Fascismo, nazismo y neofascismo

El incendio del Reichstag el 27 de febrero de 1933.
Tratamos de explicar las bases políticas, sociales y económicas que dieron lugar al surgimiento del fascismo y el nazismo en la Europa del período de entreguerras. Pero además de hacer una reflexión sobre aquellos acontecimientos históricos, como historiadores, se nos plantea la necesidad de reflexionar sobre el resurgimiento de estas ideologías extremistas, intolerantes y racistas, y el alcance que pudieran llegar a tener en nuestros días.

En 1943 el Departamento de Guerra de EE.UU. difundía un vídeo de propaganda contra el peligro nazi titulado No seas estúpido. A raíz de una manifestación racista celebrada en el verano de 2017 en Charlottesville (EE.UU.), que concluyó con una persona muerta y 20 heridas, ese vídeo de 1943 se hizo viral en las redes sociales. Sin lugar a dudas, el paralelismo entre lo que muestra el vídeo, un hombre que lamenta que los negros y los extranjeros se estén quedando con los empleos, y los hechos ocurridos en Charlottesville, era directo.

Como historiador y además como docente, entiendo que por nuestro oficio tenemos la responsabilidad de transmitir a las nuevas generaciones un conocimiento adecuado de aquellos acontecimientos históricos, que permita poder sacar también conclusiones válidas para los tiempos presentes. Pues, como tantas veces se ha dicho de manera coloquial, pero no sin falta de razón, la mejor manera de que la Historia no se repita, es conocerla en profundidad.

La Europa de entreguerras bajo la amenaza de los autoritarismos y los totalitarismos

La situación de devastación material y moral ocasionada por la Gran Guerra generó un clima propicio para la deslegitimación ante las masas de los sistemas políticos y económicos que habían conducido a tal desastre. El final de la Primera Guerra Mundial dio paso a la apertura de numerosas crisis revolucionarias que se extendieron por todo el continente, alimentadas en buena media por el triunfo de la revolución bolchevique en Rusia, que se convirtió en un referente político para importantes sectores del movimiento obrero. Este fenómeno revolucionario conoció dos grandes oleadas. La primera, que se inició con la Revolución Rusa de 1917, se cerraría parcialmente en octubre-noviembre de 1923 tras la derrota de los dos últimos bastiones revolucionarios en Alemania (gobiernos obreros de Sajonia y de Turingia). La segunda, que se abriría a raíz de la crisis de 1929 frente al ascenso de los movimientos fascistas, encontraría su último reducto en la resistencia republicana española contra la sublevación militar apoyada por las potencias fascistas, tras lo cual, el camino hacia la Segunda Guerra Mundial quedaría expedito.

Una clave del fascismo sería el corporativismo, mediante la creación de sindicatos verticales, tratando de negar de esta manera el conflicto de clases

En la primera oleada, el movimiento estalló con gran fuerza en Alemania desde los momentos finales de la guerra, cuando los marinos del mar Báltico se negaron a embarcar para dirigirse al combate, dando lugar a la formación de consejos o sóviets de soldados y de obreros por toda Alemania. En Hungría también adoptó la forma de una revolución de consejos obreros o sóviets en 1919 dirigida por el comunista Béla Kun, que duró tan sólo unos meses. En Italia tomó cuerpo en un movimiento de ocupación tierras en el sur y de fábricas en el norte, durante el llamado Biennio Rosso (Bienio Rojo), entre 1919-1920, en el que también se levantaron consejos de fábrica de carácter soviético. En otras partes de Europa, como en Gran Bretaña o Francia, el ascenso del movimiento obrero fue también manifiesto, produciéndose huelgas y grandes movilizaciones de masas, pero no llegó a tomar un carácter abiertamente revolucionario, salvo en el caso de Irlanda que culminó en una guerra de independencia y la proclamación, y reconocimiento británico, de la República de Irlanda en la parte sur de la isla en 1921. En este contexto de agitación social en Europa, los sectores conservadores de la derecha, atemorizados por la situación, comenzaron a dar apoyo político y financiero a pequeños grupos extremistas de derecha que constituirían fuerzas de choque para enfrentarse de forma directa al movimiento obrero y sus organizaciones.

A todo ello se añadían los problemas de frustración nacional en países como Italia por no ver reconocidos sus objetivos territoriales expansionistas hacia el Adriático, o en Alemania por la amputación de determinadas regiones como consecuencia del Tratado de Versalles (El Sarre, corredor de Danzig y la Posnania), además de la astronómica cifra de dinero en concepto de reparaciones de la que se tenía que hacer cargo. Todo ello radicalizó los sentimientos nacionalistas que estos grupos cultivaban y exaltaban. La derrota de la primera gran oleada revolucionaria del movimiento obrero en Europa con la fecha emblemática del octubre-noviembre alemán de 1923, abriría una fase de reflujo revolucionario que sería la ocasión para el ascenso de los movimientos fascistas como movimientos de masas que irían atrayendo hacia sus posiciones a sectores de las clases medias, trabajadores desempleados y, sobre todo, a antiguos combatientes desmovilizados que no tenían forma de encontrar trabajo en el sector civil. El apoyo financiero de sectores empresariales les colocaría en una situación favorable para el asalto al poder.

