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La revolución de Amarna

Akhenatón en forma de esfinge, Museo del Louvre (Foto: Aroa Velasco).
El periodo de Amarna, junto a su artífice, el faraón Akhenatón, son dos de los elementos más famosos del antiguo Egipto. La revolución religiosa que rozaba el monoteísmo, junto con las transformaciones políticas cambió la historia de Egipto para siempre. Una fascinación incrementada por otra figura poco conocida, Nefertiti. Ambos se convertirán en los protagonistas de uno de los periodos más estudiados y a la vez menos conocidos de la historia de Egipto.

Antes de Amarna. Amenhotep III y el culto al sol

El faraón Akhenatón es uno de los más célebres reyes de la historia del antiguo Egipto. Conocido como el faraón hereje, por sus reformas religiosas que algunos califican de monoteísmo, su bella esposa Nefertiti, el cambio tan radical que se produjo en el arte durante su gobierno o la fundación de una nueva capital, son acontecimientos de un periodo muy corto en el tiempo, pero que marcaron a la civilización egipcia de manera muy profunda.

Sin embargo, este giro en la historia no fue tan drástico como siempre se ha pensado. Akhenatón no surgió de la nada, y su pensamiento tampoco. Para acercarnos a este periodo, en ocasiones tan oscuro, es necesario comprender el tiempo anterior a estos sucesos, y sobre todo al padre del faraón hereje, Amenhotep III, cuyo reinado fue uno de los más ricos y poderosos.

Durante el gobierno de Amenhotep III, Egipto floreció como nunca hasta entonces. Las relaciones internacionales que este faraón mantuvo con los reinos extranjeros alcanzaron su máximo esplendor, materializándose en numerosos matrimonios diplomáticos, lo que otorgaba mayor prestigio a Egipto. Gracias a los documentos de la época y, en especial, al archivo conocido con el nombre de las cartas de Amarna, podemos reconstruir las sucesivas alianzas matrimoniales. Unos matrimonios de conveniencia que provocaban que los antiguos enemigos se convirtiesen en simples vasallos a expensas de los deseos del faraón, en este caso Amenhotep III.

Esta supremacía política se complementaba con el tesoro faraónico, incomparable con ninguna otra época o, al menos, eso dijo Tushratta de Mitaani en una carta dirigida a su cuñado y futuro yerno Amenhotep III: «En Egipto el oro es más abundante que el polvo» (Carta EA 20).

Talatats procedentes del templo de Atón en Karnak, Museo de Luxor. (Foto: Aroa Velasco).
Talatats procedentes del templo de Atón en Karnak, Museo de Luxor. (Foto: Aroa Velasco).

Toda esta riqueza y poderío daba como resultado un programa constructivo impresionante, con el que no solo erigió nuevos edificios, como su gigantesco palacio denominado ‘El brillante Atón’, conocido actualmente como Malkata, sino que también desarrolló y amplió los cultos de varias localidades. En su programa iconográfico, el propio faraón llegó a identificarse como una deidad, además de ofrecer un énfasis desconocido en la teología solar, de modo que cultos de dioses como Nekhbet, Amón o Thot fueron muy solarizados.

Por otro lado, durante este periodo, el faraón fue más que nunca un dios. Amenhotep III se consideró «hijo carnal de Amón-Ra, el rey de los dioses» y fue mucho más lejos que sus antecesores, llegando a presentarse como una divinidad mientras todavía estaba vivo. Este aspecto lo podemos ver durante la celebración de su Heb Sed, la fiesta de regeneración que se realizaba en el año 30º del reinado, y que se componía de una serie de rituales con el fin de regenerar el poder y la fuerza del faraón.

Para la celebración de dicho festejo, Amenhotep III se hizo construir un gigantesco complejo en la orilla occidental de Tebas conocido como Per-Hay, «la heredad de la jubilación», o «la heredad de Amenhotep III, el disco solar radiante». En las escenas conservadas de este festejo, podemos ver a Amenhotep III adoptando el papel de Ra navegando en su barca solar.

