Divulgación

Atila y los hunos, ¿villanos de la historia?

Atila y el pueblo huno han quedado en el imaginario colectivo como unos auténticos villanos. En este artículo desgranamos los motivos.

Publicado en el número 10 de Descubrir la Historia (julio de 2017).

Introducción

Entre los años 370-375 d.C., unos nuevos protagonistas entrarían en Europa desde las estepas euroasiáticas, causando un efecto dominó entre los pueblos. Empujados, los alanos y los ostrogodos desplazaron a los visigodos, viéndose obligados a cruzar el limes y entrar en el Imperio romano. Valente (364-378), emperador romano de la parte oriental, intentó asimilarlos, pero la situación empeoró hasta el punto de que las fuerzas godas y romanas se encontraron en Adrianópolis (378). La batalla de Adrianópolis supuso un duro golpe para el Imperio romano, ya que tres legiones y el mismísimo emperador cayeron.

Pero, ¿quiénes fueron los causantes de esta situación, aquellos que aparecieron desde las estepas? No fueron otros que los hunos y sólo su mención dispara en el imaginario colectivo occidental, después de 1500 años, una serie de ideas sobre barbarismo y destrucción que surgió ya con los autores grecorromanos y cristianos, que fueron recogidos por la tradición literaria y posteriormente perpetuado por el cine y los videojuegos. Imagen que se acentúa aún más con su mayor representante: su rey Atila, «el azote de Dios». En el presente artículo intentaremos exponer la historia de los hunos y la de Atila, e indagar qué hay de verdad o de ficción en esta imagen contrapuesta.

Antecedentes

Hacia mediados del siglo V d.C., Atila gobernaba una vasta extensión de tierras que abarcaba, aproximadamente, desde el Báltico hasta el río Don, lindando con el Imperio romano en los ríos Rin y Danubio y cuyo núcleo se encontraba en la actual Hungría. Consiguió unificar no sólo a los hunos, sino que también mantuvo la lealtad de multitud de pueblos germánicos y mantuvo unas relaciones de igual a igual con las dos administraciones imperiales romanas, conformando lo que algunos historiadores denominan el Imperio huno. Nunca antes tantas riquezas llegaron al norte europeo, conservándose su recuerdo en las sagas y cantares. Pero, ¿quiénes fueron los hunos y de dónde venían?

El pueblo huno supone un misterio, no exento de discusiones académicas, con respecto a sus orígenes e historia anterior a su llegada a Europa. Los hunos fueron un pueblo ágrafo, por lo que tenemos que recurrir a las descripciones dejadas por sus enemigos -además de a la arqueología-. Lo que sabemos con seguridad es que los hunos fueron nómadas procedentes de las estepas euroasiáticas. Su medio de vida principal fue el pastoreo, convirtiéndoles en unos espléndidos jinetes, diestros en el manejo del arco y del lazo. A esto se añadía el intercambio comercial del excedente generado por sus animales con las poblaciones sedentarias agrícolas y ocasionales expediciones de saqueo. A lomos de sus caballos, los hunos se lanzaban a ataques rápidos y repentinos que consistían en acosar al enemigo con una andanada de flechas desde sus monturas, retirarse y volver a atacar hasta romper la cohesión de la formación enemiga.

Autores como Amiano Marcelino los describe como unos seres próximos a los animales, feos -producto de los cortes en la cara y cráneos alargados (ya que se deformaban los cráneos, al vendarse las cabezas de los recién nacidos, provocando su alargamiento)-, cuya vida la pasaban a lomos de sus monturas, a lomos de sus monturas -animales feos pero duros-, comedores de carne cruda y cuya vestimenta la componían pieles. Junto con su nomadismo (aspecto negativo para la mentalidad grecorromana cimentada en ciudades), a los hunos se les aplicó todos los tópicos del «bárbaro» que la historiografía grecorromana había desarrollado, ya fueran ciertos o no.