En plena noche, (…) los camiones de los fascistas llegan a las pequeñas aldeas (…) Llaman al jefe de la Liga sindical «Si no bajas, quemaremos la casa, con tu mujer y tus hijos».

Matteotti (1921)

La represión y fracaso de la huelga general que había sido convocada por los sindicatos socialistas (CGL) contra el gobierno italiano abrió paso para que Mussolini y su movimiento fascista se acabaran haciendo con el poder en 1922. En Alemania, tras la derrota de los últimos reductos revolucionarios en Sajonia y Turingia, respectivamente en octubre y noviembre de 1923, Hitler, tan sólo unos días después, con el respaldo de sectores de la oficialidad alemana (general Ludendorff), protagonizaría el intento de golpe de Estado conocido como el putsch de Munich, que aunque fracasó en ese momento, tras la crisis de 1929, le permitiría regresar a la escena política con mayor fuerza y habiendo estructurado y dispuesto al Partido Nazi para el asalto al poder, lo que conseguiría en 1933.

La segunda oleada revolucionaria, que se desató a raíz de la crisis de 1929 y la Gran Depresión, tuvo un alcance más limitado y se desarrolló como un movimiento para hacer frente al auge del fascismo, sobre todo a partir de que Hitler hubiera alcanzado en 1933 el poder en Alemania. Se inició en Viena, a través de la insurrección de los obreros socialistas en febrero de 1934 contra la deriva fascista del canciller Dollfuss, representante de lo que se llamó el austrofascismo. Fue seguida por la insurrección asturiana de octubre de 1934 contra la entrada de la CEDA de Gil Robles en el gobierno de Lerroux y el movimiento huelguístico en Francia de 1935 que dio lugar a la formación del Frente Popular. Y se cerró con la derrota republicana en la Guerra Civil Española, que, durante los primeros meses, hasta mediados de 1937, estuvo marcada por la irrupción de un proceso abiertamente revolucionario (milicias populares antifascistas, incautación de los locales de las organizaciones derechistas, comités sindicales haciéndose cargo de empresas, etc.) en la zona republicana como reacción al golpe militar del 18 de julio.

Rasgos y características de los movimientos fascistas

Fascismo es una palabra de origen italiano que proviene de la palabra fasces (haz en castellano), especie de arma defensiva que portaban los lictores en la antigua Roma cuando acompañaban a los magistrados y que hacía referencia al papel del haz como elemento de unidad (algo similar a lo que representaban el yugo y las flechas, emblema de los Reyes Católicos, en nuestro país). Pero también es un término genérico que se utiliza para caracterizar a regímenes, más allá del italiano, como el nazismo alemán y otros movimientos que surgieron por toda Europa que, en muchos casos, llegaron a participar del poder, aunque con características peculiares, como pudo ser el caso español (1936-39) o portugués (1926), donde la componente militar de los regímenes era muy acentuada. Cuestión que el hispanista y político laborista hebreo, Ben Ami, que fue embajador de Israel en España, sintetiza de manera muy certera cuando señala que las dictaduras militares crearon partidos de tipo fascista para preservarse en el poder una vez conquistado, pero no como instrumentos para asaltarlo, como eran los partidos fascistas italiano y alemán.

Algunas de las características que identificarían a este tipo de movimientos serían su carácter paramilitar, como fuerza de choque y de asalto, el culto al jefe supremo, el antiliberalismo y el antimarxismo, la idea del partido fascista como partido único, la preponderancia del Estado sobre el individuo, el dirigismo económico pero preservando la propiedad privada, el militarismo, el expansionismo imperialista, el control de la prensa y de la propaganda, la puesta en escena de sus mítines y grandes marchas como actos de masas, el carácter policial del régimen, etc. Además de todas estas características enumeradas habría un elemento especialmente clave que sería la estructuración corporativista del Estado y la producción, mediante la asociación capital-trabajo y la creación de sindicatos verticales frente a los sindicatos de clase, tratando de negar de esta manera el conflicto de clases, presente por otro lado a través de la brutal persecución y represión de las organizaciones de la clase obrera, tanto de los partidos, como de los sindicatos. Los nazis añadirían todavía un elemento más, su teoría de la supremacía racial que los llevaría a la práctica de una política de exterminio contra judíos, gitanos y otras minorías étnicas consideradas «no puras».

Avanti. Diario socialista.

