En marzo de 1919 se fundó en Moscú la Komintern

Fotografía del II Congreso de la Komintern | Wikimedia.
Entre los días 2 y 6 de marzo de 1919 se celebró en Moscú el Congreso de fundación de la Internacional Comunista, también conocida como III Internacional o Komintern, por la transcripción de sus siglas del ruso. Los dirigentes bolcheviques, al mismo tiempo que tenía lugar la Conferencia de paz de París de la que la Rusia soviética había sido excluida, llamaban a la solidaridad de las organizaciones obreras de todo el mundo.

El congreso, al que asistieron una treintena larga de delegaciones de partidos comunistas, socialdemócratas, y de otros colectivos afines más minoritarios, se celebró en el momento más álgido de la guerra civil que asoló el territorio de Rusia, en el que los ejércitos blancos, con el apoyo de las potencias imperialistas aliadas en la Entente, se enfrentaron al Ejército Rojo organizado por los bolcheviques.

En el año 1920, ante las resoluciones y demandas de adhesión por parte de grupos y partidos de todo el mundo, entre ellos la Agrupación Socialista Madrileña y la Federación de Juventudes Socialistas (PSOE), el II Congreso de la Komintern aprobó los estatutos de la nueva Internacional y estableció las polémicas 21 condiciones para la admisión de partidos en la Internacional, redactadas por Lenin, y cuyo objetivo fue poner un filtro político para evitar que se integraran organizaciones que los líderes bolcheviques consideraban de dudosa voluntad revolucionaria.

Tras la muerte de Lenin y el giro hacia a la dictadura estalinista, la Internacional Comunista fue también víctima de la política ultrasectaria impuesta por la dirección soviética a sus organizaciones, en particular en Alemania, donde, siguiendo las directrices de la Internacional, el Partido Comunista Alemán acusaba a la socialdemocracia de «socialfascismo» impidiendo así una acción en común contra el ascenso nazi. Pero tras el golpe que supuso la llegada de Hitler a la cancillería en 1933 y la represión ulterior de todas las organizaciones de izquierda y democráticas, se produjo un nuevo giro de la Internacional Comunista, en este caso hacia la política de Frentes Populares. Si hasta entonces había sido impensable poder llegar a acuerdos con organizaciones socialistas, ahora iba a ser posible llegar a acuerdos incluso con sectores burgueses liberales. El resultado fue la formación de los Frentes Populares en Francia en 1935 y después en España en 1936. Este nuevo giro hacia una política de acercamiento a la burguesía liberal tuvo su recompensa con el reconocimiento diplomático de la Unión Soviética por parte de EEUU, y su admisión en la Sociedad de Naciones (SdN) en 1934, de la que había sido excluida al ser considerada por los aliados como un país traidor por haber firmado la paz por separado con los Imperios centrales en Brest-Litovsk (marzo de 1918).

El final de la Internacional llegaría en mayo de 1943, cuando por decisión de Stalin, y con el objetivo de granjearse la confianza de Reino Unido y EEUU de cara a las cumbres que se celebrarían en Teherán, Yalta y Potsdam, se decretó su disolución. Tras el inicio de la Guerra Fría, la dirección soviética impulsó la constitución de una estructura de coordinación de Partidos Comunistas pero que ya no tendría el carácter de una organización internacional centralizada. Fue el Buró de Información o Kominform, según su transcripción del ruso, constituido en 1947 y disuelto en 1956, en un momento de cierta distensión durante la Guerra Fría ante la crisis de Suez, en la que los planteamientos de norteamericanos y soviéticos en Naciones Unidas coincidieron, y en correspondencia, EEUU mantuvo una postura de cierta reserva ante el aplastamiento de la Revolución húngara de los Consejos Obreros por las tropas del Pacto de Varsovia que se produjo por esas mismas fechas.

Como se puede apreciar, la evolución de la Komintern va a ir de la mano de la evolución de la propia Unión Soviética, por lo tanto, para comprender el contexto político e histórico que llevaron a la fundación de esta nueva internacional obrera, a su desarrollo y actividad durante más de dos décadas, es necesario analizar los acontecimientos que dieron lugar a la Revolución Rusa de 1917 y a la formación de la Unión Soviética. Analizando sus causas, su evolución y la influencia que tuvo sobre el movimiento obrero a escala internacional. Es lo nos proponemos hacer en las siguientes páginas.

La Revolución Rusa y la Primera Guerra Mundial

Tal y como se analizaba en el artículo sobre el Tratado de Versalles, el año 1917 fue un año decisivo en el transcurso de la guerra por dos motivos fundamentales:

  • Por un lado, en el mes de febrero (marzo en el calendario occidental) estallaba en Rusia la revolución que obligaba al Zar (emperador de «todas las Rusias») Nicolás II a abdicar en su hermano Miguel, que ocupó el trono tan sólo dos días antes de producirse la definitiva caída de la dinastía de los Romanov y la abolición de la monarquía. La proclamación de la República se produjo en un ambiente revolucionario, en el que los obreros, los soldados del frente y los campesinos, reconstituyeron sus asambleas revolucionarias, los sóviets, que ya habían irrumpido por primera vez en 1905 tras la derrota del imperio ruso ante Japón. Las primeras movilizaciones que llevaron al estallido revolucionario, comenzaron con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora el 8 de marzo, instituido en 1910 por la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, la organización creada en 1907 que reunía a las mujeres de la Segunda Internacional.
  • Por otro lado, en el mes de abril, EEUU decidió entrar en la guerra. Aunque la excusa formal, tal y como se señaló en el artículo mencionado sobre el Tratado de Versalles, fuera un supuesto telegrama detectado por los servicios secretos británicos enviado por el gobierno alemán a su embajador en México en el que le planteaba sondear una posible alianza de Alemania con México contra EEUU (telegrama Zimmermann), no se les escapa a otros historiadores que la entrada en la guerra de EEUU va a ser justamente al mes siguiente de que haya estallado la Revolución de Febrero (marzo en occidente) en Rusia que, tras acabar con la monarquía zarista, había abierto un período de incertidumbre en el frente del Este ante la agitación pacifista revolucionaria de los bolcheviques a la que se unió también el ala izquierda de los Socialistas Revolucionarios (SR o eseristas), partido campesino por excelencia.

Finalmente, la Revolución Rusa codujo a la toma del poder por los bolcheviques en octubre de 1917, siendo una de sus principales premisas la firma inmediata de la paz, que finalmente se realizará en marzo de 1918 en Brest-Litovsk. Esta circunstancia permitirá al ejército alemán lanzar una última ofensiva sobre el frente occidental al desplazar cerca de un millón de combatientes desde el frente ruso. Ofensiva que tomó el nombre del general Ludendorff («ofensiva Ludendorff»), mano derecha del mariscal Hindenburg, pero que fue frenada gracias a la intervención de las fuerzas norteamericanas. En 1918 se llegó a una situación de agotamiento de los contendientes y de devastación generalizada. La influencia de la Revolución Rusa hizo que el apoyo inicial dado a la contienda por parte de los grandes partidos socialistas y socialdemócratas como el SPD alemán o el PS francés, empiece a resentirse por el hastío generalizado a la continuación del conflicto. Así en el SPD se produjo una importante escisión antibelicista, la USPD (Partido Socialdemócrata Independiente) de la que también brotará más tarde la Liga Espartaquista, liderada por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, con planteamientos abiertamente revolucionarios frontalmente contrarios a la guerra y partidarios de seguir una vía como la de los bolcheviques en Rusia. No en vano, el 1 de enero de 1919, los espartaquistas se constituyeron como Partido Comunista Alemán (KPD) y, tan sólo unas semanas después (15 de enero de 1919), sus líderes, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, fueron asesinados.

Podemos ver por tanto, cómo la Revolución Rusa tuvo un papel decisivo para poner fin a la carnicería que estaba suponiendo la Primera Guerra Mundial. Y cómo su influencia sobre el movimiento obrero de toda Europa propició la apertura de procesos revolucionarios en países como Alemania (1918-19, a la que nos hemos referido en otro artículo en Descubrir la Historia), Hungría (revolución de los Consejos Obreros de 1919), Norte de Italia (movimiento de ocupación de fábricas de 1920), así como al estallido de importantes movimientos huelguísticos en Francia y Reino Unido (país que además, entre 1919 y 1921, vivió un movimiento revolucionario en Irlanda que se convertirá en una guerra de independencia hasta la proclamación, y posterior reconocimiento británico, de la República irlandesa en la parte sur de la isla).

