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Linajes urbanos. La reinvención de las élites en el Medievo

Cuando se piensa en las ciudades medievales, la imagen que viene a la mente es la de un mundo dominado por élites burguesas, nacidas al calor del comercio y confrontadas con una nobleza reticente a perder su poder. La riqueza, y no la sangre, se convirtió en el nuevo criterio que marcó la jerarquía social. Sin embargo, ¿qué hay de cierto en esta idea?

Al escribir sobre historia siempre solemos referirnos a hechos y personajes concretos porque son los que generan mayor interés. Sin embargo, pocas veces nos paramos a pensar en las realidades que se esconden tras ellos. Por este motivo, no está de más que de vez en cuando echemos un vistazo a la trastienda de la Historia para intentar comprender en qué contexto se desenvolvían estos acontecimientos y por qué actuaban como lo hacían sus protagonistas. 

Detalle de Las muy ricas horas del Duque de Berry (siglo XV) en el que se observa la relación entre la ciudad y su entorno rural (Wikimedia).
Detalle de Las muy ricas horas del Duque de Berry (siglo XV) en el que se observa la relación entre la ciudad y su entorno rural (Wikimedia).

En esta ocasión te invitamos a vislumbrar qué hay detrás de grandes personajes como Lorenzo de Médici, de los famosos enfrentamientos entre Blancos y Negros en la Florencia del siglo XIII o de los característicos castillos y palacetes amurallados que pueblan las urbes medievales europeas, no desde un punto de vista biográfico o descriptivo, sino desde un enfoque general que nos acerque a la mentalidad que regía el día a día de las élites de una ciudad medieval. 

Además, debemos apuntar que, aunque nos centremos en Italia y España para encontrar ejemplos tangibles que nos ayuden a visualizar nuestras ideas, lo expuesto a continuación es igualmente válido para el resto de Europa y que, aunque se plantea un relato general, existieron excepciones y particularidades que pueden no ajustarse a él.

¿Qué es un linaje?

Más allá de los lazos de sangre, los clanes o linajes eran una respuesta a una inquietud que trasciende todas las épocas: el miedo a la exclusión social. Constituían, por lo tanto, una red de apoyo para el sujeto, lo que en la sociedad medieval era fundamental debido a la presión que se aplicaba sobre éste desde las esferas de poder y la dureza de las condiciones de vida de la época. 

La composición social medieval no era una estructura simple y homogénea. De hecho, la concepción que impulsaba la Iglesia de una sociedad dividida en tres órdenes —clero, nobleza y pueblo llano— fue rápidamente sobrepasada por una superposición de los distintos grupos sociales facilitada por la debilidad del Estado. Así, comenzaron a aparecer colectivos que trascendían la condición social y económica del individuo, así como los lazos sanguíneos, bajo una premisa u objetivo común. Este es el caso, por ejemplo, de las asociaciones aldeanas. No obstante, el germen de los clanes se hallaba en la familia entendida como grupo familiar extenso. 

Los orígenes del linaje

¿Nacieron los linajes urbanos en el seno de familias asentadas en la ciudad? La respuesta no puede limitarse a un sí o un no. Si bien es cierto que muchos de ellos tomaron forma en un contexto urbano, su origen se encontraba en el ámbito rural. Era allí donde la aristocracia se reunía en familias extensas que sobrepasaban el núcleo conyugal gracias a un sentimiento identitario que giraba en torno a unos antepasados comunes.

San Gimignano, pueblo italiano dominado por sus famosas torres medievales (Wikimedia).
San Gimignano, pueblo italiano dominado por sus famosas torres medievales (Wikimedia).

Tradicionalmente, se suele considerar que la burguesía habría imitado estas estructuras para reforzar su influencia en las ciudades de manera semejante a como los nobles se imponían en el ámbito rural. Sin embargo, algunos autores reivindican un origen nobiliario y rural basándose en el estudio de las ciudades del centro y norte de Italia, en las que se observa una depredación del espacio económico urbano por parte de la nobleza tradicional. Quizás la respuesta más adecuada a esta pregunta sea una solución intermedia en la que convivan ambas posibilidades. Lo que es innegable es que ambos grupos compartían la noción de familia extensa como elemento cohesionador.

