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Leonor de Aquitania: la mujer que no se resignó a su papel de esposa y madre de reyes

En diciembre de 1154, Enrique de Anjou fue coronado en Westminster como rey de Inglaterra con el nombre de Enrique II, dando origen así a la dinastía de los Plantagenet, que gobernaría Inglaterra y parte de Francia durante más de trescientos años. Le acompañaba su mujer, uno de los personajes más extraordinarios de la Edad Media: Leonor de Aquitania.

Publicado en el número 10 de Descubrir la Historia (julio de 2017).

Leonor era nueve años mayor que Enrique. Duquesa de Aquitania, rica, bella, poderosa, dueña de una dote excepcional que se extendía desde Anjou a los Pirineos, experimentada en política, amante de la cultura y de la poesía, veterana de las cruzadas, famosa en toda Europa… y hasta dos meses antes de la boda, esposa del rey de Francia Luis VII, con el que ya había tenido dos hijas.

Leonor de Aquitania es uno de los personajes capitales de la Europa medieval por su personalidad, por su independencia, por la fiera defensa de sus derechos y los de sus hijos, por su patrocinio cultural, por su capacidad política y por los escándalos que le acompañaron desde bien joven. Hija de Guillermo X, duque de Aquitania y conde de Poitiers, nacida en 1124 en una corte en la que florecían el arte, la poesía y el amor galante, Leonor pronto destacó por su personalidad y su carácter independiente. Cuando solo contaba trece años murió su padre y Leonor heredó un rico y extenso territorio, equivalente a una tercera parte de la actual Francia, que incluía el señorío de Gascuña, las ciudades de Burdeos y Bayona y los condados de Angulema, Saintonge, Perigord, Limousin, Auvergne y La Marche.

Pero el regalo venía con sorpresa, desagradable, además. Aquitania era un condado tradicionalmente difícil de gobernar, con poderosos señores feudales acostumbrados a hacer su voluntad y a oponerse a la política del duque de turno, del que eran vasallos solo nominalmente. Si esta situación era difícil de controlar para hombres adultos con años de experiencia en los campos de batalla y en la política, mucho más lo parecía para una inocente e inexperta chica de trece años. En la mentalidad de la época solo cabía una solución para ella: encontrar un marido fuerte y poderoso que le prestase apoyo político y militar. Y el candidato ideal para ello no podía ser otro que el soltero más poderoso de la Europa continental: el príncipe heredero de la Corona de Francia.

Así, solo tres meses después de la muerte de su padre, Leonor se casó con el príncipe Luis de Francia; además, pocos días después, murió el rey francés Luis VI y su hijo le sucedió con el nombre de Luis VII, con lo que Leonor se convirtió en reina de Francia. Se produjo un inmediato y brutal choque de culturas entre la austeridad de la corte francesa del norte y del propio Luis (que según cronistas de la época «vestía como un monje») con la alegría y la despreocupación de la corte aquitana del sur, a la que representaba la joven Leonor, cuya actitud y costumbres causaron escándalo tras escándalo en la monacal aristocracia parisina.

La pareja real tomó parte en la segunda cruzada en 1147, pero los rumores escandalosos acompañaron continuamente a Leonor: que si aconsejaba militarmente a su esposo con desastrosas consecuencias; que si tuvo un romance con su propio tío y gobernador de Antioquía, Raimundo de Tolosa; que si participó en una fiesta en Constantinopla disfrazada de amazona con un pecho al aire; que si se enamoró y estuvo a punto de fugarse con un caudillo musulmán…

La relación con Luis VII se vio inevitable y progresivamente deteriorada; ni las severas admoniciones del papa Eugenio III ni el nacimiento de dos hijas (María, condesa de Champagne y Alix, condesa de Blois, nacidas en 1145 y 1150 respectivamente) pudieron evitar que finalmente la pareja solicitase la nulidad de su matrimonio. Luis no soportaba los escándalos y el fomento del amor cortés de su esposa, ni que no le hubiera dado un heredero varón; Leonor, que poco tuvo que decir cuando fue prometida en matrimonio, no aguantaba la severidad de Luis y la pacatería de su corte. Y probablemente ya tenía en mente otro candidato para ser su esposo si se decretaba la nulidad matrimonial, como así hizo una asamblea de obispos franceses el 21 de marzo de 1152, con la socorrida excusa de la consanguinidad entre los cónyuges.

