Reseñas

Leer la Historia. Reseña de L´ère du témoin

El holocausto ha sido uno, sino el mayor, de los errores de la humanidad. Cualquiera hoy se escandaliza tan solo por recordar una parte, aunque sea ínfima de sus horrores. En muchas legislaciones negarlo o ponerlo en entredicho está tipificado como delito. Además, los supervivientes cuentan con el reconocimiento de la mayoría de la población a nivel mundial. ¿Ha sido esto siempre así? La imagen que tenemos de este hecho en particular ¿ha sido siempre la misma? Annette Wieviorka arroja luz sobre estas cuestiones que atañen directamente a nuestra relación con el pasado y a nuestra capacidad para conocer y valorar los hechos pretéritos.

Publicado en el número 11 de Descubrir la Historia (octubre de 2017).

Se enciende el piloto de una cámara. Un técnico supervisa el encuadre. Un fondo neutro, un hilo de luz al frente. Se busca la ausencia de cualquier artificio, de cualquier añadido. Un hombre mayor ocupa el espacio central del objetivo, parece incómodo por el calor que emiten los focos. Se arrepiente de haberse puesto traje, se sentiría más cómodo sin chaqueta, pero no querría parecer alguien débil, que no ha superado lo ocurrido.

Portada de L´ère du témoin

Las pesadillas hace tiempo que ya no le acompañan. Se repite que está preparado para contar su experiencia y que debe hacerlo, para que no se olvide, para que no se repita. Detrás de la cámara una mujer le hace una señal indicándole que debe empezar a hablar. Entonces toma aire y se dispone, ignorando el temblor de sus manos, a contarle al mundo quién ha sido: un niño judío en un gueto, un preso en un campo de concentración; y quién es: un superviviente del holocausto.

Esta imagen, así descrita, podría haber tenido perfectamente lugar si pensamos en la importancia que lo audiovisual tiene en nuestro tiempo como vehículo para las emociones y el conocimiento. Del mismo modo puede parecernos pertinente la reflexión del entrevistado, para con el hecho de compartir su testimonio de forma pública con el fin de servir de ejemplo a las nuevas generaciones y de escapar al olvido.

No nos parecería tampoco extraño que su testimonio pudiera ser de interés primero para un estudio histórico y segundo para un documental o programa sobre la época. Incluso no consideraríamos descabellado que de emitirse, el producto final pudiese tener cierto éxito de público e interés para un amplio espectro de personas, por tratar un tema universal y de una gran fuerza expresiva como es la historia del pueblo judío durante el nazismo.

Sin embargo esta escena así narrada, que nos parece cuanto menos verosímil, no podría haber sido posible por ejemplo en la década de los cincuenta, y de hecho ha tenido que darse un largo recorrido al respecto para que hoy en día pueda considerarse como dentro de la normalidad.

El libro de Annette Wieviorka, ère du temoin, arroja luz precisamente sobre este proceso, que podríamos denominar como la evolución del estatuto de la memoria o del estatuto del testigo, adentrándose sin prejuicios, con una narración llena de ejemplos y para nada difícil de seguir, en una cuestión que en principio no resulta muy prototípica sobre un tema tan estudiado como es la Shoah (en hebreo «la catástrofe», el holocausto), pero que, sin embargo, resulta fundamental para su valoración y mejor comprensión.

Se trata de analizar cómo el holocausto ha llegado a tener la dimensión que hoy tiene, cómo se ha constituido la imagen que de este fatal hecho histórico albergamos en nuestro imaginario colectivo, y cuál es la relación entre los diferentes contextos en que el holocausto ha sido pensado por diferentes generaciones y el sentido de la evolución de esta categoría, en tanto a la importancia creciente de los testimonios y la experiencia vivida como fuentes de conocimiento.

La autora es una reconocida experta en la historia de la Shoah y ostenta además el cargo de directora de investigación del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS). Además de L´ère du témoin aparecido en Francia en 2002 es también autora de 1945, La decouverte en 2015 o Auschwitz expliqué à ma fille en 1999 (ambos con ediciones en español) entre otros.

Una trayectoria, además de dilatada en el tiempo, siempre ocupada por el estudio de la cuestión judía, lo que aporta un doble valor a las reflexiones que componen el trabajo que hoy reseñamos al combinar dos niveles que extrañamente aparecen unidos en un mismo estudio, un esfuerzo analítico importante con proyección más general y una extensa base documental sobre un objeto concreto.

A lo largo de tres capítulos y en apenas 186 páginas, Annette Wieviorka consigue poner el acento sobre una cuestión que a veces se nos escapa a los historiadores o amantes de la historia, la relación entre los hechos históricos y su interpretación social a lo largo del tiempo. Un argumento esgrimido habitualmente en el campo de la tecnología reconoce que no importa tanto que un determinado límite tecnológico se haya teórica o puntualmente superado en la práctica sino que éste se convierte en relevante cuando alcanza a un alto porcentaje de la población.

Para el caso que nos ocupa, el fin de la guerra no supuso directamente el reconocimiento de los horrores que en el régimen nazi habían tenido lugar, pese a que entonces se confirmaron todas las sospechas sobre lo ocurrido. Bien al contrario, para llegar a la sensibilidad que hoy en día se tiene sobre este asunto, la autora documenta diferentes fases, a veces contradictorias, por las cuales la comunidad judía habría tenido que pasar, contextualizándolas a lo largo casi de 50 años de historia. En último lugar, cabe preguntarse si nuestra visión actual del holocausto no es también coyuntural, creada a partir de esta evolución y de nuestra propia cosmovisión actual.