Empero, esto no significa que los clanes fuesen grupos uniformes. Avanzada la Edad Media, el auge de las autoridades principescas y monárquicas y la economía de mercado hicieron peligrar su cohesión al concentrar la riqueza en manos de unos pocos y, ante esto, fueron los lazos de sangre los que permitieron que la ligazón entre sus miembros prevaleciese sobre los agentes erosivos, dando lugar a un linaje dividido entre una alta nobleza y una nobleza popular, pero manteniendo la conciencia de grupo intacta, reforzada por una educación que ensalzaba el honor de la estirpe por encima de cualquier otro factor. De esta forma, la baja nobleza campesina polaca, los hijosdalgo castellanos y vizcaínos o la «nobleza fija» inglesa convivían con sus parentelas ricas estableciendo relaciones clientelares basadas en lazos de solidaridad. 

Así, muchos de estos linajes contaban con auténticas cajas de ayuda alimentadas por estrategias como las inversiones bloqueadas, cuya recaudación se destinaba en exclusiva a auxiliar a los parientes pobres, abarcando desde lo más básico como era el alojamiento y manutención a aspectos específicos como la financiación de los estudios de los hombres o la dote de las mujeres.

El paso del campo a la ciudad

¿Qué diferenciaba a los linajes urbanos de los rurales? En un ambiente de vivacidad política y económica, las urbes favorecieron que el núcleo familiar se acrecentara hasta conformar una entidad suprafamiliar en constante renovación. De este modo, a los servidores y esclavos —que constituían durante generaciones los dependientes más directos de las familias—, se agregaban una retahíla de aliados, amigos, clientes y protegidos que llegaban atraídos por la prosperidad económica de las ciudades. 

Los linajes eran quienes dominaban el sistema urbano, generando auténticas fortunas, por lo que estos sujetos veían en ellos la forma de suplir la ausencia de una red de apoyo que habían abandonado en el medio rural. En contrapartida, las élites a las que se asociaban esperaban que los recién llegados reforzasen su peso político, conformándose como una herramienta de presión en el juego por el control de las ciudades. 

En este sentido, cabe preguntarse por qué los nuevos burgueses no se asociaron entre sí para expulsar a las élites y buscar un gobierno más justo para con ellos mismos en lugar de amoldarse a las circunstancias. 

De manera tangencial pueden alegarse motivos demográficos. Contrariamente a la imagen que se tiene de la sociedad urbana medieval, uno de los factores que explican la preponderancia de estos grupos de nobles y ricos es la superioridad demográfica que generaban estas formaciones entre sus miembros acomodados. 

En las ciudades, la pobreza frenaba la natalidad ante la imposibilidad de preparar dotes para las hijas y los hombres retrasaban el momento de casarse por las dificultades laborales —lo que, por cierto, también explicaría la proliferación de métodos anticonceptivos entre los burgueses—. Frente a esta situación compartida por los grupos más modestos, la mortalidad infantil entre la aristocracia era significativamente menor porque su nivel de vida y las condiciones higiénicas eran mejores. Además, los hombres pudientes tendían a casarse varias veces, lo que aumentaba aún más la diferencia con el resto de la población. 

No obstante, debemos dirigirnos nuevamente a la relación entre ciudad y campo para comprender esta cuestión. 

