Divulgación

Las guerrillas en la Guerra de la Independencia Española

Las guerrillas fueron un fenómeno militar y sociológico que tuvo su cenit durante la Guerra de la Independencia Española (1808-1814). De sus componentes, los guerrilleros, hizo buen uso el ideario romántico de la época. Estos hombres y mujeres fueron la imagen de la vida aventurera y excitante que los escritores buscaban para sus novelas.

Publicado en el número 11 de Descubrir la Historia (octubre de 2017).

La formación de las guerrillas y sus características

La invasión napoleónica no gustó a nadie. El invasor francés venía con ganas de quedarse, y gran parte de la población se armó hasta los dientes para tratar de evitarlo. Hay que tener en cuenta además que España en aquél momento de incipiente guerra se encontraba sin un gobierno efectivo. El rey estaba exiliado, las Juntas provinciales surgidas como respuesta a la invasión tomaban caminos autónomos (al menos hasta la creación de la Junta Suprema Central bajo petición expresa de los británicos al entrar en el conflicto) y en el trono se encontraba el hermano de aquél que estaba manchando la dignidad española. Por otro lado, el mismo ejército se hallaba dividido, de modo que ni siquiera se podía contar con un sentimiento de protección frente al peligro que venía de fuera. Así, un país que se sentía frágil y expuesto a una amenaza exterior, se trataba del mejor caldo de cultivo para la aparición de la denominada «guerra de guerrillas», esas pequeñas o medianas formaciones de personas que no tolerarían un segundo más la presencia francesa en territorio nacional. Estas guerrillas estaban generalmente dirigidas por un personaje carismático que las dotaban de un fuerte carácter personalista. Reglamentadas en noviembre de 1808, su actuación se desarrolló principalmente los dos años siguientes.  Dicha actuación resultó tan caótica que no se ha podido definir la cantidad exacta de guerrilleros que participaron en el conflicto.

Duque de Wellington | Wikimedia

Pero, ¿cómo veían los ingleses, que habían pasado de ser enemigos acérrimos a aliados contra el invasor, a estos personajes, tan rodeados de mística romántica y adulación por parte del pueblo español? Arthur Wellesley, el distinguido y respetado duque de Wellington, respecto a los guerrilleros decía que eran «unos cuantos bribones que atacan a la cuarta parte de su número, y unas veces vencen y otras son vencidos». No eran estos grupos, desde luego, santo de la devoción del duque, ya que era incapaz de entender el concepto de «pueblo en armas». El que fuera apodado como «Belintón» por el pueblo español miraba con desdén este fenómeno al identificarlo con un fuerte desorden social.

 

El ideario guerrillero y la conversión al bandolerismo

Lo fundamental para entender a los guerrilleros es tener en cuenta que su confrontación con el ejército regular se basaba en el hecho de que tenían un concepto local de la defensa. Es decir, ellos luchaban por su pueblo, su gente, su familia y, en última instancia, por el rey. Por eso era difícil controlarles, porque luchaban por ellos mismos y por aquéllos que les rodeaban. Hay que destacar también que estaban deliberadamente al margen de las normas, aspecto que se intensificó tras la conversión al bandolerismo.

Por otro lado, es interesante destacar el ambiente romántico que reinaba en torno a la guerrilla española. La mitificación del héroe, una de las claves del movimiento del Romanticismo, se ve claramente en el mundo de las guerrillas. La vida aventurera, la fuerza varonil y la lucha contra el invasor son elementos a tener en cuenta a la hora de la creación de la mitificación del guerrillero. La vida del aventurero, que realmente era un paria, al margen de las normas y la ley, fue profundamente atractiva para la iconografía y el arte de la época. Estos elementos se hicieron más notorios en el momento en el que el guerrillero se vio, por así decirlo, «sin nada que hacer» al término de la guerra. Las tensiones con el ejército regular y la incapacidad de adaptarse de nuevo a la vida cotidiana supusieron su conversión al bandolerismo.

