Valencia: capital de la República (1936-1937)

Como consecuencia del avance de las columnas franquistas sobre Madrid, y ante el peligro inminente de que la capital cayera en manos de los sublevados, el gobierno de Largo Caballero decidió el 6 noviembre de 1936 trasladarse a Valencia. Así, desde el día siguiente 7 de noviembre y hasta el 31 de octubre de 1937, fecha en la que el gobierno de Negrín decidió un nuevo traslado de sede, en este caso a Barcelona, Valencia se convertiría en la capital de la República.

Valencia era una ciudad de larga tradición republicana. Desde 1898, año en el que fue elegido Blasco Ibáñez como diputado republicano en Cortes, ya siempre hubo una representación republicana valenciana en las Cortes de la Monarquía.

Para conmemorar el 80 aniversario de la capitalidad republicana de Valencia, la Universidad de Valencia (UV) y el Ayuntamiento de la ciudad organizaron diferentes eventos en el año 2016, para los que editaron varias publicaciones que nos han servido de referencia fundamental para el presente artículo y que se citan al final, al igual que las páginas web de la Universidad (UV), del Ayuntamiento y de la Biblioteca Valenciana sobre la cuestión.

Quisiera agradecer también a Mari Carmen González González, periodista que trabajó en la Agencia Europa Press y guía profesional, y a María Hernández, historiadora del Arte y también guía profesional, sus aportaciones al conocimiento de la ciudad republicana y cuyas indicaciones nos han servido de gran ayuda para la realización del presente artículo.

14 de abril de 1931

En las elecciones municipales celebradas el 12 de abril de 1931, las candidaturas de la Alianza Republicana llegaron a alcanzar en algunos distritos electorales del centro de la ciudad y en ciertos barrios populares como El Carmen o Ruzafa, cifras del 75% de los votos emitidos, superando en una proporción 3 a 1 a las candidaturas monárquicas. Según el periódico Ahora de la época, en el consistorio de la ciudad salieron elegidos 32 concejales republicanos frente a 16 monárquicos.

Tras conocerse los primeros resultados del recuento el mismo día 12, los sectores populares ocuparon espontáneamente la calle al grito de ¡viva la República!

El día 14 sería proclamada la República desde un balcón del Ayuntamiento (el balcón lateral izquierdo según se mira a la fachada principal, pues la balconada central sería construida con posterioridad en los años 60). Luego la misma escena se repetiría en la Diputación Provincial (El actual Palau de la Generalitat) y en el Gobierno Civil (ubicado en el mismo edificio que la actual Delegación del Gobierno en la plaza del Temple).

El día 15 en la plaza Emilio Castelar —que es como se denominaba a una de las partes de la plaza del Ayuntamiento, que en la actualidad incluye también otra que en la época se conocía como avenida de Blasco Ibáñez—, desfilaban fuerzas militares y de la Guardia Civil con banderas republicanas, como señal de acatamiento al nuevo régimen.

Blasco Ibáñez

Uno de los actos que congregaron a mayor número de valencianos tendría lugar el 12 de noviembre de 1933 (tan sólo a una semana de la celebración de las elecciones generales que dieron paso al Bienio negro). Ese día la gente se echó literalmente a la calle para recibir los restos del gran escritor y político republicano valenciano Blasco Ibáñez, muerto en Francia, que además de ser diputado en Cortes, fundó el Partido Unión Republicana Autonomista (PURA) y el periódico El Pueblo, que fue objeto de censura y cierre por parte del régimen monárquico, sufriendo Blasco Ibáñez varios períodos de encarcelamiento por sus ideas republicanas. Los restos estuvieron una semana en el edificio de la Lonja de la Seda (o de Mercaderes) —magnífica muestra de gótico civil levantino— antes de ser trasladados al cementerio municipal.

Tras la recepción de sus restos mortales, el Ayuntamiento de Valencia acordó construir un mausoleo junto al cementerio. Las obras se vieron interrumpidas por el comienzo de la guerra. Finalizada ésta, todo lo avanzado en su construcción sería demolido con saña por los vencedores.

Además, la avenida de Blasco Ibáñez y la contigua plaza de Emilio Castelar fueron renombradas al terminar la guerra como plaza del Caudillo, situando en el centro de la plaza una figura ecuestre del dictador —que para poder ser retirada en 1983 el Ayuntamiento tuvo que recurrir a voluntarios de los sindicatos y partidos de izquierda, ante las amenazas de los grupos ultraderechistas—. Todo ese espacio se denomina hoy plaza del Ayuntamiento. No se recuperaría para el callejero de la ciudad la avenida de Blasco Ibáñez hasta los años 80, pero en otro emplazamiento (el antiguo paseo de Valencia al Mar) perdiendo, por tanto, su histórica centralidad en el callejero de la ciudad.

18 y 19 de julio de 1936

Tras la sublevación militar iniciada en la noche del 17 de julio en las plazas militares africanas (Melilla y Ceuta) y su progresiva extensión a la Península, y ante una falta de claridad sobre la actitud que iba a seguir la guarnición de la ciudad, las centrales sindicales valencianas, CNT y UGT, llamaron a la huelga general indefinida desde el 19 de julio —que se mantuvo cerca de dos semanas—. La ciudad y la comarca quedaron absolutamente paralizadas, pasando el control a manos del comité de huelga formado por UGT y CNT. Al día siguiente, las centrales sindicales convocaron a los partidos del Frente Popular y antifascistas para constituir el Comité Ejecutivo Popular (CEP), integrado por todas las fuerzas políticas de izquierda y republicanas de la ciudad: PSOE, Izquierda Republicana, PCE, JSU, POUM, Partido Sindicalista, Esquerra Valenciana…, aunque bajo el liderazgo de los sindicatos CNT y UGT. El CEP no cuestionó la autoridad legal de los representantes institucionales (Gobierno Civil y Ayuntamiento), pero desde el actual Palau de la Generalitat donde se instaló (otra magnífica muestra del gótico civil levantino sede de la Diputación Provincial en la época), dirigió el gobierno de facto de Valencia y su comarca.