Es indudable que la mayoría de las ciudades nacieron como evolución de los municipios rurales gracias al estímulo del comercio, impulsado por una incipiente burguesía. Como reacción a este escenario, proverbialmente se ha dicho que la nobleza respondió asociándose de manera temprana a las familias ricas de comerciantes a través de políticas matrimoniales para recuperar un poder que se les estaba escabullendo en los nacientes núcleos urbanos, de manera que unos aportaban el prestigio social y el capital y otros el acceso al gobierno de las ciudades, que en muchas ocasiones excluía del desempeño de cargos a la nobleza. Este es el caso de los reinos hispánicos, donde la alta nobleza estaba excluida por ley de las instituciones municipales. Encontramos, pues, una primera explicación de cómo las estructuras nobiliarias se asentaron en el sistema urbano.

Por otro lado, aunque es indudable que esta estrategia existió, esa simbiosis no siempre se produjo, lo que no fue un impedimento para que nada cambiase. 

En primer lugar, los burgueses comerciantes imitaban a los clanes nobiliarios rurales en sus formas de regirse: contaban con estatutos, un consejo y un líder al modo de los «consejos de familia» nobiliarios y, con el tiempo, estas organizaciones darían pie a las instituciones urbanas. Un indicio de este proceso fueron, por ejemplo, los probi homines catalanes, sujetos no pertenecientes a la nobleza que desde el siglo XI se hicieron cargo de la organización de los crecientes núcleos nacidos en torno a los mercados, en un claro antecedente de lo que serían las primeras corporaciones municipales de la zona. 

En segundo lugar, muchas ciudades fueron concebidas desde su génesis como cotos de poder para la nobleza en los que la burguesía quedaba marginada. Si nos referimos a España, es necesario recordar que muchas de las ciudades hispanas tienen orígenes nobiliarios asociados al avance cristiano frente al-Ándalus. Para repoblar los territorios conquistados, contentar a las tropas y asegurar las nuevas fronteras, las monarquías castellana y aragonesa se vieron obligadas a fundar ciudades como Cuenca u Orihuela dejándolas al cargo de la baja nobleza rural, formada por los infanzones y los «caballeros villanos» u «honrados». 

Alegoría del Buen Gobierno (siglo XIV), fresco de Ambrogio Lorenzetti (Wikimedia).
Alegoría del Buen Gobierno (siglo XIV), fresco de Ambrogio Lorenzetti (Wikimedia).

Por ende, con el surgimiento de las ciudades y las élites burguesas no nobiliarias no se produjo una ruptura conceptual con el mundo rural y aristocrático, sino que se aceptaron y perpetuaron las estructuras ya existentes. Así, por ejemplo, en España habrían convivido dos modelos para los orígenes del ámbito urbano, controlados respectivamente por comerciantes y nobleza, pero que, en ambos casos, acaban por remitirnos a la esfera rural nobiliaria como umbral del que partir.

Por otra parte, la conexión entre los linajes urbanos y el mundo rural no terminó en sus orígenes, sino que permaneció muy viva a lo largo de toda la Edad Media como mecanismo de legitimación social y política. 

Para los clanes de naturaleza nobiliaria, la posesión de tierras rurales era más una cuestión de reputación que una estrategia económica, para lo que ya contaban con la actividad económica y comercial. El carácter feudal estaba muy presente y los grandes nobles urbanos presumían tanto de sus señoríos como de sus feudos y castillos, que les permitían tener un derecho efectivo judicial sobre una clientela rural. Incluso en etapas tardías como el siglo XV seguiría siendo un rasgo distintivo: a mediados de ese siglo, algunos de los linajes más antiguos de Génova se fusionaron en torno a la familia della Volta para formar la casa noble de los Cattaneo, nombre que procedía del clan rural de los Cattani. 

Paralelamente, aquellos clanes que habían surgido con posterioridad y que no poseían vínculos con la esfera rural también buscaban la legitimación de sus linajes en la compra de tierras e inmuebles en el campo, como se aprecia en la tendencia de las ciudades burguesas catalanas a proyectarse sobre su entorno mediante la compra de señoríos y propiedades rurales. Estas vinculaciones no sólo pretendían dar solera al linaje, sino que escondían un claro interés estratégico: una de las ventajas con las que contaban los señores rurales frente a los urbanos era la rápida capacidad para formar ejércitos de campesinos, que en manos de sus parientes y aliados urbanos podían cambiar drásticamente el contrapeso de fuerzas dentro de las ciudades; asimismo, la parentela rural constituía un refugio ante las continuas confrontaciones urbanas. 

