Divulgación

Alfonso X, el rey que quiso ser emperador

En este artículo nos hemos propuesto llevar al gran público una breve biografía de una de las grandes figuras del Medievo, prestando especial atención a su obra legislativa y su política expansiva, así como la visión que este rey tuvo de la instrucción monárquica y su relación con los dos grandes poderes universales de su momento

Publicado en el número 10 de Descubrir la Historia (julio de 2017).

Artículo escrito por Luis Tremblay Alés y Daniel Becerra Fernández.

Introducción

Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y de León, comenzó a reinar a la edad de treinta años, tras suceder a su padre Fernando III el Santo. Su madre, Beatriz de Suabia, pertenecía a la familia imperial de los Hohenstaufen, uno de los grandes linajes alemanes. Esta figura clave del Medievo europeo estaba emparentada con las casas gobernantes en Castilla y León, del Sacro Imperio Romano Germánico y con la familia imperial de Oriente. Como infante tuvo una gran formación, ya que le fueron concebidos poderes de gobierno en León, así como en diversos señoríos jurisdiccionales. Alfonso participó activamente en la conquista de estas tierras junto con su padre y cabe mencionar en esta breve introducción que se consideraba así mismo gibelino y tenía una visión peculiar de la figura del rey que analizaremos más adelante.

Infante don Alfonso

Fernando III el Santo (Wikimedia).

Alfonso X, siendo infante (1221 – 1252), fue el encargado de conquistar, organizar y repoblar el reino de Murcia, por cuya capital sintió un gran cariño según nos muestran las fuentes escritas. El infante don Alfonso quiso participar en la guerra civil portuguesa sin el consentimiento de su padre, lo que pudo haber ocasionado un enfrentamiento bélico de primer nivel entre Fernando III y Portugal. Intervino del lado de Sancho II, apodado Capelo o el Piadoso, lo que fue un estrepitoso fracaso ya que éste fue derrotado. Don Alfonso casó con Violante de Aragón y así reforzó los vínculos dinásticos con la corona aragonesa.

Este ilustre personaje participó en la conquista castellana de Sevilla junto con su padre, Fernando III. Se sabe que estableció su campamento en la Buhaira sevillana antes de la capitulación definitiva de la ciudad. Las fuentes de la época nos muestran que con Fernando III y Alfonso X la Reconquista había llegado a su fin, ya que se conquistó Andalucía y los reinos musulmanes que quedaban se definían como vasallos del monarca castellanoleonés. Se llegó a un acuerdo con Portugal tras la ayuda prestada por Alfonso a Sancho II Capelo, por la cual se reconocía el vasallaje de Niebla a Castilla, y por ende el Algarve. Con todo esto vemos que Alfonso tenía en mente la creación de un Imperio Hispánico basado en la hegemonía castellanoleonesa sobre los demás reinos hispano-cristianos de la Península y su referente a seguir fue Alfonso VII el Emperador. Esta mentalidad «imperialista» también se observó en el interés que mostró por intervenir en Navarra aprovechando que el rey Teobaldo II era aún un niño. La justificación para crear este Imperio consistió en que su reino era el más poderoso de España y por haber sometido a los vestigios de Al-Ándalus a tributación, además tenemos el precedente de su padre que reclamó el título de Emperador de España para él.

Un rey en busca de un Imperio (1252 – 1284)

Alfonso tuvo una relación complicada con muchos miembros de su familia y podríamos resaltar el enfrentamiento con su hermano Enrique, hijo de Juana de Potieu, por el reparto de Sevilla, debido a que anuló muchos de sus derechos. Este rey castellanoleonés consiguió de Portugal que le reconociese el dominio sobre el Algarve en usufructo. Se hace patente en los primeros años de reinado de Alfonso X que consideraba que su estado estaba compuesto por tres bloques diferenciados Castilla, León y Andalucía. Esto se aprecia en los títulos que el monarca utilizó: rey de Castilla, de León y de Andalucía. El empleo de esta intitulación duró poco y pronto empezó a utilizar los títulos de rey de Jaén, Córdoba y Sevilla.

Jaime I de Aragón receló en exceso de Alfonso por su intervención en Gascuña y por sus intentos de influir en el reino navarro, lo que iba en contra de sus aspiraciones y en contra de los intereses de la Corona de Aragón. Por todo ello, Alfonso, tuvo que entrar en contactos muy intensos con Inglaterra y granjearse su amistad.

