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100 años del Tratado de Versalles

Johannes Bell firma el Tratado de Versalles en la Galería de los Espejos (Wikimedia).
En junio de 1919, en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, se firmó el tratado que selló la derrota de Alemania tras la Primera Guerra Mundial. Otros cuatro tratados más se firmarían en fechas cercanas, sellando asimismo la derrota del resto de países aliados de Alemania: Austria y Hungría (ya como dos países separados), Turquía y Bulgaria. Vamos a aproximarnos al análisis histórico de aquel tratado, del que se cumplen 100 años, abordando previamente los antecedentes que condujeron a la Gran Guerra, así como a algunos elementos claves en su desarrollo, para poder entender el desenlace final y las consecuencias que se derivaron de ello en la década siguiente.

Un conflicto sin precedentes

Las tensiones y rivalidades entre las potencias imperialistas, agudizadas en la última década del siglo XIX y primera del XX, van a conducir finalmente al enfrentamiento armado generalizado. Enfrentamiento que se localizará fundamentalmente en el espacio geográfico europeo, aunque por la implicación de imperios como el ruso, el otomano y el británico, también afectará al espacio asiático de Oriente Medio y el Cáucaso. La implicación de EE. UU. en su etapa final le dará al conflicto un auténtico carácter mundial. El conflicto bélico conocido como la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial durará cuatro años y medio: desde finales de julio de 1914 hasta el 11 de noviembre de 1918, momento en el que se producirá la capitulación de Alemania.

Por primera vez, de forma generalizada, todo el potencial industrial desarrollado a lo largo de los siglos XVIII, XIX y XX se pondrá al servicio de la destrucción y aniquilación del enemigo, lo que provocará unas enormes pérdidas humanas y materiales que no sólo afectarán a las tropas movilizadas, sino también directamente a la población civil, incluso en territorios que no formaban parte de la primera línea del frente bélico, como ocurrió con los bombardeos sobre Londres.

El desenlace de la guerra desencadenará una crisis revolucionaria que recorrerá toda Europa (huelgas, motines, ocupación de fábricas, consejos obreros, etc.), que, en Rusia, un poco antes de su finalización, llevará a los bolcheviques al poder. Podríamos por tanto también denominar a este período que se abre en 1914, como el de la guerra y la revolución

EE. UU. aparecerá como la nueva gran potencia hegemónica, tanto en el plano militar, como en el político y económico. Pero sus propios conflictos internos le impedirán liderar la organización internacional que, con el objetivo de evitar otra futura guerra, se creará por iniciativa de su presidente Wilson, la Sociedad de Naciones (SdN). Las duras condiciones que los vencedores impondrán a los países derrotados, lejos de favorecer la concordia, darán pie al resentimiento y a que se instale el deseo de revancha. El mismo Keynes en su obra Las consecuencias para la paz (1919) lo predecía: «Si lo que nos proponemos es que, por lo menos durante una generación Alemania no pueda adquirir siquiera una mediana prosperidad; si creemos que todos nuestros recientes aliados son ángeles puros y todos nuestros recientes enemigos, alemanes, austríacos, húngaros y los demás son hijos de del demonio; si deseamos que, año tras año, Alemania sea empobrecida y sus hijos se mueran de hambre y enfermen, y que esté rodeada de enemigos, entonces rechacemos todas las proposiciones generosas, y particularmente las que puedan ayudar a Alemania a recuperar una parte de su antigua prosperidad material (…). Si tal modo de estimar a las naciones y las relaciones de unas con otras fuera adoptado por las democracias de la Europa occidental, entonces, ¡que el Cielo nos salve a todos! Si nosotros aspiramos deliberadamente al empobrecimiento de la Europa central, la venganza, no dudo en predecirlo, no tardará»

Las dos décadas siguientes, los años 20 y los años 30, serán un período de inestabilidad política, económica y social que será el caldo de cultivo para el desarrollo de los fascismos y otras formas de autoritarismo y militarismo que acabarán conduciendo a la II Guerra Mundial, ante la impotencia de la Sociedad de Naciones (SdN).