Una vez anulada su unión con Luis, la frágil soltería de Leonor ya no contaba con la protección del reino de Francia, y era probable que más de un candidato a su mano pensara en secuestrarla para obligarla a contraer matrimonio y poner al resto del mundo frente a los hechos consumados. Mientras volvía en secreto a sus dominios, Leonor pensó que la mejor forma de protegerse de los depredadores que pretendían conseguir (de grado o por la fuerza) su jugosa herencia era que el inevitable nuevo matrimonio que debía contraer lo fuese en sus propios términos y con la persona que ella eligiese. Había conocido a Enrique de Anjou en 1151 cuando él y su madre rindieron homenaje al rey de Francia por sus señoríos normandos. Es imposible saber si la pareja había experimentado en aquel momento atracción física, pero lo que es indudable es que uno y otro fueron plenamente conscientes de lo que supondría una alianza matrimonial entre sus respectivas casas.

 

Sea como sea, en cuanto llegó en secreto a Poitiers, Leonor envió un mensaje a Enrique, que se encontraba en Lisieux preparando una invasión a Inglaterra, para que urgentemente se reuniera con ella. Enrique no perdió tiempo, canceló todos sus planes y se reunió con Leonor en Poitiers donde se celebró la boda el 18 de marzo de 1152. Grande fue la sorpresa de toda Europa (sobre todo la del monarca francés, que, aunque debía saber que Leonor se volvería a casar, pensaría que ella, como su antigua esposa, y Enrique, como su vasallo en Normandía, le pedirían permiso antes de comprometerse) ante esta unión, solo dos meses después de la nulidad del primer matrimonio de la esposa.

Sumadas las posesiones de Leonor en Aquitania a las de Enrique en Anjou y Normandía, la pareja tenía en el continente tantas tierras como el propio rey de Francia, y ello sin contar con el derecho de Enrique al trono de Inglaterra. Para empeorar las cosas para Luis VII, en poco tiempo Leonor quedó embarazada y dio a Enrique un hijo varón (Guillermo), lo que no solo constituía una burla a la supuesta incapacidad de tener un heredero de Leonor, sino que suponía una amenaza para los derechos de sus hijas con el rey francés a heredar el ducado de Aquitania. Las relaciones entre Luis VII y Enrique de Anjou no mejoraron precisamente.

El 28 de febrero de 1155 nació Enrique, segundo hijo de la pareja. La tristeza por la prematura muerte del primogénito Guillermo fue reemplazada por la alegría del nacimiento en rápida sucesión de nuevos príncipes reales: Matilda (1156), Ricardo (1157) y Godofredo (1158). Después vendrían Leonor (1162), Juana (1165) y Juan (1166/1167). La supervivencia hasta la edad adulta de tantos vástagos aseguraba la sucesión real y la pervivencia de la recién nacida dinastía de los Plantagenet (cuyo escudo encabeza este artículo), pero terminarían convirtiéndose en una fuente de problemas para Enrique y entre él y Leonor.

En 1172, tras haberse impuesto a sus rivales internos y externos, el futuro se presentaba brillante para Enrique II. Sin embargo, le faltaba por sufrir la más dura de las pruebas que un hombre, rey o no, puede afrontar y que terminaría costándole la salud y la vida: la rebelión de su propia familia, de sus hijos Enrique, Godofredo, Ricardo y Juan, todos ellos apoyados por su madre Leonor.

