Retrato de Enrique VIII por Hans Holbein (Wikimedia).
Retrato de Enrique VIII por Hans Holbein (Wikimedia).

La Reforma en Inglaterra: antecedentes, desarrollo e intentos católicos por revertirla

Cuando se habla del nacimiento del cisma anglicano y la ruptura de la Iglesia de Inglaterra con Roma, siempre surgen dos cuestiones: la primera es si este cisma fue algo que nació sin más de la noche a la mañana y por el capricho de Enrique VIII de divorciarse de Catalina de Aragón y casarse con Ana Bolena; la segunda es cómo pudo imponerse esta nueva situación a una población mayoritariamente católica y si los ingleses aceptaron sin reservas la imposición del anglicanismo. Este artículo tratará, concisamente, de dar respuesta a ambas preguntas, comenzando con los antecedentes que en el país británico pudieron crear el caldo de cultivo del cisma, siguiendo por su consolidación y terminando con los intentos de los católicos de revertir la situación y devolver a Inglaterra a la obediencia a Roma.

Antecedentes: John Wycliffe, los lolardos y William Tyndale

No se puede entender el triunfo del cisma anglicano sin hablar de dos personas y de un movimiento que fue calificado como herético. Casi un siglo antes de Lutero y Calvino, vivió en Inglaterra un personaje llamado John Wycliffe, religioso y profesor ligado a la Universidad de Oxford. No se limitó a atacar la situación de la Iglesia de Roma, a la que criticaba por sus riquezas y la corrupción moral y sexual del clero, y a oponerse a la eucaristía, sino que también era contrario al papado que entendía que la Biblia sólo debía publicarse en latín, con el argumento de que únicamente los miembros de la Iglesia tenían la necesaria preparación para interpretarla. Según su criterio, todo el mundo debería tener ocasión de conocer y dar su propia interpretación a la palabra de Dios sin necesidad de intermediarios. En 1381 se publicó una traducción de la Biblia al inglés elaborada por el propio John Wycliffe o sus discípulos.

Las enseñanzas de Wycliffe calaron en el pueblo inglés y dieron origen a un movimiento conocido como los lolardos, que sostenían, entre otras creencias, algunas que serían adoptadas posteriormente por la Iglesia anglicana. Sus miembros fueron perseguidos por el rey de Inglaterra y la doctrina fue declarada como herejía por la Iglesia de Roma en el concilio de Constanza de 1415.

Wycliffe da a sus discípulos su traducción de la Biblia,  obra de William Frederick Yeames (Wikimedia).
Wycliffe da a sus discípulos su traducción de la Biblia, obra de William Frederick Yeames (Wikimedia).

Un segundo personaje decisivo en el posterior nacimiento del cisma anglicano respondía al nombre de William Tyndale. Ya en la misma época en la que surgió la doctrina protestante de Lutero, destacó por sus creencias contrarias a la ortodoxia de la Iglesia de Roma. Como Wycliffe antes que él, era partidario de traducir la Biblia al inglés, lo que causó que fuese perseguido y terminara exiliado en Hamburgo en 1525.

En su destierro contactó con Lutero y continuó con su tarea de traducir la Biblia al inglés. Sin embargo, entre la época de Wycliffe y la de Tyndale había ocurrido un hecho de enorme trascendencia: la invención de la imprenta, que era una formidable arma de difusión del texto traducido. Se introdujeron subrepticiamente en Inglaterra cientos de ejemplares de la Biblia traducida, y los primeros destinatarios de los mismos fueron los herederos ideológicos que el movimiento de los lolardos tenía en la isla. Tyndale fue quemado en la hoguera acusado de herejía, curiosamente por orden de Enrique VIII.

Arturo Tudor, Enrique VIII, Catalina de Aragón y Ana Bolena

Es muy conocida la historia de Enrique VIII y Ana Bolena, el enamoramiento que llevó al rey a solicitar la disolución de la unión matrimonial con su primera esposa, Catalina de Aragón, algo que el papa se negó a conceder, lo que provocó la ruptura con Roma y el nacimiento de la Iglesia anglicana.

Catalina de Aragón viajó a Inglaterra en octubre de 1501, pero no para casarse con Enrique, sino con su hermano mayor y heredero al trono, Arturo Tudor. Sin embargo, sólo unos meses después Arturo contrajo una extraña enfermedad, conocida como el «sudor inglés» y falleció en 1502. Finalmente se acordó que Catalina contrajese matrimonio con el nuevo heredero y príncipe de Gales, Enrique.