Antecedentes y causas de la Primera Guerra Mundial

Sin haber una unidad de criterio entre las distintas corrientes historiográficas, sí hay un cierto consenso en señalar dos factores que fueron decisivos para llegar al conflicto armado: la rivalidad entre las grandes potencias y la intensificación y radicalización nacionalista.

La rivalidad entre las grandes potencias derivará de la pugna por repartirse el mercado mundial ocupando diferentes territorios coloniales, necesidad imperiosa en la nueva fase capitalista de la Segunda Revolución Industrial, tal y como ha venido siendo formulado por la historiografía marxista, siguiendo la línea desarrollada por Lenin en El Imperialismo, fase superior del capitalismo (1916). De ahí que a esta rivalidad se la denomine rivalidad interimperialista.

Por otro lado, el desarrollo del sentimiento nacionalista en sus dos dimensiones, una de carácter expansionista, que estaría vinculada a la rivalidad entre las potencias, y otra, de carácter independentista, que harían suya las minorías nacionales oprimidas por los viejos imperios autocráticos austrohúngaro, ruso y otomano, que de forma concentrada se manifestará con toda su carga de tensión en la región europea de los Balcanes. Allí confluirán los intereses contrapuestos de los imperios autocráticos que chocarán con el sentimiento nacionalista que aspira a la liberación nacional, y que, a través de las distintas alianzas establecidas, acabarían implicando al resto de grandes potencias europeas. El sentimiento nacionalista acabó contagiando a amplios sectores de la población de las principales potencias. De hecho, incluso los Partidos Socialistas y Socialdemócratas de Alemania, Francia o Reino Unido, se vieron arrastrados por esa oleada de nacionalismo y sus diputados votaron a favor de los créditos de guerra en sus respectivos parlamentos. Rompiendo con uno de los principios básicos, el de la lucha contra la guerra, que habían constituido las Internacionales Obreras.

La dimisión de Bismarck en 1890 a causa del giro dado en la última década del s. XIX por el Káiser alemán Guillermo II hacia la Weltpolitik, o política mundial, modificó el sistema de alianzas internacionales imperante hasta entonces.

Así, Rusia, abandonando el sistema de alianzas bismarckianas, se acercó a Francia, firmando un tratado militar de carácter secreto en 1892 (Alianza Dual). Posteriormente, Francia y Reino Unido acordarán poner fin a los desencuentros que habían tenido en el Norte de África (en Egipto y Marruecos) y firmarán la llamada Entente Cordiale (1904). Y Rusia, tras la derrota sufrida a manos japonesas en 1905, decide aproximarse a Reino Unido y poner fin al conflicto que les había enfrentado en Afganistán y Cachemira por el intento ruso de lograr una salida al Índico. Todo ello permitió que las tres potencias suscribieran el tratado de la Triple Entente en 1907 para hacer frente al giro expansionista alemán.

Alemania, por su parte, reafirmaría su alianza con Austria-Hungría y además se aproximaría al Imperio otomano, enfrentado, a su vez, al expansionismo británico y francés por el Norte de África, y al que también apoyaría para evitar que los estrechos del Bósforo y Dardanelos, que unen el Mar Negro con el Mediterráneo, pudieran caer en manos rusas. Por su parte Italia, como consecuencia de su rivalidad con Francia por la expansión en el Norte de África, había suscrito con Alemania y Austria-Hungría el tratado de la Triple Alianza ya en época de Bismarck (1882). Pero Italia, sin llegar a romper con la Triple Alianza, se había ido acercando a posiciones de la Entente. Y, de hecho, cuando comenzó la Gran Guerra, no se sumó inicialmente al conflicto, y cuando lo hizo, fue en contra de Austria-Hungría para intentar sacar ventajas de su participación con la Entente.

