Divulgación

Las cofradías barrocas, reflejo de la sociedad del Antiguo Régimen

Durante los siglos XVI y XVII, las cofradías no sólo se erigieron como meras transmisoras del mensaje religioso contrarreformista, sino que además perpetraron el orden social del Antiguo Régimen y canalizaron el subconsciente religioso de la mayoría de la población. Ello las condujo a ejercer tal influencia en la sociedad barroca que, a día de hoy, podemos considerarlas como uno de los máximos exponentes de la realidad social de la Edad Moderna

Publicado en el número 10 de Descubrir la Historia (julio de 2017).

Sin lugar a dudas, el Barroco es una de las etapas que más interés suscita en la historiografía. Ello tal vez se deba a su propia naturaleza contradictoria, la extraordinaria expresividad con la que refleja la mentalidad popular del hombre del Seiscientos o el uso de una pulida violencia simbólica. En cualquier caso, el Barroco es mucho más que una expresión artística. El Barroco fue una respuesta de las élites a la situación religiosa que vivía la Europa de la Contrarreforma y los primeros compases del protestantismo. Una respuesta pensada para calar en lo más hondo de la mentalidad popular y lanzar un mensaje de adoctrinamiento eficaz. En palabras de Sánchez Lora, el Barroco fue una cultura de ojos, basada en la premisa de que lo perceptible a la vista causa mayor impacto que lo captado por el oído.

A su vez, las clases populares fueron capaces de emitir respuestas que reflejaban fielmente la realidad de un pueblo mayoritariamente sumido en la miseria. La pobreza, la vorágine religiosa y la cotidianeidad de una muerte que con demasiada frecuencia se ensañaba con los más débiles eran elementos que transformaron profundamente el subconsciente popular. La reacción del pueblo llano creó mecanismos de combate contra las frecuentes penurias. Entre todos ellos, fue la asistencia social, un sector del que no se ocupaba el Estado, uno de los más complejos y extendidos mecanismos de respuesta creados y desarrollados por la propia población. En este sentido, fueron las cofradías los organismos a través de los cuales el pueblo canalizó la ayuda mutua a sus semejantes, conformando una amplia red asistencial que, ni mucho menos, fue homogénea ni constante a lo largo de los decenios.

En la actualidad, las hermandades vienen a ser colectivos de índole religiosa dedicados a una advocación o imagen concreta. Su principal foco de actuación es el religioso, aunque aún hoy día desarrollan labores sociales fruto de una herencia secular gracias a la cual nacieron las primeras corporaciones en los últimos siglos del Medievo. En efecto, el ocaso de la Edad Media conoció el nacimiento de los primeros organismos sociales dedicados a la asistencia de la población. Éste era, de forma casi específica, su principal cometido, lo que las convertían en grupos bastante concretos e impermeables. Su vertiente religiosa, claro está, proviene de la misma concepción o mentalidad de aquellos siglos. La religión era omnipresente y ejercía un poder más que efectivo sobre todas las facetas de la sociedad. Era de esperar, por tanto, que estas primeras congregaciones o cofradías tuvieran una esencia eminentemente religiosa.

Sesión del Concilio de Trento (Wikimedia).

Trento, punto de partida de las cofradías barrocas

A lo largo de los siglos XVI y XVII las cofradías experimentaron una profunda transformación debido al nuevo orden religioso que comenzaba a fraguarse en Europa. En un continente dividido entre catolicismo y protestantismo, las élites vieron peligrar su discurso legitimador de poder y, como consecuencia, se concienciaron de la necesidad del dominio absoluto del subconsciente del pueblo. En este sentido, las cofradías experimentaron una metamorfosis que acabó convirtiéndolas en uno de los canales más efectivos del discurso religioso tal y como lo recibía el pueblo. Desde estos momentos, no sólo fueron organismos de asistencia, sino que por sí mismas reflejaban y definían el orden social del Antiguo Régimen. El punto de partida de la llamada Contrarreforma lo marcó el conocido como Concilio de Trento, celebrado entre los años 1545 y 1563. Este hecho histórico podríamos definirlo como el inicio oficial de una nueva etapa histórica, una etapa marcada por el oscurantismo, la devoción religiosa desenfrenada y la violencia, una violencia no física, que también, sino especialmente simbólica. Una violencia plasmada en la mentalidad de la sociedad a golpe visual que, además, se valió de las cofradías para mostrar al público escenas que con frecuencia conducía a los devotos a ejercer duras penitencias, flagelándose y torturándose de diversas formas. Junto con el ceremonial religioso y las técnicas de adoctrinamiento basadas en el sermón y la confesión de los fieles, las cofradías barrocas cerraron el círculo que encerraba el mensaje contrarreformista, del cual la sociedad era receptora a la vez que protagonista.

