Entrevistas

«El rasgo definitorio de la censura española no era la quema de libros, sino el expurgo»

Entrevistamos a Manuel Peña Díaz, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba.

Publicado en el número 10 de Descubrir la Historia.

Manuel Peña Díaz es catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba y especialista en el estudio de la vida cotidiana, la censura y la Inquisición. De familia de emigrados andaluces a Cataluña, se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Barcelona, donde dio sus primeros pasos en la investigación y docencia de la mano de reconocidos historiadores como Ricardo García Cárcel.

Manuel Peña Díaz

Desde entonces, sus investigaciones se han movido en gran medida en torno a temas relacionados con la llamada Historia Cultural, convirtiéndose en uno de los mayores expertos en este ámbito gracias a obras como Cataluña en el Renacimiento: Libros y lenguas (Milenio, 1996), El laberinto de los libros. Historia cultural de la Barcelona del Quinientos (Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1997) o Escribir y prohibir. Inquisición y censura en los Siglos de Oro (Cátedra, 2015). Asimismo, ha coordinado importantes obras colectivas como Las Españas que (no) pudieron ser. Herejías, exilios y otras conciencias (s. XVI-XX) (Universidad de Huelva, 2009) o La vida cotidiana en el mundo hispánico (siglos XVI-XVIII) (Adaba, 2012).

Además de todo ello, Manuel Peña Díaz también ha sido una persona preocupada por la divulgación de la historia hacia el gran público. Desde 2007 es director de la revista Andalucía en la Historia, editada por el Centro de Estudios Andaluces. En ella, profesores y periodistas culturales se aúnan para explicar la historia de Andalucía de una forma clara y comprensible. De todo ello nos habla en esta entrevista.

Pregunta. ¿En qué momento se dio cuenta de su interés por la Historia?

Respuesta. Fue en mi infancia cuando descubrí que mediante la Historia podía encontrar respuestas a las preguntas que me planteaba el presente, el de mis pueblos, el de mi familia, el de mis vecinos… Pero fue una maestra, Carmen Mingarro, la que me dio las primeras claves para aproximarme al pasado con cierta garantía. Después tuve unos magníficos profesores en el instituto (Cesáreo Villagrasa y Miguel Sánchez). En la Universidad Autónoma de Barcelona tuve la suerte de ser alumno de excelentes historiadores como Josep Fontana, pero sin duda quien más ha influido en mi modo de investigar, explicar y divulgar la Historia ha sido Ricardo García Cárcel.

P. ¿Cómo era el ambiente intelectual en la Universidad Autónoma de Barcelona en los años en los que fue estudiante? ¿Cuáles son los cambios más significativos que ve con respecto a la enseñanza y los planes de estudio actuales?

R. El ambiente era bueno. Los dos primeros años los cursé en nocturno, trabajaba de día, y el profesorado era bastante flojito, peor que el del instituto de bachillerato. Al quedarme en paro me pasé al diurno y fue cuando descubrí otra universidad. Ser alumno de Fontana o de García Cárcel, me marcaron mucho, pero serlo también, por ejemplo, de Alberto Blecua fue definitorio para mi interés por la historia cultural. Por nuestras clases pasaron historiadores como Pierre Vilar, Michel Vovelle, James Casey, entre muchos otros.

En tercero conocí a Carlos Martínez Shaw, que me ayudó mucho en la búsqueda de bibliografía sobre Historia de Andalucía. El ambiente fue mejorando a medida que nos íbamos acercando al final, en cuarto fundamos la revista Manuscrits y participé en mis primeros dos congresos. Y en quinto organizamos los primeros coloquios y mesas redondas y con amigos de la Universidad de Barcelona pusimos en marcha el Centro de Estudios de Historia Moderna ‘Pierre Vilar’. Lo único que enrarecía cada vez más el ambiente era el nacionalismo y sus exigencias de adhesión.

Entre mis compañeros de clase estaban historiadores tan reconocidos hoy día como Francisco Morente, Francesc Vilanova o Manuel Santirso. Y entre mis compañeros de andanzas intelectuales estuvieron Doris Moreno, José Luis Betrán o Javier Burgos.

¿Cambios significativos? Muchos. Me licencié en Filosofía y Letras, sección Historia. Eso lo dice todo. Cursábamos muchas asignaturas comunes en los tres primeros años, y nos especializábamos en segundo ciclo, con una oferta bastante limitada, con lo que podías buscar en otras licenciaturas (historia del arte, psicología, filología hispánica, etc.). Las asignaturas eran anuales y de largo recorrido. La atomización empezaba en los cursos de doctorado.

Portada de Escribir y prohibir. Inquisición y censura en los Siglos de Oro

P. La censura y la persecución de ideas desde el poder ha sido una constante en la historia, ¿qué diferencia existe entre la ejercida en la Edad Moderna con la de otros tiempos históricos?

R. Fueron las autoridades religiosas de fines del siglo XV las que tomaron conciencia de los riesgos que suponían la multiplicación de impresos sin permiso alguno. Aquí, los Reyes Católicos tardaron un poco más en darse cuenta que, sin un control de las publicaciones, su estabilidad política podía estar en peligro. La diferencia con otros tiempos históricos, los actuales, por ejemplo, es que las prácticas censorias no son la aplicación de normas amparadas por instituciones. Hoy día en nuestro mundo occidental esas prácticas restrictivas son más eficientes, amplias y diversas que hace dos siglos. Ahora el primer gran censor es la pareja mercado y redes, el segundo las ideologías identitarias, y el tercero el sistema educativo.