La visión política de Alfonso X se caracterizaba principalmente por la supremacía del poder real frente a la nobleza y los magnates del reino, así como una independencia total de los dos poderes universales del Medievo europeo, el Papado y el Imperio, como se aprecia en las Partidas. Todo esto, no nos puede hacer olvidar su empecinamiento por ostentar la dignidad imperial, lo que nos lleva a ver una cierta incoherencia en sus ideas políticas, o por lo menos en lo referente a la supremacía política. El Fuero Real y el Especulo fueron una renovación legislativa y un avance del derecho romano de gran alcance. El Fuero Real supuso una cierta unificación jurídica del reino, aunque en la práctica esto no se dio hasta el reinado de Alfonso XI, y el aumento del poder real, así como la creación de una nueva monarquía no al estilo feudal, sino un precedente claro de lo que con el devenir de los años se conoció como el Estado Moderno. Se ha de destacar en estas líneas que el rey aparece reflejado en esta obra como vicario de Cristo en la Tierra, elemento político recuperado en el siglo XVIII por la Casa de Borbón. El Fuero Real se introdujo primero en las villas que no habían tenido fueros previamente, principalmente en Castilla la Vieja y después por el mediodía peninsular. El Especulo (o Espejo de Leyes) no fue un borrador de las primeras partidas y tuvo como objetivos principales el regular la relación de la nobleza con la corona, establecer la supremacía regia y la administración territorial. Esta obra estuvo muy vinculada al derecho leonés, lo que supuso que fuese difícil de aceptar por los habitantes de Castilla y que no se pudiera implementar, aunque gran cantidad del material jurídico de esta obra se utilizó para la elaboración de los fueros.

Representación de Jaime I de Aragón (Wikimedia).

Los proyectos más destacables de Alfonso X fueron el Fecho de Allende y el Fecho del Imperio. El Fecho de Allende era el proyecto de una cruzada contra los musulmanes del norte de África, para lo cual se pidió apoyo a la Santa Sede para quedarse con parte del diezmo y se llegó a acuerdos con Inglaterra para que participase en la campaña. A causa de esta empresa se ampliaron las atarazanas de Sevilla. Esta cruzada se veía como una continuación de la Reconquista y como una plataforma propagandística para que Alfonso fuese elegido Emperador. El Fecho del Imperio consistía en conseguir que Alfonso X ocupase la dignidad imperial, en tanto era un descendiente de la familia de los Staufen y además contaba con el prestigio de estar vinculado dinásticamente al imperio bizantino. Este proyecto comenzó con la llegada de una embajada pisana que representaba a las ciudades gibelinas del norte de Italia, que proponía que Alfonso X debía alcanzar el título de emperador del Sacro Imperio Romano Germano. El rey Sabio siempre reclamó el ducado de Suabia como parte de su herencia, hecho que se tornó más insistente cuando se vio obligado a desistir en su ambición imperial. Este proyecto universalista suponía una contradicción a su visión monárquica expresada en su obra legislativa, ya que él consideraba que un rey era emperador en su reino (totus rex est imperator in regno suo), o lo que es lo mismo que un rey tenía total independencia en su reino. Alfonso X fue elegido Rey de Romanos (heredero imperial) por la mayoría de los príncipes electores alemanes, pero Ricardo de Cornualles apareció como aspirante al trono imperial y fue coronado en Aquisgrán.

Las Partidas fueron la gran obra legislativa del heredero del Rey Santo para sus reinos, en las que el monarca aparece revestido de una autoridad que en ese momento correspondía teóricamente a las dos instituciones universales. En esta obra el rey se presenta como gobernante supremo de su reino y vicario de Dios, por lo que el papa y el emperador no están por encima de él. Las Partidas suponen una expansión del derecho romano y del derecho canónico, y se dividen en siete libros.

