Malditos Vecinos. China y Japón: el peso de la historia

Son tan solo 600 los kilómetros de agua que separan a China y Japón, dos superpotencias que, inevitablemente, compiten desde hace siglos por el dominio de la región. El mar de la China Oriental contiene islas reclamadas por ambos gigantes, la historia está repleta de cruentas batallas entre los dos, sus poblaciones se rechazan mutuamente y, en el siglo XXI, los gobiernos tratan de darse la mano firmando acuerdos comerciales que aplaquen la tensión latente. Repasamos los motivos que hacen que China y Japón se consideren malditos vecinos.

La guerra siempre es horrible. Sin embargo, incluso en la batalla, existen normas, métodos y límites para evitar atrocidades de dimensiones impensables. Quizás las normas, métodos y límites bajo los que decidió operar Japón durante la segunda guerra sino-japonesa (1937-1945) son lo que hace irreconciliable la amistad entre los dos vecinos, incluso ochenta años después.

El odio con el que los soldados japoneses recorrieron el territorio chino quedó reflejado en prácticas como las torturas, los saqueos, los trabajos forzados, el uso de armas químicas e incluso el canibalismo, si bien por encima de todas destacan tres: los asesinatos en masa de cientos de miles de civiles (en Nankín en 1937 y en Changjiao en 1943, por ejemplo), el desarrollo de armas biológicas y los experimentos médicos sobre prisioneros (con el inhumano programa Escuadrón 731, activo entre 1935 y 1945) y finalmente la utilización de las llamadas «mujeres de consuelo», esclavas sexuales chinas violadas por los soldados nipones. Todas estas prácticas se salen de los márgenes de la guerra, y se entienden dentro de la política japonesa de los Tres Todos, una horrible táctica basada en matar todo, saquear todo y destruir todo. Solo el odio hacia la población china puede explicar la política de los Tres Todos y el aterrador número de muertos que dejaron los japoneses tras su paso por China: 3,8 millones de militares y 17,5 millones de civiles.

Con esta presentación se hace complicado pensar que China y Japón puedan mantener una relación de amistad. Sin embargo, durante mucho tiempo fueron buenos vecinos y, en realidad comparten, una historia que les hermana. Durante el siglo VII muchos estudiantes japoneses fueron enviados a la China imperial para analizar el sistema político del gran país, que acabó imitándose en Japón. También la cultura se tomó como ejemplo, con los ahora tradicionales kimonos siendo una copia de las ropas de la dinastía Tang. La arquitectura y hasta la forma de escribir se tomaron de China, y durante seis siglos hubo relaciones amistosas y un fluido intercambio comercial con rutas marítimas que recorrían el mar de la China Oriental.

Entre 1592 y 1598, Japón mostró por primera vez una actitud belicosa cuando intentó ocupar Corea. Entonces, China tuvo que entrar en guerra con su hasta entonces socio comercial para defender a su vecino coreano. Este primer acto invasor de Japón sería una muestra de lo que estaría por llegar a partir de 1868, bajo el mando del Emperador Meiji. Durante la llamada Era Meiji las autoridades del país abonaron la ideología del pueblo con una enorme dosis de nacionalismo y patriotismo, creando el ansia por conseguir forjar un imperio (un sueño más típico de las potencias occidentales, que precisamente estaban influenciando la deriva de Japón en ese momento).

Mapa de Juan Pérez Ventura.

En 1894 el Emperador Meiji aprovechó la decadencia de la dinastía Qing para tratar de hacerse con la codiciada península de Corea e inició la Primera guerra sino-japonesa, que ganó con facilidad. Primera victoria para el recién nacido Imperio japonés, que no dejaría de conquistar territorios en los próximos cincuenta años, llegando a su pico de poder y extensión en 1942. Junto al patriotismo y al nacionalismo, Japón se llenó de una ola de militarismo. Estos tres ingredientes cristalizaron en la formación de organizaciones de extrema derecha como la Sociedad del Océano Negro en 1881 o la Sociedad del Río Amur en 1901.