Si bien la Primera Guerra Mundial dio paso a la apertura de un proceso revolucionario en Europa, la revolución sólo triunfará de forma duradera en Rusia, con la formación de un gobierno de coalición entre los bolcheviques, bajo el liderazgo de Lenin y Trotsky, y los Socialistas Revolucionarios de Izquierda (SRI o eseristas de izquierda) apoyado en los sóviets (de ahí que dicho gobierno ostentara el nombre de Consejo de Comisarios del Pueblo), pero tras la firma de la paz por separado con los imperios centrales en Brest-Litovsk, las potencias aliadas de la antigua Triple Entente, especialmente Francia, Inglaterra y EEUU, además de Japón en el Extremo Oriente, intervinieron militarmente en apoyo de los llamados ejércitos blancos que desencadenaron una guerra civil, cuyo período álgido se situará entre 1918 y 1920, y que finalmente se saldó con el triunfo del Ejército Rojo comandado por Trotsky.

A partir de ahí, en los años 20, tras victoria bolchevique en la guerra civil, se producirá la consolidación de la Revolución Rusa, pero al mismo tiempo serán aplastados los movimientos revolucionarios de Alemania, Hungría e Italia, lo que llevará a la Rusia soviética a una situación de aislamiento y hostilidad generalizada desde el exterior. En ese contexto de aislamiento se producirá, además, la enfermedad de Lenin que le apartaría progresivamente de la actividad política hasta su muerte en 1924. Y tras su fallecimiento se abriría una confrontación interna en el seno del Partido Comunista bolchevique que se saldó con la imposición de la dictadura de Stalin y la eliminación de la oposición en el seno del partido, teniendo que marchar Trotsky al exilio en 1929.

Vamos a estudiar a continuación las causas o antecedentes que condujeron a la Revolución Rusa de 1917, así como la evolución del nuevo régimen soviético y su degeneración en la dictadura que encarnó Stalin desde finales de los años 20.

Antecedentes de la Revolución de 1917

Para poder entender las circunstancias que condujeron al estallido revolucionario de 1917 y al triunfo bolchevique, es necesario hacer referencia a algunos hechos de gran relevancia que se produjeron en el siglo XIX y en los primeros años del siglo XX.

Rusia: De gran potencia en la Restauración a potencia declinante en la segunda mitad del siglo XIX

Tras la derrota de Napoleón, la Rusia zarista había sido una de las potencias decisivas en la conformación del orden conservador europeo establecido por el Congreso de Viena (1814-15), lo que historiográficamente se conoce también como la Europa de la Restauración o Europa de Metternich, por el canciller austriaco, Príncipe de Metternich, que presidió el encuentro. Posteriormente también jugó un papel crucial en el aplastamiento de las revoluciones de 1830 y de 1848 en la Europa Central y Oriental (Polonia en 1831 y Hungría en 1849). Sin embargo, en un breve lapso de tiempo, pasó a sufrir una humillante y severa derrota en la Guerra de Crimea (1853-56) a manos de las potencias industriales europeas, Francia e Gran Bretaña, que en ese momento salieron en defensa del Imperio otomano, con el objetivo, no confesado, de evitar que Rusia tuviera acceso directo al Mar Mediterráneo.

Tras la muerte de Nicolás I en 1855, en medio del fracaso militar ruso en Crimea, su hijo, el Zar Alejandro II, entendió la imperiosa necesidad de tratar de poner al país a la altura de las potencias industriales rivales, y dio los primeros pasos hacia la «modernización». Se iba a producir la abolición de la servidumbre, primero, en 1858, de los siervos de la corona, afectando a unos 20 millones de campesinos, y luego, en 1861, de los de la Iglesia y la nobleza, que afectaría a otros 20 millones de campesinos, más 1,5 millones de siervos domésticos y a casi otros 5 millones que trabajaban en talleres y explotaciones mineras. En total, entre 1858 y 1861 fueron liberados unos 47,5 millones de siervos de una población de unos 67 millones habitantes, lo que representaba alrededor de un 70% de la población. Alejandro II resultó muerto en 1881 en un atentado a manos de grupos populistas (los narodnik, en ruso). Su sucesor, el Zar Alejandro III (1881-94), al mismo tiempo que paralizó todo proceso de apertura política, decidió acometer el proceso de industrialización.

Dificultades para la industrialización

Según el modelo clásico representado por el proceso de la Primera Revolución Industrial en Gran Bretaña, además de darse una premisa política como fue la del control del Parlamento por parte de la burguesía, desde donde puso en marcha toda una serie de medidas favorables a sus intereses económicos, las transformaciones agrarias iban a desempeñar un papel clave. La mejora de las técnicas de cultivo (sistema Norfolk), la mejora de la productividad, la utilización de abonos y fertilizantes, la concentración parcelaria que se dio con las Leyes de Cercamiento (Enclosures Acts), la mecanización consiguiente, etc. favorecieron que aumentara la oferta de alimentos para atender la demanda creciente de las ciudades, y que al mismo tiempo se generara un excedente de mano de obra en el campo que no iba a tener otra salida que emigrar a las ciudades para trabajar en la industria. Por otra parte, la nueva agricultura, adoptando formas capitalistas de producción, se convertiría en un potente mercado para la industria naciente a la que demandaría bienes de consumo industriales, así como abonos, fertilizantes, maquinaria y medios de transporte. Este sería, de forma resumida, el modelo clásico de desarrollo industrial.

Otra alternativa, aunque posterior en el tiempo al proceso británico, sería la llamada «vía prusiana» emprendida por Alemania. Aquí no se dio la precondición del triunfo político de la burguesía a través del control del Parlamento (de hecho, el Parlamento revolucionario de Francfort que aprobó la primera Constitución de la unidad alemana en 1848, fue disuelto manu militari). Sin embargo, el control de importantes zonas minero-metalúrgicas que Prusia se atribuyó tras el Congreso de Viena (1814-15), como la Renania-Westfalia (en particular la cuenca del Ruhr, rica en carbón y hierro), la consolidación del dominio sobre la Alta Silesia, zona carbonífera de Europa por excelencia, y la posterior institución de la Unión Aduanera (Zollverein) entre los estados alemanes, hicieron posible el desarrollo del comercio y de la industria y permitieron que la agricultura latifundista prusiana se pudiera mecanizar con cierta rapidez (pues no tuvo que pasar por el proceso más lento de la concentración de parcelas como ocurrió en Gran Bretaña) aumentando así su productividad y generándose un importante excedente de mano de obra campesina que emigró a las ciudades para trabajar en la industria.

¿Pero qué ocurrió en Rusia? Por supuesto que no se dio la precondición política británica de dominio parlamentario de la burguesía, pero tampoco un modelo de desarrollo industrial asimilable a la «vía prusiana».

– La agricultura no conoció un aumento sustancial de la productividad. Tras la abolición de la servidumbre se pusieron en venta tierras de la corona que se ofrecieron a los campesinos mediante créditos a pagar en 49 años, pero se hizo en el marco de las instituciones tradicionales agrarias, como el mir (que en ruso denomina a las comunidades campesinas), que normalmente estaban bajo control de los grandes terratenientes y de los campesinos más acomodados de las aldeas. Como consecuencia de ello, a los antiguos siervos se les dieron las peores tierras, y además quedaron atados a la comunidad agraria por las labores que obligatoriamente debían compartir, el pago colectivo de las rentas al Estado (para hacernos una idea, ese sistema de pagos se podría asimilar, en la terminología fiscal de la época de los Austrias en España, a una especie de «encabezamiento» a pagar colectivamente por una ciudad o villa en función del número de «cabezas» o familias) y los intereses de los préstamos. Además, el mir procedía periódicamente a la redistribución de las tierras, lo que desanimaba la inversión. Sólo la reforma del primer ministro Stolypin en 1906, que permitió a los campesinos abandonar la institución del mir, favoreció la constitución de una pequeña capa de campesinos prósperos e independientes, pero que apenas alcanzó a los 2,5 millones, es decir, aproximadamente un 5% del total.