Las cuestiones sucesorias de la abundante progenie de Enrique II y Leonor de Aquitania, para las que también debía de tenerse en cuenta la opinión del rey de Francia por el vasallaje al que estaban sometidas las posesiones continentales de los Plantagenet, parecían haber quedado resueltas en una conferencia que mantuvieron ambos monarcas en enero de 1169 en Montmirail. Los planes de Enrique eran que su hijo del mismo nombre heredara Inglaterra, Normandía y Anjou, que Bretaña fuese para Godofredo (casado con la hija del antiguo duque de Bretaña) y Aquitania quedase reservada para Ricardo, ojito derecho de Leonor. Juan, de apenas tres años, y sobre el que todavía no se sabía si llegaría a la edad adulta, quedó fuera del reparto (de ahí su sobrenombre de Sin Tierra).

Lo acordado permitió celebrar la coronación como rey asociado de Inglaterra de su hijo  Enrique el Joven. Si con ello pretendía garantizarse una transición tranquila y fomentar la estabilidad en sus dominios, el error de cálculo de Enrique II fue tremendo. Casi inmediatamente, comenzaron los problemas y las discrepancias con el recién coronado. Parece que padre e hijo interpretaron de manera diferente lo que la coronación de este último conllevaba en el ejercicio diario del poder en Inglaterra y Normandía.

El joven de dieciocho años consideraba que, para tener algún sentido, el acto formal de imponerle la corona debía ir acompañado de un ejercicio real del poder, de la cesión de algunas propiedades y, sobre todo, de la tenencia de ingresos propios con los que mantener a la creciente corte que había generado alrededor suyo y de su esposa. Para su padre, sin embargo, se trataba más de una ceremonia formal al estilo francés; una confirmación de que su hijo había llegado a la edad adulta y se encontraba en condiciones de heredar el poder cuando llegase su hora.  Enrique el Viejo no cedió ni un ápice de poder a su hijo y la provisión de los fondos necesarios para su sustento se realizaba con cuentagotas. El austero Enrique II gastaba con mesura en su propia corte (era famosa la pésima calidad de sus vinos) y ni entendía ni aprobaba el boato que su joven hijo pretendía mantener a su alrededor.

Esto hirió el orgullo del Joven, que encontró dos importantes pares de oídos dispuestos a escuchar sus quejas y a alentar una rebelión contra su padre; estos oídos fueron los de su madre Leonor y los de su suegro Luis VII, rey de Francia. Y la chispa estalló en 1173 cuando Enrique II decidió casar al menor de sus hijos, Juan, que por entonces contaba seis años, con la hija del conde de Saboya. Juan había quedado fuera del reparto de la herencia de sus padres acordado en Montmirail, y como dote matrimonial el monarca inglés decidió cederle la propiedad de los castillos de Chinon, Loudon y Mirebeau. Enrique el Joven entendió que con ello su padre estaba desposeyéndole de parte de su herencia (se trataba además de tres fortalezas con importancia estratégica) y el enfrentamiento velado entre padre e hijo estalló en un conflicto abierto.

Esta circunstancia no sorprendió excesivamente, porque el enfrentamiento entre padre e hijo llevaba tiempo gestándose. Lo que sí constituyó una enorme sorpresa es que a la rebelión iniciada por Enrique el Joven se unieran sus hermanos Ricardo y Godofredo, de quince y catorce años respectivamente. Parece claro que el cerebro que se encontraba detrás de este sorprendente movimiento era su madre, Leonor de Aquitania. El propio Enrique II así lo entendió, pues envió una carta a su esposa en la que le conminaba a volver con sus hijos junto a su marido, al que debía obediencia y con el que estaba obligada a convivir.

Se ha sugerido que la causa por la que Leonor se volvió contra su esposo fueron los celos porque el rey se había enamorado de su amante Rosamund Clifford. Esto resulta poco probable, porque era una situación tan habitual en las monarquías de la época que cualquier esposa real tenía que aprender a vivir con ella. Más parece que Leonor, que había retomado sus funciones de duquesa de Aquitania, veía cómo Enrique decidía sobre sus propiedades sin contar con ella y teniendo más en cuenta los intereses de su imperio Plantagenet que los de la propia Aquitania. La herencia de su adorado Ricardo estaba en juego, y por eso Leonor fomentó que sus hijos menores se unieran a su hermano, aunque ello conllevara aliarse con su exesposo Luis VII de Francia. Así, a finales de febrero, temiendo ser hecha prisionera, se disfrazó de hombre y huyó a uña de caballo tratando de llegar hasta París para unirse a sus vástagos. Pero durante el viaje fue reconocida y detenida por los agentes de su marido, que la trasladaron al castillo de Chinon, donde permaneció bajo custodia.