El carácter solar de Amón

En el aspecto religioso podemos observar dos tendencias durante el reinado de Amenhotep III que establecen las bases para todo lo que ocurrirá después, y que tienen como causa común la expansión de los territorios egipcios y el conocimiento de otras regiones y visiones. La primera tiene que ver con el dios Amón, quien pasó de ser el protector de la realeza en el Reino Medio a ser el dios del Estado. Su fusión con el dios solar fue decisiva, y Amón-Ra se convirtió en un ser supremo con una personalidad teológica calcada del dios solar, en especial Atum de Heliópolis.

Amón es un dios que se revela y Ra es un dios inmanente, por lo que estamos ante lo manifiesto y lo implícito. Amón-Ra es un dios total. El culto solar empieza a dominar la vida egipcia, e incluso el clero de Amón asume connotaciones solares, cuyo templo, además, recibía una parte sustancial de la riqueza de Egipto. Mientras, los sacerdotes adquirían un considerable poder político y económico, algo que cambiaría radicalmente con el gobierno de Akhenatón.

Este dios Amón, en su forma de Amón-Ra aumentaba sus competencias solares, lo que le convertía en un dios solar al completo, una faceta que podemos apreciar en los himnos, cuya semejanza con los posteriores himnos amarnienses es muy notable. Un ejemplo lo podemos encontrar en el himno de la estela de los arquitectos reales Suty y Hor (EA 826), de la que se dice que es precursora del pensamiento atoniano.

«Te alzas temprano para surgir brillando en la mañana y tu resplandor abre los ojos del rebaño (la humanidad). Tu descansas en la montaña del oeste y entonces ellos duermen como si estuvieran muertos¡Salve! Disco solar del día, el creador de todos, quien ha hecho que ellos vivan, el gran halcón, el de plumaje multicolor».

Traducción propia

La segunda de las tendencias tiene que ver con el surgimiento de una nueva forma de religiosidad que se caracteriza por el contacto directo y personal de un fiel y un dios, viviendo una relación recíproca. Sin embargo, con la llegada de Amenhotep IV y, sobre todo, a partir del 5º año de su reinado (que como luego veremos es el momento en el que se producen los cambios más importantes) se rechazará esa relación directa entre el dios y el pueblo, convirtiendo al faraón en el único intermediario posible.

Este es el Egipto que heredará el joven príncipe Amenhotep, futuro Akhenatón.

Amenhotep IV sube al trono de Egipto

Cuándo y cómo tuvo lugar la llegada al trono de Amenhotep IV es todavía un misterio. La documentación que nos ha llegado apunta a que subió al trono con
9 ó 10 años y, respecto a estos primeros años, las opiniones están divididas en torno a la posibilidad o no de una corregencia entre Amenhotep III y Amenhotep IV.

Si bien es cierto que se puede entrever en dicha documentación una intencionalidad por parte de Amenhotep III de preparar con antelación su sucesión (reinó más de 30 años, por lo que puede ser que simplemente viera llegar su final y querer dejarlo todo listo), no existe ninguna documentación que avale una corregencia. Algunos investigadores consideran que la corregencia duró unos 12 años, otros que solo hubo un solapamiento de uno o dos años, mientras que la mayoría lo descartan por completo. Es más, antes que Amenhotep IV hubo otro príncipe llamado Tutmosis, que en origen estaba destinado a reinar, pero que, debido a una muerte prematura, no llegó a gobernar.

Akhenatón en forma de esfinge, Museo del Louvre (Foto: Aroa Velasco).
Akhenatón en forma de esfinge, Museo del Louvre (Foto: Aroa Velasco).

Una vez Amenhotep IV subió al trono, puso de manifiesto los lazos que le unían a su padre y, siguiendo la tradición, se encargó de su entierro y funeral en la WV 22, además de completar algunas de las obras monumentales que no terminó su progenitor.

