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La Historia de Manhattan, el corazón de Nueva York

La historia dice que Manhattan, una pequeña isla de Norteamérica que hoy en día es el centro financiero y cultural del planeta, fue comprada por los colonos holandeses a los indios por sólo 25 dólares. Desde aquel día de 1626 han pasado cuatro siglos y muchos episodios: guerras, revoluciones, progresos, atentados… Manhattan siempre ha tenido un protagonismo especial. En este artículo conocemos su historia.

Publicado en el número 9 de Descubrir la Historia (abril de 2017).

Nuestra historia comienza en una estantería perdida en los Archivos de La Haya. Rebuscando entre antiguas carpetas cubiertas por el polvo de los siglos encontramos un papel. Una carta enviada al director de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales y fechada en el 24 de mayo de 1626. En ella figura una anotación muy clara: los colonos holandeses adquirían por 60 florines el sur de la isla de Manhattan, controlada entonces por varias tribus indígenas.

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Ilustración de Nueva Ámsterdam por Johannes Vingboons en 1664 (Memory of the Netherlands).

No se sabe con certeza quiénes fueron los receptores de tal cantidad (si los indios canarsie, los metoac o los wappinger), pero parece claro que por el módico precio de 25 dólares los holandeses se hicieron dueños de 9.000 hectáreas en la zona que hoy es el centro financiero del mundo. En la actualidad, según los cálculos de los historiadores, la transacción equivaldría a unos 1.000 dólares. Una suma ridícula para el valor que tiene hoy este punto concreto del planeta. En aquel tiempo esos 60 florines habrían servido para comprar unos 2.400 barriles de cerveza en cualquier taberna de Ámsterdam.

Los holandeses habían sido hábiles exploradores en esta región norteamericana, y para la década de 1620 ya tenían asentamientos establecidos en lo que hoy es Delaware, Nueva Jersey y Nueva York. En 1613 habían remontado el río Hudson, y en 1621 la recién fundada Compañía Holandesa de las Indias Orientales obtuvo la exclusiva explotación de aquellas tierras. Sin embargo fue Nueva Ámsterdam el lugar donde floreció el comercio. Con este nombre bautizaron al primer asentamiento que levantaron en la isla de Manhattan. El gobernador Peter Minuit se encargó de hacer de esta colonia capital de la región, especializándose en el comercio de pieles con los indios, aunque no siempre tuvieron buenas relaciones con éstos. Varias batallas con los vecinos obligaron a los neerlandeses a levantar en la parte oriental de la ciudad un terraplén defensivo conocido como ‘Waal’, que dio nombre a lo que hoy es Wall Street.

Vista de Manhattan hacia 1880 (Biblioteca del Congreso de Estados Unidos). manhattan - Vista de Manhattan hacia 1880 - La Historia de Manhattan, el corazón de Nueva York

Vista de Manhattan hacia 1880 (Biblioteca del Congreso de Estados Unidos).

Peter Minuit pasaría a la historia como un gran líder. Al contrario que Peter Stuyvesant, quien pese a haber hecho crecer la ciudad en la década de 1650, terminó dejándose llevar por su intolerancia y autoritarismo y perdió la simpatía de sus conciudadanos. Así, cuando el 30 de agosto de 1664 llegó una flota de barcos ingleses dispuesta a tomar el control de la colonia, los habitantes de Nueva Ámsterdam apenas opusieron resistencia, por estar descontentos con Stuyvesant.

La guerra entre Inglaterra y los Países Bajos no cesaba a ambos lados del Atlántico y en 1673 los holandeses recuperaron la ciudad, rebautizándola como Nueva Orange. El Tratado de Westminster puso fin al conflicto entre las dos potencias y devolvió definitivamente Nueva Ámsterdam a manos inglesas. En el corazón de Manhattan se hizo pública la noticia: en honor al Duque de York, este asentamiento pasaría a llamarse Nueva York.

En la actualidad el recuerdo de la fundación holandesa se puede ver en la propia bandera de la ciudad de Nueva York, que utiliza los mismos colores que la enseña de los Países Bajos: naranja, blanco y azul en similar disposición. Pero ésta no fue la única urbe fundada por holandeses. Albany, capital del Estado de Nueva York, también había sido inicialmente un asentamiento de colonos llegados desde los Países Bajos y bautizado como Fort Orange. La importancia de la colonización holandesa es a menudo olvidada en Estados Unidos, y en la actualidad varios estudios y libros tratan de poner sobre la mesa cómo aquellas décadas de ocupación resultaron determinantes para la configuración del modelo social, los principios democráticos y el propio carácter de los estadounidenses.

