Reseñas

Reseña de ‘El maestro Juan Martínez que estaba allí’ de Manuel Chaves Nogales

En esta obra se narran de forma novelada los acontecimientos revolucionarios de febrero y octubre de 1917 en Rusia, así como el desarrollo de la posterior guerra civil. El valor principal de esta obra, escrita en 1934, es que ayuda a comprender por qué finalmente, pese a todas las dificultades, triunfaron los bolcheviques.

Tras la reciente celebración del centenario de la Revolución de Octubre de 1917, cuando se han multiplicado las ofertas editoriales referidas a aquellos acontecimientos históricos, nos ha llamado la atención un pequeño libro, a medio camino entre la crónica y la novela, cuyo autor fue, allá por el año 1934, el periodista y escritor español Manuel Chaves Nogales. La obra fue reeditada por Libros del Asteroide en 2007.

¿Qué nos ha hecho fijarnos en esta pequeña obra literaria? Pues que cuenta de manera directa los hechos vividos por una pareja de artistas españoles, Juan Martínez y su compañera Sole, quienes sin tener unas ideas políticas preconcebidas, se encuentran ante acontecimientos tan relevantes con fueron el estallido de la I Guerra Mundial, la Revolución Rusa de febrero (marzo en el calendario ruso) de 1917, la Revolución bolchevique de octubre de 1917 y la posterior guerra civil. Hechos que viven desde diferentes ciudades rusas bielorrusas y ucranianas, como Moscú, Petrogrado, Gómel, Minsk, Kiev u Odesa.

Manuel Chaves Nogales.

Manuel Chaves Nogales.

El autor, Manuel Chaves Nogales, fue un periodista de convicciones republicanas, director desde 1931 del periódico Ahora, afín políticamente a Manuel Azaña. Por lo tanto, bastante alejado de los planteamientos e ideas bolcheviques, al igual que los personajes que protagonizan el relato, artistas bailaores de flamenco, acostumbrados a trabajar para gente acomodada perteneciente a la burguesía o a la aristocracia. El autor pone la voz narrativa en el bailaor Juan Martínez.

Cuando nuestros personajes están trabajando en Constantinopla (Estambul), ciudad perteneciente al Imperio Otomano, estalla la Gran Guerra y por diferentes motivos se ven obligados a huir, en un primer momento hacia Bucarest (Rumania), y cuando Rumania entra en la guerra al lado de la Entente aliada (Francia, Gran Bretaña y Rusia), terminan recalando en Ucrania, territorio perteneciente a Rusia en ese momento. Llegan primero a Odesa, para trasladarse después a Kiev. Y a finales de 1916 a Petrogrado y luego a Moscú, ciudades en las que vivirán los acontecimientos revolucionarios de febrero de 1917 (marzo en el calendario ruso).

1.- La revolución de febrero

Como bien señala el narrador, el acaparamiento para nutrir la especulación hizo que desapareciera la harina y el pan y este hecho se acabó convirtiendo en un detonante para el estallido de la revolución.

El odio popular que se había acumulado contra el régimen zarista y su represiva policía queda perfectamente explicado cuando dice: «Cuarenta mil policías del zar había en Petrogrado el día que estalló la revolución. En ocho días no quedó ni uno. El pueblo tenía tanto rencor acumulado contra ellos que cuando yo llegué salían a cazarlos como si fuesen conejos» (p. 51).

Del mismo modo, la confraternización de las unidades militares con la población queda magníficamente reflejada en este otro párrafo: «Llegaron tropas traídas aprisa y corriendo por el Gobierno del zar, en vista de que los revolucionarios batían a la policía, pero los soldados que venían del frente, antes de entrar en Petrogrado se ponían en contacto con los comités revolucionarios que les salían al paso, les escuchaban y discutían con ellos, se ponían de acuerdo y terminaban matando a los oficiales y enarbolando la bandera roja para entrar en capital, bajo las aclamaciones del pueblo» (p. 52).

Como se puede ver, en tan sólo unos pocos párrafos que hemos extractado se dan las claves fundamentales de aquellos acontecimientos revolucionarios.

2. Kiev, Gómel…

Nuestro personaje, el bailaor, llegó a Kiev (Ucrania), ciudad a la que describe como «el paraíso de los burgueses. Todo el señorío de Moscú y Petrogrado se había refugiado allí en espera de tiempos mejores, y triunfaba y gastaba con ese aturdimiento y esa liberalidad del que no sabe lo que ha de pasar el día de mañana. El zar estaba prisionero, pero en Kiev, a pesar del Directorio revolucionario, los amos eran los zaristas» (p. 66)

En otras zonas de Rusia, como Gómel en la Rusia Blanca (Bielorrusia) la situación en el campo era de enfrentamiento abierto, una «guerra viva. Los campesinos querían apoderarse de las tierras en vista de que había habido una revolución en Petrogrado, y los dueños se defendían a tiros. Teóricamente mandaba Kerenski, pero quienes campaban por sus respectos eran los campesinos más pobres, los más desarrapados, que aunque todavía no se llamaban bolcheviques eran bolcheviques auténticos. Las autoridades procuraban contenerlos. Se habían apoderado de varias fincas y hacían los que le daba la gana» (p. 69).

