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Julio César en Cádiz. Historia de una alianza

La Historia de Cádiz cambió con la concesión del estatuto de municipio romano. Gades se convirtió en la puerta del comercio atlántico del Imperio. Esta modificación de la condición económica de la urbe estuvo acompañada de numerosas novedades culturales. Este proceso tuvo dos claros protagonistas: Julio César y Cornelio Balbo el Mayor.

Decir de Cádiz que es la ciudad más antigua de nuestro país, y tal vez del Occidente europeo, ya es algo que suena a tópico. Lo que no todo el mundo sabe es que tuvo una especial relación con uno de esos grandes personajes de la Historia Universal que, precisamente, siempre ha sido del dominio público, independientemente de donde cada uno proceda: Julio César. Al decir del prestigioso historiador italiano Luciano Canfora: «hombres de esta clase son vistos como instrumentos de la Historia». Fruto de esta relación, de esta alianza sería más correcto afirmar, la Gadir fenicio-púnica se convertiría en Gades, uno de los principales puertos comerciales del Imperio romano y, desde luego, el principal de la fachada atlántica de los dominios de Roma. Y en ese rol se mantendría durante dos siglos.

La proyección marítima de Cádiz no la crearon los romanos: estos se limitaron a aprovechar y potenciar una tradición navegante y comercial que se remontaba siglos atrás, a la fundación de la ciudad por los tirios. En el siglo IX a. C., los fenicios trascendieron el Estrecho de Gibraltar y comenzaron una serie de exploraciones por el litoral norteafricano y la fachada atlántica europea, en busca de mercados y materias primas. En esa amplia estrategia comercial, Gadir actuaba como el centro organizador.

Archipiélago gaditano.

No por capricho, fue utilizada como base de operaciones de los periplos de los almirantes cartagineses Hannón (por la costa atlántica africana) e Himilcón (hacia las Islas Británicas), en algún momento entre los siglos VI-V a. C. Y desde allí partieron las dos expediciones (la primera hacia 125 a. C.) que dirigió el comerciante griego Eudoxo de Cízico, en su tenaz intento de circunnavegar África para alcanzar los tesoros de la India y así evitar los aranceles aduaneros de los monarcas ptolemaicos en el Mar Rojo.

Ese potencial marítimo motivó que Julio César buscara el apoyo de los gaditanos para cimentar sus ambiciones políticas. Ambiciones que quedan bien reflejadas en la anécdota que nos cuenta Suetonio en un pasaje de su biografía del general (Vit.Caes., 11, 3), donde se nos narra una visita al templo de Hércules en Cádiz. Allí, al contemplar una estatua de Alejandro Magno, César rompió a llorar porque, aun teniendo la misma edad que el conquistador macedonio cuando este murió, él no había realizado ninguna hazaña reseñable. Pero vayamos por partes.

El primer contacto de Julio César con tierras gaditanas ocurriría en el año 68 a. C. Ese año ejercería la magistratura de la cuestura en la provincia Hispania Ulterior (básicamente, la que más tarde será llamada Bética), asistiendo al nuevo gobernador provincial Cayo Antistio Veto. El cuestor era un alto magistrado que se encargaba de gestionar las finanzas de una provincia, así como de impartir justicia en nombre del gobernador. Ese año conocería a Lucio Cornelio Balbo. En el anterior, el gaditano se había erigido como protector de su ciudad frente a los abusos fiscales del cuestor Lucio Valerio Flaco, a quien César sustituiría. De ahí arranca la amistad entre ambos, relación que cambiaría sus vidas y, por añadidura, la trayectoria histórica de Cádiz.

Lucio Cornelio Balbo (más conocido como Balbo el Mayor) era un hombre de negocios de Cádiz, con intereses económicos vinculados al comercio marítimo, e intereses políticos proyectados hacia las posibilidades que la romanización ofrecía para su patria chica. Pocos años más joven que César (probablemente nacido en el primer decenio del siglo I a. C.),
era una persona astuta, oportunista, especialista
en maniobrar en un segundo plano. Además, debió de poseer una habilidad destacable para las relaciones sociales y para las labores diplomáticas.

