Revolución Industrial (I): ¿Por qué surgió en Gran Bretaña?

Iniciamos una serie de artículos referidos al proceso de industrialización europeo y norteamericano, en los que trataremos de responder sucesivamente a varias preguntas. En primer lugar, ¿por qué surgió en Gran Bretaña? En segundo lugar, ¿por qué EEUU y Alemania la superaron industrialmente a comienzos del siglo XX? Y en tercer lugar, ¿por qué ese proceso fracasó en una primera etapa en países como Rusia o España?

Según define Wikipedia, la conocida enciclopedia de Internet, la Revolución Industrial —concepto utilizado por primera vez por Engels en 1845 en La situación de la clase obrera en Inglaterra— fue «el proceso de transformación económica, social y tecnológica que se inició en la segunda mitad del siglo XVIII en el Reino de Gran Bretaña, que se extendió unas décadas después a gran parte de Europa occidental y América Anglosajona, y que concluyó entre 1820 y 1840. Durante este periodo se vivió el mayor conjunto de transformaciones económicas, tecnológicas y sociales de la historia de la humanidad desde el Neolítico, que vio el paso desde una economía rural basada fundamentalmente en la agricultura y el comercio a una economía de carácter urbano, industrializada y mecanizada».

Podemos decir sin ningún rubor que se trata de una definición impecable. Breve a la vez que precisa. Pero ¿por qué precisamente comenzó en Gran Bretaña en la segunda mitad del s. XVIII y no en otros países? No parece convincente una explicación que lo atribuya al hecho de que los ingleses estuvieran dotados de una inteligencia o de una capacidad superior al resto de europeos. Por lo tanto, habrá que indagar en otros factores que lo expliquen. Factores de tipo político, económico, social, etc., que son los que suele tomar en consideración la Historia.

Políticamente hay un hecho determinante que tiene que ver con lo que Historiografía conoce como la «excepción inglesa» en el marco del Antiguo Régimen en Europa. Efectivamente, que Inglaterra fuera el primer país de Europa (ya en el siglo XVII, por lo tanto un siglo antes de la Revolución Francesa de 1789) donde se instauró un sistema de monarquía parlamentaria, en el que un Parlamento desarrollaba una función limitativa del poder regio, significaba, en otras palabras, que la burguesía, esa capa superior del tercer estado o estado llano, enriquecida por el comercio y por la manufactura, se había hecho —junto con un sector de la nobleza aburguesada o gentry— con las riendas del poder del Estado y desde el Parlamento —Cámara de los Comunes— podía adoptar diferentes medidas legislativas para favorecer sus intereses económicos, comerciales y empresariales. Frente a otros países de monarquía absoluta, donde las fuerzas del Antiguo Régimen seguían monopolizando los cargos políticos y bloqueando las medidas de reforma que planteaban los ilustrados, en Inglaterra era la propia capa superior del estado llano, la burguesía —con el apoyo de la gentry o nobleza aburguesada—, la que desde el control de la institución parlamentaria podía plantear iniciativas legislativas en su propio favor.

Un siglo antes de la Revolución Francesa, Inglaterra conoció un sistema de monarquía parlamentaria que representaba el ascenso al poder político de la burguesía en alianza con la nobleza aburguesada o gentry

Este dominio político de la burguesía y su interés por los negocios, es decir, por aumentar sus ganancias mediante la venta de mercancías, tanto en los mercados locales, como en los mercados internacionales, supuso un impulso de la producción a todos los niveles, y al servicio de este objetivo los científicos, ingenieros y técnicos, pusieron en marcha todo tipo de mejoras técnicas e inventos que se pudieron implantar en los procesos productivos y permitieron multiplicar su capacidad mediante el uso de nuevas máquinas.

Para poder favorecer el comercio, y consecuentemente la producción, Inglaterra tenía dos ventajas. Internamente, como consecuencia del propio dominio político de la burguesía, habían ido desapareciendo las aduanas interiores, que eran vestigios de épocas feudales muy tempranamente superadas en Inglaterra en relación con otros países europeos como Francia. Esta ausencia de aduanas interiores permitía una unidad o integración del mercado interno, que frente a la desagregación feudal persistente en otros países, contribuyó a la expansión del mercado, desarrollándose una importante red de carreteras y canales, que se unía al hecho de que los centros urbanos más importantes no estaban lejos de la costa, lo que permitía también el comercio marítimo entre ellos en combinación con el terrestre.

