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La extraordinaria vida de Monsieur Chocolat

El presente artículo hace un breve recorrido por la vida de Rafael Padilla, más conocido como Monsieur Chocolat, un famoso payaso del ámbito circense de París hacia finales del siglo XIX que, nacido y criado como esclavo en Cuba, alcanzó la fama en los grandes escenarios europeos durante la época de la Belle Époque.

Publicado en el número 10 de Descubrir la Historia (julio de 2017).

Cuentan que, en un apartado rincón del cementerio protestante de Burdeos, sobre la fosa común reservada a los indigentes, una modesta placa recoge la inscripción: «Clown Chocolat, Rafael Padilla, 4 de noviembre de 1917».

Este enigmático personaje, de curioso y rimbombante apodo, es uno de los tantos individuos cuya biografía se pierde en el olvido, privada de un hueco entre las páginas de la Historia. Por suerte, el tiempo a veces hace justicia con personas como él, brindándonos la oportunidad de reconstruir el relato de sus vivencias. Y es que su trayectoria vital representa todo un ejemplo de superación para aquellos a quienes tocó afrontar tiempos adversos: Rafael Padilla, hijo de una pareja de esclavos afroamericanos, llegó a convertirse en todo un icono cultural de la Europa de la Belle Époque bajo el pseudónimo de Monsieur Chocolat. Suyo fue el mérito de ser el primer negro en alcanzar la fama en el mundo de la farándula, no sin antes superar un sinfín de pruebas y complicaciones. En un tiempo en que los prejuicios raciales pesaban aún más que en nuestros días, un esclavo con sombrero y chaqué llegó del otro lado del Atlántico para dibujar una sonrisa eterna en el rostro de París.

Su infancia y juventud: De la Habana al País Vasco

Cartel del Cirque Nouveau (Fuente BNF)

No resulta fácil reconstruir los primeros momentos de su vida ni fijar con exactitud una fecha de inicio para nuestro relato. Sin embargo, sabemos que en algún momento entre 1865 y 1868, en la isla de Cuba, una pareja de esclavos dio a luz a un niño a quienes sus amos darían el nombre de Rafael. Privado desde la cuna de libertad y apellidos, su temprana orfandad hizo que fuese criado por una esclava del servicio doméstico, que le enseñó a desenvolverse en la vida de servidumbre a la que parecía abocado. Así transcurrió gran parte de su infancia en la Habana, hasta que los vientos del destino empezaron a tornarse a su favor. Fue entonces cuando, siendo un niño de diez o doce años, fue vendido al empresario español Patricio Castaño. Don Patricio formaba parte de un grupo social muy poderoso en la España del siglo XIX, como fue era el de los denominados «indianos»; familias de muy diversos orígenes que hicieron fortuna en las colonias americanas gracias a la producción y comercialización de productos exóticos como el azúcar, el café o el tabaco, y en cuyas explotaciones jugó un papel determinante la mano de obra esclava. En este contexto hay que situar la convulsa situación política vivida en Cuba como consecuencia de la insurrección independentista y el estallido de la Guerra de los Diez Años (1868-1878), que provocó el regreso a la Península de muchos indianos. Entre ellos estaba el propio Castaño, quien a su vuelta decidió obsequiar a su anciana madre con un joven criadillo cuyos servicios había adquirido recientemente.