Fue debido a este hecho que, durante la Década Moderada (1844-1854), se atendió a la creación, en 1844, de la Guardia Civil como elemento de protección y control del mundo rural, donde actuaban estos bandoleros. Dificultaban estos el transporte, asaltando a los viajeros en mitad de los caminos o los bosques, cuando el ferrocarril aún no estaba despuntando en el paisaje español. Además, suponían por tanto un golpe al comercio, por no hablar de los asaltos y ataques en sí, que normalmente iban dirigidos contra personas de altas capas de la sociedad. Es destacable que el duque de Ahumada, artífice de la creación de este cuerpo armado, asegurara que una casa-cuartel en cada pueblo era necesaria para controlar a este y su entorno, y así acabar con el problema del bandolerismo. Pero no fue sólo la Guardia Civil la que acabó con los antiguos guerrilleros. En el momento en el que el ferrocarril vio su mayor desarrollo y, especialmente, con la aparición del telégrafo, en las últimas décadas del siglo XIX, la actividad bandolera dejó de tener sentido y base. Acababa así una forma de vida que se había iniciado por una incapacidad de adaptarse de nuevo al mundo tras haber luchado contra el enemigo invasor.

Mujeres guerrilleras

Pero, ¿se trataba de un fenómeno únicamente masculino? No. Las mujeres se sumaron a la lucha contra la invasión napoleónica. Así, eliminamos la creencia que cualquiera puede tener acerca de la actuación de las mujeres ya no sólo en la guerra en sí, sino en la propia guerrilla. No se dedicaban éstas únicamente a mantener a los soldados y a los valientes guerrilleros, sino que se unían a ellos en la contienda. Contamos con ejemplos característicos como los de Martina de Ibaibarriaga «la Vizcaína», nacida en Bérriz en 1788, hija de un boticario bilbaíno. En uno de los ataques franceses contra la población civil perdieron la vida sus padres y su hermano. Inundada por un sentimiento de rabia, decidió tomarse la justicia por su mano. Disfrazándose de hombre se unió a la guerrilla con el nombre de Manuel Martínez salvando la vida en un ataque del enemigo al oficial Asenjo, con el que acabó contrayendo matrimonio. Un cirujano descubrió su auténtica identidad cuando fue herida en una batalla en Barbastro, siendo éste amenazado de muerte por ella si se atrevía a revelarlo. Así, Martina siguió combatiendo, ascendiendo hasta teniente coronel de Infantería.

También contamos con el ejemplo de María Catalina, que llegó a oficial en la partida que dirigía el conocido guerrillero Teófilo Bustamante «el Caracol», su marido. Rosa Aguado, amante del general Kellerman durante el período en el que a éste se le dio el cargo de gobernador de Valladolid, participó en el conflicto como espía a favor de la causa española. Es significativo y digno de mencionar además el caso de María Bellido, que recibió una bala dirigida al general Reding.

Participó también en el conflicto Agustina Zaragoza Doménech, de origen catalán pero conocida como Agustina de Aragón. En un principio se dedicaba al aprovisionamiento de alimentos de las guarniciones de soldados, pero el episodio de la batería del Portillo (Zaragoza) en julio de 1808, durante la defensa de la ciudad, la convirtió en leyenda. Al ver como los soldados españoles iban cayendo como moscas, abandonó su puesto para tomar el botafuego de un artillero que había resultado muerto tras el ataque y se decidió a disparar el cañón. Participó, además, en el segundo sitio de Zaragoza, donde fue hecha prisionera al caer la ciudad en 1809, para luego escapar y buscar refugio en Andalucía. Allí conoció a personajes de la talla de Lord Byron y Wellington, con quienes empezó una amistad. Agustina llegó incluso a formar parte de la corte, tal y como atestigua la carta remitida por el General Palafox que aparece recogida en Investigación científico-documental de un retrato de Agustina de Aragón:

Monumento en Zaragoza a las mujeres que lucharon contra los franceses | Wikimedia.

«Noticioso el Rey Nuestro Señor de su esforzoso heroísmo en esta memorable guerra, cuyos hechos ha sabido con admiración, ha manifestado deseos de conocer a V., y por lo tanto está V. precisada á complacer á nuestro monarca pasando á la corte: creo no se negará V. á recibir tanto honor. Es de V. afectuosísimo amigo, etc. Palafox».