Por lo tanto, en la antesala del conflicto, período que se conoce como de la Paz Armada (1890-1914) va a haber dos grades bloques militares en Europa. El formado finalmente por la Triple Entente (Reino Unido, Francia y Rusia), que luego será conocido como el bloque de los aliados y el de la Triple Alianza (formado por Alemania, Austro-Hungría y, aunque en una posición de escasa firmeza, también por Italia) al que, una vez comenzada la guerra –de la que Italia se quedará inicialmente al margen-, se unirá el Imperio otomano, por lo que se le acabará identificando como el bloque de los imperios centrales.

En esta situación, en la que todo se iba disponiendo para el enfrentamiento, sólo faltaba un detonante que hiciera estallar el conflicto. Y como era de esperar, el detonante no podía venir sino de la conflictiva región de los Balcanes, donde el grado de exacerbación nacionalista había alcanzado sus cotas más altas.

Ese detonante va a ser el asesinato del Archiduque (heredero al trono) austriaco Francisco Fernando en Sarajevo, el 28 de junio de 1914, a manos del estudiante bosnio, pero nacionalista proserbio, Gavrilo Princip. Como consecuencia del atentado se producirá un ultimátum de Austria-Hungría a Serbia para que deje a su policía actuar en territorio serbio para investigar la red que había organizado el asesinato, atribuido a la organización clandestina Mano Negra, pero con implicaciones en el aparato policial serbio. El rechazo por parte de Serbia provoca la declaración de guerra de Austria, justo un mes después del asesinato (28 de julio de 1914).

Fuerzas enfrentadas

Tras la declaración de guerra de Austria-Hungría contra Serbia, Rusia, gran aliado de Serbia, hace lo propio con Austria-Hungría. A partir de ahí se pone en marcha todo el mecanismo de alianzas previas. Así, Alemania declara la guerra a Rusia y también a Francia, invadiendo Bélgica. Gran Bretaña sale en defensa de Bélgica y sus aliados franceses y rusos y declara la guerra a Alemania. Tres meses después Francia y Gran Bretaña declaran la guerra a Austria-Hungría. Unos meses más tarde, octubre de 1914, el Imperio otomano hace lo propio con Rusia y, a raíz de ello, Francia y Gran Bretaña entran también en guerra contra el Imperio turco. Italia permanece inicialmente neutral, pero finalmente cambia de bando y declara la guerra a Austria-Hungría y Alemania (siendo Mussolini, como dirigente socialista, un firme valedor de ello desde el periódico Avanti del que fue director hasta su expulsión del Partido Socialista Italiano y luego desde Il Popolo d’Italia, gracias a la financiación de Francia e Gran Bretaña). A partir de aquí se produce un rosario de declaraciones de guerra de los países balcánicos. Bulgaria entra en 1915 uniéndose a los Imperios Centrales. Rumania lo hace en 1916, pero con la Entente, pues espera recuperar la Bukovina y la Transilvania húngara. Finalmente, en abril de 1917, EE. UU. decide entrar en la guerra a favor de la Entente. Una serie de países europeos, entre ellos España, permanecerán neutrales durante todo el conflicto: Suiza, Países Bajos y Países Escandinavos.

En cuanto a las fuerzas militares enfrentadas podríamos decir brevemente que los Imperios centrales suponen, geográficamente, un bloque más compacto, bien asentado en el corazón de Europa y con superior capacidad de fuego, gracias a la poderosa industria alemana de armamento. Mientras que las fuerzas de la Entente están más dispersas geográficamente, pero cuentan con una clara superioridad naval gracias a Gran Bretaña y a los suministros norteamericanos. Los objetivos estratégicos de las fuerzas aliadas no dejan de ser de carácter particular. Rusia persigue la anexión de Prusia Oriental y la Galitzia, buscando una salida al mar Mediterráneo a través de los estrechos bajo control otomano; Francia, recuperar la Alsacia y la Lorena perdidas en la guerra franco-prusiana de 1871, Austria-Hungría, mantener el control en la región balcánica y poder seguir teniendo acceso al mar a través de Croacia, que ve amenazada por la expansión de Serbia, etc.