Otra vez, con unas simples pinceladas, el narrador describe magníficamente la situación abierta tras la revolución de febrero.

3. La Revolución bolchevique de octubre de 1917

La Revolución de Octubre les cogió a nuestros bailaores en Moscú. En los círculos de los cabarets que ellos frecuentaban se esperaba un golpe de estado en cualquier momento, pero más bien por parte de los zaristas que de los bolcheviques «a los que nadie [entre esos sectores adinerados] concedía importancia» (p. 71). Pero señala cómo «de todos los barrios de Moscú habían empezado a afluir al centro grupos de obreros armados y soldados (…) Los soldados llevaban un lazo rojo en la botonera hacia el lado izquierdo, y ésta era la única señal que distinguía a los de un bando de los del otro» (p. 73 y 77).
Para los sectores conservadores se hacía imposible pensar que los obreros y los soldados revolucionarios se llegaran a hacer con las riendas del gobierno.

Llama la atención, y sorprende, la importante presencia militar francesa en Moscú. Francia y Reino Unido formaban, junto con la Rusia zarista, la Triple Entente aliada, pero pocos autores han reflejado la importante presencia militar de Francia que se transcribe nuestro relato: «Un grupo de revolucionarios había querido meterse en los cuarteles franceses y apoderarse de una batería de cañones (…) Los revolucionarios querían arrastrar consigo a los soldados franceses, y les excitaban desde fuera para que degollasen a sus oficiales y les entregasen los cañones. Los franceses reforzaron las guardias y se atrincheraron, pero en el patio del cuartel se trabó una colisión entre ellos mismos, pues ya había varios soldados y algún oficial que simpatizaban con los bolcheviques» (p. 80).

Unos días después, «una comisión de bolcheviques fue al cuartel francés a pedir al comandante (…) que les enseñasen a tirar [con los cañones]; como se negaron intentaron varias veces sublevar las tropas, contando con que entre los soldados y los oficiales franceses había algunos que simpatizaban con el comunismo. No lo consiguieron. Sólo lograron que cuando, meses después, se retiraran de Rusia los franceses, desertasen algunos oficiales y soldados que se pusieron al servicio de la revolución» (p. 100).

En los ámbitos sociales más elementales, como el que se refiere a las mismas viviendas de los casi un millón de habitantes de Moscú de la época, los cambios revolucionarios se dejaron ver rápidamente: «En cada casa se reunieron los inquilinos y formaron un comité. Los bolcheviques iban, casa por casa, diciendo a los vecinos lo que debían hacer. El comité de vecinos se reunía y elegía a uno de ellos comisario de la vivienda (…) La casa era nuestra, de los inquilinos; ya no había propietarios. Se acabó el casero. Yo no me lo creí del todo; pero entre muchos vecinos aquello produjo un gran revuelo. Cada cual se adjudicó las habitaciones que pudo (…) Moscú estaba aquellos días lleno de gente salida del presidio, con un fusil en las manos, y merced a la impunidad asaltaban las casas, asesinaban a quienes se resistían y robaban cuanto se les antojaba. Todos los hombres útiles de la vivienda fueron constreñidos por el comisario para montar, arma al brazo, la guardia contra los asaltos (…) El comisario de la vivienda daba a los inquilinos los vales para recoger el pan en las tahonas; pero el que no había hecho la guardia se quedaba sin carta de pan» (p. 86-88).

Lenin, por Isaak Brodsky (Wikimedia).

Lenin, por Isaak Brodsky (Wikimedia).

Aún describiendo de manera crítica y no exenta de dureza la situación en los primeros momentos de la revolución, se trasluce una espontaneidad en el relato que resulta entrañable. Muchas de estas cuestiones señaladas por el autor, fueron reflexionadas de manera crítica en su momento también por Lenin y la dirección bolchevique, desbordada por el curso de los acontecimientos que se sucedían a una velocidad endiablada.