Palau de la Generalitat, sede del Comité Ejecutivo Popular (CEP) en 1936.

Como muestra de su poder efectivo, quedaron en suspensión todos los periódicos de la ciudad. Y desde los talleres del derechista Las Provincias, el comité de huelga pasó a publicar un diario llamado UGT-CNT y el CEP una Hoja oficial extraordinaria del Comité Ejecutivo Popular, editada en los talleres del diario El Mercantil Valenciano, desde los que se centralizaría toda la información dirigida a la población valenciana en esos momentos decisivos para derrotar el golpe militar en marcha. Desde el CEP se organizaron diferentes servicios de avituallamiento, de defensa y orden público, coordinando la formación de milicias de voluntarios antifascistas.

Algunos templos religiosos fueron incautados para pasar a ser depósitos de armas, como ocurrió con la Iglesia del Temple, en el n° 2 de la plaza del mismo nombre, donde también tenía su sede la Secretaría general del CEP, justo al lado del antiguo Palacio del Temple, sede del Gobierno Civil (hoy Delegación del Gobierno), como ejemplo de la dualidad de poderes existente en ese momento en la ciudad: por un lado el Gobierno Civil, representación del Gobierno de Madrid; y por otro, el CEP, expresión del poder revolucionario constituido por las organizaciones obreras y de izquierda para hacer frente a la sublevación militar, ante la parálisis oficial.

Palacio del Temple, sede del Gobierno Civil en 1936, e Iglesia del Temple, sede de la Secretaría General del CEP en 1936.

De hecho, el gobierno de Madrid de Giral envió una Junta Delegada presidida por Martínez Barrio para tratar de recomponer la autoridad oficial en Valencia, pero ante la dimensión de los hechos y el empuje de las fuerzas sindicales y políticas antifascistas valencianas, se vio obligada a reconocer la autoridad del CEP, regresando a Madrid.

UGT-CNT

Si en Cataluña el dominio sindical de la CNT era casi absoluto, y en Madrid era más favorable a UGT, en Valencia se iba a producir un equilibro entre ambas centrales.

La CNT, a través de la regional de Levante, llegaría a alcanzar en 1931 los 100.000 afiliados, pero las desavenencias internas sobre cómo afrontar la llegada del nuevo régimen republicano, y la represión sufrida durante el Bienio negro (1934-1935) la iban a dejar reducida a unos 14.000 miembros, según cifras de la propia organización. Presente sobre todo en zonas urbanas y portuarias, dominando sindicalmente en industrias como la Unión Naval del Levante (UNL), astillero con más de 1.400 trabajadores.

Por su parte la UGT iba a tener una mayor presencia en las comarcas rurales a través de la Federación de Trabajadores de la Tierra (FETT), además iba a dominar de manera absoluta en el sindicalismo ferroviario de la provincia (no por casualidad la sede Provincial de UGT se localizaría en la calle Colón n° 13 a tan solo unos cientos de metros de la Estació del Nord). Comenzando el período republicano con una afiliación de más de 57.000 miembros.

Pero además del relativo equilibrio militante (variable durante los años 30, como hemos visto antes), se iba a producir otro hecho muy importante de naturaleza política que iba a favorecer la unidad de acción entre el sindicato socialista y el anarcosindicalista.

Por un lado, tanto el PSOE, como la UGT, y también la organización juvenil unificada (JSU) de Valencia, iban a ser bastiones de la izquierda socialista liderada por Largo Caballero. Por otro lado, en el movimiento anarcosindicalista valenciano iban a tener mayor peso las corrientes favorables a la colaboración sindical defensoras de un sindicalismo reformista, aún sin abandonar la perspectiva de la revolución social.

Efectivamente, en la regional levantina de la CNT eran ampliamente mayoritarios los seguidores de líderes anarcosindicalistas como Pestaña, Peiró o Juan López Sánchez – este valenciano–, conocidos por el Manifiesto de los 30 o trentistas –por el número de firmantes—. Este sector era contrario al sindicalismo insurreccional que promovía la FAI y partidario de la Alianza Obrera (acuerdo suscrito por ciertas fuerzas de izquierda y la UGT para enfrentar el Bienio negro). La escisión de la CNT de los llamados Sindicatos de Oposición (SSOO) en los años 30 supuso un importante debilitamiento de la regional levantina. Por la misma razón, la reunificación acaecida en el Congreso de la CNT celebrado en Zaragoza en mayo de 1936, en vísperas de la guerra, volvería a dar gran fuerza a la regional levantina y gran protagonismo al ala más favorable a la colaboración con la UGT (particularmente con los caballeristas), entre los que destacaba Juan López Sánchez.

