Descubrir la Historia viaja a la provincia turca de Çannakkale para conocer su rico patrimonio histórico y natural coincidiendo con el vigésimo aniversario de la inclusión del sitio arqueológico de Troya en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.

Los griegos y los romanos ­—sus herederos culturales— afirmaban sin dudar que la guerra de Troya fue un hecho histórico y que la ciudad que se situaba en la colina de Hisarlik fue el escenario de la conflagración entre aqueos y troyanos. Allí acudían en peregrinaje para conocer en persona el escenario de uno de los mitos fundacionales de su civilización. Sin embargo, las brumas de la historia cayeron sobre los troyanos, la ciudad y la guerra y no fue hasta el siglo XIX cuando Heinrich Schliemann afirmó haber descubierto la mítica ciudad. Desde entonces, miles de curiosos y apasionados por la historia han visitado las ruinas troyanas. Nunca ha sido tan fácil como ahora.

La colina de Hisarlik se encuentra en la costa noroccidental de la península de Anatolia, en la actual provincia turca de Çannakkale. Cuando el visitante moderno llega al yacimiento lo primero que encuentra es una reconstrucción del famoso caballo de madera que los aqueos regalaron a los troyanos para llevar a cabo su archiconocida estratagema —en el paseo marítimo de la ciudad de Çannakkale se expone la réplica utilizada en la película Troya (Wolfgang Petersen, 2004)— y con su visualización comienzan a fluir por la mente los recuerdos de la leyenda.

Reproducción del caballo utilizado en Troya (Wolfgang Petersen, 2004), ubicado en Çannakkale (Paula Villegas).
Reproducción del caballo utilizado en Troya (Wolfgang Petersen, 2004), ubicado en Çannakkale (Paula Villegas).

Porque recorrer el yacimiento de Troya es una delicia para cualquier amante de la cultura clásica. Creamos o no en el mito homérico, todo occidental está imbuido en la cultura en la que ha sido educado y la guerra de Troya ocupa un lugar privilegiado en ella. Desde lo alto del yacimiento podemos comprender fácilmente la importancia estratégica de la ciudad que corona la única llanura de la zona con una magnífica visión sobre el Egeo y los Dardanelos —a pesar de que en la actualidad la cota costera está más alejada de la ciudad—.

Realmente existen nueve Troyas distintas, pues era costumbre entre sus habitantes que después de un desastre se allanara el terreno y se volviera a reconstruir encima de las ruinas previas, lo que ha dificultado enormemente el estudio arqueológico. Por este motivo, el visitante no debe esperar restos grandiosos —aunque las murallas ciertamente impresionan—, pero todo el yacimiento evoca una grandeza perdida que podemos unir a nuestra fantasía educada en el mito troyano para echar a volar nuestra imaginación al pisar un suelo tan mítico.

Aunque Troya acapara todos los focos arqueológicos por razones obvias, la provincia de Çannakkale ofrece al menos otros dos yacimientos que merecen una visita. El primero de ellos es el de Alejandría de la Troade, una fundación helenística que dominó la zona durante la época tardoimperial y bizantina. Debió su riqueza a su marcado carácter comercial y marítimo, lo que supuso que se convirtiera en una ciudad con características imperiales, como demuestran su foro y sus impresionantes baños. Igual de interesante se muestra la visita a Assos para conocer sus imponentes restos arqueológicos, entre los que destacan el templo de Atenea, que corona su acrópolis, y el teatro construido en la ladera de la montaña, ambos con una espectacular vista al Egeo.

Galípoli: el terror de las trincheras

La ciudad de Çannakkale descansa en la orilla del estrecho de los Dardanelos —Helesponto para los griegos—. El estrecho no ha perdido ni un ápice de la importancia estratégica que ha tenido a lo largo de la historia al ser paso obligado de las embarcaciones mercantiles que unen el mar Negro con el Mediterráneo —fundamental para una gran potencia mundial como Rusia—, lo que provoca que frente a la ciudad exista un intenso tráfico de barcos a gran escala. Esta importancia estratégica fue la causante de una verdadera carnicería durante la Primera Guerra Mundial en la península de Galípoli, al otro lado del estrecho.

Memorial turco de la batalla de Galípoli (Paula Villegas).
Memorial turco de la batalla de
Galípoli (Paula Villegas).

