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Las dos grandes crisis económicas de entreguerras: hiperinflación alemana y crac del 29

Chabolas en Manhattan (año 1935).
Durante el período de entreguerras se produjeron dos grandes crisis económicas cuyas consecuencias fueron dramáticas, tanto desde un punto de vista social, como político: la hiperinflación alemana, que se extendió durante los años 1922 y 1923, y el crac bursátil de 1929, que daría paso a la Gran Depresión de los años 30.

La hiperinflación alemana coincidió en el tiempo con la ocupación militar franco-belga de la cuenca del Ruhr, una de las zonas más industrializadas del continente europeo, y estuvo a punto de llevar a Alemania y a Europa a una situación crítica. Alemania fue el escenario de una escalada de acontecimientos revolucionarios que alcanzaron su apogeo en 1923 (gobiernos revolucionarios de Sajonia y Turingia) y también de la primera intentona golpista contrarrevolucionaria de las fuerzas de la extrema derecha (Hitler y Ludendorff en Munich). Los cambios políticos que se produjeron en Francia y en Reino Unido tras las elecciones de 1924, favorables al centroizquierda, así como el apoyo financiero diseñado por el norteamericano Charles Dawes, permitieron una estabilización temporal de la situación económica, social y política europea. Pero el estallido del crac bursátil en Nueva York en octubre de 1929 iba a dar paso a una década dominada por la Gran Depresión económica mundial, caldo de cultivo de una conflictividad social creciente que iba a dar paso a una radicalización política, tanto a izquierda, como a derecha. El desarrollo del fascismo y del nazismo en Europa, con su componente militarista y expansionista, iba a contribuir a precipitar el estallido de la II Guerra Mundial.

La Primera Guerra Mundial había sido la consecuencia de la rivalidad interimperialista por repartirse los mercados con el objetivo de las principales potencias de llegar a dominar la economía mundial. La devastación que se había conocido en Europa permitió a EE.UU. alcanzar un lugar preeminente como potencia hegemónica, tanto en el plano económico, como en el militar, o en el político. Pero las bases económicas y políticas sobre las que sustentaba la estabilidad europea y mundial eran muy débiles. Así, cuando se produjo el estallido de la burbuja bursátil en Nueva York, todo el edificio que se había ido construyendo con grandes dificultades durante la posguerra (Conferencia de París, Sociedad de Naciones, Conferencia de Génova, Plan Dawes, Plan Young, etc.), se vino abajo.

Vamos a analizar en este artículo estas dos grandes crisis de entreguerras, partiendo de la situación en que se encontraba el mundo tras la finalización de la Gran Guerra, con sus profundos desequilibrios económicos, monetarios y financieros.

Las dramáticas secuelas de la Gran Guerra

El resultado de la Gran Guerra iba a ser devastador para Europa. Millones de jóvenes, en su mayoría de extracción obrera y campesina, iban a morir en el frente o iban a resultar heridos, viéndose muchos de ellos mutilados para toda la vida, imposibilitados de desarrollar un trabajo civil, quedando a merced de la beneficencia. Muchas familias se verán diezmadas. Padres que perderían a sus hijos, mujeres viudas, niños huérfanos. Un enorme drama humano asolaría al territorio europeo. También en los ámbitos materiales y productivos la destrucción iba a ser enorme: infraestructuras dañadas, campos inservibles para el cultivo, fábricas paralizadas, etc. En definitiva, las economías se encontraban sumidas en la ruina. Para dificultar aún más las posibilidades de recuperación, a todo lo anterior se añadía un nivel de endeudamiento, contraído para financiar los gastos de la guerra, mediante títulos de deuda pública y préstamos internacionales, que alcanzaba unas cifras astronómicas.

Incluso los países «vencedores», como Reino Unido y Francia, se iban a encontrar confrontados a enormes deudas con su aliado norteamericano que, sin lugar a duda, iba a ser el gran beneficiado en última instancia de la enorme destrucción de Europa, a pesar de las víctimas mortales y los numerosos heridos entre las tropas enviadas a combatir al Viejo Continente. Al finalizar la Gran Guerra, la mayor parte de las reservas mundiales de oro se iban a encontrar depositadas en EE.UU. Reino Unido adeudaba a EE.UU. una cifra cercana a los 4.700 millones de dólares. Por su parte Francia debía a Reino Unido una cifra próxima a los 3.000 millones de dólares y otros 4.000 millones de dólares a EE.UU. El peso de EE. UU. en la producción mundial de manufacturas no había dejado de crecer y se acercaba a la mitad de toda la producción mundial.

Reservas de oro. Miles de millones de dólares.

