Divulgación

Noche de Paz en el frente

En la Navidad de 1914, durante los primeros meses de la Primera Guerra Mundial, tuvo lugar un sorprendente suceso en el frente occidental: los soldados hasta entonces enemigos firmaron una tregua para celebrar juntos la Nochebuena en las trincheras. ¿Cómo afectó dicho acontecimiento a la visión sobre la Gran Guerra? Lo analizamos a continuación.

Publicado en el número 10 de Descubrir la Historia (julio de 2017).

En una época de guerras y terrorismo como la que estamos viviendo actualmente a nivel mundial, conviene recordar un singular episodio ocurrido durante la Primera Guerra Mundial, que nos hace pensar sobre lo absurdo de la guerra y la humanidad que conlleva todo conflicto bélico. Nos estamos refiriendo a la tregua de Navidad que tuvo lugar en gran parte de las trincheras del frente occidental entre los días 24 y 25 de diciembre de 1914.

Oficiales y soldados alemanes y británicos. Navidad 1914

Oficiales y soldados alemanes y británicos. Navidad 1914.

La Primera Guerra Mundial había estallado tan sólo unos meses antes, en julio de 1914. Desde el mes de septiembre, cuando tuvo lugar la batalla del Marne, se puso de manifiesto que éste no iba a ser un conflicto como otro cualquiera. Esta no iba a ser una guerra rápida, como se preveía por parte de unos dirigentes políticos que habían dedicado las décadas anteriores a destinar cantidades ingentes de recursos económicos a la fabricación de armamento, durante el periodo que se conoce como la «Paz Armada». Sin embargo, la carrera armamentista no sería suficiente para hacer frente a la contienda que se avecinaba. El equilibrio entre los bandos pronto obligó a dar paso a un nuevo tipo de guerra, mucho más estática de lo previsto: la guerra de trincheras. A lo largo de toda la frontera franco-alemana, desde el Canal de la Mancha hasta Suiza, las tropas alemanas, francesas y británicas construyeron parapetos y se establecieron allí, sin saber aún cuánto tiempo tendrían que pasar en esa inhóspita línea de defensa.

Las trincheras eran un sistema de fortificaciones excavadas en el terreno. En principio, fueron concebidas como elementos militares, desde los que disparar al enemigo con armas de largo alcance y donde refugiarse de los proyectiles del adversario. Sin embargo, cuando se demostró que el enfrentamiento iba a ser más largo de lo que estaba previsto, cuando la contienda se convirtió en una guerra de desgaste, los soldados tuvieron que convertir esas frías construcciones en sus hogares. Allí pasaban no sólo los momentos de combate, sino también sus ratos de descanso, comida y ocio. Los compañeros se convirtieron en familia, trazándose lazos de fraternidad y camaradería nunca antes experimentados en los ejércitos. Todos ellos eran testigos de una misma experiencia, una situación de convivencia con el frío, el hambre, la soledad o la añoranza de sus familias, aquellos que habían quedado en la retaguardia, en las ciudades. Tenían que cohabitar también con enfermedades, con la presencia de piojos y ratas –que se convertían en ocasiones en la cena cuando el abastecimiento en el frente resultaba un problema, como atestiguan algunas de las fotografías que se conservan- y, sobre todo, coexistían con la muerte. La presencia constante de la muerte en las trincheras sería un elemento fundamental que cambiaría la visión de los combatientes ante la guerra. J. M. Winter (La Primera Guerra Mundial, 1992) explicaba así esta cuestión:

«En otras guerras anteriores, el conflicto había durado unos pocos días, como máximo. Había tenido un comienzo y un fin, tras el cual se habían enterrado los cadáveres de ambos contendientes. Pero esta guerra era diferente: los combates duraban meses; el fuego de la artillería descuartizaba a los hombres en un instante; y la línea del frente apenas se movía. Por lo tanto, en la línea de trincheras que se extendía desde Suiza hasta el canal de la Mancha estaban esparcidos los restos de tal vez un millón de hombres. Los soldados comían junto a ellos, bromeaban a su costa y les despojaban de todo lo que tenían».