Además, el aumento de la población a causa de la mejora alimenticia como consecuencia de la introducción del sistema de rotación continua de la tierra —primero el de tres hojas sin barbecho y posteriormente del sistema Norfolk,de rotación continua de cuatro hojas sin barbecho—, favorecieron también el aumento de la demanda interna y de la producción agrícola y manufacturera, así como el desarrollo de capas sociales de propietarios en el campo y en la ciudad con un importante poder adquisitivo.

A todo ello se unía el poderío naval inglés, que junto con Holanda, había ido desplazando en el dominio de los mares a las viejas potencias marítimas: Portugal y la Monarquía Hispana. Lo que le permitía controlar un gran imperio colonial que también era una importante fuente de intercambio comercial. Además, toda una serie de medidas proteccionistas adoptadas por el Parlamento (al servicio de la burguesía) favorecieron la expansión de la flota británica, pues se reservaba obligatoriamente a los barcos ingleses el tráfico de mercancías en los puertos británicos (Navigation Acts de 1651) y posteriormente (1701) se prohibió la venta en el país de tejidos de algodón procedentes de la India, aunque sí se podían reexportar a otros países, lo que contribuyó a la acumulación de inmensas ganancias comerciales que fueron la base para la inversión en la manufactura y el desarrollo del sector textil de algodón, uno de los motores de la industrialización.

Recordemos que sobre todos estos aspectos, y en absoluta contradicción con las medidas claramente proteccionistas adoptadas por el Parlamento, reflexionó el pensador escocés precursor del liberalismo económico, Adam Smith, en su teoría de la especialización internacional (o de las ventajas comparativas), que consagraba a Inglaterra el papel de suministrador de paños en el comercio internacional y demandante de materias primas o productos de menor elaboración industrial. En su esquema ponía como ejemplo el intercambio entre los paños británicos y el vino de Oporto portugués, favorable, según su teoría, para los dos países, pero que, bajo ese manto teórico bien construido, reservaba el desarrollo industrial —como productor de paños— para Inglaterra.

Vamos a ver a continuación en sucesivos epígrafes cómo se produjeron las transformaciones económicas y sociales que sentaron las bases de la Primera Revolución Industrial en Gran Bretaña. Empezaremos por las transformaciones agrarias y los cambios demográficos —que para el historiador norteamericano de la economía, Rostow (1916-2003), eran una precondición para el despegue industrial—, para pasar a estudiar a continuación los sectores industriales punteros y los cambios en el transporte y el comercio.

Las transformaciones agrarias

Analizaremos los cambios en los sistemas de cultivo y en la estructura de la propiedad de la tierra que se produjeron en Inglaterra en el siglo XVIII y las consecuencias que todo ello tuvo para impulsar la producción agropecuaria (agricultura y ganadería).

  • Sistemas de cultivo. En la agricultura se habían ido abandonando los sistemas de rotación bienal y trienal que dejaban una parte del terreno en barbecho (la mitad en el primer caso y la tercera parte en el segundo), para evolucionar a un sistema de rotación continua que no dejaba ninguna parte en barbecho, por lo tanto había más terreno productivo. En un principio el sistema más extendido fue el de rotación trienal continua (trigo, patatas y forraje para el ganado), pero posteriormente se fue difundiendo el sistema de rotación cuatrienal continua (trigo, nabos, cebada y trébol), también llamado Norfolk por el lugar donde implantó por primera vez en 1730. Este sistema, además de permitir la mejora en la productividad del terreno, favoreció el desarrollo de la ganadería, que aportaba proteína de origen animal a la dieta alimenticia (carne, leche y derivados). Además, el estiércol del ganado, permitía abonar la tierra y hacerla más productiva. Así, la consecuencia de todo ello, fue una agricultura y una ganadería más productiva y una mejora generalizada de la dieta alimenticia. Progresivamente se fueron introduciendo otras mejoras técnicas como los fertilizantes, la selección de semillas, etc. También se produjeron importantes inventos que dieron lugar a nuevas máquinas, como la sembradora de Jethro Tull, que con dos personas era capaz de realizar el trabajo de 70, aunque la generalización de su empleo tardó en extenderse. Para ello fue necesario que se diera, además, una profunda transformación en la estructura de propiedad de la tierra.
Sistema Norfolk
  • La estructura de la propiedad de la tierra.- Todos los avances en los sistemas de cultivo y las innovaciones técnicas descritas en el apartado anterior pudieron finalmente generalizarse en la agricultura gracias al profundo cambio en la estructura de la propiedad de la tierra que se produjo en Inglaterra en el siglo XVIII. La burguesía, con el apoyo de sectores de la nobleza aburguesada o gentry, fue aprobando en el Parlamento las denominadas Leyes de Cercamiento (Enclosure Acts). Estas leyes obligaban a cercar las tierras agrícolas, pero para ello era imprescindible acreditar la propiedad sobre las mismas. Muchos campesinos venían usando durante generaciones tierras comunales cuya propiedad no podían acreditar. Y en las parcelas de uso privado, cuya propiedad sí podían acreditar, no podían realizar el desembolso económico que implicaba su cercamiento. Así que, por una parte, se vieron obligados a vender las tierras de las que eran propietarios, y por otra parte, nobles y burgueses, con la complicidad de las autoridades municipales, registradores, abogados, etc., pudieron acreditar —no pocas veces de forma fraudulenta— títulos de propiedad supuestamente hereditarios sobre tierras que habían sido utilizadas ancestralmente de forma comunal. El resultado fue la progresiva concentración de la tierra en grandes propiedades.
Enclosures Acts