En cuanto a su origen, que en el mundo antiguo se desconocía totalmente, pese a explicaciones peculiares como la de San Jerónimo. Este autor tenía claro que Dios los había liberado del Cáucaso, donde Alejandro Magno los encerró, para castigar los pecados de la Humanidad. Desde el siglo XVIII, con los primeros estudios europeos sobre las fuentes chinas, se postuló el origen xiongnu de los hunos. Los xiongnu conformaban una confederación de tribus, que aglutinaba pueblos de lengua altaica, muy influenciados por la cultura china, y que ocupaban los territorios desde Manchuria hasta el desierto del Gobi. Los xiongnu, al igual que los hunos posteriormente, eran ganaderos nómadas de las estepas que realizaban frecuentes razias a las tierras ricas del valle del Huang He. Ese sería el motivo por el cual, desde el período de los «Reinos Combatientes» (463-221 a.C.), los chinos construyeron una serie de murallas al norte del valle, que posteriormente serían unificadas por Qin Shihuang di («Primer Soberano Emperador», 221-209 a.C.), originando lo que en un futuro se llamaría la Gran Muralla. En 93 d.C., la confederación fue destruida, parte de la cual, según las crónicas chinas, huyó al oeste, siendo la última vez que los xiongnu aparecen en los registros. Serían estos últimos los que darían lugar a los hunos que llegarían a Europa.

Aunque, esta hipótesis se ha cuestionado desde diferentes campos de investigación (por ejemplo, desde la lingüística, ya que no está claro si su filiación era irania o turca). Tal vez, los antepasados de los hunos no procederían de los mismos xiongnu, sino de algún grupo vasallo a estos. Una de las críticas a la hipótesis xiongnu es el intervalo de casi trescientos años (desde la última vez que son mencionados en las fuentes chinas hasta la primera vez que se mencionan en las romanas).

También se ha especulado sobre la llegada de los hunos a Europa desde la Antigüedad. En uno de los fragmentos conservados de Eunapio de Sarde, nos explica que los hunos descubrieron Europa siguiendo el rastro de una cierva. Varias hipótesis actuales intentan explicarlo: desde el cambio climático y la búsqueda de pastos para sus rebaños hasta la continua guerra (ya sea por la atracción que suponía las riquezas del norte del mar Negro o la huida de alguna otra confederación más poderosa). La principal consecuencia de su llegada fue el empuje y consecuente emigración de los pueblos germánicos que irrumpieron dentro del Imperio. En 406, suevos, vándalos y alanos cruzaron el Rin, atravesaron la Galia y se asentaron en Hispania (409). Los vándalos no se quedarían mucho tiempo allí, ya que al mando de su rey Genserico darían el salto al norte de África (429). En cuanto a los visigodos, que derrotaron y dieron muerte a Valente en Adrianópolis, se dedicarían a saquear los Balcanes hasta que su líder Alarico (395-410) decidió trasladarse a Italia y saquear Roma (410).

En estos momentos, los hunos se asentaron a orillas del Danubio, acaudillados mediante varios reyezuelos. Los romanos usarían como mercenarios a los hunos para enfrentarse con aquellos pueblos, que paradójicamente habían provocado su emigración, convirtiéndose en los mejores aliados del Imperio. El contacto con el Imperio romano generó un cambio de mentalidad, abandonando la vida nómada y gestándose la idea de un Estado. Los hunos dedicaron el dinero romano y sus fuerzas a cimentar sus dominios entre los pueblos germanos, comprando su fidelidad. Uno de los primeros líderes que aparece en las fuentes, podría estar detrás del inicio de este proceso: Huldín, que hacía 400, era jefe de los mercenarios hunos al servicio del general romano Estilicón (359-408).

El reinado conjunto de los dos hermanos

Mapa aproximativo del imperio de Atila y el Imperio romano hacia el 450 d.C. (Wikimedia).

El siguiente en importancia que aparece en las fuentes clásicas fue Rúa, uno de los fundadores del Imperio huno, junto con sus hermanos Octar y Mundiuco. Los hermanos unificaron las diferentes tribus allende los ríos Rin y Danubio. El incipiente Imperio huno carecía de cualquier aparato estatal. Con seguridad, al igual que pasaba al otro lado del limes, cada hermano gobernaba una parte de este vasto imperio. Pero hacia 432, Octar y Mundiuco mueren y Rúa queda como único jefe militar no sólo de los hunos, sino también de gépidos, esciros, turingios, rugios, ostrogodos, francos, burgundios. Unidos por lazos personales a los vencedores hunos, su fidelidad era recompensada mediante el botín de las campañas militares y las razias. Las tribus juraban lealtad de por vida al rey (al igual que hacía cada guerrero con su jefe). Éste se comprometía a alojar, mantener y recompensar con el botín de guerra a las tribus. Eso explica el por qué Rúa emprenda campañas de saqueo contra el Imperio romano de Oriente, que Teodosio II (408-450) frena un ataque con grandes cantidades de oro.