Entre una trinchera y otra se extendía la «tierra de nadie», curioso término para definir un terreno en el que quedaron sepultados miles de cadáveres. Aventurarse en la tierra de nadie para, por ejemplo, tratar de recuperar los restos de los compañeros era toda una hazaña, ya que existía una enorme probabilidad de perecer bajo el fuego enemigo. Y es que al otro lado de la tierra de nadie se encontraba el enemigo, ese que no tenía rostro y de cuya historia, sueños o miedos no se sabía nada. Sólo eran alemanes, franceses o británicos.

No obstante, esta percepción del enemigo anónimo cambiaría con el suceso que tendría lugar durante la Navidad de 1914. Todo comenzó con una idea del emperador alemán de hacer más acogedora la trinchera, y trasladar a ella una serie de abetos que fueron adornados por los propios soldados simulando árboles de navidad. El objetivo era motivar a los combatientes mediante el recurso a la familiaridad que otorgaba celebrar la fiesta navideña como si estuvieran en casa. La visión de una línea de luces en el frente enemigo sorprendió a franceses y británicos. Además, empezaron a escuchar cánticos de villancicos procedentes de la línea alemana (en concreto, Noche de Paz), a los que decidieron sumarse. Comenzó así un momento de convivencia entre militares alemanes, franceses y británicos, que decidieron firmar una tregua durante la noche del 24 de diciembre para celebrar juntos la Navidad. Durante unas horas, los antiguos enemigos compartieron chocolate, licores y cigarrillos, jugaron a las cartas y al fútbol y hablaron sobre sus familias. Además, el alto al fuego les permitió enterrar a sus muertos de forma digna, algo que no permitía la propia estructura de dos trincheras enfrentadas y una tierra de nadie entre ambas, en la que era difícil adentrarse para rescatar los cadáveres.

El fútbol crea un momento de paz y fraternidad en 1914

El fútbol crea un momento de paz y fraternidad en 1914.

Pero la firma de la tregua fue una decisión que tomaron los soldados sin consultar con los mandos militares y políticos. Cuando la noticia de lo ocurrido llegó a las altas esferas, los que habían participado de la tregua navideña fueron acusados de traición a la patria y condenados por ello, a través de los consejos de guerra. Hay que tener en cuenta que el antipatriotismo, así como la deserción, eran delitos duramente castigados en el frente. Aunque la pena que se debía imponer por tan grave infracción era la muerte, resultaba imposible ejecutar a todos los soldados que habían participado de esta extraordinaria experiencia. Por ello, el castigo que se les impuso a muchos de ellos no fue más que la deportación a otros frentes mucho más duros -por ejemplo, el frente oriental, donde el ejército debía combatir las ínfimas temperaturas- y, por supuesto, la losa que debía suponer en sus conciencias el delito de traición.

Sin embargo, en general, estos soldados no se sentían arrepentidos por el suceso que habían protagonizado. Antes al contrario, se sentían orgullosos de haber podido dejar a un lado las diferencias nacionales y compartir una noche agradable, sin odios, sin heridos, sin muerte. El alto al fuego les había permitido poner en común sus sentimientos y sus visiones sobre el conflicto, ya que la experiencia de vivir la guerra desde la trinchera les hacía partícipes de una misma realidad. De hecho, para muchos de ellos existían más coincidencias con el soldado enemigo, que estaba experimentando una situación similar, que con los compatriotas que se encontraban alejados del frente. Todo ello se puso de manifiesto en las cartas y diarios que se escribieron desde las trincheras para contar lo sucedido, y que, a pesar del interés de las autoridades por hacerlas desaparecer, han resultado ser las fuentes fundamentales para estudiar este acontecimiento excepcional.

