La vida pirata no es la vida mejor

La imagen idealizada que el arte y la literatura ha creado del pirata dista mucho de la dura realidad que estos pintorescos personajes vivieron. Navegar en un barco del siglo XVII no era un paseo agradable y la supuesta aventura iba acompañada de peligros y penurias que los piratas debían superar para sobrevivir.

Desde la invención de la navegación existen también los piratas. Sin embargo, suele ser común pensar en estos pintorescos personajes según las características y el contexto de los siglos modernos, más concretamente los piratas que actuaron en la zona del Caribe durante la conocida como Edad Dorada de la piratería, extendida en el tiempo entre los años 1650 y 1730.

Con el Tratado de Tordesillas la Corona de Castilla se hizo con el control legal y exclusivo de gran parte de América. El Caribe se incluía en el saco castellano y el Spanish Main, según los ingleses, contaba con una actividad comercial rica en metales y productos demasiado jugosos como para no intentar hacerse con una parte del pastel por parte de otras potencias nacionales vecinas de Castilla; o, lo que nos incumbe aquí, por parte de marinos, pechelingues, raqueros, filibusteros, bucaneros, corsarios, piratas, en definitiva, ladrones en el mar.

Los avezados lectores de Historia Moderna ya tendrán conocimiento de la visión comúnmente idealizada que se tiene de los piratas, impregnada por el arte y la literatura del siglo XVIII en adelante y, más recientemente, por el cine, que tomaron unas pocas luces para crear unos personajes románticos, olvidando muchas sombras de la vida pirata. Desde la Isla del tesoro de Robert Louis Stevenson al Jack Sparrow de Piratas del Caribe se ha recreado un navegante aventurero que no obedece a más ley que la libertad, en busca constante de tesoros robados a los grandes Estados del momento, tan atrevidos, valerosos y hábiles como los antiguos héroes griegos. Pero si nos acercamos a fuentes contemporáneas y obras históricas, esta vida idílica se derrumba fácilmente y el romanticismo que impregna estas características se difumina. Cuando olvidamos al personaje y estudiamos la persona histórica podemos comprobar fácilmente que la vida pirata no es la vida mejor.

Obra titulada ¿Quién ha de ser el capitán? De Howard Pyle, publicada en 1911. Se conserva en Delaware Art Museum.

Los piratas fueron objeto y cometieron a su vez innumerables atrocidades en una vida mayoritariamente en la miseria, donde la necesidad era el factor principal para iniciar una actividad tan peligrosa como ponerse en contra de las grandes potencias estatales del momento: Castilla, Inglaterra, Holanda o Francia. El 80% de la población del siglo XVII, habitualmente tenido como un siglo de crisis por la historiografía, se encontraba en una economía de subsistencia. Tenían que ganarse la vida cada día y los piratas entran en este porcentaje, solo que además con prácticas más peligrosas, drásticas y trágicas.

El mar es un entorno implacable, más aún en los barcos del momento: una mezcolanza de madera, palos, velas, poleas, herrajes, bloques pesados oscilando con el vaivén del mar y cabos soportando una gran tensión. Ya fuera al calor de un sol pleno, en una desesperante calma de vientos, bajo la lluvia tropical o en el fragor de una tormenta que se podía alargar durante semanas, la cubierta de un barco surcando olas no era lugar para ignorantes.

La seguridad laboral era un concepto inexistente en el siglo XVII y no era extraño quedar mutilado mientras se faenaba navegando en un barco. Tanto es así que antes de zarpar se acordaban las indemnizaciones para los que fueran heridos o perdieran algún miembro. Se ordenaba que por la pérdida de un brazo derecho se recibían seiscientos pesos o seis esclavos; algo menos por el brazo izquierdo y similares cantidades por alguna de las piernas; cien pesos o un esclavo por un ojo o algún dedo, «todo lo cual se debe sacar del capital o montón y de lo que se ganare».

Los mismos Estados que castigaban a unos piratas concedieron patentes de corso a otros, convirtiendo a muchos en auténticos héroes objeto de veneración nacional.

Es por ello por lo que, además de un carpintero y un cocinero, era vital llevar un cirujano a bordo. Este es el caso de Alexandre Olivier Exquemelin, un francés hugonote que fue vendido como esclavo en el Caribe y trabajó en duras condiciones hasta que pudo enrolarse en un navío y vivió como cirujano de piratas. Exquemelin nos dejó por escrito sus vivencias y conocimiento en Piratas de la América, un fantástico anecdotario publicado originalmente en neerlandés durante el 1678, cuya traducción al español vio la luz tres años después.

Influyó en autores como Defoe o Stevenson y nos muestra la imagen cruda del pirata histórico sin más pretensiones literarias que la de informar de sus numerosas expediciones acompañando a bucaneros durante los años 60 y 70 del siglo XVII.

Obra titulada Billy Bones, de N. C. Wyeth (1911), conservada en el Brandywine River Museum of Art (Wikimedia).

