La revolución de los negros de Haití

Haití fue la primera colonia latinoamericana que rompió sus lazos con la metrópoli. A costa de un gran derramamiento de sangre, entre 1792 y 1804 los negros haitianos no sólo lograron quitarse de encima el yugo colonial francés, sino también acabar con la esclavitud. Para lograr su objetivo tuvieron que combatir duramente durante años contra los franceses, pero también contra británicos y españoles.

Actualmente la República de Haití es uno de los países más pobres del mundo. En América, ocupa el último lugar entre los más desfavorecidos. Raramente es noticia, y cuando los medios hablan de él casi siempre es por el mismo motivo: una catástrofe natural, una crisis humanitaria o un conflicto político. Pero hubo un tiempo en que Haití fue una próspera colonia francesa con la que la metrópoli realizaba una cuarta parte de su comercio de ultramar. Allí estaban los colonos más ricos, las haciendas más florecientes del Imperio colonial francés, y en Por-au-Prince, la capital, se levantaban iglesias, bellos palacios, teatros y casas de placer.

La Revolución francesa de 1789 no fue solamente un hecho europeo. Las ideas de libertad, igualdad y fraternidad no tardaron en cruzar el Atlántico y desembarcar en América. Uno de los lugares donde llegaron primero fue la parte francesa de La Española, la isla antillana explorada por Cristóbal Colón y primer asentamiento europeo en el Nuevo Mundo. España tuvo que ceder el tercio occidental de esta isla a Francia en 1692 por la paz de Ryswick, durante el desafortunado reinado de Carlos II, el último Habsburgo hispánico. La pequeña colonia, que los franceses llamaban Saint-Domingue luego pasó a denominarse Haití.

En el siglo XVIII Haití era el territorio más rico de las Antillas; más que Cuba y que Jamaica. Algunos publicistas llamaban a Haití «la perla de las Antillas». Francia realizaba una cuarta parte de su comercio ultramarino con aquella pequeña posesión caribeña. A Por-au-Prince, la capital, y otros puertos haitianos llegaban cada año cientos de barcos franceses. Descargaban esclavos africanos y brandy, y partían con las bodegas llenas de diversos productos rumbo a Marsella, Burdeos, Nantes y otros puertos franceses. En vísperas de la revolución, Haití producía casi la mitad del azúcar que se consumía en Europa y América. Solo en Burdeos había dieciséis fábricas que refinaban el azúcar haitiano. Haití también exportaba algodón, índigo, café y cacao. Todo el chocolate que consumían los franceses se obtenía a partir de cacao procedente de Haití.

Estos productos eran muy valiosos en el Siglo de las Luces. Como las clases altas y medias cada vez consumían más café y té, aumentó la demanda de azúcar. Los productos agrícolas que producía Haití eran el fruto del trabajo de cientos de miles de esclavos. En términos porcentuales, ninguna otra isla caribeña tenía tantos. En 1789 había en Haití cerca de 500.000 esclavos para una población libre de 30.000 colonos.

Con la explotación de aquella masa de mano de obra gratuita se habían enriquecido unas cuantas miles de familias blancas. Los negros hacían todo tipo de trabajos: desbrozaban los montes, cultivaban las plantaciones, cargaban y descargaban los barcos, transportaban la caña recogida en las plantaciones a los ingenios azucareros, trabajaban en las mansiones de sus amos… Para incrementar la producción se les trataba con brutalidad. Era frecuente ver a blancos azotando a esclavos en las calles de Port-au-Prince.

La pirámide social de Haití tenía por tanto una base muy amplia. Por encima de la masa de esclavos se encontraban los llamados gens de couleur; o sea, mulatos (algunos eran propietarios de tierras) y negros libertos. Más arriba, les petits blancs. Y en la cúspide, les grans blancs; europeos o criollos, eran dueños de vastas plantaciones, grandes comerciantes, traficantes de esclavos, funcionarios civiles y militares de alto rango. O sea, la flor y nata de Haití. Las desigualdades sociales en la colonia no podían ser más extremas. Y los intereses opuestos de unos y otros sólo podían desembocar en un conflicto violento.

La Citadelle (Wikimedia).

Para prevenir cualquier rebelión, la población esclava era tratada con suma severidad. Toda falta era castigada con dureza; todo intento de rebelión, con extrema crueldad. La brutalidad con que amos y capataces trataban a los esclavos empujó a muchos de ellos a huir a las montañas, donde se ocultaban entre la espesura y formaban bandas que sobrevivían como podían, a menudo asaltando haciendas, por lo que eran perseguidos sin tregua. Eran los cimarrones.