De hecho, aunque la Federación Anarquista Ibérica (FAI) se había fundado en Valencia en 1927 –con la participación de un grupo portugués, de ahí lo del nombre de Ibérica—, al comienzo de la guerra y en los primeros momentos revolucionarios mantenían su comité regional fuera de Valencia, en Alcoy, desde donde editaban la Solidaridad Obrera levantina. Quizás todo ello favoreciera la rápida conformación del frente sindical común UGT-CNT y el llamamiento a la huelga general indefinida contra la sublevación. Ante la resolución manifestada por las organizaciones obreras, a la guarnición militar, acuartelada en Valencia desde el inicio del golpe no le quedó más salida que someterse al nuevo poder revolucionario, sobre todo tras el asalto miliciano a los cuarteles de la Alameda los días 1 y 2 de agosto de 1936.

PSOE, PCE y FAI

En la pugna interna dentro del PSOE entre la corriente de izquierda caballerista y la que lideraba Indalecio Prieto (prietista o centrista) —había además una tercera corriente de carácter moderado encabezada por Besteiro— los caballeristas iban a buscar el apoyo externo de los comunistas. Así el PCE disolvió su sindicato CGTU para integrarse en la UGT, y a nivel de las juventudes se procedió a la unificación en abril de 1936 de las Juventudes Socialistas y las Comunistas en la JSU (bajo el respectivo liderazgo de Santiago Carrillo y de Fernando Claudín). Si bien la unificación juvenil se saldó a nivel estatal con la captación de los jóvenes socialistas hacia el comunismo, en Valencia no fue así. Los caballeristas mantuvieron el liderazgo de la organización juvenil unificada.

Si en un primer momento Largo Caballero pensó que su cercanía a los comunistas le serviría de apoyo en su pugna interna, a medida que se desarrollaba la guerra iba a encontrarse con que el PCE, siguiendo las indicaciones de Moscú, iba a aproximarse a los prietistas y a otros sectores republicanos moderados, para hacer frente a la orientación revolucionaria que encarnaban las bases socialistas y ugetistas seguidoras de Largo Caballero, que confluían en la práctica con las bases anarcosindicalistas y otros pequeños grupos de izquierda como el Partido Sindicalista de Ángel Pestaña y el POUM de Andreu Nin.

Esta confluencia, en el caso de Valencia, se plasmó  en el Comité Ejecutivo Popular (CEP) y en el diario conjunto UGT-CNT de Valencia. Pero la unidad informativa sindical se vería en parte cuestionada por la edición a partir del 31 de julio del periódico Verdad, editado conjuntamente por el PSOE y el PCE en las instalaciones incautadas del Diario de Valencia, órgano de la Derecha Regional Valenciana (DRV) integrada en la CEDA de Gil Robles. El nuevo periódico, dirigido conjuntamente por el conocido escritor Max Aub, por parte socialista y por el famoso cartelista Josep Renau, por parte comunista, va a poner en cuestión la orientación revolucionaria del CEP, y también la unidad de acción sindical. De hecho, desde el 19 de agosto UGT comenzaría también a editar un diario propio, La Correspondencia de Valencia. Lo que llevaría a la CNT a crear a partir del 21 de agosto su propio diario que seguiría editándose en los talleres de Las Provincias, al que llamarían Fragua Social, y en el que se integraría el sector faísta de la CNT que dejaría de editar  Solidaridad Obrera desde Alcoy. Pero el desarrollo posterior de las desavenencias entre comunistas y caballeristas  llevaría a los socialistas a editar su propio diario Adelante, en los mismos talleres del diario Verdad, que se convirtió en portavoz exclusivo del PCE.

La FAI, por su parte, mantendrá su propio diario Nosotros, que será también portavoz de los sectores más radicales del anarcosindicalismo valenciano, como la famosa y mítica Columna de Hierro, integrada por unos 12.000 combatientes que actuaron en frentes como el de Teruel.

El gobierno Caballero

Para enfrentarse al golpe militar, y ante la parálisis inicial de los gobiernos del Frente Popular —llegó a haber tres presidentes de gobierno en 24 horas—, los trabajadores, encuadrados por los sindicatos CNT y UGT, se vieron obligados a asaltar comisarías y cuarteles para proveerse de armas ante la negativa del Gobierno y los gobernadores civiles a suministrarlas. Así ocurrió en Barcelona, Madrid o Valencia y en otras muchas localidades. Estos hechos, y la consiguiente desconfianza hacia el Gobierno, hacían imposible que desde opciones republicanas burguesas se pudiera reestablecer la autoridad gubernamental ante el desbordamiento que se vivía en las calles.

Sólo una figura vinculada al movimiento obrero, que gozase de prestigio entre las masas, podía acometer una tarea de tal magnitud. Por eso Azaña propuso a Largo Caballero, líder de la izquierda socialista y de la UGT la formación de un gobierno el 4 de septiembre de 1936, integrado por las fuerzas más importantes del Frente Popular (PSOE, IR, ERC, PCE, UNR…), además de por el PNV.

En el caso de Valencia supuso la designación del ugetista, secretario de la FETT y caballerista Ricardo Zabalza como gobernador civil a la vez que presidente del CEP, produciéndose de esta manera una especie de confluencia entre el poder legal y el poder revolucionario, no sin resistencias entre los sectores anarcosindicalistas.