Retrato de Enrique VIII por Hans Holbein (Wikimedia).
Retrato de Enrique VIII por Hans Holbein (Wikimedia).

Cuando Enrique VIII decidió divorciarse de Catalina para casarse con Ana Bolena, puso el asunto en manos del cardenal Wolsey, que debía encargarse de conseguir el beneplácito del papa. Wolsey utilizó como argumento un precepto del Levítico que prohíbe a un hombre casarse con la viuda de su hermano. Por su parte, Catalina se opuso alegando que su matrimonio con Arturo no se llegó a consumar.

Las reticencias del papa a conceder la nulidad del matrimonio llevaron a Wolsey a convocar un consejo, al que asistió como legado del papa el cardenal Campeggio. Enrique y Catalina mantuvieron sus posturas. El rey presentó varios testigos para tratar de probar que había habido consumación, que declararon que al día siguiente de la boda oyeron decir a Arturo al salir de la estancia conyugal que «había pasado toda la noche en España».

El papa se negó a conceder la nulidad y Enrique VIII puso el asunto en manos de Thomas Cromwell (principal asesor de Enrique VIII tras la caída en desgracia del cardenal Wolsey por su incapacidad de convencer al papa) y Thomas Cramner (confesor de Ana Bolena y, posteriormente, arzobispo de Canterbury). Ambos fueron decisivos a la hora de convencer a Enrique VIII para romper con la Iglesia de Roma para de esta forma, y ya como cabeza de la Iglesia de Inglaterra, poder casarse con Ana Bolena.

Es posible que el rey sólo pensase en sus intereses, pero sus asesores tenían algo más en mente: apartar a Inglaterra definitivamente de la disciplina de Roma y aplicar las doctrinas de Wycliffe y Tyndale (de la que ambos eran seguidores), como Lutero había hecho en el continente.

El monarca aceptó la propuesta y proclamó que Inglaterra no estaba sometida a los mandatos de la Iglesia de Roma, declarándose a sí mismo cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Cuando la ruptura entre la Iglesia anglicana y Roma se consumó, el nuevo arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, otorgó validez a la unión del rey con Ana Bolena.

Primero proclamó como inválida la unión de Enrique con Catalina. Posteriormente, una reunión de los principales miembros de la nueva Iglesia anglicana que se celebró el 23 de mayo de 1533 otorgó plena validez al matrimonio «secreto» celebrado en enero de ese años entre el rey y Bolena (aunque sería más correcto decir testimonial y no secreto, pues se llevó a cabo en el gran salón del palacio de Whitehall con la asistencia como oficiante del capellán del rey). Ana fue coronada como reina de Inglaterra el 31 de mayo, sin necesidad de una nueva ceremonia matrimonial entre ella y el rey.

Ni el papa ni Catalina de Aragón ni muchos ingleses, fieles a su fe católica y a su reina, aceptaron la nueva situación. Esta oposición se plasmaría a lo largo de los siguientes años tanto a través de actos individuales como por actuaciones colectivas, algunas pacíficas y otras violentas, que en algún caso pretendieron contar con apoyo exterior, concretamente de España y Roma.

Primeras muestras de oposición al cisma: Tomás Moro y The Pilgrimage of Grace (1536)

En el plano individual, la negativa más significativa a la nueva situación fue la de Tomás Moro (autor de Utopía). Moro era una especie de padre espiritual para Enrique VIII y se negó en todo momento a participar en el proceso de separación de Roma; rehusó pronunciar los juramentos de fidelidad a la nueva Iglesia anglicana y por ello fue encarcelado y ejecutado, lo que supuso un enorme trauma personal para el rey, que no le impidió, sin embargo, llevar adelante la ejecución. Tomás Moro fue canonizado como santo por la Iglesia católica.

En el plano colectivo, diversas revueltas, en su mayoría protagonizadas por el pueblo llano, se opusieron a la implantación de la Iglesia anglicana y los decretos de supresión y expropiación de los monasterios católicos. La principal, nacida en Yorkshire, fue llamada The Pilgrimage of Grace. Su líder fue un abogado de York llamado Robert Aske. Sus seguidores eran gente común que pretendían la vuelta a la vieja fe católica, el restablecimiento de los monasterios y que se volviese a legitimar a la hija de Enrique y Catalina (María Tudor).

En octubre de 1536 Aske dirigió a un grupo de veinte mil personas que se hizo con la ciudad de York y el imponente castillo de Pontefract. Plantearon por escrito sus pretensiones al rey, que, según ellos, estaba aconsejado por «personas de mala voluntad» responsables de innovaciones «contrarias a la fe de Dios».