El fascismo italiano. Desarrollo en la Italia de posguerra

Italia había firmado un acuerdo antes de la Primera Guerra Mundial con los Imperios centrales, la Triple Alianza, pero al estallar la guerra se declararía inicialmente neutral, y cuando en 1915 entró en la guerra, lo hizo al lado de la Entente y contra Austria-Hungría por las promesas territoriales que le hicieron Francia y Gran Bretaña (Istria, Tirol y Dalmacia). Al acabar la guerra, la Conferencia de Paz de París (1919) y los diferentes tratados que de ella se derivaron, asignaron la Dalmacia a Croacia, dentro del recién creado Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, lo que llevaría a Italia a retirarse de la Conferencia de Paz (aunque luego sí firmó los tratados) en medio de una gran frustración nacionalista.

La participación en la guerra había provocado cerca de un millón de heridos y más de medio millón de muertos. La economía de las regiones del Norte, las más desarrolladas e industrializadas, habían sufrido los efectos de la contienda. Centenares de miles de antiguos combatientes se vieron arrojados al paro. En este contexto se desencadenaron multitud de huelgas y la ocupación masiva de fábricas, constituyéndose consejos de fábrica a la manera soviética. En 1920, la organización obrera más poderosa, el Partido Socialista Italiano junto con los sindicatos (Confederazione Generale del Lavoro, CGL), alcanzaron un acuerdo con el gobierno liberal para poner fin a la ocupación de fábricas, lo que provocó una gran decepción en el movimiento y en las propias filas socialistas, que en los años siguientes conocería varias escisiones como la liderada por Bordiga y Gramsci para constituir el Partido Comunista Italiano.

Il Popolo d'Italia. Fundado por Mussolini.
Il Popolo d’Italia. Fundado por Mussolini.

Mussolini también procedía de las filas socialistas. Durante el período 1912-14 había dirigido el periódico oficial del partido, Avanti, pero acabó siendo expulsado del partido por defender la intervención italiana en la guerra del lado de la Entente en contra de la posición oficial del socialismo italiano favorable a la neutralidad. Tras abandonar el PSI fundaría otro periódico, Il Popolo d’Italia, donde continuaría su campaña pro-intervención para lo que iba a contar con la financiación británica y francesa. Al finalizar la guerra constituyó en 1919 los Fasci di Combattimento (fascios de combate), donde iba a reunir, junto a algunos antiguos seguidores socialistas, a excombatientes de la guerra y a sectores ultraderechistas, etc. iniciando una política de acción violenta directa contra las organizaciones del movimiento obrero con el apoyo de la patronal italiana, Cofindustria. En 1921 logró 32 diputados en el Parlamento, constituyendo el Partito Nazionale Fascista, en cuyo congreso se definirían una serie de ejes políticos, entre los que destacarían la total oposición a la realización de huelgas en el sector público, el aplazamiento de las expropiaciones para más adelante, como gesto hacia la patronal que les sostenía, y el rechazo a los principios de la Sociedad de Naciones y del sistema de relaciones internacionales derivado de la Conferencia de París.

En agosto de 1922 los sindicatos convocaron una huelga general que resultó un fracaso y en la que los fascistas sacaron comandos de choque para enfrentarse a los huelguistas. En el reflujo ocasionado por el fracaso de la huelga, el movimiento fascista organizó una marcha sobre Roma (octubre de 1922) tras la cual el rey Víctor Manuel III le encargó a Mussolini la formación de un gobierno, que al principio era de carácter plural para dar una sensación de moderación, aunque excluyendo a los socialistas, pero poco a poco se iban dando los pasos para que el Partido Fascista fuera asumiendo todo el poder. Se crearon las milicias fascistas, como fuerza oficial de carácter paramilitar, se creó el Gran Consejo Fascista, primero como órgano del partido, pero años después asumiría funciones de carácter estatal. Y, sobre todo, se procedió a una modificación sustancial de la Ley electoral que permitiría a Mussolini hacerse con el 65% de los escaños si era la lista más votada, con tal de que superara el 25% de los votos. La única resistencia que quedaba en el Parlamento era la que representan los socialistas de Matteotti, quien tras un duro discurso contra el fascismo fue asesinado, poniendo así fin a toda disidencia. Para hacerse una idea del papel que Matteotti representaba en la resistencia frente al fascismo, recogemos este discurso pronunciado en el Parlamento unos años antes:

Benito Mussolini.
Benito Mussolini.

«En plena noche, cuando la gente honrada está en su casa, durmiendo, los camiones de los fascistas llegan a las pequeñas aldeas situadas en medio del campo, o a los caseríos de algunos centenares de habitantes. Llegan en compañía de los dirigentes de la Agraria local (organización patronal), naturalmente, siempre conducidos por ellos, pues de lo contrario sería imposible, en plena oscuridad. Reconocer la casa del jefe de la Liga (el sindicato agrario local) o la pequeña oficina de colocación. Llegan hasta una de las casas y se oye la orden: «Rodead la casa». Son de veinte a cien hombres armados con fusiles y revólveres. Llaman al jefe de la Liga y le ordenan que baje. Si este no obedece se le dice: «Si no bajas, quemaremos la casa, con tu mujer y tus hijos». Entonces el jefe de la Liga baja. Se abre la puerta, lo cogen, lo atan, lo suben al camión, donde lo someten a las torturas más inverosímiles, simulando que lo van a ahogar o a matar, y después lo abandonan en pleno campo atado a un árbol, desnudo. Si, por el contrario, este es un hombre con agallas, que no abre la puerta y utiliza algún arma para defenderse, entonces el resultado es el asesinato inmediato del ciento por uno» (Matteotti. Discurso en el Parlamento, marzo de 1921).