Más allá de la escenificación barroca y el papel esencialmente religioso de las cofradías, el objetivo de este estudio se basa en el plano social que ocuparon estos organismos. Sin lugar a dudas, a efectos prácticos, el elemento asistencial fue el más eficaz de cuantos desarrollaron las cofradías barrocas. En primer lugar, porque era la propia sociedad quien definía a estas congregaciones. En segundo lugar, porque al emerger del propio núcleo popular, las cofradías eran un fiel reflejo de la realidad cotidiana de los siglos XVI y XVII. Y en tercer lugar, porque fue la gestión del dominio social lo que transformó profundamente a las cofradías a partir del Concilio de Trento. Una alteración que las diferenció claramente de las cofradías nacidas décadas antes y que, por ende, las distinguiría de las cofradías y hermandades creadas a lo largo de los siglos XIX y XX.

Desde luego, las cofradías eran el fiel ejemplo de las contradicciones barrocas. El resultado de un duro mensaje adoctrinador perpetrado principalmente por la Iglesia y la transformación de dicho mensaje por las clases populares en relación a su propia realidad cotidiana. Organismos capaces de desarrollar los mecanismos de asistencia social más efectivos de la época y, paralelamente, de responder con la misma eficacia al mensaje contrarreformista. Devociones religiosas que a veces alcanzaban el paroxismo, aglutinadoras de devotos a quienes el mensaje visual había alcanzado lo más profundo de su subconsciente. Todo ello unido al auxilio de los fieles no sólo en el plano económico o material, sino también en el espiritual, puesto que procuraron un funeral digno a los cofrades que no podían costeárselo. Las cofradías, en definitiva, cumplían un triple objetivo: evangelizar al pueblo por medio del impacto visual, enterrar dignamente a quienes no podían costearse un funeral y desplegar obras caritativas.

Procesión de disciplinat􀁝 de Francisco de Goya (1812) (Wikimedia).

Tras el Concilio de Trento, junto a las antiguas cofradías nacidas en el seno de los hospitales para asistir a los moribundos y las gremiales que actuaban como órgano centralizador de los distintos oficios, comenzaron a emerger una gran cantidad de grupos de devotos a una determinada advocación o imagen. En muchas ocasiones, estas sociedades surgían de manera más o menos espontánea, careciendo de reglas oficiales que regularan el funcionamiento de la cofradía. Estas corporaciones adoptaban directamente las normas de las órdenes religiosas en cuyo seno había tenido lugar su fundación. Resulta curioso considerar que este tipo de organizaciones no oficiales estaban prohibidas desde el reinado de Enrique IV de Castilla. Concretamente, fue una Orden Real de 1464 la que determinó la ilegalidad y absolución de todas aquellas cofradías que carecieran de reglas o estatutos propios. Lógicamente, en el período post-tridentino seguían siendo ilegales, aunque la tenacidad de las autoridades religiosas a la hora de controlarlas había menguado considerablemente. Tanto es así que los siglos XVI y XVII fueron muy proclives en lo concerniente a la creación de nuevas cofradías a partir de sociedades religiosas como las que venimos mencionando. Este hecho, en efecto, no es ninguna casualidad dada la triple vertiente que cumplían las cofradías barrocas. Sin embargo, aún existía una función que venía a ser incluso más eficaz e importante para las élites que las comentadas anteriormente.

