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«Lo único que hace es leer el periódico»

Editorial del número 25 de la revista, en el que reflexionamos sobre aquella expresión que se empleaba para referirse a alguien que no hacía nada.

Hace unos años solía escucharse una expresión que hoy quizá pueda resultar bastante sorprendente a los más jóvenes. Sobre todo, porque es una práctica poco habitual. Cuando alguien era bastante holgazán, una de las cosas a las que podía dedicarse era leer el periódico. Había incluso quienes circulaban por la ciudad con su periódico en mano, más como hábito que como una lectura que les interesaba. Alguna anécdota simpática que cuentan los más mayores es la de «fulanito, que siempre estaba con su periódico aunque ni siquiera sabía leer».

Esa expresión que aludía a leer el periódico como pasatiempo infructuoso y propio de personas que no tenían mucho de lo que ocuparse, fuera por estar jubiladas o tener un ánimo ocioso, no tiene demasiado sentido en nuestros tiempos. Leer el periódico pasó hace muchas décadas de ser una actividad relativamente popular a algo propio de la élite. El periódico dio paso como instrumento de información y entretenimiento a la lectura de revistas (o de los tabloides, en los países en los que este formato era popular), luego a la radio y, posteriormente, a la televisión.

Hoy en día está claro que los teléfonos son nuestro centro de entretenimiento (¡y multimedia!). Pasamos muchas horas al día pegados a ellos, y los utilizamos para todo: comunicarnos, trabajar, leer noticias (o cualquier cosa), ver películas, hacer magníficas fotos y, bueno, casi cualquier cosa que se nos ocurra. Estos teléfonos, al igual que los ordenadores personales y otros dispositivos, son medios para conectarnos al mundo a través de internet, que es lo que alimenta todos estos contenidos. ¿No es, quedarse sin cobertura o no tener datos suficientes, una importante causa de angustia para muchas personas en la actualidad?

Sin embargo, a pesar de todo lo que nos ofrece internet y los dispositivos que nos dan acceso a él, no parece que estemos mejor informados. De hecho, se habla de que vivimos en tiempos de desinformación, noticias falsas y rumores. Mención merece la novela Noche y océano, ganadora del premio Biblioteca Breve y dedicada al «océano de información que nos ahoga». Cotidianamente recibimos cadenas por aplicaciones de mensajería que transmiten informaciones claramente sesgadas o definitivamente falsas o vemos tuits sin demasiado fundamento. Y, si son de nuestra afinidad ideológica, no tenemos normalmente problemas en seguir difundiéndolas.

Pocas veces (por no decir que casi ninguna) nos paramos a buscar las fuentes de lo que leemos. Confiamos más de lo que debemos en lo que leemos, como si la ética periodística fuera la que guiara las teclas de quienes publican un tuit, una entrada en Facebook o en cualquier sitio web de internet (muchas veces sin identificar).

Por eso, quizá deberíamos dedicar tiempo a crear nuestros propios criterios, desarrollar una conciencia crítica y preocuparnos de comprender lo que leemos, de dónde procede la información y, al menos, preguntarnos si es posible que no sea veraz. Dudemos.

Ya no podemos decir que alguien se pasa el día leyendo el periódico para referirnos a un holgazán. Ahora, vivimos en el mundo de las pantallas: «lo único que hace es mirar el móvil, no lo suelta para nada». Y así pasamos los dias: absorbiendo una enorme cantidad de datos, que no conocimiento. Esto no sólo nos hace tener menor capacidad de atención (las dosis de información son cada vez más pequeñas), sino que no suponen ningún tipo de desarrollo personal ni intelectual.

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