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El Oficio de las Armas: un recorrido cinematográfico por la crudeza de las Guerras de Italia (1494-1559)

La Edad Moderna europea no se ha contado, tradicionalmente, entre los escenarios predilectos del celuloide, y no precisamente por falta de conflictos bélicos a abordar. Quizá por ello causara sorpresa entre la crítica que en 2001 un cineasta italiano de culto y con la veteranía de Ermanno Olmi se atreviera a estrenar un drama histórico sobre el «último condotiero», obra que ese año le llevó a ganar hasta 9 Premios «Donatello».

Publicado en el número 11 de Descubrir la Historia (octubre de 2017).

A través de una interesante narración circular, Olmi recrea aquí los últimos días de vida del joven condotiero Juan de Médici (conocido sólo a título póstumo como Giovanni de las Bandas Negras), quien se enfrentó como capitán del ejército papal a las fuerzas imperiales de Carlos V en un momento clave de las llamadas Guerras de Italia. Se conocía por «condotieros» (condottieri) a los capitanes mercenarios que, a través de un contrato o condotte, permanecieron desde finales del siglo XIV al servicio regular de los diferentes estados italianos. Así, las compañías bajo el mando de estas figuras militares tan admiradas como temidas fueron precursoras de los ejércitos con mayor grado de permanencia de la segunda mitad del Quattrocento.

Vaya por delante que no se trata ésta de una película con demasiados admiradores. El Oficio de las Armas es un film que más tiene de cine de autor que de bélico al uso, donde las escenas de batalla no sobrepasan en total los 15 o 20 minutos de metraje. Sin embargo, si como espectadores logramos asumir su lentitud de ritmo y recreación en los detalles, nos encontraremos ante un riquísimo lienzo histórico que retrata de manera algo «fría», mas bastante fidedigna, una época tan fascinante y contradictoria como fue la Italia renacentista de principios del siglo XVI. Se trata por tanto de una película intimista, con una fotografía muy cruda que evoca los retratos de nobles pintados por Tiziano o Andrea de Sarto; y rodada en zonas rurales de Bulgaria, buscando transmitir con su luz tenue la idea de una Italia en decadencia.

La Batlla de Pavía, pintura de un artista flamenco desconocido (siglo XVI)| Wikimedia.

Y es que si por algo esta película merece una oportunidad es, sin duda, por su ambientación de carácter realista, desprovista de los absurdos artificios de cortes y oropel que hoy día estamos acostumbrados a ver en nuestras pantallas. En este sentido, Olmi hizo un gran esfuerzo por adentrarse en las profundidades antropológicas de la sociedad renacentista, tratando de manera magistral temas tan complejos como son los relacionados con la historia cultural del periodo. Podemos destacar así, entre otros, la importancia de la correspondencia y la figura de los secretarios (papel que acostumbraron a desempeñar humanistas como Pietro Aretino); la interacción con las obras de arte in situ, como la escena en que Giovanni se abstrae del dolor contemplando los frescos de los techos; el papel de las esposas como mediadoras políticas y proveedoras de medios para las empresas bélicas de sus consortes; la aparentemente contradictoria profanación de un «Cristo de los Pobres» por tropas pontificias; sin olvidar el cargado ambiente milenarista en que proliferaron profetas y santeros de todo pelaje anunciando el fin del mundo, como el personaje que arenga a las tropas de Giovanni con lo que queda del Cristo románico a cuestas. Otro detalle acertadísimo de la película es el manuscrito que en su tienda de campaña lee Aretino en voz alta a Giovanni y que no es otro que una copia de El Príncipe, donde en su capítulo XII Nicolás de Maquiavelo (1469-1527), más partidario de las milicias urbanas, plasmó una dura crítica contra el uso de tropas mercenarias. Bajo esta forma es precisamente como estuvo circulando la obra desde 1513 en que se escribió, hasta 1531 cuando conoció su primera impresión en italiano dedicada al florentino Lorenzo de Médici.