En 1757 un esclavo manco llamado Mackandal huyó al monte. Gran orador, desde su refugio llamó a sus congéneres a la rebelión. Como era un sacerdote vudú, pronto se convirtió en el líder. El cimarrón pretendía envenenar los pozos, quemar las haciendas, matar a los colonos. Pero su plan aniquilador llegó a oídos de éstos. Capturado después de muchas batidas, Mackandal fue quemado vivo en una plaza en presencia de muchos esclavos. Sin embargo, los esclavos haitianos se negaron a creer que las llamas habían acabado con él. El cimarrón se convirtió en una leyenda.

La Revolución francesa y los haitianos

Al llegar a la colonia la noticia del estallido de la revolución en Francia, los diversos sectores sociales de Haití celebraron el suceso. Todos vieron en el movimiento revolucionario una oportunidad para lograr sus objetivos. Los colonos esperaban conseguir la libertad de comercio y más autonomía política; las gentes de color libres, la igualdad de derechos que reclamaban desde hacía tiempo; los esclavos, naturalmente la abolición de la esclavitud. Los intereses de unos y otros eran contrapuestos. En un primer momento, sólo los grandes propietarios lograron sus propósitos.

Las revueltas de mulatos fueron duramente reprimidas por las autoridades y los colonos. El dirigente de la primera, iniciado en octubre de 1790, era Vincent Ogé, un instruido y rico mulato que se encontraba en Francia por razones de negocios cuando estalló la revolución. Allí había conocido a algunos políticos y sus discursos le habían inflamado. De regreso a Haití, Ogé encabezó una revuelta. Perseguidos, los mestizos insurrectos buscaron refugio en el territorio español de la isla. Allí, las autoridades entregaron a Ogé y a sus seguidores a los franceses. En febrero de 1791 Ogé fue ejecutado. Sus verdugos le rompieron los huesos en la rueda. Haití no era Francia. En la remota colonia los colonos defendieron sus intereses pasando por encima de las leyes.

Al llegar a la capital francesa la noticia del atroz ajusticiamiento de Ogé, fueron muchos los que se horrorizaron. En la Asamblea Nacional, Robespierre declaró que era mejor que Francia perdiera sus colonias si aquel era el precio que había que pagar por la libertad. El mestizo Ogé se convirtió en símbolo de las injusticias cometidas por los blancos de Haití. Aquella privilegiada minoría quería restringir los beneficios de la revolución a su clase, la de los grandes propietarios.

En cuanto a los esclavos, los grandes principios de la revolución —Liberté, Egalité, Fraternité— tropezaron muy pronto con los intereses económicos de los colonos de Haití. ¿Serían rentables las plantaciones si había que pagar un salario a los negros por su trabajo, hasta entonces gratuito? Para ellos, resultaba evidente que no. Por consiguiente, su liberación se demoró. Si los negros de Haití querían quitarse las cadenas de encima, tendrían que luchar para conseguirlo. Cuando se sublevaron, contaron con el apoyo de muchos hombres libres de color.

Cuando, en 1789, se convocaron los Estados Generales en Versalles, los colonos de Haití quisieron tener voz en aquella asamblea que no se reunía desde hacía más de un siglo. Pero en la isla había mulatos y negros libres que deseaban lo mismo. Aquella aspiración abrió las puertas de un debate en el centro del cual se encontraba la lacra de la esclavitud. A medida que la revolución progresaba, el debate se acentuó.

No se podía hablar de los principios de la revolución olvidando la existencia de medio millón de esclavos en Haití. En la vecina Inglaterra, la abolición del esclavismo cada vez tenía más defensores. En 1787 se había creado allí The Society for the Abolition of the Slave. Sus fundadores era dueños de una imprenta y las publicaciones de la sociedad pronto llegaron a Francia.

Batalla en Santo Domingo, cuadro de January Suchodolsk inspirado en un choque contra los haitianos en Santo Domingo, territorio que llegaron a dominar durante varios años tras su revolución (Wikimedia).

En 1788 se fundó en París la Societé dels Amis des Noirs, que abogaba por la abolición de la esclavitud en las colonias francesas. Entre sus miembros se hallaban el conde de Mirabeau, el marqués de Condorcet, Robespierre, Brissot y otros conocidos personajes de la cultura, el pensamiento y política de Francia. Incluso figuraba una mujer, Olympe de Gouges, autora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de los Ciudadanos, abolicionista como todas las feministas de su tiempo.