Desarrollo y fases de la guerra

En cuanto a la estrategia militar el objetivo de Alemania era realizar un rápido avance hacia Francia a través de Bélgica y Luxemburgo y, una vez derrotada Francia, concentrarse en el frente oriental. Este plan se basaba, aunque con matices, en un diseño realizado ya en 1906 por el general Schlieffen (Plan Schlieffen) ante una eventual guerra con Francia tras la primera crisis marroquí que los llevó al borde del enfrentamiento (un esquema similar siguió el mando alemán durante la II Guerra Mundial).

Guerra rápida o de movimientos (1914)

En el Frente occidental, tras una vertiginosa ofensiva inicial por parte del ejército alemán que se aproxima a las inmediaciones de París, las tropas anglofrancesas, al mando del general Joffre, logran detener el avance alemán junto al río Marne. El intento alemán de alcanzar los puertos de Dunkerque y Calais es frenado y se produce una inesperada estabilización del frente occidental.

En el Frente oriental, la ofensiva alemana en el oeste coincide con una ofensiva rusa en el frente oriental, aprovechando que tres cuartas partes del ejército alemán estaban operando en Francia. Esta ofensiva es detenida por el ejército alemán, al mando del mariscal Hindenburg, que tras jubilarse fue requerido de nuevo para comandar el ejército, en la batalla de Tannenberg.

Guerra de posiciones o guerra de trincheras (1915)

La idea de una guerra corta y breve se había desvanecido. La estabilización relativa de los frentes iba a conducir a una guerra de posiciones más o menos fijas protegidas por cientos de kilómetros de trincheras (guerra de trincheras) y, aunque se dan intentos puntuales de avance, en general resultan fracasados y con numerosas bajas propias.

Se va a buscar, por tanto, la apertura de nuevos frentes, como cuando Italia declara las hostilidades a Austria-Hungría en 1915, frente que enseguida llegó a estabilizarse, o cuando Gran Bretaña intenta abrir un frente en Mesopotamia en 1915 para quitar presión a los rusos en la zona del Cáucaso, o intenta el desembarco en los Dardanelos (Galípoli) junto con Francia, operaciones malogradas en los dos casos, no así el ataque sobre Palestina desde Egipto. En la zona de los Balcanes, Serbia acaba cediendo ante Austria-Hungría, lo que lleva a que Rumania y también Grecia, una vez derrocado el rey Constantino, entren en el conflicto al lado de la Entente. Bulgaria, por su parte entra en el conflicto al lado de los Imperios centrales.

Guerra de desgaste (1916)

Este año tienen lugar grandes y sangrientas batallas con centenares de miles de bajas que además no logran modificar significativamente la línea del frente. Los alemanes lanzarán una ofensiva sobre Verdún que es resistida por las tropas francesas, pero con unos costes cercanos al millón de bajas (heridos y muertos) entre ambos bandos. Terminada esta sangrienta batalla, serán los británicos los que realicen una ofensiva en torno al río Somme, que tendrá un saldo cercano al millón trescientas mil bajas. Enormes pérdidas humanas para que los frentes quedaran prácticamente inmóviles.

Ante el bloqueo terrestre. El combate se lleva al terreno naval. Pero en este caso se confirma el poderío británico en el Mar del Norte durante la batalla de Jutlandia (por la Península de Jutlandia) que permite mantener el bloqueo marítimo contra Alemania por parte de la Entente, aunque Alemania replica a este bloqueo desarrollando la guerra submarina para la que contaba con medios superiores.