De hecho, no iba a ser posible encauzar el proceso revolucionario si no se integraba a la central anarcosindicalista en el gobierno. El mayor apoyo dentro de la CNT para adoptar la nueva orientación de participación en el gobierno vino desde la regional levantina, de la mano de antiguos líderes trentistas como Juan López Sánchez, del que ya hemos hablado más arriba, que con el secretario confederal en ese momento procedente de la regional asturiana, logró que el Pleno Nacional de la CNT, celebrado en Madrid el 15 de septiembre se aprobara la participación de ministros de la CNT en el gobierno Caballero. Propuesta que inicialmente contó con la oposición de la regional catalana (entre cuyos líderes estaba Federica Montseny), aunque finalmente se llegó a una solución de compromiso: se incorporarían dos ministros procedentes de la FAI (García Oliver en Justicia y Federica Montseny en Sanidad) junto con otros dos procedentes de la tradición trentista (Juan Peiró en Industria y el valenciano Juan López Sánchez en Comercio).

La incorporación se realizó el 4 de noviembre, y tan sólo un par de días después el gobierno tomó la decisión de trasladarse a Valencia. Decisión que enfrentó a Azaña, partidario de ir a Barcelona, con Caballero, defensor de ir a Valencia, posiblemente por motivos claves de política interna, como era la fuerza de los caballeristas en el seno del socialismo valenciano, marginal en Cataluña, y el mayor peso de los sectores anarcosindicalistas favorables a la colaboración con los socialistas (Juan López Sánchez y los sectores procedentes del trentismo) frente a la FAI, con menor peso que en Barcelona.

Valencia acoge al gobierno de la República

La llegada del segundo gobierno Caballero a Valencia supuso una profunda transformación para la ciudad. Desde el punto de vista político se fue produciendo el desplazamiento progresivo de las instituciones revolucionarias como el CEP, que acabaría siendo integrado en el marco oficial, para acabar disolviéndose en enero de 1937 y reemplazado por dos consejos: uno local, que asumiría las funciones municipales, presidido por Domingo Torres Maeso de la CNT, como alcalde presidente; y otro provincial, que estaría presidido por el gobernador civil y ugetista, Ricardo Zabalza.

Aun así, los dos sindicatos, CNT y UGT, habían llegado a constituir un Consejo Económico con importantes atribuciones sobre el establecimiento del control obrero en las industrias e incluso para su incautación. Aunque inicialmente quedó encuadrado en el CEP, siguió funcionando tras la desaparición del Consejo. De hecho, empresas como la Unión Naval del Levante estuvieron intervenidas sindicalmente, y en el sector textil, cerca de 25.000 trabajadores dependían de la regulación sindical tras haber pasado a formar parte de lo que se conocía como sector socializado.

En otro aspecto, en el de su fisonomía como ciudad, también Valencia se vería cambiada por completo con la llegada del Gobierno, el establecimiento de las sedes de los ministerios, así como las organizaciones nacionales de los partidos y sindicatos que apoyaban a la República.

Mural en la plaza Emilio Castelar en 1936, ahora plaza del Ayuntamiento, Biblioteca Valenciana Nicolau Primitiu. Fondo Finezas.

Numerosos edificios públicos se pondrían al servicio de las nuevas instituciones y otros privados, frecuentemente abandonados por sus propietarios derechistas e incautados, serían ocupados por organizaciones políticas, sindicales, grupos juveniles, organizaciones de mujeres, periódicos e instituciones culturales varias.

La presidencia de la República se estableció en el edificio de la Capitanía General, en la plaza de Tetuán junto al Turia, rebautizada como plaza Roja.

Edificio de Capitanía General, sede de la presidencia de la República en 1936-37.

El Gobierno se instaló en el Palacio de Benicarló, también conocido como Palacio de los Borja (actual sede de las Cortes valencianas). Edificio de estilo gótico tardío construido en el siglo XV por la familia Borja (más conocidos por su apellido italianizado Borgia, por los dos miembros de la familia que llegaron a ser papas), que además tenían, entre otros, el título de duques de Gandía.

Palacio de Benicarló (o de los Borja), sede del Gobierno de la República en 1936-37.

Las Cortes de la República —que eran un Parlamento unicameral, por lo tanto sin Senado— celebraron alguna sesión en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Valencia (desde 2016 de acceso libre para el público) y tras los bombardeos sufridos por el Ayuntamiento, trasladaron su sede a la Lonja de la Seda (o de Mercaderes), en cuya Sala de Contrataciones —sala hipóstila de columnas helicoidales de las que arrancan en forma de palmera los arcos ojivales de crucería—, se celebraron varias sesiones parlamentarias.

Panel informativo: el hall del Ayuntamiento, sede de las Cortes de la República en 1936 y 1937, tras los bombardeos de mayo de 1937.
Sala de Contrataciones de la Lonja, sede de las Cortes de la República desde octubre de 1937.

Entre otras instituciones relevantes cabría señalar la sede del Ministerio de Sanidad que ocupaba el palacio de los condes de Berbedel (antes palacio del marqués de Campo y hoy Museo de la Ciudad), edificio del siglo XVIII cuya fachada principal fue reformada en el XIX para darle un aspecto clasicista, con frontones triangulares sobre las balconadas del cuerpo central, coronado en su parte superior por un frontón curvo. El Ministerio estaba situado en la plaza del Arzobispo, renombrada como plaza de los Trabajadores, y era dirigido por la anarquista Federica Montseny, una de las primeras mujeres en desempeñar un cargo gubernamental en Europa, de la que se cuenta que, enfadada por ver rechazado por sus colegas de gobierno su proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo (la práctica del aborto, aunque había sido despenalizada, no estaba regulada), salió al balcón, frente al edificio del arzobispado, con los pechos al aire como gesto de protesta.

Palacio de los condes de Berbedel, hoy Museo de la Ciudad, que fue sede del Ministerio de Sanidad en 1936.