El gobierno ya no iba a ser responsable ante el Parlamento, sino ante el rey. En 1925 se instituía ya una completa dictadura fascista con Mussolini a la cabeza

El régimen fascista

Como señalábamos más arriba, progresivamente el fascismo iba a ir ocupando todos los resortes del aparato del Estado, ejerciendo un control férreo sobre la prensa y en 1926 se aprobaron diferentes leyes de excepción que ponían fin a los derechos de reunión, a la existencia de partidos y sindicatos, a la libertad de expresión, etc. Se estructuró también una férrea policía política y tribunales especiales para perseguir los delitos de carácter político.

Matteotti, diputado socialista.
Matteotti, diputado socialista.

En 1927 se promulgó la Carta del Trabajo que instituía el corporativismo, mediante la asociación de capital y trabajo y la estructuración de sindicatos (o corporaciones) de carácter vertical, integradas por obreros y patronos. En 1928 la Cámara de Diputados, controlada por los fascistas, pasaría a depender oficialmente del Gran Consejo Fascista, para dar paso a una Cámara de los Fascios y las Corporaciones que tendría mero carácter consultivo. A nivel territorial se instauró un sistema centralizado de nombramientos de prefectos (gobernadores) provinciales y podestá (alcaldes) en los ayuntamientos.

En el ámbito económico, el Estado promoverá grandes obras públicas y actuará implementando mecanismos proteccionistas frente al exterior. La crisis de 1929 produjo una fuerte caída de las exportaciones lo que repercutió en un aumento del paro. Para contrarrestar los efectos de la crisis se creó el IRI (Instituto para la Reconstrucción de la Industria), a través del cual el Estado se hizo cargo de empresas en proceso de quiebra. Al mismo tiempo, el gran capital privado reforzaría sus posiciones mediante grandes contratos garantizados por el Estado, en particular los pedidos militares, que permitían un relanzamiento industrial, unido a las crecientes intervenciones militares (guerra de Abisinia, Guerra Civil Española, ocupación de Albania y posteriormente la Segunda Guerra Mundial). Las dificultades económicas crecientes, derivadas del impacto de la crisis económica internacional, eran convenientemente disfrazadas por el régimen apelando al objetivo de la autosuficiencia económica o autarquía, que Daniel Guerin resume perfectamente así: «El fascismo emprende así sin haberlo buscado el camino de la autarquía, no de aquella autarquía utópica, que prometía antes de llegar al poder, capaz de asegurar la satisfacción de las necesidades de cada miembro de la comunidad y la primacía del Trabajo sobre el Dinero, sino de un verdadero régimen de bloqueo, cuyas consecuencias son la penuria de artículos de primera necesidad para las masas y una tendencia al alza de todo lo que escasea, que se trata de frenar por un control draconiano de los precios» (Daniel Guerin, pág. 338).

La Iglesia, que se había negado a reconocer oficialmente al Estado italiano en el momento de la unidad italiana, que estableció en 1871 la capital en Roma, firmó los pactos de Letrán con el nuevo régimen fascista en 1929, que supuso el mutuo reconocimiento oficial. La Iglesia obtuvo a cambio importantes concesiones como la institución de la enseñanza religiosa obligatoria y el reconocimiento del catolicismo como única religión del Estado.

El final del régimen se vio acelerado por el giro que supuso para la marcha de la Segunda Guerra Mundial la derrota alemana en Stalingrado (hoy Volgogrado) en febrero de 1943 y el desembarco aliado en Sicilia en julio de ese mismo año, lo que llevaría a un sector del régimen a solicitar la destitución de Mussolini para así tratar de buscar un entendimiento con los aliados, a lo que accedería finalmente el rey. Tras ser arrestado, Mussolini sería liberado por el ejército alemán unos meses después y encabezaría una nueva entidad estatal en el norte de Italia, títere del régimen nazi, la República Social Italiana o República de Saló (que el gran director de cine italiano Pier Paolo Pasolini, inmortalizó en 1975 con el título Salò o le 120 giornate di Sodoma, en español Saló o los 120 días de Sodoma). La derrota del régimen nazi alemán supondrá la caída definitiva de Mussolini, que sería finalmente apresado y ejecutado por los partisanos en abril de 1945 por decisión del Comité de Liberación Nacional (CLN) máxima autoridad de la Resistencia antifascista dirigida en ese momento por el futuro presidente de la República italiana, Sandro Pertini.