Pero si la situación de los «vencedores» era así de complicada, qué decir de la situación de la Alemania derrotada, a la que en el marco de una economía igualmente colapsada por las consecuencias de la guerra se le impuso en el Tratado de Versalles el pago de unas cuantiosas reparaciones que ascendían a la cifra de 132.000 millones de marcos oro, equivalentes a unos 33.000 millones de dólares de la época que, actualizados a fecha presente, representarían unos 500.000 millones de dólares. Para hacernos una idea, equivaldría a algo menos de la mitad del PIB español actual de 1,3 billones de dólares. Una cifra descomunal.

En Alemania cundió la indignación ante las cláusulas punitivas del Tratado de Versalles, además, quedaba temporalmente excluida de la Sociedad de Naciones (SdN) mientras no comenzara a regularizar sus pagos en concepto de reparaciones, en particular con Francia y Reino Unido, y reconociera las nuevas fronteras trazadas en Versalles. En una situación similar se encontraba la Unión Soviética, asolada además por la guerra civil y la intervención de los países de la Entente en apoyo de los ejércitos blancos. Cuando tras la guerra civil trató de normalizar sus relaciones económicas con las potencias occidentales, fue marginada al no reconocer el nuevo gobierno bolchevique las deudas contraídas por la monarquía zarista para financiar su intervención en la Gran Guerra, lo que afectaba especialmente a Francia, el principal acreedor de Rusia.

El sistema económico y monetario internacional en los años 20

Como veíamos más arriba, al terminar la guerra, Estados Unidos era la potencia hegemónica desde el punto de vista industrial, comercial y financiero, además del militar. Disponía de la mayor parte de las reservas mundiales de oro y sus préstamos habían permitido a Reino Unido y Francia sostener la guerra y, en parte, abordar la posguerra. Pero con una distribución tan desequilibrada de las reservas mundiales de oro, se hacía difícil volver a un sistema de patrón-oro tradicional como el que imperaba antes de la guerra, en el que los pagos de las transacciones internacionales realizados en papel moneda, tuvieran la garantía de ser convertidos al oro, a través del respaldo de los respectivos bancos centrales.

Con el objetivo de abordar la reorganización del comercio y las finanzas internacionales la recién constituida Sociedad de Naciones (SdN) convocó la Conferencia de Génova (Italia, del 10 de abril al 19 de mayo de 1922). Allí se planteó la necesidad de volver al patrón-oro, pero ante la difícil situación en que se encontraban las economías europeas, se acordó que, mientras se producía la necesaria recuperación, se establecería un mecanismo intermedio denominado patrón cambios-oro (gold exchange standard), donde el dólar y la libra pasarían a ser monedas de reserva «tan buenas como el oro». Aunque Francia, que veía su moneda relegada frente al dólar y la libra, no estuviera del todo conforme, tampoco se encontraba en condiciones de implantar la plena convertibilidad de su moneda al oro. Reino Unido, queriendo equiparar su moneda, la libra, con el dólar, intentaba no perder el lugar de primera plaza financiera mundial, y por eso acometió con cierta celeridad el paso a la plena convertibilidad de su moneda al oro, con unos enormes costes sociales y económicos para la economía británica, ya que se impuso una dura política de restricción crediticia para controlar la inflación, que ocasionó el cierre de empresas y el incremento del desempleo. El aumento del paro y de la conflictividad social, acabó abriendo paso al triunfo de los laboristas en 1923 y a la formación del primer gobierno laborista de la historia británica en enero de 1924, presidido por MacDonald, aunque de carácter efímero, pues sólo duró 10 meses. Finalmente, con el regreso de los conservadores al gobierno se establecería el patrón-oro en 1925.

A pesar de los acuerdos rubricados en la Conferencia de Génova, la mayor parte de los países intentaron impulsar políticas proteccionistas para ayudar a la recuperación de sus industrias, lo que llevó a una aún mayor contracción del comercio internacional. Además, las políticas deflacionistas (cuyo objetivo primordial es contener la inflación), de restricción del crédito y contención del déficit fiscal, como la aplicada por el gobierno británico para volver al patrón-oro, dificultaron la recuperación económica. El economista británico Keynes también criticó las decisiones adoptadas por la Conferencia de Génova porque consideraba que no ayudarían a la recuperación económica tras la devastación de la guerra. Francia, por su parte, tardó más en volver al patrón-oro y sólo lo hizo de forma parcial en 1928.

Participantes en la Conferencia de Génova en 1922. El primer ministro británico Lloyd George se encuentra en la primera fila, en el lado izquierdo.
Participantes en la Conferencia de Génova en 1922. El primer ministro británico Lloyd George se encuentra en la primera fila, en el lado izquierdo.