Las estructuras estatales de las organizaciones políticas y sindicales que llegaron a Valencia se instalaron en el entorno de la calle de la Paz, donde edificios señoriales de gran amplitud pasaron a albergar sedes sindicales de CNT, UGT, de partidos y grupos políticos como FAI, PSOE, PCE, POUM, Partido Sindicalista, así como multitud de organizaciones antifascistas de mujeres o juveniles, FIJL, Mujeres Libres, Mujeres Antifascistas o de solidaridad internacional como Socorro Rojo Internacional o Solidaridad Antifascista Internacional, entre otras.

Punto informativo en la calle de la Paz, donde numerosas organizaciones establecieron sus sedes durante 1936-1939.

La embajada soviética se instaló en el edificio de un hotel de reciente construcción en la época, el Metropol, en la calle Xàtiva, muy cerca de la Estació del Nord.

Igualmente, multitud de calles y plazas de Valencia fueron renombradas con líderes republicanos y del movimiento obrero. Así, la calle de San Vicente Mártir se convirtió en la calle Largo Caballero, la avenida María Cristina en la nueva avenida Pablo Iglesias, Marqués del Turia en Buenaventura Durruti, además de otras dedicadas a Anselmo Lorenzo, a Lenin, a Marx, a la Unión Soviética, etc. Todo ello daba señas de identidad a una ciudad movilizada por la guerra, capital de la República, que también llegó a ser capital cultural del mundo.

Valencia. Capital cultural del mundo

En junio de 1935 se había celebrado en París el Primer Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura para debatir sobre el compromiso de los intelectuales en la lucha contra el fascismo, en el que participó Valle-Inclán junto a Gorki, Bertrand Shaw, Thomas Mann o Aldous Huxley, por citar solo algunos nombres relevantes. Tras la sublevación militar contra la República se acordó celebrar el II Congreso Internacional en Defensa de la Cultura en la España republicana. Entre los coordinadores del evento iba a figurar el poeta valenciano Juan Gil-Albert.

El Congreso iba a transcurrir en varias ciudades: Valencia, Madrid, Barcelona y París. Acudieron 110 delegados de 28 países. La sesión inaugural se celebraría el 4 de julio de 1937 en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Valencia. En la mesa presidencial iba a estar Antonio Machado que leería un discurso en homenaje a García Lorca, El Crimen fue en Granada, y tras finalizar la sesión se representó la obra Mariana Pineda, como homenaje al poeta y dramaturgo granadino asesinado en agosto de 1936.

Salón de Plenos del Ayuntamiento, sede del Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura en julio de 1937.

Muchos de los escritores participantes se iban a alojar en la Casa de la Cultura, que ocupaba las instalaciones del hotel Palace en el n° 42 de la calle de la Paz, que sería conocido popularmente como Casal dels sabuts de tota mena (Casa de los sabios -o sabelotodo- de todas clases). El café Ideal Room, en la misma calle y cercano al hotel, se convertiría en el centro de las tertulias literarias e intelectuales de la ciudad en las que participarían conocidos escritores y artistas como Antonio Machado, León Felipe, Ernest Hemingway o Josep Renau, célebre cartelista valenciano además de Director General de Bellas Artes en el gobierno Caballero. También era el lugar de cita habitual de los corresponsales de guerra y uno de los sitios preferidos por el espionaje.

Además de acoger al II Congreso de intelectuales antifascistas, Valencia también iba a acoger el tesoro artístico del Museo del Prado y de otras instituciones como el Palacio de Liria, El Escorial, etc., para protegerlo de los bombardeos de la aviación franquista (alemana e italiana), que entre el 14 y el 25 de noviembre de 1936 llegaría a bombardear intensamente el Museo del Prado y la Biblioteca Nacional, además de otras zonas de Madrid.

Torres de Serranos, fachada interior, donde se depositaron muchas obras del Museo del Prado.

El traslado va a ser encomendado al mítico 5° Regimiento, formado por el Partido Comunista, por el también comunista ministro de Instrucción Pública y Cultura, Jesús Hernández. El traslado, realizado con gran eficacia, comenzó el 10 de noviembre.

Para ser acogido tamaño tesoro artístico se iban a habilitar y reforzar con el fin de resistir los posibles bombardeos dos edificaciones históricas de la ciudad: las Torres de Serranos —importante edificación medieval defensiva construida en el siglo XIV de carácter gótico— y el Colegio del Patriarca, cuyo nombre hace referencia a su fundador, el arzobispo y virrey, Juan de Ribera, que era una edificación del siglo XVI con una fachada principal de influencia herreriana (por Juan de Herrera, el arquitecto de El Escorial) y un magnífico claustro renacentista, con la clásica superposición de órdenes: toscano sobre pódium en la planta baja y jónico en la superior, con óculos en las enjutas de los arcos de medio punto. Las obras de mayor dimensión, por ejemplo Las Meninas de Velázquez, se llevaron al Colegio del Patriarca, donde algunas de ellas —parece que sólo las de la colección procedente del Palacio de Liria de la Casa de Alba, recuperadas entre los escombros por los milicianos— fueron expuestas en las galerías del claustro. Para amortiguar el efecto de la onda expansiva de las bombas sobre las obras de arte, se iban a utilizar sacos rellenos de paja de arroz.

Colegio del Patriarca, claustro donde se expuso la colección de pintura rescatada de las ruinas del Palacio de Liria de Madrid.