Con el nacionalismo japonés por todo lo alto, Japón entró en guerra con Rusia en 1904 y se sirvió de su alianza con el Reino Unido durante la Primera Guerra Mundial para ocupar las zonas que los ingleses iban arrebatando a los alemanes en China. Así, los japoneses se instalaron en Qingdao y en partes de la provincia de Shandong. Para consolidar estos movimientos, Japón obligó a aceptar en 1915 una serie de imposiciones a China. Conocidas como las 21 exigencias, estos puntos confirmaban a Japón como un vecino indeseable en la región, que se comportaba como una potencia europea más. Incluso Estados Unidos y el Reino Unido se escandalizaron con imposiciones como la obligada presencia de funcionarios del gobierno japonés dentro de la policía china o la exclusividad de la explotación de ciertas zonas mineras chinas.

En 1931 Japón inició una nueva guerra contra China al ocupar la región de Manchuria. Gracias a su moderno ejército (o al anticuado ejército chino), los japoneses se hicieron con el vasto territorio, que renombraron como Manchukuo, un estado títere que controlaron desde Tokio. Las 21 exigencias y la ocupación de Manchuria crearon por primera vez un sentimiento antijaponés en China. Luego llegó la segunda guerra sino-japonesa, que marcaría un antes y un después en las relaciones entre los dos países: sería imposible volver a una relación de amistad.

Lo que es interesante de la etapa del nacionalismo y militarismo japonés (1868-1945) es el cambio ideológico de la población y de las clases gobernantes, y de la percepción de su propio país y de los demás. En siglos pasados, cuando tanto China como Japón eran simples sociedades medievales que debían cooperar para progresar a través del comercio, nunca surgieron sentimientos ni ideologías nacionalistas que atacaran la identidad del vecino. En cambio, en el paso del siglo XIX al siglo XX, Japón se había desarrollado rápidamente con la llegada de la occidentalización a sus costas.

En este nuevo escenario, en el que un Japón moderno e industrializado se encontraba frente a una China vieja, rural, atascada en la tradición y en el subdesarrollo, podían despertar fácilmente los peores sentimientos de rechazo y odio. En la época de la Teoría de la Evolución de Darwin, estaba claro a ojos de los japoneses que Japón era un imperio creciente que miraba hacia el futuro y los chinos una sociedad atrasada, menos evolucionada. Desde este punto de vista se entiende el trato que el Ejército japonés dieron a los civiles de China con la política de los Tres Todos.

Sin embargo, tras 1945 todo cambió. La percepción de cada país sobre sí mismo cambió. Con el paso de las décadas parecía claro que la República Popular China tenía asegurado un puesto entre las potencias mundiales, y bajo la tutela estadounidense Japón se olvidó de su sueño imperial.

En 1972 ambos países firmaron un tratado para establecer relaciones diplomáticas, pero sobre todo para que Japón pusiera fin a las relaciones bilaterales que mantenía con la República de China. Así, Japón reconocía a la República Popular de China como el único gobierno de China, y pasaba a denominar a la República de China con el neutral nombre de Taiwán. En 1978, la firma del Tratado de Paz y Amistad entre China y Japón (que no gustó nada a la Unión Soviética) suponía toda una declaración de intenciones: los dos gigantes se acercaban.

Durante los años ochenta el comercio volvió a unir a China con Japón como había ocurrido en siglos pasados, y tanto el Secretario General del Partido Comunista como el Primer Ministro japonés hicieron sendas visitas al país vecino en 1983 y 1984. En 1992 el propio Emperador Akihito visitó China, indicando el interés de Japón en su vecino, y tres años más tarde el Primer Ministro Tomiichi Murayama realizó un recordado discurso pidiendo perdón por las atrocidades que cometieron los japoneses durante la segunda guerra sino-japonesa.