Por estas mismas fechas, el general romano de Valentiniano III (emperador de Occidente, 424-455), Flavio Aecio se dedicó a consolidar su poder en la Galia gracias a los mercenarios hunos proporcionados por su amigo y aliado Rúa. Aecio, considerado el último general romano, fue rehén entre los hunos en su infancia (con los que aprendió su idioma, sus tácticas de lucha y cimentó alianzas y amistades). Con este contingente mercenario derrotó al incipiente reino visigodo de Tolosa.

Hacia el año 434, Rúa muere. El poder pasa a sus dos sobrinos, hijos de Mundiuco: Bleda y Atila. Nuestro protagonista nacería hacia 406 y probablemente su nombre fuera un diminutivo de la palabra gótica atta («padre»). En cuanto a su hermano Bleda, nos es poco conocido, exceptuando su afición a un bufón que llevaba con él. Los hermanos continuaron la política de saquear el Oriente romano.

Ya sea como causa o excusa, el saqueo de un cementerio huno por parte del obispo de Margo (sin olvidar que las tropas romanas de Oriente se encontraban en Sicilia para tratar de recuperar Cartago, que había caído en manos de los vándalos), los hunos cruzaron el Danubio entre 440 o 441 y llegaron a saquear y arrasar hasta sus cimientos las ciudades que encontraron a su paso. Es curioso, que estos «bárbaros» aprendieron las tácticas poliorcéticas del ejército romano. En 442, Constantinopla firmó un tratado de paz, en el cual Teodosio II tendría que dar a los hunos un tributo anual, así como el pago por el rescate de los prisioneros romanos y la entrega de los desertores hunos.

Detrás de estas campañas de saqueo no se esconde la avaricia desmedida de un tirano, sino la política de mantenimiento de lealtades. Aquellos caudillos que salían victoriosos y obtenía riquezas que redistribuían entre sus guerreros y tribus aliadas, era un reclamo para los demás. Por consiguiente, Atila volvió a lanzar otro ataque. Esta vez porque se dejó de pagar el tributo en el momento en que Atila se encontraba ocupado en consolidar su autoridad a lo largo del Imperio.

Tras ocho años de reinado conjunto, entre 444 o 445 Bleda muere en un accidente de caza como cuentan las fuentes contemporáneas. Posteriormente, Atila fue acusado de estar detrás de un complot para acabar con su hermano y quedar como único soberano. Es posible que existiera tal complot, pero tampoco sería motivo para demonizarlo. No podemos olvidar que, por poner un ejemplo y según contaban sus relatos, Roma se fundó en un fratricidio. El caso es que las esposas de Bleda conservaron sus tierras y propiedades. Así que, en 447, una vez más, los hunos avanzaron hacia Constantinopla, llegando a las mismísimas murallas.

Se cuenta que las murallas se encontraban dañadas tras un terremoto y que, ante la amenaza de Atila, el prefecto del pretorio movilizó a todos los habitantes de la ciudad para reconstruirlas. Según rezaba una inscripción: «ni siquiera Atenea habría podido reconstruir [los muros] más rápido ni mejor». Aun así, Atila aniquiló un ejército romano, quedando los Balcanes a merced de la rapiña de los hunos. «Hasta los monjes querían escapar a Jerusalén», según comentaba un contemporáneo.

De nuevo, Teodosio II se vio obligado a concertar un nuevo tratado de paz. Recogida por Prisco, conocemos muy bien la embajada que se envió en 448. Prisco acompañó a su amigo, el general Maximiano. En esa misma embajada se fraguó una conspiración para intentar acabar con Atila organizada por el eunuco Crisafio, mano derecha de Teodosio II, el huno Edica y su intérprete Vigilas. El complot fracasó y Atila acordó un tratado con unas condiciones aún más duras: los romanos no sólo pagarían el oro que les debía, sino que además del tributo anual, la entrega de los desertores hunos y el rescate en unos doce sólidos de oro por cada prisionero romano. También se haría entrega de unas tierras al sur del Danubio. Pero, sin duda, lo más interesante del relato que hace Prisco de esta embajada es la descripción de la figura de Atila y de su corte, muy alejada de la imagen que se tiene del huno.