En el marco de la Conferencia de Génova, la Rusia soviética, aunque no aceptó pagar las deudas de la época zarista, contraídas sobre todo con Francia, sí defendió la vuelta al patrón-oro. De hecho, en el marco de la NEP (Nueva Política Económica), la Rusia soviética había emitido una nueva moneda para las grandes transacciones comerciales (no como moneda de curso común) llamada rublo chervonets que estaba respaldada con las reservas de oro del Gosbank (Banco de Estado), y que, de hecho, llegó a cotizar en algunas plazas financieras internacionales. Por su parte, Alemania, sometida a la presión del gobierno conservador francés para el pago de las reparaciones, encontró en Génova el marco para llegar a un entendimiento con Rusia y ambos firmaron el Tratado de Rapallo (localidad próxima a Génova), de carácter comercial, pero que incluía una cláusula secreta de tipo militar para que el ejército alemán pudiera realizar ensayos y pruebas armamentísticas en territorio soviético, sin incumplir así las cláusulas del Tratado de Versalles que lo prohibían en territorio alemán. El artífice de este tratado fue el ministro alemán de exteriores, Rathenau, un industrial liberal que sería asesinado tan sólo dos meses después de la firma del tratado por oficiales de extrema derecha, a los que Hitler erigió un monumento cuando accedió a la cancillería.


El canciller alemán, Joseph Wirth, en el centro, conversando con la delegación soviética en la Conferencia de Génova de 1922 que llevó a la firma del Tratado de Rapallo entre los dos países (Bundesarchiv).

La Conferencia de Génova fue la primera conferencia celebrada tras la Primera Guerra Mundial en la que la Rusia y Alemania tomaron parte. La Rusia soviética, pese a negarse a pagar la deuda internacional de la Rusia zarista, expresó su deseo de debatir la cuestión en una reunión internacional. Este fue el primer intento de la Unión Soviética de ser admitida en el concierto europeo de naciones. Las naciones acreedoras demandaron a las autoridades soviéticas el reconocimiento de la deuda e indemnizaciones por las propiedades confiscadas. El representante soviético, Georgi Chicherin, ofreció reconocer la deuda a cambio de la cancelación de la deuda rusa de guerra, compensaciones por los daños infligidos por las tropas de la Entente en su intervención durante la guerra civil rusa y créditos para el gobierno soviético. Las diferencias entre los aliados y la desconfianza hacia la Rusia soviética, reafirmada tras el anuncio del Tratado de Rapallo entre Alemania y la Unión Soviética, hicieron imposible cualquier tipo de acuerdo (Red Iris).

La hiperinflación alemana de 1921-1923. Crisis y estabilización

El sistema financiero internacional de estos años estaba asentado sobre unas bases muy débiles, sobre todo a causa de la situación de las economías europeas. Y como era de esperar, y ya había sido anticipado por el economista británico Keynes, iba a colapsar a partir del eslabón más débil de la cadena, que no podía ser otro que Alemania, obligado a soportar el pago de unas cifras astronómicas –totalmente imposibles de afrontar– en concepto de reparaciones.

Tropas de caballería francesa en Essen. Ocupación del Ruhr (enero de 1923).

Los primeros pagos en concepto de reparaciones los empezó a realizar Alemania en el verano de 1921. Ante la imposibilidad de realizar esos pagos en moneda respaldada con oro, comenzó a emitir papel moneda sin respaldo en el oro, lo que provocó, sobre todo a partir de 1922, un aumento de la inflación y la devaluación del papel moneda emitido. Ante ello, los gobiernos francés y británico exigieron el pago en recursos naturales (carbón, madera o trigo). La situación del marco, ya depreciado con relación al dólar, se mantuvo más o menos estable en la primera mitad del año 1922 (1 dólar, 320 marcos). Pero la situación empezó a empeorar a medida que avanzaba el año 1922. Curiosamente, justo después de la Conferencia de Génova. Así en diciembre, la paridad ya era de 1 dólar, 8.000 marcos. En esas condiciones el gobierno alemán tuvo que interrumpir el pago de las reparaciones.

Valor de un marco-oro en marcos-papel (billetes en circulación)
Valor de un marco-oro en marcos-papel (billetes en circulación).

Ante la interrupción del pago de las reparaciones impuestas en Versalles, el gobierno francés del conservador Poincaré, junto con el gobierno de Bélgica, decidieron invadir militarmente la cuenca alemana del Ruhr (11 de enero de 1923). La cuenca del Ruhr era la región más industrializada de Alemania, rica en carbón y hierro y con una poderosa industria siderúrgica de acero. Para hacernos una idea de lo que suponía, incluso hoy día es la mayor área metropolitana de Alemania, por delante de Berlín, con 5 millones de habitantes y está considerada la mayor región industrial de Europa. El objetivo de la invasión era hacerse con las fábricas y las minas para obtener en producción minero-metalúrgica las reparaciones que Alemania dejó de pagar. Pero la ocupación del Ruhr supuso una de las mayores crisis de postguerra. La población alemana del Ruhr se declaró en huelga general (Ruhrkampf), con el apoyo del gobierno alemán que siguió pagando los salarios de los huelguistas, lo que contribuyó al desbordamiento de la inflación que acabó convirtiéndose en una hiperinflación galopante (en julio de 1923, la paridad era 1 dólar, 1 millón de marcos, pero en noviembre de 1923 la paridad alcanzaba la astronómica cifra de 1 dólar, 4.200 millones de marcos). La inestabilidad política y social que generaría la hiperinflación llevaría al desencadenamiento de acontecimientos revolucionarios y a la formación de gobiernos obreros revolucionarios en estados como Sajonia o Turingia, aplastados por la intervención del ejército en octubre de 1923. También sería la ocasión para que las fuerzas contrarrevolucionarias de la extrema derecha realizaran una intentona fracasada en noviembre de 1923, con el conocido como putsch de Munich, organizado conjuntamente por Hitler y el general Ludendorff.