Orden social, auxilio económico y asistencia espiritual

Las cofradías barrocas, en tanto que aglutinaban el sentimiento religioso popular y asistía en la medida de sus posibilidades a los más desfavorecidos, eran reflejo de su propia realidad por el sencillo hecho de que ayudaban a mantener el status quo de la sociedad del Antiguo Régimen. Se trataba, en su gran mayoría, de grupos homogéneos, cuyos miembros debían tener una serie de características particulares para pertenecer a ellas. Solían ser sociedades horizontales que aglutinaban personas de un mismo oficio, barrio, estatus social e, incluso, raza. Ejemplo de ello es la cofradía de Los Negritos de Sevilla, fundada por el colectivo de raza negra de la ciudad, cuyas primeras reglas datan de mediados del siglo XVI; el Calvario de Sevilla, fundada por los mulatos de la ciudad hacia 1571; o la primitiva cofradía granadina titulada de la Encarnación, que aglutinaba a las mujeres de la ciudad. Por lo tanto, las cofradías, por propia definición, estabilizaban un orden social conveniente para el interés de las propias élites que habían fomentado el nuevo movimiento cultural. A su vez, en beneficio del colectivo al que representaba, preservaba los intereses de éstos y, en muchos casos, eran herramienta de dignificación para los sectores más desprestigiados de la ciudad, como era el caso de los negros, mulatos e, incluso, mujeres, tales son las cofradías que hemos mencionado.

Así pues, las cofradías barrocas reflejan la fisonomía de los grupos sociales que conformaban una ciudad concreta. Mientras en Sevilla nos encontramos con un nutrido número de cofradías gremiales y no son extrañas aquellas fundadas por colectivos raciales, en Cádiz eran frecuentes las cofradías fundadas por grupos de comerciantes. Por su parte, Huelva era un fiel ejemplo de sociedad marinera, llegando a contar en su modesta población de principios del Seiscientos con hasta tres cofradías de esta índole: la cofradía de San Pedro, la del Nazareno y la patronal de la Virgen de la Cinta.

Carlos I, por Tiziano (Wikimedia).

En cualquier caso, podemos establecer tres grupos distintos de cofradías barrocas. Por una parte, las devocionales, cofradías específicamente dedicadas a una advocación o imagen concreta. Por otra parte, las benéfico-asistenciales, organizaciones religiosas creadas para asistir a los más desfavorecidos, ya sea en el seno de hospitales, de órdenes religiosas o, incluso, en casas de huérfanos y niños expósitos. Por último, nos encontramos con las ya mencionadas cofradías puramente gremiales. Todas ellas ejercían una importante labor para la sociedad en lo que concierne a combatir la pobreza y la necesidad. La diferencia residía en el foco concreto en el que éstas se centraban.

El factor de asistencia social, como hemos dicho con anterioridad, fue algo que acompañó a las cofradías desde sus inicios y, de hecho, fue el auténtico impulso de la creación de estos organismos. En Sevilla nos encontramos ya desde el siglo XIV con cofradías dedicadas a los militares y soldados. Hablamos, en este caso, de la Hermandad y Hospital de Peregrinos de Nuestra Señora del Pilar, cuyas primeras reglas datan de fechas tan tempranas como 1336. Esta cofradía asistía a los soldados cautivos o a las viudas de aquellos que habían caído en combate. Además, cubrían las necesidades más básicas de aquellos militares ya retirados o, incluso, les asistían cuando alguno de estos soldados perdía el caballo en batalla o acababa invalidado de por vida.

Según la documentación histórica, la citada cofradía de los Negros de Sevilla existía ya a finales del siglo XIV, aunque sus primeras reglas fueran muy posteriores. El objetivo, como venimos diciendo, era el de asistir al colectivo de raza negra que llegaba a la ciudad, tanto en las necesidades sociales como en las espirituales.

Otro ejemplo de la perduración de la labor social de las cofradías con el paso de los siglos lo encontramos en la sevillana cofradía de la Santa Casa de Misericordia, cuyas reglas datan ya del primer cuarto del siglo XVI. Esta cofradía, nacida en el seno del Hospital de la Misericordia, estaba destinada a sufragar los gastos de doncellas pobres que no contasen con recursos suficientes para pagarse una dote.

También es llamativo el caso de la Hermandad de Nuestra Señora de la Consolación y Doce Apóstoles, fundada en la capital hispalense y cuyas reglas datan de mediados del Quinientos. Estamos ante una consecuencia directa de la hambruna que acabó en 1521 con la vida de unas 50.000 personas en la ciudad. Esta corporación nació con el objetivo de alimentar a los pobres en momentos de necesidad, contando entre sus filas con importantes figuras como fueron el emperador Carlos I y su esposa Isabel de Portugal, o Juan Alonso de Guzmán y Ana de Aragón, duques de Medinasidonia.