– Como alternativa a la ausencia de una sustancial mejora de la productividad agraria, la industrialización se acometió bajo el impulso directo del Estado, recurriendo a dos fuentes de financiación: por un lado, la elevación de los impuestos a los campesinos hasta extremos insoportables, con lo cual todavía el empobrecimiento agrario se vería aún más acentuado; y por otro lado, acudiendo al capital extranjero, sobre todo francés e inglés, y en menor medida alemán, belga y norteamericano. Tratando así la monarquía zarista de ponerse al nivel de las otras potencias industriales europeas para participar también en el reparto imperialista, que requería ser una potencia militar-industrial.

Debido a estas condiciones tan «anómalas» y alejadas de los modelos británico y prusiano, el limitado proceso de industrialización que se produjo en Rusia entre los años 1885 y 1914, aunque con tasas bastante elevadas en algunos períodos, como el que se dio de 1890 a 1900 (con el conde Witte como ministro de Hacienda), en el que la industria llegó a crecer a tasas anuales promedio del 8%, va a tener tres características específicas muy marcadas:

  • Una altísima concentración industrial. Según algunas fuentes, el 75% de las empresas empleaban a más de 1.000 trabajadores. Otras fuentes, como el historiador Pierre Broué, dan un dato de concentración algo menor, aunque también elevado, señalando que el 50% de las fábricas contaban con más de 500 trabajadores. En el período que va desde 1890 a 1900 se pasó de 1 a 3 millones de trabajadores industriales. Además, la industria estaba concentrada también en muy pocos emplazamientos: San Petersburgo, Moscú, cuenca del Donetz y Dnieper en Ucrania, Bakú en Azerbaiyán y Yekaterinburgo en la región de los Urales.
  • El motor fundamental para el impulso industrial no vendrá desde la demanda interior del sector agrario, mayoritario en el país, pero con escasos recursos, sino de los encargos realizados por el propio Estado para la construcción del ferrocarril transiberiano, el desarrollo de una armada de guerra y, en general, el rearme del ejército imperial.
  • Y, como hemos señalado más arriba, dicha industrialización será muy dependiente de las inversiones extranjeras, en particular francesas y británicas, que emplazaron sus capitales en la deuda pública del Estado y también en los sectores estratégicos de la industria pesada.

Consecuencias políticas de la ausencia de una Revolución Industrial

Una de las consecuencias políticas de la ausencia de una verdadera Revolución Industrial en Rusia, fue la debilidad política de la burguesía liberal de carácter urbano. También de la burguesía agraria, lo que favoreció la expansión en el mundo rural de ideas revolucionarias de signo populista (los narodnik) que utilizaban el terrorismo como medio de acción política, llegando a provocar algunos magnicidios de importancia (Zar Alejandro II, Primer ministro Stolypin, etc.). Estos narodnik defendían un socialismo de carácter agrario y antiindustrial (un poco en la línea del socialista utópico francés Charles Fourier, pero sin desdeñar la utilización de la violencia) que idealizaba las comunidades campesina tradicionales, los mir, a las que consideraban como instituciones colectivistas. En lo que respecta al movimiento obrero, la alta concentración de la empresas, en pocos emplazamientos y con gran número de empleados en sus instalaciones (no eran muchas, pero sí muy concentradas), favoreció la rápida difusión de las ideas revolucionarias marxistas.

Derivado de todo ello se daría en Rusia otra importante «anomalía histórica». El partido obrero, POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata Ruso) se iba a constituir en 1898, antes que ningún otro, en un marco de clandestinidad y represión, aunque en 1903 conoció una escisión que tuvo consecuencias decisivas más adelante, dando lugar a las dos tendencias: bolchevique (que en ruso significa mayoritaria) y menchevique (que en ruso significa minoritaria). Poco después, en 1901, se organizó el partido campesino, heredero de la tradición populista (narodnik), que pasó a ser hegemónico en el campo, los Socialistas Revolucionarios, también llamados los SR, o eseristas por sus siglas, que también tendrá dos corrientes en su seno, una moderada o de derecha y otra radical o de izquierda, aunque no se llegarán a escindir hasta el mismo momento de la Revolución de Octubre de 1917. Y muy tardíamente, cuando ya los acontecimientos se habían desbordado tras el estallido de Revolución de 1905, el partido burgués liberal, Constitucional Demócrata, también llamados los KD o kadetes, por sus siglas, que se constituyó como partido en 1906. Podemos ver, por tanto, que el proceso de construcción de las formaciones políticas fue inverso al que se dio en los casos británico, francés o alemán. Contrasta también la casi inexistencia de sindicatos obreros, pues producto de la represión, el movimiento obrero se estructuraba de forma clandestina, pasando directamente al encuadramiento político revolucionario. Recordemos que en el «modelo» británico, el Partido Laborista fue construido por los propios sindicatos, las Trades Union Congress, para poder intervenir políticamente en el Parlamento.

Palacio Tauride, sede de la Duma Imperial (1906-1917) y del Sóviet de Petrogrado en 1917.
Palacio Tauride, sede de la Duma Imperial (1906-1917) y del Sóviet de Petrogrado en 1917.

La Revolución de 1905

Pese al intento de Rusia para consolidarse como una potencia imperialista, una vez más, la debilidad de su desarrollo industrial y su atraso económico se iba a evidenciar en el momento en que chocó contra la potencia imperialista de Japón, país que había alcanzado un importante desarrollo industrial tras la Revolución Meijí que, aunque había supuesto la derrota de los señores feudales ante al emperador de la dinastía Meijí, no había dado paso a la formación de un Estado liberal con división de poderes efectiva, sino a un Estado autoritario en el que el Parlamento estaba privado de la capacidad legislativa y de control sobre el gobierno, que rendía únicamente cuentas al emperador.

Pero la derrota rusa ante Japón en 1904 lo precipitó todo. La represión de la manifestación de 1905 ante el palacio de invierno del Zar el 9 de enero (22 de enero en el calendario occidental), conocida como «Domingo Sangriento», que había sido organizada por iniciativa de un sacerdote ortodoxo, el pope Gapón, a partir de unas estructuras sindicales toleradas que más tarde se conoció que estaban dirigidas desde los aparatos policiales, provocó el llamamiento a la huelga general por parte del POSDR, planteando como ejes reivindicativos: la jornada de 8 horas, el aumento de salarios y la convocatoria de una Asamblea Constituyente. En el campo, los Socialistas Revolucionarios impulsaron la ocupación de tierras. En este marco de agitación revolucionaria aparecieron por primera vez los sóviets (que eran asambleas revolucionarias de trabajadores que elegían sus representantes, diputados obreros, a un sóviet central, como ocurrió en San Petersburgo).

Tras el aplastamiento de la Revolución de 1905, que no fue posible hasta que no regresaron del Extremo Oriente las tropas que habían sido derrotadas por Japón. El Zar, asesorado por sus colaboradores (entre ellos el aristócrata reformista Conde Witte), emitió el conocido como Manifiesto de octubre de 1905 por el que se convocaban elecciones a una Duma (Parlamento) de carácter otorgado, es decir, sin poderes, tan sólo de carácter consultivo. La convocatoria, organizada por el Conde Witte, recibió el apoyo de los kadetes y de algunos socialistas agrarios de derecha, como los trudoviques (laboristas) de Kerenski, que se escindieron de los eseristas que llamaron a boicotear la Duma, al igual que el POSDR (mencheviques y bolcheviques), aunque Lenin, aun rechazando el marco antidemocrático de la convocatoria, propuso tácticamente participar con su propio programa revolucionario pero, como señalaba el historiador francés Pierre Broué, se quedó en minoría. Aunque sí participaron después en la segunda Duma de 1907.

La duración de alguna de estas Dumas otorgadas sin poderes fue efímera, puesto que incluso en ese marco antidemocrático y restrictivo, el Zar no podía tolerar que la Duma adoptara algunas declaraciones críticas, aunque no tuvieran ninguna posibilidad de concreción legal. Así la Primera Duma de 1906 duró 10 semanas (de abril a junio); la Segunda Duma de 1907, 5 meses (de febrero a junio). La feroz represión desencadenada por el primer ministro Stolypin contra algunos de sus miembros, deteniendo a varios diputados socialistas y llevando a la horca a numerosos militantes socialistas de diferentes tendencias, hizo que se hablara eufemísticamente de la «corbata de Stolypin». La Tercera Duma de 1907 a 1912 se convocó con una Ley electoral muy restrictiva, lo que hizo que se conociera como la Duma de los nobles y los lacayos. Finalmente la Cuarta Duma convocada en 1912, fue la que votó a favor de los créditos de guerra en 1914 (con el voto contrario de los bolcheviques y mencheviques y la abstención de la bancada de Kerenski), tras lo que quedó interrumpida, para ser restablecida en 1915, y seguir funcionando hasta la Revolución de Febrero de 1917.