Finalmente iba a ser la intervención de EE.UU. a través del plan diseñado por Charles Dawes, director de la Oficina del Presupuesto de EE.UU., lo que permitiría reconducir la situación. Las negociaciones comenzaron a finales de 1923 y se acordó implementar el plan a partir de abril de 1924. Básicamente se basaba en tres cuestiones. Por un lado, se suavizarían los plazos de entrega de los pagos en concepto de reparaciones, por otro, el gobierno norteamericano se comprometía a financiar mediante créditos al gobierno alemán. Y finalmente, en contraprestación, Francia se retiraría del Ruhr. Ya con anterioridad, el gobierno alemán había instituido una nueva moneda el rentenmark, para intentar estabilizar la situación económico-financiera y también político-social. El rentenmark, ante la imposibilidad de ser respaldado con oro, fue respaldado con propiedades hipotecarias del gobierno alemán y bienes industriales. Esta decisión, junto al Plan Dawes, permitió poner fin a la hiperinflación. Los trabajadores del Ruhr volvieron al trabajo y Francia retiró sus tropas en agosto de 1925.

Tras la gran crisis política de 1923 se iban a producir también cambios gubernamentales en Reino Unido y Francia, dando paso a la formación de gobiernos de izquierda y centroizquierda (laborista en el primer caso y radical en el segundo) más favorables al entendimiento con Alemania. En Francia, el radical Aristide Briand, Primer Ministro entre noviembre de 1925 y julio de 1926, llegaría a un entendimiento con el ministro de Exteriores alemán, Stresemann (del Partido Liberal). El acuerdo entre Francia y Alemania bajo el patrocinio de EE.UU. se selló en la Conferencia de Locarno (1925). Alemania reconocía las nuevas fronteras occidentales establecidas en Versalles, aunque no las orientales, pero se comprometía a no modificarlas por la fuerza. En contrapartida Alemania ingresaba en la Sociedad de Naciones (SdN), de la que había estado excluida tras la guerra. Como reconocimiento al esfuerzo negociador de los dos responsables políticos, se les concedió conjuntamente el Premio Nobel de la Paz en 1926.

En este ambiente de entendimiento se estableció también un acuerdo bilateral entre Francia y Estados Unidos, suscrito por sus ministros de exteriores en ese momento (Briand-Kellogg, agosto de 1928) que condenaba la guerra como medio de dirimir conflictos internacionales al que se adhirieron inicialmente 15 países y luego se extendió hasta 72, incluida Alemania. Es de señalar que Estados Unidos no formaba parte de la SdN, por decisión del Senado de mayoría conservadora. Todavía en 1929 se establecería otro nuevo plan para el pago de las reparaciones, impulsado por el norteamericano Young que aún daba mayor facilidad en cuanto a plazos, cantidades, etc.

Stresemann, Chamberlain y Briand en Locarno 1925.

Las tensiones derivadas del pago de las reparaciones, que condujeron a la crisis de 1923 y a la hiperinflación alemana, se amortiguaron por la intervención norteamericana a través del Plan Dawes (1924) y luego por el Plan Young (1929). Produciéndose una cierta estabilización económica y monetaria internacional, pero todo se vino abajo con el estallido de la crisis de 1929.

La crisis de 1929 y la Gran Depresión de 1929-1932

A pesar de la intervención norteamericana, que había aportado liquidez y logrado convencer a los gobiernos europeos aliados, en particular al gobierno francés, de la necesidad de flexibilizar el sistema de pagos por reparaciones impuesto a Alemania en Versalles, las bases sobre las que se asentaba todo el sistema económico de entreguerras seguían siendo muy débiles, sobre todo en Europa y en particular en Alemania.

Pero, sin embargo, la segunda gran crisis de entreguerras, no iba a nacer en Europa, aunque sí iba a sufrir las dolorosas consecuencias de su impacto, sino que, en esta ocasión, la crisis iba a estallar en el centro económico, político y financiero hegemónico a nivel mundial, los EE.UU.

Aunque la manifestación más impactante de la crisis fuera la brutal caída de las acciones en la Bolsa de Nueva York en octubre de 1929, aquel hecho no era sino la manifestación de un mal de fondo que aquejaba a la economía productiva desde años atrás y que, poco a poco, había ido minando las bases mismas de la economía capitalista. Vamos a tratar de realizar una explicación simplificada, a la vez que coherente, que permita comprender, eso sí, a grandes rasgos y sin entrar en todos los detalles, por qué se produjo el hundimiento de Wall Street (sede de la Bolsa de Nueva York).