Se puede leer: «Los bolcheviques se creyeron que lo iban a arreglar todo a su gusto, de golpe y porrazo. Querían meter las narices en todas partes y se pusieron a trabajar con tan buena fe y tanto entusiasmo que, aunque no se quisiera, se les tomaba simpatía. Trabajaban día y noche patrullando por las calles con el fusil a la espalda o en aquellas oficinas desmanteladas, en las que garrapateaban bonos, salvoconductos, órdenes de requisa, autorizaciones y prohibiciones, hasta que caían rendidos de fatiga, extenuados, con los ojos desorbitados por la fiebre y el sueño (…)» (p. 89).

Asamblea en Petrogrado en 1917 (Wikimedia).

Asamblea en Petrogrado en 1917 (Wikimedia).

El desabastecimiento de la población era tal vez el mayor problema con el que se enfrentaban los bolcheviques. Los campesinos habían dejado de llevar sus productos a los mercados de la ciudad. Y aunque «los bolcheviques hacían a toda prisa inventarios, requisas, transportes e instalaciones de cooperativas» (p. 91) la población seguía pasando hambre, y ahí se abría un espacio para ser ocupado por el comercio clandestino y la especulación, castigado con duras penas por las nuevas autoridades. Como señala el autor, la población se encontraba entre la espada y la pared: «o se dejaba morir de hambre, esperando a que los bolcheviques tuviesen organizadas sus cooperativas, o se hacía matar por contrarrevolucionarios» (p. 91) y especuladores.

Aquel invierno fue tremendo. «Al acabarse los rublos y el petróleo, los inquilinos, para no morirse de frío, empezaron a quemar cuanto había de madera en los edificios. Arrancaban las puertas, los pisos, las barandillas y los peldaños de las escaleras, los hacían astillas y los metían en las estufas. Si aquello hubiera seguido, en primavera no hubieran quedado en Moscú más que las paredes. Los comisarios de las viviendas tuvieron que hacerse responsables de las maderas de cada inmueble, y se establecieron penas severísimas para el que quemase algo de la casa» (p. 93)

4. De nuevo en Ucrania

En su periplo por la Rusia revolucionaria, nuestros bailaores llegaron a Minsk (Bielorrusia), todavía bajo ocupación de los ejércitos alemanes (ocupación que se mantendría hasta derrota alemana en la I Guerra Mundial), para dirigirse hacia Ucrania «donde no había bolcheviques (…) y se habían refugiado allí los aristócratas y todas las gentes de dinero» (p. 112), en particular en Kiev.

La idea que tenían esas capas adineradas era que «todo aquello de los sóviets eran cosas de los obreros de las fábricas de Moscú y Petrogrado que no tardarían en acabar más o menos violentamente. Los ucranianos se reían de los bolcheviques; pero, a pesar de todo, se notaba que el Gobierno de Ucrania iba concentrando sus tropas alrededor de Kiev. Entonces comenzó a sonar el nombre de Petliura, que era el jefe de las tropas ucranianas» (p. 118).

Esa idea de que los bolcheviques en el poder serían algo efímero, era una convicción que mantenían sectores conservadores tanto de Rusia, como del exterior. Sin embargo, poco tiempo después, Kiev, iba a caer en manos del Ejército Rojo. La reflexión que hace el autor a través nuestro bailaor es muy elocuente y refleja la idea imperante entre esos sectores conservadores: «Parecía mentira que aquellas patrullas de locos salidos de las fábricas de Moscú y Petrogrado llegasen con sus extravagancias revolucionarias hasta el corazón de la Rusia tradicional, las quietas y burguesas provincias del sur, tan apegadas a lo viejo y tan amantes de las grandezas imperiales, pero la verdad era que cada vez teníamos más cerca a los destacamentos bolcheviques» (p. 121).

La conquista bolchevique de una importante ciudad bielorrusa, Gómel, así como el despliegue de la nueva autoridad gubernativa es narrada de esta forma: «Aquella misma tarde, inmediatamente detrás de los destacamentos militares aparecieron los funcionarios civiles del régimen soviético, que con una celeridad sorprendente en Rusia se incautaron del municipio, montaron sus oficinas, fijaron sus bandos manuscritos en las fachadas y se pusieron a repartir los inevitables bonos para el pan» (p. 128).

Intervención no carente de crítica por parte del narrador: «Repartir bonos y echar discursos eran cosas que hacían con la mayor facilidad del mundo» (p. 129). La parte más dramática del relato será sin duda la manera en la que los destacamentos bolcheviques acudían a las aldeas para proveerse de alimentos: «Lo malo fue cuando empezaron las requisas a los aldeanos. Se lo llevaban todo: el pan, el trigo, la cebada, el ganado, los carros. El ejército rojo venía hambriento y desprovisto de prendas de abrigo, caballerías y medios de transporte» (p. 129). Sin lugar a dudas aquellos momentos fueron de gran de gran dureza y violencia.