Como ya se ha visto en otro artículo ya mencionado, en 1914, Rusia, tras la declaración de guerra efectuada por Austria-Hungría contra Serbia, declaró la guerra a Austria-Hungría. Como consecuencia, Alemania le declaró la guerra a Rusia, y entró en guerra también contra los aliados de Rusia, Francia y Gran Bretaña, y así sucesivamente, hasta verse implicados la mayoría de los países de Europa.

De todas las corrientes del movimiento obrero, la única que, con influencia real en el movimiento de masas, se opuso a la guerra fue la corriente bolchevique. Jean Jaurès, del PS francés, y contrario a la guerra, fue asesinado en 1914. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron minoría en el SPD alemán (y después asesinados en 1919). Pero en Rusia, sin embargo, había un total desapego de las masas a la guerra (no como en Francia o Alemania). Además, la guerra evidenció una vez más la debilidad militar rusa ante la maquinaria de guerra alemana.

La Revolución de 1917. De la caída del Zar a la Revolución de Octubre

A partir de una huelga de las mujeres trabajadoras del textil contra el desabastecimiento de alimentos iniciada el Día de la Mujer Trabajadora (8 de marzo, 23 de febrero en el calendario ruso), se desarrollaron manifestaciones y huelgas en todo San Petersburgo. El ejército, enviado para intervenir, acabó confraternizando con el pueblo y volviéndose contra la policía zarista. Fue el estallido de la revolución. Volvieron a constituirse, como en 1905, los sóviets (las asambleas revolucionarias de obreros, soldados y campesinos) y en la capital, que ahora se llamaría Petrogrado, se conformó un Sóviet central con representantes elegidos de las fábricas y de los batallones. El Zar disolvió la Duma otorgada, aunque un sector de la misma, formado por diputados kadetes, octubristas (el partido impulsado desde la corte zarista) y de los eseristas de derecha, decidieron formar un Comité Provisional de la Duma que pidió la abdicación del Zar, quien lo hizo en su hermano Miguel. Finalmente, en el Palacio Tauride, sede de la disuelta Duma imperial, en su ala derecha se constituyó el Gobierno Provisional, gracias al beneplácito del Comité Ejecutivo del Sóviet de Petrogrado que, curiosamente, se reunía en el ala izquierda del mismo palacio.

El Gobierno Provisional y «Tesis de Abril» de Lenin

El Gobierno Provisional estaba encabezado por el aristócrata liberal, Príncipe Lvov, tenía mayoría kadete y, por decisión del Sóviet no había ningún ministro socialista, salvo Kerenski, como ministro de Justicia. Otras carteras decisivas fueron ocupadas por Miliukov (jefe kadete) en Asuntos Exteriores y Guchkov (octubrista conservador) como ministro de la Guerra. En los siguientes ochos meses que van desde febrero (marzo en el calendario occidental) hasta octubre (noviembre en el calendario occidental), se sucedieron hasta cuatro gobiernos provisionales. La continuidad de la guerra y el deseo mayoritario de la paz estaban en el centro de las sucesivas crisis.

En el mes abril y tras un largo periplo que les llevó desde Suiza a Finlandia pasando por territorio alemán en el famoso «tren blindado», decenas de dirigentes socialistas de todas las tendencias llegaron a Petrogrado. Entre ellos regresaron el líder de los mencheviques, Martov, y el líder de los bolcheviques, Lenin. Tras su llegada a Petrogrado, Lenin manifestó su rechazo al Gobierno Provisional y exigió la paz inmediata para poner fin a la carnicería imperialista, como él definía a la Gran Guerra. Por estas fechas formuló sus famosas «Tesis de Abril» en las que venía a explicar que la burguesía rusa, que integraba y daba apoyo al Gobierno Provisional era incapaz de realizar las tareas democráticas que exigía el pueblo (paz, tierra, Asamblea Constituyente), defendiendo que esas tareas sólo podrían ser realizadas por un gobierno obrero y campesino apoyándose en los sóviets.

Poco después (abril/mayo) y en total contraposición al planteamiento de Lenin, el ministro de Asuntos Exteriores, el jefe kadete Miliukov, garantizaba públicamente a los aliados la continuidad de Rusia en la guerra. Como expresión de rechazo a esa pretensión se produjeron manifestaciones espontáneas de masas que llevarían a la formación de un nuevo Gobierno Provisional, que continuó presidido por el Príncipe Lvov, en el que se incorporaron ministros socialistas (mencheviques y socialistas revolucionarios de derecha). Kerenski se hizo cargo del Ministerio de la Guerra y salieron del gobierno el kadete Miliukov y el octubrista Guchkov.

La «ofensiva Kerenski» y el golpe de Kornílov

Kerenski | Wikimedia.
Kerenski | Wikimedia.

Sin embargo, el nuevo gobierno decidió, no sólo continuar en la guerra, sino que en el mes de julio puso en marcha una ofensiva, con resultados desastrosos desde un punto de vista militar, conocida como la «ofensiva Kerenski». De forma espontánea, pese a que los bolcheviques trataron de contener el movimiento porque consideraban que todavía no había llegado el momento más favorable para ello, se produjeron manifestaciones masivas que marchaban contra el Gobierno Provisional pidiendo su dimisión. Fueron las conocidas como «jornadas de julio» (entre el 2 y 5 de julio o entre el 15 y 18 de julio en el calendario occidental). La represión fue implacable y además el Gobierno Provisional hizo responsable de los disturbios a los bolcheviques. Su prensa y sus locales fueron clausurados, muchos de sus líderes, como Trotsky, fueron encarcelados y el mismo Lenin tuvo que huir a Finlandia (además, un juez de distrito, llamado Vyshinski, emitió una orden detención acusándole de espía alemán). El Príncipe Lvov dimitió y Kerenski, además de seguir con la cartera de Defensa, se hizo con la jefatura del Gobierno Provisional.

Lenin | Wikimedia.
Lenin | Wikimedia.

Una de las primeras medidas adoptadas por el nuevo jefe de Gobierno y ministro de la Guerra, Kerenski, fue el nombramiento del General Kornílov como comandante en jefe del ejército (19 de julio, 1 de agosto según el calendario occidental). Las primeras manifestaciones de Kornílov fueron en contra del Sóviet de Petrogrado, al que pretendía disolver, pero en dicho Sóviet participaban los compañeros de partido del jefe del Gobierno (los Socialistas Revolucionarios), así como los mencheviques. Los duros planes de Kornílov chocaron finalmente con el mismo Gobierno Provisional que le había nombrado jefe del ejército. Y Kerenski se vio obligado de pedir ayuda al Sóviet contra el golpe en marcha de Kornílov (agosto/septiembre).

Trostky | Wikimedia.
Trostky | Wikimedia.

La paradoja de todo ello fue que la guardia roja que el Sóviet pudo poner a disposición de la defensa del Gobierno de Kerenski y que logró frenar a Kornílov, era mayoritariamente bolchevique, pese a que los bolcheviques habían sido prohibidos como organización legal, su prensa y locales clausurados y muchos dirigentes habían tenido que pasar a la clandestinidad o huir, antes de ser encarcelados. Kerenski se vio obligado a asumir también la jefatura del ejército. Paralelamente, el bolchevique y elocuente orador Trotsky, una vez liberado, sería elegido presidente del Sóviet de Petrogrado. En ese momento, los bolcheviques, que habían triunfado también en el Sóviet de Moscú y en el de Yekaterimburgo (en los Urales), entre otras ciudades relevantes, levantaron un programa que sintetizaron, de manera agitativa, en cuatro puntos: paz, pan, tierra y ¡todo el poder a los sóviets!