Si bien es cierto que las cofradías de origen gremial y hospitalarias monopolizaron la labor social de finales de la Edad Media y la primera mitad del Quinientos, el siglo XVII experimentó el florecimiento de las cofradías devocionales y la progresiva desaparición o transformación de las gremiales y hospitalarias. En efecto, la labor asistencial siguió motivando el surgimiento y perduración en el tiempo de este tipo de congregaciones. Sin embargo, a su vez, las cofradías fueron revestidas de una tramoya y escenificación propia del movimiento barroco. Una evolución que convirtió a las cofradías en útiles capaces de ampliar su abanico de influencia, añadiendo a la asistencia social la evangelización popular y la estabilización del status quo de los estamentos propios del Antiguo Régimen.

En cualquier caso, el papel asistencial de las cofradías también conllevaba una beneficiosa reciprocidad entre estas corporaciones y los sectores sociales a los que atendía. En este sentido, las cofradías se aseguraban unos pocos reales gracias a las cuotas que sus cofrades pagaban. Con ello y algunas limosnas adicionales se costeaban las salidas procesionales y la asistencia a pobres y cofrades. Debemos tener en cuenta que las estaciones de penitencia contaban en los siglos XVI y XVII con un grado de  estructuración bastante limitado. Normalmente, las imágenes no procesionaban cada año, sino sólo cuando la situación económica lo permitía. Era frecuente que cambiasen de día de salida y, si bien la gran mayoría no realizaban estación de penitencia anualmente, sí sacaban sus imágenes por motivos diversos ya fuera en acción de gracias o, con mayor frecuencia, en régimen de rogativa. Estas rogativas populares con imágenes en la calle se hicieron bastante frecuentes a partir de la segunda mitad del siglo XVII, si bien existían ya con anterioridad. Queda claro, por tanto, que el principal y más cotidiano objetivo de las cofradías era asistir a sus cofrades en lo que éstos necesitaran, lo cual complementaban en la medida de sus posibilidades con las salidas procesionales.

Claro que la asistencia a cofrades y necesitados iba mucho más allá de la mera ayuda económica o alimentaria. Existía un ámbito fuertemente arraigado en el subsconciente barroco que definía por sí mismo al período histórico al que nos referimos. Hablamos en concreto de la muerte y las honras fúnebres. En efecto, el “buen morir” era igual o incluso más necesario para la sociedad barroca que el “buen vivir”, y es que no recibir unas honras fúnebres y un lugar de enterramiento adecuado era poco menos que abandonar el alma del difunto a su suerte, convirtiendo a los cuerpos inertes en pasto de los perros si las frecuentes hambrunas así lo dictaban.

Así pues, las cofradías estaban dedicadas a sufragar los gastos fúnebres de aquellos cofrades que no tuvieran medios de procurárselo. La asistencia y compañía por turnos del moribundo y el posterior cortejo en torno al féretro eran líneas de actuación básicas en lo que las cofradías consideraban un funeral digno. A ello se añadía el coste de la cera encendida como símbolo de la resurrección de los mortales, las misas por el alma del difunto y, si procedía, la asistencia a su viuda o a los hijos que hubiese dejado en situación de orfandad. En definitiva, la asistencia social de las cofradías iba mucho más allá de la mera cuestión económica. El plano espiritual era tanto o más importante incluso que la vertiente monetaria puesto que, en cualquier caso, seguían siendo sociedades religiosas dedicadas a preservar el alma de cuantos cofrades la compusieran.

Santo Entierro de Juan de Juni (Wikimedia)

Hasta tal punto caló en la sociedad barroca la necesidad de recibir unas honras fúnebres adecuadas y la labor que en este sentido ejercían las cofradías que en el siglo XVI asistimos al nacimiento de hermandades dedicadas a Cristo Yacente. Estas cofradías representaban el descendimiento, duelo y enterramiento de Cristo a la usanza barroca, contando con todos los elementos dignos de un funeral adecuado. Estas corporaciones llegaron a extenderse por toda la geografía peninsular, convirtiéndose ya en el siglo XVII en las cofradías oficiales de sus respectivas ciudades. En ella desfilaban las autoridades locales, así como las eclesiásticas y militares, al igual que todos los estamentos sociales de la ciudad, especialmente los privilegiados, quienes se volcaban en estas hermandades dado el privilegio social que otorgaba ser representado en ella.

