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Los cátaros: Historia y leyenda de una comunidad maldita

Entre los numerosos enfrentamientos políticos y religiosos que tuvieron lugar a lo largo de la Edad Media, la cruzada albigense convocada por Inocencio III a comienzos del siglo XIII jugó un papel muy importante en la historia europea. En este artículo analizaremos quiénes fueron los miembros de este movimiento religioso, cuáles fueron sus creencias y cómo llegaron a alcanzar tanta influencia en buena parte de la Europa Occidental del momento.

Publicado en el número 9 de Descubrir la Historia (abril de 2017).

Cuentan que un 16 de marzo de 1244, más de doscientas personas perdieron la vida en la enorme hoguera prendida a los pies de la fortaleza de Montsegur. El imponente castillo que se alza en dicha localidad del Midi francés fue el último reducto de los cátaros, la comunidad que sufrió una de las mayores persecuciones de la Plena Edad Media, la llamada cruzada albigense o cruzada cátara. Este grupo, considerado por la Iglesia católica como una peligrosa secta herética, llegó a convertirse en un poderoso aliado de la nobleza occitana en su pugna por el poder con la realeza y los grandes señores feudales del resto de Francia. Si a ello sumamos su particular y transgresor mensaje religioso, así como el profundo arraigo que alcanzaron en determinadas regiones de Europa entre los siglos X y XIII, cabe esperar que su historia se convirtiera tarde o temprano en un apasionante objeto de investigación. Sin embargo, la escasez de fuentes y la visión romántica e idealizada con que han pasado a la posteridad dificultan la labor de discernir entre la historia y la leyenda, a la que trataremos de contribuir con este breve recorrido histórico.

El origen y expansión de su fe

A la hora de estudiar la génesis y la evolución de la religión cátara, es preciso señalar que este movimiento religioso de carácter gnóstico hunde sus raíces en un sistema de creencias de origen oriental. Para ello debemos remontarnos a la época de las Cruzadas (siglos XI-XIII), momento en que se intensificó el contacto entre Oriente y Occidente y tuvo lugar un importante intercambio cultural, ideológico y religioso. Los cruzados europeos llegados de Tierra Santa y los comerciantes bizantinos que atravesaban el Mediterráneo trajeron a Europa nuevas ideas que poco a poco fueron planteando una reinterpretación del mensaje religioso. No obstante, los orígenes de esta doctrina son mucho más remotos, siendo su más claro antecedente el movimiento de los paulicianos, una comunidad surgida en Armenia en el siglo VII y que alcanzó una gran difusión por parte de Asia Menor y los Balcanes. En esta última región aparecieron hacia el siglo X los bogomilos, quienes compartían con los primeros una religiosidad profundamente espiritual y ascética que posteriormente inspiró a los cátaros.

Expansión del bogomilismo entre los siglos X y XV. cátaros - Expansi  n del bogomilismo entre los siglos X y XV Incluir en el apartado El origen y expansi  n de su fe - Los cátaros: Historia y leyenda de una comunidad maldita

Expansión del bogomilismo entre los siglos X y XV.

En Europa Occidental, la irrupción de los cátaros tuvo lugar en los primeros compases del siglo XI, cuando algunos cronistas comenzaron a describirlos como un movimiento herético y a dejar constancia de las primeras persecuciones y ejecuciones contra ellos, lo que supone un síntoma inequívoco del impacto que estaban alcanzando sus ideas. En efecto, su mensaje fue ganando cada vez más adeptos en gran parte de Europa, desde el Norte de Italia hasta Alemania, aunque su foco principal fue la región francesa de Occitania, y dentro de esta, el Languedoc (al sudeste del país), donde llegaron a articular una sólida comunidad religiosa y a erigirse como una institución bien definida y organizada, más que como un simple movimiento herético. A ello contribuyó en gran medida el apoyo brindado por la nobleza de la zona, que en estos momentos se encontraba inmersa en una tensa disputa por el poder con la Monarquía y los grandes señores del Norte de Francia..