Octubre de 1917. La toma del poder. El período bolchevique

Tras la derrota del golpe de Kornílov, gracias a la movilización de los sóviets, con mayoría creciente a favor de los bolcheviques, el Gobierno Provisional quedó muy debilitado. En esa situación, a propuesta de Lenin, el Comité Central de los bolcheviques, celebrado el 10 de octubre, aprobó poner en marcha la insurrección para la toma del poder (aunque dos dirigentes de prestigio, como Kámenev y Zinóviev, votaron en contra). La insurrección se llevaría a cabo entre los días 24 y 25 de octubre (7 y 8 de noviembre en el calendario occidental). Coincidió la insurrección con la celebración del Congreso de los sóviets de toda Rusia. Lenin se presentó ante el Congreso, y por aclamación se constituyó el Consejo (Sóviet en ruso) de Comisarios del Pueblo (que es la denominación que iba a tener el nuevo gobierno revolucionario), integrado por una coalición de bolcheviques y eseristas de izquierda que habían apoyado también la insurrección. De forma inmediata serían aprobados los decretos de la paz, de la tierra (que supuso la expropiación sin indemnización de los latifundios y su distribución entre los campesinos) y del control obrero de la industria, unos días después el decreto de nacionalidades que garantizaba el derecho de autodeterminación, incluida la separación, de todas nacionalidades de la Rusia soviética.

La Asamblea Constituyente

El Gobierno Provisional había venido retrasando sine die la convocatoria de elecciones a la Asamblea Constituyente. Sólo cuando se comenzó a temer el posible triunfo bolchevique y la toma del poder por los sóviets, el Gobierno Provisional decidió convocar elecciones a la Asamblea Constituyente para el mes de noviembre. Tras la Revolución de Octubre, el nuevo Consejo de los Comisarios del Pueblo mantuvo la convocatoria y las elecciones se celebraron en las fechas previstas. Los bolcheviques, que en los distritos urbanos competían especialmente con los mencheviques, se impusieron con claridad a sus contrincantes más directos. Los bolcheviques obtuvieron un 25% de los votos a escala nacional, mientras que los mencheviques se quedaron en el 4%. Pero la mayor complejidad se iba a dar en los distritos rurales. Pues aunque los eseristas de izquierda habían apoyado la insurrección y se habían incorporado al nuevo gobierno en coalición con los bolcheviques, no habían logrado estructurarse de forma clara como un partido independiente de los eseristas de derecha, hasta el momento mismo de la insurrección. El triunfo de los eseristas en los distritos rurales se daba por descontado. Alcanzaron un porcentaje de votos entre el 40 y el 50%, pero lo que estaba en discusión era saber cómo se iban a repartir esos escaños entre la corriente de derecha y la de izquierda. De los demás partidos que participaron, los kadetes alcanzaron un 5%, el resto obtuvieron porcentajes testimoniales.

Cuando se reunió la Asamblea Constituyente, la primera votación que se hizo para elegir la presidencia de la misma, sirvió para medir las fuerzas de cada sector. Se presentaron como candidatos una eserista de izquierda, Spiridónova, y un eserista de derecha, Chernov. El resultado de los votos de los diputados presentes se decantó a favor de Chernov por 244 votos frente a 153. Es decir, sólo una pequeña parte de la bancada eserista estaba alineada a la izquierda. Si bien en la dinámica de las asambleas revolucionarias (sóviets de campesinos) los eseristas de izquierda habían logrado ganar una mayoría de delegados, sin embargo en la conformación de las listas de candidatos y en las elecciones a la Asamblea Constituyente había prevalecido la línea de la dirección oficialista. Y la consecuencia de todo ello era que la Asamblea Constituyente se podía convertir en un contrapoder al gobierno soviético. Los bolcheviques presentaron una Declaración de Derechos del Pueblo Trabajador y Explotado que implicaba un apoyo a las medidas adoptadas por el gobierno soviético. Como la propuesta fue rechazada por la Asamblea Constituyente, los bolcheviques y los eseristas de izquierda abandonaron la Asamblea y en pocas horas fue disuelta por los guardias rojos. Esto ocurrió el 5 de enero (19 de enero en occidente) de 1918. Al día siguiente la prensa publicaba el proyecto de decreto de disolución de la Asamblea Constituyente redactado por Lenin. Ese mismo año, los bolcheviques trataron de institucionalizar el nuevo régimen soviético y en julio se constituyó la República Federativa Socialista Rusa. Todavía habría que esperar otros cuatro años para la constitución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que se mantuvo como Estado hasta su implosión en 1991.

La firma de la paz con los Imperios centrales

Poder llegar a concretar uno de los objetivos centrales de la Revolución de Octubre, como era acordar la paz con los Imperios centrales, no resultó nada fácil. Los bolcheviques conocieron una profunda división interna. Por un lado se alinearon los llamados «Comunistas de izquierda», encabezados por Bujarin, que eran partidarios de continuar la guerra aunque ahora como guerra revolucionaria. En el otro extremo se situaba Lenin, que era partidario de la firma de la paz sin condiciones, incluso a costa de importantes pérdidas territoriales, pues él partía de la idea de que estallaría la revolución en Alemania, y que esas cesiones territoriales serían sólo temporales. A medio camino de estas dos posiciones, estaba la posición de Trotsky, comisario para Asuntos Exteriores y encargado de negociar con los alemanes en Brest-Litovsk, que no era partidario ni de firmar, ni de seguir combatiendo, y que trataba por todos los medios de prolongar las conversaciones de paz con el mando alemán. Pero, finalmente, ante el avance del ejército alemán, no les quedó más remedio que firmar en marzo de 1918 (desde el 31 de enero de ese año ya coincidían el calendario ruso y el occidental) en peores condiciones que las planteadas en un primer momento por Lenin. El estallido de la guerra civil en mayo contra los ejércitos blancos y la intervención extranjera, provocaron un cierre de filas en el partido. Pero los únicos aliados con que contaban los bolcheviques, los eseristas de izquierda, contrarios a la paz con Alemania, asesinaron al embajador alemán en julio de 1918 desencadenando la ruptura de la coalición de gobierno y la represión de los eseristas de izquierda por parte de los bolcheviques. Pocas semanas después, el mismo Lenin fue objeto de un atentado por parte de una militante eserista. Los bolcheviques se quedaban solos, con todos los partidos rusos en su contra y con todas las grandes potencias mundiales aliadas, que consideraban a los bolcheviques traidores por firmar la paz por separado con los Imperios centrales, ayudando a los ejércitos blancos en la guerra civil.

La guerra civil y el llamado «comunismo de guerra»

El período más intenso de la guerra civil se iba a desarrollar entre mayo de 1918 y 1920. En diferentes frentes se constituyeron los llamados ejércitos blancos, dirigidos unas veces por generales zaristas, en otros casos organizados por sectores eseristas y mencheviques, pero contando con el apoyo logístico y de tropas por parte de los países aliados de la Entente, Francia, Reino Unido, Japón y EEUU, que consideraban a los bolcheviques unos traidores por haber abandonado la coalición aliada y haber firmado la paz por separado con los Imperios centrales. El historiador Pierre Broué hablaba de «fortaleza asediada» y de «coalición mundial contra la República de los sóviets» que recordaba, en cierta medida, la situación que vivió la Revolución Francesa durante la Convención tras la proclamación de la República y la ejecución del rey Luis XVI, asediada por todas las potencias europeas de la época. Pero incluso en ese marco tan hostil, los bolcheviques tomarán la iniciativa de llamar a formar una nueva Internacional Obrera, la Komintern o Internacional Comunista, cuyo congreso de fundación se realizó del 2 al 6 de marzo de 1919 en Moscú, reuniendo a representantes de grupos socialistas y comunistas de una treintena de países. En el siguiente año, el II Congreso de la Komintern aprobó los estatutos de la nueva Internacional y estableció las polémicas 21 condiciones para la admisión de partidos en la Internacional, cuyo objetivo era poner un filtro político ante la demanda creciente de adhesión de organizaciones procedentes de la disuelta II Internacional y así evitar que se integrasen organizaciones de dudosa voluntad revolucionaria.

El líder bolchevique, León Trotsky, iba a ser el encargado de organizar el Ejército Rojo a partir de los batallones de guardias rojos y mediante el reclutamiento de miles y miles jóvenes campesinos. En un momento dado, el control efectivo del régimen soviético sobre el territorio de la antigua Rusia zarista alcanzaba apenas al 25% del total, pero la guerra se iba a ir decantando poco a poco a favor de los bolcheviques, también porque los ejércitos blancos, formados por corrientes políticas enfrentadas entre sí (zaristas, nacionalistas ucranianos, eseristas, mencheviques, etc.) fueron incapaces de estructurar un mando único (esto se percibe con total claridad en la novela de Chaves Nogales El maestro Juan Martínez que estaba allí). Cuando las potencias internacionales, en aplicación del plan de los 14 puntos del presidente norteamericano Wilson y también por los problemas sociales internos que se desarrollaron tras finalizar la Gran Guerra, decidieron retirarse, el triunfo militar de los bolcheviques era ya indiscutible.