El año decisivo (1917)

En 1917 se va a producir un giro en la evolución de la guerra. Por una parte, será el comienzo de la Revolución rusa en febrero (marzo en el calendario occidental), que va a llevar al derrocamiento de la monarquía zarista y al establecimiento de un gobierno provisional gracias al beneplácito que le dan los sóviets (asambleas revolucionarias o consejos de trabajadores, soldados y campesinos). Por otro lado, en el mes de abril, EE. UU. decide entrar en la guerra. Aunque la excusa formal fuera un supuesto telegrama detectado por los servicios secretos británicos enviado por el gobierno alemán a su embajador en México en el que le planteaba sondear una posible alianza de Alemania con México contra EEUU (telegrama Zimmermann), no se les escapa a otros historiadores que la entrada en la guerra por parte de EEUU va a ser justamente al mes de que haya estallado la Revolución de Febrero (marzo en Occidente) en Rusia, que tras acabar con la monarquía zarista ha abierto un período de incertidumbre en el frente del Este ante la agitación pacifista revolucionaria de los bolcheviques a la que se unirá también el ala izquierda de los socialistas revolucionarios (SR o eseristas), partido campesino por excelencia. También se señala frecuentemente el hundimiento por submarinos alemanes del crucero británico Lusitania en el que murieron varios cientos de ciudadanos norteamericanos, pero este hecho había ocurrido casi dos años antes (7 de mayo de 1915) de la decisión norteamericana de entrar en la guerra.

El final del conflicto (1918)

La Revolución rusa conducirá finalmente a la toma del poder por los bolcheviques en octubre de 1917, siendo una de sus principales premisas la firma inmediata de la paz, que finalmente se realiza en marzo de 1918 en Brest-Litovsk. Hecho que permitirá al ejército alemán lanzar una última ofensiva sobre el frente occidental al desplazar cerca de un millón de combatientes desde el frente oriental. Esta ofensiva tomará el nombre del general Ludendorff (Ofensiva Ludendorff), mano derecha del mariscal Hindenburg, pero será frenada gracias a la intervención de las fuerzas norteamericanas.

En 1918 se llega a una situación de agotamiento de los contendientes y de devastación. La influencia de la Revolución rusa hace que el apoyo inicial de los grandes partidos socialistas y socialdemócratas como el SPD alemán o el PS francés, ahora empiece a resentirse por el hastío generalizado a la continuación del conflicto. Así en el SPD se produce una importante escisión antibelicista, la USPD (Partido Socialdemócrata Independiente) de la que también brotará más tarde la Liga Espartaquista liderada por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, con planteamientos abiertamente revolucionarios y frontalmente contrarios a la guerra (a estos hechos nos hemos referido en otro artículo publicado en Descubrir la Historia).

La intervención de los EE. UU. no sólo frena la Ofensiva Ludendorff, sino que posibilita la contraofensiva de la Entente contra Alemania (julio de 1918), al mismo tiempo se va a ir produciendo progresivamente el desmoronamiento de los ejércitos de los Imperios centrales en los diferentes frentes de combate. Primero capitula Turquía, luego Austria-Hungría y finalmente, tras el motín de los marinos de Kiel que se niegan a embarcar para marchar al combate, se produce la abdicación del Káiser (9 de noviembre) y a continuación la solicitud de armisticio (cese de los combates) el 11 de noviembre de 1918 que suponen la capitulación alemana y el final de la Primera Guerra Mundial. Capitulación firmada por el diputado del Zentrum cristiano, Matthias Erzberger, en nombre del gobierno provisional dirigido por Ebert, líder del SPD, e integrado paritariamente por ministros del SPD y del USPD. Meses después, cuando se da una cierta estabilización política tras el aplastamiento de la revolución de enero de 1819, se formará un gobierno integrado por los socialdemócratas, los liberales y el Zentrum cristiano, conocido como la «Coalición de Weimar», por el nombre que la historiografía le va a dar a la nueva República alemana, que reunió su Asamblea Constituyente en esta ciudad.