Amenhotep IV en Karnak

Los cinco años iniciales de su reinado están registrados en Karnak, el centro religioso del dios Amón. En el primer año, al poco de subir al trono, Amenhotep IV inició una serie de trabajos en relación con el dios Amón-Ra, continuando la teología de la realeza faraónica bajo los auspicios de este dios supremo, al igual que hiciera su padre. Los proyectos, como los de la construcción y decoración de las fachadas de los templos de Soleb y Karnak, de las que se ha conservado una curiosa imagen del rey adorando al dios Ra-Horakhty en su forma tradicional de dios con cabeza de halcón, y la posible fundación de una pequeña población urbana fortificada en Sesebi (Nubia), fueron abandonados de forma brusca y nunca se llegaron a terminar durante este primer año de reinado.

Las causas de este cambio debemos buscarlas en la consagración de sus fuerzas en la construcción de un nuevo edificio dedicado al culto de otra divinidad. Se situó bajo su protección e, incluso, se presentó como su gran sacerdote, todo ello en el mismo recinto de Karnak, uno de los mayores templos del mundo dedicado al dios Amón. Esta construcción llevaría el nombre de Gempaaton, que significa «El Atón ha sido hallado» y su intención era realizar un gran Benben dedicado a «Ra-Horakhty que se regocija en el horizonte en su nombre de Shu que está en el Atón».

Los escasos restos que nos han llegado de este recinto nos hablan de que estaba situado en su origen en el este del complejo de Karnak, enfrentándose al mismo. Las investigaciones de Georges Legrain confirman que el templo fue construido en talatates, una innovación arquitectónica de este rey. Además, su forma arquitectónica estaba inspirada en los antiguos santuarios solares de la V Dinastía, es decir, no tenía techo y las columnas del patio representaban a la figura de Amenhotep y de su esposa Nefertiti.

¿Quién es Atón?

He mencionado un poco más arriba un nombre bastante largo y extraño, «Ra-Horakhty que se regocija en el horizonte en su nombre de Shu que está en el Atón», o de manera abreviada «el disco solar viviente» o incluso «el disco solar», cuyo término en egipcio y mucho más conocido es Atón. ¿Y quién es este dios? ¿Es nuevo?

Explicar a esta divinidad no es tarea sencilla debido a su inherente complejidad, pues no es simplemente un disco solar. Pero hay que comentar que no se trata de un dios nuevo, ya que aparece documentado desde el Reino Antiguo, si bien es cierto que con otro carácter.

Originalmente Atón perteneció a la zona de Heliópolis, donde fue adorado como un aspecto menor del dios Ra, esto es, el sol en tanto que motor y animador del cosmos, en su forma celeste de Horakthy, que es el Horus del horizonte (su lugar de manifestación). Era representado como un hombre con cabeza de halcón coronado por un disco solar.

Estela con Akhenatón y su familia, Museo Egipcio de El Cairo (Wikimedia).
Estela con Akhenatón y su familia, Museo Egipcio de El Cairo (Wikimedia).

Durante el reinado de Amenhotep IV su nombre completo era «Ra-Horakhty que se regocija en el horizonte en su nombre de Shu que está en el Atón». Es decir, se trata de una forma del dios solar Ra, en el carácter celeste de Horakhty que se regocija en el horizonte en su nombre de Shu, el dios de la luz e hijo del sol, que está en el Atón: que se revela mediante la forma del astro, el disco solar. Esta es la iconografía que adopta durante la época amarniense.

Se caracteriza por ser la manifestación física del sol en tanto que energía luminosa del cosmos. Esta nueva divinidad va modificando y precisando su naturaleza a lo largo de los primeros años de reinado de Amenhotep IV. E incluso el dios comienza a adquirir titulatura con epítetos reales. El caso de Atón es bastante raro y excepcional en la historia de las religiones. Es un dios que posee una dimensión regia, la cual es subrayada mediante la integración de su titulatura en un par de cartuchos (representación como símbolo de protección mediante una cuerda que rodea el nombre del faraón).