La legitimación del privilegio en el seno de las cofradías

Como venimos comentando con la aparición de las cofradías dedicadas al Cristo Yacente, las cofradías barrocas también funcionaron como reflejo no sólo de las clases más populares, sino también de las más privilegiadas. Funcionaban como un escaparate que legitimaba el prestigio social de uno u otro grupo. Incluso las cofradías más populares vivieron episodios en los que se disputaron el orden de llegada a la Santa Iglesia Catedral una vez regulada la estación de penitencia que debían realizar teóricamente cada año. La antigüedad o el privilegio de ser la única cofradía con una determinada advocación era suficiente para desatar pleitos que en ocasiones perduraban durante años.

Un ejemplo de ello lo encontramos en el pleito que protagonizaron la cofradía de la Esperanza del barrio de la Feria, hoy conocida como Macarena, y la primitiva hermandad de la Humildad y Paciencia, hoy titular de la Sagrada Cena de Sevilla. Este enfrentamiento tuvo lugar a partir de una disputa por el orden de llegada a la Santa Iglesia Catedral en función a la antigüedad de una y otra cofradía. Obviamente, la antigüedad y orden de paso eran elementos clave en el plano del privilegio, al que debemos sumar el poder adquisitivo de las distintas corporaciones. En este caso, el enfrentamiento se produjo entre una cofradía originalmente hospitalaria y esencialmente popular, la Esperanza, con una hermandad que vivía su período de bonanza como era la de la Humildad y Paciencia.

Por otra parte, las advocaciones religiosas venían a convertirse también en un tema habitual en lo que concierne a los pleitos. Una vez más, en la capital hispalense, nos encontramos con dos cofradías: la actual de la Soledad de San Lorenzo, durante sus inicios dedicada al Cristo Yacente, y la ya desaparecida del Desconsuelo del barrio de Triana. En sus orígenes, en la década de 1630, la cofradía del Desconsuelo se fundó bajo la advocación de Nuestra Señora de la Soledad. Este nombre propició el inicio de un pleito en el que la primitiva cofradía del Cristo Yacente exigía el cambio inmediato de la advocación de la cofradía trianera dado que, por su antigüedad, la única Soledad que debía existir en Sevilla era la de corporación del entierro de Cristo. Cabe destacar que, como mencionábamos anteriormente, hablamos de una cofradía conformada por la hidalguía y los estamentos privilegiados sevillanos. Tanto es así que, en sus estatutos, la primitiva cofradía de la Soledad exigía que aquellos que desearan formar parte de la corporación debían demostrar su origen hidalgo, normativa que ya en el primer cuarto del siglo XVII estaba vigente. Frente a ella, la cofradía trianera era de nuevo cuño, habiéndose fundado en uno de los barrios populares por excelencia de la ciudad, Triana. Así pues, tras el pleito, la original cofradía de la Soledad de Triana cambió su advocación por la del Desconsuelo.

Ahora bien, las cuestiones de privilegio y antigüedad no eran las únicas que suscitaba enfrentamientos o pleitos entre las cofradías. De hecho, era más frecuente encontrarse con cofradías enfrentadas por el dominio de un colectivo o un área determinada del casco urbano. Algo similar ocurría con los conventos de órdenes religiosas que emergieron entre los siglos XV y XVII. Estas órdenes vivían, esencialmente, del cobro por la impartición de los sacramentos y la caridad o limosna de la población beneficiaria de sus servicios. Obviamente, la disputa por hacerse con el monopolio de la población fue tema frecuente entre las órdenes religiosas, puesto que de ello dependía directamente su supervivencia. En el plano popular, ocurría exactamente lo mismo con las cofradías. Estas cofradías, como venimos diciendo, sobrevivían gracias a las cuotas de sus hermanos y a la limosna. Además de los gremios, los huérfanos, las mujeres abandonadas o maltratadas por sus esposos, los enfermos, las doncellas pobres, las mujeres consideradas pecadoras y arrepentidas, los colectivos raciales, los ajusticiados, los antiguos soldados, los cristianos caídos en la esclavitud e, incluso, la propia nobleza, eran focos de control de las cofradías, dependiendo del sector en el que cada una ejerciera su influencia. Dominios que intentaban monopolizar a toda costa con el objetivo de gozar de un prestigio y una situación económica cuando menos desahogada. Los pleitos y enfrentamientos surgían cuando dos o más cofradías pretendían hacerse con el control o dominio de un mismo colectivo o foco. Era, al igual que en el caso de las órdenes religiosas, cuestión de supervivencia.