Enrique II Plantagenet (Wikimedia).

La contienda entre padre e hijos duró dieciocho meses, pero Enrique II se impuso a todos sus rivales en Inglaterra y en el continente. Su victoria fue total y sus enemigos solicitaron iniciar conversaciones para poner fin al conflicto. La conferencia de paz se celebró en Montlouis. Después de demostrar al mundo su fuerza frente a una formidable alianza de enemigos, Enrique II podía permitirse mostrar generosidad. Acordó perdonar a los rebeldes y devolverles las posesiones que tenían antes del inicio de la guerra. Otros no fueron tan afortunados. Enrique consideraba a Leonor la principal responsable de la traición de sus hijos y, después de su rebelión, nunca volvió a confiar en ella. Se pasó el resto del reinado de Enrique confinada en diferentes fortalezas.

Solo dejó su cautiverio en contadas ocasiones cuando su esposo la necesitaba para meter en cintura a sus levantiscos hijos. En 1182 se produjo otro levantamiento de Enrique el Joven, aunque fue de corto recorrido pues murió en 1183.  En 1186 Godofredo moría en París. Enrique no nombró a Ricardo su único heredero, mientras que las relaciones con el rey de Francia se deterioraron rápidamente. Felipe Augusto inició entonces un acercamiento a Ricardo, aprovechando el enfado de este contra su padre por no designarlo heredero, lo que le impedía realizar su deseo de unirse a las cruzadas. Además, Ricardo terminó por creer los rumores que le llegaban, en el sentido de que su padre planeaba desheredarlo en favor de Juan.

En 1189, la brecha abierta entre padre e hijo era ya irreparable. El futuro Corazón de León prestó su ayuda a Felipe en las escaramuzas fronterizas que mantenía con el rey inglés. Enrique se refugió en Chinon mientras el imperio que había construido durante tantos años se derrumbaba a su alrededor. Según los cronistas de la época, Enrique solicitó una lista para saber cuántos de sus nobles apoyaban a Felipe y a Ricardo y, cuando vio que el nombre que encabezaba la lista era el de su otro hijo, Juan, el dolor y la sorpresa fueron tales que sufrió un colapso del que no se recuperó.

El primer rey de la dinastía Plantagenet murió en Chinon el 6 de julio de 1189. De los treinta y siete años de unión matrimonial con él, su esposa Leonor se había pasado casi la mitad como prisionera de su esposo.

Podría pensarse que el papel protagonista de Leonor de Aquitania había terminado con el acceso al trono de su hijo Ricardo. Pero ni el carácter de los dos vástagos a los que vio reinar, ni la relación entre ellos se lo permitieron… aunque es posible que el propio carácter de Leonor tampoco le hubiese llevado a un tranquilo retiro en la abadía de Fontevrault.

La subida al trono de Inglaterra de Ricardo supuso el típico torbellino característico del rey que ha pasado a la historia con el sobrenombre de Corazón de León: coronación en Londres, recaudación exhaustiva de fondos para su proyectada aventura en Tierra Santa («vendería Londres si encontrara un comprador», puso en su boca un cronista de la época) y partida hacia las cruzadas.