Este joven no era otro que Rafael, quien tuvo la dudosa fortuna de cruzar el Atlántico ya no como esclavo sino como criado al servicio de los Castaño, en un momento en que la esclavitud había sido abolida en España. Pese a las expectativas de una mejora de sus condiciones de vida, su recibimiento no fue precisamente acogedor, ya que su llegada a la villa familiar de Sopuerta provocó una mezcla de fascinación, hostilidad y rechazo entre los vecinos de la localidad vizcaína y la propia familia del indiano, que nunca habían convivido con personas de distinto color de piel. Entre las muchas anécdotas que dan cuenta de ello, llaman la atención las tortuosas sesiones de baño a las que lo sometían las hermanas de don Patricio, quienes lo frotaban con jabón y lo cepillaban hasta hacerlo sangrar, con el pretexto de querer aclarar su piel. Una de las numerosas crueldades a las que habría de hacer frente en aquellos años, y que a la postre precipitarían su huida del pueblo con apenas 14 años. Pese a las denuncias de la familia de Castaño, su condición de hombre libre le permitió eludir su captura y asentarse en Bilbao, donde desempeñó oficios tan duros como el de cargador portuario o minero hasta que conoció al payaso inglés Tony Grice, quien acabaría siendo su trampolín hacia el mundo del espectáculo. Rafael empezó trabajando como criado y ayudante personal del británico, quien por entonces formaba parte de la Compañía Ecuestre del Circo de la Alegría. Pero en poco tiempo fue ganándose la confianza de su jefe, llegando a participar en algunas de sus actuaciones y convirtiéndose en su aprendiz, lo que le permitió acompañarlo en sus diversas giras, primero por España y, más tarde, por Francia. Era el primer paso en su imparable ascenso hacia la fama.

La irrupción de Monsieur Chocolat

Uno de sus últimos y más destacados espectáculos con Grice fue El Maestro de doma, representado en 1886 sobre las tablas del Nouveau Cirque de París, propiedad del español Josep Oller (quien fuera a su vez cofundador del legendario Moulin Rouge). Su éxito fue tan rotundo que permitió a Rafael ganarse la fama y el reconocimiento del gran público parisino bajo el nombre artístico que le acompañaría durante el resto de su carrera: Monsieur Chocolat. A pesar de las evidentes connotaciones racistas del apodo (era un término despectivo muy frecuente para referirse a los negros), Rafael supo hacer de Chocolat un personaje tan querido como admirado por el público y la crítica, lo que le valió la invitación, por parte del director del Nouveau Cirque, Henri Agoust, para protagonizar su primer show en solitario. El estreno de La boda de Chocolat, un año más tarde, supuso la ruptura definitiva de Brice y Chocolat como dúo y su ascenso fulgurante como artista en solitario.

En 1890, a petición del nuevo director del circo, Raoul Donval, comenzó a trabajar con la otra gran estrella del momento, el payaso británico George Foottit, con quien acabó compartiendo aplausos y ovaciones durante casi veinte años. El dúo compuesto por Foottit y Chocolat se hizo un hueco en la escena parisina gracias a su clásico espectáculo de «augusto-carablanca», no exento de los estereotipos raciales de la época: Chocolat representaba el papel de «augusto» que recibía los golpes y manifestaba un comportamiento infantil e ingenuo que rayaba en lo absurdo, mientras Footit, por su parte, era el «augusto» mandón y autoritario que se imponía sobre su compañero de tablas. Pese a todo, su enorme carisma y las habilidades artísticas de las que hizo gala le permitieron ganarse el cariño del respetable y despertar la admiración de pequeños y mayores, mostrándoles que el talento no entiende de color de piel.

Durante los años que compartieron como dúo, Foottit y Chocolat cosecharon éxitos en cada rincón de París, desde las salas de los hospitales infantiles que visitaban periódicamente hasta los grandes locales de la bohemia parisina, como el célebre Folies Bèrgere. Su popularidad llegó a ser tal que el mismísimo Toulouse Lautrec le dedicó un retrato en 1896, y poco después, los hermanos Lumière (pioneros del Séptimo Arte) filmaron buena parte de sus actuaciones. A todo ello hay que añadir que Chocolat se había convertido ya en todo un icono cultural e incluso publicitario, protagonizando y siendo la cara visible de importantes anuncios de la época. Sin embargo, la fama no es eterna, como pudo comprobar nuestro protagonista, y los días de gloria pronto habrían de tocar a su fin.