P. ¿Qué particularidades tenía la censura ejercida por la Monarquía Hispánica?

R. Era una combinación entre censura previa (civil y eclesiástica) y censura a posteriori (inquisitorial). Pero el rasgo más definitorio de la censura inquisitorial española no era la quema de libros o la destrucción sistemática sino el expurgo. Los libros podían circular con tachaduras, en el resto de Europa eso era impensable, un libro condenado debía ser destruido. Aquí no.

P. Hay quien dice que con la proliferación de las redes sociales estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo tipo de censura, más fuerte -dicen- que la ejercida por el poder tradicional, ¿cree que tiene algún sustento? ¿es comparable?

R. No está naciendo un nuevo tipo de censura, se está metamorfoseando la que ya existe. El que no esté establecida una censura previa, no significa que no exista la censura a posteriori con formas cambiantes y líquidas. Al cambiar las prácticas de lectura y escritura por los nuevos formatos y por las nuevas maneras de leer cambian también los controles y las prohibiciones. Internet y las redes sociales no son un espacio infinito de libertad sino una multiplicación permanente de la censura que, paradójicamente, se ampara en la libertad de expresión. Además, se añade el engaño de lo más divulgado que en es el resultado de la práctica del control de las indexaciones que hacen las empresas de comunicación. Y al revés. La censura ahora es también un algoritmo.

P. Existe una idea casi general que ofrece una imagen pacífica y dócil de la sociedad del Antiguo Régimen, pero ¿fue realmente así?, ¿qué estrategias de enfrentamiento con el poder existieron durante ese periodo?

R. Tontos no eran. Los cambios en la historia no se explican únicamente por las revoluciones y la lucha de clases. Existieron muchas formas de protesta, a veces visibles, en otras ocasiones escondidas. Existieron formas cotidianas de resistencia ante aquellos poderosos que no respetaban la economía moral de la multitud. Por ejemplo, cuando se especulaba con el precio del pan, si se llegaba al hambre se estaba legitimando el motín y el saqueo. Hay muchas manifestaciones de protestas que aún nos son desconocidas, pero que están esperando entre la documentación municipal a que las estudiemos.

Portada de Cataluña en el Renacimiento: libros y lenguas

P. Usted es director de Andalucía en la Historia, una revista divulgativa escrita por profesores universitarios. ¿Cómo nace el proyecto?

R. No sólo profesores universitarios, también periodistas culturales, profesores de secundaria, e incluso algunos estudiantes han publicado. La revista fue fundada por José Calvo Poyato en 2003 al calor de lo que se ha llamado «la revolución de los quioscos». Fue un boom de publicaciones y de demanda lectora. Ya pasó. Ahora vivimos otra época, por eso apostamos por la alta divulgación como signo de distinción de nuestra revista, gracias al trabajo del consejo de redacción coordinado por Alicia Almárcegui y del consejo editorial, compuesto por profesores y profesoras de las universidades andaluzas y de profesores de secundaria. Andalucía en la Historia es el fruto de un trabajo en equipo, en el que también se incluyen los casi mil suscriptores, gracias a estos y al resto de lectores salimos a la calle cada trimestre.

P. Andalucía en la Historia también posee una colección de biografías que, de momento, ha publicado las de Beatriz Pacheco y José Isidoro Morales, ¿qué objetivos pretende la colección?, ¿qué otros personajes serán incluidos en ella?

R. El principal objetivo es explicar momentos clave de la historia de Andalucía de la mano de un personaje histórico de segunda fila, no por su aportación sino porque o no es muy conocido o no se ha valorado en su justa medida su papel. El próximo es una biografía de Casiodoro de Reina, el reformador sevillano más importante para el protestantismo europeo, y que en Andalucía solo es recordado por los especialistas. Recomiendo la lectura de estos libros, pensados para estudiantes universitarios, disfrutarán mucho. Cuando los acaben verán que, por ejemplo, no pueden volver a Carmona, a Sevilla o a Huelva y ver esas ciudades de la misma manera que antes de leer los libros.

P. Parece que la divulgación siempre ha sido una asignatura pendiente para los profesionales de la Historia, ¿piensa que publicaciones como Andalucía en la Historia contribuyen a llenar ese hueco?

R. Sí, por supuesto. En los catorce años que Andalucía en la Historia lleva publicando dossieres y artículos algo hemos debido contribuir para que los profesionales quieran publicar en sus páginas. Sin divulgación de la historia no hay transferencia del conocimiento, hay que darle algo a la sociedad de lo mucho que contribuye el Estado con dinero público en investigaciones o en docencia universitaria. Es un gesto de honestidad y de compromiso ciudadano que, en nuestro caso, podemos realizar gracias al apoyo y a la extraordinaria labor que realiza el Centro de Estudios Andaluces que dirige Mercedes de Pablos.

Acerca del autor

Carlos Núñez del Pino

Licenciado en Historia y en Humanidades por la Universidad de Huelva y Máster en Estudios Históricos Avanzados por la Universidad de Sevilla.

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