Entrevista a Adolfo Domínguez. La Historia y Juan Griego

Adolfo Domínguez posa junto a su libro.
Adolfo Domínguez ha estado décadas escribiendo y reescribiendo una novela que la editorial Defausta ha puesto a disposición del público recientemente. Me refiero a 'Juan Griego', las vivencias de un almirante de la armada argentina en los tiempos de Videla.

En absoluto se trata de una novela convencional. Es a la vez un texto intelectual y cálido, antirromántico y emocionante, minimalista y de una ambición sin límites. Juan Griego ofrece enormes posibilidades para renovar el género de la novela histórica y en eso nos detenemos hoy. Se trata de un canto a la introspección y a la animada mirada a todo nuestro pasado. Si tenemos que compararlo con un clásico el autor menciona Memorias de Adriano de Yourcenar, intenso relato en que los pensamientos del moribundo emperador romano son mucho más importantes que sus acciones.

Para Juan Griego su pasado individual es tan importante como el Pasado con mayúsculas. En su tropel pasan Mozart y Shakespeare, Eratóstenes y Newton, Fidias y Adam Smith, los siente tan cercanos como a sus contemporáneos. «El conocimiento te deslumbra por los sentidos, el conocimiento que no te emociona no llega a ti». Así, los días de la dictadura se van alternando con recuerdos en las clases del joven Griego en el instituto del Balmes y en sus propias indagaciones intelectuales, consciente, como se dice en la novela, que «El ser humano empieza justamente ahí, / en su capacidad de conocer, / y en algunos, pocos, en su pasión por conocer»

«¡Odio el Romanticismo!» exclama en algún momento Adolfo a lo largo de la entrevista. «Es mucho más difícil llegar a amar el siglo XVIII que a los románticos, no es tan fácil encontrar la belleza en Newton. En algún momento de la novela el Cagaesmeraldas le pregunta a Juan Griego si conoce a Voltaire, y éste responde que sí, que fue el amante de Madame du Châtelet, una física y matemática genial injustamente olvidada».

El estilo de la narración está en la línea de las tesis que defiende. Adolfo Domínguez no sólo reniega del Romanticismo, sino también de la escritura barroca y abigarrada. Es claro, es conciso y se fundamenta en la máxima de sujeto, verbo y predicado. El adjetivo es un enemigo y las metáforas cuantas menos mejor. En este sentido, conviene que sepan que Juan Griego está escrito en verso. Pero no se trata de un verso intimidante, se trata de un verso al servicio de la agilidad del relato. ¿Y es que no era la agilidad acaso la esencia de la lírica primigenia?

«Conozco la historia a través de los científicos, no de los ensayistas. Todo lo que no seas capaz de llevar a ecuaciones no me interesa, el resto es retórica. Fuera de allí no veo nada. En este libro cito para desacralizarlos a Hegel, a Kant, a Nietzsche». Y es que Adolfo Domínguez no cree en el concepto de «libertad». Él cree en la física, lo que no le impide considerar a la ética como una de las mayores creaciones del ser humano en su lucha por la supervivencia. Podrá convencer o no convencer, pero el desafío que suponen sus dudas sobre ese concepto sagrado está a la altura de las grandes novelas. Las grandes novelas nunca son cómodas, Juan Griego por supuesto no lo es (cómoda, se entiende). La literatura no es un divertimento vacío para que a uno le den palmaditas en la espalda. La historia tampoco.

Manuel AlvargonzálezJuan Griego transcurre en la Argentina de Videla y a lo largo de la misma se repite con insistencia la cuestión de cómo un país que a finales de los años cuarenta del siglo XX era una de las economías con mejores perspectivas del mundo, se encontraba por los suelos política, económica y socialmente entrando la década de los ochenta. ¿Por qué este interés por el devenir histórico de Argentina?

Adolfo Domínguez—Siempre me atrajeron los procesos de cómo surgen, crecen, llegan a su cénit, declinan y caen (rise and fall), civilizaciones y países. Y no es fácil que suceda en un espacio breve de tiempo, delante de tus ojos… ¡tantos errores juntos, ni adrede! No recuerdo un caso tan llamativo. Y sobre todo, tan cercano, te dolían los ojos. La quinta provincia gallega, buena parte de mis tíos vivían allí. Y además los hechos que narro suceden entre mis 26 y 32 años. Que también fueron los años de la transición. Y ambos procesos los seguí atónito por la prensa.

MA—En la novela nos encontramos de lleno con las torturas que aplicaba la dictadura y de las que participa directamente nuestro protagonista. Aparecen personajes tan dispares como Borges, Pablo Escobar y Maradona. Llegamos a un clímax con la guerra de las Malvinas. ¿Cómo ha sido el proceso de documentación para crear los escenarios y personajes de Juan Griego?