5. La guerra civil

Gran parte del desarrollo de la guerra civil que se desató meses después de la Revolución de Octubre, será vivido por nuestros protagonistas en la ciudad de Kiev (Ucrania). Ciudad que conocerá sucesivamente diferentes ocupaciones, por parte del Ejército Rojo, de los nacionalistas ucranianos dirigidos por el atamán Petliura, por los ejércitos blancos o por el ejército polaco, antes de pasar definitivamente a manos bolcheviques.

Nuestros protagonistas se enrolan en un Sindicato de Artistas tutelado por las nuevas autoridades soviéticas. El momento de elegir a un comisario que les representase, demuestra las profundas contradicciones en las que se ha de desarrollar el régimen soviético en sus inicios, aunque sea un ejemplo concreto, posiblemente fuera algo bastante común en diferentes ámbitos sociales. Resulta que eligieron como comisario al «mismísimo director artístico que tenía el antiguo empresario (…) un rector de un humor endiablado, que blasfemaba constantemente y que trataba a los artistas con un despotismo sin límites (…) No era, sin embargo, mala persona, y además trabajaba desesperadamente. Por eso lo tenía de director artístico el viejo empresario, y por eso tuvieron que nombrarle comisario los mismos artistas cuando quisieron que el circo funcionase, aunque en los primeros momentos (…) hubo muchos artistas heridos por su autoritarismo que quisieron vengarse de él (…) Seguía siendo, en pleno régimen soviético, tan déspota como antes, o quizás más, toda vez que tenía más amplias facultades. Trataba a los artistas peor aún de cómo los trataba en el régimen burgués, y, con bolchevismo o sin él, era el amo y señor del circo. Ahora bien: cuando se reunía el sóviet y le pedía cuentas de su conducta tenía ante él la misma docilidad que tuvo siempre ante el antiguo empresario. Se daba el caso de que los artistas a quienes trataba a puntapiés durante los ensayos o las funciones después le ponían las peras a cuarto en la reunión del soviet, y él sin ningún amor propio, se justificaba ante ellos, humildemente, explicando siempre sus exabruptos y sus resoluciones violentas. Por eso no podían con él, y seguía siendo el amo del circo con soviet o sin él» (p. 137).

6. Kiev ocupado por los nacionalistas ucranianos

La retirada de los bolcheviques de Kiev y la entrada victoriosa de las tropas nacionalistas dirigidas por el atamán Petliura supuso una fiesta en el centro de la ciudad. No así en los barrios obreros, ni, sobre todo, en el barrio judío del Podol, pues «Los soldados de Petliura, apenas terminado el desfile, se tiraron como fieras sobre el Podol, asesinado a diestro y siniestro, saqueando las casas de los judíos y sacando ensartados en su bayonetas a los bolcheviques escondidos. Fue una carnicería espantosa. Con las tropas ucranianas venían unos destacamentos de gente del Sur, a los que llamaban grusinskis, porque eran de Grusia (Georgia), que se cebaron con los pobres judíos del Podol» (p. 146).

Portada de la obra de Chaves Nogales, reeditada por Libros del Asteroide.

Portada de la obra de Chaves Nogales, reeditada por Libros del Asteroide.

Incluso el empresario del circo que había sido intervenido por el sindicato durante la ocupación bolchevique quería huir de Kiev, manifestando a nuestro bailaor que «había esperado la llegada de los petliuras como una liberación; pero ahora les tenía más miedo a los oficiales que a los bolcheviques, y al decir esto miraba a su [joven] mujer» (p. 147). Los artistas que trabajaban en el circo que no eran ucranianos perdieron también su trabajo.

La reflexión que hace nuestro protagonista posiblemente también la hicieran en su momento muchas otras personas que habían depositado sus esperanzas en la llegada de los nacionalistas ucranianos: «Todas las noches, durante el mes escaso que estuvieron en Kiev, provocaron alarmas. Como si fueran de juerga se iban al Podol a zurrarles la badana a los judíos y a robarles. Con la mayor impunidad les asaltaban las casas, les saqueaban las tiendas y los asesinaban. Llegó un momento en que no se sabía quiénes eran peores, si los bolcheviques o los petliuras» (p. 153).

Esta situación permitió que los bolcheviques se fueran infiltrando por el barrio judío del Podol y «estando allí todavía los petliuras ya había muchos obreros y campesinos armados que, en el momento crítico, se echaron a la calle» (p. 154) y consiguieron expulsar a los nacionalistas ucranianos de Kiev, que volvió estar bajo el dominio soviético.

