Luis Sorando: «José Bonaparte aspiraba a tener un ejército, pero Napoleón sólo quería un títere en España»

Luis Sorando durante la entrevista con 'Descubrir la Historia'. Imagen cedida por Desperta Ferro Ediciones.
Luis Sorando Muzás publica el primer estudio centrado en el ejército español de José Napoleón, formado por soldados olvidados y denostados por sus compatriotas. Hablamos con el autor sobre esta milicia que debía haber sido el sostén de la independencia del nuevo Estado.

Algunas obras han marcado un antes y un después a la hora de aproximarnos al reinado de José I Bonaparte (1808-1813). Pienso en Los afrancesados de Miguel Artola, monografía que supuso todo un rescate de aquellos españoles que habían colaborado con un monarca tildado tantas veces de «intruso». También en los estudios de Juan Mercader Riba sobre su administración, la biografía de Moreno Alonso del «rey republicano» o el acercamiento a la Constitución de Bayona de Ignacio Fernández Sarasola. A estos autores que, con otros muchos, han ido pergeñando aaquella monarquía que no pudo ser se suma ahora Luis Sorando Muzás con el primer estudio centrado en el ejército español de José Napoleón, formado por soldados olvidados y denostados por sus compatriotas.

Manuel Alvargonzález—La obra se centra en la formación del ejército español al servicio de José Napoleón, el cual debía haber sido el sostén de una administración que como prueba de su independencia rechazaba la simbología francesa, como la tricolor, y amoldaba la ya existente en el país a los nuevos tiempos. Afirmas que de todo esto recelaba el emperador.

Luis Sorando—Hay una frase que creo que lo resume. Cuando Napoleón le reprochó a O´Farril, el ministro de Guerra de su hermano, la insistencia en el proyecto, éste respondió: «Todo monarca necesita un ejército». José aspira a esto, a tener un ejército, pero Napoleón sólo quería un títere en España. El ejército español de José I llegó a tener simultáneamente 25 mil hombres, lo que queda empequeñecido si lo comparamos con los 50 mil defensores que cayeron en la defensa de Zaragoza.

Luis Sorando. Imagen cedida por Desperta Ferro Ediciones.
Luis Sorando. Imagen cedida por Desperta Ferro Ediciones.

MA—Mencionas en el libro que él tiene un problema enorme con los desertores, y que se trataba de un ejército de prisioneros. Una parte importante eran soldados que habían caído prisioneros y no les quedaba otra que sumarse al nuevo ejército, pero desertaban en cuanto podían. ¿Por qué esta aversión en la milicia a luchar por José Bonaparte?

LS—Napoleón sería todo lo tirano que quieras, pero tonto no era. Le dice que este nuevo ejército debía formarse en Francia, y en cuanto tuviesen su lealtad garantizada sería el momento de destinarlos a España. Pero tras la victoria de Uclés cuentan con miles de prisioneros y José se envalentona. El mismo Napoleón llega a fiarse, pero esto dura cuatro días. Llega una época de esplendor con la campaña de Andalucía, con la que Napoleón no estaba de acuerdo. Es un paseo triunfal y José Bonaparte fue el único momento en que se sintió rey. El emperador, celoso del éxito de su hermano aprovecha que éste está en Sevilla para anexionarse todos los territorios al norte del Ebro. La gente que había llegado a tener fe en el rey lo toma como una traición y muchos le abandonaron en ese momento. Podía haber llegado a ser un buen rey, pero no se recupera de la «puñalada» de 1810 por la que se creaban los gobiernos especiales. Hasta la escarapela pasó a ser tricolor en esas regiones.

MA—Prácticamente lo único en que estuvieron de acuerdo el gobierno de Fernando VII como rey absoluto y el de las Cortes de Cádiz fue en expulsar de la historia a los españoles que habían combatido por José Bonaparte. De hecho, mencionas casos en que el Empecinado hacía fusilar a estos soldados nacionales que servían a la nueva dinastía.