AD—Leí los acontecimientos en prensa y ni comprobé. No hubo proceso de documentación. Aunque eran periódicos emblemáticos. Porque mi objetivo fue siempre escribir ficción, aunque pegado a la realidad, digamos, una ficción verosímil. A la manera de Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, que es una novela histórica muy peculiar. A la manera de Shakespeare, que escribía sobre hechos que habían sucedido, pero haciendo personajes con una vida interior tan intensa, que creó el hombre moderno.

MAJuan Griego, sin embargo, es mucho más que las vivencias de un oficial de la armada argentina en un momento concreto. La historia política es muy importante en el libro, pero el tratamiento que le das a la historia del conocimiento es más notable y más ambicioso. Especialmente la historia de las matemáticas y de la física. ¿Cuándo comenzaste a tener interés por estas ramas del saber, a sentir que con ellas podía explicarse el pasado?

Adolfo Domínguez posa junto a su libro.
Adolfo Domínguez posa junto a su libro.

AD—Juan Griego es el recuento de mi esfuerzo por conocer. Siempre quise entender mi vida y la vida de los que me rodean. Me sale de dentro. Al mismo tiempo fui costurero (me encanta trabajar con las manos) y empresario. Lo que te hace muy sensible a la ciencia económica y política que condicionan tanto la actividad de un emprendedor. Yo no creo que haya una sola idea original en lo que cuento. Las ideas son pocas y las compartimos muchos. En cualquier historia de la ciencia, o al menos las que yo leí; Assimov, Bertrand Russel,… o La naturaleza humana de Jesús Mosterín (en la que aprendí la biología que sé) puedes encontrar esos relatos que describen los experimentos decisivos que han cambiado nuestra manera de ver el mundo. La particularidad, si la hay, radica en el montaje, en la selección de los descubrimientos que pongo en boca del Cagaesmeraldas, el profesor de física. Son los que retumbaron en mí y sedimentaron, porque la sabiduría es justo eso, el conocimiento que se te queda adherido a la piel. Y condiciona tu imaginación (el relato) y por tanto tus actos. Mi interés despertó en la adolescencia con Darwin, al que llegué a través de Theilard de Chardin, un jesuita francés paleontólogo. Me lo dio a leer Don Ángel Parada, profesor de filosofía natural. Y de ahí, unas cosas te llevaban a otras en un proceso lento, pero sin tregua. Hasta llegar a Einstein y la física cuántica. Cuando entiendes e incluso visualizas las pocas ecuaciones esenciales que develan que todo es energía en distintos grados de concentración, no necesitas otro relato explicativo. Y, sobre todo, el método y la convicción de que el lenguaje matemático lo explica o lo explicará todo. Son las grandes respuestas a las grandes preguntas.

MA—Personalmente, uno de mis capítulos favoritos es el que dedicas a Jorge Luis Borges, cuya relación con la dictadura es uno de los episodios más polémicos de su biografía. A lo largo de dicho capítulo vas mostrando como los jóvenes le consideran un fascista cuya literatura nunca bajó a la realidad, por más que el sufriese el peronismo a un nivel personal. El autor, simpatizante de la izquierda en su juventud, llega a afirmar con desdén que el compromiso político casi siempre esconde incapacidad, y sale a colación su famosa afirmación de que la democracia es una perversión de la estadística. ¿Qué opinas de la actitud de Borges en esta época?

AD—A Borges, el pobre, no le tocó ni un buen sitio ni un buen momento para vivir. Nació en el lado equivocado del mundo. Y en esos sitios tienes que escoger entre Guatemala y «Guatepeor». No se le puede juzgar desde aquí y desde este tiempo. Yo lo considero un escritor lúcido. Los hay bien peores en nuestra historia reciente. Dar lecciones, las justas. Shakespeare es el mejor poeta y el más lúcido. Pero le tocó vivir un momento áureo. El Londres isabelino, en el que la mitad de la población eran comerciantes de Amberes que habían escapado del saqueo de su ciudad por los tercios del Duque de Alba en 1572. Y que allí se quedaron. Shakespeare en aquel Londres efervescente leyó a Maquiavelo (que desnudó el ejercicio del poder) y a Montaigne. Ni Calderón ni Lope los leyeron, y si los leyeron no se les notó. En España Felipe II prohibió (creo que también en 1572) a los estudiantes salir a estudiar a las universidades europeas. Unos pocos años después un tal Newton daba clases de física en Cambridge. Son acontecimientos que significan.