El nacionalsocialismo y la República de Weimar

El 9 de noviembre abdicó el Kaiser en el dirigente socialdemócrata Ebert y se proclamó la República al día siguiente. El día 11 se firmó el armisticio. Este dato iba a ser muy relevante pues sobre el nuevo gobierno iba a caer toda la responsabilidad por la capitulación y luego la firma del Tratado de Versalles. Durante los años 1918 y 1919 se desarrolló un profundo proceso revolucionario con la constitución de consejos obreros y de soldados por todo el país a imagen de la Unión Soviética (sobre este aspecto hay publicado un artículo en Descubrir la Historia). De hecho, el gobierno de coalición socialdemócrata SPD-USPD (este último, Partido Socialdemócrata Independiente, representaba una escisión de izquierda antibelicista del propio SPD) se vio obligado a adoptar la denominación, de inspiración claramente soviética, de Consejo de Comisarios del Pueblo para intentar ponerse al frente de la oleada revolucionaria y tratar de reconducirla. Entre noviembre de 1918 y enero de 1919 hubo una situación crítica. Finalmente, el gobierno SPD, tras el abandono del USPD, aplastó la insurrección obrera, encargando la dirección de las operaciones militares al socialdemócrata Noske que actuó sin miramientos, siendo secuestrados y asesinados los máximos dirigentes de la revolución, los espartaquistas, ya convertidos en Partido Comunista Alemán (KPD), Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Unos pocos meses más logró sobrevivir la República soviética de Baviera. Tras estos hechos se constituyó un gobierno de coalición —la llamada Coalición Weimar— de socialdemócratas (SPD), liberales (PDA) y católicos (Zentrum). La derecha clásica se reagrupó en el Partido Nacionalista del Pueblo Alemán (DNVP). Los antiguos espartaquistas en el KPD o Partido Comunista Alemán. En Weimar, en el verano de 1919, se reunió el Congreso Constituyente que aprobó la nueva Constitución alemana. Por eso la historiografía denomina a esa república la República de Weimar, pero oficialmente el nombre que siguió teniendo Alemania fue el de Deutsches Reich o Imperio Alemán.

Hindenburg, el Káiser Guillermo II y Ludendorff.
Hindenburg, el Káiser Guillermo II y Ludendorff.

La derecha agitaba contra la «traición» de Versalles, de la que responsabilizaba a la coalición de gobierno. Grupos extremistas, formados por contingentes desmovilizados (freikorps), de raíz antisemita y que habían participado en el aplastamiento de la revolución obrera estaban organizados por todo el país. Hitler, en 1920, reagruparía a muchos de ellos en la fundación del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP). En 1923, se produjo una grave crisis tras la ocupación francesa de la cuenca del Ruhr, ordenada por Poincaré. La economía se colapsó y la inflación se disparó de forma galopante, dando lugar a la hiperinflación. El descontento recorrería el país, produciéndose un rebrote de la agitación obrera revolucionaria. Tras el aplastamiento de los últimos bastiones revolucionarios en octubre y noviembre de 1923 (gobiernos obreros de Sajonia y Turingia), Hitler y sus partidarios, con el apoyo del general Ludendorff, intentaron un golpe de Estado en Munich (Putsch de Munich) que fracasó momentáneamente y le llevaría a prisión donde redactaría su célebre obra Mein Kampf (Mi Lucha). La intervención norteamericana a través del Plan Dawes permitió establecer un plan de pagos para las reparaciones menos exigente que el impuesto en Versalles. El giro en Francia hacia un gobierno de radicales de izquierda también facilitaría una salida negociada que llevó a la retirada de las tropas francesas del Ruhr y a la entrada de Alemania en la Sociedad de Naciones (SdN), de la que había sido excluida inicialmente. Todo ello se materializaría en el Tratado de Locarno de 1925, abriéndose un período de cierta estabilización económica, política y social.

Portada del Mein Kampf (Mi Lucha) de Hitler.
Portada del Mein Kampf (Mi Lucha) de Hitler.

Pero en 1925 en las elecciones presidenciales, el desgaste político pasó factura a la Coalición Weimar y se impuso el candidato de la derecha conservadora, el mariscal Hindenburg (48% de los votos, frente a 42% del candidato de la coalición de gobierno, miembro del Zentrum católico tras el desistimiento del candidato del SPD, y 7% del KPD, que mantuvo su candidatura en la segunda vuelta). Durante los siguientes años el Partido Nazi continuaría con su reestructuración y reorganización interna y al precipitarse la crisis de 1929 emergería de nuevo con gran fuerza.

La conquista del poder

El crac de 1929 se extendió también a Europa y particularmente a Alemania, afectada por la masiva retirada de capitales norteamericanos ante la necesidad de liquidez en EE.UU. La retirada de capital condujo a la quiebra masiva de empresas y a un vertiginoso aumento del paro. En esas circunstancias se iba a producir un proceso de radicalización a derecha y a izquierda. Los nazis multiplicarían en tres años sus militantes por diez, pasando de tener unos 80.000 afiliados en 1928 a casi 800.000 en 1931. Iban a recibir gran apoyo por parte de los grandes industriales y sectores conservadores que los veían como un baluarte contra el peligro revolucionario.

