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Malditos vecinos. Ucrania y Rusia: tensiones del pasado

La enemistad que mantienen Rusia y Ucrania, agravada con el estallido de la guerra en el este de Ucrania en 2014, se ha de entender desde un análisis histórico. El indudable peso de la geopolítica no debe minimizar el componente étnico y cultural que opera en esta cuestión. Tras más de mil años de influencia rusa en la zona, las fronteras artificiales del siglo XX se han demostrado frágiles para delimitar nacionalidades.

Todo comienza con la fundación del primer Estado eslavo: el Rus de Kiev. Establecido en el año 882 por Oleg de Nóvgorod, tanto rusos como ucranianos consideran a esta entidad política el origen de sus actuales naciones. Los habitantes del Rus de Kiev compartían una misma lengua y eran fieles a la Iglesia ortodoxa. La identidad eslava ya tenía su propio Estado.

Mapa de Juan Pérez Ventura.

Pese a la inestabilidad interna del Rus (una confederación de pequeños principados que sufrió hasta 83 guerras civiles), el gran problema vino de fuera. En el año 1220 llegaron noticias de que unos bárbaros montados a caballo habían sometido a todos los pueblos de Asia Central. Los príncipes del Rus de Kiev unieron sus fuerzas y se reunieron en el río Kalka en mayo de 1223, para contener a aquellos jinetes. Los invasores asiáticos aplastaron a los ejércitos eslavos. Eran los mongoles, y no pretendían detener su avance.

Entre 1237 y 1240, una invasión a gran escala comandada por Batú Kan sorprendió al Rus de Kiev. Algunos príncipes, como Yuri II del Principado de Vladímir-Súzdal, trataron de oponer resistencia, pero sus cabezas acabaron en manos del kan mongol. En 1242 el Rus de Kiev desapareció como Estado independiente y se integró en una nueva realidad política: la Horda de Oro, el Estado mongol que ocupó el este de Europa durante más de 200 años.

Los mongoles impusieron un sistema de recaudación de impuestos y mantuvo a los principados eslavos como Estados vasallos. Los príncipes fueron forzados a aceptar el señorío mongol, pero no perdieron su identidad nacional. En este sentido, la invasión mongola no afectó demasiado a la cultura eslava.

En 1480, Iván III el Grande, cabeza del Principado de Moscú, se negó a seguir pagando tributos a la Horda de Oro, y el kan respondió, como buen guerrero mongol, enviando a su ejército para someter a aquel atrevido príncipe. En la batalla del río Ugra, los moscovitas vencieron a los invasores y la Horda de Oro se partió en cuatro kanatos. El Principado de Moscú se convirtió en la entidad eslava más importante de la región, y libró importantes guerras, ampliando, así, su territorio. A finales del siglo XV, los rusos comenzaron a constituirse como un grupo étnico diferenciado de los demás, e Iván el Grande fue el primero en adoptar el título de Gran Príncipe de toda Rusia. En 1547, el proyecto de Rusia como nuevo país dio un paso importante: Iván IV fue coronado como primer zar, y se fundó el Zarato ruso.

El pueblo ucraniano todavía no se había formado como nacionalidad distinguida, tras siglos sufriendo ocupaciones sucesivas. Las estepas ucranianas estaban habitadas por grupos de cosacos, una comunidad de origen turco establecida en la zona desde finales del siglo X. Su mezcla con los pueblos eslavos les otorgaba una identidad diferenciada, y sobrevivieron principalmente gracias a sus servicios militares como mercenarios para distintos estados. Los cosacos únicamente encontraron la estabilidad política bajo el llamado Hetmanato cosaco, un Estado establecido en 1649 dentro de los límites de la República de las Dos Naciones. Esta república, formada por Polonia y Lituania, pronto entró en conflicto con el Hetmanato por cuestiones religiosas (los cosacos eran ortodoxos y los polacos católicos). En 1654 el Zarato ruso hizo un movimiento estratégico al firmar el Tratado de Pereyáslav, por el que los cosacos ucranianos juraban guardar fidelidad al zar ruso a cambio de protección militar. Este tratado ha sido revisado por los historiadores y, mientras los ucranianos defienden que fue simplemente un acuerdo militar, los rusos entienden que supuso la incorporación del pueblo ucraniano al proyecto estatal ruso.