Doctrina y modus vivendi de los cátaros

Una de las cuestiones más discutidas ha sido la propia etimología del término «cátaro», y tal vez la explicación más aceptada sea aquella que lo relaciona con el vocablo griego katharós («puro»). Esta explicación podría parecer la más coherente si tenemos en cuenta la importancia que el concepto de pureza tuvo en el mensaje religioso de los cátaros. También aparecieronn en las fuentes como «albigenses», aunque esta denominación resulta aún más complicada, ya que a pesar de la teoría de determinados autores, que defiende que podría venir de la ciudad francesa de Albi, lo cierto es que que dicha localidad no fue uno de los núcleos destacados del catarismo. De ahí que otros autores propongan en su lugar una explicación que los relacione con el término «albino», para resaltar su carácter puro e inmaculado. Otro nombre con el que llegaron a aparecer en las fuentes, aunque con menor frecuencia, fue el de «poblicantes», si bien pudo tratarse de un error de interpretación por parte de los cronistas, que confundían a los «cátaros» con los mencionados «paulicianos». En cualquier caso, lo que no alberga dudas es que los cátaros concedían una gran importancia a lo puro, al concepto de pureza, que sería uno de sus valores fundamentales.

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Escenas sobre la excomunión de los cátaros por Inocencio III y la cruzada albigense.

Si nos adentramos en sus creencias, vemos que los cátaros desarrollaron una doctrina de marcado carácter maniqueo y adoptaron una visión dualista de la realidad. Su pensamiento se articulaba en torno a una contraposición entre el mundo espiritual, por un lado, y el mundo terrenal, con sus defectos e imperfecciones, por el otro. En esta confrontación, el alma y la vida espiritual representaban todo lo bueno de la creación, y respondían, por tanto, a la voluntad de Dios. El mundo material, por su parte, era una creación del Diablo, y representaba la esencia del Mal. Ante esta lucha perpetua entre el Bien y el Mal, entre Dios y el Diablo, los cátaros buscaban acercarse al primero a través de la oración y la vida ascética, por lo que llevaban una vida profundamente espiritual y rechazaban de pleno todos los placeres mundanos y las tentaciones materiales. Esta postura los llevó a entrar en conflicto con la Iglesia Católica, a la que llegaron a considerar una creación más del Diablo, como las guerras, el hambre o la enfermedad. Otra cuestión interesante fue la creencia en la reencarnación, que concebían como un ciclo que cada individuo debía afrontar continuamente hasta que la vida ascética y ejemplar lo condujera a Dios. No obstante, rechazaban la idea de que Cristo fuera una encarnación de Dios y argumentaban que más bien se trataba de una imagen que pudiera servir de ejemplo a los fieles. Además, renegaban del Antiguo Testamento, al considerar que el Dios severo y despiadado que describían sus páginas se asemejaba más al propio Diablo. También se oponían a los sacramentos del cristianismo, al considerar que eran una muestra más de los aspectos materiales y, por tanto, imperfectos de la religión, aunque por otra parte, su liturgia contemplaba un ritual, el consolamentum, que consistía en una especie de bautismo pero sin agua.

Acorde a sus creencias, los cátaros desarrollaron un modo de vida sobrio, austero y en sintonía con sus ideas de exaltación de la pureza y su rechazo del mundo material. A través de sus hábitos y costumbres se estableció una diferenciación entre el grueso de la comunidad creyente, compuesta por los «fieles», y lo que podríamos llamar una élite espiritual, la de los «perfectos», formada por aquellos que habían alcanzado un nivel superior gracias a su labor ascética. Este modus vivendi que conducía a la perfección no sólo consistía en la oración y la búsqueda de Dios, sino que implicaba a su vez una serie de sacrificios y obligaciones como las de no ingerir huevos, carne ni leche, llevar una vida de castidad y predicar la fe. Asimismo, no podían contraer matrimonio ni tener hijos, y en el caso de que ya los tuvieran, debían renunciar a su familia en pos de llevar una vida plenamente espiritual. Tampoco les estaba permitido poseer tierras ni propiedades de ningún tipo, ya que todo ello formaba parte del mundo material e impuro, y además, estos «perfectos» se distinguían del resto de los creyentes mediante su vestimenta, que solía consistir en un atuendo negro y un cinturón de cuero.