El origen de la crisis de 1929

La expansión de las ventas a Europa durante el conflicto militar y durante los primeros años de posguerra llevó a muchos agricultores norteamericanos a endeudarse para invertir en sus granjas y mejorar su producción, adquiriendo para ello medios mecánicos (sembradoras, cosechadoras, sistemas de riego, etc.) y de transporte. La caída de las ventas agrícolas ante la irrupción de otros países emergentes con gran potencial agrícola como Brasil, Argentina, Canadá y Australia, y también el hecho de que se fuera produciendo una progresiva recuperación de la producción agraria europea, dio lugar a una sobreproducción agrícola mundial que precipitó la caída de los precios agrarios y llevó a la ruina de muchos agricultores que no podían devolver sus créditos, para los que habían hipotecados sus granjas, que eran, además, sus viviendas familiares.

La situación de sobreproducción también se dio en la industria, aunque con un menor impacto inicial, pues siempre la recuperación de la planta industrial en Europa iba a ir por detrás de la recuperación de la economía agropecuaria. Además, y a diferencia de los granjeros, que eran economías familiares, las industrias, al empezar a percibir una caída de las ganancias (beneficios en relación con los costos de producción), retiraron inversiones y emplazaron capitales en la Bolsa, para tratar de compensar la pérdida de rentabilidad productiva, mediante ganancia especulativa en una Bolsa que no dejaba de progresar al alza.

La quiebra de los granjeros, sin poder hacer frente a los pagos de sus deudas a los bancos, tendría como consecuencia la expulsión de muchos de ellos de sus tierras (que eran también sus viviendas), incautadas por los bancos. La acumulación por parte de los bancos de un enorme stock de granjas carentes de valor real en su contabilidad los llevó a restringir los créditos bancarios (algo así como lo ocurrido más recientemente en nuestro país con las cajas de ahorro y las hipotecas).

La restricción de créditos bancarios provocó una gran falta de liquidez en el sistema. Para intentar conseguir liquidez por parte de particulares y empresas, se daban órdenes de venta en la Bolsa. Todo el mundo necesita vender y lo que se precipitó fue el crac bursátil. Muchos títulos que habían sido artificialmente inflados perdieron todo su valor y se empezaron a producir masivos cierres de empresas y un espectacular aumento del paro.

En ese cuadro general, en marzo de 1929 comienzan a producirse bruscos vaivenes en la Bolsa de Nueva York (caídas fuertes pero seguidas normalmente de recuperaciones). El lunes 24 de marzo tiene lugar una venta masiva, 8 millones de títulos, que provoca una caída de 9,5 puntos, ampliada aún más el día siguiente. Pero la intervención compradora de Mitchell, presidente del National City Bank, permite lograr la recuperación. En octubre, el viernes 18, de nuevo se produce una venta masiva, otros 8 millones de acciones, que hace caer el índice 7 puntos y el sábado siguiente otros 12 puntos. Una nueva compra lleva a pensar que se ha tratado de una caída momentánea. Finalmente, el 24 de octubre (el «jueves negro») la Bolsa padece varias caídas menores y después una primera gran caída del 9%; sin que, en principio, nadie la contrarreste comprando. Se desata el pánico, pero a última hora llega una entrada de entre 20 y 30 millones de dólares de los bancos, que reduce la caída total del día al 12%. Sin embargo, tras leves recuperaciones los días siguientes, el lunes 28 y, sobre todo, el 29 de octubre (el «martes negro») el índice se derrumba y las caídas persisten hasta el mes de noviembre. El Dow Jones toca fondo el 8 de julio de 1932, con una cotización que suponía una caída del 89,2% respecto al nivel máximo menos de tres años antes: de 381,17 el 3 de septiembre de 1929 a 41,22 el 8 de julio de 1932. Y hasta 1954 no alcanzará los niveles previos a la crisis. (Fuente: Xabier Arrizabalo).

Además, la reacción del gobierno republicano de Hoover, siguiendo la ortodoxia liberal que se había aplicado en otras épocas, típicamente deflacionista (cuyo objetivo primordial era el control de la inflación), provocaría una mayor caída de los precios, al retirar liquidez (oferta monetaria) del sistema, lo que no hizo sino profundizar la crisis.

Chabolas en Manhattan (año 1935).
Chabolas en Manhattan (año 1935).