Siendo muy joven participó en la guerra entre Sertorio y Pompeyo, en la península ibérica, en la que luchó por Pompeyo, entre los años 78 y 72 a. C. Con toda probabilidad, el dinero y los barcos que poseía su familia facilitaron el triunfo del Magno. Con lo cual, al término de la contienda llegaría la recompensa en forma de concesión de la ciudadanía romana, para él y su clan. Esto le convertiría en dueño y señor de una Cádiz que, a partir de ahora, se alejaría de su tradición cultural púnica y se auparía vigorosamente al carro de la romanidad. Dicho de otro modo, a partir de ahora Gadir se transformaría, en relativamente poco tiempo, en Gades.

El mundo romano tras las conquistas de César.

Al cabo de un año de intensa actividad judicial y administrativa, César regresó a la arena política de Italia, y ya no volvería al sur de la península ibérica hasta el 61 a. C., siete años más tarde, esta vez como gobernador de la Hispania Ulterior. En esos años de ausencia, César había contraído grandes deudas en su inasequible ánimo de ascender en la carrera política. A su llegada al nuevo destino, tenía muy claro que disponía de un año para obtener las riquezas necesarias para pagar a sus acreedores y para continuar el ascenso. En ese sentido Plutarco, otro de sus insignes biógrafos, resume su gobierno de la provincia de forma certera (Vida de César, XII):

«Llegado a Hispania, desplegó al punto una gran actividad; agregó en pocos días diez cohortes a las veinte que ya tenía, y, moviendo contra los galaicos y lusitanos los venció, llegando por aquella parte hasta el Mar Exterior, después de haber sujetado a naciones que todavía no estaban bajo la dominación romana. Terminadas tan felizmente las cosas de la guerra, no administró con menor inteligencia las de la paz, reduciendo a concordia las ciudades, y sobre todo allanando las diferencias entre deudores y acreedores: porque ordenó que de las rentas de los deudores percibiese el acreedor dos terceras partes, y de la otra dispusiese el dueño hasta estar satisfecho el préstamo. Habiendo adquirido con su gobierno un gran concepto, dejó la provincia, hecho ya rico él mismo y habiendo contribuido a mejorar la suerte de sus soldados, por quienes fue saludado imperator».

Escultura de Lucio Cornelio Balbo el Menor en la Avda. Amílcar Barca.

Es decir, que gracias a que dirigió campañas de saqueo contra lusitanos y galaicos, y que se valió de su autoridad judicial para conciliar a los litigantes, obtuvo los beneficios económicos que se había propuesto al llegar al cargo de gobernador de la provincia. Al mismo tiempo que se granjeó la simpatía de los soldados, ahora partícipes del botín de la victoria militar, y que obtuvo prestigio como conquistador de nuevos territorios. Sin duda alguna, fue la guerra la que le aportó más recursos. Y para ello, César necesitaba del apoyo gaditano, y en concreto del apoyo de Lucio Cornelio Balbo: él disponía de dinero, de barcos y de los conocimientos marítimos atesorados en Gadir durante siglos, que permitía controlar los detalles de las rutas de navegación atlánticas, los puntos de aprovisionamiento, las circunstancias de cada comunidad importante asentada en las costas de Portugal y Galicia. Así, nombró a Balbo praefectus fabrum (oficial del cuerpo de ingenieros), como más tarde haría en su conquista de las Galias, y con la flota y los medios que el gaditano puso a su disposición, y la legitimación que le daba el propósito de acabar con el bandolerismo lusitano, consiguió un éxito rotundo.

Resulta difícil calibrar hasta dónde llegaría la amistad entre César y Balbo, o sea, dónde acababa el sentimiento de afecto y dónde comenzaba el de conveniencia. Eran dos personajes ambiciosos, inteligentes y con las ideas muy claras de lo que tendría que ser el futuro. Sea como fuere, ambos se beneficiaron mutuamente de las habilidades de cada uno. César no dudó en reclutar a Balbo y llevárselo a Roma en 60 a. C. El romano tenía la firme intención de obtener el consulado. El gaditano, que no contaba aún cuarenta años, pretendía ampliar sus relaciones sociales y el radio de acción de sus negocios.

Estatua de Julio César en Rimini.
Estatua de Julio César en Rimini.