La reacción de la Iglesia Católica: de la conversión a la persecución

Estas controvertidas y transgresoras ideas se vieron abocadas a entrar en conflicto con la ortodoxia católica, dada la incompatibilidad de sus preceptos fundamentales con la doctrina y la liturgia de los cátaros. Pero la cuestión iba más allá del ámbito de las creencias, ya que la estabilidad y la organización de la comunidad cátara planteaban un serio desafío a la propia institución eclesiástica. La reacción de la Iglesia no se hizo esperar, y pronto volcó sus esfuerzos en sofocar la influencia de lo que consideraba una peligrosa herejía. Así, desde mediados del siglo XII, el papa Eugenio III llevó a cabo importantes tentativas al respecto, recurriendo al envío de misiones y a la celebración de concilios. Sin embargo, los esfuerzos de predicadores como Domingo de Guzmán o Bernardo de Claraval no obtuvieron los resultados esperados, por lo que la Iglesia comenzó a cambiar su política ante la cuestión cátara hacia finales del siglo XII, con la llegada al poder de Inocencio III.

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Escena de ejecución de los cátaros por parte de los cruzados (Wikimedia).

El nuevo pontífice fue virando cada vez más hacia la declaración de una cruzada, pese a sus últimos intentos de acabar con la herejía cátara a través de la vía misionera. Para ello, envió legados a las provincias más afectadas por el problema cátaro, pero estos tuvieron que hacer frente no sólo a la oposición de los nobles occitanos, sino también a la de los más importantes obispos de la zonza. A ello se sumó la alianza mediante lazos matrimoniales de los condes de Tolosa con la Casa de Aragón, que situaba en una cómoda situación de poder a los nobles occitanos, quienes constituían el principal apoyo de los cátaros. Además, las disputas entre los legados papales y las autoridades de la región fueron in crescendo hasta que el legado Pedro de Castelnau decidió excomulgar al conde Raimundo IV de Tolosa en 1207. Todo ello movió al papa a convocar al rey de Francia, Felipe II Augusto, y a los grandes señores feudales del resto del país en la cruzada contra los cátaros.

Un año después, en 1208, el asesinato de Castelnau, del que se culpó a Raimundo VI de Tolosa y a la nobleza occitana, fue el desencadenante de la que sería conocida como «cruzada albigense», un conflicto que se prolongó hasta 1229 y que sumió a toda la región del Midi francés en una dura contienda que alcanzó tintes de guerra civil. En ella, el papa Inocencio III, el rey Felipe II Augusto, y la nobleza del Norte de Francia encabezaron el ataque contra los nobles occitanos que brindaban su protección a los cátaros, entre los que destacaban Raimundo Roger de Trencavel (conde de Béziers) y el conde Raimundo VI de Tolosa. A lo largo de este enconado enfrentamiento, se produjeron dramáticos episodios que contribuyeron a avivar la leyenda de esta comunidad, como el asalto a la ciudad de Béziers que tuvo lugar en 1209 por parte de los cruzados de Simón de Monfort, en el que fueron asesiandos todos los habitantes de la ciudad; hombres, mujeres y niños. Poco después, el desenlace de la batalla de Muret en 1213 supuso un golpe de efecto para las tropas cruzadas, pero el conflicto se prolongó por varios años más hasta que en 1229 se produjo la firma del Tratado de París. En virtud de esta, el monarca francés arrebató todos sus títulos a los Trencavel y desposeyó de la mayoría de sus feudos a los condes de Tolosa, acabando así con la resistencia occitana, al tiempo que se capacitaba a la Inquisición para perseguir y eliminar a cualquier sospechoso de apoyo o simpatía hacia a los cátaros. Ello supuso el fin de la protección occitana a la comunidad cátara, pero no impidió que siguieran practicando su religión de manera clandestina durante un tiempo.