Durante los primeros años del reinado de Ricardo, Leonor tuvo un papel protagonista, a veces deseado y a veces no, en diversos y significativos hechos, como el viaje que realizó a España junto a la futura esposa de Ricardo, Berenguela de Navarra y, especialmente, su participación en el freno de las ansias de su hijo pequeño Juan por hacerse con el trono de su hermano. Juan sin Tierra había incumplido la promesa dada a Ricardo de no poner pie en territorio inglés en el plazo de tres años (mientras este estaba en las cruzadas) y además aprovechando un incidente entre el canciller del reino, William Longchamp, y su hermanastro Godofredo, arzobispo de York, aceleró sus planes de hacerse con Inglaterra. Godofredo desembarcó en Dover (aunque también había prometido no volver a Inglaterra) y fue detenido y apresado por las fuerzas de Longchamp, a pesar de acogerse a sagrado en una iglesia. Juan, ya en Inglaterra por entonces, convocó un consejo de nobles y miembros del clero; tanto él como Longchamp se dirigieron a Londres. Este último llegó antes y trató de convencer a los londinenses de que cerraran las puertas al príncipe, pero los ciudadanos se negaron y acusaron a Longchamp de ser «un traidor y perturbador de la paz del reino»; Longchamp se encerró en la Torre de Londres y Juan fue recibido entre vítores a su llegada a la ciudad. Al día siguiente el consejo de nobles y obispos destituyó de sus cargos a Longchamp, que se había ganado la inquina de todo el reino por su proceder despótico y su búsqueda del provecho personal, sustituyendo a hombres competentes por otros de su cuerda y poco preparados que solo defendían sus intereses. El consejo decidió asimismo nombrar a Juan regente del reino. Y todos sus miembros (empezando por el príncipe) renovaron su juramento de lealtad a Ricardo, comprometiéndose el resto a obedecer a Juan mientras el rey estuviese ausente y a aceptarlo como rey si su hermano no retornaba al país. Leonor estaba dispuesta a que este evento no tuviese lugar.

Leonor también tuvo un papel fundamental en la liberación de su hijo Ricardo, hecho cautivo a la vuelta de Tierra Santa, de donde zarpó en octubre de 1192. Un mes después, a cincuenta millas de Viena y mientras cruzaba los territorios del duque Leopoldo de Austria, Ricardo fue reconocido y hecho presionero. En febrero de 1193, Leopoldo a su vez procedió a entregar a precio de oro a Ricardo a su soberano, el emperador del Sacro Imperio Enrique VI, quien encerró al rey inglés en el castillo de Hagenau y solicitó un cuantioso rescate para liberar a su prisionero. Tanto Felipe de Francia como, sobre todo, Juan sin Tierra reaccionaron con gran alegría ante la noticia y trataron de conseguir que Enrique mantuviera cautivo a Ricardo. Sin embargo, a pesar de encontrarse preso, Ricardo pudo maniobrar para enderezar las cosas en su país y que se designara como arzobispo de Canterbury y canciller a Hubert Walter, compañero suyo en la aventura en Tierra Santa. Walter fue capaz de contrarrestar las maniobras de Juan para apoderarse de la corona y con la inestimable ayuda de Leonor de Aquitania consiguió exprimir a nobles, comerciantes, clero y en general al pueblo inglés hasta conseguir la cifra del rescate requerida por Enrique VI para devolver la libertad a Ricardo. La liberación se produjo el 4 de febrero de 1194, contra el pago de cien mil marcos y la promesa de abonar otros cincuenta mil, en garantía de la cual diversos rehenes fueron entregados al emperador. Este llegó a exigir que Ricardo le entregase en prenda la corona de Inglaterra, que le sería devuelta posteriormente como símbolo de vasallaje bajo el emperador. Leonor convenció a su hijo de que aceptara incluso esta humillante condición, haciéndole ver que lo importante era recobrar la libertad.

Detalle de la tumba de Leonor de Aquitania (Wikimedia).

Durante el resto del reinado de Ricardo, Leonor hizo juegos malabares para que este en primer lugar perdonara a Juan por sus maniobras durante su cautiverio y en segundo lugar le designara su heredero si, como fue el caso, moría sin descendencia. En más de una ocasión Corazón de León pensó en apartar de la línea sucesoria a su hermano y designar a su sobrino Arturo de Bretaña. Pero cuando en marzo de 1199 sufrió una herida en el asedio de Chalus-Chabrol y estuvo diez días convaleciente antes de fallecer, su madre se personó en su lecho de muerte.