En el 4º año adquiere la transformación total, pasado de ser una figura humana con cabeza de halcón, a solo el astro solar, un hecho que marca la llegada del atonismo pleno.

La doctrina atoniana se define sobre todo como una radicalización de la nueva teología solar. El cambio religioso no fue tan brusco, sino que consistió en una continuación de la política de Amenhotep III llevada hasta extremos insospechados. De hecho, este nuevo dios del Estado presentaba una similitud sorprendente con la divinidad que desde hace medio milenio asumía esta función, a la cual es evidente que intenta suplantar: Amón-Ra. No obstante, a diferencia de éste, Atón no interactúa con los demás dioses y solo se puede comunicar con el faraón.

En Amarna, el conocimiento del dios se convierte en monopolio del rey y el conjunto de la población posee la capacidad únicamente de ver a la divinidad. Y en esto consiste la verdadera innovación de Akhenatón: monopolizar en todos los planos a este dios supremo como su divinidad personal, inaccesible a los demás. El dios de Amenhotep IV es «Ra-Horakhty que se regocija en el horizonte en su nombre de Shu que está en el Atón», y ningún otro. Recuperar esa función de intermediario que la realeza tenía en la época de esplendor del Reino Antiguo, no implicaba monoteísmo, sino supremacía de Atón sobre otros dioses.

El pensamiento atoniano ha llegado a nosotros a través del Gran himno a Atón, que aparece inscrito en la tumba de Ay en Amarna, pero también con la Biblia, y más en concreto con el Salmo 104, con quien comparte numerosas similitudes.

«Tú apareces en gloria, en el horizonte del cielo, ¡oh Atón fuente de la vida! Cuando surges brillando en el horizonte del este, llenas la tierra con tu esplendor. Tú eres radiante, grandioso, resplandeciente, excelso por encima de toda tierra. Tus rayos rodean las tierras hasta los confines de todo lo que has hecho. Siendo Ra llegas a sus límites para subyugarlos para tu hijo bien amado. Aunque estés lejos, tus rayos están sobre la tierra y tú estás en todos los rostros».

Traducción propia

Fin del reinado de Amenhotep IV. Comienzo del reinado de Akhenatón

Durante el quinto año de reinado Amenhotep IV decide materializar sus nuevas ideas en cambios trascendentales que seguramente llevaba tiempo pensando y que han llevado a conocer esta época como la revolución amarniense.

El primero de ellos será el cambio de nombre, rompiendo con la tradición anterior. De Amenhotep, que significa «Amón está satisfecho», se hace llamar Akhenatón: «Aquel que es útil para el Atón», lo que señala una ruptura definitiva con la antigua teología amoniana de la realeza. También cambiará el nombre de su reina, de Nefertary pasa a ser Neferneferuatón-Nefertiti es decir «Bella es la belleza del Atón-Nefertiti», con la que se cree que ya estuvo casado antes de subir al trono.

El segundo de los grandes cambios será el traslado de la capital, un acontecimiento que lleva al extremo la reforma del, a partir de ahora, faraón Akhenatón, un rey que actuó como un hombre con una clara visión. Por desgracia, se desconoce si detrás de esta decisión había motivos políticos o únicamente religiosos, aunque a través de los decretos que podemos leer en las Estelas de Demarcación, se puede insinuar cierta oposición, sobre todo de la clase dirigente, como los sacerdotes del templo de Amón en Tebas, que se veían desposeídos de sus bienes. En estas grandes estelas esculpidas en los riscos que hay a ambos lados del Nilo, podemos leer también por qué eligió este lugar, que podríamos calificar como una aparición del mismo dios Atón al rey en este lugar escogido, la consagración del mismo, la aceptación por parte de los cortesanos, así como la enumeración de los edificios que estaba pensando erigir.