No obstante, esta relación no constituía un beneficio unidireccional. Los señores rurales también se beneficiaban enormemente de estas relaciones porque les permitían intervenir en la política de las grandes urbes. 

La relación intrínseca entre ambos mundos significaba, en definitiva, por un lado, que el mundo rural servía de refugio a los caídos en desgracia y era una fuente de hombres para la lucha — por no hablar de que abastecía a las ciudades y era el territorio que las comunicaba entre sí—; por otro, que la esfera rural tendía a polarizarse debido a la influencia urbana y a verse inmersa en luchas de mayor envergadura en las que era normal la devastación de la campiña, los burgos y los castillos.

La conformación de un linaje urbano

Obviamente, linajes nobles y llanos no fueron realidades estancas, el poder llama al poder y el dinero llama al dinero, por lo que desde muy temprano comenzaron a desarrollar lazos de solidaridad entre sí y a poner en marcha estrategias matrimoniales. 

Estas nuevas alianzas que se producían en el contexto urbano eran más volátiles, pero seguían manteniendo el culto al honor de la estirpe y sus símbolos. El honor era el capital más preciado, una enseña que permitía a los linajes diferenciarse de los ciudadanos normales. El apellido continuó siendo algo casi totémico que representaba la unión de los miembros del linaje, garantizando su inmortalidad y orígenes ilustres. Tanto es así que, cuando una familia se incorporaba a un clan, adoptaba el apellido del clan adoptante como un distintivo tan decisivo como la sangre. De manera semejante, el escudo de armas y los blasones estaban presentes entre todos sus miembros y en cualquier objeto: joyas, libros, tapices, armaduras, etc.

La presencia urbanística de los linajes

Frente a la vida comunitaria de los feudos rurales, los linajes urbanos se caracterizaban por dividirse en grupos más reducidos repartidos en viviendas distintas que solían agruparse en barrios. 

Aunque la tipología era muy diversa, la más común era la del palacio amurallado, con una torre, y rodeado por los palacetes de los aliados y las moradas de los clientes más modestos. Eran pequeños microcosmos que sus habitantes sólo abandonaban para los grandes actos religiosos y en los que no existía una segregación social. 

Una muestra excepcional de este carácter privado y exclusivo era el barrio genovés de San Donato, en el que se estipulaba que la comunidad era un grupo cerrado al que sólo se podía acceder con el apoyo de al menos tres cuartas partes de sus miembros. Igualmente, sin salir de Génova, encontramos narraciones muy vívidas de cómo los distintos barrios creaban auténticas islas ajenas al control municipal y totalmente aisladas del resto de la ciudad, levantando barricadas en las calles en los momentos de mayor tensión entre partidos. 

No obstante, a finales de la Edad Media, el afianzamiento de las autoridades principescas, monárquicas y municipales cambió esta configuración urbana. Las rencillas entre linajes pasaron a un segundo plano y al término del siglo XIV la nobleza comenzó a trasladarse a lugares apartados del «populacho», ya fuese en Inglaterra o en Florencia. Sin embargo, no fue un cambio simultáneo —recordemos de nuevo que Europa no era una realidad homogénea— y en zonas como Génova hubo que esperar hasta el siglo XVI para observar el debilitamiento de los lazos de vecindad dentro de los linajes urbanos.

La actividad económica

La sombra de la esfera rural también se proyectaba sobre la faceta económica del linaje urbano manteniéndose en muchas áreas la indivisibilidad de los bienes a imagen de los feudos rurales. 

