El Imperio romano a mediados del siglo I d. C. (Mapa de Juan Pérez Ventura).
El Imperio romano a mediados del siglo I d. C. (Mapa de Juan Pérez Ventura).

Galba y el comienzo del año de los cuatro emperadores

Servio Sulpicio Galba fue el primero de los cuatro hombres que optaron al trono imperial entre los años 68-69 d. C. una vez que la dinastía Julio-Claudia, la de los descendientes de Augusto, desapareció tras la muerte de Nerón. Vamos a conocer un poco al personaje y la relación que tuvo con Hispania.

El conocido como año de los cuatro emperadores —entre mediados del año 68 y finales del 69 d. C.— supuso un paso más hacia la ruptura con ese sistema que Augusto se había encargado de dilapidar tras la guerra civil que le enfrentó a Marco Antonio: la República. Por primera vez desde el advenimiento del Principado —conocido popularmente como la etapa del Imperio—, ningún descendiente del señor antes conocido como Octaviano ostentaba el poder absoluto. El último de sus familiares, Nerón, murió en el mes de junio del 68 d. C. y fue sustituido durante el año siguiente por una amalgama de personalidades con más o menos importancia, que se organizaron alrededor de sus ejércitos casi personales —cosa que también pasaba en los últimos decenios de la República—, y fueron precisamente estas legiones, en algunos casos, las que los auparon al poder.

Finalmente, tras una serie de pequeñas guerras civiles entre estos personajes, que se fueron sucediendo uno a uno durante ese año 69, Vespasiano, conocido por sus éxitos en las campañas contra los judíos en Palestina, se quedó con el poder, estableciendo lo que fue la segunda dinastía del Imperio: los Flavios. A esta familia pertenecieron también los reinados de Tito y Domiciano, ambos hijos del primero y que han sido vistos por los escritores antiguos de manera totalmente diferente el uno con respecto al otro. Si Tito representó el ideal de la juventud y la madurez en una misma persona —se había labrado esa imagen combatiendo junto con su padre en la I Guerra Judía—, la figura de Domiciano ha sentido siempre el peso de la crítica escrita, tanto en la época que le tocó vivir como en la nuestra. A esta familia debemos la construcción, por ejemplo, del anfiteatro Flavio, conocido popularmente como el Coliseo, debido a que se construyó al lado de una estatua colosal de Nerón.

El Imperio romano a mediados del siglo I d. C. (Mapa de Juan Pérez Ventura).
El Imperio romano a mediados del siglo I d. C. (Mapa de Juan Pérez Ventura).

El primero de los personajes que pulularon en torno al poder del Imperio fue Galba, gobernador de la provincia de Hispania Tarraconensis al que escritores como Suetonio, Dion Casio o Tácito presentaron como una persona de avanzada edad, destinado desde la cuna para ser emperador —cosa normal en las biografías imperiales a modo de justificación profética del poder— y que no comenzó su reinado demasiado bien, si hacemos caso tanto a Suetonio como a Tácito y Plutarco, que nos hablaron de una promesa a las legiones de un supuesto tributo monetario que nunca llegó a darse.

Sobre Galba: «también tú, hijo, degustarás el poder que yo ejerzo»

La frase anterior, que Suetonio atribuyó al mismísimo Augusto (Galba, 4.1), sería una de las escenas primorosas y asombrosas que adivinarían el futuro de un niño nacido cerca de Terracina, siempre según el escritor del siglo I-II d. C. Obviamente, este tipo de advertencias, apariciones y demás prodigios son comunes en toda la literatura creada alrededor de la figura de los emperadores romanos, para afianzar el porqué de su llegada al poder.

En el caso de Galba, aparte de toda esta especie de proclamaciones que actuaban desde el mundo de la fe, los escritores antiguos lidiaron también con una cualidad, no sabemos si positiva o negativa: el destacar la vejez del político. Aunque tampoco es un hecho aislado en las biografías de los emperadores. De hecho, siempre existió la disputa entre las virtudes y los defectos del ser muy joven o muy mayor. En el caso contrario a Galba tenemos, por ejemplo, a Cómodo, que empezó a reinar con poco más de dieciocho años.

Galba en Hispania

Tras largos años de servicio a diferentes emperadores fue enviado a la Hispania Tarraconensis en el 61 d. C. Ya había servido con Calígula en Germania y más tarde en África. De hecho, sus actuaciones en ambas zonas le habían valido un nombre dentro del orden militar romano. Tal vez por eso sería enviado como recompensa a una provincia menos agitada políticamente, aunque también se puede interpretar como un alejamiento de la corte. ¿Por qué? Galba no se identificaba con las personas que ahora rodeaban a Nerón y esto posiblemente le hizo perder la confianza del emperador. No era un peligro de momento, pero no era una situación cómoda. Y si entramos en la perspectiva que nos da el tiempo pasado, mejor estar lejos de Roma, pero vivo.

