Reseñas

Reseña de ‘Mitologías’ de Roland Barthes

Vivimos en un mundo en el que la información y el conocimiento nunca han alcanzado mayor amplitud, sin embargo, se utiliza la expresión «posverdad» para caracterizar nuestra realidad, dominada por la incertidumbre, el miedo y las emociones. ¿puede en este contexto que parte de nuestra cultura se explique a través de mitos, como los de la Antigua Grecia, y no científicamente? 

Publicado en el número 8 de Descubrir la Historia (enero de 2017).

La obra de la que hoy me gustaría escribir vio la luz por primera vez en 1957, siendo confeccionada entre 1954 y 1956. Su autor Roland Barthes es mundialmente reconocido por ser entre otras cosas uno de los representantes más importantes de la semiótica, la disciplina encargada del estudio de los signos, con escritos como Elementos de Semiología (1965). Representante también destacado del estructuralismo, su trabajo, vinculado sobre todo al ámbito filológico, es heredero de las aportaciones de autores como Saussure o Lévi- Strauss. Muerto en 1980 fue Jefe de Estudios de la École Pratique d´Hautes Études (EPHE) y miembro del Colegio de Francia, llegando a ser uno de los intelectuales franceses más relevantes de su tiempo.

Portada de 'Mitologías' de Barthes.

Portada de ‘Mitologías’ de Barthes.

En principio, aunque por la importancia del autor una aproximación a su obra pueda resultar relevante para cualquier persona que quiera desarrollar cierto bagaje humanístico, parece que plantearse reseñar este trabajo en una revista de historia, con las características de Descubrir la Historia, teniendo en cuenta que han pasado más de 50 años de su publicación y que no trata sensu estricto de historia ni historiografía, podría resultar no del todo adecuado.

Sin embargo, si finalmente me he decidido por hablaros de este libro es porque entiendo que más allá de que podamos atesorar más o menos conocimiento histórico, considero que la Historia es un elemento primordial para desarrollar lo que comúnmente denominamos como «espíritu crítico». Precisamente para mi ahí reside el valor del estudio de nuestro pasado, en el hecho de permitirnos desarrollar una herramienta que tiene su proyección, y utilizando un término que no me gusta del todo, su utilidad, en el presente, cambiando la manera que tenemos de valorar los acontecimientos que vivimos para ayudarnos a transformar, por ende, nuestro futuro.

Lo que plantea Barthes comparte objetivo, pienso, con la disciplina histórica, al desarrollar una reflexión crítica sobre algunos aspectos llamativos o representativos, a juicio del autor, de lo que entonces suponía la realidad más actual de la sociedad francesa de mediados de la década de los cincuenta: la cultura de masas. Para llevar a cabo esta tarea el autor asume la crítica, en clave semiótica, al lenguaje que ésta emplea, caracterizándolo, sin ambages, como mítico.

La pregunta que primero uno se plantea es: ¿mitos? ¿Cómo los de Grecia o Roma? Pues sí, eso es la idea que en un primer lugar se desprende de este trabajo; Más o menos visibles, nuestra sociedad está plagada de mitos. En un ejercicio narrativo muy curioso, y con el componente provocativo que en la época suponía identificar cultura de masa y mitología, lo que Barthes hace en este trabajo ya supone un primer contacto con la historiografía al plantear como válidos algunos presupuestos críticos que generalmente se reservan para sociedades pasadas y proyectarlos sobre su realidad contemporánea.

La obra se divide así en dos partes bien diferenciadas. En la primera titulada como «mitologías» es donde se analizan brevemente (en torno a 3 o 4 páginas para cada uno) más de 50 de estos mitos que conformarían la actualidad del autor. Bajo la forma del ensayo (no se trata de un texto científico como lo entendemos hoy en día) y con un estilo un tanto intelectual (muy característico de los escritores franceses de la época) Barthes intenta desenmascarar, desmitificar, algunos de los lenguajes con que se expresaría la cultura de masas, poniendo el acento sobre producciones culturales televisivas, cinematográficas, espectáculos, fotografías, tradiciones gastronómicas o publicitarias, etc. Es decir, habla sobre cuestiones que en la sociedad en la que vive están suponiendo un cambio cultural importante (recordemos que aun no han tenido lugar los sucesos de mayo del 68 que acabarían por derrumbar algunos de los presupuestos académicos y sociales franceses) y los analiza desde una perspectiva muy crítica, desmontando su aparente ingenuidad, su cohesión estética o su vacío ideológico, para mostrarnos cómo por ejemplo detrás de una guía de viajes se esconden visiones idealizadas de nuestra representación de los otros, que en ocasiones pueden enmascarar la idea que podemos tener incluso de un estado fascista, dulcificando o idealizando en base a sus paisajes o gastronomía realidades políticas o sociales cuanto menos reprobables.