El diezmo destinado para la cruzada que mencionamos previamente contra los musulmanes del norte de África fue destinado a acciones bélicas contra Jerez y contra el reino de Niebla. Jerez cayó en manos del monarca castellanoleonés, lo que abría las puertas a los castellanos para conquistar Cádiz y todo su territorio circundante. La población mudéjar de Jerez permaneció tras esta campaña, pero con nuevas obligaciones para con sus conquistadores. También se gastó el presupuesto destinado para el Fecho de Allende en la conquista de Niebla, la cual tenía el control del Algarve y de parte de la actual provincia de Huelva. Se piensa que la conquista de Niebla, antiguo estado vasallo, se llevó a cabo por el temor a tener un reino mahometano tan cerca de Sevilla y para controlar efectivamente el Algarve ante un previsible avance portugués. Se argumentó que el Algarve debía formar parte de la Corona de Castilla, ya que Niebla había sido vasallo castellanoleonés, aunque esto suponía reconocer la legitimidad del poder islámico en la Península, algo que siempre se había considerado ilegitimo debido a que los musulmanes eran considerados invasores y por tanto no tenían legitimidad alguna en lo referente al dominio territorial. Este argumento no sería muy válido si nos atenemos a la mentalidad de los hispano-cristianos del siglo XIII.

Alfonso X en el prólogo del Códice Rico de las Cantiga de Santa María.
(Wikimedia).

Durante el reinado de Alfonso X se produjo una revuelta de los mudéjares apoyada por el hasta entonces vasallo granadino Muhammad I, que rompió su vasallaje en 1264. Este apoyo granadino a los mudéjares castellanos se puede entender como una actuación defensiva ante el avance castellano sobre los territorios musulmanes como Niebla. Esta sublevación de los musulmanes se debió también en parte al incumplimiento de muchos de los acuerdos alcanzados con ellos tras las capitulaciones de sus respectivas poblaciones, ya que Alfonso X se saltó muchos de estos acuerdos atendiendo a su propio interés. Granada también apoyó al bando anticastellano en un conflicto dinástico en Murcia, que hasta entonces era una especie de protectorado castellano. Las principales características de esta sublevación fueron el secretismo de su organización y la simultaneidad con la que se llevó a cabo. Cabe destacar que la revuelta tuvo como objetivo capturar al rey y a su familia en Sevilla. La revuelta mudéjar se dio en Murcia y en Andalucía simultáneamente, y a su vez el emirato granadino atacó las fronteras. La primera ciudad importante en caer fue Jerez y como respuesta Alfonso X convocó una cruzada contra Granada con apoyo de Jaime I de Aragón. Jaime I se encargó de actuar sobre Murcia y Alfonso X sobre Andalucía a la vez que los benimerines, la nueva potencia magrebí, tomaban posesiones en el Estrecho de Gibraltar. Nos encontramos al rey en la Vega de Granada en 1265 tras sus éxitos militares, lo cual hace que Granada deje de apoyar a los rebeldes y se llega al tratado de Alcalá de Abenzide, por el cual Granada vuelve a ser tributaria, pero no vasalla. Este tratado deja las manos libres a Alfonso X para acabar con los últimos focos rebeldes. Murcia cayó también en manos de Jaime I que cedió su control a Alfonso X a cambio de ciertas plazas que había reivindicado con anterioridad. Las órdenes militares se hicieron con el control de muchas de las plazas de la frontera tras el fin de la revuelta y el Algarve pasó entonces a manos portuguesas por el apoyo recibido. Se ha de mencionar que, tras la sublevación mudéjar, el rey castellano repobló territorios andaluces y se suprimieron muchos de los pactos con los mudéjares. El tratado de Alcalá de Abenzide se rompió pronto por el apoyo de Alfonso a los Ashqislula, linaje poderoso del emirato granadino que actuaba de contrapeso al poder nazarí. Incluso se llegó a pensar en una invasión castellana del emirato con el apoyo de esta familia.

Un hecho de importancia capital en el reinado de Alfonso X fue la revuelta de los nobles, ya que supuso que el rey renunciase a gran cantidad de sus principios ideológicos sobre el carácter de la monarquía, ya que los nobles consideraban nefasta la visión moderna de la realeza y preferían la visión medieval en la que el rey era un Primus Inter Pares. Como precedente nos encontramos con la sublevación del infante Don Enrique y de Diego López de Haro, Señor de Vizcaya. Los nobles no habían sido muy eficaces en la sublevación mudéjar, lo que no había sido del agrado del monarca. En las Cortes de Burgos de 1272 se mostró una lista de agravios que según los procuradores sufrían por parte de la corona. La defección nobiliaria estuvo encabezada por Don Nuño y a su vez Alfonso X pidió en estos momentos que los nobles fueran a defender las fronteras, a lo que ellos se negaron y además se reunieron sin su permiso con el rey de Navarra. Los notables castellanos y leoneses decidieron romper el vasallaje con Alfonso X e irse a Granada, haciéndose vasallos del emir granadino, aunque ellos querían en realidad exiliarse en Navarra. La última oferta de Alfonso X fue renunciar a sus principios políticos y aceptar la destrucción de las pueblas nuevas de Castilla y León y solicitar los servicios a las cortes cuando fuera necesario. Esto supuso que los nobles sublevados rompieran el vasallaje que habían establecido con el emir nazarí y regresaran a Castilla. Alfonso X necesitaba a los nobles en estos momentos para tener pacificado el reino con vistas a partir al Imperio y para llevar a cabo otras empresas. Las consecuencias de esta actitud sediciosa de los nobles fueron: el aumento de su poder, la disminución del poder regio y la visión de los nobles como defensores de los pueblos. También debemos resaltar el carácter díscolo de los obispos, que fueron también muy críticos con la actuación regia.