Ante la falta de liquidez, se iba a producir además una repatriación de capitales norteamericanos emplazados de Alemania y Austria, donde habían llegado en aplicación del Plan Dawes, lo que hizo que se extendiera inmediatamente la crisis a Europa. Alemania ya no podía pagar a Francia y Reino Unido, y Francia y Reino Unido tampoco iban a poder devolver los créditos a EE.UU. El efecto será multiplicador y de alcance internacional. La reacción defensiva de muchos países fue poner en marcha políticas proteccionistas que incrementaron la caída del comercio internacional. Al mismo tiempo, tal y como hizo la administración Hoover en EE.UU., se pusieron en marcha políticas deflacionistas clásicas que restringieron la cantidad de dinero en circulación y que provocaron una mayor recesión, el cierre de empresas y el aumento del paro.

La Gran Depresión y la búsqueda de soluciones. El «New Deal»

En EE.UU., el giro no se produciría hasta 1933, momento en el que el nuevo presidente norteamericano, ahora del Partido Demócrata, Roosevelt, puso en marcha el New Deal («Nuevo Contrato»), formulado por vez primera en su discurso ante la Convención Nacional del Partido Demócrata del 2 de julio de 1932 en Chicago, que le proclamó como candidato para las elecciones de noviembre, asumiendo la presidencia en enero de 1933. Seguía así Roosevelt la orientación del economista británico Keynes, basada en la expansión de la demanda efectiva (cuya formulación más acabada sería, sin embargo, posterior, de 1936, con su Teoría general del interés, la ocupación y el empleo). Las medidas adoptadas por Roosevelt no se iban a limitar al desarrollo de una política monetaria menos restrictiva, sino que van a intervenir directamente sobre los procesos productivos para favorecer su recuperación. Vamos a enumerar las medidas de mayor alcance:

  • Para mejorar el poder adquisitivo de los agricultores, se iban a otorgar ayudas crediticias y se instituiría un banco regulador de los precios agrarios.
  • Para mejorar también el poder adquisitivo de los obreros industriales, se iba a reconocer legalmente la negociación colectiva y la institución de convenios colectivos, dando un importante protagonismo a los sindicatos, que tendría como efecto la mejora de los salarios. Además, se establecían las vacaciones pagadas y un sistema de protección social para los desempleados (subsidio de paro).
  • Para impulsar la producción industrial y generar empleo, se acometería un plan de inversiones públicas en infraestructuras (carreteras, ferrocarriles, puertos, hospitales, escuelas, etc.) mediante contratos públicos con las empresas privadas, que de esta manera encontrarían un estímulo para la actividad, garantizada además por el desembolso del Estado.
  • Evidentemente, también se pondrían en marcha diferentes medidas de carácter monetario y financiero. Así, para favorecer las exportaciones, se devaluó el dólar y se abandonó (abril de 1933) el patrón-oro. Y para garantizar la vigilancia de las prácticas bancarias por parte de la Reserva Federal (equivalente al Banco Central de otros países) se reformaría el sistema bancario, separando los bancos de depósitos, de los de inversión.

La recuperación fue lenta y dificultosa. De hecho, la salida efectiva de la crisis de 1929, no se produjo hasta el relanzamiento de la economía de armamento que precedió a la II Guerra Mundial. Con este paquete de medidas que ponían un cierto límite a la acumulación capitalista salvaje, Roosevelt pretendía evitar un estallido social que podía haber sido inminente, tal y como reflejan magníficamente algunas novelas que tratan aquellos terribles años, como Las uvas de la ira de John Steinbeck (llevada a las pantallas por el director John Ford).

La extensión de la crisis a Europa y al resto del mundo

La crisis de 1929 supuso un duro golpe también para la recuperación europea:

  • En Alemania la repatriación de capitales americanos produjo una situación de total falta de liquidez que frenó de golpe el proceso de recuperación iniciado en la segunda mitad de la década, provocando un importante aumento del paro y de la conflictividad social. Caldo de cultivo para un proceso de radicalización política a derecha y a izquierda. En esas circunstancias, desde EE.UU., en 1931, se propuso una moratoria para el pago de las reparaciones alemanas (moratoria Hoover) que implicaba también una moratoria en la devolución de los créditos contraídos por los aliados europeos con EE.UU. Ante la complicada situación que se vivía en la economía mundial, en Lausana (1932) se intentó cancelar definitivamente los pagos alemanes por reparaciones, pero el plan fracasó porque el Congreso norteamericano rechazó cancelar las deudas de los aliados franco-británicos con EE.UU., que estos vinculaban a su aceptación para poner fin a los pagos por reparaciones por parte de Alemania.
  • En septiembre de 1931 el Reino Unido suspendió la convertibilidad de la libra esterlina al oro. A partir de diciembre de 1931 Estados Unidos se enfrentó a importantes salidas de oro para intentar mantener estable su precio. Estas salidas de oro se dirigían fundamentalmente a Francia, y en abril de 1933, el presidente Roosevelt decidió abandonar este sistema cambiario, como parte del paquete de medidas dirigidas a relanzar la economía doméstica que se ha visto más arriba. Otra treintena de países lo abandonarían también entre 1929 y 1933. Así pues, una de las consecuencias de la crisis de 1929 iba a ser el abandono del patrón cambios-oro tan sólo unos pocos años después de haberse acordado en la Conferencia de Génova de 1922. Reino Unido trató de enfrentar la crisis aplicando una política comercial fuertemente proteccionista para su área colonial (Commonwealth), reservándose ese espacio comercial frente a las otras potencias industriales. En Francia, el impacto de la crisis fue algo menor que en Alemania y Reino Unido. Pero tras aplicar los sucesivos gobiernos conservadores políticas económicas que fracasaron, en 1936 accedió al gobierno el Frente Popular (alianza de socialistas y radicales con apoyo de los comunistas), dirigido por el socialista León Blum, que implementó un paquete de medidas en la línea del «New Deal» norteamericano: impulso de obras públicas, aumento general de salarios, reducción de la semana laboral de 48 a 40 horas, institución de un salario mínimo, vacaciones pagadas, nacionalización de industrias estratégicas, etc., que daban gran protagonismo a los sindicatos y que provocaron la reacción y radicalización de las fuerzas conservadoras.
Mendigos alemanes hacen cola para recibir comida (año 1930).
Mendigos alemanes hacen cola para recibir comida (año 1930).

