Encíclica emitida por Pío XI Mit Brenneder Sorge (Wikimedia).
Encíclica emitida por Pío XI Mit Brenneder Sorge (Wikimedia).

‘Mit Brennender Sorge’ (Con ardiente preocupación)

En marzo de 1937, ante las repetidas violaciones por parte del régimen nacionasocialista del concordato firmado en 1933 con la Santa Sede, fue leída en todos los templos de Alemania una encíclica de Pío XI acusando al régimen de paganismo, de mal entendido patriotismo y augurando la tragedia que luego se cernió sobre Alemania, pero sin mencionar en ningún momento la tragedia que estaban viviendo los judíos.

Antecedentes

El 20 de julio de 1933 se firmaba en Roma el Concordato Imperial (Reichskonkordat) entre la Santa Sede y el Estado alemán. Sus firmantes, como ministros plenipotenciarios, fueron el vicecanciller Franz Von Papen en representación del presidente Hindemburg y el cardenal Eugenio Pacelli en representación del papa Pío XI. No deja de ser curioso el nombre de Concordato Imperial, pues lo firmaba el presidente de la agonizante República de Weimar, que ya tenía por canciller a Adolf Hitler.

Fotografía del papa Pío XI en 1930 (Wikimedia).
Fotografía del papa Pío XI en 1930 (Wikimedia).

Tras la unificación de Alemania en 1870, había surgido, como defensa de los intereses católicos amenazados por la Kulturkampf de Bismarck, el Zentrum que como su nombre indica englobaba a las corrientes políticas de centro. Muy belicoso inicialmente frente al conservadurismo protestante prusiano, su pragmatismo le llevó a participar en el gobierno permitiendo mayorías en el Reichstag. 

El último canciller perteneciente al Zentrum fue Heinrich Brünning, cesado el 30 de mayo de 1932 por el presidente Hindemburg que lo sustituyó por Von Papen, también centrista, pero fue expulsado del partido y favoreció el nombramiento de Hitler como canciller. Este último fue precisamente quien lo nombró vicecanciller y le encargó la negociación y firma del Reichskonkordat.

Hitler y los católicos

El austriaco Hitler era hijo de anticlerical y de madre católica devota, pero aún educado por su madre en la religión católica se alejó bien pronto de su fe. Fueron las ideas panteístas pangermánicas las que sin duda formaron su paganismo. Si bien su antisemitismo aprendido durante su estancia en la Viena del alcalde Karl Lueger tenía contenido socioeconómico, su anticristianismo y aún más su anticatolicismo eran fruto de la discordancia entre las ideas nacionalsocialistas y las enseñanzas de los evangelios y de San Pablo.

Inicialmente fue pragmático por razones políticas. Evitó el ateísmo de Estado, se declaraba como enviado por la divina providencia para salvar a Alemania, incluso en la hebilla del uniforme de los soldados estaba escrito «Dios nos une» (Gott mit uns). Sin embargo, su plan anticatólico estaba trazado de antemano. 

Hitler necesitaba el voto de los diputados del Zentrum para hacer aprobar la ley de plenos poderes, con la que acabaría con la democracia y la república de Weimar, así como la neutralización de los veintitrés millones de católicos, de sus publicaciones y de su belicosa jerarquía. Para ello era el concordato un instrumento proverbial y no tuvo escrúpulos en firmarlo; pero inmediatamente mostró su cara anticlerical: el antisemitismo más atroz, la esterilización, el asesinato de líderes católicos, la persecución de grupos católicos (acción católica, liga de la juventud católica). 

Pío XI

El cardenal Achilles Ratti era el arzobispo de Milán cuando el 6 de febrero de 1922 fue elevado al pontificado con el nombre de Pío XI. Nacido austro-húngaro en 1857, su familia pertenecía a la burguesía de Lombardía. Hombre de carácter muy fuerte, era un intelectual (prefecto de la Biblioteca Vaticana) y gran atleta (montañero distinguido que había dado su nombre a algunos pasos alpinos). No le faltaba experiencia diplomática, pues Benedicto XV lo había nombrado nuncio en Polonia; sin duda fue esta experiencia la que le sirvió para lidiar con regímenes surgidos durante su pontificado: el fascismo, el nazismo y los bandos combatientes en la guerra civil española. 

Con Benito Mussolini firmó en 1929 los Pactos Lateranenses con los que se daba por solventada la «cuestión romana» con la recuperación del poder temporal del papa. 

Como secretario de Estado nombró en 1930 al que sería luego sucesor, el cardenal Eugenio Pacelli, experto en las cuestiones políticas del ámbito germano y al que entre otros le tocó firmar el concordato con el gobierno nacionalsocialista, a la vez que aconsejaba a la curia alemana moderación en sus críticas al régimen.