7. Los bolcheviques recuperan Kiev… por poco tiempo

Pero el apoyo que tenían los bolcheviques en Ucrania y en la ciudad de Kiev era limitado. Nuestro narrador lo enuncia así: «Desde el primer momento se dedicaron los bolcheviques a hacer una intensa propaganda de sus ideas entre los cinco mil obreros del arsenal, porque lo curioso era que la mayoría de los obreros de Kiev y la totalidad de los campesinos de Ucrania estaban en contra de aquel gobierno obrero y campesino, que si se apoderaba del mando era sencillamente por la fuerza de las armas, no porque los trabajadores lo impusieran. Los bolcheviques mitineaban a toda hora y en toda ocasión y lugar; era una verdadera obsesión» (p. 155).

No había pasado un mes desde la segunda entrada de los bolcheviques en Kiev cuando los nacionalistas ucranianos del atamán Petliura con el refuerzo del Ejército blanco de Denikin, volvieron a recuperar la ciudad. La población del centro de la ciudad (no la de los barrios obreros de la periferia ni, por supuesto, del barrio judío del Podol) recibieron con júbilo a los vencedores.

Pero, quién lo iba a pensar, el conflicto entre los aliados nacionalistas y blancos estalló inmediatamente: «Un destacamento de cosacos perteneciente al ejército de Denikin fue el primero que llegó al palacio de la Duma, y minutos después ondeaba en el edificio la bandera imperial del zar. Poco después llegaron los destacamentos del atamán Petliura, que subieron tras los cosacos, arriaron la bandera del imperio e izaron en su lugar la bandera separatista de Ucrania. Sin una vacilación los cosacos de Denikin montaron a caballo, y en la plaza misma de la Duma atacaron a sablazo limpio a sus aliados los petliuras, ante los ojos espantados de la muchedumbre, que había acudido jubilosa a vitorear a los triunfadores. Arrollados por aquellos feroces guerreros del Cáucaso, huyeron los nacionalistas ucranianos, y sobre el palacio de la Duma se mantuvo enhiesta la bandera imperial de Nicolás II. Pasado el primer momento de estupor, Petliura rehizo a su gente y volvió al ataque; pero las tropas cosacas de Denikin cargaron contra los ucranianos y los dispersaron, obligándoles a salir precipitadamente de Kiev. Detrás de los bolcheviques salieron los hombres de Petliura, y la ciudad quedó en poder del ejército blanco, que venía a restablecer íntegramente el régimen autocrático del imperio de los zares Libres ya de aquella canalla de bolcheviques y separatistas, los cosacos la emprendieron con los judíos del Podol. Hicieron allí una carnicería espantosa, asesinaron a centenares de infelices, lo saquearon todo (…) Por toda la ciudad se extendió el terror. El zarismo volvía» (p. 159-160).

Pasados unos meses, los bolcheviques, con el apoyo de los obreros y los judíos de Kiev, pudieron recuperar otra vez la ciudad. Pero tampoco sería la definitiva. En esta etapa, la actuación de la Checa, el órgano de represión bolchevique, sería implacable. Como señala el narrador: «La máquina del terror rojo funcionaba a toda presión (…) Las ejecuciones se hacían a las doce de la noche (…) Las ejecuciones se verificaban, sin ningún aparato, en los patios interiores del caserón de la Checa o en los sótanos. Para que no se oyesen los estampidos de los fusilamientos (…) los chequistas (…) ponían en marcha los motores de sus camiones» (p. 184-185).

De nuevo el ejército blanco avanzaba sobre Kiev tras algunos reveses sufridos por los bolcheviques en el campo. «Los judíos del Podol, aterrorizados, pidieron armas a los bolcheviques, dispuestos a vender caras sus vidas, pues sabían por experiencia que para ellos no habría cuartel. Se dijo entonces que Bogdánov [oficial blanco], al iniciarse el avance de los blancos, había pedido permiso al general Denikin para estar tres horas en Kiev con su tropa. —¿Qué piensas hacer? —le preguntó Denikin. —Tres horas le bastan a mi gente para no dejar un judío con vida —contestó» (p. 203-204).

Los blancos ocuparon de nuevo Kiev. Como señala el narrador el rechazo que despertó la actuación de la Checa tuvo sus consecuencias: «Los blancos, no se crea que por esto que eran mucho más suaves que los rojos, se beneficiaron del odio despertado por la Checa y fueron recibidos en palmitas (…) una manifestación fue a la plaza de la Duma dando mueras a los sóviets (…) La manifestación se desparramó después por las calles céntricas y fue arrastrando y rompiendo todos los retratos y bustos de Carlos Marx y Lenin que los bolcheviques habían colocado en las tiendas y los centros oficiales. Fue, exactamente, lo mismo que se hizo en Moscú en 1917 con los retratos de Nicolás II. En los arrabales de Kiev hubo algunas refriegas, porque entre la población obrera había ya bastantes comunistas y fue preciso que los destacamentos del ejército blanco acudieran a dispersarlos (…) Sabían que en la población de Kiev había ya mucha gente que se había puesto al lado de los sóviets, particularmente en el barrio judío del Podol y en el barrio del Arsenal, donde casi todos eran trabajadores» (p. 214-215).