En frente se encontraría una gran división en las filas del movimiento obrero entre el SPD y el KPD, partido, este último, que también se fue desarrollando vertiginosamente. La orientación sectaria de la Internacional Comunista (Komintern), que acusaba al SPD de «socialfascismo» no ayudaba a un entendimiento de cara a una posible acción en común. En las elecciones de 1930 los nazis consiguieron 107 escaños. En julio de 1932 ya alcanzaron los 230 escaños sobre un total de 608, lo que les situaba todavía lejos de la mayoría absoluta (el SPD y el KPD sumaban, por su parte, 222 escaños). Incluso en las elecciones de noviembre de 1932 el Partido Nazi retrocedió a 196 escaños sobre un total de 584 (por detrás de la suma del SPD y el KPD, con 221 escaños, ver tabla adjunta).

Entre medias de estas dos elecciones se habían celebrado las presidenciales en marzo-abril, obteniendo Hindenburg el 49% de los votos gracias al apoyo del SPD, frente al 30% logrado por Hitler y el 13% por el candidato comunista Thälmann. Pero en enero de 1933 Hindenburg acabó nombrando a Hitler canciller, que formaría un gobierno de coalición con otros partidos de derecha, incluido el Zentrum católico. En febrero de 1933, Hindenburg disolvería el Reichstag a petición de Hitler y convocaría nuevas elecciones para marzo. Mientras tanto, ardía el Reichstag (Parlamento alemán) y los nazis acusaban a los comunistas de ello.

El incendio del Reichstag el 27 de febrero de 1933.
El incendio del Reichstag el 27 de febrero de 1933.

En las elecciones de marzo de 1933, los nazis, pese al control que ejercían sobre los resortes del aparato estatal, consiguieron sólo 288 escaños de 647, con lo que seguían si alcanzar la mayoría absoluta (la izquierda retrocedió ligeramente hasta los 201 escaños que sumaban el SPD y el KPD). Como no pudo conseguir una mayoría de 2/3 para hacer pasar una Ley Habilitante que le diera a Hitler plenas facultades de gobierno al margen del Parlamento, expulsó a los diputados del KPD acusándoles del incendio intencionado del Reichstag e inició la detención de un determinado número de diputados del SPD hasta poder conseguir la mayoría de 2/3 de los diputados presentes para votar la Ley Habilitante. Tras ello, procedió a la disolución del SPD y el KPD y después del resto de partidos, convirtiéndose el 14 de julio el NSDAP en partido único. Se suprimieron también los sindicatos y se impulsó un sindicato oficial, el Frente Alemán del Trabajo que entre sus tareas propugnaba la depuración (expulsión) de los funcionarios no arios.

Hitler ante Hindenburg, al inaugurar el nuevo Parlamento, 21 de marzo de 1933.
Hitler ante Hindenburg, al inaugurar el nuevo Parlamento, 21 de marzo de 1933.

En 1934, en la «noche de los cuchillos largos», procedió a la liquidación del mando de las SA, que venían a ser las brigadas de choque del Partido Nazi constituidas por sectores “obreristas”, frente a las SS, que eran la guardia personal del líder, de carácter más selecto. La liquidación de las SA y el asesinato de su líder, Ernst Röhm, se produjo por la rivalidad que había entre los mandos del ejército y el mando de las SA que, disponiendo de casi un millón de afiliados, se planteaban ser el eje de reconstrucción del nuevo ejército tras el rearme, lo que era rechazado por el mando militar que tan sólo disponía de una tropa de 100.000 soldados según lo estipulado en el Tratado de Versalles. Hitler se inclinó a favor del mando militar para garantizar su futuro apoyo. Al morir Hindenburg en 1934, Hitler se convertiría también en jefe del Estado, llamado a partir de ese momento Tercer Reich (Tercer Imperio alemán).

El régimen nazi

Desde el punto de vista interno el poder sería ilimitado. Se controlaba la prensa, la educación y todas las esferas de la vida social. Además, se constituyeron dos instrumentos para crear terror, la policía política o Gestapo y las SS, que, teniendo su origen en un cuerpo de élite dirigido a la protección personal del líder, acabaría siendo una especie de Estado dentro del Estado con un poder político, económico, militar y policial, inmenso, basado en el sistema de Campos de concentración que gestionaban. El sistema de Campos se inició para encerrar a los opositores políticos socialdemócratas y comunistas, luego se extendió a los judíos tras las Leyes de Nuremberg de 1935, radicalizándose a partir de 1938 tras la llamada «noche de los cristales rotos» en la que se produjo un asalto organizado y generalizado a los barrios judíos y la detención de miles de ellos.