Enrique mandó un ejército al mando del duque de Shrewsbury que estaba en inferioridad numérica (aunque compensada porque los rebeldes no tenían preparación militar) y al que constaba que una derrota dejaba a los rebeldes expedito el camino a Londres. El duque propuso parlamentar, lo que fue aceptado por Aske y sus hombres, que no las tenían todas consigo sobre el resultado de una batalla.

Los rebeldes, ingenuamente convencidos de que el monarca había sido cegado por el mal consejo de Cranmer y Cromwell, aceptaron volver a sus casas si sus pretensiones se presentaban al rey y los implicados eran perdonados. Enrique, aunque inicialmente se oponía a perdonar a los que veía como traidores a su persona, viendo la complicada situación en que se podía encontrar si mantenían su rebelión, concedió un perdón general y convocó un parlamento en York para discutir las propuestas, aceptando incluso recibir a Aske para oír sus quejas.

No obstante, el rey sólo quería ganar tiempo para que la situación se calmase mientras preparaba una fuerza militar para aplastar la rebelión. Aske, confiando en la palabra de Enrique, convenció a sus compañeros para poner fin a la rebelión y abandonar York y Pontefract. Logrado su objetivo, Enrique esperó hasta febrero de 1537 para lanzarse a una campaña contra los más significados líderes de la rebelión, aplastándola violentamente. Aske y más de doscientos cabecillas fueron ejecutados y sus cuerpos dispersos por todas las ciudades del norte como advertencia al resto de ciudadanos.

Tramas para acabar con el cisma (I): la conspiración Ridolfi (1571)

Ya en el reinado de Isabel I hubo un intento de volver a llevar a Inglaterra a la obediencia a Roma. Su relevancia deriva de la implicación (o pretendida implicación) de grandes potencias católicas extranjeras y del intento de lograr el favor de personajes muy influyentes de la corte londinense.

Esta conspiración debe su nombre al banquero florentino Roberto di Ridolfi, que había vivido en Londres, donde conoció a la flor y nata de la nobleza local y trabó amistad con el embajador español.

Ridolfi contactó en 1571 con el duque de Norfolk, uno de los principales aristócratas ingleses, pero que unos años antes había sido encerrado en la Torre de Londres por conspirar para casarse con la reina de Escocia, María Estuardo, que era un dolor de cabeza constante para su prima Isabel I de Inglaterra por la rivalidad entre ambos reinos, por su condición de católica y por sus derechos al trono inglés si Isabel moría sin descendencia. María era prisionera de Isabel.

Norfolk había sido liberado por Isabel en 1570 y Ridolfi trató de conseguir su apoyo a una conspiración católica internacional para deponer a Isabel y colocar en el trono a María Estuardo, para de ese modo hacer que Inglaterra volviera al redil del papado de Roma.

Ridolfi decía contar con el beneplácito y la participación del papa y de España para el desembarco de seis mil soldados españoles que se unirían al contingente rebelde inglés de 45 000 hombres. Siempre según Ridolfi, su apoyo incluía a ocho pares del reino y varios importantes caballeros ingleses, así como con el apoyo de un contingente escocés.

Parece que Norfolk dio su consentimiento verbal a la operación, aunque sin compromiso por escrito. Sólo escuchar los planes de Ridolfi sin denunciarlo, en todo caso, ya constituía un delito de alta traición.

Sin embargo, Ridolfi carecía de condiciones como conspirador. Era lenguaraz y descuidado y un correo que envió a Inglaterra con mensajes comprometedores fue detenido e interrogado, por lo que se descubrieron sus planes. María Estuardo negó conocer estos planes, pero perdió cualquier posibilidad de recobrar la libertad. Norfolk fue detenido, sometido a juicio, declarado culpable de traición y ejecutado. Otros nobles como los condes de Southampton y Arundel también fueron detenidos.

España negó cualquier participación o conocimiento de los hechos. Hay quien considera que el nivel de incompetencia y descuido de los conspiradores solo es comprensible si Ridolfi (que huyó a París cuando supo que su correo había sido detenido) era, en realidad, un doble agente inglés para destapar a simpatizantes con el catolicismo y con María Estuardo en Inglaterra y poner fin a la amenaza constante que esta suponía para el reino y para su soberana.

Palacio de Westminster (Wikimedia).
Palacio de Westminster (Wikimedia).

Si es así, cumplió su objetivo. En un parlamento celebrado en 1572 se formularon varias propuestas contra el ejercicio y difusión del catolicismo en el país y propusieron diversas medidas contra María Estuardo, desde su destronamiento como monarca escocesa hasta su ejecución por traición, aunque para esto hubo que esperar todavía varios años.