Estos grandes propietarios agrícolas iban a generalizar el uso de los nuevos sistemas de cultivo (Norfolk) y la incorporación de los avances técnicos: fertilizantes, selección de semillas, y empleo de maquinaria agrícola, que iba a acabar desplazando a la mano de obra campesina, que tras vender o ser expulsada de sus tierras, se tuvieron que convertir en jornaleros (obreros agrícolas) al servicio de los grandes propietarios. En 1820 sólo un 3% de las tierras cultivables estaban sin cercar (E. Gutiérrez, 1984).

Los cambios demográficos

Las consecuencias sociales de las transformaciones agrarias en la Inglaterra del siglo XVIII fueron muy importantes. La generalización de los nuevos sistemas de cultivo permitió que se enriqueciera la dieta alimenticia. Se incrementó notablemente la producción agrícola, pero sobre todo, la ganadera, que mejoró la dieta mediante el aporte de proteínas: carne, leche y derivados. Todo ello iba a producir unos significativos efectos demográficos.

Pese a las ideas librecambistas defendidas por Adam Smith, Inglaterra estableció medidas fuertemente proteccionistas de su mercado nacional

La mejora alimenticia, unido a una mejora en la higiene, el acceso al agua potable, el uso del jabón, la extensión de los sistemas de alcantarillado, el uso de ropa interior de algodón, etc. favorecieron que en Inglaterra se empezara a producir el inicio de la transición demográfica, La tasa de natalidad se mantuvo en niveles muy elevados a lo largo de todo el siglo XVIII, entre 35 y 40%o (es decir, de 35 a 40 nacimientos por cada 1.000 habitantes) y la tasa de mortalidad que se habían mantenido en niveles similares hasta mediados del siglo XVIII comenzó a descender progresivamente hasta alcanzar a finales de siglo una cifra del 27%o (es decir, 27 defunciones por cada 1.000 habitantes) lo que permitió un importante crecimiento demográfico (natalidad – mortalidad = crecimiento de la población), pasando la población desde unos 5 millones a mediados del siglo XVIII, hasta alcanzar los 9 millones en 1800. La tasa de mortalidad siguió descendiendo a lo largo de todo el siglo XIX, mientras que la de natalidad sólo empezó a descender en el último cuarto del siglo XIX. El resultado fue que la población inglesa alcanzó los 18 millones de habitantes en 1851 y los 37 millones en 1900. Este fenómeno es conocido como la transición demográfica desde un régimen demográfico tradicional a uno moderno (ver gráfico adjunto).

Transición demográfica

La combinación de todos los elementos descritos en este apartado: mejora de los sistemas de cultivo, cambios en la estructura de la propiedad agraria, introducción de maquinaria agrícola y crecimiento de la población, crearon las condiciones para que una ingente masa creciente de población campesina ya no pudiera emplearse en la agricultura y acabara emigrando a las ciudades para buscar trabajo en las nuevas fábricas donde se desarrollaba la industria moderna. Constituyéndose así esa nueva capa social de asalariados urbanos conocida como proletariado industrial.