El gobierno Negrín

La desfavorable marcha de la guerra para la República, sobre todo tras la caída de Málaga en la primera semana de febrero de 1937, iba a hacer redoblar los ataques del PCE y del sector prietista del Partido Socialista contra Largo Caballero por la manera de conducir la guerra. El comportamiento a veces indisciplinado de ciertas unidades como la mítica Columna de Hierro, dirigida por la FAI de Valencia, iba a dejar a Largo Caballero en medio de un fuego cruzado, en sentido político, que procedía por su flanco derecho del PCE y los prietistas, y por su flanco izquierdo de ciertos sectores faístas. En Valencia, la confrontación entre milicias del PCE y la Columna de Hierro (FAI) se remontaba al mes de octubre de 1936, antes pues del traslado del Gobierno a Valencia, cuando en los funerales de un líder faísta de la Columna de Hierro, al pasar el cortejo fúnebre por la plaza de Tetuán fue tiroteado desde el Palacio de Cervelló —palacio del siglo XVIII y hoy archivo municipal— sede de Comité Regional del PCE, dando lugar a un gravísimo incidente que se saldó con la muerte de entre 150 y 160 personas, según diversas fuentes.

Pero van a ser los sucesos ocurridos en mayo de 1937 en Barcelona, a raíz del enfrentamiento por el control del edificio de Telefónica, sito en la Plaza de España, que se iniciaría un verdadero conflicto armado en las calles de Barcelona entre milicianos del PSUC, junto con fuerzas policiales enviadas desde Valencia —pertenecientes en parte al cuerpo de carabineros que dependía del Ministerio de Hacienda dirigido por Negrín—, frente a milicianos cenetistas y del POUM. Lo que va a provocar la definitiva caída del Gobierno de Largo Caballero, y su sustitución por Negrín, socialista y hombre cercano en ese momento a Indalecio Prieto.

Los caballeristas y los anarcosindicalistas van a ser apartados del Gobierno en el que van a cobrar fuerza el sector prietista del PSOE y el PCE. A partir de ese momento se va a producir el definitivo acorralamiento de los sectores revolucionarios que habían sido claves en los primeros momentos del golpe militar para la formación de milicias y comités revolucionarios que en muchas localidades se hicieron con el control efectivo de la situación, como ocurrió con el CEP en Valencia o el Comité de Milicias Antifascistas en Barcelona.

En Valencia, el desplazamiento de los caballeristas sería progresivo: primero serían desplazados del partido, luego de las juventudes (JSU) y finalmente del sindicato UGT, mediante medidas administrativas de apartamiento de la dirección. Resultaba llamativo que el diario anarcosindicalista, Fragua Social, hiciera frente común con los caballeristas, haciendo en algunos momentos de portavoz de sus posiciones en su pugna con los prietistas y el PCE.

Tras los sucesos de Barcelona, los ministros comunistas del Gobierno Largo Caballero, Uribe (Agricultura) y Jesús Hernández (Instrucción Pública y Cultura) iban a reclamar la disolución del POUM, estigmatizado por Moscú como partido trotskista. Lo que estaba lejos de ser cierto, habida cuenta de las profundas diferencias que mantuvo Trotsky con Andreu Nin, primero por decantarse éste por el POUM, uniéndose con su grupo Izquierda Comunista al Bloque Obrero y Campesino de Joaquín Maurín, en lugar de unirse a la corriente de izquierdas del socialismo como planteaba Trotsky y luego por suscribir el pacto de Frente Popular, que le dejaba, a juicio de Trotsky, atado a una política de alianza con la burguesía liberal y republicana, que le incapacitaba para una actuación independiente ante los acontecimientos revolucionarios que estaban por llegar.

Caballero se opondrá a la disolución del POUM, pero los agentes de Moscú (entre ellos el húngaro Erno Gerö) procederían al secuestro y desaparición forzada de su líder Andreu Nin, consejero de Justicia en la Generalitat de Companys. Tras la llegada de Negrín al Gobierno la persecución del POUM será implacable, siendo muchos de sus militantes detenidos y en algunos casos ejecutados sumariamente (como tuvo ocasión de relatarme personalmente Sebastián García, miembro de la Juventud Comunista Ibérica, juventudes del POUM, que se libró de la ejecución gracias a que un miliciano le dejó escapar dada su juventud, con apenas 15 años).

Sin embargo, en Valencia, pese a los ataques del PCE, que lo quería sustituir por la JSU, y de Izquierda Republicana (IR), el POUM seguirá integrando hasta finales de 1937 el Consejo Provincial (que reemplazó al CEP), gracias al apoyo de los caballeristas del PSOE y la UGT y de los anarcosindicalistas de inspiración trentista. La caída de los líderes caballeristas supondría la expulsión del POUM del Consejo Provincial a finales de 1937.

Lo mismo ocurrió con el Consejo Municipal presidido por el cenetista Domingo Torres Maeso, alcalde presidente de Valencia de 1937 a 1939, donde el POUM tenía dos representantes que serían finalmente destituidos por el gobernador civil.

El traslado del Gobierno a Barcelona

El 31 de octubre de 1937, ante el empuje del ejército franquista que amenazaba con romper territorialmente la zona republicana si finalmente lograba alcanzar el Mediterráneo tras la toma y consolidación de Teruel, se decidió el traslado del Gobierno a Barcelona.