En cualquier caso, conocido es el siglo XVII por el declive económico en el que se sumió la Corona castellana, arrastrando a ello a una población cada vez más subyugada a las exigencias económicas de las élites y a una serie de calamidades que conducían a registros de mortandad espeluznantes. Guerras, hambres o ciclos de epidemias golpeaban sin cesar a una población que, a duras penas, tenía con qué alimentarse. Ello, necesariamente, sumía a muchas cofradías en una carestía tal que, para sobrevivir al trágico devenir barroco, se veía en la necesidad de fusionarse con otras corporaciones y compartir lo poco que conseguían reunir entre todas. En la actualidad es relativamente fácil encontrar cofradías que proceden de la fusión de antiguas corporaciones separadas. Durante el Barroco, las uniones de cofradías tenían un carácter bastante más efímero, uniéndose unos pocos años y separándose tras el período de necesidad. A ello debemos añadir el conocido como arreglo de cofradías de 1623, una medida promulgada por el arzobispo de Sevilla, don Pedro de Castro y Quiñones. Esta normativa pretendía que dos o más cofradías se unieran en un cortejo único durante las procesiones para controlar su ingente número en la ciudad y el consecuente desorden social que provocaba en torno suyo que, a toda costa, debía ser controlado.

Conclusión

En definitiva, las cofradías que nacieron durante los últimos siglos de la Edad Media se asentaron en los primeros compases de la Edad Moderna y llegaron a ejercer una poderosa influencia sobre la población barroca. Ello no habría sido posible de no ser por su extraordinaria flexibilidad y su capacidad de adaptación al devenir de los tiempos. Esta maleabilidad emerge, sencillamente, de su propia naturaleza. Al ser creadas mayoritariamente por los sectores populares de la sociedad, las cofradías respondían directamente a las necesidades de las mismas. No obstante, el mensaje de la Contrarreforma caló tan hondo en la mentalidad del Barroco que, a su vez, las corporaciones religiosas asentaron las bases de la sociedad estamental y extendió a todos los rincones sociales el impacto ideológico contrarreformista. Un arma de doble filo para los sectores más desfavorecidos de la sociedad que reflejaron la genuina respuesta de la población y el discurso derramado desde la cúspide de los estamentos sociales. Fueron, en conclusión, mecanismos que velaban por los intereses del colectivo que los conformaba y, a la vez, reflejo del éxito de las pretensiones de las élites tras el Concilio de Trento. Organismos capaces de acoger en sus entrañas las necesidades de unos y otros, pueblo llano y clases privilegiadas.

Para saber más:

De la Pascua Sánchez, M. J. (2007). «Solidaridad en el Antiguo Régimen. Las hermandades». Andalucía en la Historia, v, 15, pp. 17-28.

González Cruz, D. (2007). «Las hermandades de Andalucía y el ritual de la “buena muerte”». Andalucía en la Historia, V, 15, pp. 23-29.

López-Guadalupe Muñoz, M. L. (2007). «La religión en la calle. Encuentros y desencuentros en torno a la religiosidad barroca». Andalucía en la Historia, V, 15, pp. 30-37.

Pérez González, S. M., Sánchez Herrero, J. (2002). CXIX reglas de hermandades y cofradías andaluzas. Siglos XIV, XV y XVI. Huelva: Universidad de Huelva.

Pérez Porto, L.  (1908). Cofradías sevillanas desde su fundación hasta nuestros días. Sevilla: Secretaría de Cámara y Gobierno del Arzobispado de Sevilla.

Reder Gadow, M. (2007). «La organización de las cofradías andaluzas. El ejemplo de Málaga». Andalucía en la Historia, V, 15, pp. 10-27.

Sánchez Lora, J. L. (1995). «Barroco y simulación. Cultura de ojos y apariencias, desengaño de ojos y apariencias». Cultura y culturas en la historia: Quintas Jornadas de Estudios Históricos organizadas por el Departamento de Historia Medieval, Moderna y Contemporánea de la Universidad de Salamanca. Salamanca, Universidad de Salamanca, pp. 75-86.

Acerca del autor

Álvaro Javier Romero Rodríguez

Licenciado en Historia por la Universidad de Huelva. Máster en Estudios Históricos Avanzados por la Universidad de Sevilla.

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