Consecuencias de la Gran Guerra

La devastación producida por la guerra en Europa había sido de una magnitud jamás vista. Se habían perdido millones de vidas humanas, no solo entre las tropas movilizadas (11 millones de soldados muertos y 21 millones heridos), sino entre la población civil (mucho más difícil de calcular, puesto que con la guerra llegaron epidemias como la gripe de 1918, que segaron millones de vidas). Se habían destruido ciudades, infraestructuras, fábricas, muchos campos habían quedado improductivos. Los gastos militares realizados por los contendientes habían sido ingentes y dejaron un enorme endeudamiento de los estados, con unas economías colapsadas. Como consecuencia, EE. UU., que había sido el gran prestamista de los países aliados (Francia y Gran Bretaña) se convirtió en la primera potencia económica y financiera del planeta. En el plano social, la movilización de millones de hombres al frente, hizo que la mujer pasara a incorporarse masivamente al trabajo en la industria, lo que trajo consigo que, al finalizar la contienda, surgiera un poderoso movimiento feminista que reclamó la igualdad de derechos entre hombres y mujeres y que se materializó en un primer momento con el reconocimiento del derecho de sufragio en países como Gran Bretaña (1918), aunque su generalización en Europa tardaría aún años en llegar.

Conferencia de París y Tratados de Paz

Tras la contienda, se reúnen en París las potencias aliadas vencedoras. Las cuatro más importantes forman el «comité de los cuatro»: EE. UU., Gran Bretaña, Francia e Italia, que son las que van a decidir el contenido de los tratados de paz que van a ser presentados a la firma a los países derrotados: Alemania, Austria y Hungría, que firmarán por separado, Imperio otomano y Bulgaria. La Rusia bolchevique, que había firmado por su parte el Tratado de Brest-Litovsk con los Imperios centrales, quedará excluida de la Conferencia de París.

En la Conferencia de París se manifestaron cuatro posiciones diferentes entre las potencias vencedoras:

  • La de Clemenceau, primer ministro francés entre 1917 y 1920, de origen radical (Partido Radical) pero que evolucionó hacia el conservadurismo. Su posición es de dureza total contra Alemania a la que quisiera ver como «un campo de patatas sin ningún poderío militar».
  • La postura de Lloyd George, primer ministro británico entre 1916 y 1922, perteneciente al Partido Liberal, es menos agresiva. Busca sobre todo que Alemania no pueda competir con el poderío naval británico, y propugna la liquidación de su imperio colonial. Sin embargo, no ve mal que haya una potencia continental de cierta relevancia ante la situación revolucionaria en Rusia y también para frenar la posible hegemonía continental del imperialismo francés.
  • La del presidente de los EE. UU., Wilson, del Partido Demócrata, que plantea una serie de cuestiones que se resumían en sus famosos 14 puntos leídos en el Congreso en enero de 1918, antes de la finalización del conflicto. Propone acabar con la diplomacia secreta y crear una Sociedad de Naciones (SdN), al mismo tiempo que propugna la libertad comercial y de navegación, en contra del proteccionismo, cuestión que, sin lugar a duda, iba a beneficiar a EE. UU. como potencia emergente, a costa de las potencias europeas. Defiende asimismo el derecho de autodeterminación de los pueblos, apostando por la liquidación de los viejos imperios austrohúngaro y otomano, pero también poniendo en cuestión las formas de dominación imperialistas de Gran Bretaña y Francia (sin mencionarlas expresamente), lo que podría dar la oportunidad al capital norteamericano de acceder a esas colonias mediante mecanismos, en principio, económicos. Defiende también la retirada de tropas aliadas de Rusia, donde intervienen en la guerra civil contra el gobierno bolchevique (incluida EE. UU.). Esta cuestión va dirigida especialmente contra Japón y su intento de expansión asiática, país que dispone del mayor contingente de intervención en Rusia (70.000 soldados).
  • La representada por Vittorio Emanuel Orlando, el primer ministro de Italia, del Partido Liberal, que se retiró de las negociaciones al ver rechazadas sus pretensiones territoriales sobre la Dalmacia croata, que quedó incorporada al Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, aunque luego regresó para la firma final.