François Dominique Toussaint

La independencia de Haití fue un proceso revolucionario de carácter abolicionista. No se trataba sólo de liberar a la colonia de la metrópoli, sino también de acabar con el esclavismo. El protagonista principal de este proceso fue François Dominique Toussaint, llamado L’Ouverture por sus seguidores porque abrió una puerta hacia la esperanza, hacia la libertad.

Toussaint era un antiguo esclavo hijo de un príncipe de Benín llevado a América como esclavo. Puesto que los esclavos eran vistos como mercancía por sus propietarios, su fecha de nacimiento se desconoce. Hombre muy capacitado, en la plantación donde vino al mundo pronto se convirtió en el cochero de su capataz. Más tarde se le encargó de cuidar de todo el ganado que pacía en la hacienda. Su dueño, que le tenía en gran estima, le concedió la libertad en 1776.

Entre 1793 y 1802 Toussaint dirigió la revuelta haitiana de esclavos con éxito. Era una persona inteligente, instruida. Su amo le había enseñado a leer y le había proporcionado algunos libros. Además, Toussaint tenía carisma y dotes de mando, sabía cómo arengar a sus tropas de desharrapados. Este ejército era numeroso, pero iba mal armado y estaba poco disciplinado, pero con él luchó contra británicos y franceses, a quienes puso en jaque y obligó a abandonar Haití.

«He emprendido la venganza de mi raza —escribió Toussaint al principio de la insurrección—. Quiero que la libertad y la igualdad reinen en Santo Domingo. Uniros, hermanos, y combatid conmigo por la misma causa».

Pese a la violencia del sistema esclavista, Toussaint nunca actuó con sed de venganza como hicieron muchos de sus compañeros. Era católico —su amo le había hecho bautizar— y no quería saber nada del mundo de vudú, tan arraigado entre los negros de Haití. Protegió a la familia de su antiguo dueño y la de otros colonos que conocía de los desmanes, de la carnicería que se desató en la isla. Por esta razón recibió duras críticas de los individuos más radicales del alzamiento.

El año 1791 estalló una revuelta de esclavos en el norte de Haití y Toussaint se unió a los sublevados. Aunque él ya era un hombre libre —e incluso propietario de una pequeña plantación— quería estar al lado de los que no lo eran y compartir sus penalidades. En poco tiempo Toussaint se convirtió en el líder de los alzados. Unos seis mil hombres le seguían dispuestos a vencer o morir. Iban armados con hachas, palos, machetes, cuchillos y algunas carabinas. Sus dirigentes, vestidos con uniformes chillones, se autoproclamaban generales y almirantes. Para acabar con la esclavitud, quemaban plantaciones, destruían ingenios y mataban a propietarios.

Cuando Toussaint se enteró de que en Francia los revolucionarios habían guillotinado a Luis XVI, propuso a sus hombres ponerse bajo la bandera de Carlos IV, el monarca español. En la vecina colonia española de Santo Domingo recibió instrucción militar. España estaba en guerra contra Francia desde 1793, tras la decapitación del monarca francés. Toussaint llegó a convertirse en general de las tropas de Carlos IV, y las autoridades hispánicas ofrecieron la libertad a todos los negros haitianos que pisaran suelo español. Pero aquella situación duró poco tiempo. El Tratado de Basilea, en julio de 1795, puso fin a la guerra de la Convención entre España y Francia. Pero entonces Toussaint ya era el líder indiscutible de la negritud haitiana.

El 4 de febrero de 1794 la Asamblea Nacional abolió la esclavitud en todos los territorios coloniales franceses. Era una decisión esperada tras la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, el Gobierno francés mantuvo el dominio sobre sus colonias en la creencia que los no europeos no estaban preparados para gobernarse, y Haití no era una excepción. Los esclavos haitianos eran libres pero seguían estando bajo el yugo francés.

Los colonos blancos que sobrevivieron a las matanzas huyeron despavoridos a Jamaica y Estados Unidos. Si los negros se habían pasado temporalmente a España, ellos se pasaron a Gran Bretaña, que envió tropas a Haití desde Jamaica. Un tercio de los 25.000 soldados que desembarcaron en la isla perdió la vida allí, más por la fiebre amarilla que por heridas de guerra. Los británicos finalmente capitularon. Fue una vergonzosa derrota que se ocultó durante mucho tiempo. Toussaint entró triunfante en Port-au-Prince.

Durante el Directorio, la Asamblea Nacional envió a Haití dos comisarios para ganarse a Toussaint con la promesa de libertad. Lentamente la colonia se recuperó, se fomentó la agricultura y se abrieron escuelas. Entonces Toussaint declaró la guerra a los españoles, que en Santo Domingo mantenían el comercio de esclavos. España contaba con escasas fuerzas militares en aquella colonia, mientras que Toussaint lideraba multitudes. Se alzó con la victoria.