Ya a lo largo de 1937, Valencia iba a sufrir los efectos devastadores de los bombardeos, tanto de los buques de guerra, como de la aviación legionaria italiana —los famosos Savoia procedentes de Palma de Mallorca—. La zona más castigada sería el puerto de Valencia y los barrios aledaños como el Cabañal, Nazaret o Cantarranas —este último totalmente arrasado y desaparecido definitivamente del plano de la ciudad—, para tratar de esta manera de colapsar la vía de suministro marítimo a la ciudad. Además, allí se encontraban los depósitos de combustible de la CAMSA y los astilleros (Unión Naval del Levante) que, a través del control que ejercía el comité sindical CNT-UGT, habían sido reconvertidos para producir carros blindados para la República. Pero también pasarían a ser objetivos frecuentes de la aviación legionaria italiana la estación ferroviaria (Estació del Nord), que provocará una importante destrucción en los aledaños, y los edificios públicos que acogían a las instituciones de la República, como el Ayuntamiento que sufriría importantes daños materiales, obligando a trasladar la sede de las Cortes a la Lonja de la Seda (o de Mercaderes).

Bombardeo de la Estació del Nord de Valencia y del barrio de Ruzafa, realizado por aviones italianos en 1937.

Para hacer frente a los bombardeos se va a construir una importante red de refugios, de los que no pocos se siguen conservando en la actualidad. La mayor parte de ellos con un llamativo diseño Art déco en sus letreros de señalización, lo que al parecer estaba motivado por una cuestión práctica (además de estética): que fueran fácilmente reconocibles por niños y analfabetos. Uno de ellos, de gran capacidad, estaba situado en los bajos del Ayuntamiento, y se encontraba habilitado para acoger a escolares del grupo escolar situado en la parte trasera  del Ayuntamiento, estando adaptado con la idea de poder seguir las clases «con normalidad» en su interior durante los bombardeos.

Refugio calle Serranos, letrero estilo Art déco.

El aviso de alarma ante los bombardeos se hacía mediante una red de sirenas antiaéreas que comenzaban a sonar cuando lo notificaba el puesto de mando de la Defensa Especial contra Aeronaves (DECA), situado en lo alto de la torre campanario de la Catedral, levantada en los siglos XIV y XV en estilo gótico, conocido popularmente como Micalet (Miguelete), desde donde se alertaba de las incursiones de la aviación legionaria italiana procedente de Mallorca. Todavía se conserva en la ciudad alguna de las sirenas antiaéreas, como la situada en una azotea frente al edificio construido entre 1930 y 1934 conocido como la Finca Roja, en la plaza del Pintor Segrelles.

Micalet, puesto de mando de la Defensa antiaérea en 1936-1939.

En este contexto de creciente castigo de la aviación y de avance franquista hacia el Mediterráneo, Negrín decidió el traslado del Gobierno a Barcelona el 31 de octubre de 1937. En los meses siguientes la devastación provocada por las incursiones aéreas iba a ser terrible.

El tesoro artístico procedente de Madrid, que había sido puesto a resguardo en las Torres de Serranos y el Colegio el Patriarca, será también trasladado a Cataluña, en este caso a Figueres (Girona), y puesto a resguardo en el Castell de Sant Ferran, baluarte militar del siglo XVIII. Desde donde, ante el peligro de caída de Cataluña, fueron finalmente trasladados a Ginebra (Suiza), a donde llegaron el 14 de febrero de 1939. En el Castell de Sant Ferran también tuvo lugar la última sesión de las Cortes republicanas en territorio español el 1 de febrero de 1939.

Castell de Sant Ferran, Figueres (Girona), donde estuvieron depositadas las obras del Museo del Prado antes de partir para Suiza.

Valencia y Alicante últimos territorios republicanos

La caída de Barcelona a finales de enero de 1939 iba a precipitar el hundimiento de la República.

Buena parte de los conflictos que habían enfrentado a caballeristas, teniendo como aliados a los anarcosindicalistas, contra el PCE y el sector prietista del PSOE, se van a reproducir en el final de la guerra, cuando la derrota republicana ya era sólo cuestión de tiempo. El coronel Casado, con el acuerdo del general Miaja —con el que se había entrevistado precisamente en Valencia el día 4 de marzo de 1939— y el apoyo de la mayor parte de los partidos y sindicatos presentes en Madrid (socialistas caballeristas y moderados de Besteiro, Unión Republicana, UGT y CNT) y la oposición del PCE y el sector socialista que apoyaba a Negrín, de cuyo gobierno se había separado Prieto en desacuerdo por el control creciente que ejercía el PCE, conformaron un Consejo Nacional de Defensa que dejó de reconocer la autoridad de Negrín, lo que iba a dar lugar a una mini guerra civil que se saldaría con la derrota de los partidarios de Negrín, provocando la salida precipitada de Negrín y de los dirigentes del PCE a Francia en avión desde la posición Yuste (aeródromo de Albacete).

El plan de retirada hacia el Levante de las fuerzas combatientes republicanas, abandonando Madrid —donde quedaría una representación del Consejo Nacional de Defensa encabezada por Besteiro que formalizaría la entrega de la ciudad— se frustró porque tendrían que haber embarcado en los buques de la flota republicana atracada en Cartagena, pero los sectores favorables a Negrín y el PCE se habían amotinado y la flota levó anclas y marchó rumbo a África. Esta situación imprevista obligó a modificar el plan, dirigiéndose los combatientes en retirada hacia los puertos de Valencia y de Alicante. Casado y un grupo de un centenar de combatientes pudo embarcar en Gandía (Valencia) en el buque hospital británico Maine, pero no la gran mayoría de combatientes ante la falta de buques de transporte, a pesar de los intentos desesperados de última hora para conseguirlos. Lo que provocó que varios miles de quedaran atrapados en el puerto de Alicante. Se cuenta que entre los combatientes hubo muchos casos de suicidios, a veces con el apoyo de otros compañeros, ante el temor a las represalias de los vencedores. Los supervivientes acabarían en el tristemente famoso campo de concentración de los Almendros, un campo improvisado a la intemperie, inmortalizado literariamente por Max Aub, valenciano de adopción.