Tramas para acabar con el cisma (II): el Complot de la Pólvora (1605)

En 1603 falleció sin descendencia Isabel I y fue sucedida por el hijo de María Estuardo y rey de Escocia Jacobo V, que en Inglaterra sería Jacobo I. Pensaban los católicos ingleses que, con la ayuda de España conseguirían que el nuevo monarca le permitiría ejercer su religión en Inglaterra. Pero España no quiso poner en problemas su relación con Inglaterra y Jacobo declaró desde el principio su intención de mantener una política de tolerancia cero con los «papistas», como despectivamente les llamaba. Varios sacerdotes católicos fueron ejecutados.

Ante esta situación algunos prominentes católicos planearon asesinar al rey. Ante el riesgo de que eso no garantizara un cambio de política en Inglaterra cambiaron de objetivo: volar por los aires el Parlamento en su sesión inaugural con la presencia del rey y todo su círculo de gobierno. La fecha fijada fue la del 5 de noviembre de 1605.

Los principales cabecillas eran Robert Catesby y Thomas Percy y a su grupo se unió un recién llegado de guerrear en Flandes para la corona española, Guy Fawkes. El plan inicial de cavar un túnel desde el otro extremo de la plaza del Parlamento cambió cuando descubrieron que un almacén justo debajo del propio Parlamento había quedado vacío. Lo alquilaron y depositaron en el mismo la pólvora que habían adquirido.

Sin embargo, por las necesidades financieras y materiales del complot tuvieron que comunicar el proyecto a más personas y es sabido que cuanta más gente está al tanto de un secreto, más difícil resulta mantenerlo. El 26 de octubre Lord Monteagle, católico y miembro de la Cámara de los Lores, recibió una carta anónima (probablemente enviada por Francis Tresham, su cuñado, al que Catesby puso al corriente de la trama para solicitarle fondos) que le avisaba de que «este Parlamento recibirá un terrible golpe». Monteagle lo puso en conocimiento del valido del rey, Robet Cecil, y este a su vez se lo comunicó al monarca.

La noche del 4 al 5 de noviembre Guy Fawkes (encargado de encender la mecha) se dirigió al almacén para verificar que todo iba bien, pero se encontró con una patrulla y fue detenido. El almacén fue registrado y se descubrió la pólvora y el complot. Fawkes confesó bajo tortura el nombre y las intenciones de los conspiradores; Catesby y Percy murieron al resistirse a su arresto y el resto de los implicados fueron juzgados y ejecutados.

El conocimiento público del complot produjo una furibunda reacción del pueblo inglés contra los católicos que afectó a los jesuitas y al embajador español y que se plasmó en un empeoramiento de la situación legal de los católicos en Inglaterra que perduró hasta el siglo XIX.

Hay quien sostiene que detrás del complot estaba el principal consejero del rey, Robert Cecil, no tanto como ideólogo del complot desde el inicio, sino que tuvo conocimiento de la conspiración orquestada por un grupo de católicos y decidió utilizarla en provecho propio. En defensa de esta teoría se apuntan varios argumentos:

—Robert Cecil veía peligrar la posición como consejero real que tenía con Isabel I ante el experimentado Jacobo, quien llevaba años gobernando como rey de Escocia y que no compartía la visión de Cecil sobre la amenaza que suponían los católicos para la estabilidad del reino y de la religión anglicana.

—Alguna de las actividades de los conspiradores (el alquiler de una casa justo debajo de la sede del Parlamento, la adquisición de ingentes cantidades de pólvora, etc.) no hubiera podido realizarse sin el conocimiento de las autoridades. Se pone en duda que notorios católicos, que tenían prohibido el acceso a diversas profesiones y actividades comerciales pudieran no haber sido descubiertos. Además, la adquisición de pólvora estaba vedada a los particulares.

—La referida carta a Lord Monteagle fue leída, por expresa instrucción de este, en voz alta por su sirviente, lo que hizo que el asunto fuera público. Los partidarios de la tesis conspiratoria sostienen que es tan improbable que Monteagle no leyese la carta en privado como que el sirviente en cuestión supiese leer. Además, el previsible autor de la carta, Francis Tresham, no fue encarcelado y juzgado junto al resto de los conspiradores, sino que fue aislado en la cárcel y murió antes de ir a juicio, como si fuese necesario silenciar a un testigo incómodo.