En cualquier caso, la adulación o las alabanzas, así como la admiración a Agustina, no son únicamente un fenómeno del siglo XIX. Se construyó un monumento dedicado a ella a principios del siglo XX, concretamente en 1908, situado en la plaza del Portillo y erigido por Mariano Benlliure y Gil (1862-1947). Este monumento no se dedicaba sólo a Agustina, sino también a todas las mujeres que participaron en la lucha contra los franceses. Agustina ha quedado en el imaginario colectivo no sólo en los monumentos (pues existen varios), sino también en el cancionero, tal como podemos observar al escuchar la letra de esta jota aragonesa: «De Teruel, los amantes. De Huesca, Ramiro el Monje. De la inmortal Zaragoza, Agustina y el tío Jorge».

También está presente esta heroína en el séptimo arte. El director Juan de Orduña llevaba la película Agustina de Aragón a la pantalla en 1950, con Aurora Bautista en el papel principal. En el filme, el personaje de Agustina aparece con un fuerte carácter romántico, valiente e intrépido. Desde luego, se recoge el momento célebre por el que es recordada, en el que ella con gran rabia toma el cañón y lo dispara contra los franceses, gritando así: «¡Cobardes! ¡Cobardes! ¡Asesinos! ¡No, no venceréis! ¡No podréis vencernos! ¡Nunca entraréis en Zaragoza! ¡Nunca!».

Parece ser además que un grupo significativo  de mujeres españolas —teniendo en cuenta la situación de la mujer a principios del siglo XIX— escribían manifiestos en los que instaban a otras mujeres a participar en la guerra. La presencia femenina en el conflicto dejó huella en el imaginario colectivo, y así tenemos una copla del cantaor flamenco gaditano, Enrique Butrón (1878-1921) en la que recogía la frase repetida en un cantar popular, «Con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones».

The Defence of Saragosa, de David Wilkie | Wikimedia

Conclusión

Antes que nada, hay que entender, o tratar de ponerse en situación de un español de principios del siglo XIX en el contexto de la Guerra de la Independencia. Como he mencionado a lo largo de este artículo, al francés se le veía como al invasor, heredero de la revolución atea y sanguinaria que había quitado a su rey, a la fuerza, del trono que por derecho divino le pertenecía. El sentimiento de rabia que podía tener un español por aquel entonces es sobradamente entendible.

En cuanto al caso de las mujeres, he de remarcar su importancia. Demostraron ser tan capaces como los hombres de llevar adelante una guerra. Hay que recordar también a aquellas que se dedicaban al avituallamiento de alimentos y el ofrecimiento de un techo para los soldados y guerrilleros.

Así, ¿cómo podríamos definir realmente a la guerrilla? ¿Eran grupos independientes que por su propia naturaleza indomable acabaron convirtiéndose en delincuentes, o por el contrario se trataba de una serie de héroes, masculinos y femeninos, que debían pasar con todos los honores a los anales de la Historia? Depende de cómo se les mire, y depende de qué queramos estudiar de ellos. Se podría investigar únicamente su función militar, o bien su actuación en el aspecto social o, incluso, su aparición en el arte, tanto de la época como posterior. Dependiendo de la elección, encontraremos, o nosotros mismos formaremos una imagen distinta del guerrillero o de la guerrillera, a quien alabaremos, reprocharemos, o ninguna de las dos cosas. En cualquier caso, sea cual sea nuestra forma de acercarnos a la guerrilla, sin duda no nos dejará indiferentes.

Para saber más:

Abella, R. y Nart, J. (2007). Guerrilleros: El pueblo español en armas contra Napoleón (1808-1814). Madrid: Temas de Hoy.

Chillón Domínguez, M. C. [et. al.] (2012). Investigación científico-documental de un retrato de Agustina de Aragón. Barcelona: Universidad Politécnica de Cataluña.

Ramos Palomo, M. D. (coord.) (2012). Andaluzas en la historia: Reflexiones sobre política, trabajo y acción colectiva. Sevilla: Fundación Pública Andaluza Centro de Estudios Andaluces.

Valcárcel, I. (2004). Mujeres de armas tomar. Madrid: Algaba Ediciones.

Acerca del autor

Ariadna Muriel Humanes

Graduada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid.

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