Sello de Ricardo, conde de Cornualles (Wikimedia).

Alfonso X marchó al Imperio con la expectativa de ser oficialmente coronado emperador, ya que el otro candidato, Ricardo de Cornualles había muerto. El principal problema de Alfonso X fue el papa Gregorio X que no fue partidario de su elección. El infante don Fernando de la Cerda fue el regente durante su viaje y casi entró en Navarra. En estos momentos Rodolfo I había sido elegido como Rey de Romanos y Rey de Alemania, por lo que Alfonso X se reunió con el papa en Belaire (Francia) y con ello se puso fin a las aspiraciones al Imperio, aunque consiguió que el papa le asegurase que recuperaría el ducado de Suabia y que intervendría en la liberación de su hermano Enrique, capturado por Carlos de Anjou. Mientras Alfonso X estaba fuera se produjo la invasión de los benimerines y la muerte de su hijo y regente.

La guerra civil entre Alfonso X y su hijo Sancho

Con la muerte del primogénito del rey surgió un gran problema sucesorio entre el segundo de los hijos de Alfonso X, Sancho, y los Infantes de la Cerda, hijos de Fernando de la Cerda. Alfonso X se inclinó en un principio por Sancho, aunque según el derecho romano introducido en las Partidas, deberían ser los hijos del primogénito del monarca. Posteriormente se posicionó a favor de los Infantes de la Cerda por la presión de Felipe III de Francia y de la reina Violante. Es en este momento, cuando se pretendió crear en Jaén un reino para el primogénito de Fernando de la Cerda, lo que le llevó a enfrentarse con su hijo Sancho. Esto se produjo en un momento en el que el rey estaba pasando por problemas de salud mental, lo que en parte se vio en la decisión de Alfonso X de ejecutar a su hermano Don Fadrique por su conjura en 1277. Los ricoshombres del reino perseguían expulsar al rey y repartirse el reino según la cantiga 235. La reina huyó a Aragón con los Infantes de la Cerda por miedo a las represalias contra sus hijos al no contar con los apoyos suficientes, aunque posteriormente volvió, pero no con sus hijos que se quedaron en Játiva, ya que el rey aragonés pretendía usarlos como baza en una futura negociación. Hay que enmarcar que contemporáneamente a estos hechos se produjo el desastre de Algeciras, lo que fue un gran mazazo para las conciencias del reino, la destrucción de la flota y la reanudación de la guerra contra Granada. El infante Sancho se hizo con el apoyo de la Iglesia, los nobles y las órdenes militares a cambió de promesas de privilegios, y, a su vez, Felipe III de Francia se posicionó como mediador en el conflicto sucesorio. Alfonso X no estaba dispuesto a dividir el reino, aunque contempló dividir los territorios que él había conquistado siguiendo así la tradición de que el primogénito heredaba el reino nuclear, el que el rey había recibido de sus padres, y los demás hijos se repartían los territorios conquistados.

En la Asamblea de Valladolid del 20 de abril 1282 se acordó destituir al monarca, lo que suponía un auténtico golpe de estado, con unos argumentos muy débiles. La mayoría de las fuerzas políticas apoyaron a Sancho, así como su familia. Alfonso X practicó una política de conciliación con muchos de los que asistieron a la Asamblea de Valladolid, para poder atraerse a los que deseaban abandonar el bando del infante Sancho. Curiosamente fue su antiguo enemigo, Abu Yusuf (emir de los benimerines), el que prestó un apoyo más decidido al monarca castellano. Alfonso X maldijo y desheredo a Sancho desde Sevilla y muchos se cambiaron de bando, volviendo a ser leales al rey. El papa Martín IV se posicionó del lado de Alfonso, por ello y por todo lo antes mencionados vemos que en 1283 la balanza se decantaba del lado del Rey Sabio. En este momento tan favorable para el bando de Alfonso fue cuando se produjo la defunción del monarca.