Arturo, por entonces ya duque de Bretaña, había sido puesto por su madre y los nobles bretones bajo la custodia del rey de Francia. Ricardo no tenía intención de nombrar heredero a un adolescente que se encontraba bajo la influencia de su peor enemigo. Este hecho, junto con los constantes esfuerzos de su madre Leonor de Aquitania, fue decisivo para que Ricardo designara como heredero a su hermano Juan y no a su sobrino Arturo. En cuanto a sus súbditos ingleses, se trataba en realidad de elegir entre un mal menor; el poco popular pero adulto e independiente Juan o el joven e inexperto Arturo, apoyado por el rey de Francia.

Una mujer que había tenido dos maridos que lucieron las coronas de Francia e Inglaterra, tres hijos que fueron coronados reyes de Inglaterra, que recorrió buena parte del mundo conocido desde Tierra Santa hasta Hispania y que rondaba los ochenta años, bien podía permitirse pasar en paz sus años finales. Pero en el año 1200 Leonor decidió que estaba en forma para una función más como celestina muy significativa para lograr la paz entre los reinos de Francia e Inglaterra que tan caros le eran. Volvió a viajar a la península ibérica, con el fin de buscar una novia para el Delfín Luis de Francia. La hija de Leonor, que había heredado su nombre, era la esposa del rey de Castilla Alfonso VIII y tenía dos hijas en edad casadera. Leonor de Aquitania viajó al reino castellano y eligió de entre ellas a Blanca para que la acompañara para ser la esposa del que sería Luis VIII de Francia y madre de San Luis.

Tras su nueva función como casamentera, a Leonor de Aquitania todavía le quedaba pasar por una última prueba: ser asediada por un ejército liderado por su nieto, Arturo de Bretaña. Cuando Arturo cumplió dieciséis años fue armado caballero por Felipe Augusto de Francia y prometido a una de sus hijas, lo que suponía un reconocimiento a su mayoría de edad y una forma de decir al mundo que estaba dispuesto a luchar por su herencia. Felipe puso a su disposición una fuerza de doscientos hombres y Arturo se unió a ellos en Tours, desde donde trataron de hacer prisionera a Leonor de Aquitania, que se refugió en el castillo de Mirebeau y tuvo tiempo de enviar un mensajero informando a Juan sin Tierra, que se encontraba en Le Mans. Juan acudió con el típico estilo angevino (recorrió ciento cincuenta kilómetros en cuarenta y ocho horas) en auxilio de su madre y sorprendió a las fuerzas de Arturo, que fue hecho prisionero el 1 de agosto de 1202.

La liberación de Leonor del asedio de su nieto por parte de su hijo Juan puede interpretarse como un final acto de reconciliación entre una madre y el hijo al que en muchas ocasiones negó su apoyo por anteponer los intereses de su amado Ricardo Corazón de León. Ya anciana, y muy posiblemente desconociendo el destino que su hijo Juan destinaba a su nieto Arturo, Leonor se retiró a la abadía de Fontevrault donde murió el 1 de abril de 1204 y donde está enterrada. Moría con ella uno de los personajes más notables de la Edad Media europea.

Para saber más:

Jones, D. (2012). The Plantagenets, The Kings Who Made England. Londres: Ed. William Collins.

Morris, M. (2015). King John: Treachery, Tyranny and the Road to Magna Carta. Cornerstone Digital.

Peter Ackroyd, P. (2011). A History of England Volume I (Foundations). Londres: Ed. McMillan.

Schama. S. (2000). A History of Britain. Londres: BBC Worldwide Limited.

Strong, R. (1998). The Story of Britain. Londres: Ed. Pimlico.

Wilson, D. (2014). The Plantagenets, The Kings That Made Britain. Londres: Quercus Edition Ltd.

Acerca del autor

Daniel Fernández de Lis

Daniel Fernández de Lis. Licenciado en Derecho, apasionado de la Historia y autor del blog Curiosidades de la Historia. Autor de ‘Los Plantagenet’ (Libros.com).

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