El incendio del Reichstag el 27 de febrero de 1933 permitió a Hitler acelerar los planes de persecución contra sus opositores.

En el ámbito económico el régimen nazi tuvo el apoyo del gran capital industrial y financiero. Siendo respetuoso con la propiedad privada una vez eliminadas las veleidades «anticapitalistas» de las SA. El impulso de obras de infraestructuras públicas y el relanzamiento de la economía de armamento produjo grandes beneficios a determinados sectores empresariales, al mismo tiempo la economía se reactivó, pasando de haber cerca de 6 millones de parados en 1933 a bajar hasta cerca de un millón en 1935, en un período de tan sólo tres años. Al igual que en Italia, el mundo del trabajo fue estructurado de forma corporativa, integrando capital y trabajo, es decir, obreros y patronos, en el marco del Frente Alemán del Trabajo. Como señalan diferentes autores, la liquidación de las organizaciones obreras permitió que el objetivo del pleno empleo se alcanzara a costa del salario y las condiciones de vida de los trabajadores: «Se calcula que desde el triunfo del nacionalsocialismo (30 de enero de 1933) hasta el verano de 1935, los salarios bajan en Alemania entre el 25 y el 40 por 100. En muchos casos, el salario [era] inferior al subsidio de paro de la República de Weimar (…) la llamada lucha contra el paro grava a los salarios de los que trabajan. El Estado nacionalsocialista obliga a los empresarios a contratar mayor número de obreros de los que necesitan, con el fin de absorber el paro, pero les permiten compensar esta carga suplementaria, bien reduciendo los salarios en conjunto, bien disminuyendo las horas de trabajo de cada obrero, y, por lo tanto, sus ingresos» (Daniel Guerin, pág. 282-283).

En cuanto a la política exterior, tras el ascenso de Hitler al poder, Alemania rompió con la Sociedad de Naciones y denunció el Tratado de Versalles, procediendo a ocupar y remilitarizar la zona de Renania. En 1938 se anexionó Austria (Anschluss) y, tras la Conferencia de Munich, los Sudetes (Checoslovaquia), con la complicidad de los gobiernos francés y británico. En 1939 suscribió el Pacto de Acero con la Italia de Mussolini, para apoyarse mutuamente en sus exigencias expansionistas, y en el mes de agosto de ese mismo año firmaría con la Unión Soviética el Tratado de no agresión (Pacto Ribbentrop-Molotov), que entre sus cláusulas secretas planteaba el reparto de Polonia y la incorporación de otros territorios a la Unión Soviética (Finlandia, Países Bálticos, Besarabia y Bucovina). Como consecuencia de ello se produjo la ocupación del corredor de Danzig en Polonia y la consiguiente declaración de guerra por parte de Francia y Gran Bretaña, dando así comienzo a la Segunda Guerra Mundial, que, tras una primera fase de avances y conquistas por parte de Alemania, conocería un giro de 180º con la derrota infligida por los soviéticos a los alemanes en Stalingrado en 1943. A partir de ese momento, los ejércitos alemanes se batirían en retirada ante el imparable avance del ejército soviético en el frente del Este. El régimen nazi iba a sucumbir con la derrota alemana y la capitulación de mayo de 1945, tan sólo unos pocos días después del suicidio de Hitler.

Fascismo residual y nuevos fascismos: racismo y xenofobia

El final de la II Guerra Mundial supuso la derrota del fascismo y del nazismo en Europa, aunque el contexto de la Guerra Fría que se impuso en los años siguientes, sobre todo a partir de 1947 con la Doctrina Truman, permitió la supervivencia de dos regímenes residuales de inspiración fascista en la Península Ibérica, el de Franco y el de Salazar. Eran regímenes constituidos sobre la base de golpes militares (1926 en Portugal y 1936-39 en España, agudizado por el efecto de la cruenta Guerra Civil) que mantenían muchos aspectos de una configuración fascista, como el sistema de partido único, culto al líder, una estructura sindical de carácter corporativo, un aparato represivo, etc. En Italia subsistió durante décadas un partido con una cierta implantación electoral que se reclamaba abiertamente de la etapa fascista, el Movimiento Social Italiano (MSI). No así en Alemania, donde la apología del nazismo constituía un delito sancionado por el código penal.

Después de inaugurar el nuevo Parlamento el 21 de marzo de 1933, Hitler obtuvo la Ley Habilitante, que le convirtió en un dictador «constitucional».

En los años 60 y 70 también se instituyeron regímenes militares en América Latina, auspiciados por EE.UU., como en Brasil, Chile, Argentina, etc. que adoptaron formas próximas al fascismo: gran represión, liquidación de las organizaciones obreras y democráticas e intentos de crear formas corporativas para asociar trabajo y capital.

Portada del diario militar norteamericano The Stars and Stripes del 2 de mayo de 1945 anunciando la muerte de Hitler.
Portada del diario militar norteamericano The Stars and Stripes del 2 de mayo de 1945 anunciando la muerte de Hitler.