La visión de la contienda desde la primera línea produjo grandes efectos psicológicos en los combatientes que la experimentaron de forma directa. Además, experiencias como la que estamos narrando contribuyeron a producir un cambio en sus perspectivas sobre el conflicto. La guerra aparecía entonces como una solución inútil e inhumana. ¿Cómo podían matar a alguien con quien se había compartido comida, bebida, risas y juegos la noche anterior? Y sobre todo, ¿por qué hacerlo? ¿En qué podría beneficiar eso a los soldados encargados de matar y a los que estaban en el punto de mira? La tregua de Navidad de 1914 y la respuesta que obtuvo por parte de las autoridades políticas y militares ponía de manifiesto los diferentes puntos de vista y los distintos intereses que existían en torno a la guerra que se estaba llevando a cabo. Por un lado, los soldados que vivían en las trincheras mataban y morían en una ofensiva que ellos no habían decidido. Por su parte, los encargados de declarar la guerra veían desde la comodidad de sus hogares el desarrollo de la misma, sin mancharse de sangre, sin pasar frío y hambre en la primera línea. Como afirmaba el escritor y filósofo francés Paul Valery, «la guerra es una masacre entre gente que no se conoce, en beneficio de gente que sí se conoce, pero no se masacra». Para los que dictaban las órdenes, el enemigo era el alemán o el francés, sin que estos apelativos tuvieran una representación en personas concretas, con familia, metas, esperanzas y sentimientos. No obstante, para los soldados que habían vivido la tregua de Navidad el enemigo ya tenía una apariencia y una historia definidas.

Acontecimientos tan singulares como el que estamos describiendo han hecho reflexionar a mucha gente sobre la deshumanización que provoca la guerra. Así, el tema de la tregua de Navidad de 1914 no sólo ha sido estudiado por los historiadores, sino que también ha merecido la atención de compositores, guionistas o directores de cine. Sirva como ejemplo la canción All together now (1990), de la banda británica The Farm, el anuncio de Sainsbury’s -una conocida cadena de supermercados británica- en la Navidad de 2014 o la película francesa Joyeux Noël (Feliz Navidad, 2005) del director y guionista Christian Carrion. Este director, procedente de la zona francesa ocupada por los alemanes entre 1914 y 1918, se preocupó por documentarse sobre el episodio histórico en cuestión mediante la consulta de información primaria –especialmente las cartas de los soldados- en archivos ingleses, franceses y alemanes. Por ello, la película resultante se aproxima bastante a la realidad. De hecho, resulta significativo que algunos personajes y situaciones que se narran en la ficción, y que en principio podrían parecer fantásticos o absurdos, ocurrieron realmente en las trincheras. Así, por ejemplo, existió un soldado francés que por las noches abandonaba el parapeto para ir a dormir a la ciudad con su mujer y regresaba por las mañanas al campo de batalla. Incluso es cierta la acusación de espionaje por parte del ejército francés hacia un gato que atravesaba sin miramientos la tierra de nadie, y que fue fusilado como condena a su delito.

En definitiva, la tregua acontecida en la Nochebuena de 1914 vino a cuestionar la guerra y a resaltar lo absurdo de la misma para los individuos que la vivieron en primera persona, desde las trincheras. Estos soldados habían sido arrastrados por las decisiones políticas y militares a una guerra entre naciones, en la que la propaganda patriótica había cumplido un papel esencial en los años anteriores al estallido del conflicto. No obstante, desde esas zanjas que terminaron por convertirse en sus hogares durante muchos meses de enfrentamientos bélicos, los problemas internacionales se veían desde una perspectiva diferente, adquiriendo matices mucho más humanos.

Para saber más:

Castelló, J. E. (2010). La primera guerra mundial: la Gran Guerra. Madrid: Anaya.

Hernández, J. (2007). Todo lo que debe saber sobre la Primera Guerra Mundial: 1914-1918: las campañas, personajes y hechos clave del conflicto bélico que cambió la historia del siglo XX. Madrid: Nowtilus.

Winter, J. M. (1992). La Primera Guerra Mundial. Aguilar.

Página web: «La tregua de Navidad de 1914», http://especiales.elperiodico.com/tregua/

Acerca del autor

Marta Fernández Peña

Marta Fernández Peña. Licenciada en Historia. Investigadora y docente en formación en la Universidad de Sevilla.

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