Pero las consecuencias de la crisis no sólo iban a extenderse a Europa. Una de las medidas adoptadas por el presidente Roosevelt, como fue la devaluación del dólar para favorecer las exportaciones norteamericanas, iba a tener como contrapartida la caída de las importaciones procedentes de América Latina, que también verían limitado el acceso a los mercados europeos, tanto por la caída de la demanda, como por la orientación proteccionista que se impuso en las potencias industriales. Así pues, la crisis de 1929 iba a irradiar desde EE.UU. al resto del mundo. La única notable excepción iba a ser la Rusia soviética, sumida en su propia crisis agrícola y ganadera derivada de la colectivización forzosa estaliniana, pero que, sin embargo, iba a conocer en estos años tasas anuales de crecimiento de la industria de dos dígitos (se estima un 12,1% de promedio anual para el período 1928-1937), pues no iba a estar sometida a los vaivenes del mercado, ni las inversiones iban a atender a criterios propios de la economía capitalista como el de la búsqueda de una tasa de ganancia suficientemente atractiva. En este caso, las inversiones iban a responder a las decisiones marcadas desde la cúpula gubernamental y del partido en el marco de una economía estatal planificada, que se marcaba objetivos económicos a partir de la elaboración de los planes quinquenales.

Años 30: crisis social y radicalización. El camino hacia la guerra

Las condiciones sociales derivadas de la crisis de 1929 iban a generar un clima de radicalización, tanto a derecha, como a izquierda, en los países europeos que todavía conservaban regímenes parlamentarios, que no eran muchos, puesto que se habían ido imponiendo diferentes regímenes autoritarios. Como en Hungría, con la dictadura del almirante y regente Horthy desde marzo de 1920. O en Italia, con la dictadura fascista de Mussolini, encargado de gobernar por el rey Víctor Manuel III desde octubre de 1922. O en España, con la dictadura de Primo Rivera en complicidad con el rey Alfonso XIII desde septiembre de 1923, aunque luego constituiría un rara avis en el convulso contexto internacional, al proclamarse la II República en abril de 1931. O en Polonia, con la dictadura militar de Piłsudski desde mayo de 1926. Y Portugal, con un régimen autoritario desde 1926, dirigido a partir de 1933 por Salazar. Y por, último, en esta lista no exhaustiva, Yugoslavia, con una dictadura encabezada por el mismo monarca Alejandro I desde 1929. Dejando aparte, por el carácter particular de economía de propiedad estatal que tenía, la dictadura estalinista en la Unión Soviética, constituida tras el giro de finales de los años 20 y una vez eliminados la mayoría de los viejos camaradas bolcheviques que lideraron la Revolución de octubre de 1917.

En este contexto tan poco favorable para el mantenimiento de un sistema político parlamentario, el Partido Nazi iba a fortalecerse en Alemania y en 1930 alcanzaría ya los 107 escaños en el Reichstag (Parlamento alemán). La incapacidad de socialdemócratas (SPD) y comunistas (KPD) de constituir un frente común, permitiría que en 1933 Hitler accediera a la cancillería del Reich. Dejó inmediatamente de pagar las reparaciones, al mismo tiempo que iniciaba el rearme (al igual que lo iniciaba Francia). Alemania abandonó la conferencia de desarme que se venía celebrando en Ginebra y también la Sociedad de Naciones. Francia, por su parte, comenzaba la construcción de la línea Maginot para tratar de proteger Alsacia y Lorena de una posible invasión alemana.

En 1935 Francia e Inglaterra (de nuevo con un gobierno laborista) sellan un acuerdo con la Italia de Mussolini en Stressa (norte de Italia) para intentar frenar la expansión alemana hacia Austria (Anschluss), pero la invasión de Abisinia (Etiopía) por parte de Italia hizo que se rompiera este pacto. A la vez que Hitler y Mussolini se aproximaban en el marco de colaboración que establecieron en la Guerra Civil Española ayudando militarmente a Franco, decidiendo además apoyarse mutuamente en la remilitarización alemana de Renania y la conquista italiana de Abisinia.