Atila, rey de los hunos

La descripción de Atila es la de un hombre arrogante y orgulloso, amante de la guerra, pero que sabía mantener el control. Los suficientemente duro para poder gobernar a tantos pueblos y dirigir a sus hombres al combate, pero justo a la hora de aplicar las leyes, clemente y generoso. Prisco, que conoció en persona a Atila, parece una excepción al describirlo.

Atila y su corte se alojaba en lo que Prisco consideró una aldea, que por su extensión parecía más una ciudad, con edificaciones de piedra y madera, como el palacio donde se alojaba Atila, donde solía residir, junto con sus esposas (elegidas entre las hijas de otros jefes hunos y vasallos germanos) y que prefería a las ciudades conquistadas a los romanos. Para asombro de nuestro autor, allí encontraría unas termas romanas mandadas construir por Atila. También asombró a Prisco el modo en que se condujo Atila en el banquete. Atila apareció ante sus hombres y los embajadores romanos con vestidos sencillos y limpios, sin adornos de oro o piedras preciosos, como sí llevaban sus hombres. Dando una imagen de austeridad, comió en un plato de madera, pese a que sus hombres comían en bandejas y copas de oro y plata.

Atila creó una cancillería de escribas que le mantenía en contacto con todo su imperio, así como con otras cancillerías. Entre los funcionarios que trabajaban para él había romanos. Fue el caso de Flavio Orestes, padre del futuro último emperador de Occidente, Rómulo Augústulo (475-476). Sustituyendo a la vieja nobleza, se supo rodear de un grupo de notables hunos y germanos, que le profesaban una gran lealtad. Oportunamente, su llegada al poder fue sancionada por los dioses, ya que se descubrió y se le hizo entrega de la espada perdida del dios de la guerra.

Pese a los juramentos y los matrimonios que estrechaban lazos con otros jefes, Atila necesitaba victorias y botín para mantener su poder y conservar las fidelidades. Así que volvió su atención a los asuntos de Occidente. Los principales motivos que le llevaron a esta decisión fueron, por un lado, un nuevo emperador en Oriente, Marciano (450-457), que se mantuvo enérgico contra las amenazas del huno y anuló las entregas de tributos, y, por otro, una misiva que vino con una súplica de ayuda de la hermana de Valentiniano III, Honoria.

Junto con su anillo y una cantidad de dinero, en la carta, la princesa le contaba que había quedado embarazada tras un escándalo cortesano y forzada a casarse con un senador y le pedía que la librara del matrimonio (tal vez, Honoria tenía en mente a su madre, Gala Placidia (392–450), hija de Teodosio I (378-395), que fue hecha prisionera por Alarico al saquear la ciudad y luego fue esposa de Ataúlfo (410-415). Posteriormente, fue liberada por el rey Walia (415-418)). Atila al recibir el anillo de la princesa creyó realmente, o propagó la idea, que se ofrecía en matrimonio, así que reclamó como dote de boda la mitad de Occidente. Al descubrirse la trama, Valentiniano III retiró el título de augusta a su hermana. Detrás de tal decisión se encontraba también Aecio, que había conseguido prometer a su hijo con una de las hijas del emperador. Sus esperanzas estaban puestas en el hecho de que el emperador aún no contaba con hijos varones y, por lo tanto, podía colocar un nieto en el trono.

En 450, Atila reunió a sus hombres y aliados y cruzó el Rin. En la Galia, asaltó y saqueó ciudades como Tréveris, Worms, Estrasburgo, Metz, Reims o Tongres. En la defensa de las ciudades, cabe destacar el papel jugado por los obispos e incluso la figura de Santa Genoveva, que consiguió frenar la huida de los habitantes de París. En 451, al acercarse a Orleans, el rey alano Segibano le prometió abrir las puertas de la ciudad. Pero a última hora, no cumplió con lo pactado, tal vez debido a la proximidad de Aecio.

El encuentro de León Magno con Atila. Fresco de Rafael Sanzio (Wikimedia).

El general romano no se quedó de brazos cruzados, sino que junto con el ejército romano que comandaba, consiguió la alianza de su antiguo enemigo Teodorico (418-451), rey de los visigodos, así como de francos, sármatas, alanos, armoricanos, licitanos, burgundios, sajones riparios y olibriones. Probablemente, el ejército aliado de Aecio y Teodorico superaba en número al de Atila, quien se retiró del cerco de Orleans (según algunos relatos había comenzado a saquearla cuando llegó Aecio) y acampó en los Campos Cataláunicos (también conocidos como Campos Mauriacus), en la Champaña, en algún punto entre Châlons (por lo que también recibe el nombre de batalla de Châlons) y Troyes.