La producción industrial

  • Del taller a la fábrica. Para eludir la rígida reglamentación gremial que regía en las ciudades, los comerciantes, que necesitaban aumentar la producción para aumentar sus ventas en los mercados interiores y exteriores, promovieron el sistema de trabajo a domicilio (domestic system y out putting system) en las zonas rurales, principalmente para las labores de hilado y tejido. Les facilitaban a los campesinos la materia prima y cierta maquinaria de dimensión reducida y, tras pagarles por su labor, les recogían la mercancía producida que vendían en el mercado. La intensificación de la demanda llevó a algunos de estos comerciantes a establecer centros de producción de mayor tamaño, inicialmente también fuera de las ciudades para eludir la reglamentación gremial, donde poder albergar máquinas y contratar la mano de obra de forma permanente.

Si en un taller artesanal el artesano era capaz de controlar todo el proceso de su trabajo de principio a fin. En los nuevos establecimientos, el trabajo se dividía en tareas elementales y repetitivas que no requerían gran cualificación. El trabajador se iría convirtiendo progresivamente en un engranaje del proceso productivo. Todo ello hacía que la producción fuera más rápida y más barata por unidad de producto. El taller tradicional no iba a poder competir con estos nuevos establecimientos dotados de maquinaria que lograban incrementar la productividad y abaratar el coste del producto. Progresivamente el sistema fabril (factory system) iría desplazando al taller artesanal que acabará extinguiéndose o quedando reducido a sectores muy específicos (orfebres, reparación de calzado, curtidores, etc.).

  • Sectores pioneros. Si el desarrollo de la agricultura y la ganadería habían permitido mejorar la dieta alimenticia de la población, la otra gran necesidad vital imprescindible de cubrir era la de vestimenta (ropa). Iba a ser por tanto en torno a la demanda creciente de ropa que se iba a desarrollar el sector textil como el gran sector pionero de la industrialización, el que iba a permitir dar el salto del taller a la fábrica mediante la introducción de los nuevos avances técnicos y de maquinaria, como la lanzadera volante (1733), que permitía tejer piezas más grandes en menos tiempo; o las máquinas de hilar que se fueron sucesivamente inventando e implantando: spinning Jenny (1764), water frame (1767) y mule Jenny (1779); que concluyeron con la mecanización de todo el proceso con el telar mecánico (1785).
Telar en 1835

Para optimizar el funcionamiento de estas máquinas hiladoras y tejedoras, fue fundamental el invento de la máquina de vapor por James Watt (1769) —de cuyo apellido deriva el término vatio o watt, en inglés, como unidad de energía— y el uso del carbón como principal fuente de energía. La incorporación de las nuevas máquinas para la producción textil, pero también para las tareas agrícolas, favoreció la demanda de hierro fundido y contribuyó a que se desarrollara la industria siderúrgica. El poder calorífico del carbón de hulla (y especialmente tras su transformación en coque), que fue desplazando al carbón vegetal, favoreció el desarrollo de los altos hornos para la producción de hierro de más calidad, altos hornos que solían emplazarse cerca de las minas de carbón. El desarrollo de la red ferroviaria en las décadas posteriores supuso un nuevo impulso para la industria siderúrgica. Podemos hablar pues de una tríada de la Primera Revolución Industrial formada por el algodón (industria textil), el hierro (industria siderúrgica) y el carbón mineral como fuente de energía. A mediados del siglo XIX, Inglaterra producía más de la mitad del algodón, del hierro y del carbón del mercado mundial.

Los transportes, el comercio y las finanzas (el capital)

Las comunicaciones conocieron un gran salto cualitativo por la aplicación del invento de la máquina de vapor al transporte terrestre (ferrocarril) y al marítimo (barco de vapor). La primera locomotora de vapor (diseñada por Stephenson en 1814) dio paso a la construcción de la primera línea de ferrocarril entre Liverpool y Manchester (1829), que unía dos importantes núcleos industriales, y que se dedicaba, tanto al transporte de mercancías, como al de pasajeros.