Levantar esta nueva ciudad no llevó mucho tiempo gracias al nuevo elemento arquitectónico, el talatat, cuyo reducido peso favorecía el transporte y una mejor construcción. Con la ayuda de este nuevo tipo constructivo, rápidamente se levantó la ciudad, pero también fue desmantelada tras la muerte de Akhenatón en el año decimoséptimo de su reinado, siendo la ciudad abandonada para siempre. Gracias a este abandono y a los trabajos de Barry Kemp, podemos acercarnos a la ciudad y conocer mejor la vida de sus habitantes.

Restos de la ciudad de Akhetatón (Foto: Aroa Velasco).
Restos de la ciudad de Akhetatón (Foto: Aroa Velasco).

El emplazamiento de esta nueva capital, llamada Akhetatón, esto es «El horizonte de Atón», hoy conocido como Amarna, es una llanura que se extiende en un hemiciclo rocoso de unos 10 kilómetros de largo y 5 de profundidad, se encuentra a medio camino entre Menfis y Tebas, toda una porción del valle del Nilo, desde una extensión amplia de tierras de labrantío al oeste hasta una franja del desierto, llano y despoblado.

Se trata, por tanto, de un terreno muy amplio. Se encontraba dividido en seis sectores comunicados entre sí por el llamado Camino Real, una gran vía de 42 metros de ancho, que Akhenatón y Nefertiti recorrían diariamente en su carro, remedando en tierra el recorrido del Atón en el cielo antes de penetrar en el templo del dios. De entre estos sectores, el más importante y mejor conservado es la llamada ciudad norte, donde se encuentra el complejo residencial de la familia real. El Palacio Norte, uno de los mejor conservados, tenía salones oficiales de recepción, dormitorios, una sala de baño, un templo solar al aire libre y jardines y patios abundantemente decorados con escenas de la naturaleza. Sin duda, otro de los edificios más importantes fue el gran templo a Atón, un impresionante complejo que se encontraba en el centro de la ciudad.

Se cree que Akhenatón fijó su residencia en esta nueva capital dos años después de su fundación. Una vez asentado, Akhenatón produjo otro profundo cambio en la religión: la fórmula oficial de Atón volvió a cambiar a «El viviente, Ra, soberano que ha regresado como el disco solar», deshaciéndose del nombre de Horus, y enfatizando aún más la relación padre-hijo entre el propio Atón y el rey. Es probable que, al mismo tiempo los dioses tradicionales fueran prohibidos y se comenzara a borrar sus nombres de los monumentos, sobre todo el de Amón. Los templos se cerraron y las procesiones y las fiestas religiosas desaparecieron.

El arte de Atón

Otro de los cambios más revolucionarios que se producen con Akhenatón tuvo lugar en el arte. La ideología atoniana se expresó y presentó mediante un arte de nuevo tipo reconocible al primer vistazo. El estilo, antes hierático, se convierte en fluido, dinámico y, en ciertos aspectos, manifiestamente estetizante. Incluso, en ocasiones, se ha insistido en el carácter extremo, expresionista o caricaturesco de este nuevo estilo.

Este arte atoniano se puede apreciar en la necrópolis de Akhetatón, cuyas tumbas, excavadas en la roca, se distribuyen al norte y al sur por los riscos y colinas que bordean el asentamiento. Aunque la mayoría de ellas se encuentran inacabadas, podemos observar una decoración nunca vista previamente en Egipto, siendo algunas de las más notables las tumbas de Huy o Panhesi. En ellas podemos ver otra de las anomalías de este reinado, y es que las escenas se centran en la vida de la familia real, mientras que el propietario de la tumba era un personaje secundario.