En 59 a. C., César obtuvo la suprema magistratura y el gobierno de la Galia. Ese año tuvo que ser frenético para Balbo. Se estaba fraguando el Primer Triunvirato, y él actuó como relaciones públicas de César y mediador a la hora de conciliar los intereses de su patrón con los de los otros triunviros: Pompeyo y Craso. También intentó obtener el apoyo de Cicerón a la causa. Al año siguiente, acompañó a César a la conquista de la Galia Céltica, otra vez desempeñando el cargo de praefectus fabrum. No se quedaría allí mucho tiempo: tendría que regresar a Roma para controlar a los rivales de su jefe y para gestionar sus intereses económicos en la capital.

Entre 56-50 a. C. se reveló que César no habría podido elegir mejor colaborador que Balbo: en esos seis años, en tanto el general sometía a los galos, el magnate gaditano tuvo que afrontar un proceso judicial por usurpación de ciudadanía (probablemente instigado por sus enemigos en la propia Cádiz, y del que salió absuelto gracias a la defensa de Cicerón), organizó la Conferencia de Lucca, en la que los triunviros se repartieron el Imperio en áreas de influencia y, en todo momento se dedicó a reforzar e incrementar los apoyos de César en Italia, a riesgo incluso de su integridad física en situaciones de mucha tirantez política. La situación no era fácil y Balbo desplegó la habilidad suficiente como para ser amigo de todos y enemigo de ninguno al mismo tiempo. Y en todo momento siempre priorizó los intereses de su principal aliado.

De este modo llegamos al año 49 a. C., en que la acumulación de conflictos y tensiones desembocó en la cruenta guerra civil que, a la postre, daría todo el poder a César. Dos colosos del ámbito político-militar, César y Pompeyo, se enfrentaron en una lucha definitiva para determinar qué facción gobernaría, sin oposición, el mundo romano. Aquí Balbo tuvo que abandonar su apariencia de neutralidad y defender abiertamente al bando cesariano. Su sobrino, Cornelio Balbo el Menor, de veintisiete años, educado en Roma bajo el amparo de su tío y hombre de acción, acompañaría a César en su persecución de Pompeyo por las provincias orientales y luego en su segunda contienda en la península ibérica. Balbo el Menor actuó como espía y diplomático. Su demostrada lealtad le granjería más tarde el apoyo de Octaviano.

Islote de Sancti Petri (San Fernando)

El primer episodio importante de la guerra civil tuvo lugar en tierras hispanas, en el año 49 a. C. Dentro del conjunto peninsular, uno de los focos calientes estuvo localizado en el ámbito del estrecho de Gibraltar, una zona donde César nunca había logrado calar y que, desde la Guerra de Sertorio, se mantenía afecta a Pompeyo. No en vano, en Carteia se encontraba la base de operaciones de la flota pompeyana. La victoria cesariana marcaría el inicio de un proceso de decadencia de Carteia, que se acentuaría durante el mandato de Octavio Augusto, período en que hubo de sufrir la competencia de una colonia fundada hacia 28 a. C.: Iulia Traducta. Sobre este proceso, véase el interesante artículo de Salvador Bravo Jiménez, «Carteia en el siglo I a.C. Las guerras civiles», Descubrir la Historia 19 (2019).

Por el contrario, Gades se vio bastante favorecida por la inicial derrota pompeyana. La ciudad había defendido a ultranza a César, lo que sumado al apoyo recibido por el clan de los Balbo desde años atrás, se tradujo en la concesión de la ciudadanía romana a todos los habitantes de Cádiz. Tres años más tarde, en 46 a. C., los aliados de Pompeyo se rebelaron en la Hispania Ulterior, y de nuevo César hubo de combatir en el sur de la península. Cádiz volvió a apoyarle. Hoy día se continúa discutiendo si la concesión del estatuto de municipio de ciudadanos romanos, con todos los privilegios (especialmente los comerciales) que la distinción conllevaba, aconteció con César o con Augusto. A la espera de que el debate se resuelva, solo podemos afirmar que Gades se integró con pleno derecho, en la segunda mitad del siglo I a. C., en las estructuras político-administrativas del mundo romano.

Teatro romano de Cádiz.