Tras la Conferencia de París (1919-1920), se pasaron a la firma una serie de tratados entre las potencias vencedoras y cada uno de los países derrotados por separado:

  • El más importante es el de Versalles (junio de 1919 y objeto de una publicación anterior en Descubrir la Historia), firmado con Alemania y que ha de servir de guía para los demás, pues incluía entre sus cláusulas la creación de la Sociedad de Naciones (SdN). Desde el punto de vista territorial, Alsacia y Lorena se restituyen a Francia, a la que también se le asigna de forma temporal el Sarre, a Bélgica se le restituyen dos pequeñas regiones limítrofes. En el frente oriental, la Posnania (capital Poznan), así como el corredor de Danzig (actual Gdansk), se le entregan al Estado polaco. Se establece un límite de fuerza militar de 100.000 soldados con funciones policiales. Se desmilitariza la región del Rin (Renania). Y se establecen un nivel de reparaciones por concepto de guerra que ascienden a la astronómica cifra de 132.000 millones de marcos oro, equivalentes a 30.000 millones de dólares de la época que, actualizados a fecha presente, representarían unos 500.000 millones de dólares (para hacernos una idea, equivaldría casi a la mitad del PIB español actual).

Luego se irían firmando el resto de los tratados en los que se van a ir estableciendo importantes pérdidas territoriales:

  • Así el tratado de Saint Germain (1919) firmado con Austria, recoge la pérdida de Bohemia y Moravia, que constituirán junto con Eslovaquia el estado checoslovaco, la Galitzia, que pasará a Polonia. Istria y Tirol pasarán a Italia, y Eslovenia se integrará en el recientemente constituido Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos.
  • En el tratado de Trianon (1920) será Hungría, por separado de Austria, la que rubrique la amputación de dos tercios de su espacio territorial al perder Transilvania, que va a ir a manos de Rumania, Eslovaquia que se integra en el estado Checoslovaco y Croacia en el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos.
  • En el tratado de Neuilly (1919), Bulgaria cederá la costa del Egeo a Grecia, la Dobrudja a Rumania y una parte de Macedonia al Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos.
  • Y finalmente en el tratado de Sèvres (1920), el Imperio otomano, transformado en República turca, pierde su presencia en el norte de África, Arabia y Medio Oriente, donde la Sociedad de Naciones otorga un mandato a Francia y Gran Bretaña. Pero, además, el tratado establece zonas de control aliado dentro de la propia península de Anatolia, aspecto que será rechazado frontalmente por Kemal Ataturk y el movimiento nacionalista turco que obligará a una revisión del tratado y a la negociación de otro nuevo en Lausana en 1923 donde se establecerán unos límites territoriales muy próximos a los actuales.

Fuera del ámbito continental europeo, Japón se hace con el control de las antiguas colonias alemanes del Pacífico, y Gran Bretaña y Francia ocupan las colonias alemanas en África.

Sistema de Seguridad, Sociedad de Naciones (SdN) y tensiones hasta 1924

Por mandato del Tratado de Versalles se instituye la Sociedad de Naciones (SdN) constituida por una Asamblea General y un Consejo, donde se reservan 5 asientos permanentes a las potencias vencedoras (EE. UU., Francia, Gran Bretaña, Italia y Japón) y otros 6 (hasta 11 en total) de carácter rotatorio.

Tras la guerra han surgido 9 estados nuevos en Europa. Estados Unidos se ha convertido en la potencia hegemónica. Japón se expande en Asia y el Pacífico haciéndose con las antiguas colonias alemanas de la región. En Alemania cunde la indignación ante las cláusulas punitivas del Tratado de Versalles, además está excluida de la Sociedad de Naciones, al igual que la Rusia Soviética por el no reconocimiento del gobierno bolchevique de las deudas contraídas por el zar. En este contexto inquietante, el presidente norteamericano Wilson es derrotado en el Senado y, paradójicamente, EE. UU. nunca llegaría a incorporarse al organismo del que había sido directamente el promotor, la Sociedad de Naciones (SdN).