Una de las mejores tumbas de esta necrópolis es la que se hizo construir Akhenatón, hoy numerada como la TA26, y que debía recoger a toda la familia. Aunque tampoco fue terminada y los relieves, inscripciones y el mismo sarcófago fueron casi enteramente destruidos, la información artística que nos ofrece es muy interesante, si bien a veces perturbadora y objeto de polémica. Este es el caso de una escena inusual y única que aparece en una de las cámaras: la muerte de una de las hijas de la pareja real, Maketaton. En el relieve podemos ver el dolor de los padres ante la muerte de su hija, haciéndoles más humanos. Además, podemos ver una misteriosa mujer con un niño en brazos que se ha especulado que pudiera ser el futuro Tutankhamón.

Amenhotep III y su esposa, Tiyi. Museo Egipcio de El Cairo (Foto: Aroa Velasco)
Amenhotep III y su esposa, Tiyi. Museo Egipcio de El Cairo (Foto: Aroa Velasco)

Volviendo al nuevo estilo artístico, otro de los cambios más apreciables se refiere a la distorsión en la anatomía humana. Hasta este momento, la representación de una persona se componía siguiendo una cuadrícula de 18 unidades desde la planta del pie hasta la base del peinado en la frente, equivaliendo cada unidad a la anchura de una mano. Con el nuevo arte el sistema pasa a tener 20 cuadrículas. Estas dos unidades suplementarias se añadieron al nivel del torso (entre el ombligo y la axila) y a la altura del cuello. El resultado es un alargamiento del cuello y una acentuación del contraste entre la cintura y las caderas, que son los elementos que definían el concepto de belleza ideal según los estándares de la época.

Este giro tan brusco en el arte se aprecia de manera muy clara en la iconografía, siendo de tal magnitud que hasta los primeros viajeros creyeron que la figura de Akhenatón era la de una mujer, debido al cuello alargado, sus anchas caderas y los senos y muslos redondeados. Incluso el investigador Lefébure creía era una mujer disfrazada de hombre. El rey sufre una metamorfosis, que lo muestra con un aspecto sorprendente, de aire afeminado o más concretamente, andrógino, como ha demostrado Gay Robins.

El nuevo canon se aprecia a su vez en el famoso busto de Nefertiti, que se conserva en Berlín, en el que la reina se convierte en una alegoría. La imagen que nos ha llegado de ella es por completo artificial, perfecta según el ideal de belleza de la época, pues es difícil que tuviera unos rasgos tan perfectos y simétricos.

Su rostro, considerado uno de los más perfectos de la historia del arte egipcio, es en realidad una construcción artificial destinada a representar la belleza ideal de las mujeres. Nefertiti aparece como retórica de la bella ideal, una mujer tal como aparece descrita en un género literario que aparece ahora, la poesía amorosa:

«La de la larga nuca (…) de dedos (estilizados) cual lotos, de lomos lánguidos y cintura estrecha, de tal modo que sus caderas acentúan su belleza» .

Papiro Chester Beatty I

Otro de los mitos que, me temo, voy a romper, es el romántico. Durante este periodo es notable la aparición de escenas de la pareja real de manera cariñosa, siempre unida y con gestos de afecto que en realidad poseen un trasfondo político. Este amor que no dejan de demostrarse los reyes es la expresión concreta del orden universal y de su fertilidad. Prueba de ello es que Nefertiti tuvo que compartir a su esposo con el resto de las mujeres del harén, como todos los faraones del Reino Nuevo. Por tanto, las muestras de cariño que vemos en numerosos monumentos son sobre todo un discurso ideológico, en el cual podemos ver cómo Nefertiti se ha convertido en la igual del soberano en el aspecto religioso.

Este incremento de la importancia de la reina en el ámbito del poder fue una decisión consciente del faraón, llegando a ver a la reina en actitudes propias del rey, como la de machacar al enemigo, una escena en donde la reina, con su corona azul (creada para Tiyi y de la que se apropia el uso en exclusiva) inmoviliza al enemigo postrado y se dispone a ejecutarlo.

Busto de Akhenatón, Museo de Luxor (Foto: Aroa Velasco).
Busto de Akhenatón, Museo de Luxor (Foto: Aroa Velasco).

