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Anábasis. Alea iacta est

La manera en que nos resistimos a aceptar lo mucho que influye el azar en el desarrollo de la historia es casi cómica y, en cierta forma, enternecedora. La tendencia que mostramos por desarrollar y sobreanalizar acontecimientos y sus causas hace que en ocasiones nos atasquemos y dediquemos más tiempo y energías de las debidas a debates historiográficos estériles.

Existe entre los historiadores una especie de miedo a parecer menos racional y científico por aceptar con naturalidad ese componente, o más bien motor, e integrarlo dentro de nuestras explicaciones y conclusiones, ya sea a nivel general o particular.

Es probable que esta reticencia se encuentre comprendida dentro del lote de la inseguridad científica que tiene la historia respecto a otras disciplinas y que alguna vez hemos mencionado en nuestras entradas y obras. Hablamos de un complejo de inferioridad que hace que haya que recargar su producción de una expresión barroca y de unas maneras solemnes totalmente cosméticas.

Pues bien, algo parecido nos pasa cuando a la pregunta «¿por qué?» tenemos que hacerle frente con: «porque sí»; o un: «por este motivo tan absurdo». En un intento de legitimarse frente a otras disciplinas a priori más técnicas, las Ciencias Sociales se ven afectadas por la necesidad de reflejar resultados concluyentes sobre un objeto de estudio y mucho más aún de saber y poder explicar por qué se produce un fenómeno. Vernos huérfanos de lógica nos lleva a desechar los resultados a los que hemos llegado y a concluir que nos hemos tenido que equivocar en algún punto de la ecuación, que no puede ser que el resultado sea tan absurdo.

¿Por qué la Grande y Felicísima Armada no cumplió con su cometido? Pues, como siempre, la respuesta es multifactorial y seguro que influyeron muchas pequeñas cosas, pero principalmente porque hizo mal tiempo. Básicamente.

¿Por qué la Gran Guerra empezó cuando empezó y no más tarde? Pues por una concatenación de errores y casualidades que permitió que el Gavrilo Princip, que estaba almorzando con resignación en una cafetería tras haberse frustrado dos veces el magnicidio ese mismo día, se encontrara de morros con el coche de los archiduques en una calle por la que en principio no debían pasar y a los que casualmente se les paró el motor.

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¿Por qué tuvo que caer el Imperio bizantino con lo tantísimo que lo queríamos todos? (Se va a un rincón de la habitación y llora desconsoladamente).

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Así es la historia a veces, aleatoria y absurda. Comprender que ese ingrediente está ahí es esencial. Incluso una vez que ya parece que hemos entendido el funcionamiento de la aleatoriedad, llegamos y le damos un estatus de providencia a estos fenómenos para demostrar que no se ha producido tal comprensión. Acontecimientos como el detonante de una guerra o procesos como la evolución son tratados y entendidos por mucha gente como un ente con conciencia propia, un ente invisible y abstracto, pero que ahí se encuentra dirigiendo el destino y moldeando el futuro según algún propósito arcano o un capricho arbitrario.

Pero esa ya es otra historia, que contaremos otro día. Por el momento alea iacta est.

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Acerca del autor

Ad Absurdum

Ad Absurdum

Isaac Alcántara Bernabé, Juan Jesús Botí Hernández y David Omar Sáez Giménez forman Ad Absurdum.

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