Interior del Anfiteatro Flavio, conocido popularmente como el Coliseo (Pedro Huertas).
Interior del Anfiteatro Flavio, conocido popularmente como el Coliseo (Pedro Huertas).

Una vez instalado en la provincia, Suetonio y otros autores antiguos nos hablan de un gobierno que, si bien comenzó con fuerza, a los pocos años ya había perdido el vigor del principio. Esto se puede interpretar de varias maneras: o bien Galba, que ya tenía una edad, se estaba abandonando a los placeres de las provincias, o intentaba pasar desapercibido para mantener su puesto y la cabeza sobre los hombros.

Así que nos encontraríamos en abril del año 68 d. C. El futuro emperador estaba con su comitiva en la ciudad de Carthago Nova, segundo núcleo más importante de la provincia después de Tarraco. Se enteró de la sublevación de Vindex en la Galia, que Otón desde Lusitania apoyaba ese movimiento y que le proponían a él, por experiencia y nombre dentro de la aristocracia romana, como Princeps (emperador). Por lo tanto, el grueso de las provincias occidentales del Imperio se había levantado contra Nerón, que poco a poco veía pasar su vida rápidamente ante sus ojos. La actuación de Galba desde entonces variaría según a quién leamos. Suetonio escribió que ya se autoproclamaría Emperador en Carthago Nova, afirmando a la vez que un sacerdote en Clunia le había dicho hacía tiempo que él sería emperador. Pero esto es caer de nuevo en esas advertencias mágicas que salpican todos los relatos sobre emperadores romanos. Plutarco coincide con Suetonio en que realizó algunos movimientos como la liberación de esclavos masiva, que dan a entender que se estaba otorgando acciones propias de un emperador, pero nos dice que esa proclamación formal vendría un par de meses más tarde en Clunia, cuando se enteró de la muerte de Nerón y de que el Senado reconocía su candidatura.

Rápidamente, tras esa declaración comenzó a reclutar una nueva legión —además de más tropas auxiliares—, la VII Galbiana, que más tarde pasaría a ser la VII Gemina y que se estableció donde ahora se encuentra la ciudad de León. Esta legión, reclutada casi a modo de ejército personal y formada por personas de la provincia, se unió a la Legio VI Victrix, la que había sido reclutada por Augusto y que participó en la batalla de Actium, por ejemplo. De hecho, tras la guerra de estos años y una pequeña campaña en la provincia de Pannonia, fue enviada de nuevo a Hispania donde siempre permaneció. Vemos cómo en esta época ya casi se daba por sentado que quien tenía un ejército más numeroso, tenía el poder. De hecho, tanto la Legio VII como otras unidades fueron cambiando de bando al ver cómo se iba desarrollando el conflicto. Posiblemente este fuera el preludio de lo que pasó a partir del siglo III d. C. Aunque a finales del siglo II, concretamente con el asesinato de Cómodo, el título de emperador salió directamente a puja por parte de la Guardia Pretoriana. Ella misma eligió a Pértinax, que duró unos pocos meses y más tarde, tras otra guerra civil, sería Septimio Severo el que ganaría, dando comienzo a otra dinastía: los Severos.

¿Se declaró Galba emperador en Carthago Nova?

«Mientras celebraba en audiencia en Cartagena, se enteró de la sublevación de las Galias, porque el gobernador de Aquitania le pedía ayuda; llegó también una carta de Víndice que le animaba a que se presentara como libertador y defensor del género humano. Y, sin dudarlo mucho, aceptó esta propuesta, en parte por miedo y en parte por esperanza…». [Suet. Galba, 9.2].

Como podemos apreciar en el texto que adjuntamos arriba, parece ser que a Galba no le costó mucho aceptar la propuesta de Víndex y Otón, y, ojo, que hasta se declaró libertador del género humano. Se supone que para enfatizar más el hecho de que Nerón era un loco y que algo había que hacer contra esos ataques de locura.

Con respecto al protagonismo de Clunia en el ascenso de Galba al poder, Suetonio nos dice que habría sido un sacerdote el que hubiera pronosticado la proclamación, pero no que lo hiciera allí (Galba, 9.2). Además, para reafirmarse en lo que nos está explicando, habla un poco más abajo del acto de la manumisión —liberación— masiva de esclavos, haciendo hincapié en uno especialmente, que habría llegado desde las Baleares (Galba, 10). Este tipo de liberación sería, como lo interpretan algunos investigadores, un acto para indicar que él era el nuevo emperador.

En la imagen, componentes del grupo Ab Urbe Condita, recreando al ejército acuartelado en Hispania durante las décadas centrales del siglo I d. C. (Álvaro Hernández Rojas).
En la imagen, componentes del grupo Ab Urbe Condita, recreando al ejército acuartelado en Hispania durante las décadas centrales del siglo I d. C. (Álvaro Hernández Rojas).