Los «últimos cátaros»

De la resistencia de los «últimos cátaros» constituye un claro testimonio la persecución a la que fueron sometidos durante décadas tras la firma de la paz, una represión que alcanzó su punto álgido en 1243, con el asalto a la fortaleza de Montsegur. Allí, más de diez mil soldados católicos sometieron a un duro asedio de varios meses a los cientos de cátaros que habitaban el castillo, y el desgaste y la escasez de víveres y agua provocaron finalmente la caída de su último reducto. Tras tomar la ciudad, a mediados de 1244, los católicos prometieron a sus habitantes un indulto a cambio de abjurar de su fe, pero la mayoría de ellos declinó la oferta y fueron enviadas a la hoguera. En torno a estos últimos herejes se han articulado un sinfín de leyendas, desde las que narran cómo acudieron a su ejecución rezando y cogidos de la mano a las que cuentan que se llevaron consigo grandes secretos como la ubicación de sus libros sagrados o el escondite de sus tesoros y reliquias más preciados, entre ellos el famoso Santo Grial. En este punto, resulta evidente que la historia se mezcla con la leyenda, y que todo ello fue alimentado por la visión romántica con que los cátaros pasaron a la posteridad, aunque de lo que no cabe duda es que el episodio protagonizado por los últimos adalides de este movimiento religioso dejó una profunda huella en la memoria colectiva. De hecho, el lugar en el que se ubicó la gran pira aún se conoce en nuestros días como el «campo de los quemados» en honor a las víctimas de tan funesto episodio.

Estela situada en el Camp dels Cremats (campo de los quemados), recordando la pira en la que ardieron 200 cátaros defensores de Montsegur (Wikimedia). cátaros - Estela situada en el Camp dels Cremats campo de los quemados recordando la pira en la que ardieron 200 c  taros defensores de Montsegur - Los cátaros: Historia y leyenda de una comunidad maldita

Estela situada en el Camp dels Cremats (campo de los quemados), recordando la pira en la que ardieron 200 cátaros defensores de Montsegur (Wikimedia).

Con el tiempo, el rastro de los cátaros se fue desvaneciendo de las páginas de la historia, fruto de las últimas persecuciones encomendadas a la Inquisición, hasta que finalmente dejaron de aparecer en las fuentes hacia mediados del siglo XIV. Hoy, la trágica historia de esta comunidad religiosa nos aporta un magnífico testimonio de los enfrentamientos políticos y religiosos en la Edad Media, además de mostrarnos las desastrosas consecuencias de las persecuciones y la represión a las que tantos y tantos grupos han sido sometidos a lo largo de la historia, ya fuera por cuestiones ideológicas, raciales, religiosas o de cualquier otra índole.

Para saber más:

Dalmau i Ribalta, A. (2002) Los cátaros. Barcelona: UOC.

Nelli, R. (1984) La vida cotidiana entre los cátaros. Barcelona: Argos Vergara.

Musquera, X. (2006). Cátaros: el secreto de los últimos herejes. Madrid: Espejo de tinta.

Valdeón Baruque, J. (2007). La baja Edad Media. Madrid: Anaya.

Acerca del autor

Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia. Trato de perderme en tiempos lejanos, y otros más recientes, para acercar esa hermosa ciencia que es la Historia al mayor público posible, divagando a veces en mis propias reflexiones sobre el ser humano, su complejidad y su huella en el tiempo y la memoria a través de sus actos. Miembro del consejo editorial de Descubrir la Historia.

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