Locomotora de Stephenson, inicios s. XIX

El desarrollo de la red ferroviaria en esta etapa se convirtió en el principal motor de la industrialización, impulsando la industria siderúrgica. Además, para financiar su construcción, se crearon numerosas sociedades de inversión, donde capitales acumulados en la industria y el comercio, se trataban de rentabilizar en la construcción del ferrocarril. El desarrollo del barco de vapor (por Robert Fulton en1807) fue más lento, hasta que aparecieron los barcos de hélice que redujeron significativamente la duración de las travesías transatlánticas. Los nuevos transportes permitieron el desarrollo del comercio de larga distancia (exportaciones e importaciones) y también la integración de los mercados nacionales mediante las redes ferroviarias y fluviales.

Las grandes plantas siderúrgicas, las de fabricación de maquinaria y de medios de transporte (ferrocarriles y construcción naval) exigían grandes inversiones que ya no podían ser acometidas por empresas de carácter familiar. Se necesitaba una cuantiosa financiación para lo que se crearon las sociedades mercantiles dividiendo el capital de las empresas en participaciones llamadas acciones. Además había otras fuentes de financiación como la que aportaban directamente los bancos (créditos) que, a su vez, eran los encargados de colocar las participaciones o acciones entre sus clientes. No obstante, para la compra y venta de las participaciones o acciones se crearon las Bolsas de valores, donde las acciones cotizaban a un valor o precio de mercado en función de la demanda. Igualmente, para favorecer la circulación de las mercancías se generalizó el uso de instrumentos de pago como los cheques, las letras de cambio, los pagarés, etc. que permitían el pago aplazado de las compras. Podríamos sintetizar el contenido de este apartado diciendo que el desarrollo del capitalismo industrial dio paso al desarrollo de un capitalismo financiero.

La difusión de la Revolución Industrial por Europa y EEUU

Para la difusión de la industrialización por Europa y Norteamérica, además de influir en su mayor o menor intensidad la proximidad geográfica con Inglaterra, también hay que tener en cuenta la importancia determinante de contar con un régimen político –salvo alguna excepción- de tipo liberal dirigido por la burguesía. Enumeramos a continuación los países más relevantes en el siglo XIX, señalando si su industrialización fue temprana o tardía, e indicando alguna circunstancia de importancia que favoreció o perjudicó su industrialización (para ver mapa de difusión de la Revolución Industrial pinchar aquí).

Países de industrialización temprana:

  • Bélgica. Fue el primer país europeo industrializado tras Gran Bretaña. La industrialización recibió un gran impulso después del proceso de independencia de Holanda de 1830-39. Habría que señalar la importancia de la tradición pañera de Flandes que se remontaba a la Edad Media y la gran cantidad de carbón y hierro existente en el subsuelo, que le convirtió en un importante suministrador de hierro a Alemania.
  • Francia. En este caso se produjo lo que podríamos llamar una paradoja histórica. Pues si bien la Revolución Francesa llevó a la burguesía al poder político, la expropiación revolucionaria que se realizó en el campo, con la incautación y reparto entre los campesinos de los latifundios de la Iglesia y de la nobleza, mediante lotes de tierras de mediano tamaño, dificultó la capacidad de inversión en maquinaria, ralentizando relativamente el desarrollo industrial. También fue muy perjudicial la política de bloqueo continental contra Reino Unido decretada por Napoleón Bonaparte (E. Gutiérrez op. cit.). Aunque sí se produjo un importante desarrollo industrial en el norte, junto a la frontera belga (Lille) y en el este (Alsacia y Lorena), además de en las zonas cercanas a las grandes aglomeraciones urbanas de París o Lyon. El gran impulso industrializador llegó tras la revolución de 1830 y, sobre todo, tras la de 1848 y la posterior época de Napoleón III.
  • Alemania. Constituye una excepción política, pues se impuso la denominada —y controvertida— «vía prusiana» que no se basó en un sistema político liberal, sino más bien en un sistema de fuertes rasgos autoritarios y con una gran presencia política de la aristocracia terrateniente prusiana de los junkers. Prusia salió muy beneficiada del Congreso de Viena (1815) —el de la Restauración, tras la derrota de Napoleón—, ya que se le asignaron territorios alejados en el oeste de la Confederación Germánica, como Renania y Westfalia, próximos a Bélgica y también muy ricos en carbón y hierro. Contaba también con importantes regiones mineras en el este (Silesia) que complementaban la economía agraria latifundista prusiana. En 1834 se estableció una Unión Aduanera (Zollverein) en la Confederación Alemana de la que quedó excluida Austria y que con el desarrollo del ferrocarril impulsó el intercambio económico que favoreció el crecimiento industrial. Tras el fracaso en 1848 del proyecto liberal revolucionario de unificación alemana, se impuso la «vía prusiana» de unificación de carácter autoritario. Y una vez realizada la unificación, Alemania acabó liderando en Europa (junto a Norteamérica) lo que se conoce como Segunda Revolución Industrial, logrando superar a Gran Bretaña a principios del siglo XX.
  • Estados Unidos. El desarrollo económico norteamericano se fundamentó en la combinación de tres áreas de diferencias muy marcadas: el noreste industrializado; el sur basado en la agricultura esclavista de latifundio (algodón, tabaco, etc.); y, finalmente, las praderas cerealistas del interior ganadas en la expansión hacia el oeste. La victoria del norte industrial contra el sur latifundista y esclavista, abrió el paso a un enorme desarrollo industrial en el que el despliegue del ferrocarril para unir la costa este con la costa oeste bajo la empresa Unión Pacific supuso una palanca fundamental. La mecanización de la agricultura del cereal en las grades praderas situadas en el centro del país, también supuso un impulso industrializador, además de generar una agricultura altamente productiva con una gran capacidad exportadora.