Allí se medirían las fuerzas de hunos y romanos-visigodos y sus respectivos aliados. Atila recibió malos presagios de sus chamanes, que le auguraban la derrota y la muerte de uno de sus rivales, lo que subyace tras la anécdota es que Atila no quería librar esa batalla y de que su táctica de obligar a firmar a Rávena un tratado de paz que conllevara un tributo anual, que le había funcionado en Oriente, había fracasado ante la alianza inesperada de romanos y visigodos. Pese a todo, Atila luchó y fue derrotado. Como predijeron los chamanes, Teodorico cayó en batalla. Al final de la jornada, la superioridad numérica de romanos y visigodos provocó la retirada de Atila a su campamento.

Al día siguiente, Aecio impidió el asalto al campamento de Atila propuesto por Turismundo, hijo de Teodorico y nuevo rey de los visigodos, que clamaba venganza. Aecio tenía sus motivos al dejar marchar al huno. Si eliminaba a éste, la alianza con los visigodos se disolvería, lo que convertiría a éstos en el nuevo poder hegemónico en la Galia. Por lo tanto, dejando escapar a Atila, tenía asegurado un contrapeso con que contraatacar a los visigodos.

Vuelta a sus bases de Hungría y minada su reputación por la derrota de los Campos Cataláunicos, se vuelve a lanzar hacia Occidente en 452, atacando directamente Italia. En el norte de Italia, Atila toma varias ciudades como Padua, Verona o Aquileya (serán los habitantes de esta ciudad quienes se refugiarían en las islas pantanosas de la costa, dando lugar más tarde a la ciudad de Venecia). Milán se salvó, aunque cayó en manos de Atila. Valentiniano III huyó a Rávena, ciudad pantanosa y difícil de tomar. Por lo que Atila decide dirigirse contra Roma. Desde el siglo III, Roma fue perdiendo importancia, quedando como un mero símbolo. La capital se encontraba allá donde iba los emperadores y su corte.

Pero a orillas del río Mincio, cerca de Mantua, al paso del ejército huno se presentó una embajada dirigida por el papa León I (440-461) y otros potentados de Roma. Desconocemos lo que se habló, pero el resultado fue la retirada de Atila de Italia.  Posteriormente, la Iglesia Católica mitificaría el encuentro. Al lado de León, aparecieron San Pedro y San Pablo armados, ante lo cual Atila huyó aterrorizado. Por ello, León I pasó a llamarse el Magno por salvar de la cristiandad. Desde luego el papa no sólo iba cargado con buenas palabras, sino que consigo llevaba el suficiente oro para hacer recapacitar a huno. Sus chamanes conminaron a no continuar puesto que encontraban malos presagios (el recuerdo de Alarico estaba aún reciente, ya que, tras saquear Roma, el visigodo murió al poco después). Atila no le convenía más avanzar: sus aspiraciones con Honoria se habían esfumado con la muerte de esta, estaba cargado del suficiente botín como para volver a casa y mantener las fidelidades de las tribus, su ejército padecía una hambruna por la escasez de víveres y diezmado por los combates y las enfermedades.

El fin del reino huno y su herencia

Al año siguiente, Atila contrae nuevas nupcias con la joven burgundia Idilco. En la misma noche, el «Señor de todo el Universo» moría ahogado en su propia sangre al sufrir una hemorragia nasal mientras dormía. En la misma noche, el emperador Marciano soñó que «de pie ante él, una figura divina le mostraba (…) el arco de Atila [el arco era un símbolo de autoridad entre los hunos] quedaría roto». Para los hunos, la muerte de su líder, sin padecer de vejez o de enfermedad, fue visto nuevamente como un signo favorable de los dioses. Su cuerpo fue enterrado en algún punto de Hungría, en un sarcófago cubierto de tres capas de metales: una de oro y de plata, que simbolizaban que había recibido tributos de dos imperios y otra de hierro, simbolizando que fue fruto de la guerra. Como ajuar, se llevó consigo las armas arrebatadas al enemigo, además de un cuantioso tesoro seleccionado de sus campañas. Aquellos trabajadores que construyeron su tumba fueron eliminados. Sus guerreros más fieles le lloraron con sangre al herirse la cara con sus propias armas (curiosamente, pasado los siglos, todo este ceremonial se volvería a repetir con ocasión de la muerte de Gengis Khan).