La reina, que actúa como complemento femenino en la iconografía, aparece como entidad procreadora (al fin y al cabo, dio a luz a seis hijas de Akhenatón), junto al faraón y el propio dios Atón, creando una triada semidivina que llegó incluso a ser adorada por los habitantes de la nueva capital.

Por tanto, el arte atoniano supone una violenta separación del ideal estilístico, siempre heroico. Algunos investigadores opinan que el arte pretendía únicamente ser naturalista, imbuido de las mismas ideas revolucionarias que el rey impulsó, mientras que otros opinan que se trataba de una demostración ideológica del nuevo concepto del mundo inculcado por el rey.

El final de Amarna

Akhenatón tuvo un reinado corto y murió hacia finales de su 17º año de gobierno, dejando a Egipto en una situación delicada y peligrosa. No solo interna sino también respecto al exterior.

Las fuentes documentales y arqueológicas de los últimos años de su reinado son muy confusas y escasas, encontrándonos ante una época de caos. Durante estos años se suceden varias muertes importantes dentro de la familia real, como la de la princesa Maketatón o la reina Tiyi. Muertes quizá asociadas a una pandemia de peste que azotó el Oriente Próximo. Por su parte, Nefertiti también desaparece de las fuentes en el año 14. Pero ¿desapareció por completo?

Sarcófago de Akhenatón, Museo Egipcio de El Cairo (Foto: Aroa Velasco).
Sarcófago de Akhenatón, Museo Egipcio de El Cairo (Foto: Aroa Velasco).

Algunos investigadores opinan que la desaparición de la reina no fue tal, sino un cambio de nombre mediante el cual la reina pasa de llamarse Neferneferuatón Nefertiti para convertirse en Ankheperure Neferneferuatón, indicando que la reina se había convertido en la regente del reino. De esta manera, a la muerte de Akhenatón en su 17º año la reina alcanzó el zenit de su poder, volviendo a cambiarse el nombre por Ankheperure Esmenkhare, sucesor de Akhenatón. Aunque todavía no está claro, algunos investigadores ven en esta figura la imagen de la princesa real Meritatón.

Es en este momento cuando nos encontramos con una de las cartas del archivo de Amanar que más controversia ha creado por la petición que contiene. Se trata de una misiva entre una reina egipcia anónima al soberano hitita en donde se puede leer:

«Mi esposo ha muerto. No tengo hijos varones, pero dicen, muchos son tus hijos varones. Si me das uno de tus hijos varones se convertirá en mi esposo. Nunca escogeré a uno de mis sirvientes para hacer de él mi esposo».

Esta petición es única, ya que se solían pedir princesas extranjeras y nunca un varón, un símbolo más de la supremacía egipcia sobre el resto de monarcas del Mediterráneo oriental. Ante esta carta, Suppiluliuma envió a uno de sus príncipes, Zananna quien nunca llegó a su destino. Con su desaparición, Esmenkhare se desvanece en las fuentes siendo sucedida por Ay, y a continuación, por el joven Tutankhatón.

Sin embargo, aún hoy no existe consenso al hablar del final de la época de Amarna, cuyo episodio apenas duró 20 años, pero tuvo un impacto enorme. Y, aunque aparentemente el país regresó a la religión tradicional, la realidad es que nada volvió a ser igual.  

Para saber más

—Hornung, E. (1999). El uno y los múltiples. Concepciones egipcias de la divinidad. Madrid: Editorial Trotta.

—Kemp, B. (2013). The city of Akhenaten and Nefertiti. Amarna and its people Londres: Thames & Hudson.

—Laboury, D. (2012). Akhenatón. El primer faraón monoteísta de la historia. Madrid: La esfera de los libros, Madrid.

Sitio web: http://www.amarnaproject.com/

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Acerca del autor

Aroa Velasco Pírez

Aroa Velasco Pírez

Doctoranda de Egiptología y creadora de Papiros Perdidos. Siéntense a la orilla del Nilo y disfruten de su historia.

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