Desde hace ya varias décadas, sobre todo en Europa, se ha venido produciendo un importante impulso de movimientos racistas y xenófobos que tienen como objetivo primordial actuar en contra de la inmigración. Estas tendencias se han ido agudizando en los últimos años por las propias dificultades económicas derivadas de la crisis y las políticas de austeridad implementadas en el marco de la Unión Europea. Así se han desarrollado partidos como el Frente Nacional en Francia, recientemente rebautizado como Rassemblement national, o Amanecer Dorado en Grecia, por poner dos casos con un cierto peso electoral.

Esta corriente xenófoba y racista recibió un fuerte impulso desde los países de la Europa del Este tras la caída del Muro de Berlín en 1989 (especialmente desde Hungría y Rumania, con movimientos xenófobos en contra de la población gitana). También en los años 90, en el marco de las guerras que vivió la antigua Yugoslavia tras la muerte de Tito y la disgregación territorial que se produjo, se sucedió una oleada de nacionalismos extremistas y excluyentes, Rememorándose la actividad de viejas organizaciones filofascistas actuantes durante la Segunda Guerra Mundial, como los ustachis croatas y los chetniks serbios. Más recientemente, en Ucrania pudimos asistir a la irrupción de formaciones de extrema derecha, muy activas desde el movimiento del Euromaidán, que se reclamaban del pasado colaboracionista con el régimen nazi, como el Sector de Derechas.

«Desde el triunfo del nacionalsocialismo (enero de 1933) hasta el verano de 1935, los salarios bajaron en Alemania entre el 25 y el 40 por 100»

Daniel Guerin

En los últimos años, con motivo de la llegada de cientos de miles de inmigrantes procedentes de las guerras de Siria, hemos podido ver cómo han surgido importantes movimientos xenófobos en países como Holanda, Italia, Alemania, Austria y más recientemente España, que plantean abiertamente la expulsión de inmigrantes, entre otras medidas de contenido claramente extremista e intolerante.

Conclusión

Tras la Primera Guerra Mundial se abrió un período de crisis revolucionarias que sacudieron a buena parte de Europa, como consecuencia de la situación de desolación, de crisis política, económica y moral, y del elevado nivel desempleo. Al mismo tiempo, la Conferencia de París, con sus diversos tratados, produjo muchas frustraciones de carácter nacionalista que fueron agitadas por los sectores de derecha y las fuerzas conservadoras. Todo ello generaría un caldo de cultivo para el fortalecimiento de opciones extremistas que recibieron el apoyo de sectores del gran capital ante el temor a la revolución obrera. También recibieron el apoyo de sectores de las clases medias, la pequeña burguesía, parados y excombatientes de la Gran Guerra.

Con el final de la primera ola revolucionaria, tras la derrota del movimiento revolucionario en Alemania, Hungría e Italia, se prepararía el terreno para que esos grupos se fueran disponiendo para el asalto del poder. Así ocurriría en Italia, pero también en otros países bajo formas de dictaduras militares como en España, Portugal, Polonia, Yugoslavia, etc. Finalmente, tras la crisis de 1929 y las consecuencias dramáticas derivadas de ella en los ámbitos económico y social, se iba a producir el ascenso del nazismo en Alemania que le llevaría a la toma del poder, apoyado, al igual que en el caso italiano, por sectores vinculados al gran capital y la industria pesada. Se produciría un relanzamiento de la economía de armamento que permitirá reducir notablemente el nivel de desempleo, pero prepararía las condiciones de una nueva destrucción con el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Una vez derrotados los regímenes fascistas alemán e italiano, permanecerán en Europa los regímenes de Franco y Salazar como regímenes residuales de inspiración fascista, que pudieron sobrevivir hasta los años 70, gracias al marco internacional creado por la Guerra Fría. La caída del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética, así como las políticas de austeridad implementadas por la Unión Europea en el marco de la crisis económica, han dado un importante impulso a movimientos de tipo xenófobo y racista, que son la forma actual que adopta el nuevo fascismo o neofascismo.

Para saber más

Angelo Tasca (2000). El nacimiento del fascismo. Barcelona: Crítica.

Daniel Guerin (1973). Fascismo y Gran Capital. Madrid: Fundamentos.

Hagen Schulze (2005). Breve Historia de Alemania. Madrid: Alianza.

Sebastian Haffner (2005). La revolución alemana 1918-1919. Barcelona: Editorial Inédita.

Shlomo Ben Ami (1991). Las dictaduras de los años veinte. En Europa en crisis, 1919-1939. Madrid: Pablo Iglesias.

Josep Fontana (2017). El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914. Barcelona: Editorial Planeta.

Josefina Martínez (coordinadora) (2006). Historia Contemporánea. Valencia: Tirant lo Blanch.

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Acerca del autor

Jesús de Blas Ortega

Jesús de Blas Ortega

Doctor en Ciencias Económicas y profesor de Secundaria de Geografía e Historia.

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