Los piratas tuvieron acuerdos y contratos cuyo incumplimiento podían suponer ser abandonados en una isla, tirados por la borda o directamente asesinados a manos de sus compañeros. Pero esta «república de ladrones» formada en el Caribe no tenía más afán que el interés personal basado en códigos comunes a fin de aumentar la probabilidad de hacerse con un rico botín. La máxima norma era «borrachos y hartos, o secos y vacíos, pero al diablo y malditos los tacaños», un dicho que el filtro de Hollywood ha convertido en «arrasa con lo que veas y generoso no seas». Sin embargo, esta idea vemos que encierra no pocas penurias.

Josiah Woodward, un reverendo evangélico inglés, predicó una advertencia contra la piratería señalando como su tercer motivo para no ser pirata:

«os veréis obligados, por miedo a que descubran vuestra condición de piratas, a no permanecer jamás durante mucho tiempo en ningún lugar al que lleguéis, sino que estaréis expuestos de forma continua a los grandes peligros de vientos y oleajes, y seréis como el vil Caín, tras dar muerte a su inocente hermano, Abel; será como si estuvieseis marcados y toda vuestra vida la pasaréis como vagabundos por el mundo».

Mucho más explícita era la advertencia que utilizaba Inglaterra, colgando a piratas como si de trofeos se tratasen a lo largo de sus muchos puertos durante semanas enteras, a fin de mostrar el destino que le esperaba al marinero que osase salirse de las normas y optar por el contrabando y la piratería.

Paradojas de la historia, los mismos Estados que colgaron a unos piratas, concedieron patentes de corso a otros, para que guerrearan contra las coronas enemigas, convirtiendo a muchos de estos corsarios en auténticos héroes objeto de veneración nacional, como es el caso de Sir Henry Morgan, un pirata nombrado caballero por Carlos II de Inglaterra y aupado a la posición de gobernador en Jamaica por sus exitosas campañas bélicas contras los enclaves españoles en el mar Caribe.

El ambiente bélico es otro aspecto representado en muchas ocasiones atendiendo solo a los actos de valor y arrojo, pero si ya hemos hablado de la difícil vida durante la navegación, vivir in situ una batalla entre barcos debía ser una experiencia de lo más perniciosa.

El capitán John Smith (1580-1631) nos dejó entre su prolífico trabajo como autor un relato sobre una batalla en el mar y, más allá de la imaginable situación en plena contienda, acongoja las órdenes del capital una vez cesaban las andanadas:

«cirujano, atienda a los heridos y envuelva a los difuntos, cada uno con un peso o una bala en la cabeza y los pies, para que se hunda, y dispárense tres salvas en su honor como funeral. Lampacero, ¡limpie el barco! Contador, ¡anote sus nombres! Guardia, ¡Esté atento a mantener una distancia regular a barlovento, que no lo perdamos durante la noche! Artilleros, ¡limpien el ánima del cañon con la lanada! Soldados, ¡limpien sus armas! Carpinteros, ¡cierren las vías de agua! Contramaestre y demás hombres, ¡reparen las velas y los vientos! Cocinero, ¡usted cumpla con sus instrucciones a tiempo de la guardia de alba!».

La vida continuaba y había que dejarlo todo presto para el siguiente día y otra posible batalla, el amanecer no esperaba a que barco y tripulación estuvieran preparados y las oraciones y el desayuno precedían al inicio de un día más sobre esas maderas moteadas de sangre que surcaban los mares en busca de botín que asegurase la supervivencia.

Capture of the Pirate Blackbeard, de Jean Leon Gerome Ferris (1920) (Wikimedia).

Parece que la vida de los hombres y mujeres de aquellos siglos tenía menos valor que en la actualidad y la muerte era una compañera cercana. Así que nada de tesoros piratas escondidos en islas: lo poco que tenían lo gastaban al instante en tabernas y lugares de prostitución.

«Algunos de ellos se gastan en una noche dos o tres mil pesos, y por la mañana se hallan sin camisa que sea buena; como uno de ellos que yo vi dar a una meretriz quinientos reales de a ocho solo por verla una sola vez desnuda».

En este testimonio de Alexandre O. Exquemelin incluso cuenta que su capitán compraba vino en abundancia y se colocaba en algún paso muy frecuentado, obligando a beber con él a todo el que pasara, amenazados con recibir un pistoletazo si se negaban.

Con sed, hambre, quemados por el sol, empapados por la lluvia, trajinando descalzos para un mejor agarre sobre maderas y cuerdas, sin un resquicio de confort en toda la embarcación, la mayoría no elegía la vida pirata más que por necesidad. Se cuenta que Barbanegra dijo un día «nuestra vida es corta, pero feliz». Entendemos que cada cual define «felicidad» de una manera.

Para saber más

—Armero, Álvaro (2003). Piratas, corsarios y bucaneros. Madrid: Editorial Libsa.

—Defoe, D. (2006). Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas. Madrid: Valdemar.

—Exquemelin, A. O. (2013). Piratas de la América. Sevilla: Renacimiento.

—Robertson, E. (2010). La vida de los piratas. Contada por ellos mismos, por sus víctimas y por sus perseguidores. Barcelona: Crítica.

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Acerca del autor

Fran Navarro

Fran Navarro

Historiador, divulgador y fundador de 'Akrópolis'.

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