De esta manera el antiguo esclavo gobernó sobre toda la isla caribeña hasta que España recuperó su dominio sobre Santo Domingo en 1814.

Entonces, sin haber osado aún proclamar la independencia de Francia, Toussaint reunió a un grupo de hombres para que redactaran una constitución. Los redactores fueron negros, mulatos e incluso algún blanco. Toussaint no podía prescindir de los colonos que sobrevivieron a las matanzas porque la mayoría de los negros y muchos mulatos eran analfabetos.

Napoleón y Haití

Mientras tanto, en Francia, Napoleón Bonaparte había sido nombrado Primer Cónsul. Napoleón no amaba mucho a los negros y pronto se dispuso a intervenir en Haití. De momento envió delegados a la colonia. Cuando, en 1802, firmó la paz con Gran Bretaña por el Tratado de Amiens, ordenó preparar una poderosa fuerza armada. En la empresa participaron España y Holanda, países aliados de Francia. En dos años fueron enviados a Haití más de 10.000 soldados. Al frente de los invasores iba el general Leclrec, cuñado de Napoleón. Su esposa, Paulina Bonaparte a —la que retrató el artista italiano Canova como Venus Victoriosa— soñaba con un pequeño reino antillano. De hecho, la hermana del Primer Cónsul vivió en Haití unos meses con su marido y su hijo.

La guerra fue larga y ambos bandos perdieron muchos hombres. Como años antes los británicos, los franceses tuvieron muchas bajas a causa de la malaria. Al final Toussaint se vio obligado a aceptar la paz porque muchos de sus «generales» se habían pasado a los franceses. Engañado, Toussaint fue capturado y enviado a la prisión más segura de Francia, donde murió un año después de ingresar en ella. Cabe suponer que no fue muy bien tratado por sus carceleros.

Pero en Haití se reanudó la contienda. Los haitianos no daban su brazo a torcer. Ahora quien dirigía la lucha era Jean-Jacques Dessalines, un antiguo esclavo de un negro liberto. Tras vencer a las tropas napoleónicas, el 1 de enero de 1804 Dessalines proclamó la independencia de Haití. Como no quería ser menos que Napoleón, poco después se proclamó emperador con el nombre de Jacques I. Dessalines gobernó como un sátrapa y fue asesinado durante una revuelta de mulatos. Entonces la joven república se fragmentó en dos partes. Al norte, un reino dirigido por Henri Christophe, otro hombre con delirios de grandeza. Al sur, una república dirigida por un mulato llamado Pieton.

Henri Christophe se hizo coronar y tomó el nombre de Henri I. Hizo construir varios palacios, entre los cuales el de Sans Souci, como el de Federico II de Prusia. Ante la amenaza de una nueva invasión francesa, ordenó levantar una poderosa fortaleza sobre una montaña, La Citadelle, donde almacenó armas, municiones y alimentos para resistir un largo sitio. Miles de súbditos, incluso mujeres y niños, trabajaron en la obra. Henri I también dio instrucciones sobre cómo había que actuar cuando tuviera lugar el desembarco de tropas francesas. En pocas palabras, había que poner en práctica una política de tierra quemada, una acción devastadora que ya se había llevado a cabo en diversos momentos históricos.

Sin embargo, la tan temida invasión francesa nunca de produjo. Napoleón renunció para siempre a Haití, aquel lejano territorio donde los negros defendían con uñas y dientes su libertad y la de su país. De hecho, Francia renunció a reconstruir el dominio colonial de Francia en el Caribe. En 1803, un año antes que los haitianos proclamasen la independencia de su país, Napoleón había vendido la Luisiana al gobierno de Estados Unidos. 

Para saber más

—Franco, José Luciano (1966). Historia de la revolución de Haití. La Habana: Instituto de Historia.

—Gainot, Bernard (2017). La Révolution dels esclaves d’Haïti, 1763-1803. Vendemiaire.

—Roupert, Catherine Eve (2011). Histoire d’Haïti. La première republique noire du Nouveau Monde. Perrin.

—Arciniegas, Germán: Biografía del Caribe. Círculo de Lectores, 1975.

—James, C.L.R.: The Black Jacobins: Toussain L’Ouverture and the San Domingo Revolution. Vintage, 1989.

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Acerca del autor

Josep Torroella Prats

Josep Torroella Prats

Licenciado en Historia Contemporánea.

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