A modo de conclusión

En Valencia, al igual que en otras muchas localidades del país, frente al golpe militar del 17/18 de julio del 36, y ante la parálisis del gobierno republicano de Frente Popular, las organizaciones obreras, la CNT y la UGT en el caso de Valencia, tomaron la iniciativa de convocar la huelga general indefinida, ampliamente secundada por la población y que se traduciría en la formación de un gobierno revolucionario de facto, el Comité Ejecutivo Popular (CEP), integrado por las organizaciones republicanas y de izquierda, bajo el liderazgo de los sindicatos, que impulsó la formación de milicias antifascistas de voluntarios para hacer frente a los sublevados.

La formación del primer gobierno de Largo Caballero el 4 de septiembre, pero sobre todo la del segundo gobierno en noviembre, que integraba a las centrales sindicales UGT y CNT, además de a los partidos de izquierda y republicanos, y al PNV, iba a suponer una contención del proceso revolucionario.

El traslado del ejecutivo a Valencia a partir del 7 de noviembre de 1936 iba a favorecer que el CEP fuera progresivamente relegado como organismo revolucionario y reemplazado por sendos Consejos Provincial y Municipal, que aunque asumiendo muchas de las funciones del CEP, iban a quedar bajo la autoridad del Gobierno central.

Aún así, la UGT y la CNT en Valencia habían constituido un Consejo de Economía formado por las centrales sindicales en exclusiva, que iba a tener muchas prerrogativas relacionadas con el control obrero de las industrias e incluso la socialización de algunas de ellas. Aunque la subordinación a los requerimientos de la economía de guerra haría que esas funciones acabaran siendo progresivamente asumidas por el gobierno.

Los conflictos surgidos en el seno de las fuerzas republicanas y del Frente Popular se iban a manifestar con su máxima crudeza en los enfrentamientos de mayo de 1937 en Barcelona, que iban a suponer la caída del gobierno Caballero y su sustitución por Negrín del que serían apartados los caballeristas y la CNT. También supondría la ruptura de la unidad de acción sindical entre UGT y CNT que llevaría a la disolución del Consejo de Economía en Valencia.

Cuando el 31 de octubre de 1937 el gobierno Negrín se trasladó a Barcelona, los organismos revolucionarios, tanto en el ámbito político, como en el ámbito de la economía, habían prácticamente desaparecido, orientándose todo al servicio de una guerra en la que la República iba perdiendo terreno y en la que los sectores que habían expresado mayor dinamismo en las primeras y decisivas semanas de julio del 36 para hacer frente a la sublevación, habían sido progresivamente relegados. En estas condiciones, iba a cundir la desmoralización entre muchos de estos sectores militantes revolucionarios.

Solo en un terreno estrictamente militar era muy difícil poder enfrentarse a un enemigo mucho más poderoso, gracias al apoyo de la Italia fascista y la Alemania nazi, y al abandono y bloqueo de los envíos militares al que las potencias parlamentarias habían sometido a la República, en aplicación de la supuesta «no intervención», que sólo aplicaban ellas, mientras que las potencias fascistas desplegaban una poderosa ayuda militar a los franquistas.

La dicotomía que planteaba el gobierno Negrín y que apoyaban los comunistas del PCE de «primero ganar la guerra para luego hacer la revolución» se reveló fracasada. Sólo bajo el impulso revolucionario de las masas, como quedó demostrado en los primeros momentos has el golpe, se podía derrotar a las fuerzas de la reacción. Llevarlo a un terreno de guerra convencional en unas condiciones tan desfavorables para la República era apostar, más temprano que tarde, por la derrota.

Para saber más

Javier Navarro y Sergio Valero (eds.) (2016). València capital de la República 1936-1937. El món mira a València, capital de l’antifeixisme. València: Ajuntament de València.

Lucila Aragó, José María Azkárraga y Juan Salazar (2010). Valencia 1931-1939. Guía Urbana. La ciudad en la 2° República. Valencia: Universidad de Valencia.

Antoni Paricio editor (2005). Joaquín Sanchis Finezas. Fotografía de guerra (Valencia 1937-1938). Valencia: Pentagraf y Biblioteca Valenciana.

Mayte Montaner Soria y Javier López Cavero comisarios (2018). Un món sense cadenes. La UGT en la 2ª República (1931-1939). Catálogo exposición. Valencia: ed. UGT País Valencià.

David Sánchez Muñoz (2017). Juan Gil-Albert y la Valencia republicana. Valencia: Ajuntament de València.

Ian Gibson (2007). Cuatro poetas en guerra. Barcelona: Planeta

Pascual Izquierdo (texto) (2011). Valencia. Guía total. Madrid: Anaya Touring. Barcelona: Anaya.

Pierre Broué y Émile Temime (1962). La Revolución y la Guerra de España. México: Biblioteca Nueva.

Anthony Beevor (2015). La Guerra Civil Española. Barcelona: Crítica.

Luis Español Bouché (2004). Madrid 1939. Del golpe de Casado al final de la Guerra Civil. Madrid: Almena.

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Acerca del autor

Jesús de Blas Ortega

Jesús de Blas Ortega

Doctor en Ciencias Económicas y profesor de Secundaria de Geografía e Historia.

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