Países de industrialización tardía:

  • Rusia. La monarquía autocrática zarista mantuvo el régimen de servidumbre feudal hasta 1861, lo que supuso un importante atraso agrario incapaz de tirar de la industria. Fue el estado zarista el que impulsó una cierta industrialización con los pedidos militares (armada) y el ferrocarril transiberiano, pero se hizo sobre la base de acudir al capital extranjero y gravando a los campesinos arruinados hasta el límite de sus posibilidades, lo que contribuyó al estancamiento de la agricultura, no pudiendo actuar como dinamizador del proceso de industrialización.
  • Italia. Conocía importantes contrastes regionales. En el norte se dio un cierto desarrollo industrial, bajo el marco político de la monarquía parlamentaria de Piamonte-Cerdeña impulsora de la unidad de Italia. Se conformaron importantes focos de desarrollo industrial en torno a ciudades como Turín y Milán. El resto de la Península, en particular el sur, conocerá un gran atraso, basado en una economía agraria latifundista.
  • España. Pese a las desamortizaciones agrarias, la economía agraria latifundista con mano de obra barata y abundante, no tuvo estímulo para mecanizarse y tirar de la industria. La industria se concentró en Cataluña (textil), y País Vasco (siderurgia), con la aportación carbonífera de Asturias. Durante todo el siglo XIX se dieron grandes dificultades para desplegar una política liberal progresista que desplazara del poder a la aristocracia terrateniente.
  • Austria-Hungría. Se mantuvo la servidumbre feudal hasta las revoluciones de 1848. Fue excluida por Prusia, primero de Zollverein (Unión Aduanera), y luego de la unidad alemana. La existencia de múltiples conflictos nacionalistas centrífugos en su seno actuó como freno a la conformación de un verdadero mercado nacional.

La mejora de la dieta alimenticia hizo descender la mortalidad y, al mantenerse alta la natalidad, se produjo un incremento importante de la población

Siguiendo el planteamiento que enunciábamos más arriba del historiador norteamericano Rostow, lo que van a tener en común los países de industrialización tardía va a ser el papel de la agricultura, basada en el latifundio y la existencia de mano de obra barata y abundante, que no incentivaba para invertir en maquinaria para el campo y no le permitió, por tanto, desempeñar el papel clave que tuvo en Gran Bretaña, demandando productos industriales (maquinaria, fertilizantes, bienes de consumo, etc.) y aportando enormes contingentes de mano de obra que tuvo que emigrar del campo a la ciudad para incorporarse como obreros en los nuevos centros industriales (lo que se conoce como el proletariado). En todos ellos además, el despliegue de un sistema político liberal fue inviable (Rusia y Austria-Hungría), tardío (Italia) o sumamente dificultoso y con grandes altibajos (España). En esta primera aproximación choca el lugar de Prusia en el seno de Alemania unificada, pues reunía por un lado, muchos de los rasgos descritos para los países de industrialización tardía: agricultura basada en el latifundio y el dominio de la aristocracia terrateniente de los junkers. Pero no sólo conoció un cierto desarrollo industrial en la primera etapa de difusión de la Primera Revolución Industrial, sino que finalmente lideró la Segunda Revolución Industrial en el continente, pasando a ser la principal potencia industrial europea, por delante de Gran Bretaña. Analizar este fenómeno más complejo será el objeto de otro próximo artículo.