Fotografía del II Congreso de la Komintern | Wikimedia.
Fotografía del II Congreso de la Komintern | Wikimedia.

Durante el conflicto, la posición inicial defendida por la dirección bolchevique en el plano económico, que Lenin llegó a formular en 1918 como la necesidad de construir una especie de Capitalismo de Estado tomando como referencia a Alemania (Sobre el Infantilismo de Izquierda), quedó totalmente interrumpida por las necesidades imperiosas de la guerra. El objetivo prioritario pasó a ser el abastecimiento del ejército y de las ciudades (base fundamental de apoyo de los bolcheviques), para ello se procedió a incautaciones y a la requisa de cereal y de otros productos agropecuarios con métodos «manu militari». A decir verdad, los ejércitos blancos no procedían de forma diferente en las zonas bajo su control, sin que ningún historiador haya hablado por ello de un «comunismo de guerra» aplicado por los blancos. Una vez que el Ejército Rojo se había impuesto en la guerra, la situación en el campo se hacía insostenible. El rechazo a las requisas llevó a que se desarrollaran levantamientos campesinos. Y el colofón de todo ello fue la revuelta de los marinos de la fortaleza de Kronstadt en marzo de 1921, muy próxima a Petrogrado, que habían sido la punta de lanza bolchevique en 1917. Todo ello llevó a que el partido, en su congreso de 1921, adoptara, sin más dilación, el giro a la Nueva Política Económica (NEP) que ya había sido acordado por los dirigentes bolcheviques.

La NEP y el «Gran Debate de los años 20»

Una prueba de que el llamado «comunismo de guerra» no había sido sino una situación de emergencia impuesta por las circunstancias de la guerra civil, se puede deducir por el hecho de que el informe que Lenin presentó al congreso del partido en 1921 para el giro a la NEP, titulado El impuesto en especie, era continuidad (de hecho, reproducía partes enteras) del que en 1918 defendía para la Rusia soviética una especia de Capitalismo de Estado similar al alemán. En el nuevo planteamiento económico que se conoció como Nueva Política Económica (NEP), el Estado tendría que mantener el control sobre la gran industria, las infraestructuras de transporte y el sistema financiero. Y también el monopolio sobre el comercio exterior. Y se iría abriendo a la iniciativa privada el pequeño comercio y algunos pequeños talleres industriales. Se permitiría la contratación de mano de obra asalariada, también para la actividad agraria. Además se creaba una moneda basada en el oro, el chervonets, para intentar estabilizar los precios. Aunque la medida estrella, y que iba a marcar el giro, fue la que ponía fin a la requisa forzada del cereal, sustituida por un impuesto en especie. El campesino entregaría una parte de la producción en especie y el resto lo podría comercializar libremente. Los efectos de esta flexibilización económica fueron inmediatos y la economía, en su conjunto, se benefició de ello. Sin embargo, la mejora que se alcanzó, no iba a estar exenta de crisis periódicas.

En la misma línea de tratar de encontrar un respiro para el nuevo Estado soviético, los bolcheviques decidieron acudir a la Conferencia de Génova (Italia) en 1922, en la que se iba a abordar la reorganización del comercio y las finanzas internacionales tras la guerra. Como los bolcheviques se negaban a pagar las deudas contraídas por la monarquía zarista para financiar la guerra (adeudada sobre todo a la banca francesa) y los alemanes estaban profundamente descontentos por las cláusulas del Tratado de Versalles que les obligaba a pagar ingentes cantidades en concepto de reparaciones de guerra, al final, bolcheviques y alemanes, que fueron tratados como apestados por las potencias reunidas en Génova, acabaron suscribiendo un acuerdo económico-comercial entre ambos países en la localidad de Rapallo que incluía cláusulas secretas que permitían a los alemanes hacer en territorio ruso prácticas militares no permitidas en territorio alemán por el Tratado de Versalles.

Tan sólo un par de años después, y coincidiendo con retirada de Lenin de la primera línea política, aquejado de una enfermedad paralizante (pues aunque falleció en 1924, ya desde 1923 estaba prácticamente fuera de juego, incapacitado físicamente), se iba a producir la conocida como «crisis de las tijeras», por el dibujo que en un gráfico representaban la evolución de los precios relativos de los productos agrarios y los industriales, creciendo éstos últimos mucho más rápidamente, pero en medio de una inflación galopante.

Crisis de las tijeras (precios agrícolas e industriales).
Crisis de las tijeras (precios agrícolas e industriales).

Sobre la forma de enfrentar esta situación surgieron dos posiciones encontradas en el seno del partido, en lo que se llamaría el «Gran Debate de los años 20». Por un lado iba a estar la posición oficialista de la dirección del partido defendida por Bujarin, que era favorable al desarrollo de un cierto capitalismo agrario. De hecho, sería famoso su discurso en el teatro Bolshoi de Moscú en el que en un mitin llamó a los campesinos a enriquecerse. Frente a esta posición oficialista, se levantó una plataforma de oposición (liderada por el economista Preobrazhenski y con la que simpatizaba Trotsky) que defendía la necesidad de impulsar la industrialización a mayor velocidad mediante la transferencia de renta de la agricultura a la industria a través de impuestos y el control de precios, y con la ganancia así obtenida por el Estado (dueño de las industrias más importantes), adquirir maquinaria y tecnología en el extranjero, necesaria para empujar el desarrollo y modernización de la industria.

Bujarin | Wikimedia.
Bujarin | Wikimedia.

La oposición, aunque perdedora en una primera etapa (1923, que también coincidió con la derrota de la Revolución alemana y el reflujo del movimiento obrero en aquel país), se iría, sin embargo, reforzando en fases sucesivas. En 1925, una parte del sector hasta entonces oficialista (integrado por Zinoviev, Kámenev y Krúpskaya, viuda de Lenin), alarmado por los planteamientos de Bujarin, acabará confluyendo con la oposición de 1923. Pero cuando parecía que las tesis de la oposición podían tener posibilidades de imponerse en el seno del partido en el marco del congreso que se preparaba para 1927, Stalin, que había apoyado todo el tiempo las tesis de Bujarin, y controlaba el aparato del partido, logró expulsar en bloque a toda la oposición, tras organizar una serie de provocaciones, impidiendo así su participación organizada en dicho congreso.

Preobrazhenski  | Wikimedia.
Preobrazhenski | Wikimedia.

Aunque la expulsión de la oposición iba a ser bajo la acusación de querer romper la alianza con los campesinos por sus propuestas impositivas y de transferencia de renta de la agricultura a la industria, al poco de su expulsión se desató una brutal crisis de entregas. No se trataba de que la producción agraria hubiera caído, de hecho, había alcanzado o incluso superado el nivel de preguerra. Sino que los campesinos más prósperos, los más ricos de las aldeas, los kulaks, lograban acaparar la mayor parte del grano y evitaban sacarlo al mercado, con la pretensión de conseguir que ante una situación de escasez, el precio se disparase y poder beneficiarse de ello. Iba a ser, por tanto, una operación especulativa. Para hacer frente a esa situación de escasez, en los años 1928 y 1929 la dirección del partido, con Stalin a la cabeza, se lanzó a una operación generalizada de requisas en el campo, que iba a recordar a la etapa del llamado «comunismo de guerra». Se había expulsado a la oposición porque proponía medidas fiscales y de control de los precios para favorecer la industrialización, y a la larga se había tenido que emprender una vía mucho más violenta y dramática ante el acaparamiento especulativo.

Finales de los años 20 y años 30. El giro estalinista y la burocratización del régimen

Como se hacía insostenible que las campañas de requisas se tuvieran que repetir año tras año, la dirección del partido giró hacia la colectivización forzosa de las tierras, mediante la formación de granjas colectivas o cooperativas, los conocidos como koljoses. De esta manera, el Estado se podría asegurar las entregas de grano cada año, sin tener que desplegar una campaña de requisas, con el desgaste y violencia que eso llegaba a producir. Pero la colectivización iba a tener un efecto dramático. Los campesinos, antes de colectivizar, matarían el ganado, utilizándolo para su alimentación, lo que provocó el hundimiento de la cabaña ganadera que no se recuperaría hasta muchos años después.

