Divulgación

Rincón mitológico. El descenso de Ícaro

Publicado en el número 4 de Descubrir la Historia (enero de 2016).

Los griegos fueron los inventores de la tragedia, de la gestión narrativa de los desencuentros, la épica, el sufrimiento humano y los finales terribles. En la mitología griega abundan las historias que muestran que el dolor es posible hasta un punto difícil de imaginar para los mortales como nosotros. En esta ocasión, el rincón mitológico hace honor a este género dramático con el fin de acercar la historia de Ícaro que, como podrán imaginar, no termina demasiado bien.

La caída de Ícaro, de Jacob Peeter Gowy (Wikimedia)

En este mito se cruzan las vidas de otros personajes célebres, como Dédalo, padre de Ícaro y constructor del famoso laberinto de Creta —el del minotauro—, Minos, rey de Creta o el propio Teseo. Para ponernos en situación hay que decir que Dédalo era un hábil artesano. Como él, había muy pocos en todo el mundo conocido. Era tan habilidoso que el rey de Creta, Minos, le pidió que construyera un laberinto donde encerrar al incontrolable Minotauro. El rey Minos obligó a Atenas, después de una derrota bélica, que cada nueve años debía entregar siete mujeres y siete hombres jóvenes con el fin de saciar el apetito de este ser, que sólo se alimentaba de carne humana. En una de las entregas de tan espeluznante tributo, uno de los siete hombres fue Teseo, quien marchó con el fin de matar al Minotauro. Teseo no sólo acabó con él, sino que consiguió escapar del laberinto inexpugnable.

Quizá por esta razón Dédalo cayó en desgracia, ya que sólo él sabía cómo salir de allí. Según algunos estudiosos, Dédalo fue quien le sugirió a Ariadna que diera un hilo a Teseo para que pudiera regresar por donde había avanzado a lo largo del laberinto. Sea como fuere, Dédalo fue recluido en el laberinto —ya sin Minotauro— con su hijo Ícaro por el enfurecido rey Minos de Creta. No había manera ya de escapar de allí, ni por tierra ni por mar, ya que el rey lo controlaba todo. Así que el ingenio de Dédalo se puso a trabajar y pensó que la única opción era salir volando. Creó unas alas para él y para su hijo. Unió las plumas grandes con hilo, y las pequeñas las enlazó con cera. Dotó a las alas de la estructura idónea para conseguir su fin, imitando a las de las aves. Entonces, aprendió a utilizarlas y enseñó a su hijo Ícaro a volar.

Llegó el ansiado momento de la huida de Creta, y ambos se dispusieron a escapar. Pero antes Dédalo advirtió a su hijo de que no podía volar muy bajo, cerca del mar, porque la humedad del agua y las olas empaparía las plumas y caería; pero tampoco muy alto, pues el sol derretiría la cera que daba consistencia al conjunto. Ascendieron y salieron de Creta. Sobrevolaron juntos otras muchas islas del Egeo, como Samos o Delos. Pero, de repente, Ícaro empezó a ascender más y más, como si quisiera reunirse con el mismísimo sol. El calor empezó a derretir la cera que unía las plumas de sus alas y se empezaron a desprender muchas de ellas hasta que no pudo continuar volando y cayó en picado, estrellándose mortalmente contra el mar.

Su padre lloró desconsoladamente porque su invento había acabado con la vida de su hijo, a pesar de que le había advertido de lo que podía pasarle si volaba muy alto. En honor a la memoria de Ícaro, llamó Icaria a la isla más cercana al lugar donde murió.

Dédalo e Ícaro, de Charles Paul Landon (Wikimedia)

Bien es sabido que los hijos muchas veces no escuchan a sus padres, y que ello puede llevar a consecuencias terribles —aunque, normalmente, no tan graves como las que sufrió Ícaro—. Esa es una de las lecciones que podemos sacar de los siempre ejemplarizantes mitos griegos. Pero también que muchas veces la tentación de alcanzar lo inalcanzable nos puede sumir en la más profunda de las pozas, oceánicas o no, que nos podemos encontrar a lo largo de nuestra vida.

Este mito ha sido inspirador para artistas contemporáneos, como  Picasso o Matisse, quienes lo han representado en sus cuadros. El caso de Picasso es interesante, puesto que él tituló a la obra que ha quedado bautizada como La caída de Ícaro, en realidad fue denominada por el autor como Las fuerzas de la vida y del espíritu triunfante del Mal. Él nunca dijo que se tratara de una representación del mito de Dédalo e Ícaro, pero la caída de una figura carbonizada y alada al mar parece dar a entender que se trata de una referencia a esta historia. También la Escuela Flamenca se fijó en este mito. El pintor Jacob Peeter Gowy pintó en el siglo XVII La caída de Ícaro —que se puede ver en el Museo del Prado—, basada en un diseño de Rubens para la Torre de la Parada proyectada para Felipe IV.

 

Para saber más

Dédalo e Ícaro en Las metamorfosis, de Ovidio: Libro VIII, 183 – 259.

Acerca del autor

Gala Yagüe Narváez

Historiadora del arte. Ilustradora y gestora cultural. Miembro del consejo editorial de Descubrir la Historia.

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