hasta la Edad Media. Sorprendió tanto a San Agustín que incluso anotó en sus Confesiones esta extraña novedad al ver leer en silencio a su mentor Ambrosio de Milán. En el tercer capítulo del libro VI de su obra, Agustín de Hipona anotó: «cuando leía sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas».

Egipto era el lugar del que salían la mayoría de esos rollos de papiro para ser escritos. Un producto destacado en una pujante estructura comercial que se mantuvo hasta el siglo XII. Era la planta heráldica del Bajo Egipto y ejemplo de su importancia es el hecho de que el suministro estuvo directamente controlado por el faraón. Incluso se puede ver la planta como representación de un cetro en el arte egipcio. Todavía hoy se cultiva papiro en Egipto para confeccionar hojas y venderlas a los turistas apelotonados mientras escuchan una exposición de cómo se fabricaban los rollos.

Fue en el propio Egipto donde se ubicó la mayor concentración de libros del momento: la Biblioteca de Alejandría, que dio cobijo a 700.000 rollos de papiro, acumulados en anaqueles que harían las delicias de los que también padecían interés intelectual por aquel entonces. La película Ágora (2009) de Alejandro Amenábar recrea, por ejemplo, cómo se almacenaban estos rollos en los estantes. El proyecto de la Gran Biblioteca fue fruto de la megalomanía de los sucesores de Alejandro Magno que tomaron el control de Egipto: los Ptolomeos, quienes quisieron tener en su biblioteca todos los libros del mundo al precio que fuera. Se cuenta que Ptolomeo III pagó una enorme fianza a los atenienses para recibir en préstamo los originales de las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides para poder copiarlas y tenerlas en su catálogo. Finalmente, el soberano egipcio se quedó los originales y envió a Atenas las copias, perdiendo la enorme fianza.

Primera revolución

Precisamente este empeño de los Ptolomeos por hacer de Alejandría el centro cultural del mundo incidió en la primera revolución del libro. Los faraones y reyes egipcios decidían el precio del papiro y, como hoy día en el comercio internacional, aplicaban a su gusto medidas de presión o sabotaje. En el siglo II a. C., Pérgamo, en la actual Turquía, había fundado otra biblioteca. Los reyes de Pérgamo también querían ser foco de la cultura y tener su propio grupito de sabios. Una leyenda difícil de atestiguar cuenta que Ptolomeo V no soportaba esta competencia a su Gran Biblioteca y no podía consentir tamaña afrenta al honor y orgullo de su estirpe. Así que interrumpió el suministro de papiro al reino de Eumenes II. La necesidad de buscar una solución a la falta de soporte para escribir impulsó un nuevo material para los libros. Perfeccionaron la antigua técnica oriental de escribir sobre cuero y el nuevo producto mejorado heredó el nombre de la ciudad que lo expandió: el pergamino. Sea cierta o no, el nuevo material se extraía de becerros, ovejas, carneros o cabras jóvenes, fabricado con su piel antes de que se endureciera con la madurez. Tras un tratamiento, estiramiento y raspado, se lograban láminas suaves que podían ser escritas por ambos lados y, sobre todo, era un soporte más duradero. 

No sería hasta el siglo IV cuando el pergamino comenzó a utilizarse más que el rollo de papiro. Este soporte de origen animal se podía doblar y coser unas hojas a otras sin romperse, lo que permitió la primera revolución del libro: el formato códice. Permitía leer utilizando una sola mano para pasar la página, a diferencia del pergamino, que se iba desenrollando con una mano a la par que se enrollaba con la otra, a modo de casete o VHS. Más favorecido aún se verá el formato códice con la llegada del papel al mundo occidental a través de la península ibérica por medio de los musulmanes que, a su vez, lo copiaron de oriente.

Segunda revolución

Monumento a Gutenberg en Maguncia. Charles Crozatier, 1837 (Wikimedia).
Monumento a Gutenberg en Maguncia. Charles Crozatier, 1837 (Wikimedia).

La segunda revolución tiene lugar en un contexto apasionante. Entre los siglos XIII y XV se dio un caldo de cultivo exquisito que puso a trabajar la maquinaria mental del ser humano. En concreto la de uno: Johannes Gutenberg. Los libros en formato códice, con el papel como soporte ya fabricado en occidente, se venían expandiendo por Europa a la par de la todavía poco accesible educación. Un punto de inflexión en este desarrollo fue la escolástica y el surgimiento de las universidades. A excepción de las adelantadas Bolonia y Oxford, fue en el siglo XIII cuando nacieron universidades como las de Cambridge, Salamanca y Nápoles entre otras pioneras.