De esta manera, la unidad de los bienes familiares se mantuvo mediante mecanismos como la «reserva» —la prohibición de legar algunas partes del patrimonio—, el «retracto del linaje» —derecho de los parientes a recomprar un bien vendido a un extraño por el precio que pagó— o el «hermanamiento» —que constituía un lazo notarial por el que hermanos y parientes muy próximos se comprometían a la vida comunitaria y a compartir los bienes e impuestos durante largos períodos—. 

En lo que respecta a las actividades que proporcionaban la fortuna del linaje también se observa la influencia rural: las sociedades y compañías familiares eran las herederas de las explotaciones señoriales y sus miembros mantenían la explotación colectiva de sus bienes raíces tanto dentro como fuera de la ciudad. 

Nuevamente, dependiendo de la zona de Europa en la que se centre la mirada se encontrará un perfil u otro. Mientras que en Italia las actividades de nobles y comerciantes se mezclaban, en los reinos hispanos la nobleza se alejó del comercio pero participó indirectamente a través de su control sobre los puntos estratégicos del territorio.

Grosso modo, podemos precisar que, para la nobleza, una de las fuentes de ingresos primordiales eran los derechos señoriales, peajes que gravaban el comercio y que los mantenían en constante conflicto con los municipios y comerciantes. La importancia de estos beneficios, más allá de lo económico, residía en la posesión común de estos derechos, que reforzaban la solidaridad del clan y que incluso motivaban la unión entre ellos para conservarlos.

Por otra parte, la actividad comercial era muy variada. Sin entrar en detalle sobre cuáles eran estas actividades, lo verdaderamente interesante eran las sociedades que se creaban para su gestión. Así, en toda Europa el núcleo de las organizaciones financieras, mercantiles y bancarias repetía la estructura comunal, limitada a los hermanos y, como mucho, a los sobrinos. Por ejemplo, en Florencia se prohibió a los miembros de los linajes invertir sus capitales o iniciar negocios fuera de las compañías familiares y en Venecia se llegó a establecer que aquellos miembros que convivían bajo el mismo techo eran asociados en los negocios, sin necesidad de contrato de ningún tipo.

Los partidos, la faceta política de los linajes

Para hablar de partidos, debemos situarnos en una etapa en la que las ciudades se habían desarrollado en mayor medida y las estructuras de poder estaban plenamente asentadas en ellas.

Pese a que el término partido tiende a identificarse con el de linaje, debemos comprender que tenía connotaciones exclusivamente políticas que dejaban fuera otras consideraciones y lo hacían extremadamente voluble. Así, los partidos carecían de una estructura administrativa clara y seguían los esquemas de gobierno de los linajes, que ya no poseían instituciones asamblearias o colegiadas fuertes y eran lideradas por un jefe, como el podestà italiano, aunque persistía cierta jerarquización. 

Generalmente tomaban el nombre de los líderes de los linajes, aunque también podía referirse a situaciones políticas externas como pudo ser la división entre güelfos y gibelinos —que se convirtió en una constante de la política italiana en el contexto de las luchas entre el papado y el emperador— o a chascarrillos internos propios de la cotidianeidad de la ciudad como la dicotomía raspanti-bergolini en Pisa, que enfrenta a los «que raspan» —el partido gobernante del conde della Rocha— y los «engañados» —los que estaban en la oposición—. Asimismo, se distinguía entre los partidos nobles, «partidos de caballeros» o «sociedades de torres» y los «partidos del Pueblo» o «populares». 

Las razones por las que nacían estos partidos eran acontecimientos puntuales que encendían un conflicto ya macerado, lo que les otorgaba un carácter espontáneo. Aprovechando esos hechos, trataban de imponerse en la ciudad. No obstante, frente a la imagen con la que abríamos de un enfrentamiento entre burguesía y nobleza, lo cierto es que los intereses de ambos grupos solían converger ante un enemigo común, las autoridades municipales. 