En 1688 el rey Jacobo II agrupó la región de Nueva York con las colonias inglesas vecinas para constituir Nueva Inglaterra. Ese mismo año estalló la Revolución que acabaría con su reinado, y aprovechando el momento de caos tuvo lugar un insólito hecho: un mercader alemán, Jacob Leisler, se hizo con el control de Manhattan y gobernó durante dos años. En 1691 fue ejecutado por no someterse ante el nuevo rey Guillermo III.

A partir de 1700 la ciudad fue creciendo de la mano de la diversificación de su economía. Alcanzó los 5.000 habitantes y la harina se convirtió en el principal producto de exportación. También el comercio de esclavos fue muy importante a partir de 1730. Con el crecimiento llegaron también los problemas. Nueva York era una de las ciudades más importantes de Nueva Inglaterra, y fueron los comerciantes de Manhattan quienes más se implicaron en el boicot a los productos ingleses durante la Revolución. También fue aquí donde nacieron los Sons of Liberty («Hijos de la Libertad»), un movimiento rebelde de patriotas americanos muy importante en la organización de actuaciones contra los colonos ingleses. En 1775 los revolucionarios constituyeron en Nueva York un Congreso Provincial que poco más tarde aprobaría la Declaración de Independencia.

1776 es el año en el que aparece por primera vez un documento que habla de la calle de Broadway, la más importante de Manhattan. Ese mismo año Nueva York se adhirió a las Trece Colonias rebeldes. El general George Washington llegó a la ciudad para tomar el control del Ejército Continental, momento en el cual se desarrollaron hasta cinco importantes batallas en la región, en particular la Batalla de Brooklyn, el 27 de agosto de 1776.

Sin duda 1776 fue un año convulso para Manhattan y para el conjunto de Nueva York. Además de las revueltas y las batallas contra los ingleses, que todavía tenían el control de la ciudad, en septiembre de ese año un histórico incendio arrasó gran parte de la urbe. Los británicos acusaron a los independentistas de querer quemar la ciudad, pero en la actualidad no se sabe con certeza la causa del incendio.

En 1783 George Washington recorría las calles de Manhattan victorioso. Un nuevo país había nacido y tendría en Nueva York su capital, al menos durante unos años. En el número 26 de Wall Street, donde hacía 150 años habían levantado una muralla defensiva los colonos holandeses, el general Washington prestó juramento sobre la Biblia. Estados Unidos ya tenía a su primer presidente. El edificio en cuestión, el Federal Hall, fue destruido en el s. XIX, y en la actualidad un monumento recuerda su emplazamiento en una de las calles más famosas de Manhattan.

Esta calle siguió siendo protagonista durante los primeros años de vida del joven país. Wall Street se convirtió en el lugar de encuentro de comerciantes desde 1792, y en su acera se edificó en 1817 la Bolsa de Nueva York. Aunque la capital del país ya era la ciudad de Washington (también lo había sido antes Filadelfia), Nueva York se erigió como centro financiero y económico nacional.

En 1811 se abordó un importante plan urbanístico que ordenó la isla de Manhattan. El Commissioner’s Plan preveía la creación de dieciséis avenidas en dirección Norte-Sur, cruzadas perpendicularmente por 155 calles en dirección Este-Oeste. Entre 1821 y 1855 la ciudad cuadruplicó su población, y muchas voces comenzaron a pedir un espacio verde de aire limpio, como tenían otras grandes ciudades en el mundo (caso de Londres y su Hyde Park). Las autoridades respondieron a las demandas dedicando un espacio de casi tres kilómetros cuadrados entre las calles 59 y 106 para la creación de un nuevo parque: Central Park.

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Vista aérea de Manhattan (Wikimedia).

La segunda mitad del s. XIX fue esplendorosa para la isla de Manhattan. Se abrió el Metropolitan Museum of Art en 1870, el Puente de Brooklyn en 1883, el Museo de Historia Natural en 1877, la Biblioteca Pública de Nueva York en 1895… también se fundó The New York Times en 1851, el periódico más prestigioso del país. La ciudad estaba viva y su corazón, Manhattan, no dejaba de latir.