En Francia, en 1938, se abre una crisis en el seno del gobierno del Frente Popular francés y el radical Daladier, que había sustituido a León Blum en la Presidencia del gobierno, ante la convocatoria de una huelga general por parte de la CGT, desencadenaría una represión tan brutal, que iba a suponer la liquidación definitiva del Frente Popular. En este marco de debilidad de Francia, Hitler decidió ocupar Austria y tras la Conferencia de Munich (septiembre de 1938), en la que junto a Hitler participaron el radical francés Daladier, el conservador británico Chamberlain y el fascista Mussolini, se iba a sentir avalado para ocupar los Sudetes (en Checoslovaquia).

En mayo de 1939, Alemania e Italia firmarían el Pacto de Acero, en el que se apoyaban mutuamente para la conquista italiana de Albania y la ocupación del corredor de Danzig por parte de Alemania. En agosto de 1939 se firmó el Pacto germano-soviético, con sus cláusulas secretas de reparto de Polonia y la anexión de otros territorios por parte de los soviéticos. Como consecuencia de este pacto, el 1 de septiembre Alemania ocupó el corredor de Danzig e invadió Polonia, declarando a continuación Francia e Inglaterra la guerra a Alemania y dando así comienzo a la II Guerra Mundial.

A modo de conclusión

El diseño de la paz de postguerra nació lastrado desde el principio por el hecho de que la institución que se iba a encargar de ello, la Sociedad de Naciones (SdN) dejara fuera a Alemania y a la Rusia Soviética, pero, sobre todo, porque su gran impulsor, el gobierno norteamericano presidido por Wilson, fue desautorizado por el Senado norteamericano y EE.UU. nunca llegaría a formar parte de la institución.

Inicialmente, sobre todo bajo los gobiernos conservadores de la derecha francesa, se mantuvo por parte de Francia una actitud muy dura, casi de resarcimiento, hacia Alemania, que generó momentos de gran tensión y crisis como la del año 1923 con la ocupación del Ruhr y la hiperinflación. El cambio hacia gobiernos no conservadores en Reino Unido y luego en Francia contribuyó a generar un marco de entendimiento que, bajo el paraguas financiero norteamericano, permitió que la situación económica se estabilizase durante los años 1924 a 1929. Aunque todo el diseño se vino abajo con el estallido de la crisis del 29.

La década de los 30 iba a venir marcada por las consecuencias sociales calamitosas del crac de 1929 y una nueva deriva hacia el expansionismo militar, el autoritarismo y el fascismo, que conducirían, de nuevo, al estallido bélico de la II Guerra Mundial.

Tasa de paro sobre la población activa 1929 1933 1937
EE.UU. 3,2% 24,9% 14,3%
Alemania 13,1% 26,3% 4,6%
Reino Unido 10,4% 19,9% 10,8%

Algunos autores llegan incluso a formular la controvertida tesis de que más que dos guerras mundiales, en realidad hubo una guerra mundial que duró 30 años, desde 1914 a 1945, con un período de tregua, pues las fuerzas fundamentales que confrontaron en una y otra etapa fueron básicamente las mismas, el mundo germano-austriaco frente a Francia, Reino Unido y Rusia, a los que posteriormente se unió EE.UU. Aunque también es cierto que, entre las grandes potencias, hubo dos que sí cambiaron de bando: Italia y Japón, que durante la Segunda Guerra Mundial se unieron al Eje alemán. Entre los historiadores más conocidos que defienden esta controvertida tesis estaría Paul Preston que habla de una Guerra Civil Europea de 30 años que desangró a Europa y que se saldó finalmente con el dominio de EE.UU. y la URSS.

Para saber más

Josefina Martínez (coordinadora) (2006). Historia Contemporánea. Valencia: Tirant lo Blanch.

Xabier Arrizabalo (2014). Capitalismo y Economía Mundial. Madrid: IME.

Josep Fontana (2017). El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914. Barcelona: Editorial Planeta.

Pierre Renouvin (1990). Historia de las relaciones internacionales. Siglos XIX y XX. Madrid: Akal.

John Saxon Mills (1922). The Genoa Conference. Londres: Hutchinson & Co.

Eric Hobsbawm (2000). Historia del siglo XX, 1914-1991. Barcelona: Crítica.

Hagen Schulze (2005). Breve historia de Alemania. Madrid: Alianza Editorial.

Sebastián Haffner (2005). Historia de un alemán. Memorias 1914-1933. Barcelona: Destino.

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Acerca del autor

Jesús de Blas Ortega

Jesús de Blas Ortega

Doctor en Ciencias Económicas y profesor de Secundaria de Geografía e Historia.

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