La llegada de Catalina II al trono del ya gigante país no hizo sino agrandar las dimensiones de Rusia. En 1764 la emperatriz abolió la autonomía del Hetmanato cosaco, y el territorio ucraniano se incorporó totalmente al Imperio ruso bajo el nombre de Pequeña Rusia. La victoria contra los turcos en 1774 permitió controlar la costa norte del mar Negro, la zona llamada por los rusos Nueva Rusia, y la habilidad diplomática ganó para el imperio importantes territorios de las actuales Bielorrusia, Polonia y Ucrania al repartirse con otras potencias europeas los restos de la República de las Dos Naciones. En 1783, Catalina mandó crear en el puerto de Sebastopol, en la península de Crimea, la llamada Flota del Mar Negro, una fuerza naval con la que Rusia pretendía establecer el control militar en la región.

El Imperio ruso fue la entidad política más grande del mundo durante el siglo XIX. En 1917, la revolución comunista liderada por Lenin hizo peligrar la unión de este enorme conjunto de pueblos, lenguas, culturas y etnias. Aprovechando la guerra civil que siguió a la revolución, varias nacionalidades del imperio trataron de independizarse. El pueblo ucraniano demostró aspiraciones nacionales y fundó la República Popular Ucraniana, un Estado que apenas duró cuatro años (1917-1921). A la guerra contra el ejército rojo, que pretendía devolver el control del territorio ucraniano a Moscú, se sumó una invasión alemana en 1918, en el marco de la Primera Guerra Mundial. Entre abril y diciembre de 1918, el joven país ucraniano pasó a denominarse Hetmanato (como recuerdo del histórico Estado cosaco de siglos pasados), y recibió el apoyo del Imperio austrohúngaro y de Alemania.

Con la derrota de las potencias centrales en la guerra, el Hetmanato desapareció. En ese momento, los ucranianos creyeron haberse liberado por fin de toda ocupación, y trataron de recuperar el proyecto de la República Popular Ucraniana. Sin embargo, en 1919 estalló un nuevo conflicto: la guerra polaco-soviética por el control de Ucrania, que finalizó en 1921 con los dos contendientes acordando repartirse el territorio. En el lado soviético, la región pasó a llamarse República Socialista Soviética de Ucrania (RSS de Ucrania), como una de las quince repúblicas que conformaban la Unión Soviética.

La RSS de Ucrania no tenía las fronteras que demandaban los ucranianos, y en 1954, para conmemorar los 300 años del Tratado de Pereyáslav y en un ánimo descentralizador, Moscú traspasó la península de Crimea de la RSS de Rusia a la RSS de Ucrania. Fue un movimiento extraño por parte de Nikita Kruschev, ya que únicamente el 20% de la población de Crimea era étnicamente ucraniana: la gran mayoría eran rusos, y el ruso era el idioma de la región.

El 8 de diciembre de 1991 se disolvió formalmente la Unión Soviética y se creó la Comunidad de Estados Independientes, una organización internacional que reunía a los nuevos países surgidos de la URSS y que pretendía promover las buenas relaciones entre ellos. Los nuevos gobiernos ruso y ucraniano firmaron un tratado por el que Rusia arrendaba la base naval de Sebastopol hasta el año 2042 por un precio de 100 millones de dólares anuales. Un caro negocio que, con el tiempo, se demostraría muy beneficioso para los intereses rusos.

Las conversaciones entre Ucrania y la Unión Europea entre 2012 y 2013 ilusionaron a gran parte de la población del país, que entendía como un gran progreso la posibilidad de adherirse a la comunidad europea. En el contexto de una crisis industrial por la bajada de la productividad, Rusia intervino en la escena con una propuesta que incendiaría esta esquina del mundo: prometía ayudar económicamente a Ucrania si ésta desistía de sus aspiraciones europeístas.

Cartel llamando a la votación.

El acercamiento del presidente Víktor Yanukóvich al país vecino motivó una serie de protestas contra el Gobierno, en un movimiento que duró meses y se conoció como Euromaidán, por la Plaza de la Independencia de Kiev (Maidán Nezalézhnosti) donde se reunieron miles de personas pidiendo negociar con la Unión Europea. Durante el caos político y social que siguió a las movilizaciones, el Partido de las Regiones, formación política en el poder, llegó a lanzar la propuesta de integrar el país en Rusia. Este tipo de mensajes no hicieron sino complicar el clima político, que se radicalizó a ambos lados. En un país heterogéneo étnica, lingüística y culturalmente, el nacionalismo ucraniano apareció con fuerza como una reacción antirrusa.