El ocaso de su carrera

La llegada del siglo XX trajo consigo importantes cambios al mundo del arte y el entretenimiento, provocando el descubrimiento de nuevos talentos y una notable ampliación de la oferta de ocio. Entre las novedades más destacadas se encontraba el denominado «cake walk», un estilo de baile muy popular en Broadway, que pronto cruzó el Atlántico para traer a Europa a numerosos artistas afroamericanos, despojando así a Rafael de su condición de único artista negro. De este modo, su figura empezaba a pasar de moda, al tiempo que las giras del Nouveau Cirque se topaban con un fracaso tras otro, lo que precipitó la caída del dúo Foottit-Chocolat.

Litografía de Chocolat bailando, realizada por Toulouse Lautrec (1896)
Litografía de Chocolat bailando, realizada por Toulouse Lautrec (1896)

Sus caminos se separaron de manera definitiva en 1910, cuando el primero fue contratado en solitario para actuar en una versión de Romeo y Julieta. A partir de entonces, ninguno logró remontar el vuelo, y la vida de Rafael se vio desbordada por los apuros económicos y el alcoholismo. Este declive de su carrera profesional solo fue suavizado por el dulce momento que atravesó en el plano emocional. Y es que unos años antes había conocido a Marie Hecquet, cuya condición de casada y madre de dos hijos no fue impedimento para que acabase convirtiéndose en el amor de su vida. Tras el divorcio de Marie de su anterior marido, en 1895, Rafael decidió emprender una nueva vida junto a ella y su hijo, Eugène, al que adoptó como propio y más tarde hizo formar parte de sus espectáculos. Con Marie tuvo otra hija, Suzanne, que murió de tuberculosis cuando apenas tenía ocho años, pero a pesar de este duro revés, y del murmullo que despertó el matrimonio entre una blanca y un negro entre la sociedad francesa, fue su compañía la que permitió a nuestro protagonista resistir los últimos envites de su corta, aunque intensa vida.

Los últimos compases de su carrera los pasó deambulando de ciudad en ciudad, en busca de un porvenir, siempre bajo la carpa del circo. Y pese a que gran parte del público aún lo reconocía, tuvo que conformarse con trabajar en compañías menores hasta el fin de sus días. Una fría mañana de noviembre de 1917, Rafael dejaba para siempre los escenarios de la vida, víctima de un ataque al corazón. Por primera vez, su nombre apareció acompañado de un apellido; Padilla, que debió adoptar de la esposa de su antiguo amo, tal vez como recordatorio de su pasado como esclavo. Aunque poco importaba ya cómo fuera inscrito en su acta de defunción, pues la posteridad le reservó para siempre el distintivo de Chocolat, el payaso que regaló risas y esperanzas a cambio de un aplauso. Su recuerdo, durante tanto tiempo enterrado en el olvido, comienza a ser rescatado y puesto en valor gracias a la magistral biografía escrita en 2012 por Gérard Noiriel y a la espléndida interpretación de Omar Sy en el biopic estrenado en cines en 2016. Gracias a ello, el show de Monsieur Chocolat renace hoy sobre el privilegiado escenario de la memoria.

Actuación de Footit y Chocolat. Ilustración a color de René Vincent, ca. 1900 (Fuente Wikipedia)

Con un siglo de retraso, y desde la certeza de que personas como Rafael merecen un hueco entre las páginas de la Historia, rendimos nuestro particular homenaje al hombre que entre risas, aplausos y sinfonías de circo logró borrar, al menos por un tiempo, las miserias de un mundo cruel e injusto.

Para saber más:

Noiriel, G (2012). Chocolat clown nègre. L’histoire oubliée du premier artiste noir de la scène française. Mountrougue: Bayard.

Noiriel, G. (2016). Chocolat: la véritable histoire d’un homme sans nom. Montrouge: Bayard.

 

Acerca del autor

Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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