Desde el embarcadero de Çannakkale se puede tomar el transbordador que cruza las aguas claras del estrecho, azotado por fuertes vientos y habitado por toda clase de vida marina —en uno de nuestros viajes estuvimos acompañados por un simpático grupo de delfines—. Dos elementos llaman poderosamente la atención del visitante al acercarse a la orilla de Galípoli: por un lado, la imponente fortaleza otomana que defendió durante siglos el paso del estrecho, recientemente restaurada y musealizada que ofrece una acertadísima visión sobre cómo era la vida diaria de sus defensores; por otro, un enorme mural conmemorativo esculpido en la propia colina que nos habla de una de las luchas más cruentas de la Primera Guerra Mundial: la batalla de Galípoli,

En 1915, el Almirantazgo británico, dirigido por un joven Winston Churchill, organizó una ofensiva para tomar el control del paso de los Dardanelos para alcanzar un doble objetivo: liberar el paso hasta Constantinopla, la capital otomana, y conseguir una mejor conexión marítima con sus aliados rusos para facilitar la llegada de suministros militares. Sobre el papel se trataba de una operación rápida: bombardear las defensas otomanas del estrecho, ocupar las fortalezas con unos pocos soldados y limpiar las minas del fondo marino. Sin embargo, la tenaz defensa otomana —con ayuda militar alemana, de la que se conservan una serie de búnkeres a los pies de la fortaleza otomana— frustró los planes aliados y se decidió cambiar la estrategia para pasar al desembarco de tropas terrestres. Fue en este momento cuando la crueldad de la batalla llegó a sus límites. En el frente, estabilizado en la península durante un año, combatieron del bando aliado soldados británicos, con especial importancia de australianos y neozelandeses, y franceses. Algunas fuentes hablan de cerca de 500 000 muertos.

En la actualidad, la península, escasamente poblada, parece un enorme mausoleo. La impresión que siente el visitante al contemplar las decenas de cementerios conmemorativos pesa en el fondo de su alma. El silencio y la tranquilidad son sobrecogedores, por lo que se hace muy complicado imaginarse a miles de soldados en el fragor de la batalla. La batalla es un hito decisivo para el nacionalismo turco, pues las tropas otomanas estuvieron bajo el mando de Mustafá Kemal, quien consiguió gran prestigio militar que le ayudó para liderar el Movimiento Nacional Turco antes y durante la Guerra de Independencia Turca que desembocó en la fundación de la actual República de Turquía, de la cual fue su primer presidente. Gracias a estos hechos se le concedió el apellido Atatürk, padre de los turcos.

En memoria de Atatürk y los soldados otomanos caídos se levanta un majestuoso monumento en la zona sur de la península en el que destaca una estructura de 40 metros de altura y cientos de lápidas en las que aparecen los nombres de todos los caídos del lado otomano. Un precioso y tranquilo bosque en el que la naturaleza se une al recuerdo de la tragedia. Para que se hagan una idea de la magnitud de la batalla, en cada una de las miles de lápidas están representados 40 soldados caídos, ordenados por el lugar de procedencia de los mismos. La sensación del visitante se asemeja a la que transmiten los cementerios de los soldados caídos en la Segunda Guerra Mundial en la región de Normandía.

La batalla de Galípoli también tiene un interés especial para un país que dista miles de kilómetros de distancia. El ideario del nacionalismo australiano nació en estas trincheras. Aunque el país se independizó en 1901, antes de 1915 Australia sólo era la unión de seis provincias imperiales británicas con poco en común, pero la dureza de la lucha común hizo brotar un sentimiento de unidad que acabó cristalizando en la identidad australiana. Tanto es así que el 25 de abril, fecha en que comenzó el desembarco del ANZAC (Australian and New Zealand Army Corps), es fiesta nacional y muchos australianos recorren medio mundo para visitar la zona de guerra de Çannakkale y conmemorar a sus antepasados caídos. En su recuerdo existe un monumento conmemorativo en el lugar exacto donde desembarcaron las fuerzas del ANZAC y varios cementerios.

Playas, islas y montañas. Mucho más que historia

Teatro de Assos (Paula Villegas).
Teatro de Assos (Paula Villegas).

No solo de recuerdos históricos vive la provincia de Çannakkale. Su riqueza natural también es impresionante. El Egeo baña sus costas con su característica agua de un azul intenso que dota de una belleza impresionante a sus calas. Queremos destacar asimismo dos islas que bien merecen una visita. Hablamos de Gökçeada y Bozcaada, las únicas islas del Egeo con jurisdicción turca. Gökçeada es la más grande y la que tiene una historia más interesante. Habitada por una comunidad griega que se vio obligada a marchar a Grecia por el acuerdo de intercambio de poblaciones entre Grecia y Turquía de 1923, quedando la isla prácticamente abandonada. Sin embargo, hace pocos años se promulgó una ley que permitía a los griegos ser propietarios en Turquía y los descendientes de esas familias expulsadas han ido recomprando las antiguas posesiones de sus abuelos y rehabilitando las viviendas. Debido a ello el visitante puede encontrar en Gökçeada una interesante mezcla cultural. Bozcaada, por su parte, aunque también tiene pasado griego, centra más su turismo en sus hermosas playas y bien merece una visita de relajación. Además de ser de las pocas regiones turcas que elaboran su propio vino.

Escrito por
Carlos Núñez del Pino

Licenciado en Historia y en Humanidades por la Universidad de Huelva y Máster en Estudios Históricos Avanzados por la Universidad de Sevilla.

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