Hasta 1898 la ciudad de Nueva York estaba formada únicamente por Manhattan. Más tarde se unieron los distritos de Brooklyn, Queens, Bronx y Staten Island. Gracias a esta incorporación administrativa se comenzó la construcción de varios puentes que conectaban la isla de Manhattan con los nuevos barrios, como el Puente de Manhattan en 1909. El tamaño de la ciudad también obligó a inaugurar la primera línea de metro en octubre de 1904.

Nueva York seguía creciendo a gran velocidad. Hay que recordar que entre 1820 y 1890 más de diez millones de inmigrantes se habían instalado en la ciudad, y que el número de obreros había pasado de los 30.000 en 1840 a los 220.000 en 1880. La expansión y proliferación de barrios que hacían crecer horizontalmente la urbe coincidió con la llegada de los rascacielos, que hicieron crecer verticalmente a Nueva York.

En 1902 se construyó el primer rascacielos en Manhattan, el Edificio Flatiron. Le siguieron gigantes como la Metropolitan Life Tower (1907, 213 metros) y el Edificio Woolworth (1913, 241 metros). La constante y vibrante actividad económica propició que la isla tuviera más de un distrito financiero, y por ello decenas de edificios con más de veinte plantas. A partir de los años treinta los rascacielos se dejaron influenciar por el estilo art decó, cuyas mejores muestras son el Empire State (1931, 443 metros) y el Edificio Chrysler (1930, 318 metros).

La población más adinerada encontró en la Quinta Avenida un lugar perfecto en el que instalarse. Con vistas a Central Park, ocuparon los apartamentos entre la calle 59 y la calle 96. La avenida más famosa de la isla no sólo era hogar de millonarios, sino también escaparate de las mejores tiendas y negocios.

El crecimiento económico hizo que Manhattan recibiera a inmigrantes llegados de distintos lugares del mundo, que terminaron coincidiendo y estableciéndose en determinados barrios. El Upper East Side, por ejemplo, fue hogar de una importante colonia de checos y húngaros, los afroamericanos se instalaron en Harlem, y crecieron con rapidez Little Italy y Chinatown. Manhattan era, como diría el escritor Israel Zangwill, un «crisol de razas».

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Sede de ‘The New York Times’ entre 1913 y 2007 (Wikimedia).

Tras el Crack del 29 llegó la Gran Depresión de los años treinta. Se dispararon el desempleo y la pobreza en toda la ciudad, y aparecieron barrios de chabolas entre la calle 72 y la 110. Para marzo de 1936, uno de cada cinco neoyorquinos recibía algún tipo de ayuda pública para poder subsistir. El querido alcalde Fiorello LaGuardia construyó varios complejos de viviendas sociales. Cuando Manhattan pasaba por uno de sus peores momentos el destino le sonrió: llegó la guerra.

La Segunda Guerra Mundial apenas afectó negativamente a la ciudad de Nueva York. Más bien todo lo contrario. Tras el conflicto, la Gran Manzana se convirtió en el centro político del mundo, instalándose en Manhattan la sede de las Naciones Unidas en 1951. Y no era de extrañar que fuera así: la isla era una verdadera representación de todas las naciones del mundo.

En el año 1900 apenas había ocho mil chinos viviendo en Manhattan. Con el paso de los años la colonia fue creciendo, y fue en 1965, con la aprobación de la Immigration and Nationality Act, cuando el número de población china se disparó. Tanto que durante los años setenta Chinatown fue comiéndose a Little Italy. En la actualidad más de 100.000 chinos viven en el Chinatown de Manhattan, y existen otros Chinatown más poblados en los distritos de Brooklyn y Queens.

El crecimiento de la población extranjera coincidió con un periodo de huída de los blancos de clase media, que se movieron a las zonas residenciales alejadas de la ciudad. Entre 1940 y 1990 Manhattan perdió hasta 500.000 habitantes. Los suburbios se extendieron gracias a la red de autopistas, y en ellos se refugiaron los que no querían vivir cerca de barrios como Harlem o el South Bronx, donde a partir de los años setenta se instalaron la criminalidad y el narcotráfico.