Sancho IV de Castilla y de León (Wikimedia).

El testamento de Alfonso X dejaba como herederos a los Infantes de la Cerda y de morir ellos el reino pasaría a manos francesas. La institución que mejor salía beneficiada del testamento de Alfonso X era la catedral de Sevilla, a la cual dejó grandes privilegios y donaciones. Se habla en el testamento de la división del reino, algo que choca con la mentalidad del rey, como hemos visto en las Partidas, y puede que sea debido a la débil salud mental de Alfonso X en sus últimos años. Por último, mencionar que Alfonso X dejó en su testamento estipulado que se pagasen las deudas y que se les diesen rentas a sus hijos ilegítimos. Las últimas voluntades del monarca no se llegaron a cumplir, ya que a su muerte todos se pasaron al bando de Sancho, ya coronado en Toledo como Sancho IV.

Política cultura del reinado

Alfonso X llevó a cabo una gran política cultural haciendo del castellano una lengua de primer orden y trascribiendo numerosos documentos antiguos del latín e incluso del árabe. La Escuela de Traductores de Toledo fue un claro exponente de esta política cultural, a pesar de ello, para Manuel González Jiménez, Sevilla fue la gran capital cultural durante su reinado. A Alfonso X se le atribuyen numerosas cantigas profanas, en las que predominan las de escarnio, aunque su obra poética más relevante fue Las Cantigas de Santa María, el mayor cancionero mariano que había visto la Edad Media.

Conclusiones

Alfonso X fracasó en imponer un concepto nuevo de estado, aunque esto si se llevó a cabo parcialmente más adelante con el reinado de Alfonso XI. Vemos que es un monarca adelantado a su tiempo que no vio bien la hierocracia, supremacía del Papado, y que se autoproclama vicario de Dios en su reino, pero a su vez estaba impregnado de la corriente ideológica de las dos espadas, como se ve en su gran anhelo de ostentar el título de emperador. Consideraba el estado como un cuerpo, en el cual él era la cabeza y no se mostraba favorable a aceptar las presiones y consejos de los notables del reino. Alfonso X convocó numerosas cortes, lo que no era normal, aunque muchas de ellas eran más reuniones de ciertos municipios. Este monarca adelantado a su tiempo tuvo como mayor obstáculo a nuestro entender la mentalidad medieval de la sociedad castellana, celosa de sus costumbres y que veía con negatividad las innovaciones, así como una nobleza intransigente que buscaba ante todo mantener sus privilegios e influir en la política como era costumbre en las monarquías medievales. Destacar también que tuvo una vida familiar marcada por muchas desavenencias, ya que en un principio actuó de forma independiente ayudando a Sancho II Capelo de Portugal, siendo aún infante, y acabó en una guerra civil contra su hijo Sancho, pasando por la ejecución de Don Fadrique y un largo etcétera.

Alfonso X heredó de su padre un gran reino necesitado de reformas, las cuales intentó poner en marcha en numerosas ocasiones sin éxito. El tiempo le daría la razón 200 años después, con el reinado de los Reyes Católicos los cuales favorecieron políticas más centralistas frente a la nobleza, ideas necesarias para la construcción de un gran estado moderno tal y como el Rey Sabio supo ver, adelantándose a su tiempo y haciendo honor a su apodo.

Para saber más:

González Jiménez, M. (2004). Alfonso X el Sabio. Barcelona: Editorial Ariel.

González Jiménez, M. (2004). El testamento de Alfonso X. Barcelona: Moleiro.

González Jiménez, M. y Carmona Ruiz, M.A. (2012). Documentación e itinerario de Alfonso X el Sabio. Sevilla: Universidad de Sevilla.

González Sánchez, A. (2015). Alfonso X el mago. Madrid: Universidad Autónoma de Madrid.

Rodríguez Bueno, P. (2016).  La huella de Alfonso X el Sabio en el reino de Sevilla. Sevilla: Cabildo de Alfonso X el Sabio.

Rodríguez García, J.M. (2014). La Cruzada en tiempos de Alfonso X. Madrid: Silex.

Acerca del autor

Daniel Becerra Fernández

PIF en el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Sevilla.

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