¿A qué se debía esa inquina hacia las instituciones municipales? Debemos remitirnos nuevamente a la compleja mentalidad de los linajes. Los lazos de solidaridad y el honor provocaban que la vendetta y la guerra privada fuesen una constante hasta el siglo XV. Las disputas podían nacer de una afrenta al honor, un matrimonio fallido o de peleas por las propiedades. La causa de los conflictos más encarnizados eran las reyertas de sangre. 

El gran problema era la existencia de una responsabilidad colectiva que incluso estaba reconocida por la ley en muchos territorios y que desencadenaba auténticas guerras que podían devastar las ciudades y las regiones colindantes con frecuencia. Ante esto, las autoridades intentaron, de manera generalmente infructuosa, acabar con ella. En Francia, por ejemplo, a partir de 1250 se limitó la responsabilidad a los parientes de cuarto grado. Incapaces de frenar los conflictos entre linajes, los municipios acabaron convirtiéndose en árbitros al estilo de los pacieri toscanos. 

Al esfuerzo de las autoridades se unió también el de las hermandades cristianas surgidas a partir del siglo XIV bajo los principios de la caridad y el perdón. Estas instituciones formadas por eclesiásticos, nobles y burgueses que buscaban el fin de la inseguridad en el ámbito urbano y se constituyeron en las primeras asambleas representativas en muchos lugares, siendo un antecedente inmediato de los consejos municipales.

Que las relaciones entre las autoridades municipales y los linajes eran difíciles parece un hecho evidente, pero éstos no eran los únicos protagonistas de la vida urbana. 

La presión de autoridades superiores —ya fuesen los monarcas en la península ibérica o el emperador y el papa en Italia— era otro condicionante importante del devenir político urbano. 

Así, en la Castilla del siglo XV, Isabel I demostró una ambivalencia política elogiable al debatirse entre la necesidad de la ayuda de los linajes en el ámbito militar, económico y diplomático, para lo que apoyó su consolidación con la concesión de fundaciones y mayorazgos, y la de reforzar la autoridad monárquica y poner freno a los desmanes de los clanes, para lo que secundó el poder popular. 

En contraposición a este juego por parte de los monarcas, los linajes también sabían aprovecharse de las coyunturas internacionales. Por ejemplo, en Italia, la polarización entre güelfos y gibelinos se convirtió en la excusa perfecta para dar rienda suelta a las rencillas personales bajo la forma de oposiciones políticas de mayor calado.

El último actor que cabe mencionar en la política urbana es el pueblo llano, el Popolo minuto. Este grupo quedaba excluido de la vida social y política. Eran inmigrantes procedentes del campo que ni siquiera vivían dentro de las murallas de las ciudades y que servían de mano de obra en las urbes. En muchos casos eran vagabundos y mendigos ante los que las ciudades respondían con temor. 

Para los linajes, estas muchedumbres suponían una herramienta más dentro de los conflictos entre ellos. Más que un factor de riesgo, las conmociones sociales que provocaban de vez en cuando no eran más que revueltas alentadas por las clientelas de estas élites para provocar vuelcos en el poder, pudiendo nombrarse como ejemplo la expulsión del duque de Atenas de Florencia a mediados del siglo XIV gracias al hostigamiento propiciado por parte de los magnates florentinos, descontentos con sus medidas en contra de las élites de la ciudad.

Quedaba así perfilada en su totalidad la realidad urbana de las ciudades medievales, una cotidianeidad que, como hemos visto, estaba íntimamente marcada por la mentalidad de los linajes que la regían, por sus intereses y sus preocupaciones. 

Para saber más: 

Heers, J. (1978). El clan familiar en la Edad Media. Barcelona: Editorial Labor.

Heers, J. (1986). Los partidos y la vida política en el Occidente medieval. Buenos Aires: Editorial Tekne.

Laliena Corbera, C. e Iranzo Muñío, M. T. (1998). «Poder, honor y linaje en las estrategias de la nobleza», Revista d’historia medieval, 9.

Sánchez Saur, R. (2004). «Los patriciados urbanos», Medievalismo: Boletín de la Sociedad Española de Estudios Medievales, 13-14.

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