El problema que nos encontramos en todo el relato de la llegada de Galba al poder es que sólo Suetonio nos dejó por escrito el caso acaecido en la actual Cartagena. Eso nos hace replantearnos que estos hechos hubieran pasado de tal manera, ya que cuando lo comparamos con los otros relatos contemporáneos de los autores antes citados, ninguno nos da pistas sobre ello.

En contraposición al relato de Suetonio nos encontramos el de Plutarco, quien en sus Vidas Paralelas nos indica:

«Volviendo después con sus amigos a la ciudad de Clunia en Hispania pasó el tiempo arrepintiéndose de lo que había pasado y añorando su acostumbrada e innata quietud, más que en hacer lo que tenía que hacerse. Era ya verano y antes del anochecer, vino de repente desde Roma, tras siete días de viaje, un liberto llamado Icelo. Informado de que Galba estaba a solas reposando, se dirigió directamente a su habitación, abrió las puertas a pesar de la resistencia de los criados de la cámara y, presentándose ante él, le anunció que, aunque estuviera vivo Nerón y él no se dejara ver, el ejército, el pueblo y el Senado habían proclamado a Galba como emperador». [Plutarco, Galba, 7.2 y ss].

Es decir, que como parecía que ya no se podía remediar, se declaró emperador porque todo el mundo quería que lo fuera. El tema del esclavo también es reseñable puesto que, durante su corto reinado, una de las cosas por las que le criticaron fue por sus supuestos escarceos y fantasías amorosas con hombres. Pero este tipo de relatos se dan en toda la literatura en torno a los emperadores romanos, a veces para simplemente reseñar el hecho y otras para criticar.

Un reinado breve pero intenso

Sobre el reinado de Galba, que duró unos pocos meses, no hay mucho que decir, si acaso una cuestión que generalizaron en su día todos los autores antiguos: que era avaro. Por ejemplo, Plutarco escribe: «…lo mataron porque no podían sacárselo», en clara referencia a esa promesa de dinero que antes hemos comentado a las legiones y que nunca llegó a dar.

Otros pasajes de estos autores se dedican a resaltar que el emperador había destacado en el gobierno de las provincias por ser ahorrador, pero que al llegar al poder imperial se había excedido en ese tipo de política, lo que le hizo tomar algunas decisiones poco acertadas. El mismo Suetonio llega a decir: «su favor y su prestigio fueron mayores cuando obtuvo el poder que cuando lo ejerció, aunque dio muchas pruebas de ser un príncipe excelente; pero la acogida de estas no era equiparable en modo alguno a la hostilidad provocada por sus malas acciones» (Galba, 14). ¿Esto qué quiere decir? Pues es complicado, pero pueden ser dos ideas: la primera, que estuvieran menospreciando la figura de Galba para ensalzar la de otro emperador; y la segunda, que realmente llevaran razón y las acciones de este no fueran las más adecuadas.

Tras esas promesas no cumplidas y su declaración formal, realizaría un viaje triunfal desde Hispania a Italia dejando tras de sí un reguero de sangre de personas de las que no se fiaba, por si acaso le quitaban el poder. Así que su llegada a Roma no podía ser menos esperada. Además, el pueblo, que albergaba esperanza en que el reinado de Galba resultara un gran cambio con respecto a Nerón, vio enseguida que algunos de los personajes de confianza de éste quedaban con vida, mientras que otros con menos peso eran ejecutados. Obviamente, todo nuevo emperador que se preciara en llegar tras un levantamiento debía depurar al máximo los puestos de confianza para afianzarse en el mando. Cada uno a su manera.

Finalmente, si juntamos esa animadversión que creó en el pueblo junto con el desencanto del ejército que le había apoyado, tenemos el caldo de cultivo perfecto para que su alegría durara poco. Muy poco. En enero del año 69, mientras que deambulaba hacia el foro después de hacer una serie de sacrificios matutinos fue «…degollado junto al lago Curcio…» (Suet. Galba, 20.2) y abandonado hasta que un soldado que pasaba por allí terminó de decapitarlo y llevó su cabeza a su sucesor que, la casualidad, había sido quien orquestó su muerte: Otón. Sí, su amigo, el de Lusitania. 

Para saber más

Suetonio (1998). Vidas de los Césares. Edición y traducción de Vicente Picón. Madrid: Cátedra.

Plutarco. Vida de Galba. En Vidas paralelas VII. Introducción, traducción y notas de Juan Pablo Sánchez y Marta González. (2009). Madrid: Gredos.

Fernández Uriel, Pilar (1989), «La participación de la provincia tarraconense en la crisis de los años 68/69 d. C.», Espacio, Tiempo y Forma, Serie II, Hª Antigua, t. II, pp. 115-136.

Morillo, A. y Salido, J. (2017), «L´accampamento militare della legio VII Gemina a Leon (Spagna): architettura e programmi ornamentali». Tiasos Monografie, 9, pp. 315-332.

Escrito por
Pedro Huertas Sánchez

Licenciado en Historia, arqueólogo y guía de museo. Autor del blog Roma no se hizo en un día.

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