Y describe magníficamente la situación que se debía vivir en las zonas rurales de Ucrania durante esta etapa de la guerra civil: «todo el país estaba infestado de bandas de forajidos, que con la etiqueta de anarquistas, bolcheviques, separatistas o zaristas se dedicaban sencillamente al robo y al asesinato. Pero como los campesinos no traían ya a Kiev ni una patata y había que comer, tuvimos, al fin, que decidirnos y correr la aventura. El campo de Ucrania era entonces peor mil veces que la selva; no creo que las fieras salvajes se acometan con la ferocidad con que se acometían los hombres. Los campesinos, castigados por las requisas, habían enterrado el trigo y la harina y recibían a las gentes de la ciudad a tiros y pedradas. Lo mismo les daba que fuesen blancos o rojos» (p. 218)

8. El ejército polaco invade Ucrania

Señala el narrador que pese a que los blancos eran los amos de Kiev, su fracaso empezaba a ser evidente. Y lo remarca con una reflexión curiosa a la vez que entrañable: «Mal vestidos, sucios, insolentes, aquellos soldados blancos no se diferenciaban de los bolcheviques más que en que no llevaban la escarapela roja en el pecho. El ejército blanco se había ido bolchevizando sin sentirlo. Sus mismos jefes fueron perdiendo todas las características del antiguo militar del zar y tenían ya el aire desaforado de los comisarios soviéticos. La guerra civil daba un mismo tono a los dos ejércitos en lucha, y al final unos y otros eran igualmente ladrones y asesinos; los rojos asesinaban y robaban a los burgueses, y los blancos asesinaban a los obreros y robaban a los judíos (…) Esta desmoralización del ejército blanco fue lo que puso a mucha gente del lado de los rojos. No porque se creyera que los rojos eran mejores que los blancos, menos sanguinarios y tiránicos. No; no había que hacerse ilusiones. Sencillamente, porque los rojos pasaban hambre al mismo tiempo que la población civil y los blancos no. Esto fue, aunque parezca mentira, lo que hizo inclinarse la balanza, y, al fin y al cabo, decidió la guerra civil (…) los rojos eran unos asesinos que pasaban hambre y los blancos eran unos asesinos ahítos. Se estableció, pues, una solidaridad de hambrientos entre la población civil y los guardias rojos. Unidos por el hambre, arremetieron bolcheviques y no bolcheviques contra el ejército blanco, que tenía pan» (p. 220-221).

Todo ello condujo a que «Los obreros del Arsenal estuvieran dispuestos para el levantamiento y hasta los judíos del Podol se hubieran comprometido a pelear a favor de los bolcheviques. Entre los espías soviéticos y los rabinos se pactó que al mismo tiempo que el ejército rojo iniciase el ataque a Kiev, los judíos, desde dentro, acometerían a los blancos por las espalda (…) Las calles del Podol fueron aquel día para los blancos terribles desfiladeros donde los fusilaron a placer» (p. 223).

En esta nueva recuperación de Kiev, los bolcheviques parece que habían aprendido algunas lecciones y contaban con mayor apoyo. Como señala el narrador: «El terror rojo no era ya una ciega oleada de furor, sino una sistemática supresión de la burguesía (…) [además] Contaban (…) con el apoyo de todo el comercio judío, que se había jugado su carta al bolchevismo, y con la adhesión ferviente de grandes masas de trabajadores, que después de la eliminación y el fracaso de los anarquistas y de los demás partidos revolucionarios, se pusieron incondicionalmente al lado de los bolcheviques» (p. 224-225).

Pero esta recuperación de Kiev tampoco sería la definitiva. Un ejército polaco de cuarenta mil hombres había iniciado la ocupación de Ucrania y se dirigía hacia Kiev1. Su entrada en Kiev resultó bastante aclamada por ciertos sectores de población de una ciudad «desangrada y famélica, harta de luchas intestinas» (p. 226) que pensaba que «los polacos venían a poner orden y a traer pan» (ibídem). Pero cualquier pensamiento idílico que tuviera la población de Kiev se disipó rápidamente: «Los polacos (…) trataban a los rusos como si fueran esclavos (…) A los ocho días de haber llegado, la gente, cuando les veía venir por un sitio, procuraba irse por otro (…) A la gente humilde la trataban a latigazos, y a los judíos los tenían aterrorizados, hasta el punto de que se atrevían a sacar las narices de sus madrigueras. Judío que se encontraban, judío que apaleaban hasta dejarle exánime (…) Ha sido el único momento de mi vida en que me he sentido bolchevique. Y lo mismo les pasó a todos los rusos, fueran o no revolucionarios. Los tiranos de fuera nos hicieron preferir mil veces a los tiranos de dentro» (p. 228-230).