El drama de la colectivización forzosa

Tras el apoyo dado por Stalin en el debate de los años 20 a los planteamientos de Bujarin, favorables al enriquecimiento de los campesinos, las crisis de entregas de cereal de los años 1928 y 1929 van a precipitar el giro a la colectivización forzosa, que iba a suponer un duro golpe para la economía rural, que conoció momentos de hambruna, y donde iba a imperar una especie de «militarización» de la economía agraria que recordaba a los peores momentos del «comunismo de guerra» vividos durante el período 1918 a 1920. Este giro político, del que Trotsky caracterizó su inconsistencia con la frase: «colectivizar la tierra con las ametralladoras de hoy y los tractores hipotéticos del mañana», provocaría la ruptura entre Stalin y Bujarin, y la expulsión de los seguidores de este último del partido. En un primer momento, Stalin, apoyándose en Bujarín, había eliminado a la oposición de izquierda. Ahora, las víctimas iban a ser sus anteriores aliados.

Stalin | Wikimedia.
Stalin | Wikimedia.

La industrialización soviética, en el esquema de la oposición –que se aproximaba bastante al esquema clásico de la Primera Revolución Industrial- se realizaría sobre la base de la transferencia de renta de la agricultura a la industria a través de impuestos y mediante una política de precios de intercambio favorable a la industria controlada por el Estado. Para completar el proceso, sería imprescindible acudir al intercambio exterior. Básicamente se exportaría cereal y se importarían bienes de equipo. Si se desarrollaba la industria se podría ofrecer a los campesinos bienes industriales (bienes de consumo, abonos, fertilizantes y medios mecánicos como tractores, cosechadoras, trilladoras, etc.) que se podrían intercambiar por su producción agraria. Algo similar a lo que se conoció en la Gran Bretaña del siglo XVIII una vez puestas en marcha las Leyes de Cercamiento. Aunque, a diferencia del caso británico, aquí la dirección económica iba a estar en manos del Estado y no de la iniciativa privada (por eso Lenin hablaba de Capitalismo de Estado similar al alemán). Además, mediante la mecanización y el uso de abonos y fertilizantes se mejoraría la productividad agraria y ello podría incentivar la libre asociación de campesinos en cooperativas voluntarias para optimizar el uso de los medios mecánicos y ahorrar costes de producción. Pero con el giro a la colectivización forzosa se hizo todo al revés. Más que seguir un camino inspirado en el modelo clásico británico, parecería que Stalin iba a seguir un esquema más parecido al zarista, consistente en industrializar a costa del campo, a costa del hambre y la miseria de millones y millones de campesinos. Por eso, algunos autores han llegado a hablar eufemísticamente de «modelo zarovique» (como por ejemplo, el profesor Enrique Palazuelos).

Por lo tanto, en el modelo estalinista, primero se colectivizaba el campo, lo que provocaba el hundimiento de la producción agropecuaria y la caída de las exportaciones de cereal. Luego se emprendía la industrialización acelerada, que se hacía a costa del hambre de millones de campesinos. Además, todo el acento se ponía en el desarrollo de las industrias de base o industria pesada (siderurgia y metalmecánica), pues la escasez de materia prima de origen agrario para las industrias de bienes de consumo (lino y algodón textil, alimentación, calzado, etc.) provocada por la colectivización forzosa, hacía que quedaran totalmente relegadas. Todo ello provocaría una distorsión del sistema soviético desde su base y la agricultura siempre sería el «talón de Aquiles» de la economía soviética. En estas condiciones se introdujo un sistema de planificación económica de carácter sumamente burocrático. El Primer Plan Quinquenal fue aprobado en 1929, con efecto retroactivo a 1928 y duración hasta 1933, aunque acabó finalizando en 1932 ¡tan sólo cuatro años y 3 meses después! Y superando holgadamente, según la propaganda oficial, los objetivos marcados. En este marco, Stalin, en un documento publicado por estas fechas, acabó mandando «la NEP al diablo».

El régimen de terror

Un régimen de terror sistemático se iba a ir imponiendo en estos años. Contra los campesinos en la colectivización, pero también contra los viejos dirigentes comunistas bolcheviques de 1917. La mayor parte de miembros del Comité Central del Partido bolchevique de 1917 serían asesinados en los años 30.

Fiscal Vyshinsky | Wikimedia.
Fiscal Vyshinsky | Wikimedia.

En 1934, pese a todos los bandazos económicos anteriores, parecía darse una cierta estabilización de la situación económica. En ese contexto, un joven dirigente de Leningrado, Kírov, que además ocupaba el cargo de primer secretario del Comité Central del partido, concitaba las simpatías de un sector de los cuadros partido para poder hacerse cargo de la secretaría general, pues al parecer, según algunos autores, era partidario de una cierta distensión hacia la oposición. Sorpresivamente iba a ser asesinado ese año. La policía política detuvo rápidamente al supuesto asesino, Nikoláyev, que fue ejecutado inmediatamente, pero atribuirá el asesinato a una supuesta red de conspiración en la que estarían implicados viejos opositores como Zinoviev y Kámenev, que se habían apartado de la oposición y habían regresado para colaborar con Stalin tras el giro de 1928-29. El asesinato de Kírov va a servir de excusa para poner en marcha los Procesos de Moscú en los que, en sucesivas sesiones desarrolladas entre los años 1936 y 1939, todos los viejos opositores, ya fueran de la corriente de izquierdas o trotskista, ya fueran de la corriente de derechas o bujarinista, o simplemente no fueran incondicionales del secretario general, iban a ser procesados, acusados de crímenes horrendos, de conspirar contra el Estado soviético en colaboración con el régimen nazi alemán, etc. Por todas esas acusaciones, burdamente fabricadas, serían juzgados y condenados a muerte. La paradoja de todo ello iba a ser que el Fiscal que dirigió las acusaciones en nombre del Estado, Vyshinski, fue el mismo que en julio de 1917, como juez de distrito en Petrogrado, emitió el auto judicial de detención de Lenin acusándole de espía alemán. Y abundando todavía más en la paradoja, el mismo Vyshinski, que sería luego destinado a Asuntos Exteriores, participaría en la preparación del pacto germano soviético de agosto de 1939, rubricado en Moscú por el Ministro de Asuntos Exteriores de Hitler, Ribbentrop y por el Comisario de Asuntos Exteriores de Stalin, Molotov.

Fotografía manipulada por el régimen estalinista | Wikimedia.
Fotografía manipulada por el régimen estalinista | Wikimedia.

La política exterior estalinista. El pacto germano soviético de 1939

El triunfo de Stalin y la eliminación de todas las corrientes críticas en el Partido bolchevique, se trasladó también a la Internacional Comunista que pondría en marcha una política ultrasectaria. En el caso de Alemania esta orientación iba a tener consecuencias dramáticas. El Partido Comunista Alemán acusaba a la socialdemocracia de «socialfascismo» impidiendo así una acción en común contra el ascenso nazi. Tras el golpe que iba a suponer la llegada de Hitler a la cancillería en 1933 y la represión ulterior de todas las organizaciones de izquierda y democráticas, se iba a producir un nuevo giro de la Internacional Comunista, en este caso hacia la política de Frentes Populares. Si hasta entonces era impensable poder llegar a acuerdos con las organizaciones socialistas, ahora iba a ser posible llegar a acuerdos incluso con sectores burgueses liberales. El resultado sería la formación de los Frentes Populares en Francia en 1935 y después en España en 1936. Este nuevo giro hacia una política de acercamiento a la burguesía liberal tendría su recompensa con el reconocimiento de la Unión Soviética por parte de EEUU, y su admisión en la Sociedad de Naciones (SdN) en 1934.

Pero tras la crisis checoslovaca de 1938, cuando los nazis invadieron la región de los Sudetes y, ante la timorata reacción de los gobiernos aliados de Francia y Gran Bretaña, los dirigentes soviéticos iban a comenzar a explorar la posibilidad de establecer un tratado de no agresión con la Alemania nazi, que finalmente se firmó en Moscú en agosto de 1939. Un tratado que hubiera planteado simplemente la no agresión entre los dos países, aunque estuvieran tan alejados ideológicamente, podría haber sido considerado incluso legítimo, a la vista de la actitud permisiva que mantenían los gobiernos francés y británico respecto a los pasos que daba Hitler. Pero lo que nadie podía sospechar es que dicho tratado incluyera unas cláusulas secretas que implicaban la ocupación y reparto de Polonia, de los Países Bálticos y Finlandia, y de la Besarabia y Norte de la Bucovina rumana. Con consecuencias particularmente dramáticas para el pueblo polaco cuya ocupación se convirtió en el detonante del desencadenamiento de la II Guerra Mundial.

