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Historia en bocadillos. El retorno a Novogorod

De las cruzadas teutónicas del siglo XIII al Madrid y la URSS de postguerra de finales de la década de los 40, pasando por la participación de la División Azul en el frente norte de la segunda guerra mundial con dirección Leningrado, Matz Mainka presenta una obra que bebe de la historia para presentar un trasfondo de hechos reales que quedan transfigurados en un thriller psicológico que no puede señalarse con exactitud en el mapa y cuyo desarrollo, en todas las facetas que supone el arte secuencial, el medio del cómic, elevan a su autor a los puestos de excelencia en la consecución de sus objetivos: transmitir al receptor mucho más contenido del que aparenta poseer el mensaje, usando todo tipo de técnicas narrativas, textuales y de color para ello. Una obra difícil de entender para algunos, pero esencial para aquellos que llegan a entenderla.

¿Qué tienen en común Alemania, España, Finlandia y Rusia? Según propone Mainka en esta doble entrega sublime en muchos aspectos: Novogorod. La pregunta que le queda al lector tras tratar de situar el contexto histórico concreto es: ¿se refiere a la ciudad o al óblast? En realidad, no queda claro en ningún momento del relato, algo que ennoblece la capacidad del autor para situar los hechos, tanto históricos como ficticios, en un plano medio que no sea ni del todo inventado ni del todo real, permitiéndole así transmitir el mensaje que desea sin que la realidad histórica pueda hacer mella en su obra.

Formado por dos tomos y seis capítulos en total, el cómic comienza en el siglo XIII, concretamente, el 5 de marzo de 1242, cuando la Orden Teutónica es derrotada por las tropas del príncipe Alexander Nevskij sobre el lago Peipu, que ha pasado a la historiografía como «la batalla del hielo». Vemos cómo la rama livona de la orden teutónica trata, en su derrota, de alcanzar territorio finlandés para huir ante los cristianos ortodoxos a los que no pudieron someter. Aprovecha el autor para presentar la cruz que será el elemento clave de toda la narración, una pieza poco mayor del tamaño de la palma de una mano, que es escondida por los teutones en su retirada y que contiene en su interior un pergamino secreto que señaliza dónde habían sido escondidos los tesoros que la orden había reunido en su cruzada oriental antes de proceder a retirarse hacia el norte.

El segundo capítulo, nos lleva ya a la segunda guerra mundial y, en concreto, a la División Azul. Nuevamente, el autor no se ciñe a los hechos históricos de forma que estos puedan limitar su relato, por lo que no podemos situar claramente el contexto en el tiempo ni el espacio, aunque sin duda hace referencia a hechos ocurridos realmente, pues fue Novogorod zona de despliegue de los españoles enrolados en la Wehrmacht. Concretamente, podemos pensar que Mainka realiza un guiño a la cruz de la catedral de Santa Sofía, traída del frente a España hasta su devolución en 2004 a la catedral. No obstante, se trata esta, la real, de una cruz de proporciones considerables, nada que ver con lo que presenta el autor. Igualmente, aunque sitúe el capítulo en Novogorod, la presentación de los hechos militares no parece coincidente con situaciones acontecidas en la ciudad, sino que hace pensar más en la dura defensa del enclave de Possad, al nordeste de la otra orilla del Vóljov. Este desplazamiento de los acontecimientos, que permite una narrativa menos encorsetada, se puede ver claramente cuando uno recurre a la documentación existente como, por ejemplo, las palabras que escribía el director Luis García Berlanga, divisionario, en el n.° 61 de la «Hoja de Campaña de la División Española de Voluntarios», con fecha de 21 de marzo de 1943, donde podemos leer en referencia a la toma de posiciones en octubre de 1941: «sé que las torres exdoradas que se divisan hacia el sur, son de Nowgorod  —’La Bella’ la llamaron los rusos— aristocrática y veraniega hace cincuenta años, deshecha y solitaria hoy, con las puertas de las casas abiertas, esperando no sé qué angustia comitiva. También sé que, mirando hacia el norte, me invadirá un burgués presentimiento de Leningrado (…)». Por tanto, si bien el autor usa hechos reales y los sitúa geográficamente en el entorno, no desvela exactamente en donde y, comparando la narración con la documentación histórica, no podemos tampoco establecer un punto determinado en el mapa; sin duda un gran acierto que carga todavía más de misterio una obra que busca más la transmisión de un mensaje secundario, pero de importancia primaria, que una lectura superficial. Invitaremos al lector, para cerrar esta pequeña situación histórica, a que compare los emblemas divisionarios, las cruces de hierro y el actual emblema de la Orden Teutónica para que comprenda las relaciones que guardan todas ellas más allá del cómic. Y, finalmente, ¿qué pinta Finlandia en todo esto? Tendremos que leer el segundo tomo para darle forma definitiva a la respuesta a dicha pregunta.