Efectivamente, «Los espías del ejército rojo y los propagandistas bolcheviques, ocultos en Kiev, seguían mientras tanto urdiendo el levantamiento de la población civil contra los polacos. Tanto y tan bien, que llegó el momento en que los invasores no tuvieron más remedio que tomar en serio a aquellos desarrapados (…) los bolcheviques cumplieron su promesa de venir a libertar al pueblo de Kiev y el día y la hora que previamente anunciaron. Al mes y cinco días justos de haber entrado en Kiev el brillante ejército polaco se lanzaban los guardias rojos a la reconquista, y simultáneamente estallaba el alzamiento de la población civil, con tal unanimidad y decisión , que los polacos casi no tuvieron tiempo de huir (…) Al caer la tarde, la gente frenética, desesperada, salía ciega de sus casas y atacaba a los polacos a palos, a pedradas, con los dientes (…) La población civil, viejos, niños y mujeres, se refugió en la parte alta de Kiev, donde estuvo hasta que fue de día llorando y rezando para que aquella carnicería terminase. Y lo curioso era que le pedían a Dios que triunfasen los bolcheviques (…) Kiev había sido ocupado por los rojos y ya nadie les echaría jamás» (p. 232-234).

«Fue aquélla la primera vez que el pueblo se puso al lado de los bolcheviques (…) Desde los balcones se vitoreaba a los bolcheviques, y por todas partes, hasta en las casas de los burgueses, había banderas rojas. Nunca habíao currido. Era la primera vez que se recibía amistosamente a los comunistas. ¡Quién lo hubiera dicho unos meses atrás!» (p. 236).

9. Comienza definitivamente la andadura soviética en Kiev

La situación tras la victoria en la guerra civil, prolongada en Ucrania por la intervención polaca, no era nada fácil. Como señala el narrador: «El hambre, las epidemias, la falta de trabajo y la desorganización de los servicios que los bolcheviques no acertaban a corregir, habían ido labrando un profundo descontento en el pueblo de Kiev. Latía en todas partes una protesta sorda contra los bolcheviques. Ya no eran los burgueses y los oficiales los que combatían, sino el mismo pueblo bajo, los obreros, los trabajadores comunistas, que se habían jugado la vida por la revolución» (p. 240).

Para contrarrestar esta situación se organizó un mitin en el circo al que acudirían Trotsky y el dirigente bolchevique ucraniano Rakovski. Trotsky, desde la tribuna, «reconoció todos los defectos de la organización bolchevique» y señaló la responsabilidad que sobre la situación tenía el robo y el sabotaje generalizado. Como señala el narrador: «Fue milagroso, pero aquella gente hostil, que cuando comenzó a hablar estaba dispuesta a lincharle, se dejó convencer y terminó aclamándole frenéticamente. ¡Era tan claro, tan lógico, tan justo todo lo que decía! Entre aquellos millares de espectadores ninguno tenía nada que oponer a lo que Trotsky, con palabras que eran como martillazos, afirmaba. No he visto nunca un triunfo tan grande de un orador (…) El comunismo había ganado la partida definitivamente» (p. 241-242).

En su intento de abandonar la Rusia soviética, nuestros protagonistas se dirigieron en el verano de 1921 hacia Odesa con el objetivo de poder salir en algún barco extranjero de las que arribaban a ese puerto. Pero se encontraron con una situación realmente dramática en la ciudad, asolada por el hambre y la epidemia de tifus: «Había tanta hambre que cuando caía una caballería muerta en medio de la calle, los hombres, como chacales, se precipitaban sobre ella, y en quince minutos dejaban monda y lironda la osamenta de la bestia, como no lo hubiese hecho mejor una bandada de buitres» (p. 264).

«Ya no le importaban a uno ni los bolcheviques, ni la Checa, ni el hambre, ni el tifus. Todo nos era igual. No hubiese quedado un ser vivo en Odesa ni en todo el sur de Rusia a no haber sido porque el mundo entero empezó a preocuparse de la catástrofe que ante los ojos de la Humanidad civilizada se estaba desarrollando (…) Poco a poco empezaron a llegar auxilios de Europa y América» (p. 267).