LS—El Empecinado y todos. El general Álava es de los pocos que por su cuenta saca una amnistía al final de la guerra para que se unan a su ejército, y lo hace por su cuenta. Le cayó una buena bronca al pobre hombre. Esto de las deserciones que mencionabas es verdad que fue un problema para José I, pero también tenía gente fiel y convencida. De hecho, es que en España no eran tan antifranceses. Antes de empezar la guerra, Napoleón era un ídolo en la prensa en un momento en que era aliado de España. Biografías suyas de 1806 lo ponían poco menos que como un héroe nacional. Se empezó a meter con la Iglesia y con Fernando y todo cambió.

MA—Fue Juan Van Halen, afrancesado convertido en patriota en las postrimerías de la guerra, quien acuñó el famoso término de las «dos Españas». ¿Dirías que la Guerra de la Independencia fue una guerra civil fundamentalmente?

LS—Tanto como eso no, aquí la gente lo veía como una guerra contra el francés, aunque hubiese españoles en el otro bando. De hecho, se dio que las Cortes de Cádiz estaban defendiendo un programa muy parecido al que patrocinaba José Bonaparte y no lo sabían realmente. De hecho, es una anécdota que no cuento en el libro, pero acabada la guerra José partió al exilio y coincidió con Xavier Mina, guerrillero que había combatido contra Bonaparte. Éste preparaba una insurrección liberal para México y le ofreció la corona de aquel país. La respuesta de José es que ya había sido rey de México y no le habían querido, sacando una moneda en la que estaba intitulado como rey de España e Indias. Lo que no impidió que desde entonces Xavier considerase que José habría sido un buen monarca, aunque hubiese combatido contra él en la guerra.

MA—Una característica del volumen son sus ilustraciones. Es muy rico en grabados históricos, fotografías de distintas piezas y armas del ejército y representaciones de los soldados uniformados que se deben a distintos artistas. ¿Resultó difícil incorporar todo este apartado gráfico? ¿Cómo fue su cooperación con los artistas y con los diseñadores?

Luis Sorando durante la entrevista con 'Descubrir la Historia'. Imagen cedida por Desperta Ferro Ediciones.
Luis Sorando durante la entrevista con ‘Descubrir la Historia’. Imagen cedida por Desperta Ferro Ediciones.

LS—Si buscas ilustraciones de la época de José Napoleón en internet te saldrán muchas de la Biblioteca Pública de Nueva York de los años 1880-1900. Son todo versiones de unas veinte postales que hicieron Neuman y un tal Orlando Norrie. Me ha costado mucho intentar que las retiren que evidentemente no las han retirado, aunque he insistido en demostrar que eran inventos. Una lámina de uniformes por bonita que sea no quiere decir que sea fiel a la realidad. La mayoría de los uniformólogos no miran las fuentes y la mayoría de los grabados son posteriores a la época napoleónica y tienen fallos. Por ejemplo, el húsar de la guardia yo no sé cómo viste y lo pongo en el libro. Pero sé cómo no viste, y no viste cómo lo han pintado hasta ahora. Lo pintan con un colbac de pelo y una de las pocas facturas que tengo son los chacós y porque le ponen todos los cordones amarillos, y tengo un portapliegos que pone «galón plata» que quiere decir cordones blancos. Los dos únicos datos que he encontrado desmontan esa figura.

LS—En cuanto a los ilustradores, yo no soy buen dibujante y necesitaba apoyo de alguien. Tanto Dionisio Álvarez Cueto (que falleció), como Augusto Ferrer, como Máximo Fiorentino que es el primero con quien empecé, todos han colaborado porque les gustó el tema. José Luis García Morán y Patrice Courcelle también han hecho una muy buena labor. A todos además les he ayudado en sus trabajos. He asesorado mucho a Augusto con los uniformes de sus cuadros, por ejemplo. Es capaz de cambiar las ropas de todo un cuadro si le dices que está mal. En cuanto a Dionisio, murió cuando estaba en su momento más alto. Fue una parálisis de todo este proyecto, que comenzó como un trabajo para una revista francesa que necesitaba ilustraciones muy buenas para poder vender. Así que se quedó un poco colgada la cosa. Yo seguí investigando y contacté con Desperta Ferro y desde el primer momento se ofrecieron a publicarme. Fueron muy generosos, por raro que parezca, aquí nadie más quería editar este trabajo. En el ejército insistían en que era una obra sobre los malos españoles. Hubo incluso dibujantes con los que ya había trabajado que no se sintieron interesados por una monografía que en su opinión no se centra en el ejército español, sino en traidores. Así seguimos doscientos años después.