Pero El Oficio de las Armas no sólo retrata los hitos culturales de su época, sino también la insoportable brutalidad cotidiana con la que ésta convive en paradójica armonía. No en vano, nuestra película se ambienta en un episodio muy concreto del largo conflicto conocido como las Guerras de Italia, que entre 1494 y 1559 enfrentó de forma intermitente a las dinastías Valois y Habsburgo por el control de territorios en la península Italiana. En un clima de profunda conmoción, al monarca francés Carlos VIII apenas le bastaron seis meses para atravesar Italia desde el norte y tomar Nápoles en 1494. Sin embargo, no contentos con agotar una y otra vez sus arcas en tamaña empresa, tanto él como los muy católicos Isabel y Fernando acabaron dejando el conflicto en herencia a sus descendientes más jóvenes, caso de los eternos rivales en que se convertirán Francisco I y Carlos V. Por si fuera poco, en este contexto general de lucha dinástica se superpone otra pugna por el poder entre las diferentes entidades italianas: los Estados Pontificios, el Reino de Nápoles, las Repúblicas de Florencia y Venecia, el Ducado de Milán y otros estados menores como Mantua, Ferrara, Urbino y Bolonia, sin olvidar las ciudades-república de Génova y Siena.

De estas campañas el diplomático contemporáneo Francesco Guicciardini (1483-1540) habló de «guerra sin control» y de una «devastación absoluta», en comparación con los enfrentamientos que habían acostumbrado a librar los condotieros del Quatroccento. Esta observación probablemente no tenía tanto que ver con la forma de guerrear (que, como veremos, en el interior de Italia no era menos violenta ni sustancialmente distinta) sino con el muy considerable aumento de la media de combatientes por ejército, que hacía de los 30.000 efectivos de rigor un coste que un pequeño estado difícilmente podía permitirse por separado. Así las cosas, las fragmentadas fuerzas italianas intentaron formar distintas «ligas» o coaliciones de carácter temporal, bien para sobrevivir al avance arrollador de las dos grandes dinastías, bien para intrigar buscando el favor de éstas. Hasta la década de 1520 el enemigo a resistir había sido el francés, mientras que, a partir de esas fechas, fue el creciente poder imperial de Carlos de Habsburgo el que acabó por inquietar al Papado y empujarle a los brazos del Rey Cristianísimo.

La península itálica en 1494 | Wikimedia.

Es aquí donde entra en escena el protagonista de El Oficio de las Armas: Ludovico Giovanni de Médici (1498-1526). Vástago de los nobles Giovanni de Médici y Caterina Sforza, nuestro condotiero nació en Forli en 1498, idéntico bastión que años después ayudaría a defender de las tropas de César Borgia. Desde muy joven, un carácter fuerte y notables habilidades en combate le valieron el destierro de Florencia en varias ocasiones, eligiendo finalmente tomar la senda del soldado. A su muerte, a los 28 años, dejará un hijo de 7, Cosme, que con el tiempo acabaría convirtiéndose en el primer Gran Duque de Toscana.

A finales de 1526, Giovanni se encontraba hostigando a un ejército de lansquenetes imperiales, capitaneados por el alemán Georg von Frundsberg, a fin de impedirles el paso hacia Roma. Su tío, el papa Clemente VII, había convocado aquel mismo año la Liga de Cognac, vinculándose como aliado a Francia hasta 1529 junto a Milán, Florencia y Venecia. El fracaso de la escaramuza perpetrada por Giovanni, derribado por una anónima bala de cañón, dejó el camino expedito al ejército imperial, que en 1527 terminaría protagonizando el terrible Sacco di Roma.

A través de la larga agonía que sufre el protagonista, Olmi enarbola una dura crítica contra esa guerra, y todas ellas en general. Su Giovanni es un noble paladín que se resiste al uso de las armas de fuego en el campo de batalla, las mismas que llevan a un tipo de guerra impersonal, tecnológica, donde los contendientes no se conocen. Se trata de una víctima trágica: ya no es el héroe nacional que encumbró el Risorgimento, ni tampoco el carismático protagonista de Condottieri (Luis Trenker, 1937), donde él y sus famosas Bandas evocan claramente a los camisas negras de Mussolini.