En la histórica región del Donbáss los habitantes de las provincias de Donetsk y Lugansk salieron a las calles protestando en contra del acercamiento a la Unión Europea. Durante estas movilizaciones, muchos ciudadanos ucranianos aparecieron portando banderas de Rusia, evidenciando la fractura política y de identidad que sufría el país.

500 kilómetros al sur del Donbáss, en la península de Crimea, la composición étnica de la población hizo mucho más sencilla la ruptura. Siendo el 84% de los habitantes rusoparlantes y el 56% de etnia rusa, en esta región hubo consenso a la hora de decidir regresar a Rusia. El 27 de febrero de 2014, varios grupos de ciudadanos armados tomaron las instituciones públicas de Crimea, sin que las autoridades opusieran ninguna resistencia. El 1 de marzo los nuevos representantes de la región solicitaron la intervención de Rusia y convocaron un referéndum para decidir el estatus político de Crimea.

Vladimir Putin respondió que «no ignoraría la petición de Crimea» y autorizó la movilización de tropas en la península. Rápidamente, el presidente de Estados Unidos Barack Obama telefoneó a Putin para aconsejarle que retirara sus tropas, y el presidente ruso le respondió que Rusia se reservaba el «derecho de proteger sus intereses y a la población rusoparlante de Crimea». En ese momento, la Flota del Mar Negro contaba en Sebastopol con 25.000 soldados, 45 buques de guerra y al menos seis submarinos. No fue muy complicado para Rusia tomar el control de la península con esa fuerza militar y con la aprobación de la propia población local.

Pese al rechazo de la comunidad internacional, el éxito de Crimea y Sebastopol inspiró a los protestantes de la provincia de Donetsk, que el 6 de abril proclamaron una república popular independiente y emitieron un comunicado dirigiéndose al propio Vladimir Putin en el que pedían una intervención de Rusia. Las manifestaciones prorrusas se extendieron por el Este de Ucrania y en varias ciudades la población ocupó comisarías de policía y edificios públicos. Había comenzado una rebelión contra el Estado ucraniano.

Tras un 2014 repleto de ataques entre el Ejército ucraniano y los separatistas, en febrero de 2015 se celebró la cumbre de Minsk II, en la que Francia, Alemania, Rusia y Ucrania firmaron un nuevo intento de alto el fuego. Más allá de algunas escaramuzas puntuales, la guerra entró en una fase de congelación. Ucrania retiró el armamento pesado de la primera línea de combate y las ofensivas cesaron.

Tras el enfriamiento de la guerra, un proceso de ucranianización ha sido desarrollado por el gobierno de Kiev, prohibiendo la importación de libros desde Rusia, obligando a retransmitir contenidos televisivos únicamente en ucraniano y excluyendo el idioma ruso del sistema educativo. En un país en el que el ruso ha sido durante siglos la lengua utilizada en la cultura popular y para hacer negocios (incluso la primera lengua en varias regiones), su persecución institucional supone un cambio histórico. Avanzando en contra de la realidad sociocultural del país, Ucrania está abordando una reconfiguración nacional con el objetivo de generar una nueva identidad alejada de la influencia rusa. Cabe preguntarse si esto es posible cuando tu vecino es precisamente Rusia.

Las fronteras son líneas dibujadas artificialmente en un mapa. La identidad de los pueblos es lo que verdaderamente configura las naciones. La cultura, la lengua, la historia, los valores, las costumbres, el carácter, la forma de ser, la forma de pensar, la forma de actuar… elementos que no se pueden delimitar en un mapa ni borrar de la realidad. ¡Cuántas veces la historia ha demostrado que no es positivo dividir a los miembros de una misma etnia con una frontera!

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Acerca del autor

Juan Pérez Ventura

Juan Pérez Ventura

Profesor de Geografía e Historia. Máster en Relaciones Internacionales. Divulgador y cartógrafo. Fundador de la página web multidisciplinar VENTURA.

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