Hasta entonces, siguiendo la corriente platónica, San Agustín era el alma de los estudios teológicos. Pero a partir del siglo XIII nació como causa y efecto de las universidades otra corriente más cercana a Aristótoles: la escolástica. Este movimiento filosófico y teológico puso en duda el principio de autoridad. Lo que antes habían escrito los grandes maestros era sagrado, nunca mejor dicho, y nadie se atrevía a cuestionar lo que decían ninguno de esos libros manuscritos amontonados en bibliotecas oscuras como esa que aparece en El nombre de la rosa de Umberto Eco. La escolástica introdujo la duda y la reflexión, para ello había que entender bien lo que se leía y se comenzaron a traducir los contenidos del latín y griego a las lenguas romances.

Las bibliotecas empezaron entonces a abrirse en espacios y a aclararse en cuanto a luz. Ya no era un lugar exclusivamente para guardar libros, ahora también se leía y estudiaba en ellas todas esas traducciones y nuevas obras que iban llegando. Esta explosión bibliográfica tuvo repercusiones en los medios de producción: la copia a mano se quedaba corta para abastecer la demanda.

Fue entonces cuando un señor de Maguncia se las ingenió para pasar a la posteridad como uno de los inventores más importantes de la humanidad. Tendrá usted en mente «la imprenta de Gutenberg», y ambos sabemos a qué nos estamos refiriendo, pero conviene no tomar la parte por el todo y llamar a las cosas por su nombre correcto. A Gutenberg se le atribuye la invención de la imprenta tipográfica. Y no es baladí el apellido que le ponemos a la imprenta, ya que la técnica de impresión como tal existía desde la Antigüedad. Son muy conocidos los cilindros sellos del Próximo Oriente haciéndolos rodar sobre arcilla en la que quedaba impresa una cenefa con los relieves tallados en el cilindro. Y con la propia imprenta tipográfica convivieron (incluso en un mismo libro) la xilografía y la calcografía, técnicas de impresión mediante moldes de madera y de cobre respectivamente.

La novedad de Gutenberg estaba pensada para el texto extenso y lo de «tipográfica» viene por los tipos móviles: piezas metálicas por cada letra, que se componían formando palabras, frases, renglones y páginas que, una vez entintadas y cubiertas con el papel, una prensa se encargaba de sacar cuantas copias de la misma página fueran necesarias a una velocidad desconocida hasta la fecha. Este trabajo, dadas sus características, fue desempeñado por orfebres: los primeros editores del libro. Esta vez, sí tenemos la suerte de conocer el primer libro impreso con esta nueva técnica, el mayor best seller del mundo: la Biblia. Conocida como la Biblia de Gutenberg o la Biblia de las 42 líneas, se trata de una edición de la Vulgata impresa en 1454. Es el incunable más famoso del que, por cierto, tenemos dos ejemplares en España: en la Universidad de Sevilla se conserva solo el Nuevo Testamento y la Biblioteca Pública Provincial de Burgos cuenta con una edición completa.  

Gutenberg ha pasado a la historia como el inventor de la imprenta tipográfica, pero ya saben de la evolución y desarrollo paulatino que tienen estas ideas. No suele ser un solo individuo quien saque de la nada el invento que lleve a la humanidad a otra época. Sea como fuere, resulta curioso que los primeros libros impresos no fueran todos de Gutenberg. Y es que Johann Fust, un banquero de Maguncia, prestó dinero para que Gutenberg pudiera montar su caro proyecto.

Primera página de la Biblita de Gutenberg, c. 1454. Documento digitalizado de la Universidad de Sevilla (archive.org).
Primera página de la Biblia de Gutenberg, c. 1454. Documento digitalizado de la Universidad de Sevilla (archive.org).

El préstamo no pudo ser devuelto o, al menos, no en las condiciones que uno y otro defendían y, al parecer, Fust pudo quedarse con parte de la imprenta de Gutenberg. Imprimir un libro con varios colores en la época requería una labor pesada y muy calculada, ya que se imprimía un color cada vez, por lo que había que hacer coincidir a la perfección la colocación de la hoja bajo la prensa tantas veces como colores distintos llevase, marcando el color justo en la zona requerida, sin manchar el resto de la página. El primer libro impreso con varios colores fue el Salterio de Maguncia en 1457. Como editor no aparece el nombre de Gutenberg, sino el de Johann Fust.

La coexistencia e influencia de elementos en este formato es tan palpable que la imprenta básicamente se limitó a intentar imitar lo más fielmente posible a los códices copiados a mano. Pero la imprenta añadió una novedad muy familiar para nosotros que no existía hasta entonces: la portada. Con anterioridad, los libros tenían un encabezamiento o, como mucho, una primera página de la obra más decorada, pero no se puede considerar portada como hoy día la entendemos.