Esta cuestión, que funciona bastante bien a nivel narrativo, hoy sabemos que no tiene demasiada base histórica. A pesar de las lamentaciones de coetáneos como Guicciardini acerca de aquel «infierno o tormenta de artillería», no existen razones de peso para aislar a la Italia de principios del XVI de los avances militares logrados en otros lugares de Europa. La propia península se había convertido en un gran campo de pruebas armamentísticas, donde a cada nuevo enfrentamiento se iba confirmando la importancia del arcabuz, el cañón y la infantería en detrimento de la caballería pesada medieval. Por tanto, a la altura de 1520 las fuerzas italianas habían asumido plenamente muchos de estos cambios. En este sentido, la propia compañía de Giovanni de Médici estaba considerada como una de las más avanzadas en Italia, contando ya entre sus efectivos con una mayoría de arcabuceros a pie, habiendo llegado incluso a crear una novedosa unidad de caballería con armas de fuego portátiles.

Con respecto a los falconetes que acaba cediendo Gonzaga a Frundsberg faltando con ello al compromiso de la Liga de Cognac, hay que decir que en Italia estos cañones ligeros no decidían aún el curso de las batallas, aunque eran elementos importantes a tener en cuenta a la hora, por ejemplo, de enfrentar un asedio. Su eficacia entre las líneas de infantería se consolidó por obra de franceses y alemanes precisamente durante las campañas italianas: enganchados al tiro de un par de caballos, podían avanzar sin dificultades al paso del resto del ejército. Es también en este momento cuando el debate sobre el uso de la artillería adquiere nuevos tintes, con algunos de los espíritus más conservadores de la época llegando a considerar finalmente las armas de fuego como «la más despreciable de todas las innovaciones».

Pese a estas inexactitudes, el toque antibelicista de Olmi nos sigue pareciendo perfectamente válido. Y es que, si bien no renunciaron al uso de las armas de fuego ni sus choques fueron tan «incruentos» como nos aseguró Maquiavelo, la prudencia y precaución que mostraron los condotieros al conducir sus compañías se contaron entre los rasgos más «civilizados» de la Italia renacentista. Los capitanes mercenarios italianos, cuidándose siempre de no arriesgar en demasía la vida de sus hombres, quienes constituían sus bazas capitales, estaban acostumbrados a realizar una serie de correctas maniobras que, a menudo, «terminan sin una victoria cierta para ninguna de las partes», retirándose para cobrar el dinero que se les debía en concepto de la condotte establecida con sus clientes. En cambio, los nuevos combates a gran escala entre vastos ejércitos de piqueros y arcabuceros acababan propiciando una absoluta devastación, pues el resultado de la batalla dependía más de cuál de los contrincantes estaba en condiciones de absorber las mayores pérdidas. Por si fuera poco, estas carnicerías pavorosas (como fueron las de Fornovo, Cerignola, Garigliano, Agnadello, Rávena, Novara, Marignano, Bicocca o Pavía) venían posteriormente acompañadas de los saqueos de rigor (como bien sufrieron en sus carnes Génova o la propia Roma), por no hablar de los frecuentes amotinamientos por parte de ambos bandos debido a los retrasos a la hora de pagar a sus tropas.

En opinión de los espectadores queda si Olmi, que en su niñez perdió al padre y la casa en un bombardeo durante la Segunda Guerra Mundial, cumplió con lo que siempre se propuso con su cine: «Yo uso hechos reales de la vida, no para despertar curiosidad en el espectador sino para intentar pronunciar la verdad».

Cartel de la película | Wikimedia.

Ficha técnica:

Título original: Il mestiere delle armi

Año: 2001

Duración: 105 min.

País: Italia

Dirección y guión: Ermanno Olmi

Género: Drama histórico

 

Para saber más:

Arfaioli, M. (2005). The Black Bands of Giovanni: Infantry and Diplomacy during the Italian Wars (1526-1528). Pisa: Pisa University Press.

Burke, P. (2015). El Renacimiento italiano. Cultura y sociedad en Italia. Alianza Editorial.

Checa, A. (2009). «Ermanno Olmi, un cine tan serio como la verdad», Frame, vol. 1, núm. 4, pp. 1-15.

Cipolla, C. M. (1967). Cañones y velas en la primera fase de la expansión europea, 1400 -1700. Barcelona: Ariel.

Mackenney, R. (2007). La Europa del siglo XVI. Expansión y conflicto. Madrid: Akal.

VV.AA. (2013). «La Italia de los condotieros». Desperta Ferro Antigua y Medieval, 16.

Acerca del autor

Iris Rodríguez Alcaide

Licenciada en Historia y Máster en Estudios Avanzados de Historia Moderna (UAM).

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