Balbo el Mayor nunca volvería a Cádiz. Desde Roma actuaba como su patrón. Sería su sobrino quien tomaría las riendas, in situ, de los asuntos gaditanos. Y además lo haría con intensidad, tal vez demasiada, pues allí actuó como una especie de reyezuelo, déspota y corrupto, con la connivencia de Roma. El Mayor, por su parte, después de la muerte de César acontecida en 44 a. C., se dispuso a afrontar la nueva situación política, la del Segundo Triunvirato, de la forma en que mejor sabía hacerlo: con discreción, oportunismo y habilidad. Fiel al recuerdo de César, o quizás guiado por ese fino olfato que detectaba a los triunfadores, Balbo se inclinaría por Octaviano frente a Marco Antonio. Al futuro primer emperador de los romanos, le ayudó con consejos y, sobre todo con dinero. Gracias a ello, en 40 a. C. obtuvo el consulado y, con ello, el rango senatorial. Tras el ejercicio del cargo, decidió retirarse a la vida privada, en Roma, y dedicarse a la administración de sus negocios y a la literatura. Inmensamente rico, al morir, en una fecha incierta, legó 100 sestercios a cada ciudadano de la capital (lo que suponía un montante de unos 25 millones de sestercios, una auténtica fortuna). A los gaditanos, sin embargo, no les dejó nada.

Recapitulando, la Historia de Cádiz cambió con el proceso que culminó en la concesión del estatuto de municipio romano. A partir de aquí, Gades se convertiría en la puerta del comercio atlántico del Imperio. Pero las novedades para la ciudad no fueron solo económicas, sino, sobre todo, culturales. Con Cornelio Balbo el Menor, el núcleo urbano comenzará a expandirse y a adoptar los patrones urbanísticos romanos: un teatro, un anfiteatro, un acueducto, edificios públicos, nuevos templos, la conexión con la red de calzadas de la península, un puerto comercial en tierra firme, en el entorno de lo que hoy es El Puerto de Santa María (Portus Gaditanus), entre otros. Asimismo, en su seno creció enormemente el número de equites (la segunda aristocracia del mundo romano), que según Estrabón (III, 5, 3) alcanzó la cifra de quinientos. En pocas palabras, empezó a romanizarse.

1. Julio César ante la estatua de Alejandro en el templo de Hércules de Cádiz. Por José Morillo Ferradas (1894), expuesta en el Museo de Cádiz.

De manera que Gades no solo fue uno de los grandes puertos comerciales del mundo. Esa romanización, lograda por los Balbo con el apoyo primero de César (quien ya en su etapa de gobernador provincial, en 61 a. C., había contribuido a acabar con ciertas costumbres de origen semita) y luego de Octavio Augusto, permitió que los gaditanos de la época, que los provinciales béticos en general, empezaran a introducirse en las altas esferas sociopolíticas del poder central. Se iniciaba, de este modo, un proceso fundamental en la Historia del Imperio romano: la apertura de la Urbs a los conquistados. Ello explica que el primer emperador no nacido ni en Roma ni en Italia, fuera Marco Ulpio Trajano, con orígenes en la colonia sevillana de Itálica. Y todos estos cambios empezaron a gestarse cuando dos personajes ambiciosos, carismáticos e inteligentes, Julio César y Cornelio Balbo el Mayor, coincidieron (y conectaron) en Cádiz, en algún momento del año 68 a. C.  

Para saber más

—Ferreiro López, M. (2008). «Cádiz en el tiempo de César y los Balbo. La ordenación territorial en la Bahía de Cádiz a finales de la República», Revista Atlántico-Mediterránea de Prehistoria y Arqueología Social, 10, pp. 309-324. Monográfico dedicado a Geoarqueología y proceso histórico en la Bahía de Cádiz.

—Guzmán Armario, F. J. (2018). «El descubrimiento del Océano Atlántico por Roma. Una perspectiva metodológica», Bajo Guadalquivir y Mundos Atlánticos, 1, pp. 155-172.

—López Amador, J. J. y Pérez Fernández, E. (2013). El puerto gaditano de Balbo. El Puerto de Santa María, Cádiz. El Puerto de Santa María: El Boletín Ediciones.

—Rodríguez Neila, J. F. (1992). Confidentes de César. Los Balbos de Cádiz. Madrid: Sílex.

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Acerca del autor

Francisco Javier Guzmán Armario

Francisco Javier Guzmán Armario

Doctor en Historia Antigua por la Universidad de Cádiz, en la que imparte Historia Antigua desde 1994 y es profesor titular. Su especialidad son las fuentes literarias latinas del Bajo Imperio. También ha dedicado estudios a la ciudad de Cádiz en época romana.

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