Johannes Bell firma el Tratado de Versalles en la Galería de los Espejos (Wikimedia).
Johannes Bell firma el Tratado de Versalles en la Galería de los Espejos (Wikimedia).

Los gobiernos conservadores franceses mantienen una línea de dureza contra Alemania y también contra Rusia, pues es la principal acreedora de la deuda no reconocida por los bolcheviques. El acercamiento francés hacia Polonia y Rumania provoca, como reacción, un acercamiento entre la Rusia Soviética y la República de Weimar, propiciado por el ministro de exteriores, el industrial liberal, Rathenau, artífice del Tratado germano-soviético de Rapallo de 1922, fundamentalmente de carácter comercial, pero que, entre sus cláusulas secretas, incluía la cesión de territorio soviético al ejército alemán para realizar ensayos militares que el Tratado de Versalles prohibía en territorio alemán. Tan sólo unos meses después, bajo el gobierno del conservador Poincaré, y ante el impago de las reparaciones acordadas en Versalles, se produce la invasión francesa de la cuenca del Ruhr, que supone una de las mayores crisis de postguerra, entre otras cosas porque va a dar lugar a la gigantesca hiperinflación alemana, y porque se van a desencadenar acontecimientos revolucionarios, que darán lugar a la formación de gobiernos obreros como el de Sajonia, aplastado en octubre de 1923, lo que abrirá el camino para que las fuerzas contrarrevolucionarias intentaran poco después el putsch de Munich (noviembre de 1923, organizado conjuntamente por Hitler y el general Ludendorff). Sólo la intervención de EE. UU. a través del plan diseñado por Charles Dawes permite reconducir la situación. Se suavizan los plazos para el pago de las reparaciones a la vez que se instituye una nueva moneda en Alemania, el rentenmark, para intentar estabilizar la situación económica y política.

A modo de conclusión

La rivalidad interimperialista y los nacionalismos exacerbados contribuirían al estallido de la I Guerra Mundial, provocando una auténtica devastación en Europa. El diseño de la paz de postguerra, con el Tratado de Versalles y el resto de los tratados planteados por la Conferencia de País, nace lastrado desde el principio por el hecho de que la institución que se iba a encargar de ello, la Sociedad de Naciones (SdN) deja fuera a Alemania y a la Rusia Soviética, pero, sobre todo, porque su gran impulsor, el gobierno norteamericano presidido por Wilson, es desautorizado por el Senado norteamericano y EEUU nunca llegaría a formar parte de la institución. Todo ello conducirá, tras la profunda crisis económica y social del período de entreguerras, a que de nuevo Europa se vea asolada por otra nueva guerra, también de alcance mundial, la Segunda Guerra Mundial (1939-45).

Para saber más:

Josep Fontana (2017). El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914. Ed. Planeta.

Hipólito de la Torre Gómez (coordinador) (2010). Historia Contemporánea (1914-1989). Ed. Ramón Areces-UNED.

Josefina Martínez (coordinadora) (2006). Historia Contemporánea. Ed. Tirant lo Blanch. Valencia.

Pierre Renouvin (1989). La Primera Guerra Mundial (que sais-je?). Ed. Oikos-Tau. Barcelona.

Pierre Renouvin (1990). Historia de las relaciones internacionales. Siglos XIX y XX. Ed. Akal. Madrid.

Eric Hobsbawm (2000). Historia del siglo XX, 1914-1991. Ed. Crítica. Barcelona.

Acerca del autor

Jesús de Blas Ortega

Jesús de Blas Ortega

Doctor en Ciencias Económicas y profesor de Secundaria de Geografía e Historia.

Acerca del autor

Almudena Gutiérrez Matesanz

Almudena Gutiérrez Matesanz

Doctora en Ciencias de la Educación, licenciada en Geografía e Historia y profesora de Secundaria.

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