Su vasto imperio no sobrevivió a su muerte. Fue dividido por sus numerosos hijos, muchas tribus sin la autoridad de Atila, a quien le habían jurado fidelidad, recobraron la libertad, como fue el caso de los ostrogodos, que derrotaron a los hunos en las orillas del río Nedao (453). Los supervivientes volvieron enrolarse como cuerpos mercenarios para los romanos.

El reino huno fue efímero en su paso por Europa. Pero su fama nefasta se mantendría como la quinta esencia de lo apocalíptico. Como decíamos al principio, mencionar a los hunos o a Atila es evocar el barbarismo y la destrucción más pura. La leyenda negra comenzó con los autores grecorromanos y cristianos que como hemos visto tiñeron sus descripciones de tópicos y estereotipos contra los pueblos nómadas. Puede que sus acciones como líder militar estuvieran a la par con la de otros personajes que ha pasado a la historia con una mejor fortuna, como es el caso de Alejandro Magno o la de Julio César.

Cartel de la Primera Guerra Mundial
(1918), que con el rótulo de «Halt the
Hun» (detener al huno), se representa a
un soldado estadounidense impidiendo
que que un soldado alemán (con el que se
asocia los hunos) haga daño a una madre y
a su bebé.

La mala fama de los hunos se acrecienta aún más por el hecho de que estuvieron al final del Imperio romano de Occidente (476) y dieron paso a la Edad Media, es decir, de un período glorioso y dorado a la oscura y decadente etapa del medioevo. Tal es la importancia que le otorgan algunos estudiosos al impacto de los hunos que, por ejemplo, a la batalla de los Campos Cataláunicos se la ha denominado a veces como una de «las batallas más decisivas de la historia», cuando según el relato histórico no entrañó una desaparición de la amenaza huna. Del mismo modo, tampoco habría que exagerar las campañas de Atila.

La imagen terrible de Atila prevaleció en la tradición de Europa: en las sagas de Noruega y de Islandia aparece, así como en el Cantar de los Nibelungos. No hubo ningún movimiento romántico o nacionalista que reivindicara su figura, como sí ocurrió con otros bárbaros, como es el caso de Vercigetórix en Francia, Arimino en Alemania o Boudica en el Reino Unido (aunque en Hungría hay movimientos de reivindicación de la figura del huno, el hecho más palpable es que el nombre de Atila es muy común y popular). Esa imagen ha ido cultivándose a lo largo del tiempo, tanto en literatura como en el teatro, el arte, el cine o los videojuegos. El impacto del cine, que bebe directamente del arte, ha conservado aún más la imagen del huno como un pueblo vestido con pieles, iletrados, sedientos de sangre y a su líder como un tirano ambicioso y sin escrúpulos.

Pese a ello, la fama de los hunos y de Atila se mantiene viva y simbolizan a uno de los villanos más pérfidos de la Historia, pese que a que la fuente clásica más cercana a él lo retrate como un líder justo, clemente y generoso. Simplemente, pese a que Atila se comportara como cualquier otro líder, con sus luces y sombras, y que los hunos no dejaran de ser más violentos que los demás pueblos, el imaginario colectivo occidental necesita de un villano con el que poder exorcizar sus temores.

Para saber más:

Bock, S. (1991). Los Hunos: tradición e historia. Murcia: Universidad de Murcia.

Cameron, A. (1998). El mundo mediterráneo en la Antigüedad Tardía 395-600. Barcelona: Crítica.

Guzmán Armario, F. J. (2015). «Todos los Atilas posibles. La poliédrica imagen de un bárbaro en el cine». Lampeña Marchena, O. y Pérez Murillo, Mª. D. (eds.) El poder a través de la representación fílmica. París: Université Paris-Sud. Paris. Pp. 145-158.

Heather, P. (2006). La caída del imperio romano. Barcelona: Crítica.

Matyszak, Ph. (2005). Los enemigos de Roma. Madird: Oberon.

Acerca del autor

Antonio Arteaga Infantes

Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla, en los itinerarios de Historia Antigua y Arqueología. Actualmente cursando el Máster de Estudios Históricos Avanzados en la Universidad de Sevilla. Interesado en el mundo antiguo en general, especialmente en el mundo grecorromano, Antigüedad Tardía y el mundo de Asia Central y Oriental.

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