Todos estos gestos eran noticias positivas, pero que caían como simples gotas en un enorme océano de odios, recelos y terribles recuerdos. Los crímenes de guerra que cometió el Imperio japonés en suelo chino fueron demasiado horribles como para olvidar, pese a los intentos del Gobierno japonés y su polémica ley de libros de texto. En las relaciones sino-japonesas la controversia de los manuales de historia es un tema crucial, que indigna a millones de personas y hace aumentar la tensión entre los dos países. Ya en 1955 el Gobierno comenzó a manipular el relato histórico eliminando de los libros escolares la participación de Japón en la Segunda guerra sino-japonesa, y desde entonces los grupos nacionalistas japoneses han presionado para que temas como la masacre de Nankín o el Escuadrón 731 no aparezcan en los textos.

En el año 2000 se publicó el manual escolar New History Textbook, editado por una asociación educativa conservadora. El libro, pensado para enseñar historia a los alumnos japoneses y aprobado por el Ministerio de Educación, minimizaba ofensivamente el papel de Japón en las guerras. En 2005 hubo importantes manifestaciones contra Japón en varios países asiáticos por la continua perversión histórica que se hace en los libros escolares nipones. Este asunto fomenta el sentimiento antijaponés en China, pero también en otras naciones como Corea del Sur.

Finalmente, el otro gran tema que impide la amistad de los dos países es la cuestión de las Islas Senkaku, un pequeño archipiélago deshabitado. Compuesto por cinco islotes, la posibilidad de que hubiera yacimientos de hidrocarburos bajo su suelo llamó rápidamente la atención de las potencias. Además, su posición estratégica permitiría controlar el Mar de la China Oriental con una base militar localizada en este enclave. En la carrera por el control de las Islas Senkaku (llamadas Islas Diaoyutai por China) se suma un tercer actor: Taiwán también reclama su soberanía.

Descubiertas por marineros chinos en el siglo XIV, fueron conquistadas por Japón tras la Primera guerra sino-japonesa. En 1896 el Gobierno japonés cedió las islas a una familia de empresarios, y desde entonces fueron cambiando de manos (siempre manos privadas). La detención de un pesquero chino en la zona por parte de una patrulla japonesa en 2010 y la compra de tres islotes por parte del Gobierno japonés en 2012 provocaron una ola de protestas en China que elevaron la tensión diplomática.

Sin embargo, con la llegada de Xi Jinping al poder en 2013, las relaciones parecen haber mejorado un poco. Se dice que el presidente chino ha sabido cosechar una buena relación personal con el primer ministro Shinzo Abe, y que fue este incluso quien le aconsejó durante la guerra económica iniciada por China contra Estados Unidos en 2018.

Desde 2016 ambos comparten un enemigo comercial: Donald Trump. Este cambio geopolítico no borra el pasado sangriento, pero abre una ventana para el futuro basada en la cooperación y el entendimiento. Xi Jinping y Shinzo Abe se estrecharon la mano en una cumbre bilateral en 2017 y Japón está muy implicado en el proyecto de la Nueva Ruta de la Seda que lidera China.

Aun así, que los gobiernos, por pura estrategia geopolítica e intereses económicos, hayan cooperado recientemente no significa que exista un cambio real en el sentimiento vecinal: ambas poblaciones siguen rechazándose. En 2014, una encuesta de la BBC reveló que hasta el 90% de los ciudadanos chinos consideran la influencia de la cultura japonesa como algo negativo, sentimiento que comparten el 73% de los japoneses de manera recíproca. El peso de la historia parece demasiada carga para construir un puente de afecto real entre los dos países. ¿Se puede olvidar el pasado? ¿se debe? 

Para saber más.

—Moore, G. J. (2010). «History, Nationalism and Face in Sino-Japanesse Relations», Journal of Chinese Political Science, 15.

—San Martin, J. C. (2015). China y sus relaciones vecinales en el nordeste asiático. Madrid: Instituto Español de Estudios Estratégicos.

—Rodríguez, B. (2018). El conflicto de la memoria histórica en Japón: un estudio a través del Partido Liberal Democrático. Granada: Universidad de Granada.

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Acerca del autor

Juan Pérez Ventura

Juan Pérez Ventura

Profesor de Geografía e Historia. Máster en Relaciones Internacionales. Divulgador y cartógrafo. Fundador de la página web multidisciplinar VENTURA.

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