Finalmente lograron abandonar Rusia en un barco italiano y arribaron a Constantinopla. De nuevo llegaron a la ciudad en la que se encontraban en 1914 cuando el estallido de la I Guerra Mundial, aunque siete años después y tras haber asistido a acontecimientos de una magnitud histórica increíble como la Revolución Rusa de 1917, la subsiguiente guerra civil y finalmente el azote del hambre y la epidemia de tifus.

10. A modo de reflexión

Nadie puede pensar después de haber leído estas líneas de resumen que ni el autor, ni el protagonista narrador, fueran simpatizantes de los bolcheviques. Muy al contrario. Las críticas que se desarrollan a lo largo de toda la obra hacia los bolcheviques son, en algunos momentos, demoledoras. Pese a todo ello, la obra va explicando poco a poco cómo finalmente los bolcheviques lograron triunfar en un escenario en principio hostil, como era la Ucrania tradicional y conservadora, mayoritariamente campesina.

Si finalmente triunfaron y su paso por el gobierno no fue algo efímero, como todos los sectores conservadores, tanto del interior como del extranjero, auguraban para ellos, es porque, pese a todas las carencias, dificultades infinitas, representaban un elemento de progreso y de orden en un marco de total descomposición de las estructuras estatales frente a los zaristas, los nacionalistas ucranianos o el ejército polaco que acababan actuando como verdaderas hordas o bandas armadas de saqueadores.

La revolución rusa de 1917, primero la de febrero y luego la de octubre, representan un elemento de progreso frente a toda la barbarie a la que había conducido el imperio zarista, que se había visto involucrado en la I Guerra Mundial por su alianza con los imperialismos francés y británico contra el imperialismo alemán y sus aliados austrohúngaros y otomanos. La revolución se desarrolla en un país devastado por la guerra en la que han muerto millones de soldados rusos, sumido en la miseria, la carestía, el desabastecimiento de alimentos, etc.

Las primeras dos páginas del Tratado de Brest-Litovsk, en (de izquierda a derecha) alemán, húngaro, búlgaro, turco otomano y ruso (Wikimedia).

Las primeras dos páginas del Tratado de Brest-Litovsk, en (de izquierda a derecha) alemán, húngaro, búlgaro, turco otomano y ruso (Wikimedia).

Pero la revolución triunfante se va a encontrar rápidamente con el rechazo, en primer lugar, de los imperialismos francés y británico, aliados del zarismo que verá en los bolcheviques unos traidores que abandonan anticipadamente el frente de combate contra Alemania (Paz de Brest-Litovsk). Y no se lo perdonarán, promoviendo la guerra civil y la intervención militar directa extranjera.

Pese a la inmensidad de las dificultades la revolución salió adelante. Esta obra, escrita desde una posición que no es de simpatía hacia los bolcheviques tiene la virtud de ayudar a comprender porqué pese a todas esas inmensas dificultades, la revolución bolchevique no fue algo efímero y se abrió paso en la inmensidad del imperio ruso. Un país profundamente atrasado, sumido hasta el siglo XX en la autocracia reaccionaria del zarismo, incompatible con el mínimo marco de libertades otorgadas tras la revolución de 1905.

La alternativa en 1917 no era entre un proyecto democrático burgués y la revolución bolchevique. No, la verdadera alternativa, como se trasluce en el propio relato, era entre revolución bolchevique o la vuelta a la autocracia zarista unida a una descomposición en estados independientes liderados por grupos nacionalistas extremistas, xenófobos y antisemitas, que cuando la invasión nazi de 1941 corrieron a ponerse a su servicio para combatir contra la Unión Soviética y contribuir también con su aportación servil al holocausto judío.

Las Tesis de Abril de 1917 formuladas por Lenin tras su retorno del exilio, venían a dar la cobertura teórica a la nueva orientación política que pondrían en práctica los bolcheviques. La débil burguesía rusa sería incapaz de realizar las tareas de la revolución democrática burguesa. Sólo la clase obrera, en alianza con el campesinado, sería capaz de llevar a término esas tareas democráticas pero llenándolas de contenido social, en la célebre fórmula de pan, paz, tierra y ¡Todo el poder a los sóviets!

Tenemos que estar agradecidos a Manuel Chaves Nogales por brindarnos con su obra la ocasión de entender, de una forma sencilla y a partir del relato directo de los hechos vividos por una pareja de bailaores españoles, porqué triunfó finalmente la revolución bolchevique en Rusia.


Título: El maestro Juan Martínez que estaba allí.

Autor: Manuel Chaves Nogales.

320 páginas

Editorial: Libros del Asteroide.

Precio: 17,95 euros.

El libro está disponible en Amazon.

Acerca del autor

Jesús de Blas Ortega

Doctor en Ciencias Económicas y profesor de Secundaria de Geografía e Historia.

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