Fue una medida de protección lo que llevó a añadir este nuevo elemento. Los libros cada vez llegaban más lejos. Por sus viajes en caballos, carros y barcos corrían todo tipo de vicisitudes. Deben imaginarlo como un montón de hojas escritas sin protección alguna, ya que los primeros impresores no encuadernaban los volúmenes, eso era un asunto que incrementaba el precio de un objeto ya de por sí caro y que corría por completo a cuenta del comprador de la obra y su elección de encuadernarla o no. Así se podía dar casos de adinerados cuya biblioteca la componían muchos títulos pero que a nuestra vista actual parecería una estantería repleta de un único libro repetido muchas veces. Y es que muchos pagaban a un artesano para que les encuadernara igual todos sus libros.

Antes de que las páginas fueran abrazadas por unas protectoras tapas, los impresores se limitaron a añadir una hoja en blanco delante de la primera página para protegerla de posibles manchas, roturas y demás daños que podamos suponer. Esta página supuso un engorro para identificar los libros, así que empezaron a poner, al menos, el título de la obra que comenzaba bajo esa primera hoja protectora. Los artesanos entraron en juego y vieron un espacio interesante donde desarrollar su arte, así que estos títulos comenzaron a adornarse y así nació la portada de los libros. Pero el problema regresó al punto de partida: los artistas no querían que se dañara la portada y se colocó otra hoja de protección en blanco, volviendo al mismo círculo vicioso hasta el punto de que hoy día tengamos libros con la portada, anteportada, hojas de guarda, la tapa, la sobrecubierta, la faja y las dichosas pegatinas. Así es como abrimos un libro y cuando empezamos a leer el prólogo fácilmente hemos pasado quince páginas.

Uno de los primeros impresores en vender sus obras ya encuadernadas fue Aldo Manucio. Ya en el siglo XVI, este italiano logró hacerse con un nombre reputado en el incipiente mundo editorial del momento desde su taller en Venecia. Sus ediciones gozaban de popularidad y muchos procuraban verse con un libro bajo el brazo encuadernado a la manera aldina. El iPhone de la época para el postureo renacentista. Manucio, además, fue el precursor del libro de bolsillo. Editó una colección de clásicos griegos y latinos en un tamaño menor al habitual con la intención de devolver al libro ese carácter portátil que había tenido desde la Antigüedad y que los grandes códices habían desatendido.

Inicio del prólogo del Códice Calitxtino. Manuscrito en pergamino de mediados del siglo XII. Catedral de Santiago de Compostela (Wikimedia).
Inicio del prólogo del Códice Calitxtino. Manuscrito en pergamino de mediados del siglo XII. Catedral de Santiago de Compostela (Wikimedia).

Y es que todos los elementos que forman un libro tienen un porqué práctico, que se suman a la herramienta y nos cuentan su desarrollo histórico. Este es el caso de las encuadernaciones y cada parte que la componen, cuya principal función siempre ha sido la de proteger el libro para conservarlo todo lo posible. Analicemos, por ejemplo, la ceja: ese poquito de más que tienen las tapas de un libro con respecto a las páginas como tal. No todos los libros lo tienen hoy día, depende de la edición, pero es un elemento muy significativo para comprender la historia del libro y el afán protector de la encuadernación.

En un primer momento, cuando se encuadernaban los códices en pergamino, no tenían esa ceja, sino que las gruesas tapas de madera se hacían a la medida del corte de las hojas del libro. El pergamino, como sabemos, es piel y si dejamos un códice abierto mucho tiempo las hojas empezarán a curvarse, ya que tienden a volver a la posición natural que tenían cuando formaban parte del lomo de un animal. Para evitarlo, además de los tratamientos de hidratación, los códices en pergamino se apilaban tumbados en horizontal unos encima de otros para que el peso fuera recíproco entre los volúmenes y ayudaran a esas pesadas tapas a mantener lisas las páginas del libro. Cuando se comenzaron a abrir las bibliotecas y fueron un lugar de consulta y lectura, los libros (cada vez más en papel) dejaron de apilarse y se colocaron en vertical, pero con la tapa delantera mirando hacia nosotros, como en los escaparates actuales de las librerías. Así quedaba a la vista el tejuelo con el título y autor de la obra para poder ser identificada.

Fue entonces cuando los artesanos de la encuadernación se vieron obligados a poner esos milímetros de más en las tapas para que protegieran las páginas de papel del roce constante de coger y colocar los libros en los estantes. Pero solo pusieron la ceja en la parte de abajo del libro, la que sufría este daño. El despiste de la juventud y bibliotecarios en las universidades hacía que en ocasiones esos libros se pusieran boca abajo al ser devueltos a su lugar. Así que la ceja empezó a colocarse también en la parte superior de las tapas del libro. Ya imaginarán el siguiente paso histórico.