—Parece poco creíble que los servicios de seguridad de Jacobo I (monarca especialmente obsesionado con la posibilidad de sufrir un secuestro o un atentado) no hubiesen detectado el movimiento necesario para transportar hasta 36 barriles de pólvora al sótano de una casa situada bajo el Parlamento. También parece extraño el «milagroso» encuentro casual de una patrulla con Guy Fawkes cuando este se dirigía ya a prender la mecha. Se apunta a que Robert Cecil prefirió dejar que la conspiración, que conocía desde casi el principio, se desarrollase hasta el final (salvo la explosión de la carga de pólvora) para así poner a Jacobo I ante los hechos consumados y conseguir que el monarca viese a los católicos como el riesgo para el reino que Cecil quería hacerle notar.

Epílogo: Titus Oates y el falso complot papista de 1678

En los años siguientes se generó una especie de psicosis colectiva contra los católicos, que se ilustra con un chusco episodio que tuvo lugar en 1678 y que fue una combinación entre la florida imaginación de un personaje poco recomendable y la complicada situación política que se vivía en el país.

Tras el episodio de la pólvora especialmente en Londres estaban muy sensibilizados ante cualquier cuestión relacionada con los católicos, lo que hizo que se les culpara de episodios como el gran incendio de Londres de 1666 o la crisis económica que tenía a muchos londinenses sin trabajo. Incluso durante la Commonwealth de Oliver Cromwell y sus puritanos se llegó a prohibir que la Navidad se celebrase con la pompa tradicional.

Acusación de Titus Oates (Wikimedia).
Acusación de Titus Oates (Wikimedia).

Titus Oates era un clérigo anglicano expulsado por blasfemar en estado de embriaguez y por sodomía. Necesitaba redimir su nombre y se inventó un supuesto complot de un grupo de católicos para derrocar al rey Carlos II.

Ante un magistrado, y bajo juramento, Titus Oates declaró haberse infiltrado en la sede de los jesuitas en Londres donde conoció la existencia de un complot para asesinar al anglicano rey Carlos II para sustituirlo por su católico hermano Jacobo, lo que iría seguido por un baño de sangre de seguidores de las religiones protestantes del país. El hecho de que el magistrado fuese encontrado muerto poco después fue otro agravio del que se acusó a los católicos.

Carlos II nunca creyó la historia de Oates, pero el Parlamento sí lo hizo y le otorgó una casa y una pensión. Además, Oates tuvo un golpe de suerte cuando se descubrió que una de las personas que citó como cabecillas del complot, Edward Coleman, estaba en conversaciones secretas con los franceses. Muchos londinenses empezaron a salir a la calle armados por si los católicos trataban de regar Londres de sangre protestante.

Carlos II descubrió numerosas contradicciones en la historia de Oates y ordenó su detención, pero fue salvado por el Parlamento. Incluso se aprobaron dos leyes prohibiendo a los católicos formar parte de las Cámaras de los Lores y de los Comunes. Cientos de católicos fueron asesinados.

Hubo que esperar hasta 1681 cuando en un proceso judicial contra varios católicos detenidos por el complot se realizaron investigaciones más detalladas que sacaron a la luz la falsedad de toda la historia. Los católicos fueron declarados inocentes, se revocaron condenas de otros católicos (a algunos les sirvió de poco porque ya habían sido ejecutados) y Titus Oates fue encarcelado por perjurio. Fue liberado en 1688.

A pesar de haberse descubierto la falsedad del complot papista, la prohibición a los católicos de optar al Parlamento se mantuvo durante muchos años.

Conclusión

En respuesta a las dos cuestiones que se planteaban al principio, podemos concluir que ni el cisma anglicano fue algo que surgió como por arte de magia por el capricho de Enrique VIII por Ana Bolena (aunque sin esta circunstancia hubiera sido mucho más complicado que triunfara, si es que lo hubiera hecho), y que ni esta situación fue aceptada pacíficamente por los católicos del país, que trataron de oponerse a la misma y lo pagaron caro durante siglos. 

Para saber más

Dan, J. (2012). Plantagenets, The Kings Who Made England. Londres: William Collins.

Peter, A.(2011). A History of England. Volume I (Foundations) Volume II (Tudors). Londres: Ed. McMillan.

Roy, S. (1998). The Story of Britain. Londres: Ed. Pimlico.

Simon, S. (2000). A History of Britain. Londres: BBC Worldwide Limited.

Derek, W. (2014). The Plantagenets, The Kings That Made Britain (edición ebook).Londres: Quercus Edition.

Escrito por
Daniel Fernández de Lis

Daniel Fernández de Lis. Licenciado en Derecho, apasionado de la Historia y autor del blog Curiosidades de la Historia. Autor de 'Los Plantagenet' (Libros.com).

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