Otro ejemplo notable es el caso del cerebro de Einstein, conservado como pieza de museo, lo que no deja de ser llamativo al perpetuarse así la idea de genio con respecto a la producción científica, al exponer la excepcionalidad de esa pieza anatómica con respecto al resto de personas, mientras que a la vez se proyecta la idea de producción científica en cadena, pues el cerebro así representaría la fábrica de teorías o hipótesis, presentado así como un órgano excepcional cuya función sería nutrir continuamente de ideas, habiendo alcanzando cotas excepcionales con respecto a su productividad.

Lo que hace de esta manera el autor es buscar porqués a situaciones que en ese momento de una forma muy importante están conformando una nueva cultura, o al menos influyendo a ésta y que incluso hoy me atrevería a decir, prevalecen de una manera generalizada. Desde la representación fotográfica de los famosos, que no es neutra, al éxito de una determinada comida en un determinado país o región, como el bistec con patatas en Francia (habla de que este plato representa un ejemplo de francesidad, lo que tiene un punto de cierto si pensamos en el hecho de que en inglés se refieren a las patatas fritas como french fries), pasando por la imagen que da la prensa de los escritores en vacaciones, que al mismo tiempo continúan creando pero para su actividad necesitan de un descanso; Nuestra cultura, en especial la proyectada por los medios usa la forma mitológica para transmitir determinadas nociones o valores y perpetuar, recordemos aquí la escuela del autor, una determinada estructura social (la capitalista o burguesa).

Bien es cierto que uno queda con la sensación de que al tratarse de un ensayo y cada uno de los mitos abordarse de una manera tan escueta, al final esta crítica es una de las posibles que se podrían hacer, y que en un porcentaje muy amplio responde más a la mirada del autor sobre estos objetos que a una vocación de verdad científica o de carácter intersubjetivo. Asimismo pese a la variedad de los mitos expuestos, en ocasiones las críticas resultan un punto similares o repetitivas. El autor en el prólogo a la edición de 1970 manifiesta que sería necesario corregir aspectos de este trabajo ya que debería aportar a su análisis sutilezas teóricas y metodológicas que no habría de esta manera asumido. Es cierto que parece que los mitos escogidos responden más a cierta espontaneidad intelectual y crítica que a una selección representativa o sistemática. En todo caso no deja de ser una lectura muy interesante sobre todo si intentamos buscar paralelismos entre algunos de los mitos descritos y situaciones más actuales y nos dejamos llevar o imbuir por ese «espíritu crítico» que impregna todas las páginas de este trabajo.

En la segunda parte de la obra se desarrolla un ensayo de corte más teórico que complementa a la perfección el apartado anterior y que se titula «El mito, hoy». Quizás lo más interesante para nosotros de esta segunda parte es la caracterización de mito no como un objeto o un relato determinado sino como un lenguaje, como una forma de expresión. No habría así para el autor mitos exclusivamente en Grecia o Roma, que más adelante se habrían abandonado por otra forma de conocimiento (expresado este proceso por el paso del mito al logos), sino que habría una forma de lenguaje mitificada, y que tendría aún plena vigencia en nuestra sociedad. De esta manera el mito sería un sistema semiótico de segundo orden por el cual se produciría la apropiación de un sentido por el otro. A modo de ejemplo la frase en un libro de lengua «Juan come pan» es un sistema semiótico en el que tenemos un significante, un significado y un signo, sin embargo otro sentido se desprendería además del hecho de que una persona llamada Juan coma pan y es el de la explicación de la relación gramatical del sujeto y predicado, motivo por el cual esta frase se encuentra en un libro de texto. Este segundo significado se apropiaría del primero, del mismo modo que del cerebro de Einstein se desprenden significados más allá de su propia representación, en forma de mitos.

Una lectura ciertamente estimulante, que hace hincapié en el reconocimiento de los significados reales de las cosas, uno de los puntos que sin duda, también cualquier amante de la historia comparte, y que el estudio de nuestra disciplina favorece, por ejemplo, al identificar un gesto político como un acto propagandístico o caracterizar una medida económica como electoralista. En definitiva un obra que les recomiendo y que sin duda les provocará algunas reflexiones interesantes, a pesar de la lejanía en el tiempo con nuestra actualidad, al plantear un método que nos permite pensar nuestra realidad en clave mitológica.

Para saber más:

Barthes, Roland (1997). Mitologías. Siglo XXI, Madrid.

McQuail, Denis (1991). Introducción a las teoría de la comunicación de masas. Paidós, Barcelona.

Giddens, Anthony (2010). Sociología. Alianza Editorial, Madrid.

Acerca del autor

Rubén Cabal Tejada

Doctorando en Investigaciones Humanísticas.

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