Reparto acordado. Mapa de la derecha: ocupación efectiva
Reparto acordado. Mapa de la derecha: ocupación efectiva

Pese al tratado de no agresión firmado con la URSS, la Alemania nazi, una vez que culminó su ocupación de Francia (salvo la zona donde se estableció el gobierno colaboracionista de Vichy liderado por Pétain), desencadenó en junio de 1941 la llamada «Operación Barbarroja» de invasión de la Unión Soviética. Pero de nuevo, el pueblo ruso, iba a tener un papel decisivo para poner fin a la carnicería de la II Guerra Mundial. La derrota alemana de Stalingrado en el invierno de 1942 a 1943, marcó un punto de inflexión en el desarrollo de la guerra. Y a partir de entonces, la poderosa maquinaria de guerra alemana, iba a comenzar a batirse en retirada hacia Berlín. Los aliados norteamericanos y británicos (y también el gobierno en el exilio francés de De Gaulle), que habían sido muy reticentes para abrir un segundo frente y así aliviar la presión alemana contra la Unión Soviética, tras la derrota de Stalingrado iban a acelerar los preparativos para el desembarco que tendría lugar en Normandía en junio de 1944, y del que uno de sus objetivos no confesados era poder llegar a Alemania antes, o al menos, al tiempo, que el Ejército Rojo.

Firma del pacto Ribbentrop-Mólotov. El que está a punto de firmar es  Mólotov, y detrás está Ribbentrop (con los ojos cerrados) y Stalin a su izquierda.
Firma del pacto Ribbentrop-Mólotov. El que está a punto de firmar es Mólotov, y detrás está Ribbentrop (con los ojos cerrados) y Stalin a su izquierda.

Tras la II Guerra Mundial, gracias al papel que había jugado la Unión Soviética en la derrota de los nazis, la figura de Stalin iba a salir muy reforzada, tanto en el interior como en el exterior, como líder que había dirigido la victoria contra el nazismo y había liberado buena parte de la Europa Oriental ocupada por los alemanes. Su figura internacional sería relanzada también en las Conferencias de Teherán, Yalta y Potsdam, junto a los líderes norteamericanos y británicos (Roosevelt luego sustituido por Truman, y Churchill luego sustituido por Attlee). Y ante los que como acto de buena voluntad iba a disolver la Internacional Comunista en mayo de 1943. La Unión Soviética participó en la nueva configuración de la Europa de postguerra y en la constitución de las Naciones Unidas, aunque pocos años después se iba a producir el giro norteamericano hacia la «Guerra Fría» y la conformación de Europa y el mundo en dos bloques: el bloque del Este, con la creación en 1949 de la institución económica denominada Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME o «Comecon») y en 1955 del Tratado militar de Varsovia; y el bloque Occidental, con la formación de la OECE (Organización Europea para la Cooperación Económica) en 1948 a partir del Plan del general Marshall y la OTAN en 1949, como tratado militar para el Atlántico Norte.

Un apunte sobre cultura y arte

El giro estalinista también afectó a los ámbitos de la cultura y del arte. Las vanguardias artísticas que se habían desarrollado en Rusia en los años 20 al calor de la revolución (suprematismo y constructivismo) fueron liquidadas. La muerte de Mayakovsky en 1930 (poeta, dramaturgo y pintor) supuso la última gran concentración de intelectuales rusos de vanguardia. El arte oficial derivaría hacia un concepto de arte al servicio del poder, denominado «realismo socialista», rescatándose también el gusto por el arte imperial ruso de inspiración neoclásica e historicista al servicio de un nuevo patriotismo que encarnaba el régimen de Stalin. Frente a esta deriva, Trotsky, desde el exilio, colaboraría con André Breton en el lanzamiento del Manifiesto por un arte revolucionario independiente, precursor del Movimiento Surrealista.

El Lissitzky Batid a los blancos con la cuña roja (1919).
El Lissitzky Batid a los blancos con la cuña roja (1919).

A modo de conclusión

Sin lugar a dudas, la Revolución Rusa de 1917 ha sido uno de los principales acontecimiento del siglo XX. Algunos autores, como el ya fallecido historiador británico Hobsbawm, iban a hablar del «siglo corto» para referirse al siglo XX, definiéndolo historiográficamente como el siglo que comenzó con la Revolución Rusa de 1917 y finalizó con la implosión de la Unión Soviética en 1991. Una idea similar sostendría el recientemente fallecido y gran maestro de historiadores, Josep Fontana, en su última obra editada en 2017, titulada El siglo de la revolución.

Deineka Stajanovistas (1937).
Deineka Stajanovistas (1937).

Recientemente se ha cumplido un centenario del triunfo de aquella Revolución «que estremeció al mundo» como dijo el periodista norteamericano John Reed al escribir la crónica de aquellos acontecimientos. Se podrá simpatizar o no con ella, pero nadie podrá negar que, junto con la Revolución Francesa de 1789, posiblemente sea el acontecimiento de mayor trascendencia de la Historia Contemporánea, por su extensión e influencia en otros muchos países. El papel decisivo que el pueblo ruso jugó para el desenlace de las dos guerras mundiales que asolaron el espacio europeo y mundial, ya habla de su trascendencia y alcance. En buena medida, la política internacional de la segunda mitad del siglo XX giró en torno a la existencia de la Unión Soviética (con la llamada política de bloques) hasta su implosión en 1991.

Más allá de los derroteros posteriores que pudiera tomar, y que forman parte del legítimo debate historiográfico y político, a nadie se le escapa lo que significó que millones de obreros y campesinos, junto a los soldados que combatían en la Gran Guerra, se movilizaran para el derrocamiento de una monarquía autocrática que había mantenido hasta bien poco antes la servidumbre feudal y que, al no encontrar una salida a su aspiración a la paz, a la tierra y a una vida digna por parte del Gobierno Provisional que reemplazó a la autocracia zarista, acabó también por derrocarlo, basándose para ello, en un sistema de representación de asambleas revolucionarias de obreros, campesinos y soldados, los sóviets, que llevaron a la constitución del primer Estado en el que la propiedad privada sobre los medios de producción fue abolida, en el que se expropiaron las tierras de latifundio para ser repartidas entre los campesinos, en el que las nacionalidades oprimidas por el zarismo pudieron ejercer el derecho de autodeterminación, incluido el derecho a la separación, en el que por primera vez en la historia, una mujer, Aleksandra Kolontái, formó parte de un gobierno como Comisaría del Pueblo para la Asistencia Pública, y en el que, pese a todos los problemas que hemos descrito más arriba, partiendo de ser un país enormemente atrasado, mayoritariamente rural, se produjo un importante desarrollo económico e industrial que lo convirtió en una de las mayores potencias del mundo. Sin lugar a dudas, recordar aquellos acontecimientos históricos es esencial para comprender mejor el mundo tan complejo que nos rodea.

Para saber más

Quatre Premiers Congres Mondiaux de L’Internationale Communiste 1919-1923 (1984). Bibliothèque Communiste. Librairie du Travail. Juin. 1934. Réimpression en fac-similé La Brèche-Sélio. A partir de la misma fuente, existe versión castellana en línea: Cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista (1919-1923).

E. H. Carr (1972-80). Historia de la Rusia Soviética (varios volúmenes). Alianza Universidad. Madrid.

P. Broué (1973). El Partido Bolchevique. Ayuso. Madrid.

F. Díez del Corral (2003). Lenin, una biografía. Folio. Madrid.

Jean Jacques Marie (2009).Trotski. Revolucionario sin fronteras. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires.

L. Trotsky (1972). Historia de la revolución rusa. Ruedo Ibérico. París.

Xabier Arrizabalo (2018). Enseñanzas de la Revolución Rusa. IME. Madrid.

Jesús de Blas (1994). La formación del «Mecanismo Económico Estalinista» (M.E.E.) en la antigua URSS y su imposición en la Europa del Este; el caso de Hungría. Tesis doctoral. Universidad Complutense de Madrid (UCM).

Acerca del autor

Jesús de Blas Ortega

Jesús de Blas Ortega

Doctor en Ciencias Económicas y profesor de Secundaria de Geografía e Historia.

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