El libro comienza narrando la necesidad de algunos judíos de documentar la vida en los guetos, para evitar que su experiencia no fuese olvidada, ni su existencia borrada por los alemanes. En este sentido surgen varios documentos y testimonios e incluso se generan verdaderos archivos en los guetos, de los que sólo una pequeña parte fueron publicados. La mayoría recoge recortes de periódicos, diarios, rumores, etc.

Annette Wieviorka | Wikimedia.

Con el fin de la guerra una parte importante de estos testimonios del holocausto se canalizarán en la poesía yiddish o en libros de memorias, que serán reproducidos sobre todo en el ámbito familiar. Estos últimos guardan relación sobre todo con el reconocimiento de los muertos, no tienen un afán comprehensivo ni restitutorio sino que tienen por objeto combatir el olvido de quienes han fallecido, a modo de tributo a los caídos. Este hecho provoca una brecha generacional entre sus autores y las generaciones nacidas después de la guerra, utilizando la autora para describir esta situación la metáfora de que se constituía así «un cementerio que nadie jamás visita». No ayudaría además a superar esta brecha la cuestión del idioma, aunándose a la distancia entre generaciones, la cuestión del uso del hebreo frente a la mayor presencia de otras lenguas en las distintas comunidades judías que surgen entonces.

Un punto de inflexión en esta situación de indefinición y de cierto soterramiento de la memoria de la Shoah bajo la pretensión de superar el trauma generado y encarar el futuro es para la autora el proceso Eichmann, el juicio, por parte de Israel, de un criminal nazi huido a América Latina en los años sesenta. Más allá de lo interesante del proceso a nivel jurídico (fue condenado a 15 crímenes contra la humanidad sentenciado a morir ahorcado) supuso un verdadero reconocimiento a nivel social y mediático, internacionalmente, de lo que había supuesto el holocausto.

Durante el juicio se sucedieron testimonios de judíos que si bien tampoco tenían un valor meramente probatorio supusieron una vía para que los unos estuviesen dispuestos a contar y los otros dispuestos a escuchar. Las nuevas generaciones reconocieron entonces el drama que habían protagonizado sus mayores, incorporando los acontecimientos a su propia historia e identidad.

Los protagonistas, que hasta entonces sentían incluso vergüenza por sus recuerdos, comienzan entonces a ser interpelados y comprendidos por el resto. En palabras de la autora, el superviviente adquiere la identidad social de superviviente, pero además se le reconoce como portador de historia, lo que necesariamente implica un giro en relación a cómo los historiadores habían tratado esta cuestión. Los testigos, la experiencia vivida y los testimonios orales se abren paso así hacia el relato histórico.

Un tercer estadio de este proceso a partir de los años 70 tiene que ver con la «americanización» de la memoria de la Shoah. En este sentido, productos culturales como la serie Holocausto o La lista de Schindler se reconocen como fuentes mayoritarias de las que una parte importante de la población se sirve para conocer y reconocer la Shoah.

Se cae, así, en lugares comunes que van determinando una imagen simplista del proceso a partir de las mecánicas narrativas hollywoodienses.  Del mismo modo se proyecta el holocausto no como un ataque a la comunidad judía sino como un ataque a los valores de occidente y Estados Unidos, universalizando el sufrimiento judío, y polarizando su interpretación.

Algo similar ocurre con la novela del Diario de Ana Frank que abre la puerta a comprender la posibilidad de la vida, con su imaginario adolescente, en medio del desastre, más que a denunciar los efectos y consecuencias de un hecho como el holocausto. La tarea de recoger testimonios sobre lo ocurrido se «industrializa», tal y como se desprende de las motivaciones y resultados de la tarea llevada a cabo por la fundación Spielberg, que ha recogido en torno a 40.000 testimonios.

Todo ello provoca que este capítulo, así como la obra, se denomine «la era del testigo». Una época en que el testimonio se entronizaría, apelando a las emociones que suscita, y en que los historiadores tendrían la difícil tarea de incorporar por una parte estas fuentes, jerarquizarlas (aún reconociendo testimonios más importantes que otros) y, además, hacer valer su oficio y su metodología aunque contradiga ese predominio de lo vivido en el debate y la opinión pública actuales.

Eichmann durante el juicio, año1961 | Wikimedia.

Sin duda una lectura muy sugerente, si nos interesa esta cuestión, pero útil además si queremos aprehender una forma de valorar los acontecimientos históricos no solo como hechos positivos o materiales sino como realidades generadas a partir de la autopercepción, interpretables y mutables en función de las diferentes sensibilidades sociales que resulten de distintos juegos de fuerza coyunturales.

Se nos propone una reflexión que, además, resulta esencial. Es acerca de cuál debe ser el papel de la historia frente a la memoria, frente a lo vivido, y frente a la opinión pública. ¿Debe el historiador sancionar las sensibilidades sociales?, ¿debe situarse frente a ellas si así resulta de sus investigaciones?, ¿debe prevalecer el deber de memoria o el historiador debe ser equidistante? También: ¿cuál es el valor de la experiencia individual?, ¿estamos limitados para comprender los fenómenos históricos, incluso, o precisamente, si los protagonizamos? Les invito a leer el trabajo de Wieviorka, y plantearse estos u otros interrogantes.

Para saber más:

Erice, Francisco (2010). Guerras de la memoria y fantasmas del pasado. Usos y abusos de la memoria colectiva. Eikasia. Oviedo.

Fontana, Josep (1999). Historia: análisis del pasado y proyecto social, Crítica. Barcelona.

Wieviorka, Annette (2013). L´ère du témoin. Hachette Pluriel. París.

Acerca del autor

Rubén Cabal Tejada

Doctorando en Investigaciones Humanísticas.

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