Conclusiones

Como hemos podido analizar en este artículo, la Primera Revolución Industrial surgió en Inglaterra a mediados del siglo XVIII, no por casualidad, sino porque se habían dado unas precondiciones de tipo político, social y económico que habían creado un escenario propicio para dar el salto desde una economía de base agraria a otra de base industrial.

En primer lugar, la lucha entre monarquía absolutista y parlamentarismo, se había saldado con el triunfo de éste último, que significaba el acceso al poder político de la burguesía, es decir, de la capa superior del tercer estado o estado llano, enriquecida por el comercio y la manufactura. Desde su control sobre la institución parlamentaria había impulsado un cambio en la estructura de la propiedad agraria a través de las Leyes de Cercamiento (Enclosure Acts) que favorecieron la concentración de la tierra en grandes propiedades, la generalización de los nuevos sistemas de cultivo más productivos (Norfolk) y la mecanización de las tareas agrarias.

Podemos hablar de una tríada de la Primera Revolución Industrial formada por el algodón, el hierro y el carbón

El resultado de todo ello fue una agricultura y una ganadería más productiva, la mejora en la alimentación humana, la caída vertiginosa de la tasa de mortalidad y el consiguiente crecimiento de la población. Pero al mismo tiempo, la mecanización y el aumento de población generaron un gran excedente de mano de obra rural que no tuvo más salida que la emigración hacia los nuevos centros fabriles que se desarrollaban junto a las ciudades. Produciéndose así el surgimiento del proletariado industrial, como nueva clase social que conocerá un importantísimo desarrollo a lo largo del siglo XIX, marcando el paso de una sociedad estamental, propia del Antiguo Régimen, a una sociedad de clases, que será una de las características del Mundo Contemporáneo.

La expropiación revolucionaria del latifundio durante la Revolución Francesa y el reparto en lotes de tamaño mediano no favoreció la mecanización, ralentizando relativamente el desarrollo industrial en Francia

El sector pionero de la Primera Revolución Industrial será el textil algodonero, su demanda creciente de maquinaria propulsada mediante el vapor producido por la combustión del carbón, contribuirá al crecimiento de la demanda de hierro, impulsando el sector de la siderurgia (altos hornos) para la fundición del hierro. En una etapa posterior, el desarrollo de los medios de transporte, ferrocarril y barcos de vapor, y la consiguiente demanda de hierro, locomotoras, vagones, barcos, etc. será el principal motor de la industrialización. La nueva producción fabril a gran escala dará lugar a la creación de sociedades mercantiles y de inversión para hacer frente a las necesidades ingentes de financiación de estas nuevas empresas. Para ello se desarrollarán las sociedades anónimas o sociedades por acciones y la Bolsa de valores, donde cotizarán las acciones de esas sociedades que se comprarán y venderán libremente. Será también el paso del capitalismo industrial al capitalismo financiero.

Para saber más

Eduardo Gutiérrez Benito (1984). La Revolución Industrial 1750-1750. Madrid: Akal.

Eduardo Gutiérrez Benito y Ángel León Conde (1984). Alemania desde La Unificación hasta 1914. Madrid: Akal.

Josefina Martínez (coordinadora) (2006). Historia Contemporánea. Valencia: Tirant lo Blanch. Valencia.

Ángeles Lario (coordinadora) (2010). Historia Contemporánea Universal (1789-1914). Madrid: Alianza Universidad.

José Maroto (2017). Historia del Mundo Contemporáneo. Barcelona: Casals.

Eric Hobsbawm (2003). La era de la revolución (1789-1848). Barcelona: Crítica.

Carlo M. Cipolla (2002). Historia Económica de la Europa preindustrial. Barcelona: Crítica.

William Barber (1980). Historia del Pensamiento Económico. Madrid: Alianza Universidad.

Xabier Arrizabalo (2014). Capitalismo y Economía Mundial. Madrid: IME.

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Acerca del autor

Jesús de Blas Ortega

Jesús de Blas Ortega

Doctor en Ciencias Económicas y profesor de Secundaria de Geografía e Historia.

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