MA—Un fragmento de Juan Griego: «Me pregunto qué maleficio ha caído sobre nosotros / para que veamos a los jóvenes como mensajeros de la verdad. ¡Un delirio! / El camino de la sabiduría es intrincado y áspero, / no se sube con los cascos en los oídos. / Y no va de modas, va de ecuaciones». Creo que a lo largo del texto se respira un rechazo de la emocionalización de la política, o del Romanticismo aplicado a la misma, tan propio del ímpetu juvenil. No sé hasta qué puntos podías tener en mente los cambios drásticos que está sufriendo el panorama político actual mientras escribías. O hasta qué puntos esperabas poder ofrecer nuevas perspectivas al respecto con esta novela.

AD—La vida es frágil, y la línea que separa el éxito y el fracaso en los individuos y en las sociedades, es muy fina. De ahí el temor, y en Shakespeare es agudísimo, al desbarajuste de toda sociedad, sin excepción. Shakespeare tiene tatuado en su memoria el periodo de la guerra de las Rosas, en el que los aristócratas se exterminaron entre sí, y con ellos buena parte de los varones de Inglaterra. Ese temor, esa conciencia de la fragilidad de todo es la raíz del sentimiento conservador. La convicción de que se debe tocar lo menos posible la clave de bóveda no vaya a ser que con la clave, la bóveda entera se vaya abajo. Destruir es muy fácil, construir en cambio lleva mucho tiempo y esfuerzo. Un castillo de arena, a los pocos días, vuelve a ser arena. La segunda ley de la termodinámica, la ley de la entropía. Hay quien piensa que no estamos sujetos a las leyes de la física, ¡qué risa! Menos mal que estamos anclados a Europa, que a los españoles nos mejora claramente.

MA—Quería preguntarte también por el guion cinematográfico que insertas en la novela. Trata sobre un infiltrado en la banda terrorista ETA. En algún momento haces decir al comisario una frase que me impactó: «El escepticismo queda muy elegante, pero es un virus, la fe daba fuerza a los hombres».

AD—Sí, esa frase se la he escuchado a un comisario en el que está basado fundamentalmente ese personaje. Decía que los creyentes y los comunistas eran otra historia. Cuando tienes una creencia trascendente das la vida por ello, para ciertas cosas se necesita una fe súbita. Lo que sucede es que ese guion que lee Juan Griego acaba teniendo repercusiones directas en la novela. Lo que defiendo es que la ficción puede repercutir directamente en la realidad. Los dramas de Shakespeare son ficción, pero han sido más influyentes en la historia que muchos hechos de la realidad que han caído en el olvido y no han significado nada. La realidad es una de las variantes de la ficción.

MAJuan Griego podemos considerarla como una novela de tesis, en el que valiéndote de principios sacados de la física expones que la libertad es tan solo una ilusión, al igual que el tiempo. Así pues, no tendría mucho sentido preguntarte que se tendría que haber hecho para que la historia argentina corriese por otros derroteros, pues la respuesta sería que no se pudo haber hecho otra cosa. Pero si seguimos jugando con la física, y entramos en las teorías de los multiversos y los universos paralelos, ¿Qué pasa en una de estas realidades alternativas para que Argentina no se hunda?

AD—La teoría de los universos paralelos, de momento, no está apoyada por ningún dato empírico. Yo simplemente digo que los físicos no han encontrado en su campo el concepto de libertad. Y en cambio sí han encontrado el determinismo y el azar. Y la mayoría de entre ellos dicen que todo, todo, está sujeto a las leyes de la física. Sin excepción. O sea, que la química y la química orgánica, es decir, la vida, también. Y la vida inteligente es parte de la vida. Pero pasarán milenios o millones de años antes de que consigamos las matemáticas para explicar la vida. Tal es su complejidad. O sea, que no es un problema inmediato. Podemos seguir explicando la historia sin sobresaltos como hemos hecho hasta ahora. Y sí, si Perón no hubiese sucedido o Evita no hubiese sido una actriz tan extraordinaria, Argentina no se hubiera acalambrado con ese mito tan deslumbrante. O sea, la nariz de Cleopatra, el azar.

MA—Para terminar, me gustaría conocer los escritores y escritoras que más te gustan o qué crees que plantean una visión más original del mundo que nos rodea.

AD—Sigo viendo originales y significativos a Shakespeare, el Quijote, Juan Rulfo, Stendhal, Tolstoy, Edith Wharton. Entre los anglosajones también encuentro genial a Jane Austen, que con prosa calmada escribe en plenas guerras napoleónicas sin mencionarlas en sus novelas. Y a lo mejor añado a Dostoievski, que sólo leí una vez, pero me deslumbró. Pero hay un no sé qué que me impide releerlo. Quizás era un escritor tan arrebatado o simplemente había demasiada agua bendita. No sé… y añadiría a Freud, gran literatura, me sigue develando el nombre exacto de las cosas.

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Acerca del autor

Manuel Alvargonzález Fernández

Manuel Alvargonzález Fernández

Doctorando en Historia contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid.

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