El Reichskonkordat

El concordato constaba de treinta y cuatro artículos y en su introducción hacía una declaración de intenciones: desarrollar y consolidar las relaciones amistosas entre la Santa Sede y el Reich alemán de manera estable y satisfactoria. No anulaba a los ya firmados con länder de Baden, Prusia y Baviera, sino que extendía las relaciones de la Santa Sede con los demás territorios alemanes. 

Firma del Reichskonkordat el 20 de julio de 1933. De izquierda a derecha: el prelado alemán Ludwig Kaas, el vicecanciller alemán Franz von Papen, Giuseppe Pizzardo, Eugenio Pacelli, Alfredo Ottaviani, y el embajador alemán Rudolf Buttmann (Wikimedia).
Firma del Reichskonkordat el 20 de julio de 1933. De izquierda a derecha: el prelado alemán Ludwig Kaas, el vicecanciller alemán Franz von Papen, Giuseppe Pizzardo, Eugenio Pacelli, Alfredo Ottaviani, y el embajador alemán Rudolf Buttmann (Wikimedia).

Es importante conocer el contenido del concordato, pues de su repetido incumplimiento surgirá la encíclica objeto de este trabajo.

El Reich garantizaba la libertad de culto y reconocía, dentro de la legislación vigente, la autonomía de la Iglesia católica en las relaciones con sus fieles, en el otorgamiento de beneficios y nombramiento de su jerarquía, y en la libertad de los católicos para acudir a ésta por cuestiones pastorales. 

Se mantenían las facultades de teología dentro de las universidades y la enseñanza de la religión católica en las escuelas elementales, profesionales y medias,. Sería impartida de acuerdo con los criterios de la Iglesia y por profesionales contratados por la misma.

Contemplaba el cruce de embajadores y la exención de cargos púbicos en clérigos y religiosos, requiriéndose el nihil obstant para ello. Los sacerdotes no podían ser interrogados sobre circunstancias oídas en secreto de confesión. Se permitía la libre circulación fronteriza de los superiores, no residentes en Alemania, de las órdenes religiosas. No podría ser demolido ningún edificio religioso sin previo acuerdo con la autoridad religiosa competente.

Los obispos, antes de tomar posesión de su diócesis, jurarían fidelidad al Reich. Se establecía el nombramiento de obispo castrense y capellanes militares, todos ellos funcionarios del Estado.

En asuntos de culto, las minorías étnicas y/o lingüísticas no alemanas tendrían los mismos derechos que las alemanas.

La encíclica

Del contenido de los artículos del concordato y los hechos posteriores, hasta el fin del nacionalsocialismo, puede deducirse que Hitler en ningún momento tuvo en su mente el cumplirlo. Tras su firma, la Iglesia Católica Alemana se volvió mansa, pero a principios de 1937 ya eran tantas las violaciones del texto que cinco prelados acudieron a Roma a exponer al secretario de Estado y al papa las quejas.

Encíclica emitida por Pío XI Mit Brenneder Sorge (Wikimedia).
Encíclica emitida por Pío XI Mit Brenneder Sorge (Wikimedia).

Si fue el cardenal Eugenio Pacelli el que firmó el concordato y aconsejó a los obispos alemanes moderación, también fue el que luego ayudó a Pío XI en la redacción de la encíclica.

El 14 de marzo de 1937 (domingo de pasión), Pío XI publicó su encíclica Mit Brennender Sorge (con ardiente preocupación) que fue leída en todos los templos católicos de Alemania el domingo 21 de marzo. La preocupación del papa por el tema era tal que no la escribió en latín, sino en alemán, de ahí su título. Era una encíclica de gran valor ecuménico, pues defendía a todos los cristianos bajo el dominio nacionalsocialista. 

El documento en su párrafo inicial hacía una sobrada declaración de intenciones:

«Con ardiente preocupación y con asombro creciente venimos observando, hace ya largo tiempo, la vía dolorosa de la Iglesia y la opresión progresivamente agudizada contra los fieles (MBS, 1)».

A partir del primer párrafo se desarrollaba todo un ataque perfectamente estructurado contra la teoría y praxis del nacionalsocialismo, tanto en aspecto religioso como el moral y humano, para el papa intrínsecamente relacionados. Pero no deja de ser también una encíclica pastoral, pues marca las líneas que deben seguir los católicos alemanes frente al régimen, sin menoscabo de su lealtad a Alemania.

El papa remarcó que el concordato se había firmado a petición del gobierno del Reich y que él, aunque opuesto al documento por las circunstancias políticas del momento, no negó su consentimiento para evitar males mayores a los católicos alemanes, demostrando así que tendía su mano pacífica a quien se la solicitaba; pero no por ello se dejaba engañar y era consciente que desde la toma del poder, el gobierno nacionalsocialista maquinó para el aniquilamiento de la Iglesia. Decía el papa que la Santa Sede había cumplido por fidelidad los acuerdos estipulados, pero la otra parte había adoptado como norma el desfigurar arbitrariamente los pactos, eludirlos, desvirtuarlos y sin más violarlos abiertamente. Las palabras del papa eran realmente proféticas:

«Sobre ellos, y solamente sobre ellos y sobre sus protectores, ocultos o manifiestos, recae la responsabilidad de que en el horizonte de Alemania no aparezca el arco iris de la paz, sino el nubarrón que presagia luchas religiosas desgarradoras (MBS, 5)».

