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El pasaporte, llave para abrir puertas internacionales

Pasaporte japonés emitido en el año 1866 (Wikimedia).
Aunque la sección ‘En contexto’ tiene un marcado carácter geopolítico, no todo van a ser guerras. En esta edición hablamos de ese pequeño cuaderno que nos proporciona acceso a otras partes del mundo: el pasaporte.

Cuando nos disponemos a viajar a otros países del mundo debemos tener autorización para hacerlo. Normalmente, cuando simplemente vamos de un viaje de pocos días, los españoles tenemos la posibilidad de hacerlo con nuestro pasaporte. Si es un desplazamiento dentro de la Unión Europea, basta con nuestro documento nacional de identidad. En algunos casos más delicados, es posible que necesitemos un visado, especialmente si se trata de una permanencia en el país de destino, sobre todo por razones laborales.

Hay muchas diferencias entre países en relación con el pasaporte. No todos tienen la misma fortaleza. Por ejemplo, el país cuyo pasaporte permite acceder a más lugares sin necesidad de visado es Japón, —190 de los 219 territorios—, seguido de cerca por Singapur —189—, Francia, Alemania y Corea del Sur —188—. España no está muy mal en la lista, pues nuestro pasaporte nos permite viajar a 187, uno más que el de Reino Unido o el de Estados Unidos. Por el contrario, los propietarios de un pasaporte afgano o iraquí sólo pueden acceder a 30 destinos sin visado. Hay un par de países muy grandes que siempre requieren de un visado para la mayoría de los países —incluido España—, aunque sea para un viaje turístico: Rusia y China.

Estas herramientas tan cotidianas para nosotros tienen una larga historia. Se considera uno de los primeros precedentes del pasaporte el documento que le otorgó el rey Artajerjes I a Nehemías. Esto aparece en un pasaje bíblico (Nehemías 2: 7-9): «Si le place al rey, que se me den cartas para los gobernadores al otro lado del río, para que me franqueen el paso hasta que llegue a Judá […] Vine luego a los gobernadores del otro lado del río, y les di las cartas del rey». Este documento que solicitó Nehemías fue, en realidad, un permiso del rey y un ruego para que le facilitaran el tránsito hacia su destino.

Hubo otras prácticas similares en tiempos posteriores, como los documentos que permitían transitar por los puntos de control en la desarrollada burocracia de China o los que en el gran califato islámico del periodo medieval daban permiso a los ciudadanos para llegar a diferentes territorios del propio califato. En este último caso, se trataba de un recibo de que habían pagado sus impuestos. En realidad, este no fue un pasaporte que daba acceso a otros Estados, pero sí algún tipo de precedente para el movimiento de personas a lo largo de diferentes territorios.

Más tarde, durante la guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra, el rey Enrique V aprobó la Safe Conducts Act (1414), que calificaba de alta traición a quien matara, robara o perjudicara a alguien en una tregua o que hubiera recibido una promesa de salvoconducto. Ya sabemos que los salvoconductos son unos documentos que todavía hoy existen y que tienen como finalidad garantizar la seguridad de una persona en sus desplazamientos, especialmente en lugares de conflicto.

Para encontrar maneras sofisticadas de pasaporte debemos llegar al periodo contemporáneo. Sin embargo, el siglo xix fue un periodo de mejora de las infraestructuras de comunicación, aumentaron los desplazamientos entre países, especialmente por las vías de ferrocarril. Todo esto complicó el poco sistemático uso de los pasaportes que, en líneas generales, provocó cierta laxitud en la aplicación de restricciones. En realidad, cruzar por los países europeos era algo que podía hacerse sin demasiadas trabas.

Fue en la Primera Guerra Mundial cuando, debido a las obvias circunstancias del conflicto, comenzaron a endurecerse los requerimientos de tránsito, y el pasaporte se convirtió en un elemento fundamental para viajar y para el control de fronteras. Y, con ello, se redujeron o aumentaron las facilidades para hacerlo en función de la situación bélica existente y las relaciones internacionales entre países.

Una vez había finalizado esta contienda, la Sociedad de Naciones —ambiciosa en sus propósitos, pero incapaz de resolver los conflictos de los años 30— fue el organismo que creó unas bases para la emisión de pasaportes por parte de los países miembros. Lo hizo a través de la Conferencia sobre Pasaportes y Trámites en Aduana que se celebró en París en 1920. Establecía, por ejemplo, qué información debían contener y cómo disponerla en el documento en sí.

Como sabemos, la vida de la Sociedad de Naciones no fue demasiado larga. Su predecesora, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) no mejoró en 1963 en su conferencia relacionada con los viajes las instrucciones para la emisión de pasaportes. La estandarización de los pasaportes llegó en los años 80 de la mano de Organización de Aviación Civil Internacional, una agencia de la ONU. Ésta ha sido la responsable, también, de mejorar la lectura automática de pasaportes en las fronteras para gestionar el paso de viajeros.

Pasaporte japonés emitido en el año 1866 (Wikimedia).
Pasaporte japonés emitido en el año 1866 (Wikimedia).

Probablemente se habrán fijado, en esas colas que se forman en los dispositivos de lectura automática de pasaportes, en que hay pasaportes de diferentes colores. En realidad, los hay rojos, azules, verdes y negros. Todos los de la Unión Europea (UE) son rojos —borgoña o granate, para ser más precisos—, mientras que la mayoría de los miembros de Mercosur, Estados Unidos, Canadá, Australia y países del Caribe son azules. Los pasaportes con una tradición histórica musulmana son verdes, como el de Marruecos, a excepción de Túnez, que lo tiene del mismo color que la UE. Los negros son de países del África subsahariana, pero también del Vaticano.

Ahora, con el Brexit, algunos medios han publicado que el pasaporte británico comenzará a tener color azul. Este color es el que se ha asociado tradicionalmente a los países del llamado Nuevo Mundo, y con esta modificación Reino Unido se acerca políticamente a Estados Unidos y a otros países de su órbita geopolítica.

La cuestión del color de los pasaportes suele tener una significación política o cultural. Sin embargo, esto está cambiando. Por ejemplo, los pasaportes noruegos tienen tres posibles colores —blanco, turquesa y un rojo anaranjado—, así como detalles interiores con diseño muy minimalista que representan paisajes del país. Algo similar pasa con el pasaporte finlandés, cuya edición actual tiene un simpático reno que, si las páginas se pasan rápido, da la sensación de correr.

No debemos olvidar que la etimología de pasaporte tiene que ver con pasar puertas, es decir, con cruzar a lugares que, de otro modo podrían estar cerrados. Así que cuide y guarde con celo este documento que, por cierto, es propiedad del Estado.

Para saber más

The Henley Passport Index (2018). Disponible en henleypassportindex.com

—Torpey, J. (2000). The invention of the passport. Surveillance, Citizenship and the State. Cambridge: Cambridge University Press.


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Acerca del autor

Álvaro López Franco

Álvaro López Franco

Periodista. Director de 'Descubrir la Historia'. Mi ámbito de especialización es la historia contemporánea y la historia de la comunicación social, periodos en los que centro mi actividad investigadora.

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