A menudo se habla de la década de 1970 como el «punto bajo» de la historia de Nueva York, una década que empezó con los Disturbios de Stonewall en 1969 y que acabó con un enorme apagón en julio de 1977 que provocó saqueos y caos durante dos largos días. La crisis del petróleo de 1973 no ayudó a la situación económica de la ciudad, que tuvo que pedir un préstamo a la Reserva Federal del país para no entrar en bancarrota. La desindustrialización y la caída demográfica llevaron a Nueva York al borde de la quiebra. Y si bien en los ochenta Wall Street resurgió, la ciudad seguía teniendo la fama de ciudad peligrosa.

Los noventa no pudieron comenzar peor. Un atentado terrorista contra el World Trade Center dejó más de mil heridos y seis muertos. Las tensiones raciales que se arrastraban desde hacía varias décadas no se detenían. Un dato reflejaba la realidad diaria de la ciudad: en 1993 se cometieron más de 430.000 crímenes en las calles de Nueva York (contando hurtos menores, robos, asesinatos, secuestros, peleas, disturbios… etc). Con el alcalde Rudolph Giuliani, que se decidió a hacer frente a los problemas de la urbe, las cosas mejoraron. Pero Manhattan no dejaría de tener problemas: llegó el s. XXI y con él el atentado más famoso de la historia, un 11 de septiembre del año 2001.

La mañana del doce de septiembre los neoyorquinos todavía no eran conscientes de lo que había sucedido. Desconocían la trascendencia que aquel atentado tendría para el destino del mundo. Desde una óptica más local, para Manhattan el 11-S fue traumático. El corazón financiero de la isla (que era también el corazón de la ciudad, del país y del mundo), había sido arrasado. Aquellos dos aviones estrellados por los terroristas contra las Torres Gemelas no sólo habían dejado más de tres mil muertos: además habían conseguido derrumbar un símbolo. Habían cambiado la historia.

En Manhattan se necesitaron varios meses para superar el trauma. La isla tenía que recuperarse y rehacerse. Varios proyectos ilusionantes se pusieron en marcha: la construcción de un nuevo World Trade Center y la candidatura para ser sede de los Juegos olímpicos de 2012. Aunque ésto último no se consiguió, el flamante One World Trade Center se convirtió en el edificio más alto de Estados Unidos. Una altura de 1776 pies recordaba la fundación del país, y dos enormes fuentes en el lugar exacto donde antes se levantaban las Torres Gemelas rendían homenaje a las víctimas del atentado.

Muchos años después del histórico suceso, bien adentrados en pleno s. XXI, Manhattan es el centro financiero del planeta. Es hogar de la mayor Bolsa de valores del mundo, de cientos de empresas multinacionales, y el Midtown Manhattan es el distrito financiero más grande del mundo. Además, el sector de los medios de comunicación, de los seguros, la asistencia sanitaria, la arquitectura, la publicidad, la moda, la consultoría o el derecho tienen en Manhattan su sede principal. La isla sigue bombeando sangre a todo el sistema mundial. De ella parten las arterias que recorren el mundo.

Manhattan es también una de las capitales políticas de la comunidad internacional. La organización más grande jamás planteada tiene su edificio principal a orillas del East River. Desde la isla la ONU intenta poner orden en el mundo. Además, algunos de los museos más importantes, de los edificios más simbólicos y de las calles con más historia se encuentran en este trozo de tierra que hace apenas cuatro siglos colonizó un grupo de holandeses.

Un trozo de tierra pequeño y con poca historia, pero que ha sabido constituirse como centro del mundo. Desde que en 1626 los colonos pagaron a los indios 25 dólares por la isla, Manhattan no ha dejado de crecer y prosperar. Es una historia corta pero con los ingredientes adecuados: aventura, emoción, guerra, depresión, superación y cooperación. Manhattan nunca duerme. Sus luces siempre están encendidas, iluminando el mundo entero.

Para saber más:

Shorto, R. (2013). Manhattan: La historia secreta de Nueva York. Barcelona: Editorial Planeta.

Caranci, Carlo A. (2012). «La fundación de Nueva York por los holandeses». National Geographic.

Acerca del autor

Juan Pérez Ventura

Divulgador inquieto. Geógrafo por la Universidad de Zaragoza y Máster en Relaciones Internacionales, Seguridad y Desarrollo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Cartógrafo en 'JPV Cartografía'.

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