Opinión

El cierre: Memoria no es Historia

Publicado en el número 9 de Descubrir la Historia (abril de 2017).

Los libros de estilo de los medios de comunicación suelen establecer que los títulos con tipografía en cursiva son necesarios para diferenciar la información de la opinión. Ya que el encabezamiento de este artículo está en cursiva, el lector queda advertido de que se trata de un texto absolutamente opinativo, y que las ideas que siguen son absolutamente discutibles. Sin embargo, es un tema sobre el que conviene reflexionar, sobre todo porque, a nivel general, no existe un debate de fondo sobre la cuestión de la memoria histórica.

El punto de partida es la tesis de que la memoria y la Historia no deben confundirse, y no son, en absoluto, sinónimos. He de reconocer que era ajeno a este debate hasta que profundicé en el campo de la investigación histórica cuando comencé a orientar mi carrera hacia la investigación. La memoria es la capacidad de los seres humanos para recordar aquello que ha vivido o aprendido. Por esa misma razón, se trata de un conocimiento subjetivo y, como demuestran disciplinas como la psicología o la psiquiatría, muy dado a posibles olvidos o modificaciones voluntarias o involuntarias. Además, debemos tener en cuenta que no siempre se dice o escribe lo que se contiene en la memoria. Es decir, existe un primer filtro de posible manipulación en el propio funcionamiento de nuestro cerebro; pero también un segundo en la posible intencionalidad de las palabras con las que transmitimos nuestros recuerdos.

Por su parte, la Historia pretende construir relatos más o menos fieles a la realidad, apoyándose en fuentes pertinentes, y de una manera lo más aséptica posible. Es, en este sentido, una disciplina científica, sujeta a revisión cada vez que aparecen nuevas fuentes —ya sean arqueológicas o documentales—, y hay muchos expertos estudiando diferentes temas. Como diría Bernardo de Chartres —no fue Newton quien lo hizo primero—, «somos como enanos a los hombros de gigantes», es decir, vamos construyendo la Historia apoyándonos en el trabajo de otros, como una red, que tiene un valor incalculable. Esas son las garantías del trabajo producido por los historiadores profesionales.

Dicho esto, podemos comprender una de las razones por las que la memoria no puede considerarse como un sinónimo de la Historia. Pero tampoco debemos menospreciar la memoria. Por ejemplo, la metodología aplicada para la historia oral está fundamentada en entrevistas, que producen narraciones con base en la memoria personal de los sujetos consultados. Esos relatos vitales, comparados con otros, además de con hechos históricos, nos permiten escribir la Historia. Pero la memoria tiene otros usos. Su propia esencia subjetiva nos permite entender cómo las personas vivieron el pasado, pues para ellos, en el presente, la realidad pasada es tal y como aparece en sus recuerdos. Las historias de vida pueden ser un excelente complemento de la explicación de grandes hechos históricos, pero también constituir una base para acercarnos a cómo afectaron en el plano individual.

El problema deviene cuando los historiadores eliminan el componente crítico, y equiparan la memoria con la Historia. Y, sobre todo, cuando a nivel institucional tratan de establecerse como relatos oficiales historias parciales que, del mismo modo que la memoria, sólo cuentan una parte de los acontecimientos, y obvian aquello que no les interesa o con lo que no se pueden identificar. En la web de Rea Silvia, Guillermo Röthlisberger Cortázar —quien también ha publicado en Descubrir la Historia— escribió lo siguiente:

«Fruncir el ceño debe ser el gesto natural de cualquier historiador. Dudar de ti y de todo lo que te rodea es una tarea más fácil de repetir que de aplicar, pero es una buena manera de comenzar a conocer el pasado».

Esa continua duda es fundamental para los historiadores — y también los periodistas—. Poner en cuestión las ideas propias no es fácil cuando se trata de vivencias personales. Pero los historiadores no deberían tener ese tipo de problemas, sino tener muy claro que juntar las palabras Historia y memoria, o emplear la historia como un calificativo de la memoria es algo peligroso, además de poco profesional.

Acerca del autor

Álvaro López Franco

Editor y director de Descubrir la Historia. Periodista. Doctorando en la Universidad de Málaga. Investigo sobre Historia de la Comunicación Social e Historia Contemporánea.

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