Sin embargo, no hablaba de forma genérica. Denunciaba el ataque a la libertad de culto y la libertad de los padres a la educación de sus hijos estipulada en el concordato. Ante la falta de libertades jurídicas para defenderse, prometía a los católicos alemanes que él no se cansaría de ser el defensor, ante los dirigentes, del derecho conculcado.

Advertía del neopaganismo que el régimen nazi estaba imponiendo, con descalificación del antiguo y desvirtuación del nuevo testamento, y exhortaba a combatirlo mediante la fe en Cristo y sus enseñanzas. Animaba a los católicos, especialmente a los funcionarios, a seguir distinguiendo entre el bien y el mal a costa de perder el puesto de trabajo e incluso las libertades cívicas.

«Cuando el tentador o el opresor se le acerque con las traidoras insinuaciones de que salga de la Iglesia, entonces no habrá más remedio que oponerle, aún a precio de los más graves sacrificios terrenos, la palabra del Salvador: Apártate de mí, Satanás, porque está escrito: al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él darás culto (Mt 4, 10; Lc 4,8)(MBS, 24)».

Igualmente llamaba la atención sobre la intención de las autoridades de crear una iglesia nacional alemana, institución que ni Lutero había pretendido, y que estaba encaminada al control de todas las iglesias de Alemania. Para ello los nazis estaban adoptando términos cristianos, pero vacíos de contenido.

«Quien no quiere ser cristiano, debería al menos renunciar a enriquecer el léxico de su incredulidad con el patrimonio lingüístico cristiano».

No se olvidaba de los jóvenes, ya encuadrados en organizaciones nacionalsocialistas. No pedía que estas desaparecieran a pesar del adoctrinamiento pagano que realizaban, sino que se respetasen las asociaciones de juventudes católicas establecidas en el concordato. En su mensaje a los jóvenes era claro: la fidelidad a la patria no conlleva la infidelidad a Dios. Si el Estado se estaba adueñando de la juventud, el papa recordaba a los padres que ningún poder terreno podía eximirlos del vínculo de responsabilidad, impuesto por Dios, que les unía a sus hijos. 

En ningún punto se mencionaba explícitamente lo que estaba sucediendo en Alemania con los judíos; la prudencia del papa evitaba tensar más la cuerda y desencadenar sobre los católicos una persecución organizada.

Como colofón, desafiaba a las autoridades nacionalsocialistas:

«Los enemigos de Cristo, que en vano sueñan con la desaparición de la Iglesia, reconocerán que se han alegrado demasiado pronto y que han querido sepultarla demasiado deprisa (MBS, 51)».

No obstante, volvía a tender la mano en el último párrafo de la encíclica afirmando que su única aspiración es el restablecimiento de la paz verdadera entre la Iglesia y el Estado alemán, pero si esta paz no volvía, no cejaría es seguir defendiendo los derechos y libertades. 

Ningún documento contemporáneo de la subida e instauración de los nazis en el poder fue tan contundente como esta encíclica, que convirtió al papa en sujeto odiado por Hitler y del que, sin duda, habría dado cuenta de él cuando invadió Italia si no hubiese fallecido en febrero de 1939.

Pero las palabras del papa no tuvieron respuesta oficial por el régimen nacionalsocialista que continuó con su política trazada. Su ministro de propaganda Joseph Goebbels decidió ignorarla, aunque prohibió su publicación. Tampoco hubo respuesta por el resto de los países que incluso llegaron a prohibir su publicación, por no molestar al régimen nazi. Los católicos alemanes sólo fueron escuchados por su Iglesia.

Para saber más

Carta encíclica Mit Brennender Sorge de S.S. el papa Pio XI. Talleres gráficos. Madrid, 1940.

Blood-Ryan, H. W. (1940). Franz von Papen-His life and Times. Londres: Rich & Cowan.

Testis Fidelis (1941) El cristianismo en el Tercer Reich: hechos y documentos relativos a las condiciones de la iglesia católica en la Alemania actual. Buenos Aires: La Verdad.

Baura García, E. (2011). Comentario de la encíclica «Mit Brennender Sorge». Grin Verlag.

Kersaw, I. (2015) Hitler. Barcelona: Península.

Escrito por
Manuel Carpio González

Licenciado en Historia. Académico de la Real Academia de Ciencias, Bellas Artes y Nobles Letras de Córdoba.

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