Si los dos primeros capítulos son narraciones basadas en hechos históricos, los restantes sirven como fondo para una historia ficticia en la que la cruz hallada en Novogorod por uno de los divisionarios repatriados tras ser herido, tomará relevancia en el Madrid de la postguerra, cuando este, malviviendo con una pequeña pensión, vea cómo el director del Museo Antropológico Nacional, le compra la misma en el rastro, iniciando entonces un estudio sobre cuál es su procedencia y hallando en su interior el pergamino en lengua livona que señala la posible existencia de tesoros enterrados durante las cruzadas medievales. Pero el ayudante del director, ambicioso y vanidoso, se pone en contacto con antiguos miembros del partido nazi, refugiados en España a finales de la década de los 40, con gran experiencia en el tráfico de arte desde los tiempos de la ocupación alemana. Así, mientras el cómic deja entrever datos históricos y pone en cuestión el valor moral de los sucesos bélicos, el relato va tomando tintes tragicómicos hasta ver cómo se enrola hacia la URSS un pequeño equipo de españoles y alemanes dispuestos a entrar de forma ilegal en terreno soviético para recuperar los tesoros dejados atrás por los teutones en su retirada en el siglo XIII. Y, como no podía ser de otra forma, utilizarán Finlandia como puente de paso clandestino para llegar hasta Novogorod sin ser descubiertos por “el lobo del este”, recordando al lector que tanto los caballeros de la orden en 1242, como las tropas alemanas y divisionarias en 1941, buscaron refugio en las fronteras finlandesas y sus ejércitos para, en el primero de los casos, huir de los rusos y, en el segundo, combatirlos unidos fortaleciendo el pasillo a orillas del río Vóljov y del lago Ládoga.

Y aunque finalmente lograrán entrar en territorio soviético, lo harán a un alto precio; todo un thriller que salta entre Madrid y la Unión de Repúblicas Soviéticas, con muertes, misterios y hasta la intervención del Vaticano a nivel internacional para evitar que, en las débiles condiciones políticas en las que se había puesto fin a la guerra, pudiese recrudecerse el enfrentamiento entre bloques por la ambición de un pequeño grupo de caza tesoros. Alertados por el Estado Pontifico, los soviéticos despliegan tropas en la zona a la espera de la llegada del grupo de asaltantes, cerrándose la historia del mismo modo en que empezó, pero con siete siglos de diferencia: la lucha en Novogorod entre germanos, rusos y, entre todos ellos, españoles.

A nivel artístico, estamos ante una obra maravillosamente ilustrada, de autor completo, con una distribución de planos, viñetas y diálogos muy acertada y no limitada por la gramática habitual del medio, donde se despliega toda una escala de grises en la que resulta difícil encontrar algún punto de blanco puro, a excepción de las luces y la nieve. El contraste entre dibujos muy detallados en el fondo y dibujos más caricaturescos en los personajes, sumado a momentos muy cómicos y otros donde la tragedia de la muerte y la guerra se tornan en protagonistas, le dan al cómic un poder psicológico inigualable donde el color, el dibujo, la disposición de viñetas y la mezcla de planos logran el fin último del medio por encima del texto que acompaña a la secuencia gráfica.

Para rematar, Matz Mainka crea un final abierto ante el que el lector no puede más que preguntarse: «¿En serio?». Un final inesperado para una lectura que engancha desde el principio hasta el fin, que no aburre en ningún momento y que culmina con un epílogo en donde se explica todo sin explicar nada. Una auténtica obra maestra, tanto en lo que al mundo del cómic se refiere, como a la capacidad de transmisión de mensajes aparentemente ocultos por parte del autor. Y por si el lector se lo está preguntando, la respuesta es: no, nunca hubo tercera parte. La historia se cierra en ese segundo tomo, y queda cerrada y bien cerrada, excepcionalmente cerrada, a pesar de que la crítica popular e incluso alguna especializada se sigan preguntando cuándo llegará la tercera entrega, dejando claro que no han entendido nada y que deberían releer el cómic para entenderlo, pues lo que en apariencia es una intrascendente ficción histórica con un final cogido por los pelos, se vuelve una excelente y profunda muestra del potencial del arte secuencial para transmitir emociones al lector, al que desde aquí invitamos a no abrir el cómic por detrás y dejarse empapar por la historia cronológicamente, para que pueda saborear el exquisito regalo que los lápices y la audacia de Mainka nos dejó en esta obra que, como guiño final, podríamos decir que es «cíclica a más no poder».


Título: El retorno a Novogorod.Autor: Matz Mainka. Editorial: Edicions de Ponent. Alicante, 2008-20099. Páginas: 216 (2 volúmenes). Precio: 7 euros/tomo. ISBN: 978-84-96730-26-7 (vol. I); 978-84-96730-47-2 (vol. II).

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Acerca del autor

Aitor Álvarez Ruiz

Aitor Álvarez Ruiz

Lector de cómics y aprendiz de humanista.

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