MA—No sé si en Francia encuentras que el asunto es muy diferente.

LS—Creo que una versión en francés se habría vendido más que en España. Los grandes avances han sido con franceses. Muy generosos en cuanto han visto el tema que estudiaba. Aquí hay muy poco y muy pocas ganas. Por ejemplo, Vicente Alonso Juanola que trabaja el ejército de los Borbones, yo le tenía mucha amistad. Le propuse un pequeño resumen para el libro, pero insistía en que no era ejército español, sino traidores.

MA—En cuanto al estigma de traición, sacas a colación en el libro la anécdota de que el propio Fernando VII solicitó a José I la Orden Real de España, la primera condecoración militar de la España bonapartista. El primer traidor era el rey.

LS—En Valençay Fernando VII solicitaba la mano de una princesa francesa a Napoleón y le felicitaba por las victorias. Tengo las cartas fotocopiadas. Al propio José también le felicitaba por las victorias y le llamaba hermano. Cuando volvió a España, Goya tuvo que abandonar el país por haber aceptado esa medalla que él mismo había pedido. Todo lo que se diga de Fernando VII es poco.

MA—Otro aspecto que quiero sacar a colación y que mencionas en el libro son los napolitanos que servían en este ejército. José había sido rey de Nápoles entre 1806 y 1808. ¿Investigaste algo sobre el ejército que había tenido en ese país?

LS—Ahora hay mucho interés en el ejército napolitano tanto de José Bonaparte, porque no se sabe demasiado, y por el de Joaquín Murat, su sucesor, por todo el lujo que siempre rodeaba a ese personaje. Hasta mitad de la guerra usaron los uniformes traídos de Nápoles. Hay muchas láminas de esos soldados, de gran calidad y realizadas por muy buenos dibujantes, pero una vez más muy alejados de la realidad. No tenían fuentes. Ahora mismo el que más sabe de uniformes de Nápoles es un ruso con el que colaboro y con el que profundizo en los fallos de estos grabados, aunque fueron pintados con buena fe.

MA—Eres presidente de la Asociación Napoleónica Española y cooperas con numeras instituciones dedicadas a la vexilología y el estudio de los uniformes ¿Qué peso han tenido en la gestación de la obra?

LS—Pues seamos sinceros, ninguno. A una pequeña asociación le gustó el tema e hizo el uniforme del Regimiento Málaga, pero por lo demás no interesaba el ejército afrancesado. Sigue el odio, por raro que te parezca. No es un tema del que me dejen hablar en cualquier sitio. Me tuve que ir a Francia a publicar, allí había mucho interés por un hermano del emperador del que se sabía poco. Les encantó, pero aquí no. Nadie me ha hablado mal de ellos, pero eligen los uniformes que quieren y los «traidores» no les apetecían. No es que nadie los haya prohibido, pero sencillamente no apetece recrear este ejército.

MA—Volviendo con el aspecto de las ilustraciones quería saber si se presentaron problemas a la hora de maquetar.

LS—Teníamos dos elementos bien diferenciados. Retratos de época y militaría que nos habría gustado editar a color. Todo esto se ha ido incorporando al texto en el lugar que le corresponde, y luego las láminas se han incorporado en pliegos de la forma más organizada posible, siguiendo también un poco el orden marcado por el texto. Buscamos tanto la coherencia temática como por autores. Las ilustraciones de Dionisio Álvarez Cueto son cortesía de su viuda, Carmen Utiel. Tengo que decir que no he incorporado todas, porque algunas he comprobado con el tiempo que no se atañían a la realidad y me da pena porque son muy bonitas.

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Acerca del autor

Manuel Alvargonzález Fernández

Manuel Alvargonzález Fernández

Doctorando en Historia contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid.

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