La acumulación de libros hizo necesario el ahorro de espacio en las bibliotecas. Una de las soluciones, que llega hasta hoy, fue colocar los libros juntos con el lomo hacia afuera, donde ahora se ponía el tejuelo que lo identificaba. Así es como, al ser colocados en su lugar, se empujaban los libros hasta que chocaban con el final de las estanterías, por lo que la ceja fue añadida también al lado que faltaba para seguir protegiendo las páginas del desgaste por la fricción.

Partes del libro. Elaboración del autor.
Partes del libro. Elaboración del autor.

Y si la función de la encuadernación siempre ha sido proteger el libro, ¿por qué hubo y sigue habiendo ediciones sin ceja en las tapas? De nuevo la respuesta está relacionada con la necesidad de adaptación. La imprenta mejoró muchísimo la velocidad de producción, pero los encargados de encuadernar los libros seguían con las mismas técnicas artesanas de siempre y no podían abarcar toda la cantidad de nuevas obras por proteger. No sería hasta más adelante que empezó a introducirse en los talleres las primeras máquinas de coser. Antes de que ese avance industrial llegara procuraron una solución más barata pero que hiciera el apaño para proteger lo suficiente las páginas de un libro. En vez de tapas duras, empezaron a encuadernar con cartón forrado de papel o pergamino: el cartoné.

Tercera revolución

Y llegamos a la tercera revolución: el libro y las publicaciones electrónicas. Solo por la posibilidad de imaginar a un filósofo del siglo VI a. C. con un Kindle en la mano y observar su rostro lleno de locura merece la pena el anacronismo. Estamos viviendo ese momento de coexistencia entre el formato tradicional en papel y la lectura de los eBooks, una coexistencia que vivieron entre sí los anteriores soportes y formatos del libro. Las influencias también se palpan en el apartado tecnológico, con softwares que recrean el efecto de pasar la página de papel e incluso los hay con el sonido al realizar este gesto. De hecho, parece la gran lucha del formato electrónico: parecerse todo lo posible al libro en papel, con dispositivos de pantallas que no reflejen el brillo y demás empeños que ya preocuparon a los editores del libro impreso para parecerse a los manuscritos. Quizás algunos se precipitaron en augurar una pronta desaparición del libro en papel, que parece que convivirá muchos años con el electrónico.

‘Outdoor Kindle reader’. James Tarbotten (Wikimedia).
‘Outdoor Kindle reader’. James Tarbotten (Wikimedia).

El último grito son los audiolibros. Un formato en auge que parece acomodarse al ritmo de vida frenético al que nos vemos sometidos y del que las editoriales cada vez más están pendientes. Resulta paradójico que hayamos hecho un recorrido tan largo para volver a la oralidad.

Para saber más:

– Martín Abad, J. (2004). Los libros impresos antiguos. Valladolid: Universidad de Valladolid.

– Pedraza Gracia, M. J., Clemente
San Román, Y., De los Reyes Gómez,
F. (2003). El libro antiguo. Madrid:
Síntesis.

– Sánchez Mariana, M. (1994). Introducción al libro manuscrito. Madrid: Arco Libros.

– Sánchez Vigil, J. M., Gonzalo Sánchez-Molero, J. L., De los Reyes Gómez, F., Olivera Zaldua, M. (2018). La cultura en el bolsillo. Historia del libro de bolsillo en España. Gijón: Trea.

– Vallejo, I. (2019). El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo. Madrid: Siruela.

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Fran Navarro

Historiador, divulgador y fundador de 'Akrópolis'.

2 comentarios en «Historia del libro y sus revoluciones»

  1. Hola Fran, perdona por molestarte, ¿de qué fuente tomas la estructura de la historia del libro en esas tres revoluciones que mencionas? He buscado pero no lo he encontrado. Muchas gracias. Un saludo.

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  2. Hola, Nacho, disculpa pero no sé si he entendido bien tu pregunta. Si te refieres a la estructura que tiene este artículo y sus divisiones en estas tres revoluciones, no es que aparezca así en ninguna fuente como tal. Al menos yo no he leído nada que hable estrictamente de revoluciones del libro en este orden. Se trata, efectivamente, de la estructura que le he dado al artículo, en base a lecturas y estudios como los que aparecen en la bibliografía al final de este artículo. No sé si contesta eso a tu pregunta. Estaré atento a tus respuestas si no es así. Un saludo.

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